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DAD A DIOS LO QUE ES DE DIOS

Es el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario Ciclo A y las lecturas nos hablan de la soberanía y el señorío de Dios. Este domingo, contemplamos cómo la transmisión del mensaje de la Buena Nueva pasa de las parábolas tan llenas de significado y de vivencia, a las enseñanzas de Jesús a través de sus encuentros con los fariseos, como vemos en el evangelio de este domingo, la hipocresía es la postura visceral de los fariseos, y de parte de Jesús constatamos una gran sinceridad y profundidad en sus enseñanzas y réplicas ante las insidias de los fariseos.

Dad a Dios lo que es de Dios, y en su mejor traducción: “Pagad o devolved a Dios lo que es de Dios” es el eje central de nuestra reflexión dominical. Para Jesús, el emperador romano (el César) y Dios no se encuentran en el mismo nivel. Está claro que lo que le perteneces al César es el dinero (“enseñadme la moneda del impuesto. Le presentaron un denario”), y ese dinero es el símbolo del poder político y económico. ¿Qué le pertenece a Dios? Lo expresa con nitidez toda la tradición bíblica y lo expresa magnífica y maravillosamente el DEUTERONOMIO 6, 4-7: “ Escucha, Israel: Yavé, nuestro Dios, es el único Yavé. Y tú amarás a Yavé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón los mandamientos que yo te entrego hoy, repíteselos a tus hijos, habla de ellos tanto en tu casa como cuando viajes, cuando te acuestes y cuando te levantes…” El amor a Dios de todos los hombres y las mujeres no admite compromisos ni particiones con ningún otro señor o poder de esta tierra. En consecuencia hay que dar a Dios , lo que es de Dios, ya que el César (que representa el poder político y económico) no es Dios. Además, para todo israelita, la tierra donde habita, sus habitantes, el templo, los productos de la tierra pertenecen a Yavé. Por eso, devolverle o pagarle todo lo que habían recibido de Dios implicaba o significaba darle la primacía, sacarlo de las manos de los romanos y colocar al emperador en el lugar que le corresponde y nada más (y esto lo hace Jesús). Hay que volver a repetirlo, no hay nada en el mundo que no sea de Dios, de él somos todos los seres humanos creados a su imagen y semejanza, de él son todas las cosas, el presente y el futuro. Todos somos de un mismo Padre, llevamos la imagen y la inscripción de Dios en lo más profundo de nuestro ser, como proclama el Deuteronomio. Imagen que puede desdibujarse en cada uno de nosotros pero jamás borrarse mientras vivamos.

¿Cuál es el criterio fundamental y para todos que nos enseña Jesús? “Dar a Dios lo que es de Dios” este el criterio y principio fundamental. Lo que es de Dios es lo que el mismo Jesús vive y anuncia, es el evangelio y ese es el único criterio básico para los cristianos y cristianas y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y Dios mismo y el evangelio nos ofrecerán criterios coherentes para poder actuar y decidir en la vida cotidiana y en la misma vida social y política, sin dejar de ser cristianos, sino más bien contestarios (como Jesús y en clave de justicia y derecho queridos por el Padre) cuando la sociedad y el mundo quieren volverse la única respuesta para el desarrollo y el logro de la felicidad del ser humano. No olvidemos que el mismo Jesús nos ha repetido que su Reino no es de este mundo, y por lo mismo, no es un Mesías político (como lo pensaban y soñaban los judíos) y su Reino que anuncia nada tiene de político; no hay, pues, y esto es clarísimo: una competición con el poder político que ejercía el César. Incluso el poder del César está sometido al Reino de Dios porque todo está sometido al plan generoso de salvación de Dios. Por eso no hay dos reinos, cada uno con un poder omnímodo e independiente. Para Jesús, sólo Dios es el Señor y no hay otro Dios fuera de él, y ningún poder político puede ocupar el lugar que le corresponde únicamente a él, y “Dar a Dios lo que es de Dios” en la boca de Jesús, no es sino la llamada a dar a Dios en nuestra vida el lugar que se merece (la primacía), y a poner todo lo demás por debajo de él. Ningún césar (rey, emperador, dictador), ningún ídolo, ningún diosecillo que pulula la actual sociedad superdesarrollada puede ponerse a la altura de Dios, y cada vez que intentemos (muchas veces lo hacemos) correr tras estos idolillos y diosecillos que ha creado el mundo, sonará fuertemente la voz potente de Dios: “ Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mi no hay dios…Yo soy el Señor, y no hay otro.” En consecuencia, si somos de Dios, cada uno de nosotros vale más que cualquier autoridad civil o religiosa de la tierra. Ninguna autoridad puede arrogarse atributos absolutos; ninguna autoridad sea del cuño que sea es dueña de los seres humanos y de su conciencia. Si somos de Dios, esto mismo, nos obliga a realizarnos como personas responsables y solidarias, a llevar a su plenitud el plan generoso de salvación de salvación trazado desde antiguo. Jesús es el paradigma del apego a Dios, como vemos en el evangelio de este domingo, él no ha hecho sino renunciar a las tendencias políticas de la sociedad judía de ese entonces y de ese modo ser plenamente libre. Sin embargo y esto hay que repetirlo en alta voz para los que intentan colocar a la Iglesia sólo en las “cuatro paredes de la sacristía”, la doctrina del evangelio no es indiferente ni neutra respecto a la política, pero ésta tampoco puede ser neutra respecto a Dios. ¿Cómo entenderlo? Y es que dar a Dios lo que es de Dios supone fidelidad y no escapatoria a los deberes sociales y políticos, pero no en una línea meramente mundana, sino en la línea, en el espíritu y en las exigencias del evangelio, porque todo depende de Dios; es más, los cristianos y cristianas no podemos confundir la política con el evangelio, pero tampoco podemos separarnos tajantemente de la llamada “política”. En este sentido, todo ser humano debe vivir su vida como hombre y mujer que viven en un contexto social, trabajando siempre por el progreso y el bienestar común, pero deben hacerlo obedeciendo a lo que el evangelio prescribe o determina. Jesús, pues, nos invita a vivir la vida política en fidelidad al espíritu del evangelio.

Entonces, la clave del Evangelio es el rasero de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Jesús predica, pues, a un Dios bondadoso, lleno de amor, misericordia y de perdón, y esto va contra cualquier poder humano. Un poder humano que trata y siempre de suplantar a Dios, de endiosarse. Precisamente el pecado está en querer ser Dios para los demás, y ésta es la tendencia y la tentación de los césares del mundo, de los que detentan el poder; no se trata de ser imagen y semejanza de Dios, sino dios para los demás, obligándolos a la sumisión, obediencia a ciegas y adoración. No se trata (como Dios lo manda) de estar a disposición de Dios ni al servicio de los hermanos, sino de creer disponer de Dios para sus fines e intereses. Los cristianos y cristianas a la luz del evangelio de Jesús entendemos perfectamente que Dios es inapropiable y que hay algo que procede indefectiblemente de Dios y que le pertenece, y ese algo es la dignidad del hombre y sus derechos. Los césares y los poderosos del mundo no lo entenderán así porque su norte es la avaricia y el egoísmo supino su mejor estrategia. Ser cristianos, como hemos dicho, es ser fieles al evangelio y discrepar abiertamente con las cosas del mundo que potencian el arribismo, la desigualdad, la injusticia, la marginación, el sólo tener. Ser cristianos es mirar y observar siempre lo que sí es de Dios: el sufrimiento de los que encuentran ni tienen trabajo digno y estable; el hambre de los que no tienen el pan de cada día y mueren de inanición y por la indiferencia cínica de los césares y del poder constituido; las lágrimas de los que sufren las injusticias, la crueldad del trato en los centros de salud y asistencia; las lágrimas que causan las enfermedades incurables; las persecuciones que sufren todos los que luchan por la justicia y de los derechos del hombre. Lo que es también de Dios es luchar para que la justicia prime sobre la explotación del hombre por el hombre; lo que es de Dios es también la liberación de toda opresión y la libertad de los oprimidos, como vemos “lo que es de Dios” no es poca cosa.

Pues bien, Jesús nos enseña a relativizar los hechos y los acontecimientos y a las mismas personas, pero nos hace más objetivos en nuestros sentimientos hacia ellos. Ningún hecho, acontecimiento y persona nos puede absorber hasta el punto de perder nuestra libertad. Tampoco podemos consentir que alguien dependa de nosotros hasta el punto de quedar absorbido, anonadado y anulado, Por eso, la respuesta de Jesús: “Dad al César lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios”, es para todos los hombres y las mujeres una llamada a la liberación en toda su plenitud. Y consecuentemente, ser cristiano, es no consentir en hipotecarse por nada ni por nadie en este mundo, para poder, desde la libertad, ser hombres y mujeres auténticos, con una vida auténtica. No olvidemos, mirando a Jesús en la cruz, que dar la vida es el acto supremo de libertad. Como se dice, aquel que tenga miedo a darla ya la ha perdido, pues al perder la libertad su vida deja de ser humana y se convierte en una supervivencia pura, como todos los demás seres que pueblan la tierra.

Jesús, pues, nos enseña el amor del Padre y cómo es ese amor providente y prodigioso para con cada uno de nosotros que estamos hechos a su imagen y semejanza, y no a imagen y semejanza de los césares de este mundo. Ese amor providente y prodigioso que recorre toda la historia de la salvación, al final de los tiempos, se dignó encarnarse en el mundo como un hombre cualquiera y como un hombre en la cruz a despecho de lo que significaban tanto el poder del imperio romano (el César) como el poder de la sinagoga (sacerdotes, ancianos y fariseos). La revelación del amor del Padre es Jesús crucificado, es la verdad y la bondad crucificada, y por lo tanto, una verdad que no se impone. Precisamente al no imponerse, es la verdad que nos hace libres, es Dios y Jesús que nos liberan de todos los señores (ídolos, diosecillos) que se endiosan en este mundo. El reconocimiento de esa verdad es lo que debemos a Dios y en consecuencia le debemos a Dios todas las cosas y a nosotros mismos. Por eso, la única autoridad que Jesús acepta es la de Dios y la de quien, como Dios, libera al pueblo. Ni la autoridad del César ni la autoridad de los fariseos y herodianos entra dentro de esta categoría y por lo mismo, deben ser rechazados. Como vemos en el evangelio de este domingo, Jesús no es neutral, ha tomado partido, una vez más por el pueblo y su liberación. Por eso, a Dios se lo debemos todo, y nos debemos a él, en absoluta libertad, y nunca bajo la coacción del poder, porque ante todo y sobre todo Dios es Amor misericordioso, generoso y prodigioso.

De cara a este siglo XXI los cristianos y cristianas mirando a Jesús, tenemos que empaparnos de Dios, del Evangelio, para que lleguemos a llevar en nuestro interior lo que es verdaderamente de Dios y esto nos marque para toda nuestra vida; cuidarnos mucho cuando consideramos nuestros criterios personales como que son cosas de Dios; ser conscientes de que ninguna opción social o política puede responder cabal y plenamente al Evangelio de Jesús, para el discernimiento debemos de utilizar nuestra conciencia cristiana; trabajar y llevar adelante todo lo que el mundo necesita para poder acercarse al proyecto amoroso y fraternal de Dios; como Iglesia, debemos denunciar aquellas situaciones que se alejan con descaro y alevosía del proyecto de salvación contenido en el Evangelio, y que son promovidos por los césares que se han divinizado y actúan como si fueran dioses; no olvidarnos nunca que el origen de todo, la fuerza que mueve todo es el Padre Dios manifestado en Jesús; como cristianos y como Iglesia, jamás debemos amparar las dictaduras ni las esclavitudes del cualquier tipo que sean, ni mucho menos la opresión de los pueblos ni la falta de la solidaridad; los cristianos y cristianas no podemos per se buscar en Jesús y sus evangelios respuestas exactas ante las diversas opciones políticas, hacerlo sería una hipocresía, utilizaríamos a Jesús para nuestros intereses, lo que debemos exigir es la justicia y el derecho que Dios nos pide en todo orden de cosas y precisamente el evangelio de Jesús debe penetrar, iluminar y alimentar toda nuestra vida. No nos olvidemos de que Dios es Dios.

PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 45,1.4-6.- “Esto dice el Señor a su Ungido, a Ciro: ‘ Yo lo he tomado de la mano, para doblegar ante él las naciones y desarmar a los reyes, para abrir ante él las puertas, para que los portales no se cierren. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título de honor, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios. Te pongo el cinturón, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.’”

Corrían los años 550 al 530 antes de Cristo, Ciro el rey persa, derriba el imperio babilónico y libera a un gran número de pueblos del yugo de Babilonia, entre ellos, el mismo pueblo de Dios, el pueblo de Israel. Y el profeta Isaías (en el denominado segundo Isaías) anuncia el retorno de los desterrados hacia la tierra prometida y como hemos escuchado, saluda al liberador con los títulos de “ungido”, es decir mesías; elegido de Dios, a quien, como lo hacía con los profetas los lleva de la mano (“Yo lo he tomado de la mano”), y lo llama por su nombre y he aquí lo fundamental: “aunque no me conocías”. Es importante por dos cosas. Una: Ciro es un gentil o pagano; recibe sin embargo, la investidura de parte de Dios. ¿Qué quiere significar? Que Dios, el Señor, puede distribuir sus dones y confiar un encargo a quien él quiere y no sólo a alguien del pueblo judío; segunda: es afirmar que a Dios le interesa profundamente la vida humana y política de su pueblo. Pero esa misión y encargo confiado por Dios a Ciro, debe llevar necesariamente al reconocimiento de que no existe otro Señor que el Dios de Israel. Ciro ha llegado a ser poderoso y famoso, pero su poder lo tiene por completo del Señor, es decir, que en la historia nada acontece independientemente de Dios (el poder, como decíamos, no está separado de Dios, como un estanco y con acciones omnímodas e independientes). Ciro debe ser obedecido, no tanto por sí mismo, sino por estar investido del poder de Dios, porque es de Dios de quien él tiene el poder, como consecuencia obvia y afirmativa: Dios no se desatiende de la vida de los seres humanos y de su vida política, pero ésta (que debe buscar el bienestar de los ciudadanos) debe conducir finalmente a los seres humanos a la justicia, la paz, los derechos y la salvación. Volviendo a Ciro, no fue poco lo que hizo en a favor del pueblo de Israel: puso fin a la deportación de los judíos a Babilonia, restituyó los objetos de oro y plata expropiados por Nabucodonosor y publicó el edicto de la reconstrucción del pueblo. El texto que hoy leemos, trasunta toda una teología de la historia: el Dios de Israel es Señor de todos los hombres y mujeres de la tierra, de toda la realidad humana, y puede conducir esa vida para cumplir su voluntad. El Señor guía, pues, los hilos de la historia. Él es el Señor y no hay otro. Israel, y nosotros con ellos, ha aprendido que el Señor no es solamente el único Dios de Israel, sino que es, en absoluto, el único Dios existente. Ciertamente Dios es lo absoluto en todo el trayecto de nuestra historia humana, pero Dios no “reina ni gobierna” al estilo de los reyes y gobernantes ni mucho menos como los poderosos, que necesitan un aparato político, burocrático y militar para ejercer su dominio. Dios ejerce su reinado en el interior de nuestros corazones por medio del amor generoso y prodigioso y mediante el ejercicio de la justicia absoluta. Definitivamente el texto que hemos leído nos ayuda a entender mejor el evangelio de este domingo.

SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE PABLO A LOS TESALONICENSES 1, 1-5b.- “Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción.”

Pablo, nos habla del Señorío de Dios sobre nosotros y nuestras comunidades. Tesalónica, la ciudad griega, es cuna de una comunidad cristiana, mejor se constituyó una asamblea (Iglesia) que reconoce la autoridad de Dios. Pablo, Silvano y Timoteo saludan a esta asamblea convocada por el Padre y el Señor Jesús, una asamblea constituida por pequeños artesanos, que reconoce a Dios como único poderoso: “a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesuscristo” La Comunidad que forma la Iglesia es la lectura que nace del texto de Pablo. Una comunidad nace de un acontecimiento misterioso, Pablo como que nos recuerda cómo debe ser hoy una comunidad cristiana viva y testimoniante. Bien sabemos que toda la obra de Pablo es una catequesis o predicación que tiene como finalidad la formación de comunidades cristianas. También sabemos, que estas comunidades se agrupan en torno a Jesús que gloriosa y misteriosamente vive no sólo en los cielos, sino también en la tierra, después de su Resurrección. Para Pablo el fundamento de estas comunidades, es la transformación de nuestra existencia entera, consecuencia a su vez de una transformación de nuestro ser entero por nuestra unión con Jesús, que se produce por el Bautismo y queda sellada por la Eucaristía. En la Comunidad Cristiana de Tesalónica podemos comprender el legado inmenso de la obra apostólica y que es el palpitar de la Iglesia, de la Iglesia viva y testimoniante. La Comunidad de Tesalónica es el referente obligado de una comunidad cuando hay vidas transformadas (métanoia) por la unión de cada uno de sus integrantes con Jesús y transformados en él. Solamente con la unión que produce el Bautismo, solamente con la transformación por la fe, esperanza y el amor, uno es apto para formar parte viva de una Comunidad Cristiana. ¿Qué más? Las Comunidades cristianas están enraizadas en el misterio de la presencia amorosa de Jesús en la tierra después de la Resurrección y en la obra del mismo Jesús, por la fuerza del Espíritu Santo que transforma nuestra vida concreta. Una Comunidad cristiana debe estar pues atenta a los reduccionismo extremos, por eso Pablo hoy nos dice con toda claridad que la fe activa, el amor esforzado y la esperanza firme son las pruebas tangibles de una Comunidad viva y testimoniante. Pablo, también nos dice que una comunidad no se forma ni se desarrolla ni mucho menos crece por una predicación externa, por la voz de la palabra, sino por la fuerza del Espíritu Santo.

Pablo, pues, nos recuerda a aquella floreciente comunidad cristiana de Tesalónica, de la que el discípulo Timoteo comunica a Pablo tan buenas noticias que el corazón del Apóstol de la Gentes se alegra y da gracias a Dios porque “la actividad de vuestra fe” (sin duda el espíritu misionero), “el esfuerzo de vuestro amor” (el testimonio real de las obras de misericordia y de los hechos mismos), “la firmeza de vuestra esperanza” (la tenacidad por seguir el camino de Jesús aún a pesar de las muchas dificultades, manteniendo el espíritu alegre, confiado, sin dejar paso al desánimo y a la desesperanza). Toda una Iglesia, una Comunidad cristiana viva y misionera, una Comunidad que es un misterio de Dios y no una obra de los hombres. No sólo una comunidad horizontal sino que pone su fundamento en Jesús Resucitado y en el Padre (la verticalidad de la fe).

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 22, 15- 21. El evangelio del tributo al César se da en un contexto polémico de la misión de Jesús frente a la oposición tenaz de los dirigentes judíos, esa controversia que Jesús tiene con los dos grupos más representativos de los judíos: los fariseos y los saduceos. Tengamos en cuenta que el tributo al emperador era rechazado de plano por los zelotas, odiado en general por los judíos y discutido por los rabinos. Los “herodianos”, que eran favorables a que se pagara, y los “fariseos”, inclinados a cumplir la ley judía, se presenta hipócritamente como gente piadosa y escrupulosa, con una moneda y un dilema para desacreditar a Jesús: si éste rechaza el pago del impuesto se enfrente a los romanos; si lo acepta, se opone a los judíos, La respuesta de Jesús, como hemos expresado antes, es una llamada a la liberación en toda su plenitud, sin confundir política con el Evangelio y sin tampoco separarlos tajantemente. Veamos:

“En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos,…” Ciertamente es una extraña y sorprendente alianza, incluso más sorprendente a esas alianzas de los políticos actuales y en cada una de nuestras sociedades, disque modernas. ¿Por qué? Resulta que los “fariseos” eran enemigos acérrimos de los romanos y de sus partidarios; y los “herodianos” eran los partidarios de Herodes y de sus sucesores, los cuales debían su corona y poder subalterno a los romanos, era sus colaboradores. Fariseos y herodianos enemigos de raíz, pero se unen contra un adversario común y antipático que les enrostra su doble vida, su doble cara y perfil: Jesús de Nazareth; a los fariseos les dirigió acusaciones gravísimas, como podemos comprobarlo si leemos todo el capítulo 23 del evangelio de Mateo y de Herodes, Jesús había dicho que era un ser insignificante. Así, pues, los fariseos buscaban desacreditar a Jesús ante el pueblo o hacer que los romanos lo tomen preso.

“..y le dijeron: ‘Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias.” Los discípulos de los fariseos se dirigen cortésmente- “Rabí” (Maestro)- y como que van preparando el terreno alabando su enseñanza, su valentía y libertad, que no se deja impresionar por la posición social de los hombres ni por los riesgos que le puedan ocasionar, en otras palabras, los fariseos definen a Jesús como un hombre que ha apostado por la libertad y quieren probar el temple y soporte de esa libertad frente al poder político y religioso. Se presentan, pues, como israelitas piadosos. Sin embargo, el elogio que hacen de Jesús, antes de lanzarle la insidiosa pregunta, subraya un reconocimiento de la figura de un rabino íntegro, honesto, resistente a todo chantaje, esa su gran libertad ante los convencionalismos y los grupos de su tiempo (“no te fijas en las apariencias”), que es todo lo contrario a un oportunista. Es obvio que con sus palabras adulonas quieren llevarle a que declare en contra del tributo.

“ Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?” La trampa, es de claro matiz político. Si Jesús responde que sí, se pronuncia contra la relación directa e inmediata del pueblo santo de Dios y condena automáticamente los esfuerzos del pueblo por liberarse políticamente. Si responde que no, se declara partidario de los zelotes, con lo que se convierte tácita y abiertamente en un rebelde contra la autoridad de Roma. Para los fariseos y herodianos, el ardid es perfecto, porque no hay escapatoria posible, no es posible un tercera vía o una solución intermedia. En otras palabras, si Jesús dice que se pague el tributo, es que reconoce la legalidad de las prácticas judías, toma partido a favor de Roma y se enajena la simpatía del pueblo, es decir, Jesús perdería toda la simpatía con que contaba entre el pueblo. Desaconsejar el pago es aparecer como un agitador político, arriesgarse a que intervengan los romanos, los que hubieran dado muerte al sedicioso (por crimen de lesa majestad).

“Comprendiendo su mala voluntar, les dijo Jesús: ‘Hipócritas, ¿por qué me tentáis’”. Los fariseos y los herodianos no desean buscar la verdad, por lo mismo, Jesús no irá al fondo de la verdad, bastará con desenmascara su evidente hipocresía.

“Enseñad la moneda del impuesto. Le presentaron un denario. Él les preguntó: ‘¿ De quien son esta imagen y esta inscripción?’. Le respondieron: ‘Del César`” Jesús, una vez que les hace ver sus verdaderas intenciones, les pregunta con qué moneda se debe pagar el tributo, y los fariseos que no deberían guardar monedas, sí que las tenían en la bolsa. Odiaban a los romanos y, por supuesto que con razón, deseaban con todas sus fuerzas que se marcharan de su país, pero no despreciaban ese dinero espurio; rechazan al César en lo que les conviene, pero se someten libremente a su sistema cuando éste los beneficia y a esta actitud comodona y arribista fustiga y con razón, Jesús. Por eso, él obliga a los fariseos y herodianos a quitarse la máscara y reconocer que guardan en su monedero (bolsa) la moneda del tributo y reconocer que se sirven del dinero del César. Y es que quien acepta y utiliza una moneda reconoce la soberanía del que la ha mandado acuñar. Si los judíos usan la moneda del César, reconocen también su soberanía y, por ende, se debe pagar impuestos. Ante el pedido de Jesús le presentan un denario que era una moneda de plata, y la imagen y la inscripción era de tiempos del emperador Tiberio: en el anverso, el busto del emperador y tenía la inscripción: “Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto” y en el reverso aparece la inscripción “pontifex maximus”`. Es más, Jesús les pide algo que repugnaba a los piadosos (fariseos): mirar la imagen del César y la inscripción, impresa en la moneda del tributo. Jesús se muestra contestarlo y no teme hablar en presencia de la imagen del César, y es que cualquier desacato ante su imagen (del César) era considerado como crimen de lesa majestad; despreciarla era un acto de clara y abierta rebeldía contra el orden establecido. Los fariseos y herodianos no concebían otra respuesta que la de afirmar o negar el pago del impuesto y en ambas perspectivas salían ganando, porque de una u otra manera se desasían y se libraban de la presencia cuestionadora de Jesús. Es más, Jesús, no les da, como ellos esperaban, la respuesta de un zelota revolucionario. Se limita a constatar que si los fariseos usan las monedas romanas, y si ellos aceptan o toleran el dominio del César, entonces que paguen o devuelvan el impuesto que implica vivir bajo ese dominio.

“Entonces les replicó: ‘Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’”. Como hemos visto, la pregunta de los fariseos y herodianos no es sincera, sino una trampa artera tendida a Jesús que no puede salir bien librado más que a base del mismo dilema y con el mismo estilo, y esto es lo que hace cuando dice: “Dad al César lo que es el Cesar y a Dios lo que es de Dios. En primer lugar, su respuesta es una huida que le permite salir del aprieto (dilema); no hay ninguna necesidad de suponer una profundidad en la réplica de Jesús que desde el arranque es harto polémica. Además, Jesús introduce un elemento nuevo que no estaba presente en la pregunta que le hacen los discípulos de los fariseos y los herodianos. Jesús añade el “dad a Dios lo que es de Dios”, que ciertamente es un elemento revolucionario y contestarlo de su mensaje. Todas las otras realidades humanas no son negadas, la familia, la vida misma y el mismo poder no son negados, se les reconoce, pero no constituyen nunca un absoluto; para los cristianos y cristianas estos valores no pueden ocupar el primer plano en la escala de valores. Para Jesús ningún César puede ocupar el lugar que Dios debe tener en la vida. Para los fariseos y herodianos y más para los oyentes de Jesús, la respuesta es inesperada pero genial. Lleva el razonamiento a mayor profundidad. No coloca a Dios y al César en el mismo plano. Afirma claramente, delante de la moneda (el denario) y mirándola y cometiendo el crimen de lesa majestad ( la condena para los que se levantaban contra Roma), afirma tajantemente, que el César no es Dios; que hay cosas que no son suyas; que su poder, de ninguna manera es absoluto. ¿Qué es lo que pasará? Jesús negando la divinidad del César, ataca frontalmente y de raíz los fundamentos del estado romano. Toma una posición política definida de índole revolucionaria y contestaria: que si hay algo que de verdad sea de los romanos, que se queden con ello y que se marchen, y es que para Jesús y para todos los cristianos y cristianas lo fundamental es ponerse a disposición de Dios, que es lo que los fariseos y herodianos tratan de evitar a toda costa. Como decíamos anteriormente, ninguna autoridad puede arrogarse atributos totales y absolutos, porque ninguna autoridad es dueña del ser humano y de su conciencia.

Y es claro que la imposición por el poder sobre la vida de las personas no es absolutamente neotestamentario, Y es que no fue ésa la actitud mantenida por Jesús. ¿En qué sentido? El césar actúa con su fuerza para lograr el sometimiento externo de sus súbditos sin importarles la libertad de éstos. Jesús, el Maestro (Rabí) se dirige al corazón de la persona para que cambie, se transforme y se convierta desde su libertad y no recurre a ninguna estrategia coercitiva que pueda forzar la decisión de la persona. Además de atacar de raíz el fundamento del estado romano, con “dar a Dios lo que es de Dios”, pues a él se debe todo y sólo a él la adoración y culto, lo que hace que esté contra el culto divino dado a los césares. Con esto, no es que Jesús separe la conciencia del cristiano en dos servicios, sólo que delimita el campo del servicio al césar dentro de la universal y exclusiva perspectiva religiosa de un nunca interrumpido servicio al Padre en santidad y justicia. ¿Qué significa? Los cristianos y cristianas no podemos pasar por alto las obligaciones principales (como las obras de misericordia) para poner toda nuestra vida en aspectos secundarios, muchas de ellas baladíes y secundarias como lo hacen los fariseos y herodianos; los cristianos y cristianos las más de la veces, no hemos olvidado nuestras oraciones y devociones, pero hemos ignorado a los pobres que se mueren de hambre a las puertas de nuestras casas. A ese Rabino que alababan los fariseos y herodianos y que lo retrataban tan magnifica y realmente (íntegro, honesto, resistente y libre), tenemos que mirar para seguir y vivir su misma vida, él dedicó su vida a lo principal, dedicó su vida al anuncio del reino de Dios; y puesto que el Reino de Dios es y se realiza en Jesús, si creemos en él no tenemos otra tarea principal ni más urgente que anunciarlo, No hemos de olvidarnos que llevamos en nosotros mismos la imagen de Dios, y por lo tanto, sólo le pertenecemos a él. En medio de este mundo dizque desarrollado y de la magia de las redes sociales, donde crece el poder del estado de manera espantosa e insospechada y a los ciudadanos les resulta cada vez más difícil defender su libertad en medio de una sociedad donde casi todo está dirigido y controlado perfectamente, los cristianos y cristianas no hemos de dejar nuestra conciencia (que es de Dios) y nuestra libertad por ningún poder. Lo que urge, es cumplir con honradez nuestros deberes como integrantes de una sociedad civil y viviendo como la Comunidad de Tesalónica, pero sin dejarnos modelar ni dirigir por ningún poder que vaya en contra de las exigencias fundamentales de nuestra fe en el Padre y en Jesús.

Qué fenomenal domingo, donde Jesús da una respuesta que sorprende a todos sus adversarios y a los mismos discípulos que lo seguían: “Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios”, estas palabras no sólo confunden a sus enemigos acérrimos, sino que nos enseña a los cristianos y cristianos todo aquello que debemos ofrecer a nuestro Dios, que le debemos dar todo aquello que le conviene como creador, como Señor de la vida y de la historia, esa teología de la historia que trasunta ya en la primera lectura. Jesús nos muestra lo grande y sagrada que es la vida humana pues le pertenece a Dios. Nos enseña sobre el único modo que el ser humano tiene para realizar plenamente su humanidad: dando a Dios lo que le pertenece, ofreciéndole la donación de su propia vida y viviendo en la plena donación de sí mismo a los demás.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

 

 

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