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JESÚS ACOGE A LOS SENCILLOS Y HUMILDES

En el discurso misionero de Jesús, encontrábamos las exigencias y desafíos que él nos planteaba a todos los que lo seguimos de verdad, a los discípulos de todos los tiempos que nos preciamos de seguirlo sin condiciones, a los cristianos y cristianas que hemos tomado el arado y que no podemos ya mirar para atrás. Los cristianos y cristianas somos conscientes que Jesús no es una idea mi menos una ideología que tenemos que estudiar, analizar, memorizar e internalizar, sino que seguimos a la persona misma de Jesús; seguimos, pues, no una idea sino a una persona y ese seguimiento tenemos que experimentarlo cada día y en nuestra vida de fe: conociéndolo, caminando, amándolo como él nos ama y como él nos busca afanosamente en el tráfago de este mundo tan lleno de sus luces impregnadas, las más veces, de egoísmo, odio, violencia, injusticias, marginación e indiferencia.

Este Domingo XIV del Tiempo Ordinario Ciclo A, Jesús se enternece con sus seguidores, les ha dicho que seguirlo a él no es una tarea fácil ni menos llevadera por las propias fuerzas, no sólo se tenía que renunciar a la familia, no sólo llevar la cruz como él lo llevó, sino que el cristiano y la cristiana tienen que morir para ganar la vida, como él la ganó: venció a la misma muerte y por la resurrección nos concedió la gracia de vivir una vida nueva, una vida resucitada, una vida eterna; ahora, como decíamos se enternece, porque nos ve “pequeños” sin la sabiduría de los doctos ni menos de los sabios, sino con un corazón abierto y disponible para escucharlo, conocerlo, amarlo y seguirlo sin ponerle condiciones de ningún tipo, porque hemos comprendido que él es el absoluto, lo único necesario, como lo proclamó a Marta: “ Marta, Marta, tú te inquietas y te preocupas por muchas cosas. Sin embargo, pocas cosas son necesarias, o más bien una sola cosa es necesaria. María escogió la parte mejor, lo que no le será quitada” (LUCAS 10, 41-42).

Los seguidores de Jesús de Nazareth no son los potentados, ni los ricos, ni los poderosos, ni los autosuficientes; los seguidores de Jesús son aquellos que tienen el corazón de pobres, los desprendidos, son los pobres reales, que caminan en las calles de las ciudades y de los pueblos luchando por conseguir el respeto por sus derechos y la dignidad de ser hijos de Dios, son todos aquellos que se sientan junto a Jesús para escuchar su palabra y comprender como él nos dice solemnemente en su evangelio de este domingo que es en verdad manso y humilde, esa mansedumbre y humildad que lo colma todo y puede saciar cualquier sed de los discípulos cansados y agobiados por el peso del día, de caminar tras los pasos del Maestro en medio de un mundo harto hostil y negador de su presencia y existencia. Para ser auténticos discípulos de Jesús, como él nos lo repite incesantemente y como no los expresó el anterior domingo, es necesario entrar en la escuela de Jesús, de comprender su mansedumbre y humildad. Entrar en la escuela del Maestro de Nazareth es conocer profundamente a Jesús que es por antonomasia humilde y la humildad, es en plan de salvación del Padre, condición sine qua non para entrar en los secretos de la revelación de los misterios de Dios, quienes no somos “pequeños y humildes” no tenemos acceso a la revelación de Dios. ¿Qué es eso de entrar en la escuela de Jesús? Si queremos conocer al Padre y al Hijo, tenemos que hacernos discípulos y llegar a ser como Jesús, manso y humilde de corazón; vivir en la escuela de Jesús nos permite conocerlo, y como en el evangelio de este domingo ver su retrato, su imagen tan afecta para hablar y conectarse con la gente sencilla y humilde. La imagen de Jesús que nos presenta la primera lectura y el evangelio es magistral: él es eminentemente modesto “cabalga un pollino de borrica”, es la paz misma, es clemente, es misericordioso, es bueno con todos, es el manso y humilde de corazón, prototipo del que escucha y cumple la voluntad del Padre. El que Jesús sea manso y humilde, es todo lo contrario a un rey terreno que está lleno de poder humano que casi siempre tiraniza y esclaviza; ser manso y humilde es una consecuencia que brota de la confianza a su Padre y de su unión inquebrantable con él, de esa experiencia profunda de vida y de amor con su Padre, Jesús quiere hacernos partícipes a todos sus discípulos y discípulas.

¿Qué aprenderemos de Jesús? Si en el evangelio de este domingo vemos literalmente el rostro o imagen de Jesús como él es, Jesús lo ha dicho todo para nuestro camino de fe, y es más, el evangelio de Jesús, todas sus palabras, todas sus enseñanzas, sus mandatos, toda su vida y su persona se resumen en el AMOR, y si nos ponemos a reflexionar, los evangelios, cada uno de ellos son la mejor demostración, la explicitación del amor generoso y misericordioso del Padre; por eso, sus palabras son gracia y misericordia, su mandamiento es que nos amemos, y su vida misma es una manifestación de ese amor que se entrega hasta dar su vida extendiendo sus brazos en el madero de la cruz. Y lógicamente, lo que tenemos que aprender de Jesús es ser mansos y humildes, porque sólo así podremos sentir que seguir a Jesús no es una cruz pesada ni una tarea difícil, sino suave y ligera, porque es el mismo AMOR que llevamos y cargamos. ¿Mansos y humildes ante el mundo materialista, hedonista, consumista y lleno de snob? Ciertamente y como Jesús para poder dar y entregar palabras de aliento, de esperanza, de confianza en Dios. Los hombres y las mujeres de nuestro siglo XXI están cansados del peso de sus vidas, muchas veces, marcadas por la marginación y la exclusión, el horror de las guerras y el terror; cansados del largo caminar, muchas veces, sin horizontes seguros, con pruebas difíciles a cada recodo del mismo; cansados de las incidencias del viaje, como diría Pablo, con peligros de salteadores, de falsos hermanos, de fronteras herméticamente cerradas por la xenofobia; cansados de tantas incomprensiones dentro de la misma sociedad y la misma familia; cansados de los fracasos, cansados de las injusticias y del estrés de la vida moderna llena de materialismo y consumismo. Antes estos agobios y cansancios que también atenazan a los mismos cristianos, sabemos de sobra que Jesús es el único camino hacia el Padre, el único salvador. No hay otro Redentor ni otro Dios, y más, en este domingo donde el evangelio nos muestra la imagen y el retrato de Jesús, sólo el Padre de Jesús, el Dios de Jesús es el verdadero y único rostros de Dios que los cristianos tenemos que presentar al mundo, a los hombres y mujeres de esta sociedad globalizada; no el rostro de un Dios lejano y extraño, castigador e insensible sino admirablemente un Dios cercano a los hombres y a las mujeres, enteramente misericordioso hasta el extrema de entregar a su propio Hijo por la salvación de todos; un Dios metido en la historia humana desde la creación del mundo y siendo el liberador por excelencia de este mismo ser humano, en cuanto a redimirlos de las esclavitudes y limpiarlos de todos sus pecados y faltas.

Y Jesús nos ha mostrado su rostro humano y comprensivo, y nos ha dicho que su Padre es el Dios de los sencillos y humildes, de los pequeños, de los que no tienen voz ni voto, de todos los cansados y agobiados, de los pobres, marginados y excluidos. El evangelio de este domingo nos recalca que no son los fuertes, ni los sabios, ni los autosuficientes como los fariseos de este mundo, ni los justos, ni mucho menos los poderosos (representados en las autoridades religiosas y políticas) quienes aceptan la Buena Nueva que nos trae Jesús, sino que son los débiles, los marginados, los sencillos y humildes los que comprenden en su mente, en su corazón y en sus vidas el gozo inmenso de la Buena Nueva. Hoy, Jesús nos lanza a todos los hombres y mujeres, la invitación más cordial y conmovedora del Evangelio: “Venid a mí” con una ternura exquisita de acogida de un Dios que se ha hecho hombre, que se ha hecho entraña de salvación para todos. Esta invitación de Jesús llena de estremecimiento y acogedora para con los sencillos, humildes, cansados y agobiados tenemos que hacerla todos los cristianos y cristianas desde nuestra esperanza y desde nuestra alegría personal. Si a los cristianos y cristianas no nos salva esta fe en Jesús, si no nos sentimos salvados y bienaventurados, no podremos ni debemos atrevernos a presentar este camino como esperanza y felicidad para los hombres y mujeres de esta sociedad globalizada. La Buena Noticia es que el Padre es el Dios de los pobres, los sencillos y humildes, y que es un Dios comprometido con todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Hacer la experiencia de este Padre: lleno de Amor, Misericordia y Compasión, en el compromiso actuante por los hombres y las mujeres es lo que debe caracterizar al cristiano, la Buena Nueva no es que contamos con los sabios y poderosos del mundo sino que los pobres cuentan con Dios, él está de su parte, como la ha estado siempre en la historia del hombre.

Este domingo, Jesús, con su oración agradecida nos ofrece esa experiencia de evangelización que ha venido realizando junto a sus discípulos que enviados a la misión de evangelizar y predicar se encuentran con toda clase de personas, están los que los acogen y los que los rechazan y muchos de ellos abiertamente. Jesús ora y agradece a su Padre que fueran los pequeños, los sencillos y humildes los que se abren su corazón y sus vidas al anuncio de la Buena Nueva. Las exigencias de Jesús del domingo pasado, encuentran este domingo un complemento fundamental: los discípulos son acogidos y merecen el descanso en el corazón y en la persona de Jesús.

Por eso, las lecturas de este domingo nos animan a entrar en la escuela de Jesús, él se presenta como manso y humilde, como rey humilde. La Iglesia misma, y todo el conjunto de sus instituciones deben presentarse proclamando el Evangelio de Jesús con entera humildad, como Jesús, y como él ser humildes y estar llenos de oración y humildad.

LA PRIMERA LECTURA DE LA PROFECÍA DE ZACARÍAS 9, 9-10.- El Mesías que nos presenta Zacarías es humilde por antonomasia y nos invita a exultar de gozo y de alegría ante la llegada de tal rey, como leeremos, Zacarías se expresa en términos poéticos y evoca una liturgia de la comunidad que proclama su alegría, y donde Zacarías quiere preparar al pueblo para el recibimiento y acogida. El rey que viene es justo y victorioso, es decir, viene en nombre de Dios que es el único que pueda dar la victoria; es pobre o humilde, Dios ha elegido al pobre, al humilde, al humillado: “ Todo esto lo ha hecho mi mano y todo esto es mío, dice Yavé. Pero en quien fijo realmente mis ojos es en el pobre y en el corazón arrepentido que se estremece por mi palabra” (ISAÍAS 66,2). La forma de actuar del Mesías. No actúa como los reyes y los poderosos de la tierra, es decir, no viene ni mucho menos conquista con las armas y utilizando la violencia, sino que está convencido que sólo la paz y no las armas conducen a la verdadera y auténtica paz, por eso viene montado en un humilde e indefenso pollino y en son de paz, y de ese modo destruye todo símbolo de guerra y opresión: carros, caballos, arcos. Este Mesías humilde implantará el reino de Dios para todos.

Leamos: “ Esto dice el Señor: ‘¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey justo y victorioso, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín, y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará paz a los pueblos. Su dominio irá de mar a mar, desde el Río hasta los extremos del país’”. El Mesías humilde de Zacarías, es lo que Jesús nos dice de sí mismo en el Evangelio de este domingo, y en ese venir montado en un asno y dictar la paz para todo el universo, Jesús da cumplimiento a la esperanza de los pobres y de los humildes, ¿cómo así? al final de los tiempos, como dirá Pablo, se inicia la era mesiánica, y un nazareno entrará en Jerusalén montado en un pollino, y a excepción de los niños, otros pocos humildes (los anawim) y sus discípulos y discípulas, nadie más comprenderá aquel gesto realizador de las promesas del Padre, Jesús era el Mesías de Dios y al mismo tiempo el Siervo Paciente del que nos habla el Profeta Isaías y él daba cumplimiento a las promesas y a la profecía de Zacarías. Jesús marcó definitivamente el fin de toda esperanza, de todas las esperanzas centradas en los medios humanos, magistralmente simbolizados por Zacarías en los “carros” de Efraím y Jerusalén; Jesús zanjó toda contienda internacional, como dirá Zacarías de “mar a mar” y proclamará o mejor “dictará” la paz a todas las naciones, esa paz que no se funda en las armas ni en la violencia o la locura de la guerra (hoy tan actual y viva en tantas regiones del mundo) sino en el símbolo de venir montado en un pollino, signo de los “anawin”, de los pobres y humildes, signo de los auténticos cristianos de todos los tiempos, y más de este siglo XXI. Jesús, salvará al pueblo, nos salvará a todos con las armas del amor, de la bondad, de la humildad y de la paz.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 8,9.11.13.- San Pablo reflexiona y con él todos nosotros, sobre la acción del Espíritu Santo en los bautizados, ese Espíritu que nos infunde la vida y nos hace morir a las obras del cuerpo. Si leemos todo el capítulo 8 de la Carta a los Romanos veremos que el tema vertebrador es la “vida en el Espíritu” y San Pablo lo refiere a cómo debemos entender nuestro ser cristianos. San Pablo en la antítesis “carne-espíritu”, quiere dejar en claro que los que actúan según la “carne” lo hacen sólo teniendo en cuenta su condición de hombres y sólo se apoyan en esa su condición, es decir, inclinados hacia sí mismos; y que los que actúan según el “espíritu” lo hacen apoyados en la gracia de Dios que se ofrece por la mediación de Jesús. Por eso, andar según la carne, es contentarse con lo que somos humanamente, sólo con nuestras pontencialidades y capacidades, sin aceptar el don gratuito de la gracia de Dios; y si el hombre se contenta con sólo ser “carne”, ella en esencia es limitación, especialmente, limitada por la muerte, y muchas veces, ese hombre busca vivir sólo su vida terrena (que es morir) y rechaza frontalmente la oferta de salvación del Padre que es una vida del espíritu que es realmente la vida y la paz verdaderas.

Veamos: “ Hermanos: Vosotros no estáis sujetos en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.” Para ser cristianos tenemos que estar necesariamente unidos con el Espíritu de Jesús Resucitado y con el Padre que resucita a su Hijo Jesús, en consecuencia, nuestra vida cristiana se asemeja a la de Jesús en su gloria, porque de él y del Padre proviene esa vida eterna. Por lo mismo, debemos vivir conforme al Espíritu, vivir lo que somos y no conforme a lo que hemos dejado de ser, es decir, sólo llevados por nuestras propias fuerzas y condiciones humanas. Precisamente la vida nueva que hemos recibido es una vida en el Espíritu, conforme nos lo dice el mismo Pablo en su Carta a los Romanos 6,4: “ Pues al ser bautizados fuimos sepultados junto con Cristo para compartir su muerte, a fin de que, al igual que Cristo, quien fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, también nosotros caminemos en una vida nueva”. Pero nuestra vida nueva, a diferencia de la vida de Jesús resucitado, es aún una vida en clave de esperanza que camina a su plenitud alentada por el mismo Espíritu de Jesús, que es la fuerza de Dios, ese mismo Espíritu que se manifestó en la gloria de la resurrección de Jesús. Es fundamental que en la vida de los cristianos y cristianas el Espíritu ocupe un lugar central , y más, si nos dejamos llevar por el Espíritu, seremos efectivamente hijos del Padre y si somos hijos, como lo somos, seremos herederos de la gloria que ya posee Jesús. Y si vivimos según el Espíritu y conducidos por él, esto hace que los cristianos y cristianas den muerte a las “obras del cuerpo”, es decir, del pecado, de todo pecado que nos destinaba o conducía a la muerte.

EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 11,25-30.- Como decíamos en el comentario general, hoy Jesús, nuestro Maestro nos lanza una de las invitaciones más cordiales y una invitación grandemente conmovedora en el verso 28: “ VENID A MÍ..” para adentrarnos en su vida misma, en esa vida coherente con su propia misión redentora; por eso, requiere de un corazón abierto y sencillo, pobre y humilde, de dejarnos arrebatar por su persona, y como es su promesa: ofrecernos reposo. Jesús hace que el corazón de los cristianos y cristianos y de todos sus seguidores que se entregan incondicionalmente, avancen serenamente por las rutas que el Espíritu tiene trazadas para cada bautizado, conforme a las palabras de san Pablo en la segunda lectura que hemos leído con fruición. Nos habla de tantas cosas y nos muestra su rostro con tanta claridad y ternura enternecedora. Nos dice que sólo tenemos que llevar una carga indispensable para nuestro camino de fe: su Evangelio, adosado a él, la carga de su palabra y la carga de su amor que nos hace libres y liberadores. “Tomad mi yugo”, es decir, que tomemos su palabra que es el único yugo, pero no es esclavizador- como lo es el del mundo. sino un yugo suave, porque nos llenará de fuerzas e ir donde él nos mande, un yugo que nos hace crecer en todo orden de cosas. Y que tomemos su amor, que de paso es el menos pesado; es un amor que aquilata nuestra entrega, porque nos desafía a nuevos retos, porque echa sobre nosotros el peso de los otros (de los que nos odian, calumnian; de los enfermos, de los necesitados, de los pobres y marginados), es un amor que te compromete y te hace responsable, es un peso maravilloso, es más fuerte que la muerte, porque te sientes feliz y bendecido.

Verso 25 y 26: “ En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.’ Todo me lo ha sido entregado por mi Padre”. Dicen los entendidos, que el verso 25 es una invocación y un desahogo espontáneo de Jesús. Lo que vemos es la profundidad del alma de Jesús y esa su predilección por los pequeños, es decir, por los pobres, sencillos y humildes; y precisamente se siente conmovido porque el Padre ha revelado a ellos las cosas o misterios del Reino y no a los sabios y entendidos de todos los tiempos que pretenden saberlo todo y las más de las veces no entienden las cosas del Padre. Vemos que Jesús no rechaza el saber en sí mismo, pero si ese saber que se hincha y se engríe (como el de los fariseos, saduceos y sacerdotes del tiempo de Jesús), esa saber que nos aparta del amor de Dios y de los hermanos. El Padre envía a su Hijo a la tierra para salvar a todos los hombres, y lo que es maravilloso, es que los sencillos lo escuchan, lo entienden y lo siguen, y es que el Evangelio del Hijo de Dios no es una palabra sabia para los sabios sino una palabra de vida y para la vida de todos y no de unos cuantos; para escuchar el evangelio y para comprenderlo, es necesario tener un corazón despejado de intereses egoístas, hace falta perder el miedo a las exigencias radicales del amor (tal y como lo expresaba Jesús el anterior domingo) y seguirlo radicalmente.

Verso 27: “ Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.” En este verso, vemos, que el destinatario no es el Padre sino los que escuchan a Jesús y por lógica consecuencia los que leen el Evangelio, y es la razón para la acción de gracias que había Jesús expresado con tanta ternura y sobrecogimiento. Dar gracias al Padre, precisamente por la postura que el Padre toma y que eso le ha parecido mejor, y ese agradecimiento es debido al grado de conocimiento y de compenetración de Jesús con su Padre. Jesús lo sabe todo del Padre, porque el su propio Padre se lo ha enseñado.

Verso 28: “ Venid a mí todos los que estáis cansados, y yo os aliviaré.” Es clarísimo la convocatoria o el llamamiento de Jesús a todos los cansados y agobiados para darles alivio, él mismo es el reposo. Los cansados y agobiados de los tiempos de Jesús, de seguro, eran los cansados y agobiados por la depresión, el estrés y la angustia de nuestros tiempos, los mismos que están en casi todos los espectros o ambientes sociales de este siglo XXI. A los cristianos nos puede pasar lo mismo, es decir, que en el seguimiento del Camino de Jesús, también nos podemos encontrar muy fácilmente cansado y abrumados; y es que poner en práctica el evangelio, que es amor no es una tarea fácil, tampoco ser buenos, justos, pacíficos es una tarea comodona y fácil, eso no lo mostró Jesús a quien seguir la volunta del Padre le costó la vida y la muerte en cruz. Y para aliviar, es decir, para darnos fuerzas y sostenernos, está la presencia de Jesús y más podemos descansar en él.

Verso 29-30: “ Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.” Ya hemos afirmado que es el yugo del evangelio, el yugo de la palabra y el yugo del amor el que menos pesa y es el mismo Jesús. Y al pronunciar estas palabras, Jesús está ofreciendo alivio y descanso. Quiere que todos lo seres humanos no tengan fatigas ni agobios. Lo nuevo que Jesús ofrece no es el yugo y la carga que el pueblo ya tenía de sobra y que a cada momento se lo recordaban los fariseos, sino el verdadero descanso, la verdadera liberación y esa carga suave y llevadera que es él mismo. Dios no quiere esclavos sino que vivamos plenamente nuestra libertad; el yugo de Jesús es la libertad, lo nuevo de Jesús no es la carga sino el alivio, que caminemos sin ataduras por el camino del Amor que es él. Cargad con el yugo de Jesús es vivir en el amor, ese fuego interior que arde en cada uno de los que seguimos al Nazareno, es el Espíritu que se ha derramado en nuestros corazones, es la fuerza que te exige una mayor entrega por la causa de Dios, y por eso, tenemos que aprender de Jesús, no como un texto para aprenderlo de memoria, sino que es su vida misma que tenemos que asumir. Por eso en el Verso 30 Jesús exclama: “Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” y en la escuela de Jesús tenemos que aprender a ser mansos y humildes de corazón.

Tantas lecciones de vida y tantas cosas que decirle a Jesús al mirar su rostro, y lo primero que nos hace falta, y nos pide hoy, el mismo Jesús, es comprender su evangelio y para ello tenemos que saber escucharlo, y no sólo será escucharlo y asimilarlo sino ponerlo en práctica. Jesús nos ha dicho que los sabios, los entendidos, los doctos, los que viven sin problemas, los satisfechos, los que tienen poder y bienes, los que se creen justos y juzgan a los demás con el rabillo de sus ojos, los autosuficientes no preguntan, no buscan, no escuchan ni pueden escuchar, menos el mensaje del Evangelio que habla de salvación, de liberación, de perdón. Los pobres y humildes sí tienen necesidad de preguntar y entrar en contacto con su Dios y con su Salvador. También, es momento de preguntarnos si los cristianos y cristianas somos mansos y humildes de corazón ante los demás, como Jesús que quiere entrañablemente a los pobres, sencillos y humildes (sus anawim) y que nos revela al Padre que es amor y bondad eximia; es hora de preguntarnos si somos mansos y humildes de corazón con los más pobres, los marginados y excluidos; si comunicamos la paz de Jesús que es la libertad, si presentamos, y más ofrecemos el Evangelio de Jesús como una propuesta humanizadora y liberadora que rompa las ataduras de otros seguimientos esclavizadores que ha creado la sociedad moderna y del siglo XXI.
Esta semana que se inicia este domingo, sintamos que Jesús nos llama a su regazo para reposar junto a él, y reflexionar sobre su evangelio de vida y de libertad, y proponernos, de verdad, confiar plenamente en Jesús, confiarle nuestras preocupaciones, nuestras fatigas, nuestros desencantos, las dificultades que tenemos en nuestra vida personal, familiar y laboral; encontrar diariamente un momento de oración y silencio para confiarnos en él, en su amor benevolente y en su perdón misericordioso.

 Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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