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21mayo
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JESÚS NOS AMA EN EL ESPÍRITU SANTO

Pascua, el tiempo fuerte de la presencia viva y actuante de Jesús se va terminando, y él nos prepara para vivir el misterio de su ausencia; en sus palabras de despedida sentimos cómo el corazón de Jesús se apretuja, como que no quisiera dejarnos, como quisiera quedarse con nosotros para siempre, pero los arcanos del Padre han de cumplirse y Jesús que nos ha enseñado siempre a acoger con toda el alma y todo el ser la voluntad de Dios nos alienta a seguir con más ánimo y entusiasmo, sin nada de tristezas y caras largas, a pesar de lo que cuesta tanto despedirse del Maestro de Nazareth, del Hijo del Dios bendito. Pascua es el tiempo fenomenal para comprender, pese a la tristeza por su partida al Padre, que Jesús no está lejos, nunca lo está, sino que está entrañablemente cercano. ¿Cómo percibimos esa presencia siempre gozosa en nuestras vidas y corazones? Está en cada una de nuestras Comunidades, en los sacramentos y con una entrega tan cotidiana y generosa en la Eucaristía, está en el prójimo, en aquellos que más nos necesitan y necesitan de él, está en su Iglesia para siempre, y eso, lo sentimos entrañablemente, sin sentimentalismos baratos y espurios, sin doblez de corazón.

Este domingo VI del Tiempo de Pascua, las lecturas nos dirigen hacia la reflexión del amor de Dios, cómo ese amor se manifiesta en Jesús y en el Espíritu Santo que será el eje y motor de toda la vida cristiana. EL AMOR DE DIOS ¿cómo se manifiesta? ¿Cómo entender el amor de Dios hacia la humanidad? ¿Cómo debe ser el amor de todos hacia Dios? El amor de Dios se manifiesta en Jesús, que es el Sacramento del Amor del Padre, hasta antes de partir a la Casa del Padre, él nos sigue hablando del Amor de Dios, y aun así, los hombres y las mujeres somos muy reacios para creer en el Amor que Dios nos tiene; no queremos entender que ese Amor de Dios que transcurre con la misma promesa y en los mismos decibeles de pasión y entrega desde la creación del hombre, se hace patente en la encarnación de su Hijo, y ese amor de Dios es tan intenso que ese mismo Dios se rebaja de tal manera que se hace servidor de todos los hombres y de las mujeres y muere con una muerte cruenta en la cruz, significativamente con los brazos abiertos para manifestar su Amor hacia la humanidad. El Dios Amor que se manifiesta en toda la historia de salvación como la bondad infinita, es tan inmensamente bueno que sabe perdonar todas nuestras infidelidades y pecados de los que creemos en él y de toda la humanidad. Jesús hoy nos quiere recordar ese amor antes de partir hacia el Padre, su entrega total a la humanidad es la prueba contundente de que Dios nos ama y nos perdona siempre; Jesús mismo con sus palabras y su estilo de vida nos insiste para que comprendamos y nos convenzamos de la bondad de Dios hacia toda la humanidad. Jesús es la mayor demostración de que el amor de Dios se da a manos llenas, que ese amor existe y que es la única vocación que tienen los hombres y las mujeres, que sólo en el amor la vida humana y la vida cristiana cobran todo su sentido y su autenticidad. Para los cristianos y las cristianas es crucial la partida de Jesús, ¿cómo estar unidos con él después que él haya ascendido a los cielos? la respuesta es clara y simple: estaremos unidos por el amor, ese amor es la nueva forma de estar unidos, de estar en comunión con Jesús sin las trabas ni las limitaciones físicas, es decir, que ese amor ya no necesita de las normas de la Ley ni de los simples o estrictos cumplimientos, sino que transcurre en los causes del amor, no estaremos marcados por el sólo cumplimiento de los mandamientos, sino marcados por sus enseñanzas contenidas en los evangelios y entonces, la demostración de nuestro amor será vivir radicalmente su estilo de vida que trasunta el amor del Padre. ¿Cómo amamos a Dios? Con un trato personal, íntimo, comprometido con lo que él nos ha enseñado; Jesús nunca nos obliga a optar por él, pero si de verdad decidimos seguirlo, si optamos por él, nos exige definitivamente un amor que se traduce en obras y no sólo palabras, y más ese amor en obras es el único criterio para saber si nuestro amor es aquel que Jesús nos enseña en sus evangelios, es decir, el amor que profesamos a nuestros hermanos en cada una de las comunidades, incluido el amor a los enemigos. Es en el campo de las obras donde uno mismo y los demás verificamos si amamos de verdad a Dios.

EL ESPÍRITU SANTO, la narración de Juan en el discurso de despedida, nos hace suponer que los discípulos estaban desconcertados no sólo por la sorpresa sino por la incertidumbre que les causaba el futuro sin el Maestro y esto originaba tristeza y desasosiego. Jesús con toda ternura les expresa que no se quedaran solos (huérfanos) sino que les enviará el Espíritu Santo (Paráclito). ¿Quién es? ¿Cómo será su presencia? ¿Cuáles serán sus tareas? ¿Cuál será su rol frente al mundo? De entrada, Jesús les da el mejor regalo a sus discípulos un tanto decepcionados por el futuro que les tocará vivir sin él. ¿Quién es? El Espíritu Santo no es algo sino ese Alguien que será capaz de llenar el vacío de su ausencia. Es el mismo Espíritu de Jesús, el mismo Espíritu de Dios y será el que proporciona Consuelo, Defensa, será el Huésped, el Maestro y el Amigo. El Espíritu Santo, es el amor absoluto de Dios, es la comunión de amor entre el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad, porque es el mismo Espíritu de Jesús, que es la verdad del Padre que se manifiesta a toda la humanidad. No revelará nada nuevo, sino que es el que introduce a los cristianos en la comprensión más profunda de Jesús, será nuestro Maestro en cuanto que enseñará tomando lo que Jesús enseñó y predicó. Por eso, Jesús nos dice que el Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad, es decir, no es una verdad abstracta, sino de la verdad más grande, una verdad que el mundo odia, ya que en este “mundo” radica el misterio de la mentira, del odio y de las tinieblas. ¿Cómo es su presencia? Estará con los discípulos, con nosotros y con su Iglesia desde el mismo momento de su partida (Ascensión), su presencia será activa, en cuanto que es el nuevo modo de estar presente Jesús Resucitado (por eso, el Espíritu Santo es el don de Jesús), los discípulos y nosotros con ellos deberemos aprender a vivir su nueva presencia tras la muerte cruenta en la cruz. El Espíritu Santo está presente y actúa en nuestros corazones, en la Iglesia y todos los tiempos; nos habla en el silencio, en los acontecimientos cotidianos y en los “signos de los tiempos” (en este tiempo de las Redes Sociales y de su fáscinum) y nos conduce a la comprensión sincera y profunda del evangelio. ¿Cuáles son sus tareas? Continúa todo el misterio de la redención y de la predicación de los evangelios de Jesús; da a conocer con mayor profundidad los misterios de Jesús el significado de su vida, de sus palabras y acciones; nos irá enseñando el mensaje de Jesús en la medida en que nosotros lo vayamos viviendo; concede a todos los cristianos la fuerza para vivir conforme a Jesús en un “mundo” de pronto más hostil e individualista a ultranza (porque no ve en Dios lo que los cristianos vemos) y por eso, es el testigo de Jesús ante el mundo; será el que acusa al “mundo” en materia de pecado, de justicia y de juicio. ¿Cuál es su rol frente al mundo”, en Juan, la palabra mundo es sinónimo de “orden injusto”, ese mundo está marcado por las injusticias, la corrupción, y una serie de maldades, y es por eso, que este “mundo” vive al margen del amor de Dios; las consecuencias de la maldad del orden injusto siempre están a ojos vista de todo el mundo, y se manifiestan en desolación de las gentes ante el desamparo de los estados en sus derechos más elementales, gastos inmensos en la producción de armas que producen muertes injustas, torturas del poder omnisciente en las dictaduras y también en las llamadas “democracias”, terrorismo marcado por la insania, corrupción a diestra y a siniestra, desigualdades económicas que hieren la humanidad y contradicen abiertamente el bienestar para todos, abortos promovidos por las grandes transnacionales y laboratorios, la trata de mujeres y de niños, la explotación de los jóvenes por la venta de las drogas y la adición, las lacerantes indiferencias ante el sufrimiento de los más pobres y de los que no pueden financiar un estado de vida, de salud y educación dignas. Por eso, esta sociedad del consumo estará en contra del Espíritu de Jesús, y si los cristianos y las cristianas las aceptamos y las promovemos dejamos de ser capaces de comprender en su radicalidad los evangelios de Jesús ni menos la presencia del Espíritu Santo que debe estar en el interior, en nuestros corazones.
LA COMUNIDAD QUE AMA Y VIVE EL ESPÍRITU DE JESÚS.- Amar a Jesús es acercarse a él, como lo hizo la “Hemorroísa” (Cf. MARCOS 5,25-34) con fe y con respeto inmenso, y Jesús nos mira con inmensa ternura para animar más nuestra fe e ingresa a nuestra vida, y el resultado de este amor será vivir juntos como familia y en la intimidad de la nueva familia es que la Comunidad Cristiana. La presencia del Padre y de Jesús es para siempre, pues ha establecido su morada en nuestras comunidades y en nosotros mismos, porque nos ama. Y esta habitación de Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) en la comunidad cristiana y en cada uno de los cristianos y cristianas que viven en el amor de Dios, es una verdadera revolución con referencia al concepto del Antiguo Testamento en la relación de Dios con la humanidad. Dios era algo lejano y externo, para comunicarse requería de mediaciones como la Ley, con Jesús cada comunidad y cada integrante se convierte en hogar de Dios (en la morada de Dios, en ese ser piedras vivas del Templo del Espíritu Santo). Dios en Jesús se ha hecho cercano y vive con nosotros. Por eso, el amor que nuestra fe nos pide no es cuestión de sentimientos, es decir, el amor cristiano no es tanto un sentimiento del corazón sino que es una actitud de vida ante Dios y ante el prójimo, sea mi hermano o mi enemigo. En esta Comunidad nueva, es el Espíritu Santo el que anima, es el alma y el motor interior. No nos olvidemos que el misterio y la razón de ser de la Iglesia radican en la presencia de Jesús y en la acción vivificadora de su Espíritu. Jesús para la Comunidad y para los cristianos y cristianas no puede ser un simple personaje de la historia de salvación ni que sus palabras están bellamente guardadas en los evangelios, Jesús Resucitado está vivo en la comunidad, sus palabras valen para todos los tiempos, para todas las épocas, lugares y circunstancias y el Espíritu Santo hace posible (por eso, es el garante, el defensor) que la Comunidad cristiana sea testigo de la presencia y la acción de Jesús. La Comunidad cristiana debe estar alerta a toda acción del Espíritu, en constante escucha del Espíritu, con un corazón humilde, desprendido, disponible y ser fermento de verdad en el mundo, gracias a la fuerza y el influjo del Espíritu Santo. Por eso, los cristianos y cristianas de todos los tiempos, nunca nos hemos sentido huérfanos, el vacío y la tristeza que nos dejó la muerte cruenta de Jesús ha sido cubierta plenamente por la presencia del Espíritu de Jesús Resucitado, el Espíritu Santo es la verdad que vive en cada cristiano, está en nosotros y vive en nosotros. La vida de comunidad no está marcada por prohibiciones sino animada e impulsada por el Espíritu, buscamos con alegría la verdad de Dios bajo el influjo del ese Espíritu, y que él nos guía y nos hace vivir por el amor, desechando los propios intereses y los egoísmos.

Las lecturas en este domingo VI del Tiempo de Pascua nos hablan del Espíritu Santo. Pascua y Pentecostés constituyen el mismo misterio: Jesús Resucitado, que vive con el soplo del Espíritu Santo, lo recibe para darlo a la Comunidad, y convenimos que el Espíritu es el don, por excelencia, de la Pascua que estamos celebrando y termina dentro de dos semanas. Y si la Pascua es el nacimiento de las primeras comunidades, es el Espíritu Santo quién les da plenitud y madurez.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 8,5-8.14-17.- Leamos: “En aquellos días, Felipe bajo a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzado gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo; pues aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”.
Predicar en Samaria y convertir a los samaritanos, es lo que nos narra la primera lectura: esto es, la vida y el crecimiento de la primitiva comunidad. El protagonista es uno de los siete diáconos que eligió la comunidad de Jerusalén (recordemos la lectura del domingo V) y él se dirige resueltamente a una ciudad que no era judía a predicar a Jesús con inusitado éxito, muchos samaritanos fueron bautizados y se integran a la comunidad cristiana. Sin embargo el protagonista principal es el Espíritu de Jesús. ¿Cómo lo entendemos? Jesús ya no está físicamente con los discípulos, ya no lo pueden ver ni oír; Jesús está ahora, después de su resurrección, vivo y actuante, pero esa vida y actuación pasa por la acción de su Espíritu. Es el Espíritu Santo que alienta a la Iglesia, es él que les reúne, el que los colma de su presencia, su gracia y sostiene a la comunidad. Los apóstoles que construyen y forman la comunidad primitiva son hombres poseídos por el Espíritu de Jesús, incluso Felipe recibe el Espíritu Santo por la imposición de las manos de los apóstoles. El Espíritu de Jesús los ha transformado a través de la experiencia pascual por lo que ahora llegan a ver con otros ojos, a pensar de otra manera (cambio de mentalidad en relación a la Ley Antigua) y a sentirlo con un nuevo corazón. La presencia del Espíritu de Jesús en las primeras comunidades no otra cosa significan que éstas eran aún débiles, no tenían aún la madurez necesaria y es la fuerza del Espíritu Santo que las fortalece y las hace realmente capaces de dar testimonio de Jesús Resucitado. También nos quiere decir, que sin la presencia del Espíritu de Jesús, la Comunidad Cristiana no sabría estar abierta a los nuevos modos (esos “signos de los tiempos”) y lugares de evangelización y presencia firme. El Espíritu Santo es el que otorga a las comunidades cristianas de todos los tiempos la libertad (que asume hoy Felipe lleno del Espíritu Santo) y el valor necesarios para predicar la Buena Nueva (esa intrepidez de Felipe y esa libertad para no anunciar a Jesús en los predios judíos sino nada más y nada menos en la capital pagana de Samaria). ¿Cuál es el mensaje para nosotros hoy? Debemos abrir como los samaritanos el corazón de par en par a las palabras de Jesús, que tenemos que ser misioneros generosos e intrépidos para evangelizar; tenemos que derribar las barreras que nosotros mismos le ponemos al Espíritu, esas barreras de la pereza por servir a los más necesitados, esa barrera del comodismo, del egoísmo que hacen que lo ignoremos como presencia de Jesús y sea el Espíritu Santo el gran desconocido en nuestras comunidades.

LA SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PEDRO 3,15-18. Leamos: “ Queridos hermanos: Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicaciones a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo. Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal. Porque también Cristo sufrió su pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu”.

La vida de las primeras comunidades no era todo de color de rosas, sino que también vivían circunstancias difíciles, rodeados no sólo por la maledicencia de los que no eran cristianos, sino por la incomprensión de algunos de sus integrantes, y por eso Pedro quiere animarles a dar razón de su esperanza, esa esperanza que estaba marcada por la fe en Jesús Resucitado. Y no era fácil aceptar esos sacrificios, como no sería ahora para los cristianos y cristianas de la era de la globalización soportar las persecuciones y sufrimientos a causa de Jesús. Pero el desafío es precisamente lo que nos exhorta Pedro: “Pues es mejor sufrir haciendo el bien”, es decir, estar dispuestos a sufrir por haber practicado o hecho el bien; explicar con buena sintonía la razón de la fe en Jesús y la esperanza puesta en él. ¿Cómo? Con el ejemplo de Jesús muerto por nuestros pecados y con la fuerza del Espíritu de Jesús. Pedro, nos dice, que el cristiano debe mostrar con su vida y su conducta que el Espíritu de Jesús, el Espíritu de la verdad (el Espíritu Santo) le anima en todo, especialmente, haciendo el bien (en las obras de misericordia). Dar razón de nuestra esperanza en Jesús con todo respeto, él es nuestra verdad y los que nos escuchan tiene la libertad de poder encontrarla. Pedro coloca dos criterios de razón para dar razón de nuestra fe: la buena conducta para que queden confundidos los que nos odian y calumnian y el sufrimiento por amor a la verdad, que es el seguimiento a Jesús. Para Pedro el mejor testimonio que podemos dar de Jesús es imitarlo a él en la radicalidad de sus evangelios, y aunque nos cueste la vida, porque creemos que igual que a Jesús seremos resucitados por la fuerza del Espíritu Santo. Este es el mensaje de Pedro, ser cristianos es estar llenos del Espíritu de Jesús y estamos convocados por él a dar testimonio, la fe en Jesús no sólo se debe materializar en el culto, sino también en la vida entera. Este testimonio hará que estemos todos comprometidos a dar testimonio y dar razón de nuestra esperanza, es decir, ser capaces de explicar el por qué creemos, las razones de nuestra esperanza en Jesús, porqué es fundamental el que amemos y perdonemos; en otras palabras, no podemos ni debemos ocultar nuestra verdad y fe en Jesús.

EL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 14, 15-21.- Es parte del discurso de despedida de Jesús a sus discípulos. Jesús nos da a conocer su testamento: permanecer fieles a sus mandamientos es la señal esencial de que lo amamos.
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. No se trata de normas o prescripciones, sino del mensaje y enseñanzas de Jesús contenidas en los evangelios. Les invita a sus discípulos a acoger la Palabra de Dios y a su seguimiento, es la lógica del camino del amor siempre desde las variables de la libertad y la opción personal (“si me amáis”).
“Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce, vosotros en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros”. Jesús llama al Espíritu Santo con la palabra “Paráclito” traducido literalmente del griego sería “uno llamado de cerca”, uno que es llamado a ayudar, como el defensor o abogado, pero también puede significar ; el que intercede, portavoz, apela o suplica. El Paráclito en este contexto, es el que será testimonio en defensa de Jesús, su portavoz ante sus enemigos, eso es lo que Pedro aconseja a la primera comunidad: tener fe en Jesús que murió y resucitó para salvarnos y llevarnos al Padre. El Espíritu Santo es la fuerza interior que necesita el cristiano y la comunidad para dar testimonio de Jesús ante el mundo, y a pesar de sufrir contrariedades y persecuciones por la incomprensión de los poderes del mundo injusto. Y así, la presencia del Espíritu de Jesús une la vigencia y perseverancia del amor a Jesús a la presencia del Espíritu. ¿Qué queremos decir? Sin Espíritu Santo, el miedo nos dominará indefectiblemente y optaremos por vivir nuestra fe encerrados en cuatro paredes, en una estructura que nos defienda del poder injusto del mundo. Veamos cómo Jesús nos invita a salir de esas estructuras cerradas al prometernos el Defensor ante la prepotencia del mundo y sus poderes: conociendo la fuerza del Espíritu saldremos al mundo para dar testimonio de nuestra fe. El Paráclito es el Espíritu de la verdad, es decir, el mismo Jesús que permite vivir en comunidad con la ley de amor fraterno y servicial. Gracias al Espíritu Santo cumplimos el mandamiento del amor de Jesús, lo que nos permite vivir para servir a los hermanos. Y ese Espíritu de la comunidad cristiana es la que la distingue de cualquier otra organización, y lo que le permitió a las primeras comunidades cristianas dejar de ser una secta judía más.

“No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo”. Palabras tan bellas y significativas que Jesús nos dirige a todos los cristianos y cristianas. El “no dejarnos huérfanos” es un término que tiene fuertes connotaciones en las Sagradas Escrituras, huérfanos y viudas eran las personas de la sociedad judía más despreciados y sin derechos, y sobre todo sujetos y objetos de la opresión de los poderosos, aquellos con quienes se cometen injusticias y arbitrariedades. Ante los rostros apesadumbrados de los discípulos les expresa con ternura profunda que no los dejará indefensos, y que su ausencia no será definitiva. Jesús nos dice que el Espíritu es más fuerte que la muerte y que el mundo, como el amor que nos tiene y la verdad que es él mismo son más fuertes que los poderes del mundo que se niega a conocerlo. Y más, que si queremos vivir una vida coherente debemos confiar en Jesús, que con su promesa de enviarnos al Paráclito (Defensor) nos conduce al mundo de la verdad, de la luz y del amor que reina en la Gloria del Padre. Ese “volverá” se refiere que lo hará a través del Espíritu, a volver a estar en la experiencia de nuestra fe y nuestro amor, y no sólo ahí, sino presente en la Eucaristía, en las necesidades de los demás, el corazón de cada uno de sus hijos e hijas.

“Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”. La venida de Jesús al final de los tiempos, se realiza ya en este tiempo, y maravillosamente se da por el encuentro con Jesús vivo en la comunidad a través del testimonio del amor fraterno, por eso dice me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. La vida- amor de la comunidad cristiana posibilita ver y hacer presente a Jesús entre nosotros. Después de la muerte y de la resurrección los discípulos descubrirán, como fruto de la acción del Espíritu, la unidad entre el Padre y el Hijo, por eso dice: “entonces sabréis que yo estoy en el Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros”, estas frases no son poéticas ni místicas, sino que son la expresión real que se alcanza con la resurrección de Jesús, y por lo mismo, una vida trinitaria que se va comunicando a los que creemos firmemente en Dios y a los que compartimos lo que somos y tenemos en nombre de Jesús. ¿Sucede este proceso en el presente de nuestras comunidades? ¿Conocemos y vivimos la presencia del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo en nuestra vida de creyentes y en nuestras comunidades? Cada cristiano y cristiana debe aceptar y vivir los mandamientos de Jesús (sus enseñanzas), cada uno es responsable de su propia vida de fe en clave de comunidad, por eso, el amor, fundamento de la comunidad, consiste en vivir los mismos valores que Jesús y tener una conducta como él, lo que expresamos siempre: “vivir el estilo de Jesús y la radicalidad de sus evangelios”.

 Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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