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EL MISTERIO DEL AMOR DE DIOS

Hoy celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad: El significado fundamental del misterio que hoy recordamos lo sintetiza magníficamente la segunda lectura: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros” y lo afirma con gran convicción San Pablo a los cristianos de Corinto. El misterio de la Santísima Trinidad, es el misterio fundamental de nuestra fe cristiana y este domingo las lecturas nos invitan a profundizar en la comprensión de este gran misterio, y es que en la Trinidad afirmamos que Dios es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios no es alguien lejano y distante, un misterio incomprensible y bastante complicado para poder ser explicado al hombre y a la mujer de este mundo globalizado, enraizado en la sociedad del conocimiento, donde las pruebas provenientes de la experiencia científica son el único rasero con que se mide la realidad de las cosas. Desde la creación del mundo lo único que ha hecho nuestros Dios es saber amarnos siempre y en los momentos más cruciales en la historia de la humanidad donde a menudo los hombres y las mujeres lo hemos abandonado y hemos negado su presencia amorosa con inaudita terquedad. El testimonio de un Dios que nos ama y que está presente en nuestra historia la encontramos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, partiendo de estos dos pilares de nuestra fe comprendemos perfectamente el misterio de la Trinidad de Dios. En el Antiguo Testamento la historia del pueblo escogido es el mejor ejemplo de ese Dios que se manifiesta con extrema ternura sin las distancias o lejanías de los dioses e ídolos que ha creado el hombre y esta sociedad del progreso que a menudo margina, explota y discrimina. Ese Dios Amor estaba ahí presente, no podían verlo Moisés ni el pueblo, pero lo sentían presente, con esa presencia que llena de gozo y de alegría, como lo sentimos hoy los cristianos y cristianas. La presencia gozosa de Dios permite captar a Moisés y al pueblo la persona misma de Dios y comprender cómo actuaba en la historia cotidiana, en su historia muchas veces jalonada por sus infidelidades. Esta presencia de Dios que no se dejaba ver ni tocar, en el Nuevo Testamento es una realidad y donde el amor de Dios se ha derramado sobre cada uno de nosotros y sobre toda la creación. A nuestro Dios lo hemos conocido con Jesús, en él se cumplió la promesa del Padre de redimirnos y salvarnos por puro amor, y no de cualquier modo y de cualquier manera, como lo hacen los poderes del mundo, usando signos exteriores rutilantes y rimbombantes, sino compartiendo la condición humana, padeciendo incluso la muerte y una muerte de cruz para de ese modo salvarnos a todos. Es a través de Jesús, como lo vemos en los cuatro evangelios, que la actitud fundamental de Dios es precisamente amar; entonces comprendemos que el misterio de Dios se encierra en amar con una ternura infinita, como lo encontramos solamente en el amor de una madre, un amor que a contrapelo de nuestras traiciones e ingratitudes incontables, se mantiene fiel y lleno de perdón, y él mismo da a conocer ese su nombre en el EXODO 34,6 “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”, es decir, el amor lleno de ternura, que se derrama a todos y que desea que los hombres y mujeres libremente le amen con ese mismo amor, como lo mostró su Hijo Jesús, que es su gracia, su don definitivo, y él mismo nos ha enseñado que su Padre está con él, y que cuando se vaya donde él, nos dejará a su Espíritu Santo que nos convocará en la unidad y en la comunión con el Hijo y con el Padre, y que será la fuerza que nos conduzca a la Gloria de Dios.
Presencia misteriosa de Dios, pero presencia viva y vivificante en la historia humana que cobra un nuevo sentido, como hemos expresado, en la encarnación de Jesús y a la luz del envío del Espíritu Santo que celebramos el domingo pasado. Una presencia que no es pasajera, como las modas y el snob del mundo, ni siquiera una presencia petrificada de los ídolos (“que temiendo ojos, no ven, teniendo oídos no oyen y teniendo boca no hablan”, sino una presencia viva, que se ha querido quedar en cada uno de los corazones de los hombres y mujeres, es ahí, donde está nuestro Dios y es ahí donde debemos buscarlo para comprender el misterio de ternura que significa la Trinidad, es desde nuestro corazón, como nos ha enseñado Jesús, donde vivimos en comunión de amor con el Padre. Este misterio de amor celebramos este domingo, donde reiniciamos la vivencia del Tiempo Ordinario Ciclo A de la Iglesia nuestra madre; ese misterio de amor inagotable del Padre que nos entrega a su Hijo encarnándose en las entrañas de María nuestra Santísima Madre, y es través de Jesús que nos comunica ese amor que se traduce en la vida eterna, que ha comenzado ya a vivirse desde nuestro bautismo, y vive dentro de nosotros como en un templo el misterio de la Santísima Trinidad, como sabemos, por la expresión de San Pablo.
El misterio de amor de la Trinidad se entiende mejor desde nuestro corazón y desde las muestras de ternura del Padre a través de la historia siempre consistente, firme y leal para con todos nosotros; un misterio que podemos imaginarnos en el ámbito de la familia, si en familia no se siente ni se vive el amor, domina por cierto, el egoísmo y la división, ya no se quiere ni tener hijos (a quienes se les ve como cargas y no como producto del amor), y esto significa que en la pareja no se abre paso al hijo del amor de los dos, que a pesar de las cruces y pruebas, es el signo y símbolo de la unión y de la comunión. Nuevamente afirmamos que Dios no es gran solitario ni mucho menos egoísta y ajeno a las cosas del mundo y a las necesidades de los hombres y las mujeres; Dios es tres, Dios es familia, Dios es comunión, Dios es amor que participa y vive en tres personas. En Lucas contemplamos el misterio de la Trinidad: el bautismo de Jesús en el Jordán, donde se oye la voz del Padre y se siente la presencia del Espíritu Santo que exhala el amor del Padre y del Hijo: “ Un día, con el pueblo que venía a bautizarse, se bautizó también Jesús. Y mientras estaba orando, se abrieron los cielos, el Espíritu Santo bajó sobre él y se manifestó con una aparición como de paloma. Y desde el cielo llegó una voz: ‘ Tú eres mi Hijo, el Amado; tú eres mi Elegido.’”Ahora vemos este misterio, como con un velo, pero ya sentimos en nuestros corazones las primicias del Espíritu que nos hace llenarnos de alegría y de gozo, y como que intuimos en la presencia de Jesús y su Espíritu, la inmensa fuente de luz, de alegría y de amor que es la Santa Trinidad. Y una manera de comprender el misterio de amor de la Trinidad, es verlo a través del misterio del Hijo hecho carne, que nos revela que Dios no está solo, que existen no varios dioses, sino tres personas en un solo Dios, y que la vida de Dios es el conocimiento y el amor de las tres personas. ¿Complicado entenderlo? No, si nos dejamos guiar por Jesús que ha querido que participemos del conocimiento de ese gran misterio. Si iniciamos la lectura de los evangelios, veremos que avanzando con detenimiento, Jesús nos va diciendo cosas nuevas acerca de Dios que incoadamente estaban en el Antiguo Testamento. Si leemos el evangelio de Juan veremos la insistencia de Jesús en la unidad de Dios, pero también la referencia continua de pluralidad: “ Pero cuando él venga, el Espíritu de la Verdad, los introducirá a la verdad total…Me glorificará porque recibirá de lo mío para revelárselo a ustedes. Todo lo que tiene el Padre también es mío. Por eso les he dicho que recibirá de lo mío para anunciárselo.” (JUAN 16,13-15); “Nadie me las puede quitar porque mi Padre que me las ha dado es mayor que todos, y nadie se las puede quitar a él. Yo y mi Padre somos una misma cosa.” Notamos claramente que son dos personas, pero son uno. También Lucas nos dice: “Mi Padre puso todas las cosas en mis manos, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; ni quien es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera dárselo a conocer.” (LUCAS 10,22); en el evangelio de San Mateo vemos la tercera persona siempre dentro del ámbito de unidad: “Bautícenlos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo.” (MATEO 28,19-20). Nuestro Dios no es un dios de los filósofos, ni el dios espiritualista, ni mucho menos el Dios de los fariseos, sino el Dios de Abrahám, de Moisés, un Padre que nos su amor y nos da la vida y que está siempre con nosotros y que se ha manifestado en Jesús.

Las tres lecturas de este domingo de la Santísima Trinidad nos ofrecen la imagen exacta de un Dios que se ha querido revelarse en su Hijo Jesús y así ha demostrado su amor y compasión por toda la humanidad. En Jesús vemos la gracia ingente del Padre para con todos nosotros, la presencia de ese amor absoluto de Dios, gracia y amor de los cuales nos hace partícipes en ese don de comunión que es el Espíritu Santo que nos da la experiencia maravillosa de vivir en comunidad de seguidores de Dios que está con nosotros siempre.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DEL ÉXODO 34,4B-6.8-9 .- Dios o la Trinidad aparece como el misterio de vida y de amor y la revelación que nos llega de gozo es que Dios tiene un nombre que nosotros podemos entenderlo perfectamente, especialmente cuando lo traicionamos y nos olvidamos de él: que es un Dios compasivo y lleno de misericordia. La misericordia de Dios es el tema fundamental del Antiguo y del Nuevo Testamento; el pueblo de Israel y el pueblo de la Nueva Alianza tienen la experiencia privilegiada de la bondad extrema de Dios. El pueblo realmente siente la presencia de Dios que es uno, un Dios que siendo uno no vive solo sino en familia, es decir, es un Dios vivencial, un Dios que se mete y vive la historia, y por eso, el pueblo lo siente especialmente en las tragedias de su historia colectiva y personal. Un Dios de todos, no sólo de los que siguen los caminos de Dios, sino de los que se han alejado, de los que son pesimistas en un mundo nuevo y de amor eterno, de aquellos que cometen injusticias, de los pecadores, ¿para qué? para despertar, como lo hace Moisés, la conciencia de todos los hombres y las mujeres para que tornen nuevamente sus vidas hacia Dios, para adorarlo, para que todos seamos agradecidos por todo lo que él nos da, agradecidos por ese amor inquebrantable, obedientes a sus mandamientos, un Dios que nunca se aparte de nuestro camino sino que camina junto a nosotros. La humanidad del siglo XXI no puede prescindir de la presencia de Dios en nuestra historia, no podemos empeñarnos en sólo escuchar las razones de la ciencia materialista, en ese quererle verle simplemente con los ojos de la razón. Ante la presencia de Dios la única actitud correcta que puede tomar todo hombre y toda mujer es la adoración, y como Moisés esa adoración se transforma en petición, a pesar de la infidelidad del pueblo, y le dice como también a todos nosotros que sin la compasión y el amor fiel es imposible que tengamos vida. El poder de Dios no es más que la fuerza de su amor (como se manifiesta en Jesús), un amor extrañable que transforma a sus hijos y los dirige a la vida eterna. Leamos: “En aquellos días, Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí, como lo había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él proclamando: ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’. Moisés, al momento se inclinó y se postró en tierra. Y le dijo:’ Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’”.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DEL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 13,11-13.- Es uno de los pasajes más nítidos donde se contiene las funciones de la Trinidad en relación con la humanidad. Es de suma importancia lo que contienen estos versos, en cuanto que la carta de San Pablo a los Corintios está redactada o escrita hacia finales de los años cincuenta, y que se tenga ya una fórmula como la del verso 13 dice mucho de que ya existan formulaciones tan explícitas sobre el misterio de la Trinidad que es la fuente del cristianismo y mucho más que esta fórmula pueda estar dirigida a los que los escuchan y que éstos puedan comprenderlo; lo que nos quiere indicar que la vivencia trinitaria es muy temprana en las comunidades de la Iglesia. Mencionar a la Santa trinidad nos hace ver que no es algo teórico sino que es importante para la vida del cristiano. Y la reflexión se puede centrar en las palabras que se dicen de las tres personas de la Trinidad: gracia, amor y comunión. ¿Qué se quiere comunicar? Que Dios, o mejor las personas divinas no son algo lejano y abstracto, misterioso o irracional imposible de comprenderlas, todo lo contrario son personas que se comunican con los hombres y las mujeres, que están en relación con ellos, y que a éste hombre y mujer le hacen vivir de otro modo. Lo que lleva la formulación de la Trinidad es no tanto a comprenderla por la absoluta razón, sino que va más allá, a ese sentirse amado y unido con el Dios Uno y Trino, ese Dios nos ama, y se entrega a nosotros y nos une con él. Ciertamente, Jesús nos dio la gracia, quiere decir, que nos perdonó los pecados; por su gracia hemos sido hechos hijos del Padre. El amor del Padre, de ese amor lleno de compasión y misericordia comenzó toda la historia de la salvación. La comunión del Espíritu Santo, es decir, una vida en común, un lazo que une la vida de Dios y la vida de los hombres y mujeres, un amor que une a Dios con relación a la humanidad y la de la humanidad a Dios. Escuchemos: “ Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tener un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso ritual. Os saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros.” El misterio de la Santísima Trinidad se vive gozosamente en comunidad de fe con la promesa de Jesús que estará siempre con nosotros hasta el fin del mundo.

EL EVANGELIO DE SAN JUAN 3, 16-18.- Escuchemos el evangelio de este domingo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios”.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna”: En toda plenitud la palabra AMOR se entrega a nosotros como fuente de vida y de amor; entrega del Hijo para que todos se salven, un Dios que se ha dignado abajarse y encarnarse en nuestra humanidad. Un amor sumamente maravilloso y extraordinario porque entrega a su Unigénito, él muere por nuestros pecados y en consecuencia nos redime plenamente. Dios envió a su Hijo para llevar a cabo el plan de salvación, Jesús es el salvador, es propiciación por nuestros pecados que nos había alejado del Padre, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y si hemos sido redimidos a tal precio, tenemos que ser seguidores fieles, es decir, discípulos decididos a jugarse por Dios con una entrega total y plena.

“Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”: Dios no se revela al mundo por medio de la Ley, sino maravillosamente a través de su Hijo Jesús. No se revela, pues, como un legislador que dicta las normas que nos indican lo que debemos hacer, sino que se revela como Padre, tal y como se había revelado a Moisés y al pueblo de Israel, por eso, Jesús no enjuicia desde fuera, desde la Ley, sino que se introduce en el corazón de los creyentes, comparte todo desde dentro y nos salva.

“El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgando, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.” Juan nos presenta una escatología que se realiza ya en el presente y no exclusivamente al final de los tiempos. Creer en Jesús significa aceptarlo como Salvador y Señor, como dador de vida eterna. Si creemos participamos ya de la vida eterna que Dios nos ofrece a todos los hombres y mujeres. Jesús vino a ofrecer su vida por todos nosotros y hacernos participar de la vida eterna, la misma vida del Padre. La condena es para quien expresamente lo niega y lo rechaza como fuente de vida y de amor, así el que lo rechaza permanece como muerto, y en consecuencia él mismo se condena. Lo que nos expresa Juan es que Dios nos ama, pero la aceptación de este amor es libre no sujeto a sometimiento u obligación, y por lo tanto, la condena es porque no se cree en el Hijo que ha enviado precisamente para salvarnos. El que no acepta a Jesús se condena a sí mismo, en cuanto que rechaza la salvación que trae y ofrece el Hijo de Dios

Celebrar la Solemnidad de la Santísima Trinidad no otra cosa significa que estar con un corazón nuevo y dispuesto a renacer al misterio del Amor de Dios en nuestras vidas. De cara a estos tiempos que vivimos, tenemos que dar un vuelco de ciento ochenta grados para cambiar nuestro concepto de Dios y la imagen que nos hemos formado de él. Tomar conciencia de que el concepto de Dios no puede estar contaminado de idolatría. Todos, hasta los cristianos y cristianas nos hemos hecho dioses o ídolos a nuestra medida ante los cuales nos arrodillamos: dioses o ídolos del poder, de los negocios a ultranza, dioses del placer, dioses en el campo deportivo, como también dioses en el ámbito religioso; también conceptos sobre Dios desde la filosofía: un dios metafísico, un dios que se descubre a través de la creación con una secuela de consecuencias como son el corazón seco lleno de lo material y la indiferencia frente a Dios. Un Dios de los fariseos, una religión superficial, legalista y utilitaria; fachadas de piedad, de cosas exteriores, un culto basado en el negocio. Un Dios espiritualista, es un dios desencarnado que no se compromete que desea una Iglesia o una comunidad cristiana que no se meta en política ni diga nada sobre el acontecer de la vida de un país, especialmente en materia de la defensa de los derechos humanos y del progreso y desarrollo para todos. Todos estos dioses están abismalmente lejos del Dios del Amor que nos revela Jesús de Nazareth, en el evangelio de este domingo: un Dios que ama y que no juzga, un Dios que ama a todos por igual y un Dios que tiene por único mediador a Jesús.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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