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ANUNCIEMOS AL MUNDO CON GOZO INMENSO : ¡JESÚS HA RESUCITADO, VIVE Y ESTÁ AQUÍ EN MEDIO DE NOSOTROS!

Desde el inicio de la Santa Cuaresma, nos hemos ido preparando debida y adecuadamente, para volver a vivir el misterio maravilloso de nuestra fe y esperábamos con ansias escuchar de los labios de María de Magdala y el ver de los ojos de Juan y Pedro que Jesús ya no estaba en el sepulcro, sino que había resucitado, dando cumplimiento a las Sagradas Escrituras y a las palabras del mismo Jesús cuando marchaba decidido en camino hacia Jerusalén, un camino con un itinerario concreto que lo conducirá a su muerte, muerte como tránsito hacia una nueva vida, la vida nueva prometida por el Padre desde la creación del mundo; muerte como medio para derrotar a la misma muerte que encierra el mal y la corrupción; muerte que significa la limitación desquiciante del ser humano para otorgarle un futuro diferente que es la vida eterna; muerte que encierra las tinieblas y la oscuridad como paso a una vida enteramente en luz y en el amor de Dios; muerte que contradictoriamente resuena como victoria de Dios ante el imperio del mal, de Satán y del mismo mundo tan lleno de sí y de sus triunfos fatuos y arrogantes que han devenido en más miseria, guerras, armamentismo, marginaciones sin nombre e injusticias, y en el sólo bienestar de unos cuantos, de unos pocos que todo lo tienen.
Para los cristianos y cristianas, el Domingo de la Resurrección de Jesús es la Buena Noticia que debemos anunciar y proclamar con inmenso gozo y alegría a todos los rincones de nuestro mundo, y con voz potente expresar que la muerte ha sido vencida, que tenemos derecho a una vida radicalmente diferente, a una vida nueva ofrecida por la gracia de Dios que se derrama a todo el mundo, que no podemos derrotarnos en la limitación material y física de nuestro cuerpo, en la frustración de la enfermedad y del dolor; que no solo podemos escuchar la voz del desarrollo material, científico y tecnológico, que muchas veces declara la muerte de Dios y/o su desaparición y lo proclama a los cuatro vientos. Los cristianos y cristianos del siglo XXI como los primeros discípulos varones y mujeres del tiempo de Jesús, tenemos que alzar nuestras voces y proclamar con potente voz (¡gritando!): ¡JESÚS VIVE, HA RESUCITADO Y ESTÁ AQUÍ EN MEDIO DE NOSOTROS!
Proclamar la resurrección de Jesús es la primera tarea de los cristianos y cristianas, en cuanto que es el eje central de toda nuestra vida cristiana que se muestra ante el mundo como una nueva esperanza, una esperanza que se renueva cada año con la experiencia viva que Jesús ha resucitado, una vida radicalmente diferente, una vida con el Padre, con su misma vida, tal es la radicalidad e importancia de la resurrección que el apóstol Pablo se atreve a decirle a todo el mundo y a los hombres y mujeres de todos los tiempos: “Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación ya no contiene nada ni tiene sentido nuestra fe. Se sigue además, que nosotros somos falsos testigos de Dios, puesto que hemos afirmado de parte de Dios que resucitó a Cristo, siendo que no lo resucitó, si es cierto que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco resucitó Cristo. Y si Cristo no resucitó, ustedes no pueden esperar nada de su fe y siguen con sus pecados.” (1 CORINTIOS 15,14-17). Y esto es realmente así, Jesús resucitó y ha sucedido algo verdaderamente nuevo que cambia el mundo y la situación del mismo hombre. Y Jesús se constituye para los cristianos y cristianas en el criterio supremo del que nos podemos fiar y más confiar, y es que Dios se ha mostrado verdaderamente en la resurrección de su Hijo.

¿Cómo entender la resurrección de Jesús? Tanto para nosotros como lo fue para los discípulos y discípulas de los primeros años del cristianismo fue un acontecimiento indescriptible, difícil de poder expresar en palabras meramente humanas. Aunque Jesús en el trayecto de su itinerario hacia la cruz les instruía, era muy difícil de digerirlo, de poder comprender que el Mesías padeciera y muriera, así lo manifiesta Pedro cuando Jesús les explica que “debía ir a Jerusalén y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley, lo iban a ser sufrir mucho. Les dijo también que iba a ser condenado a muerte y que resucitaría al tercer día.” Y en el pasaje de la transfiguración al bajar del cerro, Jesús les dice: “ No le hablen a nadie de lo que acaban de ver, hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos” y los discípulos se hacen los desentendidos y no quieren aceptarlo. En el Domingo de Resurrección los discípulos y las discípulas de Jesús empezaron a comprender este misterio, pero al confrontarse con la realidad del sepulcro vacío. Y es que si la resurrección de Jesús hubiera sido como las resurrecciones que ellos vieron: de Lázaro ( Juan 11, 1-46), del joven de Naín ( Lucas ,11-17), de la hija de Jairo (Marcos 5,22-24.35-43) no tendría mucho interés, sería un milagro de un muerto redivivo, un muerto vuelto a la vida que finalmente moriría. Cuando leemos los testimonios sobre la resurrección de Jesús, lo que podemos entender, es que esos relatos no dejan ninguna duda de que en la resurrección de Jesús ocurrió algo completamente diferente; su resurrección consistió en un romper las cadenas para saltar a una vida totalmente nueva, a una vida que no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, va más allá de esas amarras, es una vida que ha inaugurado una nueva dimensión del ser humano. Al no ser la reanimación de un muerto, la resurrección de Jesús alcanza una nueva posibilidad de ser humano, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro nuevo para toda la humanidad, y ese futuro se centra en la vida eterna con Dios, una vida en la misma vida del Padre, es lo que tenemos que proclamar los cristianos y cristianas, tal y como lo hicieron los primeros discípulos y discípulas de Jesús Resucitado, él ha entrado en una vida distinta, nueva, una vida en la inmensidad de Dios y desde esa vida con el Padre se nos manifiesta a todos, y especialmente a los creyentes.

¿La resurrección ayuda a comprender el misterio de la muerte de Jesús en la cruz? Ciertamente, hasta el momento de la pasión de Jesús no se podía pensar en un Mesías crucificado, pero ocurrió así, Jesús fue crucificado en el madero de la cruz y esto necesariamente requería una lectura nueva de las Escrituras, y esa nueva lectura comenzó después de la resurrección, la resurrección acreditaba a Jesús como verdaderamente enviado del Padre, entonces se abre paso la identificación del misterio de la cruz con el misterio de la resurrección; por eso, ahora para los discípulos y discípulas la resurrección de Jesús era tan real como la muerte en la cruz, ahí estaban los dos hechos o eventos: Cruz y Resurrección. Los discípulos después de las dudas y la perplejidad causada por algo nuevo, ya no podían seguir negándolo, comprendieron que realmente es Jesús, que vive, que les ha hablado, que les permitido tocarlo; y este es el mayor de los testimonios para que también hoy, en este mundo de las redes sociales, nosotros los creyentes digamos: es realmente Jesús, vive, nos habla y nos permite tocarlo, y esta es la noticia maravillosa que tenemos que comunicar a todo el mundo: no es cadáver reanimado, es él mismo que vivía con Dios, es alguien que viene desde Dios de un modo nuevo y para siempre, es él mismo que actúa en cada uno de nosotros y nos hace como surtidores de agua que saltan a la vida eterna o en su propias palabras: “…pero el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré se hará en él manantial de agua que brotará para la vida eterna.” (JUAN 4,14).

Entonces ¿Qué es la resurrección de Jesús? En primer lugar: no conocer la corrupción. Cuando morimos nuestro cuerpo se va corrompiendo, y esta corrupción (que nos aterra a todos, porque nos disuelve y nos vuelve a la tierra de la que habíamos sido formados) es la fase final y definitiva de la muerte, es en esta etapa de corrupción donde la muerte ha vencido, ha tomado la victoria sobre nosotros. El sepulcro vacío, lo podemos entender como que el cuerpo de Jesús no fue pasto de los gusanos ni de la corrupción, y si esto es así, no había triunfado la muerte, que en Jesús la vida había vencido a la mismísima muerte (¿la muerte, dónde está la muerte, dónde su victoria?). En segundo lugar, Jesús resucitado no viene del mundo de los muertos, viene del mundo de la vida misma del Padre, viene realmente de Dios, viene Él mismo como el Viviente que es, fuente de la vida. En tercer lugar, la resurrección de Jesús es ciertamente un acontecimiento dentro de la historia, pero no es un hecho histórico más, sino que va más allá de la misma historia, es como un salto radical (como el manantial de agua) que nos abrió a una nueva dimensión de la vida. Y lo maravilloso de la resurrección de Jesús es que el hombre Jesús con su mismo cuerpo, pertenece ahora totalmente a la dimensión de lo divino y eterno, y esto es lo más maravilloso que nuestro cuerpo por Jesús tiene un lugar en Dios.
Y este es precisamente el testimonio de los testigos de la resurrección: experimentaron un acontecimiento absolutamente nuevo, inesperado e inaudito hasta ese entonces: ese Jesús resucitado, es el que se manifestaba y les hablaba. Pasada la perplejidad y las dudas, y al ver que era el Señor que se les aparecía no como fantasma sino él mismo con una nueva vida, los apóstoles (como debemos hacerlo los cristianos y cristianas) se llenaron de entusiasmo y audacia e iniciaron el anuncio del Señor Jesús resucitado. Él ES EL VIVIENTE, ÉL ESTÁ AQUÍ EN MEDIO DE NOSOTROS. Está en medio de nosotros, si dejamos de lado nuestros odios y egoísmos; está en medio de nosotros si cumplimos cabalmente sus evangelios; está en medio de nosotros si damos amor y bendición; está con nosotros si nos ponemos al lado de los pobres y marginados; está en medio de nosotros cuando visitamos a los enfermos y oramos para que calme su dolor y su impaciencia; está en medio de nosotros cuando compartimos lo poco que tenemos con los más necesitados; está en medio de nosotros si desterramos la corrupción, la venganza, la locura de las guerras y el armamentismo intolerable. Jesús nos permite tocarlo, nos invita a comer y beber con él, es decir, a estar siempre con él, a mantener viva la alianza que ha pactado con nosotros en este Domingo de Resurrección.

En este Domingo de Resurrección, la solemnidad central de todo el año litúrgico, las tres lecturas nos ayudan a captar toda la trascendencia de esta fiesta de Jesús Resucitado, nuestra paz y nuestra pascua definitivas.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 10, 34. 37-43.- Después de la perplejidad del hecho de la resurrección de Jesús, la primera comunidad se lanza al anuncio de esa nueva dimensión que ha alcanzado la vida humana, radicalmente distinta a un muerto redivivo. Es hora de la audacia y el entusiasmo, es la hora del testimonio, y qué mejor que iniciarlo no sólo en medio de los creyentes judíos sino de los que no eran judíos como Cornelio del que nos habla el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles. Y es Pedro que tomará la batuta del anuncio, él que había seguido a Jesús desde el principio de la predicación de la Buena Nueva. El testimonio de Pedro se constituye en el paradigma de la predicación kerigmática de la Buena Nueva de Jesús. La predicación de Pedro se centra en el anuncio de la salvación que viene de Jesús, de su presencia histórica: “Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo, que predicaba Juan. Me refiero a Jesús de Nazareth, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.” Nos recuerda con fruición y entereza, es el testimonio de la experiencia de haber vivido con Jesús y de su muerte histórica: “Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron colgándolo de un madero.” Y el anuncio de la resurrección de Jesús como fundamento de la predicación: “Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios; a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.” Un anuncio que encierra la dimensión salvadora, no es un mero recuerdo, sino un ofrecimiento real y verdadero de la salvación de Dios: “ Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todo los profetas, que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.” Pedro nos habla con ese lenguaje de primer testigo y afirma que creer en Jesús el Ungido de Dios es vivir la Pascua verdadera, la fiesta de liberación. Creer en Jesús es y debe ser nuestra alegría, nuestra vida, el que nos alienta al camino del perdón y de la reconciliación. En suma, Jesús resucitado es don de Dios para su nuevo pueblo, y ese Dios es el protagonista de todo el kerigma. El Padre ha guiado a su Hijo con su Espíritu, lo ha resucitado, ha dejado que lo vean y ha encargado a sus discípulos la predicación de su mensaje.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3,1-4.- El tema central de esos versos de la carta a los Colosenses es la Resurrección de Jesús y las consecuencias que de ella se derivan para la vida cristiana y especialmente de que no sólo creemos en la resurrección de Jesús, sino que nosotros también hemos resucitado con él. Ciertamente el bautismo ya es en sí mismo nuestra vida resucitada en Jesús, porque participamos ya del misterio pascual de Jesús, es decir, de su pasión, muerte y resurrección. Pablo afirma y nos reitera que el bautismo no es una ceremonia más sino el gran misterio que nos introduce en la vida nueva del Padre, porque en el baño del agua bautismal muere todo el hombre viejo y resucita el hombre nuevo juntamente con Jesús Resucitado. El cristiano marcado por Jesús ya no puede mirar las cosas de la tierra sino que tiene que fijarse en las cosas de Dios, las cosas de arriba, se constituyen para el cristiano y cristiana en el nuevo centro de su vida de fe, de la fe de la comunidad cristiana. Por eso, Pablo reitera siempre que nos elevemos a mirar las cosas de Dios, que nuestros juicios y pensamientos estén centrados en Jesús y no en las cosas materiales efímeras y limitadas. La exigencia de Jesús deriva en el verdadero y radical cambio de valores y nos exige a cada cristiano y cristiana (dejar el hombre viejo y revestirnos del nuevo) dejar las cosas terrenas que absolutizan una vida sólo material y materialista, claro esta que no se debe descuidar las tareas cotidianas, incluso realizando esas tareas los cristianos tenemos que mirar a Jesús como nuestra vida y nuestra esperanza definitivas. “Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos juntamente con él.” No nos olvidemos lo que hoy nos dice que hagamos con nuestra vida de fe, las cosas de Dios se manifiestan realmente cuando vivimos con generosidad , con espíritu de servicio y con preocupación de las necesidades de nuestros hermanos los más pobres.

EL EVANGELIO DE SAN JUAN 20, 1-9.- Juan nos presenta los primeros testimonios de la Resurrección de Jesús. “El primer día de la semana. María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echo a correr y fue a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo:- Se ha llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro; vio los lienzos tendidos y el sudario con que lo habían cubierto la cabeza, no los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura que Él había de resucitar de entre los muertos.” Un hecho realmente maravilloso y perturbador para nuestras inteligencias focalizadas en lo terreno y en los bienes de la tierra, y en las que algunos, al no leerlas y reflexionarlas intensamente, hacen conclusiones pueriles y expresan que en este mundo de luces materialistas y progreso tecnológico, la resurrección es algo que no se puede sustentar ni mucho menos creer. ¡Qué fatuo es el ser humano, para las cosas de Dios! Pero el hecho histórico de la existencia de Jesús, el hecho histórico de su muerte y como consecuencia de la resurrección obrada por la fuerza del Espíritu Santo, están ahí, puestas por Dios para enfrentar la soberbia y la incredulidad de un mundo que sólo afirma la existencia de sí mismo, y de los incontables ídolos que ha fabricado y más en estos tiempos de redes sociales. Los tres testigos del evangelio son tan elocuentes en sus acciones y palabras que es bueno tomar a cada uno su testimonio que al final concluyen en ponerse de hinojos ante el Jesús Resucitado, ante el Viviente eterno y que nos la vida de Dios.

MARÍA MAGDALENA. Dichosa mujer y discípula, abanderada como la Virgen María de todas las mujeres de la tierra que dan su vida por la causa de Jesús y de sus evangelios. María Magdalena es la mujer privilegiada y destinataria primera de los signos de la Resurrección de Jesús. No había comprendido el paso de la muerte a la vida de Jesús, pero lo amaba y eso era lo más importante y valiosa en ella, ese amor será el motor que la lanza a buscar a Jesús no como resucitado sino como un muerto dejado en el sepulcro, para cuidarlo, para acompañarlo (como lo hacemos los cristianos cuando vamos a los campos santos donde se encuentran nuestros seres queridos). No tiene miedo y se apresura a ir muy temprano, no quiere encontrar a Jesús vivo (porque no estaba en su pensamiento judío), ella cree que la muerte ha triunfado en Jesús y se encamina a constatarlo. María Magdalena llega al sepulcro ve que está abierto, es una mirada a tientas “aún estaba oscuro” dice Juan, pero paradójicamente para toda la Iglesia y para todos los tiempos, será la mujer iniciadora, la que presentía las secretas promesas del cuerpo sin vida que ella tanto amó y por eso, llena de admiración, sorpresa y gozo por lo que ha visto corre a comunicarlos a Pedro que es símbolo de la autoridad y a Juan (el otro discípulo) que es símbolo de la comunidad. María Magdalena, también tiene la tarea de recordar a los Apóstoles la fuerte experiencia de la muerte en la cruz: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto.” Ciertamente la cruz expresa lo que es la vida de Jesús, es el estilo que nos ha dicho él que tengamos, la forma de vivir y de ser de cada cristiano, pero comprenderlo es siempre una tarea ardua, no es fácil vivir bajo la experiencia aniquiladora de la muerte como la vivió Jesús. Por eso, para Juan la pascua y el triunfo de Jesús está en la cruz y María Magdalena está puesta en el evangelio para recordarnos que el amor de Dios se ha derramado en el sacrificio de la Cruz.
PEDRO.- Es el símbolo de la autoridad y el que menos esperaba la muerte y la resurrección de Jesús. Los corrían juntos, dice Juan, pero Pedro llega más tarde “detrás del otro” y entra en el sepulcro, observemos que de Pedro no se dice que creyera, y es que él no concibe todavía la muerte como muestra de amor y fuente de vida, y esta actitud se verá claramente cuando Jesús anuncia su pasión: “Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle, diciéndole: ‘¡Dios te libre, Señor! No , no puede sucederte esas cosas.” (Mateo 16, 22); Pedro también había fracasado en el seguimiento a Jesús cuando lo niega tres veces en la casa del sumo sacerdote (Juan, 18,17.25-27). Lo valioso de Pedro es que ve, el primer paso del proceso de creer, se queda ahí y no da el paso de comprender que vivir es amar y amar es creer, y es que Pedro aún no posee el espíritu que Jesús transmite a todos los que lo siguen y descubren como Juan que Dios es amor, porque ese amor romperá las cadenas de la muerte. Más tarde Pedro con la ayuda de Juan comprenderá todo el misterio de la resurrección (como lo expresa en los Hechos de los Apóstoles)-
JUAN.- Es el símbolo de la Comunidad. Juan es sin duda el “otro discípulo” el que siguió a Jesús hasta el calvario de la cruz; En el otro discípulo el mismo Juan quiere significarlo como referido a todos los creyentes de todos los tiempos, el otro discípulo nos representa a cada uno de los cristianos que en este Domingo de Pascua creemos firmemente en Jesús Resucitado y experimentamos su amor que nos da la vida eterna. Sin duda, Juan llega antes y ve las vendas, pero no se quedará en ese dato empírico, su mirada inicia ya el proceso de la fe, su mirada se ha vuelto hacia el interior, él está pensando en muchas cosas que vivió en el Camino de Jesús: el milagro del vino en las bodas de Canaá, en el episodio del templo donde Jesús lanza las mesas de los cambistas y las jaulas de las aves: “mi templo es casa de oración”, la purificación de las cosas de Dios; piensa también en la resurrección de Lázaro, a él lo desatan para que pueda caminar; ve también el sepulcro vacío lleno de simbolismo visceral: Jesús se ha desatado de los lazos del reino de la muerte. Esto es lo que ve el discípulo amado, por eso da el salto cualitativo de la mera experiencia (dato empírico) para ver y creer: “vio y creyó.”
Juan además de proclamar la resurrección de Jesús, nos hace comprender los mensajes que contiene todo su relato sobre estos tres testigos privilegiados. Uno de los mensajes es que Pedro y Juan( el otro discípulo) corren juntos, pero Juan se adelanta y Pedro corre detrás de él, significando que la autoridad debe ir siempre detrás de la comunidad para con ella alcanzar su meta. Estamos y quedamos que los dos discípulos no esperaban la resurrección de Jesús, partieron en la misma oscuridad, partieron del mismo sepulcro donde lo habían sepultado; sin embargo, Juan al ver los signos y símbolos comprendió que la muerte física no podía acabar con la vida de Jesús que es la fuerza de puro amor del Padre. Cuando Pedro entra al sepulcro reúne todas la pruebas de que Jesús había resucitado: las vendas por el suelo, y en lugar aparte, el sudario cuidadosamente doblado, son las pruebas silenciosas, signos visibles que nos llevan al misterio de la resurrección: Dios y la fuerza poderosa del Espíritu no se han olvidado del “hombre Jesús”, su cuerpo pertenece totalmente a Dios.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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