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EMAUS: EL ENCUENTRO QUE TRANSFORMA Y PERMITE EXCLAMAR: ¡QUÉDATE, SEÑOR, CON NOSOTROS!

Celebramos el III Domingo de Pascua que corresponde al Ciclo A, y la alegría desborda nuestros corazones por la resurrección de Jesús, un gozo y una alegría que necesariamente se vive y se comparte en comunidad de fe, esperanza, amor profundo y vivificante. El evangelio de Lucas, nos vuelve a poner en clave de camino, de tránsito e itinerario, donde maravillosamente se experimentan los encuentros paradigmáticos con Jesús, nuestro Maestro. Un camino de ida y vuelta a Jerusalén con parada en Emaús; Jerusalén significará el centro de la Nueva Alianza, donde la Iglesia de los Apóstoles y la primera comunidad se reúnen para celebrar y vivir intensamente la buena noticia de la resurrección de Jesús y la alegría para ser testigos y anunciadores de la buena nueva del Reino de Dios; En cambio, Emaús significa la vuelta de los discípulos a seguir viviendo la Antigua Alianza, una huída existencial, la falta de fe, ese haberse ilusionado con un Mesías terreno y vengador, el terror de que Jesús haya muerto siendo Hijo de Dios, un convencimiento infantil e inmaduro de que Dios sólo se manifiesta en la magnificencia y el estruendo del poder y la gloria en términos meramente humanos y materiales.

El camino de Emaús, único en los evangelios, tiene la virtud de mostrarnos a los cristianos y cristianas de todos los tiempos, el proceso íntegro de la fe, de la adhesión a Jesús, en Emaús se da uno de esos encuentros vitales, trascendentales y paradigmáticos que transforma y cambia radicalmente nuestra vida; sin duda, sigue el perfil de los encuentros de personas que tuvieron un encuentro auténtico y trasformador: Zaqueo, quería conocer a Jesús, se sube a un árbol, lo ve pesar y Jesús levanta sus ojos y le pide quedarse en su casa y viene la transformación: “ Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien he exigido algo injustamente, le devolveré cuatro veces más.” (LUCAS 19,8); Marta y María buscan consuelo en Jesús y él no sólo calma su dolor, sino que les concede la alegría de volver a ver a su hermano y creen con firmeza: “Y salió el muerto. Tenía las manos y los pies vendados, la cabeza cubierta con un velo, por lo que Jesús dijo: ‘Desátenlo y déjenlo caminar.’” (JUAN 11,44); El ciego de Jericó, sentado al borde del camino , se puso a gritar a Jesús para que le cure, el diálogo es maravilloso: “Qué quieres que haga por ti? Respondió : ‘Señor , que vea.’” Jesús le dice que su fe le ha salvado y recobra la vista: “Y al mismo instante pudo ver, y se puso a seguir a Jesús, alabando a Dios.” (LUCAS 18, 43); La Hemorroísa, era una mujer que había gastado toda su fortuna para curarse de los flujos de sangre que padecía, cansada de tanto padecimiento, se acerca con esperanza a Jesús, toca el borde de su manto y al instante quedó sana y cambia radicalmente la vida de la mujer enferma (cf. LUCAS 8,43-48); La Samaritana, otro encuentro frontal con iguales resultados de cambio radical: “La mujer dejó allí el cántaro y corrió al pueblo a decir a la gente: ‘ Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.” (JUAN 4,28-29).

Jesús, nuestro Maestro, vuelve este domingo tan especial, el Domingo de Emaús, a caminar con nosotros, y así como cuando camina hacia Jerusalén, así él aparece como caminante, para dejar explícita constancia de que él se encarna en el otro que me puede acompañar en el camino, que camina conmigo, que sale de pronto al encuentro para desarmar mi caminar egoísta, ese caminar cansino, pesado y triste que muchas veces llevamos en nuestra vida de fe. ¿Cómo es el camino de Emaús? Está lleno de desilusión, de evasión por no entender la muerte de Jesús, lleno de recuerdos tristes, es el camino de los que sólo esperaban la libertad plena (especialmente librarse de la dominación romana), esperaban el Reino de Dios, esperaban la paz y la justicia terrenas manchadas muchas veces de sangre, de prepotencia, de corrupción, de miedo, de tiranía. ¿Cuál es la solución a semejante cúmulo de estrés? Como los dos discípulos de Emaús, mejor es fugarnos, escapar, olvidar los tres años de haber compartido con Jesús, alejarnos de Jerusalén que trae tan pésimos recuerdos, encerrarnos en nosotros mismos. ¿Cómo irrumpe Jesús en el camino de Emaús y en nuestros emáus del siglo XXI y de las redes sociales? Sin nada de sortilegios ni rimbombancias, como un sencillo caminante, lo fundamental y valioso es que él camina con nosotros a pesar de todo y a prueba de todo. Jesús, como con los de Emaús nos alcanza en nuestro propio camino, en nuestras huidas aparatosas para no dar testimonio de nuestro ser cristiano católico, sale a nuestro encuentro en nuestro trabajo cotidiano, en nuestras reuniones parroquiales y comunitarias. El encuentro con Jesús debe ser extremadamente vital, los cristianos y cristianas tenemos que tener la capacidad de ver no el sepulcro vacío, sino que Jesús está vivo y puede salir a nuestro encuentro y transformarnos radicalmente como a los ciegos de Jericó y Betsaida que ven con ojos nuevos; el encuentro con Jesús nos deja enteramente marcados, pero aún así, muchas veces no queremos ver, como los discípulos de Emaús, nos resistimos a creer y tenemos espanto y miedo ante lo que puede decir el mundo y más la ciencia mundana que absolutiza todo en orden al desarrollo material y dice: la resurrección es una farsa, nunca se ha visto que un muerto vuelva a la vida y salga del sepulcro. Para los cristianos católicos Jesús ha resucitado y esta es la noticia más maravillosa de la pascua, aunque sea increíble para el mundo. Y lo valioso es que Jesús nos acompaña en nuestro camino y nos enseña paso a paso la historia de la salvación, y en él tenemos que ver a nuestro hermano; por eso, no debemos buscarlo en el sepulcro vacío, no está ahí, está vivo y vive en medio de nosotros, tan cercano que su misma presencia nos resulta las más de la veces incómoda, porque nos mirará y nos transformará y cambiará ese caminar cansino de derrotados, sin esperanza, encerrados en uno mismo, con miedo al mundo. Como vemos en el evangelio de este domingo, no son los dos discípulos los que encuentran a Jesús, es Jesús el que sale a su encuentro, es el compañero de camino. Y en ese camino hacia Emaús, Jesús, les expone los acontecimientos de la historia de la salvación, los libera de sus conceptos obtusos como es la concepción de un mesías poderoso, un mesías triunfador al estilo de los poderosos del mundo. Los dos discípulos empezaron a comprender progresivamente el significado de las Escrituras, y como que Jesús, hace un ademán para tomar un atajo en el camino, al darse cuenta de que el caminante intenta abandonarlos, ellos sienten la necesidad irresistible de tenerlo más cerca para compartir la cena, y le expresan con contundencia de quienes aprendieron la lección: “Quédate con nosotros.” Algo maravilloso se estaba produciendo, como cuando la hemorroísa siente que está totalmente sanada, la alegría y la serenidad estaba reemplazando a la tristeza y a la decepción. Jesús se da cuenta que los dos discípulos, a pesar de su desazón por lo ocurrido en Jerusalén, han tenido actitudes positivas: lo han acogido y aceptado como compañero de camino a alguien que no conocían, y de dan parte en su conversación y le abren su corazón, es decir, lo escuchan, ya no hablan ellos, se escucha la voz de Jesús, palabras que animan, que enardecen, que calan profundamente. Empieza la transformación, ellos no sabían qué les pasaba, pero se sentían distintos, como que vuelven a recobrar las esperanzas y su corazón empieza a arder. Empiezan a librarse de las amarras del pasado, precisamente de Emaús (que significaba el olvido de Jesús), como que se sienten verdaderamente libres, dignos, y es que la presencia de Jesús llena de sentido nuestras vidas. Él se quedará con los discípulos y con nosotros y nos abrirá los ojos al partir el pan. Y es que no sólo bastara la Palabra de Dios (lo escuchaban atentamente y hasta un tanto cansados) sino los gestos, es decir, la fracción del pan, sólo así se les abrieron sus ojos, es decir, la fe se había despertado, enriquecido con la bendición del pan, con la Eucaristía. Queda claro que a partir de esta nueva realidad, los discípulos de Emaús creen en Jesús vivo y resucitado, ya no se fijarán más en la presencia física y visible (el Jesús de esos tres años intensamente vividos) sino en su nueva presencia misteriosa de resucitado. Ciertamente el recuentro con Jesús transformó a los dos discípulos en apóstoles. No se quedaron ni un minuto más en Emaús, sienten la necesidad imperiosa de comunicar la gran noticia, hay que comunicar a todos los que dudan que Jesús vive, a todos los que sufren que Jesús ha resucitado, a todos los que lo buscan que Jesús se deja encontrar si le abres de par en par tu corazón y tu vida.

JESÚS: “Quédate con nosotros” para que mantengas nuestro corazón lleno de tu luz y siempre ardiente para escuchar tus palabras y vivir tus evangelios; “Quédate con nosotros” porque necesitamos que tú mismo nos hables y nos expliques las Escrituras y nos partes tu pan que eres tú mismo; “Quédate con nosotros” para comprender que nos acompañas siempre en nuestra vida y que nunca nos dejas solos en las pruebas y dificultades; “Quédate con nosotros” porque tu pascua nos asegura que hay salida para las situaciones más difíciles, que en ti todo tiene sentido;”Quédate con nosotros” porque sin ti todo resulta vacío y triste; “Quédate con nosotros” para que nuestra fe no sea un farsa ni sólo de rezos, sino que nos lleve al compromiso de compartir lo mucho o poco que podamos tener con los más necesitados, los marginados de esta sociedad del consumo; “Quédate con nosotros” para que el mundo vea que los cristianos y cristianas somos testigos de tu resurrección, que tú estas presente en nuestras vidas, que nos das alegría, entusiasmo, esperanza y perseverancia para comunicar al mundo que sólo tú tienes palabras de vida eterna.

Hoy es el domingo donde Jesús nos invita a encontrarlo en nuestra vida diaria de cristianos, y lo más decisivo de este encuentro y/o reencuentro es comprender todo el misterio de la pascua de resurrección. Es pascua y es tiempo de gozo, a pesar de los desalientos y dificultades que afrontamos, es fundamental realizar el itinerario en el camino de nuestra fe al estilo de los discípulos de Emáus y con el testimonio elocuente, comprometido y alegre de las primeras comunidades y de los apóstoles, como Pedro.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2,14.22-33.- Leemos un fragmento del primer discurso del Apóstol Pedro en el día de Pentecostés, tiene todo el ingrediente del discurso misionero. Pedro proclama el keryma de nuestra fe cristiana, es decir, nos presenta la doctrina completa de la Iglesia que ya ha recibido el Espíritu Santo y se anima con fuerza a proclamar la Buena Nueva del Reino. Los apóstoles llenos del Espíritu Santo salen al mundo, a las gentes para proponer con valentía la muerte en la cruz y la resurrección de Jesús como el acontecimiento más trascendental de la historia de salvación: “ El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.” La descripción de la vida antes de la pascua de resurrección es breve y su muerte es atribuida a los hombres, pero esa muerte está dentro del plan de salvación del Padre, él no quiere la muerte de su Hijo, pero está de acuerdo, porque de esa manera incorpora a su Hijo a la historia de los hombres, con todo lo que éste tiene de pecados y debilidades, todo esto lo llevará a la cruz y a dar su vida por todos los hombres y mujeres: “ A Jesús Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo por manos de hombre inicuos.” Pedro centra todo el discurso en la Pascua y más aún en la Resurrección, y es que la fuerza del testimonio y de la predicación radica en la misma muerte y resurrección de Jesús, y lo más maravilloso es que esa fuerza tiene el poder de cambiar los corazones: “ Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David, refiriéndose a él: ‘Veía siempre al Señor delante de mi, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exulto mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro.” Pedro fundamenta su discurso en el Antiguo Testamento, especialmente el Salmo 16, 8-11, donde el salmista confía de que Dios no entregará su cuerpo a la muerte ni a la corrupción, aludiendo al Mesías, y en efecto en Jesús se ha cumplido la promesa y más se ha cumplido definitivamente con la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia, por eso, Pedro afirma con convicción: “Hermanos, permitidme hablar con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron… Pero como era profeta y sabía que Dios ‘le había jurado sentar en su trono a un descendiente suyo’, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que no lo abandonara en el lugar de los muertos y que su carne no experimentará corrupción.’ A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estás viendo y oyendo.” Como vemos, Pedro centra su interés en la Pascua de Resurrección, y nos hace comprender que es una acción directa del Padre. Y decisivamente, como nos lo recuerda Pedro, Jesús Resucitado es la fuerza que cambia los corazones y por eso mismo cambia también la historia humana, y es que en la muerte de Jesús en la cruz, esa muerte destinada a los esclavos y contestatarios, en esa muerte ignominiosa el Padre ha manifestado su amor por toda la humanidad y en la resurrección como bien lo explica Pedro, Dios revela su poder sobre la muerte de Jesús y sobre la muerte de todos los hombres.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL PEDRO 1,17-21.- El misterio de la Redención y de la Resurrección no sólo se fundamenta en las promesas a David, sino que se remonta hasta ante de la creación del mundo. Y si la fe cristiana nos enseña que el plan de salvación ya existía antes de la creación del mundo, es decir, que todo estaba justificado sólo si reposaba sobre la sangre de Jesús, el Cordero sin defecto ni mancha, y por lo mismo todo ha adquirido su sentido mediante la inmolación del Hijo de Dios, y toda la humanidad y la historia misma mira y se dirige al acontecimiento de la redención que nos transforma, porque no nos hace seres inútiles, sino creyentes y con firme esperanza en Dios: “Ustedes llaman Padre al que no hace diferencia entre las personas, sino que juzga a cada uno según sus obras; tomen en serio estos años en que viven fuera de la patria. No olviden que han sido liberados de la vida inútil que llevaban antes, imitando a sus padres, no con algún rescate material de oro o plata, sino con la sangre preciosa del Cordero sin mancha ni defecto. Ese es Cristo, en el que pensaba Dios ya desde el principio del mundo y que se presentó para ustedes al final de los tiempos. Gracias a él, ustedes creen en Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos y lo glorificó, precisamente con el fin de que pusieran en Dios su fe y su esperanza.” Como notamos, Pedro insiste con elocuencia en el anuncio del Kerygma del misterio de la Pascua, de la muerte y resurrección de Jesús como fundamente de la Iglesia. Afirma con contundencia de testigo que no es el oro y el poder que cambiará la historia de los hombres y mujeres. Si es verdad que el progreso y el desarrollo para todos por igual debe darse a base de la producción y ésta se basa en finanzas( oro y plata más poder), muchas veces, como hoy lo observamos en todo nuestro mundo globalizado, traen también las guerras, las tragedias medioambientales, las tiranías y dictaduras y los que ahora se ponen de moda los nacionalismos. Por eso, Pedro proclama con fuerza que en el misterio de la Pascua, de Jesús Resucitado, es el misterio que salva y redime gratuitamente, sin oro ni planta ni poder de por medio; en ese misterio de donación gratuita, Dios nos abre el camino de la verdadera esperanza y de la vida que permanece para siempre. En otras palabras, el precio de rescate por que el fuimos liberados y salvos tiene muchísimo mas valor que todo el oro y la plata del mundo. El precio de nuestra salvación y rescate es la sangre de Jesús muerto en la cruz para que todos tengamos vida, y ésta es la fuente de nuestra fe y esperanza en Dios, que lleva a los cristianos a vivir el estilo de vida de Jesús glorificado.

EL EVANGELIO DE SAN LUCAS 24, 13-35.- Nos presenta la escena coloquial de los discípulos de Emaús que caminan preocupados y desencantados por lo que había ocurrido en Jerusalén con Jesús de Nazareth y él mismo se une a su camino, les vuelve a abrir los ojos y lo que es más maravilloso hace arder su corazón con sus palabras y su presencia. Observemos que la narración parte de Jerusalén y significativamente termina en Jerusalén. Para Lucas como vemos en su evangelio, Jerusalén es algo más que una ciudad, es el lugar donde se encuentran los apóstoles, donde está la comunidad creyente, los de Emaús han abandonado la comunidad y retornarán transformados. Este itinerario de la fe en Jesús nos lleva a dilucidar no tanto la resurrección de Jesús sino el cómo acceder, como encontrar a Jesús resucitado. Los de Emaús comprenderán, como nosotros debemos comprender, que la fe en Jesús no nace del sepulcro vacío (que había causado tristeza y desesperanza) sino del encuentro con Jesús que en Lucas se direcciona en dos: las Escrituras que van preparando los corazones de los de Emaús como también nuestros corazones, y la Eucaristía donde lo reconocemos, a Jesús se lo conocemos al partir el pan, porque él es pan que se parte y se comparte, y los cristianos y cristianas como Jesús tenemos que ser pan para todo el mundo. El relato de Emaús no es sólo la noticia de la aparición de Jesús resucitado (que significativamente se da el mismo primer día en que Jesús resucita), sino una estupenda catequesis pascual.

El relato se inicia con un encuentro inesperado: “ Aquel mismo día (el primero de la sema), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.”

Un encuentro que pudiera haber sido insignificante como muchos de los que tenemos al ir por los caminos, pero este encuentro era especial, el que se les acerca es el mismo Jesús y comienza también el diálogo o conversación que es fundamental en el itinerario de la fe: “ Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino) Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: ‘Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?’. Él les dijo: ‘¿Qué?’ Ellos contestaron: ‘Lo de Jesús, el Nazareno, que fue profeta en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron a los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos ha sobresaltado; pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron’”. La conversación nos permite ver cuáles eran los límites de la fe de los de Emaús, para ellos era sólo un profeta poderoso en obras y palabras, y a pesar de que conocen bien lo sucedido después de la muerte de Jesús, por el testimonio de las mujeres y por los mismos apóstoles (testigos oculares) no quieren abrir su mente y su corazón. Su corazón estaba endurecido con la concepción de un Mesías exultante, dominador y glorioso, jamás un Mesías muerto. Estaban llenos de su ideología, de sus costumbres, de lo que escuchaban decir sobre el Mesías (los dirigentes judíos). Los de Emaús caminaban, muertos (sin la luz de la fe), junto a Jesús viviente, estaban muertos y junto a ellos estaba la vida. El Viviente seguirá caminando junto a ellos y les irá explicando paso a paso el plan de salvación del Padre: “ Entonces él les dijo: ‘¡ Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?’ Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.” Los de Emaús no tenían fe, y Jesús les dice que son necios y torpes ¿en qué sentido? Conocen perfectamente las escrituras, pero no habían profundizado en ellas, lo que les cuestiona Jesús, es que ellos también vivieron con él, pero como que no se enteraron de nada ni sobre el Mesías ni sobre el Reino de Dios, ni mucho menos que el Mesías padeciera y que resucitara. Jesús, como buen maestro les explicó largamente todo el plan de salvación. Y en esas explicaciones tenemos ya la primera dirección que nos da Lucas por donde encontrar a Jesús, ciertamente será en lectura asidua y profunda de la Palabra de Dios; la Palabra de Dios es siempre interpelación, cuestionamiento, exhortación, es la Palabra Viva de Dios. Y en las Escrituras encontramos la llave de la esperanza, de esa búsqueda de Dios, de la verdad y del sentido de la vida. Por eso, Jesús nos exigirá con su resurrección una nueva mentalidad y saber interpretar correctamente la Palabra de Dios, ella nos enseña el verdadero camino para huir del desencanto (como lo hará con los de Emaús), de la depresión y desánimo que nos causa el mundo con su indiferencia y olvido de Dios, de la desesperación y el miedo que nos ocasiona la ideologías de diversa índole que pululan las sociedades globalizadas, y donde la Palabra de Dios y especialmente la voz de los cristianos y cristianas se va apagando.

El caminante anónimo se revela como Jesús: “Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: ‘Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída’. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’”. Encontramos aquí la segunda vía de acceso para encontrar a Jesús: la celebración de la Eucaristía. La Eucaristía es memorial de lo que hizo Jesús aquella noche del Jueves Santo, es en la Eucaristía donde nos entrega Jesús la vida que goza ahora como resucitado, y nosotros que no pudimos vivir con el Maestro ni conocerle cara a cara, es en la Eucaristía donde podemos tener esa experiencia de vida con Jesús. La Eucaristía no celebra a un muerto, sino que proclama que el que estaba muerto ha resucitado, está vivo.

El resultado del encuentro que transforma: “ Y levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: ‘Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón’. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.” No quieren guardarse sólo para ellos la experiencia de ver a Jesús y significativamente se levantan de inmediato, porque esa experiencia vivida, esa verdad que abrió sus ojos necesariamente debe ser compartida, comunicada, debe servir como testimonio vivo, y corren para llegar a Jerusalén donde están sus hermanos, su comunidad a la que abandonaron tristes, casi obligados, pero ahora retornan con la buena noticia de que Jesús vive y que él está donde está la comunidad de hermanos.

En la vida cotidiana del cristiano, Jesús muerto y resucitado es la razón de ser de nuestra fe, la fuente de nuestra esperanza y el que nos lanza a la lucha y al compromiso con el mundo, Jesús es el centro del testimonio que tenemos que dar en medio de esta sociedad del siglo XXI que todo lo cuestiona y muchas veces desecha porque no le conviene a sus intereses egoístas y usureros. ¿Dónde encontramos a Jesús los cristianos del siglo XXI? Necesariamente en los acontecimientos de la vida diaria, mientras se camina tenemos que darnos tiempo para reflexionarlos, interpretarlos y asimilarnos. Como en el camino de Emaús, Jesús se presenta, comenta e interpreta lo que pasó en Jerusalén, y no sólo eso, sino que se abre a la intimidad de sus compañeros de camino, entra a su comunidad (la casa) y les ayuda a nacer a la fe, y Jesús entrará en nuestra vida siempre en nuestro caminar cotidiano como seres humanos que somos y comprometidos con las causas de la humanidad, especialmente la preocuparnos por los que más sufren, por los más necesitados, caminar junto a ellos, como lo hizo Jesús.

En las etapas del encuentro y diálogo-conversatorio de los de Emaús con Jesús vivo, los cristianos y cristianas nos parecemos mucho a ellos. Por todo el tráfago del mundo y lo desquiciador del tiempo que vivimos en nuestras ciudades y pueblos, como que estamos desilusionados, desengañados, muchas veces acomplejados (porque no queremos dar testimonio de nuestra fe católica ni mucho menos dar razón de nuestra esperanza), y cuando nos falta el punto de apoyo que necesitamos, se derrumba todo, lo dejamos todo, como que sentimos que Jesús Resucitado nos ha fallado. No tenemos el ánimo suficiente para ir a las Misas, nos cercan muchas oscuridades que apagan progresivamente la luz de Jesús Resucitado, nos falta- como los de Emaús- la ilusión por leer las Escrituras y saber comprenderlas y aplicarlas a nuestra vida diaria, no queremos formar parte de los grupos parroquiales; muchas veces sólo nos lamentamos por los acontecimientos que vive nuestra Iglesia, nos llenamos de miles de dudas y vivimos en la incertidumbre. Y da coraje decirlo: vivimos como si Jesús no estuviera vivo ni hubiera resucitado, ni mucho menos ser nuestra fuerza para soportar los embates y las tentaciones. Nos olvidamos que la Pascua de Jesús es una verdadera revolución, que su Resurrección ha sido el triunfo de la vida sobre la muerte, y que gracias a ella nos ha dado la verdadera liberación. Nos estamos olvidando que celebrar la Pascua de Resurrección es el punto sin retorno al pasado que nos hace desencantados, adormilados y llenos de miedo, tenemos que entender que al celebrar la Pascua de Jesús nada, absolutamente nada puede ser como antes, y esta transformación la sintieron en su misma vida los de Emaús. Vivir el reto de ser cristianos al estilo de Jesús es difícil, pero es nuestra tarea y nuestro compromiso, para no quedarnos en los emaús que ha creado la sociedad moderna, sino que una vez transformados corramos, dejando nuestras viejas vestiduras y desandando los caminos de tedio, desaliento y cobardía, hacia la Jerusalén de Dios, hacia Jesús que nos quiere hombres y mujeres nuevos.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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