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ACEPTAR LOS DESAFÍOS Y EXIGENCIAS DE JESÚS DE NAZARET

Celebramos el Domingo XIII del Tiempo Ordinario Ciclo A. Las tres lecturas, de modo especial, el evangelio nos muestran la radicalidad del evangelio de Jesús, es decir, las exigencias para ser sus discípulos, donde los cristianos y cristianas debemos estar dispuestos a todo, dejarlo todo, saber renunciar a todo lo que nos ata y esclaviza y asumir con toda radicalidad el seguimiento de Jesús. Los desafíos de Jesús de Nazareth marcan nuestra vida de fe, en cuanto que nos exigen tomar decisiones firmes en un ambiente social globalizado que nos llena de dudas, cavilaciones, indecisiones, y por eso, las tres lecturas nos llaman a descubrir en nuestra propia vida las exigencias de acoger y recibir el mensaje de Jesús, la Buena Noticia que el Padre nos trae por la mediación de Jesús y que proclama que la gracia de amor del Padre se derrama en cada uno de nosotros.

La palabra “seguimiento” (del griego ákolouzein) se utiliza en los evangelios para señalar el seguimiento de Jesús; y este domingo se nos habla de las exigencias radicales que nos señala ese seguimiento. En los evangelios y en la espiritualidad cristiana se habla del seguimiento radical de Jesús, por eso, mismo el cristiano debe ser radical, es decir, que va a la raíz misma del evangelio y que asume la enseñanza de Jesús con todas sus consecuencias, en esa nueva vida a la que nos introduce el bautismo, tal y como lo explica magistralmente Pablo en la Segunda Lectura. Un seguimiento sin exigencias (seguimiento laxo o “leight” que desea y exige solapadamente la sociedad materialista y hedonista) lleva a la mediocridad y a la tibieza. Desde los evangelios y cristianamente hablando, Jesús es un radical, porque replanteó fenomenalmente la conversión al Padre, el cambio de vida necesario para poder seguirlo y el cambio radical de las actitudes éticas y religiosas desde su raíz, estableciendo el evangelio o Buena Nueva del Padre como el único absoluto, tanto así que su radicalismo le costó la vida; por eso, Jesús es radical en sus exigencias, por ejemplo, para Jesús los cristianos y cristianas tenemos que ser sal de la tierra: “Ustedes son la sal de la tierra. Y si la sal se vuelve desabrida, ¿con qué se le puede devolver el sabor? Ya no sirve para nada sino para echarla a la basura o para que la pise la gente” (MATEO 5,13); para Jesús el compromiso de los cristianos debe ser como la luz capaz de iluminar el mundo y no sólo las cuatro paredes de nuestras casas: “ Ustedes son luz para el mundo. No se puede esconder una ciudad edificada sobre un cerro. No se enciende una lámpara para esconderla en un tiesto, sino para ponerla en un candelero, a fin de que alumbre a todos los de la casa. Así, pues, debe brillar su luz ante los hombres para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que está en los cielos.” (MATEO 5, 14-16). Por eso, el seguimiento a Jesús debe ser radical, ocupando el primer lugar, por sobre los padres, los hijos y la propia vida, tal y como lo proclama el evangelio de este domingo; ese radicalismo se asemeja al que vende todo lo tiene para adquirir un tesoro o una perla : “ El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre lo vuelve a esconder y, feliz de haberlo encontrado, vende cuanto tiene y compra ese campo. El Reino de los Cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas. Si llega a sus manos una perla de gran valor, vende todo cuanto tiene, y la compra.” (MATEO 13, 44-46).
Jesús también exige un seguimiento hasta las últimas consecuencias, como podemos comprobar en LUCAS 10,57-62: así los que lo siguen deben estar dispuestos a no tener dónde reclinar la cabeza: “Cuando iban de camino, alguien le dijo: ‘Te seguiré adonde quiera que vayas’. Jesús le respondió: ‘Las zorras tienen madrigueras y las aves sus nidos, pero el Hijo de Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”; los discípulos deben dejar de lado todo comportamiento mundano: “ A otro le dijo: ‘Sígueme.’ Este le contestó: ‘Permíteme ir `primero a enterrar a mi padre’. Pero Jesús le dijo: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú anda a anunciar el Reino de Dios”; y una vez tomado el arado no deben mirar atrás: “ Otro le dijo: ‘Te seguiré, Señor, pero permite que me despida de los míos.’Jesús le contestó: ‘Todo el que pone la mano al arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios.’”

Jesús tampoco oculta la violencia ( el Reino de Dios se alcanza por la fuerza y sólo los esforzados logran entrar) que hay que hacerse a sí mismo para seguirlo por un camino marcado necesariamente por la cruz: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga.” (MATE0 16, 24). También, la vida ética de los que seguimos a Jesús, tiene que ser radicalmente diferente a la ética del mundo (esa falsa ética y falsa moral que se ha creado para no ser responsables de nada); No seguimos radicalmente a Jesús si no perdonamos las ofensas, si juzgamos y condenamos injustamente, si no amamos incluso a los enemigos, si marginamos y discriminamos abierta y asolapadamente. Y así todo el evangelio es una radicalismo de exigencias en el seguimiento a Jesús, y ese radicalismo tiene su mejor encarnación, su plena manifestación cuando Jesús entrega su vida por toda la humanidad: “Así como me conoce el Padre, también yo conozco al Padre, y yo doy mi vida por mis ovejas.” (JUAN 10,15). La cruz en el gólgota es el signo indiscutible del compromiso radical, de la fidelidad absoluta al Padre (no saben que debo dedicarme a las cosas de Dios), del amor llevado al extremo: dar su vida por todos nosotros (sus ovejas). La cruz es el signo de compromiso radical de la renuncia al poder y a la violencia: “… Ha salvado a otros a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él.” (MATEO 27,42), “Uno de los que estaban con él sacó la espada e hirió al sirviente del jefe de los sacerdotes, cortándole una oreja. Entonces Jesús le dijo: ‘Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada perecerá también por la espada.’” (MATEO 26, 51-52).

Volviendo a los desafíos y a las exigencias del evangelio de este domingo, debemos convenir, en primer lugar, que el seguimiento supone renunciar a la propia seguridad, a la propia dignidad, a la fama y a la vida misma, esto es, un seguimiento que cambia o transforma los valores establecidos por la sociedad, cambia las situaciones adquiridas, la instalación, la seguridad social y económica, cambia el deseo de subir y triunfar en la vida a como de lugar, la estabilidad familiar, los lazos entrañables; todo lo que para un hombre puede representar atadura o esclavitud hacia las cosas o hacia las personas. No es que Jesús nos exija a renunciar, por ejemplo, al amor a nuestros padres, al respeto por la familia, sino que nos dice que la radicalidad del seguimiento es amarlo a él sobre todas las cosas y ponerlo a él sobre todos esos valores que hemos enumerado y los valores ( como también antivalores) que hemos creado o lo tenemos por cultura, raigambre, costumbre o vida social; en definitiva es amarlo por encima de todo otro amor. Así mismo, tenemos que estar dispuestos a renunciar a todo lo que nos impide ser fieles a Jesús y este es uno de los desafíos, porque no es algo fácil hacerlo efectivo todos los días y en cada momento de nuestra vida cristiana. ¿Qué es lo que resulta de estas exigencias en el seguimiento? Jesús nos concede la gracia de la verdadera libertad y liberación auténtica; libertad frente a todos los valores que el mundo y la sociedad afirman y defiende férreamente, uno de ellos el individualismo a ultranza como también el ateísmo práctico. Una libertad que nos capacita para ser los cristianos y cristianas agentes de liberación en la sociedad y en la historia
En segundo lugar, cargar o tomar la cruz, no es algo mítico, ni mucho menos se refiere solamente a los sufrimientos, enfermedades que padecemos todos como seres humanos, tampoco a las mortificaciones que podamos practicar, la cruz que hay que estar dispuesto a llevar para ser discípulos de Jesús, es la cruz de ser cristianos, en otras palabras, lo que cuesta a los cristianos y cristianas vivir y luchar denodadamente por la causa de Jesús y sus evangelios, esto es el amor, la justicia, la libertad, la fraternidad, la solidaridad. Por eso, también, la alegría nace del don de la entrega total (el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí), y la fuente de esa la alegría crucificada es caminar con Jesús, ser sus discípulos y discípulas es convertirnos en él, dejarlo todo para convertirnos en personas libres, liberadoras que buscan la verdadera vida. En otras palabras, Jesús que es Dios, se convierte en absoluto para nosotros los cristianos y cristianas.

En tercer lugar, el discípulo de Jesús, tiene por tarea fundamental la acogida u hospitalidad, el cristiano y cristiana es un hombre y una mujer de hospitalidad, acogedores, porque nuestra fe no es aferrarse a determinadas ideas o dejarse esclavizar o atar por las cosas o algo, sino que creemos en Jesús que es el Hijo encarnado del Padre. Por eso, creer es manifestar intensamente una presencial personal en el mundo concreto y con los hermanos que Dios nos ha puesto en nuestro camino; por eso, se dice que no estamos cerca de Dios si no estamos cerca de nuestros hermanos sin acepción de ninguna clase. Ganamos la vida dándonos a los demás, entregando nuestro tiempo, como lo hizo la sunamita de la primera lectura.

PRIMERA LECTURA DEL SEGUNDO LIBRO DE LOS REYES 4,8-11.14-16ª.- Leamos: “ Pasó Eliseo un día por Sunén. Vivía allí una mujer principal que le insistió en que se quedase a comer, y, desde entonces, se detenía allí a comer cada vez que pasaba. Ella dijo a su marido: ‘Estoy segura de que es un hombre santo de Dios el que viene siempre a vernos. Construyamos en la terraza una pequeña habitación y pongámosle arriba una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que cuando venga pueda retirarse’. Llegó el día en que Eliseo se acercó allí, y se retiró a la habitación de arriba, donde se acostó. Entonces se preguntó Eliseo: ‘¿Que podemos hacer por ella?’. Respondió Guejazi, su criado. ‘Por desgracia no tiene hijos, y su marido es ya anciano’. Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada. Eliseo le dijo: ‘El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo’”.
Sabemos que Eliseo es el continuador de la misión profética de Elías, y al parecer, acostumbraba a pasar por Sunem cuando iba del Carmelo a su tierra. Sunem pudo se un santuario israelita situado al sur del Tabor, no lejos del Carmelo y probablemente habitado por una comunidad de profetas. Pero es interesante observar que Eliseo no se aloja en su comunidad, sino en el hogar de la sunamita, que no era israelita, y que ahora se convierta en el prototipo de todo ser humano capaz de descubrir a Dios en la persona y en la obra del profeta, y es la demostración de una hospitalidad exquisita y que mira todos los detalles sin descuidar ninguna para que Eliseo se sienta como en su propia casa (cama, mesa, silla, lámpara y alimento), porque para la sunamita recibir a Eliseo es un gran honor. El meollo de esta lectura es acreditar al profeta como portador de la Palabra de Dios, y que la Palabra es capaz de realizar el milagro a favor de la sunamita: darle un hijo que cuidar y abrazar, para indicarnos que Dios sabe descubrir nuestras necesidades y en el caso de la sunamita, concederle un hijo. A pesar de las dudas y recelos naturales, la sunamita se abre a lo alto, a Dios, y descubre o capta al verdadero profeta (ante su duda de que podría se un chantajista como los profetas que hablan de sí mismos y no de Dios) y a su mensaje que predica, y lo más valioso es que la sunamita no busca recompensas, pero su generosidad le otorga la gracia, el don o recompensa de parte de Dios, como también nos proclamará el evangelio de este domingo. Eliseo es el profeta de la compasión que pasó haciendo el bien, al igual que Jesús de Nazareth. Así, la acogida y la hospitalidad son el tema de esta primera lectura como también del evangelio para que los cristianos y cristianas recordemos siempre la exigencia de Dios en este mundo tan deshumanizado que hoy vivimos, saber abrir nuestro corazón y las puertas de nuestras casas para acoger, para estar disponibles a dar acogida y hospitalidad a todo aquel que lo necesite, desterrando los recelos y dudas naturales. Los cristianos y cristianas, debemos comprender que acoger es abrirse desinteresadamente a los demás, a los que nos necesitan, y que detrás de los hermanos que recibimos y servimos está Jesús. Ante esta sociedad llena de egoísmo, fría, indiferente y sin solidaridad ni compasión, los cristianos y cristianas tenemos que ir construyendo, y ese es el desafío que nos presenta Jesús, un mundo que se fundamente en la acogida, en el calor humano (en ese acto de ternura que expresa Eliseo a la sunamita: “el año próximo, estarás abrazando un hijo”), en el reconocernos hermanos, en fin en la sociedad humanizada llena y colmada de la presencia de Dios.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 6,3-4.8-11.- Leamos: “Hermanos: Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Si hermos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre y quien vive, vive para Dios. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.”

Pablo nos dice claramente que el bautismo nos une a la muerte de Jesús el Cristo, en el sentido en que ya somos de Dios y no nos pertenecemos a nosotros mismos y nuestra vida se realiza enteramente en comunión con Dios. El bautismo que recibimos se asemeja a la misma muerte de Jesús, en el sentido de que nos pone en la misma posición y bajo la influencia de la misma iniciativa salvífica del Padre. ¿Cómo así? la muerte es la experiencia en la que mejor podemos alcanzar a Dios en el desprendimiento de nosotros mismos, porque Jesús el Cristo nos ha enseñado que el Padre nos da todo a manos llenas, no vive más que para dar, aunque sea muriendo, en su Hijo Jesús. Y si por el bautismo morimos al pecado, esto nos permite participar en la vida de Dios, viviendo ya una vida nueva que nos da Dios con su bondad y generosidad.

Nuestro bautismo nos da la vida nueva, y así la muerte es un hecho del pasado, porque como dice Pablo: “ quien a muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre, y quien vive, vive para Dios”. El cristiano, pues, por el bautismo muere espiritualmente al pecado, y ha salido de esa muerte por la intervención graciosa del Padre. ¿Qué es lo que muere en el bautismo? Nuestra vida pasada donde éramos esclavos del pecado, ¿qué resulta salir de la esclavitud del pecado? El bautismo nos hace libres para llevar una vida digna de hijos de Dios, somos nuevas creaturas, somos hombres y mujeres nuevos. Como afirma Pablo, el bautismo nos ha sumergido en la muerte de Jesús el Cristo, hemos sido sepultados con él, pero también hemos resucitado con él para llevar una vida nueva. Seguir a Jesús en esta nueva vida que nos da el bautismo es una exigencia radical, y es que nos hemos revestido de Jesús y ese Jesús que somos ha muerto al pecado y vive para Dios en Jesús que ha resucitado del sepulcro y también el cristino debe llenarse cada vez más de la vida resucitada que recibimos en el bautismo y que es una tarea de todos los días, para vivir una vida totalmente transformada y comprobar que en nosotros el pecado no tiene ningún poder y al final de nuestro camino hacia el Padre tendremos una resurrección.

Nuestra condición de cristianos y cristianas es algo más que una convicción y una decisión personal; es ante todo un don de Dios que nos incorpora a Jesús, por eso, el bautismo es un nuevo nacimiento, sin el bautismo éramos incapaces de dar buenos frutos y una vez bautizados podemos dar bueno y excelentes frutos, si como dice Pablo nosotros nos identificamos con la muerte y la resurrección de Jesús, él continuará mostrando en nuestras vidas su victoria sobre el pecado y la muerte, resucitó para llevarnos a todos a una vida nueva por la fuerza del espíritu.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 10,37-42.- Es la parte conclusiva del discurso misionero y en ellas se contienen las exigencias como condición del seguimiento a Jesús y la hospitalidad del que también nos habla la primera lectura del segundo Libro de Reyes. El mensaje de Jesús no es una religión más entre otras, ni siquiera una religión especial, él nos mostró el rostro de Dios, Dios que es Padre, que nos perdona, que la relación que entabla con los hombres y mujeres no va desde la consideración de un superior a un inferior sino que es una relación de igualdad (su amor redentor y su misericordia es para todos sin excepción y sin acepción de personas), que no castiga sino salva; que no busca la destrucción de los hombres y mujeres sino que busca su salvación; que Dios no deja de amarnos aunque seamos pecadores y que ese amor es incondicional y que eso mismo, la postura del hombre y de la mujer ante Dios no puede ser la del miedo sino la confianza absoluta. Escoger a Jesús, optar por seguirlo nos exige una serie de rupturas hasta la necesidad de tomar decisiones fundamentales, especialmente y a pesar de las durísimas pruebas. Jamás negar ni renegar de Jesús y sus evangelios. Por eso, las exigencias a sus seguidores son radicales:
“ En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: ‘El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mí…’” De entrada y para comprender esta exigencia, Jesús no nos impone una disyuntiva para seguirlo, es más no nos pone una disyuntiva de quereres o de amores difíciles por las cuales uno debe optar; Jesús no sustituye al padre, a la madre, al hijo o a la hija del discípulo que es enviado a la misión; es más Jesús ni le pide sentimientos entrañables y legítimos ni mucho menos pretende quitarlos, lo que le exige es la entrega y seriedad absoluta en el seguimiento, y esto significa, por paradógico que nos parezca que hemos de amarle por encima de todo otro amor, por eso mismo, amar a Jesús no se convierte en obstáculo para un amor pleno y entrañable a los padres, hermanos e hijos, sino que hemos de amarlos con el mismo amor de Jesús. Jesús utiliza un lenguaje revulsivo que busca concienciar al que lo escucha al discípulo y a todos y a cada uno de los componentes del nuevo Pueblo de la Alianza Nueva con Dios para que comprendan la urgencia de reemplazo al antiguo pueblo escogido.

“… y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí.” Jesús no manda que sus discípulos hagan una cruz para seguirlo hasta el Gólgota, pero tampoco se refiere a cualquier sufrimiento (prueba, enfermedad), sino que anuncia a sus discípulos la misma violencia y el mismo desprecio público que soportó él mismo. No se trata, pues, de cargar nuestra cruz, ni cargar la cruz para ofrecerlo a Jesús o aceptar tal o cual sufrimiento personal, ni mucho menos reconocerse culpable ante Dios, ni siquiera imitar a Jesús, sino que al seguirlo aceptemos la soledad en la que nos podemos quedar y la oposición violenta que sufriremos por amarlo y seguirlo sin condiciones. Comprendamos lo que Jesús nos quiere decir, porque él mismo lo experimentó al salir del tribunal de Poncio Pilato en medio de la multitud hostil, lo más dramático es el sentimiento de haber sido expulsado de la comunidad, de hallarse sin defensa y ser objeto de desprecio general, por eso, seguir a Jesús significa arriesgarse a un estilo de vida que es tan difícil como el último camino del condenado a muerte.

“El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.” Amamos la vida y deseamos conservarla, pero si este amor nos lleva por caminos de egoísmo, el amor propio y en encerrarnos en nosotros mismos, lo que haremos es estropearla irremediablemente y al final perderla. ¿Qué nos quiere decir Jesús con esta paradoja de encontrar- perder? Que el discípulo no debe tener apego excesivo a sí mismo, que lo lleve a reservarse su vida para sí, sino todo lo contrario debe saber dar. El que se desentiende de la necesidad de los hermanos, especialmente de los que nada tienen y busca su comodidad y seguridad, ése se pierde. Sólo el que arriesga encuentra la vida. Y más “tomar la cruz” y seguirle a Jesús es ya perder la vida y encontrarla en Jesús.

“El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta, y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.” La fidelidad de los discípulos los hace ser portadores, para el que los acoge y los recibe, de la presencia de Jesús y del Padre. La bendición que obtiene el que los acoge está en proporción con el tipo de acogida que les haga el que los recibe y acoge. Acoger significa compartir lo que se tiene con la persona a quien se acoge, es la generosidad la que da valor a la persona. Jesús se remite al Antiguo Testamento, en concreto a los ejemplos de Elías y Eliseo (que hemos leído y reflexionado en la primera lectura), en cambio la recompensa que se recibe por acoger a un discípulo no es recompensa de discípulo, sino es la recompensa verificada en la presencia de Jesús y del Padre con la persona que acoge. Por eso, para los cristianos, acoger o dar hospitalidad al enviado o mensajero no es solo recibir con los brazos abiertos al hermano, sino también acoger la palabra, aceptar el vivir como lo exige el compromiso adquirido ante Jesús.

“El que de a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.” Lo característico del discípulo que sigue a Jesús es ser un pequeño, uno que no pretende las grandezas que da el mundo. Y es realmente aleccionador lo que expresa Jesús, porque dar un vaso de agua fresca, en un clima caliente y seco de la región de Palestina, era una muestra de verdadera hospitalidad. Lo que queda claro es que nada de lo que se haga a los discípulos o enviados de Jesús puede considerarse sin importancia y quedarse sin recompensa, no tanto porque le seguimos por una recompensa segura, sino porque es el mismo Dios que nos premia con su presencia infinita. Los cristianos y cristianas somos discípulos “pobres” que intentamos vivir y transmitir el Evangelio y que, en la medida que lo vamos haciendo, Jesús está con nosotros y eso debe llenarnos de gozo y de confianza; pero podemos ser también cristianos que somos capaces de hacer obras de misericordia, eso de dar al menos un vaso de agua fresca, de acoger y ayudar la vida de los enviados, aún en esa tarea, Dios nos recompensará con la alegría de su presencia infinita.

Hoy Jesús nos ha dicho muchas cosas en línea de un seguimiento radical. Primero: que él es el centro de la vida del cristiano, amar a Jesús no anula el amor a la familia (nuestra propia sangre). La centralidad de Jesús en nuestra vida y la fe en el amor que nos tiene, éste amor es la fuente con el que amamos a los nuestros y al prójimo.
Segundo: estamos signados por la cruz, aquí cruz, como hemos afirmado, quiere decir asumir el camino de Jesús en todo y con todas sus consecuencias, y que esa misma cruz importa el poder sufrir por la fidelidad al amor de Jesús hasta el final.
Tercero: nuestra vida está también signada por el seguimiento radical a Jesús; para esto el evangelio nos ofrece la imagen del camino y la imagen del guía, a quien podemos seguir.

Cuarto: Jesús, es quien se identifica con sus enviados, no son los discípulos los que pretenden identificarse con Jesús.

Quinto: lo radical del seguimiento es que recordemos que todo es relativo menos Dios, y que todo aquello que amamos entrañablemente, como nuestra familia, jamás puede convertirse en un absoluto. Todo debe estar penetrado por el único absoluto que es Dios, por la norma y el camino que es el evangelio de Jesús.

Sexto: Jesús nos exhorta a acoger, dar hospitalidad, comprender y ayudar a todo aquel que procura vivir, comunicar el evangelio, servir a Jesús y al Padre en clave de generosidad y solidaridad.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

 

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