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EL DOMINGO DE LOS TALENTOS: FRUCTIFICAR NUESTRA VIDA Y NUESTRA FE EN EL TIEMPO DE DIOS.

Este Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A, Jesús nos ofrece una enseñanza más sobre el Reino de los Cielos. El domingo pasado era una fiesta de bodas, un Reino siempre actual que reclama de todo cristiano y cristiana un interés permanente, como el de las doncellas prudentes que aguardan siempre atentas al novio; este domingo es el banquete del Señor, ciertamente es también el interés por el Reino, pero a la medida de cada uno. El banquete del Señor es, pues, una de las imágenes más habituales del Reino de Dios, y al reunirnos en asamblea para participar en la Eucaristía celebramos el banquete como signo y anticipación del Reino de Dios. De cara a la parábola de los talentos, que en sí misma, es como un elogio al compromiso, trabajo efectivo y rendimiento o dar realmente frutos, habemos de considerar nuestra actual vivencia del mundo, de la realidad social; hoy, como en ninguna etapa de la historia humana y de la misma Iglesia, vivimos tiempos y años de cambio incesante y acelerado. Este tráfago incesante del mundo y de la sociedad como que nos hace sentirnos, a todos, desconcertados y sobrepasados por el ingente ir y venir de eventos y innovaciones en todo orden de cosas, especialmente en la ciencia y la técnica, lo que hace poco era inmutable y axiomático, hoy se convierte en mutable, en relativo y a la espera de nuevas novedades y descubrimientos muchas veces fabulosos e increíbles. No hace sentir, decíamos, desconcertados y sobrepasados, y esto mismo nos hace esconder nuestros talentos o capacidades bajo de la tierra, en un hueco que hacemos en ella (como al que le dieron un talento), y por lo mismo, el interés por el Reino como que se difumina y ya no me siento comprometido con esa tarea exigida por Jesús en sus evangelios. Es el peligro del miedo, de sólo conservar lo que se nos ha dado (el evangelio), de anclarnos en el pasado (en la efervescencia de los reinos del pontificado romano), ante un presente que se nos presenta amenazador y desbordante y un futuro que realmente nos atemoriza.

Ese incesante y acelerado cambio que vivimos, se ha hecho notorio al derrumbarse normas de comportamiento y leyes de conducta que hasta no hace poco eran inconmovibles. La crisis que actualmente vivimos ha provocado una sensación de vértigo, vacío y desorientación, y existe la impresión de que como que ha cambiado la moral y ya no se tiene conciencia de pecado; ante este estado de cosas como que muchos cristianos y cristianas se cierren (como el siervo al que le dieron un talento) a toda novedad y conservan sólo lo que se han recibido, sin arriesgar nada. Lo que no debemos olvidar es que seguir a Jesús, es mucho más que conservar intacta las normas morales, y es que el ma moral cristiana no es conservar la herencia que hemos recibido, sino buscar, movidos por el Espíritu de Jesús, cómo ser más humanos en medio de todo este mundo cambiante. Y es que el evangelio de Jesús no es un depósito que hay que conservar fielmente, sino una semilla que hay que sembrar, una viña que hay que hacer fructificar, una levadura que hay que dejarla crecer, una aventura fenomenal que hay caminar firmemente, un capital (auque suene a neoliberalismo) que hay que aumentar, y especialmente una responsabilidad que hay que tomar decidida y frontalmente. Por eso, ser cristianos y cristianas (creyentes) es algo mucho más grande y apasionante que enterrar nuestra vida en un cofre y ponerla en un hueco. Como hemos visto en todos los domingos de este año del Señor, el seguimiento a Jesús es definitivamente una llamada a buscar y crear una humanidad nueva y siempre mejor o de mayor calidad. Por eso, mismo y ahora se entiende, que seguir a Jesús es realmente un riesgo antes que una seguridad. Es una exigencia que fructifica más que un mero cumplimiento, es urgencia de amor más que la simple satisfacción del deber cumplido. Y esto, debemos reafirmarlo y reiterarlo en el caminar cristiano hacia el Reino de los Cielos, ningún cristiano y cristiana se ha hecho por sí mismo, nuestra vida, esa existencia en clave de Dios se construye con las capacidades que él ha puesto a nuestra disposición, y que se nos ha dado gratuitamente. Como dice Pablo en la Carta a los Efesios, todo es gracia, y la tarea de cada cristiano y cristiana no es más que la respuesta a un don que nos hemos encontrado entre las manos, como magníficamente lo dice Jesús al darnos los talentos a todos, nos ha dado algunos cinco, a otros dos y al que menos uno para que lo trabajemos y ese algo se hace nuestro para caminar hacia el encuentro con el Padre. En este domingo de los talentos, tenemos que reconocer que Dios es inmensamente bueno y misericordioso y nos colma de posibilidades para que seamos mejores y más humanos. Lo fenomenal de nuestra existencia y de nuestro mundo es que todos somos distintos y complementarios por la gracia de Dios. Y cada uno sabe todo lo bueno que tiene que hacer (fructificar) para hacer felices a los demás y para hacer mejor el medio ambiente en el cual se desarrolla y habita. En este domingo de talentos nos vemos obligados a revisar toda nuestra vida, la privada, social y religiosa. Nuestra destino y tarea no es sólo recibir lo que Dios nos da sino en hacerlos crecer y fructificar.

¿Qué era un talento en tiempos de Jesús? El talento era la más alta moneda griega que servía como unidad de medida monetaria, correspondía a un peso de plata que variaba según las apreciaciones de 25 a 41 kilogramos y valía 6,000 denarios que le tomaban a un peón agrícola ganar durante 6,000 días (ganarlos en dieciséis años), era realmente una fortuna.

Los talentos desde el evangelio de Jesús.- Desde la parábola los talentos son las capacidades, las aptitudes, cualidades, y éstos se convierten en una llamada clarísima: nuestras posibilidades (talentos), sean las que sean, debemos hacerlas fructificar al servicio de los intereses del Reino, si no lo hacemos, es más que seguro que seamos excluidos del Reino. De plano hay que rechazar que los talentos signifiquen los millones que tienen algunos hombres y mujeres ( y más los poderosos del mundo), sino que esos talentos se refieren más bien a aquel “tesoro escondido” (ver MATEO 13,44), y más los talentos son las cualidades de cada persona y en concreto, es la capacidad de cada cual de contribuir a la realización del proyecto que Dios tiene para la humanidad entera. Ese “tesoro escondido” es el “capital” que hemos recibido gratuitamente de Dios, el capital de la fe que hemos recibido de él, el “tesoro escondido” que es haber encontrado a Jesús y conocido su mensaje, el saber que Dios es Padre y quiere que todos seamos hermanos, conocer que nuestro mundo no tiene que ser necesariamente un valle de lágrimas, sino que Dios quiere que todos convirtamos la existencia humana en una fiesta, en una fiesta de bodas, en un banquete. ¿Y más concretamente? Los hombres y mujeres como servidores de Dios, que es el Señor del mundo, nos vemos dotados de diversos talentos según nuestra capacidad; entonces, el Padre da a cada uno sus dones en función de su empeño, de su entero compromiso por corresponder a lo que de él ha recibido. Ese empeño, desvelo (vigilancia) y medida del interés por Dios, es la respuesta del hombre y de la mujer al requerimiento divino. Entonces, ¿lo decisivo es contar con ingentes talentos? Poco importa si una persona tiene muchos o pocos talentos (lo dice hoy la parábola de Jesús), lo fundamental es que Dios nos los ha otorgado de modo diverso a cada uno según su entera decisión y voluntad y lo que será realmente importante y decisivo es todo aquello que libremente ponemos de nuestra parte para hacerlos fructificar, rendir, o como hoy se dice: que tenga resultados eficientes y eficaces. En otras palabras, esas capacidades y cualidades aunque sean pocas, son verdaderos talentos, es decir, oportunidades de servir conscientemente a Dios y de amarle por sobre todas las cosas.

Los talentos y el Reino de Dios. Si Dios nos ha entregado sus dones y éstos en forma de talentos, lo esencial es que no sólo sirvan para el crecimiento de uno mismo, sino sirvan al crecimiento del Reino de Dios, al proyecto de salvación del Padre trazado desde antiguo. Jesús nos pide en sus evangelios que seamos los trabajadores de su Reino, es decir, cristianos y cristianas, que dedican su vida para hacer realidad lo que Jesús ama, lo que Jesús valora, lo que Jesús quiere, como lo hemos venido experimentando todos estos domingos y sólo hay que leer su evangelio para saber y comprender en qué consisten los deseos de Jesús. Jesús no nos quiere como el hombre que recibió un talento que se afana por conservar lo que se le ha confiado y se ha ingeniado para defender su “tesoro”, que había ideado su propia estrategia de seguridad y lo había enterrado allí donde nadie pudiera quitárselo. Jesús nos dice que su Reino ha de crecer, avanzar, iluminar a todos (no colocar la luz bajo el celemín), ha de sazonar (sal de la tierra), ser fermento (como la masa que prepara la mujer), ha de ofrecerse y más ha de comunicarse (ir por todo el mundo). Los cristianos y cristianas traicionamos la esencia del Reino de los Cielos cuando, queremos defenderlo, conservarlo a ultranza, cuando lo amurallamos (en las cuatro paredes de una sacristía), cuando lo enterramos, con estas acciones lo único que hacemos es impedir que sea fermento, que sea fecundo. Ser intrépido y no hacerse ganar por el miedo, es la tarea e impulso decisivo, como lo expresa Jesús en MATEO 11,12: “ Desde que vino Juan Bautista hasta ahora el Reino de Dios se alcanza a la fuerza y solamente los esforzados entran en él”. Por eso, lo más maravilloso es que el Reino de Dios crezca a través de nuestro propio crecimiento, de la misma manera que la semilla sembrada (y eso es el evangelio) debe llegar a ser un árbol grandísimo.

¿Qué talentos fructificar? De entrada, debemos de convenir que la felicidad plena, que es el Reino de Dios, que se resume en el “pasa al banquete de tu Señor” se encuentra cuando servimos a Dios y servirlo significa seguir el evangelio de su Hijo Jesús. Y esa felicidad se encuentra cuando reconocemos que Dios es el creador de todo bien, cuando reconocemos que ni tan solo lo que hemos conseguido con nuestro esfuerzo es nuestro , sino que también es de Dios y debe estar al servicio de su Reino. Por eso, en principio y de manera general, tenemos que fructificar todos los talentos que Dios nos dio, él no quiere que devolvamos lo que nos ha dado, sino mucho más. Porque a quienes se mueven en el terreno del amor y corren el riesgo de tomar decisiones, se les abren siempre perspectivas nuevas. Por eso, es bueno contestar estas preguntas: ¿Hacemos fructificar todas la posibilidades que tenemos? Y esta fructificación , ¿está realmente al servicio del Reino de los Cielos? No basta, pues, con enterrar los talentos recibidos ni mucho memos “negociar” con ellos para provecho propio, sino que hay que negociar (ganar) para Dios que nos los ha confiado. “Negociar” como lo vemos en los siervos que recibieron cinco y dos talentos es “arriesgar” para vivir con Dios y sus evangelios, y como se dice, la vida crece arriesgándola, lo cual supone que valoramos más lo que esperamos conseguir que lo que tenemos. Y el que no arriesga nada es porque no espera nada. El que arriesga todo es porque lo espera todo. Como hemos afirmado, nuestro “capital” es Dios mismo que nos ha mostrado en Jesús su amor inmenso, es un capital que todos quisieran tener (porque ni la polilla ni la herrumbre lo corroen o destruyen). Ese es el capital y el producto (frutos) que se espera es doble: En primer lugar, es hacer eficaz el amor que Dios nos manifiesta contribuyendo con todos los que asumimos el mismo compromiso a que el proyecto de Dios se haga realidad, colaborar para que la comunidad cristiana, la Iglesia, viva y realice de verdad el evangelio; en segundo lugar, es compartir esa riqueza inmensa con todos aquellos que la quieren aceptar, dar a conocer la Buena Nueva de Jesús e llamar a otros a sumarse a la tarea de convertir el mundo en un mundo de hermanos, más humano, más de lado de los más débiles y de los pobres.

La gran tarea de los cristianos y cristianas será hacer fructificar los talentos y especialmente tres talentos que Dios nos da: la propia vida, la fe y el tiempo siempre en clave de servicio al Reino de Dios. Hacer crecer el talento de la vida: La vida es un regalo que recibimos y el modo cómo la vivamos es el regalo que devolvemos. Dios es dueño de todo, pero el mismo Dios no nos trata como simples siervos sin derecho a nada, sino que él nos trata como auténticos propietarios del talento o riqueza inalienable que es la propia vida. Se nos da la vida por hacer, como una tarea, un quehacer y estamos llamados a realizarla a plenitud (“pasa al banquete de tu Señor”). La meta es llegar a ser como Dios manda: imagen y semejanza suya. Vivir, los cristianos y cristianas, de tal forma que seamos referentes suyos en medio del mundo y de su tráfago envolvente y vertiginoso. Venimos a la existencia con un bagaje de talentos y desde los cuales hemos de crecer. Todo, pues, se inicia desde la gracia, desde el don de la vida. Luego viene la tarea de construirla haciendo de ella una historia de realización personal, de felicidad y de santidad, y ésa es precisamente la respuesta que Dios espera como agradecimiento al don y a la gracia recibida. El evangelio de este domingo nos llama a la audacia, al valor, al espíritu de aventura; pues quien vive así acierta al considerar el regalo de la vida como tarea propia, personal e intransferible Los cristianos y cristianas que queremos vivir en el estilo y en la intensidad de Jesús tenemos que asumir la inseguridad, el riesgo de asumir la propia vida. Hacer crecer el talento de la fe: Es uno de los talentos que debemos hacer fructificar y en primera línea. Los cristianos somos depositarios de algo que tiene un valor más fabuloso que las grandes cantidades de dinero que significan los talentos. Nuestra fe no puede encerrarse en el mero cumplimiento, en la rutina, en la intimidad o privacidad. Nuestra fe es preciso vivirla, alimentarla, testimoniarla, comunicarla y contagiarla. Entonces no podemos esconder nuestra fe, Jesús vendrá, Dios nos juzgará en el juicio final (parusía) y nos preguntará sobre todo por la positividad de nuestro amor y de nuestra luz (“ Porque tuve hambre y ustedes me alimentaron; tuve sed y ustedes me dieron de beber… anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme, en la cárcel y me fueron a ver,”). Nos preguntará por nuestros hermanos (“ En verdad les digo que cuando lo hicieron con algunos de estos mis hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo.”), porque la fe de mi hermano, su esperanza y su felicidad son los resultados de lo que hemos recibido de Dios. Y es que en la raíz de nuestra fe está la gratuidad del amor del Padre y su compromiso generoso de hacer nuestra historia una historia de salvación. Hacer fructificar el talento del tiempo: es un talento al que no damos mucha importancia. El tiempo es un don maravilloso de Dios. En el tiempo vamos construyendo nuestra parte en la obra portentosa de la salvación del Padre y con el tiempo colaboramos con Jesús en la redención de la humanidad. Nos hemos acostumbrado a perder el tiempo y descuidamos el uso adecuado de ese tiempo, dejamos que éste se escurra de nuestras manos sin hacer nada constructivo, nada que sirva para el futuro, nada que lleve a la paz, consuelo y alegría, no empleamos a fondo ese tiempo parea cosas importantes. Vamos por aquí y por allá, hacemos negocios, adquirimos bienes, disfrutamos de la vida y nos olvidamos de atesorar bienes para el cielo, para Dios. Los cristianos y cristianas se esfuerzan por vivir diligentemente, haciendo todo el bien que podamos. Tenemos, pues, que aprovechar el tiempo, aprovechar cada minuto para dar fruto de eternidad.

PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS 31,10-13.19-20.30-31.- “Una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas. Si marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias, no pérdidas todos los días de su vida. Busca la lana y el lino y los trabaja con la destreza de sus manos. Aplica sus manos al huso, con sus dedos sostiene la rueca. Abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura; la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en público”. Es el elogio de la mujer-mujer, que a contrapelo de los machistas y de ciertos feminismos, plasma magistralmente la igualdad de la mujer con el varón; acostumbrados como estamos a juzgar por el rabillo de nuestros intereses, contradicciones y resentimientos, esta lectura es el elogio a la mujer en clave de acción y servicio a los demás, muy a pesar de las connotaciones de sujeción que a simple vista parece contener. La realidad de la mujer, especialmente, en nuestro continente americano, es esa imagen de una mujer emprendedora, emancipada de la tutela del varón que muchas veces la deja sola y la abandona sin más, que sale adelante a pesar de los condicionamientos de la sociedad cocida y cernida por un machismo recalcitrante y grosero que aún pervive en las sociedades del mundo globalizado. En el proyecto de Dios y en el evangelio de Jesús, no hay machismo que valga ni tiene cabida una marginación a ultranza, casi misógina que se hace de ella. Desde Dios, desde la Buena Nueva y por ende, desde la Iglesia, el hombre y la mujer son iguales en dignidad, en derechos, en las mismas oportunidades que deben recibir, en la consideración óntica como seres humanos; es otra cosa, que nos olvidemos de estos principios universales y válidos en todo tiempo y hagamos todo lo contrario en el tráfago de la vida cotidiana, ignorando a Dios y a Jesús que los proclaman siempre; es otra cosa que nos empecinemos en no ver esa igualdad y diferenciación no como pauta de marginación ni injusticia, ni menos como una concesión o generosidad sino en principio y en la práctica como fuente de la igualdad que se consagra desde el Génesis, donde Dios crea al varón y varona, en ese sentido literal donde claramente se ve la igualdad, donde a los dos (no sólo al varón) sino también a la varona los hizo a su imagen y semejanza; y sólo a Eva reconoció Adán como carne de su carne y sangre de su sangre. ¿Todo esto nos dice la primera lectura? Ciertamente nos deja entrever todo el misterio de la creación realizada por Dios, él nos ha hecho maravillosamente iguales a todos (no nos olvidemos: “varón y varona”) con cualidades propias e inherentes que es nuestra mejor y mayor riqueza. ¿Qué tiene que ver con el evangelio de este domingo? Muchísimo, en primer lugar, los empleados fieles son como la mujer hacendosa que vale más que las perlas. Ella desarrolla sus talentos no sólo para ella sino para los demás, porque es capaz de abrir sus manos al necesitado y extiende su brazo al pobre, con una vida de trabajo al servicio de la familia y de los necesitados (¿este es nuestro talante de cristianos y cristianos?). Ella es una mujer de valores auténticos, de una riqueza interior que se consolida y acrisola con el tiempo (¿no la vemos en nuestras madres en el cotidiano vivir humano?), aunque se marchite la belleza de la juventud, ella es siempre agradable y hermosa. En segundo lugar, refleja todo un estilo de vida que debemos imitar todos: ella derrama felicidad a su alrededor, que renuncia abiertamente al brillo fugaz y superficial de los éxitos humanos, títulos humanos; ella ha renunciado a todo egoísmo y no ha “enterrado” su talento, porque sabe que no hay rostro hermoso, cuando el egoísmo mancha y afea el alma. En tercer lugar, destaca en la mujer, esa habilidad que despliega en el servicio a la comunidad; y precisamente es el motivo de que merezca la alabanza de cuantos reconocen los frutos de su trabajo. Su previsión, su habilidad, su caridad con los demás, hacen de ella un modelo: no descuida sus talentos sino que los utiliza para el bien de todos, en ese “has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu Señor”. Proverbios nos muestra, pues, el ejemplo prístino de una mujer que hace rendir (fructificar) su vida y cualidades (sabia, prudente, trabajadora, hábil, previsora, caritativa), como debemos hacerlo los cristianos y cristianas de todos los tiempos. Ella, pues, puede y debe contribuir a salvar a nuestras sociedades de los males inveterados que la amenazan continuamente, males inveterados que ella misma sufre como víctima del machismo, de la sociedad machista marginadora e injusta: violencia, voluntad de poder, aridez espiritual que avanza como reguero de pólvora en el corazón y vida del ser humana, y el desprecio por la vida.

SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PABLO A LOS TESALONICENSES 5,1-6.- “ En lo referente al tiempo y a las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, pues, vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: ‘paz y seguridad’, entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está en cinta y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón porque todos sois hijos de luz e hijos del día, no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente.”
San Pablo nos exhorta a esperar vigilantes y bien dispuestos el “Día del Señor”. Pero también nos advierte que no debemos demorar nuestras buenas obras, porque no sabemos cuándo llegará el día en que infaliblemente hemos de dar cuentas a Dios de nuestros actos. Dios que dirige la historia, es el único que sabe el tiempo y el momento de las iniciativas y planes salvíficos. Los cristianos no vivimos en las tinieblas, sino que somos “hijos del día”, del tiempo en que se debe trabajar. Por eso, Pablo nos advierte, ya que el cristiano en su etapa de peregrino puede fácilmente ceder a la tentación de aficionarse por las cosas del mundo y olvidarse de los bienes de arriba. Como que se queda sordo con el apabullante progreso exterior que muestran las cifras y holgura económica, o ha quedado encantado, embelezado por la magia de la cultura comunicadora (redes sociales) y la magia de la sociedad del conocimiento; no siente, no escucha la voz ni la palabra de Jesús. Engañado por esta magia de lo sensible, lo hedonístico, se instala en la tierra y concede valor de perennidad (eterno) a lo efímero y pasajero. Así, pues, los que no son hijos de la luz e hijos del día, prefieren dormirse, pretender construirse un mundo en el que haya “paz y seguridad”, en el que se puede tranquilamente descansar y dormir, pero se engañan, porque la vida temporal termina, mejor no está hecha ni configurada como ellos piensa. Precisamente cuando los hombres y las mujeres se han instalado muelle y cómodamente en la seguridad, sobreviene la ruina, “como los dolores de parto a la que está encinta”. Sin embargo, quienes viven en espera del Día del Señor deben vivir en vigilia y fervor y no en sueño ni mucho menos en tibieza que pertenece a la noche y a las tinieblas. Esa tensa espera, esa vigilia del Bautismo a la muerte. La paz, pues, no viene por sí misma, la paz sólo se consigue, mediante un esfuerzo sobrio y claro como la luz del día. Pero el que realiza este esfuerzo con espíritu auténticamente cristiano está siempre preparado para dar cuentas a Dios y el día del Señor (nuestra muerte) no podrá sorprenderlo “como un ladrón”. No nos olvidemos que Pablo nos define a los cristianos y cristianas como “hijos de la luz” y nos contrapone a los “hijos de las tinieblas”. Los hijos de las tinieblas se entregan a las obras de las tinieblas: “ La noche avanza; está cerca el día. Dejemos entonces las obras propias de la oscuridad y tomemos las armas de la luz. Como en pleno día, andemos decentemente; así pues, nada de banquetes con borracheras, nada de prostitución o de vicios, o de pleitos, o de envidias.” (ROMANOS 13,12-13). Los hijos de la luz resplandecen por sus obras de luz: “Más bien, revístanse de Cristo Jesús el Señor. No se conduzcan por la carne, poniéndose al servicio de sus impulsos.” (ROMANOS 13,14).

EVANGELIO DE SAN MATEO 25, 14-30.- Mateo coloca esta parábola de los tres empleados o siervos en el discurso escatológico para denunciar el comportamiento del tercer siervo que, por falta de fe y confianza en el Señor no se compromete gratuitamente; a este tercer empleado o siervo, Jesús, lo identifica con los fariseos y escribas y denuncia en este empleado el legalismo judío en la relación con Dios, porque impide descubrir la gratuidad del amor de Dios y favorece una imagen deformada de Dios por el miedo. Como vemos, esta parábola se dirige a los discípulos para que tengan en cuenta la conducta y pensamiento de los fariseos, obsesionados por el legalismo de la norma, y de los escribas, caracterizados por su palabrería. Ambos temen a Dios y cumplen sus deberes con la justicia legal, pero esto es insuficiente. Y con todo se quejan del proceder del Señor. Los discípulos de Jesús, en cambio, han de entender a Dios por el modo de actuar de Jesús. Así, Mateo quiere motivar a sus lectores a que se comprometan seria y generosamente en el tiempo de espera de la segunda venida de Jesús (la parusía), y por eso, los talentos no se pueden identificar sólo como cualidades o dones naturales, sino como algo que los discípulos han recibido gratuitamente que han de fructificar. Como veremos el punto culminante de la parábola es el momento de rendir cuentas de los talentos recibidos, es decir, las cuentas del amor efectivo hacia los hermanos necesitados, Los que arriesgan, ponen en circulación sus talentos y están al servicio del pueblo, son fieles y previsores, Los que entierran sus talentos, no se exponen ni se comprometen y lo guardan todo para sí mismo, son insensatos y necios.

“ En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “ Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y les dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.” Ese hombre es Dios mismo, que nos deja un doble encargo; cuidar la naturaleza y hacer que florezca la gracia. Vemos que el operario del Reino no es un arrendatario que está regidos por un contrato; el operario del Reino es un invitado a administrar libre, personal y responsablemente los bienes del Reino; y esta responsabilidad es mayor cuando Jesús con toda intención afirma que el Señor se ausenta y deja su propiedad en manos de sus operarios. El Señor distribuye los talentos según la capacidad de los siervos, no sólo de habilidad sino como capacidad muscular, porque un talento equivalía a 30 kilos de plata. Observemos que el talento no se gana, no se conquista, no se merece, sino que se recibe como don y el Señor espera la fructificación de lo que entrega, y es que la conservación y custodia de los dones recibidos es una actitud insuficiente en la construcción del Reino de Dios.

“El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.” Los tres empleados de la parábola están equiparados en esta realidad del don. Un don distinto cuantitativamente. Pero siempre don, un don para todos, y es lo maravilloso, cada uno sabe todo lo bueno que tiene para hacer feliz a los otros, especialmente a los débiles y necesitados y para hacer mejor y más vivible el entorno o ambiente donde se desarrolla como persona y como hijos de Dios. A los tres les corresponde hacer producir los bienes. Los dos primeros, sin pretendidas exigencias, pero con la esperanza consoladora y estimulante de que el Señor premia el trabajo y el esfuerzo, la iniciativa y el riesgo, la constancia y el orden, ponen a trabajar toda la capacidad que el mismo Señor les ha dado y con todo su empeño y ardor duplican el capital. Con esto, nos está diciendo Jesús que el evangelio no es un depósito que hay que custodiar, sino la semilla que debemos sembrar, esa viña que hay que hacerla fructificar, una levadura que hay que dejarla desarrollar y madurar, una aventura que se debe correr, un capital que debe aumentarse y especialmente una responsabilidad que hay que tomar y asumir: “Señor, me diste cinco talentos y te devuelvo otros cinco.”

“En cambio, el que recibió uno fue hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.” Enterrar el dinero envuelto en un pañuelo de cabeza era, según el derecho rabínico, la protección más segura contra los ladrones y eximia de responsabilidad civil. Decíamos, que Jesús identifica a este tercer siervo con el legalismo judío, no se cree a rajatabla en el amor de Dios en su gratuidad y se trabaja con el miedo y temor a ser castigado; ser cristiano no se puede limitar a hacer nuestro deber y por miedo no hacer nada más. Jesús en cambio propone una relación gratuita con Dios basada en su propia experiencia. Los seres humanos tenemos miedo a perder lo que consideramos un tesoro. Los bienes del Reino que hemos recibido y son nuestra identidad cristiana son ciertamente un precioso don que conservar; pero la parábola de este domingo, dice todo lo contrario. Veamos; el siervo a quien reprochará su actitud no ha dilapidado alegremente, nada ha perdido, ha conservado todo lo que se le ha confiado. Se las ingenió para defenderlo, había ideado su propia estrategia de seguridad (hacer un hueco y taparlo), lo que se le reprochará es precisamente el haber tenido miedo y no haber arriesgado nada.

“ Al cabo de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos y se puso a ajustar las cuentas con ellos. “ Dinero abundante y tiempo prolongado les concedió el señor a sus siervos para que negociaran; por fin regresó y les pidió cuentas, es la visita del Señor al fin de nuestra vida. Cuanto más tiempo y mayores dones recibidos, más exigente será el Señor. Nosotros, no sabemos el momento de su llegada, por lo que nuestro corazón y nuestros talentos multiplicados tiene que estar preparados para la hora de rendir cuentas. El encuentro con el Señor, será un gozo, si nos encuentra con las manos llenas, o vacías porque todo lo hemos puesto al servicio de los otros, como la mujer hacendosa y previsora de los Proverbios.

“Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘ Señor, cinco talentos me dejaste, mira, he ganado otros cinco’. SA señor le dijo: ‘ Bien, siervo bueno y fiel, como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor’. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: ‘ Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos’. Su señor le dijo: ‘ ¡ Bien siervo bueno y fiel!; como ha sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. Los dos han hecho lo normal, lo que debían y podían hacer. Lo que se nos ha dado gratuitamente tenemos que desarrollarlo con nuestro trabajo. La capacidad de cada persona es insospechada. Hacer fructificar los talentos personales y colectivos es la gran tarea de toda la vida, la gran oportunidad ofrecida a todo hombre t a toda mujer; porque quien entierra sus cualidades por comodidad o por miedo, se entierra a sí mismo y opta pos su propia destrucción. Observemos que los tres siervos no malgastan los dones recibidos y el premio que se les concede a los primeros es la vida eterna.

“Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: ‘Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo la tierra. Aquí tienes lo tuyo’. El señor le respondió; ‘Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que el volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses.” Le echa la culpa al carácter del señor por no haber hecho producir. De pronto estaba resentido (como los fariseos y escribas) por haber recibido una cantidad menor, y quiere definir la generosidad de su señor como tacañería: “eres hombre exigente” y miren que como que se siente ofendido, su sentido de justicia es muy reducida y por ello el señor aparece a sus ojos como un hombre exigente. Se mira a sí mismo, ha sido un avaro con su propio talento, en lugar de arriesgarlo, haciéndolo trabajar, ha guardado el talento y lo ha escondido. Esa mezquindad en el actuar ha dirigido sus acciones: “ fui a esconderlo bajo la tierra”. Lo que ha puesto en claro es su falta de participación y compromiso en los intereses de su señor. Su cobardía se ha puesto en evidencia porque no ha sabido arriesgar nada debido a que ha considerado a su señor como a un extraño, y esta ruptura con su señor (de los fariseos con Jesús) le impide el acceso a la fiesta del Señor, y el lugar que le corresponde es afuera en las tinieblas. La parábola es durísima para quienes todo lo calculan. Le echa en cara el no hacer nada ni dejar que los demás lo hagan, incluso podía haberlo puesto en el banco.

“Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Termina, pues, con una admonición grave y con la sanción que merecía el empleado negligente y holgazán. Porque a todo el que tuviere, le será dado, y es que el esfuerzo y la cooperación a la gracia atraen otras gracias, eso es lo que significa eso de “dádselo al que tiene diez”. En cambio los negligentes y ociosos, que no hacen producir sus talentos o dones que han recibido, se verán privados, en mil formas, de aquello que recibieron como don. No sólo los que obran el mal serán sometidos a la justicia de Dios y sacados fuera del Reino, sino también a los que no hicieron el bien que debieron hacer. No hay tinieblas (el rechinar de dientes y el llanto) comparables a las que produce la ausencia de la luz de Dios. Por eso, la parábola quiere hacernos comprender la relación de amor que existe entre Dios y todos los hombres y mujeres. Una relación de la que sólo puede brotar amor, generosidad, justicia.

 

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