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14de mayo
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JESÚS DE NAZARET: EL CAMINO DE DIOS

Estos domingos estamos conociendo a Jesús para que ese conocimiento nos lleve a una fe intensa que nos haga movernos casi instintivamente en el camino que él mismo recorre y que paulatinamente se va convirtiendo en el Camino de Jesús, el Camino de Dios, un Camino que nos lleva precisamente donde el Padre, fin y última meta de nuestra vida aquí en la tierra para poder contemplar gloriosamente al Padre fuente de nuestra vida y de nuestro caminar en la senda de Jesús. Recordemos que desde los tiempos de Abraham tener fe significó el empezar a caminar: “ Deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré.” Este andar será el destino del pueblo escogido, y precisamente de caminos nos hablan las Sagradas Escrituras, ese caminar por el desierto, y la peregrinación en el desierto equivalió a una romería espiritual por los caminos de Dios: “ Enséñame, Señor, tus caminos, guíame por el sendero de la verdad” cantaba el salmista (SALMO 25,4).

Y este domingo, Jesús nos habla que él mismo es el camino. No es un camino más de los muchos en que caminamos; ciertamente el camino significa sendero, guía, con la posibilidad de avanzar, facilidad de recorrerlo, la experiencia de transitar por los caminos de todos aquellos que nos precedieron, un camino puede significar también la seguridad para llegar a nuestro destino o a la meta. En estos caminos podemos distinguir claramente el camino del mundo y el camino de Dios. El camino del mundo discurre en sus propias variables y en sus propios intereses, si observamos el desarrollo portentoso y fenomenal de la ciencia y la tecnología que ha llevado a progresos hasta ahora insospechados, como que no ha tomado en cuenta a Dios ni menos al factor religioso del hombre, como que para el hombre tecnificado no le interesa ya la fe ni muchos menos la trascendencia; pero ese “fascinum” o encantamiento como que se destina siempre a conseguir posiciones materiales basadas en el poder del dinero, la ambición del mismo poder, el querer que el nuevo dios sea la técnica y el progreso; esa carrera desquiciada por conquistar puestos de influencia que las más de las veces producen una corrupción perversa y sistémica. Los caminos del mundo, y muchas veces nuestro propio caminar egoísta como que no conduce a ninguna parte, y es que los caminos del mundo, si bien llenos de luces y oropeles se precipitan a un callejón sin salida, en cuanto que se van convirtiendo y en forma paulatina en caminos de violencia, del consumo desmedido, del puro placer de los sentidos; ciertamente los recorremos porque nos encanta el fascinum del mundo pero nos encontramos con ese callejón sin salida que es la insatisfacción y nos vuelve nuevamente a más insatisfacción. ¿Esta vorágine de la insatisfacción es real? Ciertamente que sí, porque si algo ya no nos satisface, buscamos otros caminos para caer y arrodillarnos ante esas majestades o esos caminos que nos ofrece la clase política, los librepensadores, los filósofos y profetas de todos los tiempos, de toda cultura, claro está que todos no son visceralmente malos o perversos, pero nos conducen siempre a la insatisfacción y esos caminos tienden a mirarse en el espejo del egoísmo, la idolatría, la mentira y la ambición.

El Camino de Jesús en cambio el Camino de Dios, en cuanto que Jesús no nos ofrece ni nos propone una doctrina o una conducta ética, sino que es su misma persona el centro del seguimiento y del camino a recorrer. Como vemos es un Camino que es su misma Persona, que se puede seguir viviendo en esa misma Persona, y esto es lo más sorprendente de la promesa del Padre, él nos otorga vivir su misma Vida, ya no solo imitar el comportamiento de Jesús de Nazareth ni sólo tener una conducta intachable sino vivir su misma vida, y más siendo humanos (seres de carne y hueso) nos ha destinado a la Vida, es decir, en nosotros no triunfará la muerte ni cantará victoria la corrupción de la carne. Jesús es el Camino pues a través de él y sólo por Jesús podemos alcanzar la salvación. Para ello es necesario desarrollar y mejor vivir personalmente en nosotros la misma vida de Jesús, y esto lo conseguiremos con sólo creer en él, creer en Jesús es confiar en él, aceptar su palabra como nueva forma de vivir y de comprometerse, seguir sus pasos a contracorriente del mundo. Jesús es el Camino de Dios, que nos lleva a Dios y que queda claramente explicado en el mandamiento nuevo: la entrega de su propia vida, por amor, a favor de nuestra salvación, es decir, de nuestra felicidad que no se afinca en los tesoros del mundo y en sus ambiciones sino en llevar una vida conforme a los pensamientos de Jesús. ¿Cómo así? Siguiendo su Camino, haciendo lo que él hizo especialmente con los más pobres y necesitados, viviendo como Jesús, amando como él y entendiendo el sufrimiento y el dolor como él. Los cristianos y cristianas no tenemos otro camino, sino creer y confiar en Jesús de Nazareth el Camino de Dios. Y vivir como Jesús será la impronta para los cristianos y cristianas que decidieron creer y caminar con él, y más ser cristianos y cristianas es vivir según sus evangelios en el itinerario hacia el Padre.

A diferencia de los caminos del mundo, cuando Jesús nos dice que él es el Camino, la Verdad y la Vida, no otra cosa nos está diciendo que es el nuevo modo de caminar por la vida o existencia humana. Otro modo de ver y sentir la existencia no como algo caduco y deprimente, sino como resurrección y vida; una vida que no se arrima al egoísmo y a la usura sino que se llena luz y se enciende la generosidad en la entrega de la propia vida. Un Camino que nos abre un nuevo horizonte y que mira a la trascendencia, ese mirar cara a cara al Padre, mirar directamente su rostro que nos hace comprender su amor hacia cada uno de nosotros. Jesús es otro modo de ser y ese es el nuevo Camino que nos invita a transitar. Jesús es la libertad verdadera que no esclaviza no sojuzga sino que nos lanza a la verdadera libertad de hijos de Dios. Por eso, Jesús de Nazareth en este domingo V de Pascua nos dice que él mismo es el camino, y no hay otro camino, y que no sólo es el camino, sino que él mismo es también la meta, porque el Padre, al que lleva el camino, está en él, directamente visible para el que ve a Jesús como el que realmente es. Por eso, cristiano es el que sigue el camino de vida y de verdad marcado por Jesús de Nazareth. Para el cristiano y cristiana el camino de Jesús es su propio camino, y el lugar donde él vivirá será el mismo de los que le seguimos y creemos en él. Y así el cristiano y cristiana es el creyente que recorre el camino de Jesús, vive de la Verdad y la verdad lo conduce a la Vida.

Y esta la maravillosa noticia que nos trae el Padre, que su Hijo es el Camino, porque sólo por él pasamos del pecado al estado de la gracia, pasamos de la tierra y la humanidad limitada a la nueva dimensión del cielo, a la Casa del Padre; sólo Jesús nos reconcilia de forma definitiva con Dios y nos enseña el camino para seguirlo y hacer sus mismas obras, siguiendo su ejemplo, sólo por él tenemos acceso a las cosas del Padre. Pero en el camino del seguimiento a Jesús, en este caminar hacia Dios sobreabundan las pruebas y las caídas: “ Por esto alégrense, aunque por un tiempo quizá les sea necesario sufrir varias pruebas.” (1 PEDRO 1,7), también las grandes privaciones: “ Los atletas se imponen un régimen muy estricto, por una corona de laureles que se marchita. ¡ Cuánto más nosotros, por una corona que no se marchita.” (1 CORINTIOS 9,25). Sin embargo, como lo dice el mismo Jesús en este camino lo acompaña el mismo Dios, y él es nuestra confianza. En el camino de Jesús no hay callejones sin salida ni encrucijadas difíciles, porque al final del camino él nos está esperando, como siempre, con los brazos abiertos y lleno de gozo.

Estamos viviendo intensamente este tiempo propicio de Pascua y la fuerza del Espíritu Santo debe animar y alentar la vida de fe de cada una de nuestras comunidades. Este domingo se nos presenta el ideal de los primeros cristianos a través de toda su acción de servicio; se nos invita a cambiar lo caduco que a veces pervive en las comunidades cristianas, dar vida a lo que están anquilosado y purificar nuestros pecados que nos alejan de Dios. En esta Pascua, como dice bien claro San Pedro, también debemos dar vida a las piedras muertas de nuestras comunidades que son templos del Espíritu Santo. Formando una comunidad , una Iglesia como templo espiritual (la carta primera de Pedro); una comunidad, una Iglesia que vive una estructura no sólo de culto sino de servicio; una comunidad, una Iglesia como sacramento del Reino de Dios.

PRIMER LECTURA TOMADA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 6,1-17.- Nos muestra la realidad de las primeras comunidades y nos hace reflexionar sobre el accionar de las comunidades cristianas en este siglo XXI y de intensa actividad de las redes sociales; una primera conclusión que podemos extraer, es que los cristianos y cristianas no debemos imaginar ni pensar que la Pascua ni el Pentecostés que se acerca obran mágicamente en cada una de nuestra comunidades. Toda la armonía que se vivía entre los primeros cristianos, de pronto de ve resquebrajada y que esa misma prueba o crisis exigió dar una solución correcta y rápida. Podemos observar como una primera causa de la crisis en la comunidad la cuestión o problema racial y social que devino en una lucha y pugna no tan manifiesta, pero que fue causa de la crisis; esta crisis nos muestra que los esquemas viejos o antiguos no querían dar paso a la nueva concepción religiosa por la que Jesús había entregado su vida. En segundo lugar, otra causa de la crisis, fue que no estaban especificadas las funciones en cada una de las comunidades, los apóstoles asumían casi todas las funciones: predicar, presidir la Eucaristía, bautismo, administraban el dinero y organizaban el servicio social y con la crisis, vieron que esto no daba para más y que debía encontrarse la solución. Leamos para comprender la importancia que tiene la formación de una comunidad con igualdad de responsabilidades: “En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario, no atendía a sus viudas. Los Doce convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron: ‘No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por lo tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombre de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, les encargaremos estas tareas: nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra’. La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se les presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba creciendo, y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe”. El ideal de las primeras comunidades debe ser el baluarte de nuestras comunidades cristianas, en especial, esa utopía de armonía debemos seguir conservando como fuente de testimonio cristiano y como compromiso ante el mundo que vive muchas veces en odios, guerras, egoísmos y corrupciones; sin embargo, la lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos hace comprender que no hay comunidad perfecta porque de una u otra manera se verá zarandeada por las pruebas y las tensiones, pero como sucede con los Apóstoles, sirve para poder solucionar esas mismas tensiones pero con la riqueza de la oración y sobre todo con la fuerza del Espíritu Santo. La crisis que pasó la primera comunidad produjo una solución justa y además resolvió la crisis con la creación del servicio de la diakonía. También en el hoy de la realidad de nuestra Iglesia Católica tenemos una serie de tensiones y problemas, ciertamente unos más delicados que otros, unos más espinosos y urticantes que la sociedad globalizada nos increpa por no darle una solución adecuada y de esta falta de soluciones rápidas y justas, derivan las críticas acerbas del racionalismo y de los enemigos de la Iglesia que en ese nivel piensan en una Iglesia Ideal, pero especialmente para que siga teniendo problemas graves y se olvide su rol de conciencia ante los abusos y la prepotencia de los poderosos del mundo y de los grandes intereses de los grupos de poder que no desean una Iglesia sólida, lúcida y crítica ante una sociedad hedonista y materialista e indiferente ante el dolor y el sufrimiento. Los cristianos y cristianas somos seres humanos y por lo tanto sujetos a las imperfecciones, pero somos conscientes que eso no concede derecho alguno a los críticos para callar nuestra voz de protesta ante los atropellos que comete la sociedad y el estado laicista, especialmente con los más pobres, los más necesitados y los migrantes.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PEDRO 2,4-9.- San Pedro nos ofrece una de las más estupendas descripciones de la Iglesia como pueblo sacerdotal, como templo de Dios. Nos proporciona una concepción de comunidad espiritual construida y habitada por el Espíritu Santo y contiene una belleza singular cuando realiza la comparación de piedras vivas que conforman la obra del Espíritu Santo. Y así, todos los cristianos y cristianas tienen que asumir con gran responsabilidad la construcción de la comunidad. Todos somos Iglesia y por lo tanto, coparticipantes en las responsabilidades de la tarea pastoral en cada una de nuestras comunidades, según nuestro rol o papel que podamos desempeñar. San Pedro no sólo nos da normas para construir la comunidad, sino que también establece ciertos principios fundamentales como son: Que debemos unirnos a Jesús, piedra fundamental de todo el edificio, unirnos como piedras vivas, escogidas para construir el gran templo del Espíritu, la comunidad eclesial; por eso, Pedro insiste que todos nosotros habemos de construir el verdadero templo, que no es el de piedras, sino del Espíritu. Pedro nos alecciona a que comprendamos que todos estamos llamados a ejercer un sacerdocio sagrado y que ofrezcamos un sacrificio espiritual que Dios acepta por Jesús, y a todos, no sólo a la jerarquía, porque todos somos sacerdotes (el sacerdocio universal de todos los fieles) que lo ejercemos en nuestra vida cotidiana y de fe. Leamos: “ Queridos hermanos; Acercándoos al Señor, la piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros como piedras vivas, entráis a la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo. Por eso, se dice en la Escritura: ‘Mira, pongo en Sión una piedra angular, elegida y preciosa; quien cree en ella no queda defraudado’. Para vosotros, pues, los creyentes, ella es el honor, pero para los incrédulos es la ‘piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular’, y también ‘piedra de choque y roca de estrellarse’, ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos. Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.” Estas bellas comparaciones nos deben llenar de intensa alegría porque en verdad somos las piedras vivas del templo que es la Iglesia. Con mucha pena y tristeza comprobamos que muchos cristianos se han alejado de su práctica de vida cristiana porque no se siente las piedras vivas de la Iglesia, como que no perciben su pertenencia a Jesús y a la misma Iglesia. La fe de muchos cristianos católicos es algo privado como algo que debe estar sólo en la intimidad de sus vidas y no aquella fe que le transforma y da sentido a su compromiso con Jesús. Los que nos decimos cristianos practicantes tenemos el deber de ayudar a los hermanos que aparentemente han perdido el compromiso activo de ser cristianos seguidores de Jesús. No nos olvidemos todos los cristianos y cristianas que somos parte viva de la Iglesia, que junto con Jesús, la piedra angular rechazada por los arquitectos del mundo, somos piedras preciosas y necesarias para la construcción de la Iglesia. Todos los cristianos incluso los que están alejados (a los cuales debemos atraer nuevamente) debemos construir la Iglesia con todo nuestro amor, sosteniéndola con nuestras oraciones, con nuestros sacrificios (ese entender las pruebas y el dolor) y con nuestra entrega generosa manifestadas en las obras de misericordia.

EVANGELIO DE SAN JUAN 14, 1-12.- El pasaje del evangelio que hoy leemos forma parte del discurso de despedida de Jesús pronunciadas durante la cena del Jueves Santo, el mismo discurso de despedida está lleno de ternura y de hondo significado para todos los cristianos. Leamos: “ En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino’”. Era el Jueves antes de su muerte, y el ambiente que se vivía en la comunidad de los apóstoles era tenso, lleno de tristeza, no sólo ellos sentían ese aire desolador, el mismo Jesús siente el pavor y angustia ante su muerte pero tenía que cumplir la voluntad del Padre; por eso, les habla con inmensa ternura y les dice que no se turben, que no se desesperen, que no pierdan la calma, que no caigan en la tentación de dejarlo todo, es decir, perder la fe y la confianza en Jesús ante la inminencia de su partida, de su desaparición como guía y Maestro de la comunidad. Mantener la fe, eso es lo que les pide y nos pide Jesús a todos los cristianos de todos los tiempos por muy duras que sean las pruebas y los problemas que se nos presenten ante un mundo cada vez más increyente, más secular y dado al “fascinum” del progreso y la técnica; mantener la fe con la confianza de que Dios todo lo tiene preparado y por lo mismo todo saldrá bien. Jesús los mira y nos mira, siente en cada rostro que la pena es inmensa, que todos se niegan aceptar su paso por la muerte (¿No era el Mesías? ¿Ahora qué viene?) y en medio de esa desolación les lanza la promesa de consuelo: “Volveré y os llevaré conmigo”, es lo que siempre debemos escuchar los cristianos y cristianos que vivimos estos tiempos de la era de la globalización, para creer más firmemente en el Camino de Jesús, para no tener miedo a lo que el mundo nos dice. Jesús nos dice hoy que nunca estamos solos, que él está con nosotros y en cada una de nuestras comunidades, él dirige nuestra barca tanto personal como comunitaria, si surgen las tempestades él las calma y nos lleva a buen puerta, a la Casa del Padre.

Las palabras llenas de ternura y consuelo dan paso a dos diálogos magistrales con sus apóstoles, aún no comprendían lo que les acababa de expresar y sienten la necesidad de preguntar para estar más seguros y qué mejor que esa seguridad provenga de los labios del Maestro. Veamos la inquietud de Tomás: “ Tomás le dice: ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’.Jesús le responde: ‘Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocierais a mi, conocerías también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’”. Tomás, como todos los incrédulos del mundo no concibe que después de la muerte venga la Vida Nueva, es decir, la Resurrección de Jesús, y más si aún la resurrección hubiera sido una realidad con Jesús, ¿lo será también para con cada uno de los creemos en él y que recorremos su Camino? ¿Acaso, esas no son nuestras dudas y las dudas del mundo? Lo fundamental de la inquisición de Tomás es que nos representa a todos nosotros, a los que estamos transitando el camino de la fe con la mirada puesta en Jesús, pero sabiendo que somos mortales, y aún así confiamos en que Jesús vendrá y nos llevará consigo a las moradas que nos ha preparado. La respuesta es magistral y estupenda, al decirnos que él es el Camino, la Verdad y la Vida; ciertamente, el camino supone una meta; la verdad, un contenido, que es la vida. Jesús es la vida porque es el único que la posee en plenitud y puede comunicarla. Por ser vida plena es la verdad total. Es el único camino, porque sólo su vida y su muerte muestran al hombre el itinerario que lo lleva a realizarse; un camino que se sigue con las obras del amor, porque la vida es precisamente el amor que derrama el Padre. Para acabar nuestras dudas, como lo hizo con Tomás, Jesús nos dice que nadie va al Padre si no es llevado por él, y es que la misma persona de Jesús es el Camino, el único camino de acceso al Padre, el único camino de salvación, por eso, el hombre, es decir, todos nosotros, sólo podemos encontrar la Vida verdadera en Jesús y nuestra fe sólo se puede fundamentar en Jesús.
Claro está que los discípulos estaban tan inquietos y sus preguntas les ayudan y nos ayudan a comprender mejor el mensaje de Jesús, ahora le toca el turno de preguntar a Felipe, pedirá una respuesta más concreta respecto a la visión directa de Dios; si Jesús nos dice que nadie va al Padre sino a través de él, y si lo conocemos, conocemos también a su Padre y que él mismo es Dios (“ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”)¿Cómo lo digerimos, cómo lo entendemos y nos quede más claro aún? Leamos: “ Felipe le dice: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’. Jesús le replica: ‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿ y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el padre, y el padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme; yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras’”. ¡Magistral desde todo punto de vista! Felipe no había comprendido a cabalidad lo que era Jesús, ciertamente su conocimiento giraba en torno a un mesías prometido en la Ley y los Profetas, pero aún no comprende que Jesús no es la realización de la Ley (esa misma ley, en cierto modo, sería la causa de la muerte de Jesús), sino que es la realización del amor de Dios, de esa lealtad inquebrantable que tiene con la humanidad. Felipe ha vivido tanto tiempo con Jesús que no ha podido ampliar su horizonte en la comprensión del plan de salvación de Dios, y en que Jesús tiene una presencia dinámica, activa, que hace obras.

Ver a Jesús es ver al Dios hecho hombre, seguir a Jesús, creer en él es seguir y creer en Dios, y es que como bien lo afirma Jesús, quien lo ve a él, ve al Padre, y ese mismo Dios se ha hecho visible en las palabras y en las obras de su Hijo Jesús. ¿Cómo ver a Dios, si nosotros los creyentes del siglo XXI no hemos visto a Jesús? La visión de Dios ese “muéstranos al Padre y eso nos basta” se logra mediante el conocimiento que nace de una vida entregada al amor, como lo es Jesús y lo comprobamos en los evangelios; y en la medida que aumente el conocimiento de Jesús y sus evangelios, llevando su estilo de vida, en esa medida aumentará el conocimiento y la visión de Padre. Si conocemos a Jesús, si vivimos su estilo de vida y sus evangelios en esa medida cumpliremos nuestro deseo de ver a Dios, lo estaremos experimentando cuando igual que Jesús nuestra vida sea una entrega de amor, especialmente en las obras de misericordia. Por eso, Jesús quiere que Felipe y todos nosotros comprendamos que si bien a Dios no lo podemos ver directamente en nuestra existencia terrena, lo vemos conociendo a su Hijo Jesús (Dios en el Padre), lo sentimos en sus evangelios, vivimos su mismo estilo de vida, realizando las mismas obras que llevó a cabo, especialmente con los que más sufren (además él nos ha dicho: “ Dichosos los que creen sin haber visto”). Jesús, es pues, el sacramento del Padre, es el signo visible de Dios. Es tal la identificación que existe entre el Padre y el Hijo, que Jesús no hable ni menos obra por cuenta propia, es Dios mismo el que actúa a través de su Hijo: “ Mi enseñanza no es mía, sino del que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, comprobará si mi enseñanza viene de él, o si hablo por mi propia cuenta. El que habla en nombre propio busca su propia gloria, pero el que busca la gloria del que lo envía, ése está en la verdad y no hay maldad en él.” (JUAN 7,16-18). Y así es, las obras que hacemos como exigencias del evangelio son la prueba de la autenticidad y honradez de nuestras palabras.

Y Jesús finaliza este pasaje del evangelio con el mandato de seguirlo haciendo sus mismas obras. Leamos: “ En verdad, en verdad os digo; el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre”. Una tarea realmente formidable, ¿podemos vernos, aún hoy y en la realidad de nuestras comunidades, haciendo obras aún mayores que Jesús? Ciertamente, para eso, hemos seguimos y creemos en Jesús, y nuestras obras por muy pequeñas que sean sirven para que la gloria de Dios resplandezca en todo el mundo. ¿La condición para hacer obras mayores en nombre de Jesús? es creer verdaderamente en Jesús, en el Mesías de Dios y que todas nuestras obras son de Jesús, además del poder de la oración imprecatoria al Padre como nos enseñó Jesús.

Los cristianos y cristianas del siglo XXI, los discípulos de Jesús que vivimos estos tiempos tan contradictorios y de tanto progreso material y técnico, no estamos solos en las tareas exigidas por Jesús, ni mucho menos estamos solos en el camino, él seguirá a nuestro lado, caminando, acompañándonos, animándonos y seguirá actuando por medio de nosotros y lo que es más maravilloso y elocuente que por medio de Jesús el amor misericordioso del Padre continuará manifestándose para alentarnos y apoyarnos en la misión que realizamos. Como los primeros cristianos y las primeras comunidades tenemos que ir descubriendo, por propia experiencia personal toda la fuerza, la luz, la alegría, la vida que recibimos de Jesús, poder exclamar desde esa propia experiencia personal que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Descubrirlo como CAMINO, escuchando su voz que nos invita siempre a ponernos en camino, que nos exige cambiar, no estancarnos mirando los caminos alfombrados de rosas y oropeles (que nos presenta el mundo), renovarnos para no anquilosarnos (y tener una fe paquidérmica) ni mucho menos fosilizarnos en la rutina, sacudirnos abiertamente de las perezas y seguridades (ese no querer ser testigo, ni salir a predicar el evangelio) ; apoyarnos decididamente en Jesús para comprender y asimilar el día a día del camino muchas veces doloroso pero también con sus alegrías y gozos. Encontrar en Jesús la VERDAD que se contiene en sus evangelios y en su vida misma, esa verdad del amor de Dios hacia todos nosotros, hacia toda la humanidad y que ésta humanidad sólo se explica en el amor de Dios, un amor que descubre a Dios en el hermano concreto que sufre y que es abiertamente marginado. Encontrar en Jesús la VIDA, el cristiano debe obligatoriamente encontrarse con Jesús vivo y que es capaz de hacernos vivir cada día nuestra fe, ¿Cómo? No el Jesús de los rezos, del compartir lo que nos sobra, del saber perdonar para salir del paso. Jesús nos encuentra cuando nos dejamos cambiar por él, cuando nos atrevemos a amar como él amó (recordemos a los leprosos, a los despreciados, a los enfermos), cuando crecemos en humanidad y desterramos nuestros odios, egoísmos, los racimos soterrados. Es, como dijimos antes, otro modo nuevo de caminar, es la Buena Nueva de Jesús.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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