Blog

, , ,

EL PAN DE VIDA ETERNA

Hoy es el Domingo de la presencia viva y actuante de Jesús Resucitado, que se ha dignado quedarse para siempre en medio de nosotros, no sólo para acompañarnos en el camino hacia el Padre sino que se ha dignado quedarse para ser nuestro alimento cotidiano, y lo maravilloso de esta presencia del Dios Vivo es que al comerlo, literalmente hablando, nos hace partícipes de su divinidad, y esto es lo fascinante del misterio que con gozo celebramos en este Domingo del Corpus Christi, que cada vez que comemos del pan y bebemos el vino, comemos la carne de Jesús y bebemos la sangre de Jesús y en esa transustanciación nos transformamos en otros cristos, como lo afirma categóricamente el mismo Jesús en el evangelio de Juan que leemos con fruición y maravillados por lo que significa el poder alimentarnos de su cuerpo y sangre con todas las consecuencias de las promesas que el Padre había trazado desde la creación del mundo, hacernos no sólo partícipes de su gracia y de su amor sino introducirnos a su vida misma, y no una vida que termina con la muerte, sino la vida eterna; de tal manera que al comulgar a Jesús nos transformamos maravillosamente en él mismo, como lo proclama san Pablo: “Estoy crucificado con Cristo, y ahora no soy yo el que vive, sino es Cristo el que vive en mí. Sigo viviendo en la carne pero vivo con fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (GÁLATAS 2,20).

Ahora bien, el pan es un alimento privilegiado y es bueno para saciar el hambre, como vemos en la primera lectura de este domingo de Corpus, cuando Dios en el desierto les da su “maná” no otra cosa hace que saciar el hambre del pueblo rebelde y no los hace morir, ese es el sentido hondo de la Eucaristía. El pan que comemos todos los días, es mejor si lo bendecimos, como siempre lo hacía Jesús: “Entonces Jesús tomó los panes, los bendijo y los repartió a todos los estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron.” ( JUAN 6,11). Y el culmen de esta bendición se realiza la noche del Jueves Santo: “Mientras comían, Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ‘Tomen y coman; esto es mi cuerpo.’ Después, tomando una copa de vino y dando gracias, se la dio, diciendo: ‘Beban todos, porque esta es mi sangre, la sangre de la Alianza que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de los pecados.’” (MATEO 26,26-28). El pan que Jesús bendice y nos ofrece, es un pan transfigurado (es decir, transustanciado, el pan consagrado es verdaderamente el cuerpo de Jesús), a partir de ese momento, el Jueves de la institución de la Eucaristía, el pan será sacramento de Jesús, es decir, signo sensible y eficaz de su presencia y de su amor, de la gracia de Dios. Significativamente no sólo bendice el pan, sino que lo parte, y al partir el pan nos recuerda que su cuerpo también se partirá para darse a cada uno de los que lo comulgamos, un “pan partido” que es signo de entrega total y una pasión por cada ser humano, que nos habla del amor más grande que nos haya podido mostrar el Padre a todos los que creemos en él y recibimos su gracia. Precisamente la Eucaristía es el memorial de la vida de Jesús que se entrega por nosotros, de su cuerpo que se inmola en el ara de la cruz para salvarnos. Este “partirse” por nosotros, es lo que los primeros cristianos conocen como la “fracción del pan” y el memorial no sólo es hacerlo presente cada día, comulgando su pan y beber el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, sino recordar también la inmolación o muerte del Señor. Pero ese comer su carne y beber su sangre connota no sólo un acto egoísta de parte de los cristianos y cristianas que se alimentan para estar con Jesús y ser como Jesús, sino que es también signo de abrirse a los demás, de estar en comunión con los demás, como fue el resultado del cambio de vida de los primeros cristianos y las primeras comunidades, que sentían la urgencia de compartir, la necesidad de poner en común todos los bienes, de dar todo de sí utilizando sus capacidades para el bien de la comunidad, tal y como lo hizo Jesús durante su vida que está contenida espléndidamente en cada uno de los evangelios, y que los primeros cristianos lo pusieron en práctica, tal como san Pablo lo expresa en la segunda lectura al afirmar que el pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos formamos un solo cuerpo.

El pan convertido en cuerpo o carne de Jesús y el vino convertido en sangre de Jesús es el sacramento de la Eucaristía que en griego significa “acción de gracias”, en las primeras comunidades, como también hoy, se le conoce como “fracción del pan”, san Pablo la llama “Cena del Señor”, también se le conoce como “Sagrada Comunión”. La Eucaristía es el sacramento en el que el pan y el vino se convierten por la consagración en el cuerpo y la sangre de Jesús, y nos recuerda y es memorial de la noche de la última cena antes de su pasión, donde consagra el pan y el vino y quiso dejarnos su cuerpo y su sangre para que todos los cristianos y cristianas pudiéramos tenerlo siempre con nosotros. La transustanciación del pan y del vino en la carne y sangre de Jesús es el sacrificio que nos incorpora más íntimamente a la vida de Jesús y al momento más crucial e importante de la vida de él que es la pasión, muerte y resurrección, y es que la misión de Jesús es que al encarnarse (hacerse pan) redimió a la humanidad entera muriendo en la cruz, siendo su muerte el sacrificio absoluto de un Dios que ama a toda la humanidad y que no tiene reparos para morir como uno de tantos; de este modo, en la Eucaristía anunciamos la muerte de Jesús y proclamamos su resurrección y hacemos memorial de su acción más sublime, como es extender sus brazos en la cruz y morir para salvarnos del pecado y del mal. Por eso, afirmamos que la Eucaristía no es una simple conmemoración histórica, sino la presencia de Jesús muerto y resucitado, y que se relaciona directamente su sacrificio en la cruz a través del pan y del vino que se transforman en su carne y su sangre, y precisamente la solemnidad del Corpus Christi recuerda y celebra la presencia de Jesús en el sacramento central de nuestra fe cristiana.

En efecto, en la Eucaristía se hallan realizadas las más sublimes aspiraciones de la humanidad: En primer lugar, la felicidad, en la Eucaristía, Jesús se nos da, sin reserva, y al comer su cuerpo y beber su sangre nos deja en el alma de la Trinidad, para vivir su misma vida, desde nuestro peregrinar en la tierra hacia la Casa del Padre, a la felicidad acabada que es la vida eterna. En segundo lugar, transformarse en Dios, la humanidad siempre aspirar a ser como Dios no tanto como su contrincante (como es el caso de Satanás), sino a cambiar y vivir la misma vida de Dios, y precisamente por la Eucaristía el hombre y la mujer se transforman en Dios, son asimilados por la divinidad de Jesús. En tercer lugar, la unidad, la Eucaristía no sólo simboliza la unidad sino que también la realiza; y así, el mismo Jesús que viene a mí es el mismo que va al hermano que está junto a mí, en los templos, en los grupos parroquiales, en la Iglesia, unidos todos los cristianos y cristianas no sólo en la fracción del pan, sino unidos para repartir el pan, y mucho más, saber compartir el mismo pan; una consecuencia lógica es que no puedo ya desinteresarme del hermano no puedo ni rechazarlo sin dejar de lado al mismo Jesús y estar contra la unidad. En cuarto lugar, la Eucaristía realiza verdaderamente a la Comunidad o la Iglesia, la modela y la renueva para que no caiga en el facilismo de la rutina ni en el fariseísmo. En quinto lugar, la Eucaristía es el vínculo del amor, sin la comunión no existe el amor a los hermanos, y por esto mismo, cada comunión debe hacernos crecer en el amor a los hermano.

A nuestro mundo pletórico de cambios y transformaciones vertiginosas en casi todo orden de cosas contradictoriamente anda dividido y quebrado estructuralmente, a ese mundo, se ofrece como meta y como signo el Pan de la transformación y de la unidad, una fuerza colosal capaz de recomponer y unir todo lo que ha desunido el hombre; por eso, nuestra comunión del pan de vida eterna nos saca de nuestros egoísmos más rastreros, de nuestra frialdad en el itinerario diario de nuestra vida de fe, del caminar sin ponernos a resanar nuestras injusticias y calumnias. Sólo desde el amor en la entrega a Jesús y a los demás podemos acercarnos a recibir el cuerpo y la sangre de Jesús y llevarlo a él en nuestra vida, la vida de cada cristiano y cristiana tiene que llevar a Jesús diariamente, como un sagrario digno, con una actitud de solidaridad con el dolor y las esperanzas de la humanidad.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DEL DEUTERONOMIO 8, 2-3.14b-16a. Leamos: “Moisés habló al pueblo, diciendo; ‘Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si guardas sus preceptos o no, Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios. No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’”.

Ante la nueva situación que vive el hombre y la mujer del pueblo elegido, una vez instalados en la tierra prometida, una situación de holgura y donde no se pasa las dificultades y problemas que se tuvieron en el desierto, se alerta de una autosuficiencia y un olvido de Dios, por eso, todo el discurso de Moisés es que no se olviden del desierto y de cómo ese Dios les sació el hambre y les calmó la sed. Y es que precisamente, la experiencia de Israel por el desierto es la historia de la pedagogía de Dios para con su pueblo y cómo los iba formando en clave de alianza y obediencia a sus mandamientos. En tiempos de abundancia y escasez ha de mantenerse una misma actitud ante Dios, porque la única posibilidad de salir de las dificultades está en poner toda la confianza en él. ¿Cómo describir la experiencia de Dios, de que él existe? Precisamente porque se ha sido probado durante cuarenta años, y a pesar de tantas traiciones y rebeldías, ese hombre ha sabido mantenerse a flote, es decir, ha salido victorioso al final del desierto y más porque él ha vivido esas pruebas, y demuestran con contundencia de que Dios existe y que sus promesas son valederas y firmes. Presenta también el aspecto fundamental de la custodia del Señor y de su auxilio, y por eso, nos presenta la figura del maná, ese pan misterioso que alimentó al pueblo elegido que saciaba el hambre corporal, pero que significativamente no daba VIDA, pues los que comían estaban destinados a morir, y más que este “maná” no lleva a la vida, sino que la Palabra que sale de la boca de Dios, es la verdadera fuente de Vida. Lo fundamental es que aceptar el “maná” se prefiere la aventura de la fe en Dios y rechazar las seguridades humanas. El maná es la figura de la Eucaristía, porque no será el maná que sacia el hambre material, sino que la Palabra que sale de la boca de Dios, se encarnará “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; y nosotros hemos visto su gloria, la que corresponde al Hijo Único del Padre; en Él todo era Amor y Fidelidad.” (JUAN 1,14), y se nos dará a sí mismo como alimento para darnos la Vida eterna en la Casa del Padre. Los cristianos y las cristianas debemos estar atentos y prevenidos ante una sociedad del consumo y del extremo hedonismo que vivimos y respiramos en esta sociedad globalizada del siglo XXI que la lleva muchas veces a la autosuficiencia y al engreimiento en el que cayó el pueblo de Israel y se olvidó todo lo que Dios había hecho por ellos, y todo por pura gracia.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS 10, 16-17.- Leamos: “Hermanos: el cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.”

San Pablo nos recuerda que la Eucaristía es el pan que nos une en el cuerpo de Jesús, haciéndonos uno con él por medio de la Iglesia, y lo revela como el misterio de Jesús. Y esta unidad es una exigencia que brota de la eucaristía, y es más todos los que comen el cuerpo y beben la sangre de Jesús se hacen con él un solo cuerpo. Pablo afirma que la unidad al alimentarse del cuerpo y la sangre de Jesús trae como consecuencia en las primeras comunidades que se debe compartir los bienes materiales y espirituales que nos lleva a una verdadera caridad fraterna “siendo muchos, formamos un solo cuerpo”, en consecuencia no debe haber diferencias entre los hermanos de la comunidad ni mucho menos las marginaciones, tanto éstas como las diferencias que podemos hacer están en abierta contradicción con el amor a Jesús y la unidad de la comunidad. Con toda claridad, leyendo todo el contexto de estos versos, Pablo rechaza todo atisbo de idolatría: “el cáliz es comunión con la sangre de Jesús y el pan es comunión con el cuerpo de Jesús”, esto hará que se superen las divisiones que se producen en la comunidad de los Corintios, y se refiere a la Eucaristía como vínculo de unidad entre los hermanos que los une también con el único Señor que es Jesús. Sigamos, cuando Pablo habla del “cáliz de bendición” se refiere a una expresión que usaban los judíos y hacía referencia a la cena pascual de los israelitas, y era la tercer copa que se bebía en la cena, también la más importante, ya que era el momento en el que el padre de familia pronunciaba la acción de gracias o bendición y como que lo hacían también los cristianos sobre la copa. Bebiendo este cáliz, los cristianos entran en comunión con el mismo Jesús que ha derramado su sangre, realizando así la obra de la redención. “El pan que partimos” se refiere indudablemente al pan eucarístico que se repartía en la fracción del pan, en el que recibimos el cuerpo de Jesús y que se refiere al cuerpo de Jesús entregado por todos los hombres en el ara de la cruz. Comiendo de este pan partido somos asimilados por Jesús nos hacemos pan como él y comiendo del mismo pan nos transformamos en aquello que comemos, somos otros cristos.Y participar del mismo pan implica, como dice Pablo, formar parte del mismo cuerpo, del único cuerpo de Jesús, Pablo ya no habla del cuerpo de Jesús sino de la comunidad como fuente de solidaridad y como fuente del amor de Jesús.

EL EVANGELIO DE SAN JUAN 6, 51-58.- Es el misterio de la Eucaristía en todo su esplendor y magnificencia. Jesús nos da su existencia concreta, su cuerpo muerto para destruir la muerte que limitaba nuestra mirada hacia Dios, su cuerpo resucitado para manifestar la resurrección, por eso, el cuerpo de Jesús, como afirma Pablo, es el pan que partimos, el pan de vida, por eso Jesús nos dirá el que coma su carne y beba su sangre habita en él y él en nosotros. Jesús como que nos advierte que si uno come “su propio pan” ese pan cargado de intereses y egoísmos ya no es el pan que partimos, y por eso, la comunión sólo es auténtica cuando ésta no se privatiza ni cae en el individualismo, porque al comulgar a Jesús también comulgamos con nuestros hermanos, con los otros, al comulgar recibimos un cuerpo que se entrega por todos nosotros y por toda la humanidad. Por eso, el cuerpo de Jesús significa también la Iglesia, precisamente por nuestra incorporación a Jesús que se significa con la recepción de su cuerpo, todos somos en Jesús herederos de la promesa y por ende constituimos el verdadero Pueblo de Dios y así todos somos cuerpo de Jesús, pues todos comemos de un mismo pan que es su cuerpo muerto y resucitado. Sólo por Jesús constituimos un pueblo, una Iglesias, un cuerpo, comprometidos con Jesús en su muerte y resurrección para así poder vida al mundo entero. Veamos ahora el evangelio de este domingo:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” Jesús es en toda la radicalidad de la palabra el PAN VIVO, porque es el enviado del Padre, el Padre es quien posee la vida y él se la ha conferido a Jesús, y esta vida que procede de Dios es precisamente la VIDA ETERNA.

“El que coma de este pan vivirá para siempre”, Jesús posee totalmente la vida de Dios y la transmite a toda la humanidad, por eso, nos dice enfáticamente el que coma a Jesús vivirá gracias él.

“Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Carne y sangre son expresiones para designar a Jesús como un ser humano concreto, esa designación no es algo rimbombante, sino que sirve para resaltar el carácter de entrañable realidad que tiene la comida, y que a través de esa comida nosotros y todos los seres humanos hacemos nuestra la vida divina, la vida de Dios y esto hace que formemos una comunidad una comunión con Jesús y esta realidad es realmente fascinante y es maravillosa: este Jesús que amamos es un ser humano concreto, como ya lo venimos repitiendo, que ha hecho posible que nosotros, seres humanos concretos, participemos de la vida misma de Dios, en consecuencia cuando comer su carne o comulgar a Jesús no es un acto piadoso sino que es algo realmente fascinante, algo que jamás podíamos pensar que pudiera acontecer, pero es una tremenda realidad, de la que todos los cristianos y cristianas somos testimonio vivo.

“Disputaban los judíos entre sí: ‘Cómo puede este darnos a comer su carne?” La reacción tan visceral de los judíos da pie para insistir tenazmente en el realismo eucarístico, en esa transustanciación que se llevará a cabo la noche del Jueves Santo o de la Última Cena que quiere salvaguardar la encarnación. Veamos: “ Entonces Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y o lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. Notemos que Juan nos lleva al discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, pero que al final se transforma en el discurso de la encarnación. Ciertamente Jesús se presenta como el Pan Vivo bajado del cielo que da la vida para siempre (la vida eterna) y nos introduce de lleno en el discurso de la encarnación. No olvidemos que el término “carne”, como ya anotamos anteriormente, designa necesariamente la realidad humana con todas sus capacidades y deficiencias; observamos también que Juan no usa el término “cuerpo” quizá para subrayar el discurso de la encarnación, mejor dicho de la realidad de la encarnación. Por eso, la discusión de los judíos y su interrogante de asombro y duda, hace más certera el misterio de la encarnación y el misterio de la Eucaristía.

Finalmente Jesús nos dice: “Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron, el que coma de este pan vivirá para siempre.” Sin duda se refiere al “maná” del desierto, que Dios había dado al Pueblo de Israel para que no muriese; pero Jesús no nos habla ya del “maná” como figura de su presencia en la Eucaristía, sino que nos habla de su presencia encarnada (su carne), por eso, la Eucaristía, esa transustanciación del pan y del vino, no es como el maná que comieron los israelitas en el desierto, sino el Pan Vivo enviado por el Padre; la comparación con el “maná” que nos describe el Deuteronomio, ayuda a resaltar el sentido de vida con Jesús. Y más cuando Jesús nos dice que es enviado por el Padre, quiere decir, que tiene la misma vida del Padre y los que comemos la carne y bebemos la sangre de su Hijo, tenemos la vida de Jesús que es la vida del Padre, y precisamente por eso, la vida que recibimos de parte de Jesús es VIDA ETERNA.

Vivamos el misterio de la Eucaristía, el misterio del Cuerpo y Sangre de Jesús sacramentado, sintamos profundamente que así como la carne nos recuerda la encarnación de Jesús para salvarnos, la sangre de Jesús nos recuerda su muerte en el ara de la cruz. Eucaristía milagro de amor, Eucaristía presencia del Señor.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *