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JESÚS: “Y USTEDES, ¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?

Jesús nos va enseñando domingo a domingo el camino y el don de la fe a cada uno de los cristianos y cristianas, y en cada una de sus interpelaciones nos va repitiendo que lo que vale es la vivencia de la fe en el camino del seguimiento, de la opción definitiva hacia su persona y a sus evangelios. Para nuestra vida cristiana, en este mundo de la globalización, del fasto del conocimiento y más del imperio de las redes sociales, tiene sentido, que Jesús nos vuelva a preguntar ¿quién es él para los cristianos y cristianas? En todo el tráfago en el que estamos inmersos parece que esa interpelación ha perdido sentido, o en todo caso, nos conformamos con conceptuar lo que es Jesús, y más cuando el mundo cuestiona radicalmente el ser y el existir de nuestra Iglesia Católica, la zarandea aupado con el Maligno, y como que los cristianos nos amilanamos, refugiándonos en las cuatro paredes de nuestros templos, de nuestras parroquias y comunidades, sin cuestionar ni interpelar a los poderes de ese mundo tan lleno de sí mismo, de sus egoísmos profundos, de su materialismo supino, de su hedonismo a flor de piel, de sus marginaciones inhumanas y sus injusticias lacerantes. En otras palabras, como que nos hemos conformado con la afirmación y confesión dogmática: “Jesús es Dios y hombre verdadero”, pero no basta ni le bastará al mundo (que nos interpela existencialmente) esta afirmación dogmática, y tampoco deberá conformarnos, sino que esa afirmación deberá ir intrínsecamente unida a la adhesión personal e íntima a la persona de Jesús, a su vida, a toda su obra y a la causa del seguimiento a Jesús: la construcción del Reino de Dios. Sólo desde nuestra vida, los cristianos y cristianas podemos abrirnos al misterio que es Jesús, Dios y hombre. Confesar que Jesús es el Hijo de Dios, como lo hace Pedro en el evangelio de este domingo, es el primer paso de la fe, pero no es la meta final, a partir de esa confesión nace una nueva comprensión de la vida y una nueva manera de vivirla, como decíamos los otros domingos, esa fe se construye en el día a día de nuestro caminar hacia Jesús y no en conformarnos sólo con fórmulas conceptuales que ayudan, pero no encierran toda la vida de fe que debemos practicar cotidianamente para enfrentarnos a los desafíos del mundo y de la misma sociedad donde vivimos, desde esta vivencia y desde nuestro corazón podremos dar la respuesta acertada, sincera y auténtica.

¿Por qué buscar a Jesús en el fondo de nuestro corazón y en el quehacer cotidiano y ser agentes y testimonios eficaces del Reino sin tener el miedo que aturde y no deja campo a la acción para dar fe de nuestro seguimiento? Primero que lo poco o mucho que sabemos sobre Jesús, ya sea desde la vivencia de nuestros padres, la familia misma y la catequesis (primera comunión y confirmación) lo hemos conservado pero no lo hemos enriquecido, de pronto saber que Jesús es Dios y hombre como nosotros, nos pareció suficiente, pero esa idea de Jesús como que no se ha constituido en algo vivo ni siquiera en alguien que está cerca de nosotros compartiendo nuestra vida con todo lo que ella es o la vivimos. En segundo lugar, muchos de los cristianos no se han encontrado de manera viva y experiencial, no lo conocen a ciencia cierta, no han leído sus evangelios, no se han empapado de sus palabras y por lo mismo, no sabrían cómo hablar de Jesús, de su doctrina, no podrían señalar cómo es él, sus características, o lo que hoy se dice: su perfil, cuáles son sus ilusiones, su proyecto y el por qué vino a la tierra. En tercer lugar, si vamos a nuestros templos, a nuestras parroquias y a nuestros comunidades (grupos), observamos que no actuamos conforme a lo que expresamos, como que nos hemos masificado y hemos perdido el empuje de testigos decididos a entregar su vida por la causa del Evangelio; además, cuando salimos de nuestros templos y grupos de reflexión y vivencia de la fe, nos volvemos a masificar y nos confundimos con todos los que caminan las calles, que retornan a sus casas y que viven su vida civil, y esa vivencia de nuestra fe no se convierte en un atractivo decisivo para muchos de los que no creen o de los que se dicen “cristianos no practicantes”, como que esa fe que la sacamos para ir a Misa y a otros actos religiosos se ha convertido en una fe que no convence porque no se ha empapado del Evangelio y de las palabras de Jesús, él se ha convertido las más de la veces en un ser difuso y lejano.

A contrapelo de esa imagen difusa y lejana, los evangelios son la fuente inagotable de conocer viva y experiencialmente a Jesús, y no hay más que acudir a ellos, para conocerlo íntegramente, con claridad y una cercanía que impresiona a todos los que se encuentran con él. Es un perfil lleno de características, y convendría preguntarnos si cada uno de los cristianos y cristianas estamos viviendo y practicando ese magnífico estilo de vida: Jesús vive y crece como un aldeano más en Nazareth (artesano), le encanta estar en contacto con la naturaleza, no teme a las tormentas del mar de Galilea, practica el duro trabajo de la pesca, camina continuamente, recorriendo los valles y las montañas. Jesús tiene mucho que hacer y no tiene tiempo para alimentarse; los enfermos lo visitan hasta altas horas de la noche; ora en todo tiempo, sea en horas de angustia, cuando sus apóstoles se duermen; tiene una fortaleza a prueba de todo, como lo demuestra en el pretorio y al llevar la cruz. ¿Cómo era sus aspecto exterior? Como cualquier otro judío, con gestos como los nuestros, con una vestimenta normal (vestido de lana con un cinturón y sandalias), era en fin de cuentas Dios, pero un hombre como nosotros, era uno de nosotros habrá que remarcarlo siempre, pero lo que será fundamental para los cristianos es que Jesús nos salvó por amor. Un hombre como nosotros para poder redimirnos, sin esa estrechez de espíritu, sin ese egoísmo que adormece a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Jesús vivió permanentemente en lucha, a contracorriente de las ideas y costumbre de sus coterráneos y contemporáneos, en la dura tarea para desenmascarar una religiosidad oficial con una serenidad impresionante; una vida con momentos intensos pero con una fortaleza y equilibrio impresionantes. Podemos afirmar que en Jesús hasta lo sobrenatural es natural y el milagro se realiza con sencillez. Sus palabras son claras y transparentes. Sus palabras son un camino seguro que va desde la realidad hacia la acción, sus pensamientos se limitan a anunciar el amor de Dios y la llegada de su Reino con el gesto más sencillo. Sus preceptos son prácticos, incisivos y sencillos: “reconcíliate con tu hermano”; “No jures nunca”; “No resistan a los malvados y si alguien te golpea en la mejilla derecha, muéstrale la izquierda”; “Amen a sus enemigos y recen por los que les persiguen”. Es libre ante el ambiente social, muchas de sus tradiciones rompe sin vacilaciones, proclama la igualdad entre el hombre y la mujer, se opone con dureza a los grupos de poder, no se deja presionar por grupos violentos, jamás mendiga ayudas ni favores a los poderosos ni a nadie, desde el principio hasta el fin de su vida, no quiso deber nada a nadie y se mostró siempre inflexible, pero sin caer en la arrogancia. Jesús deja todo, absolutamente todo en manos del Padre. A pesar de la mediocridad de la fe de sus apóstoles, deja en manos de Pedro y los otros apóstoles la tarea de continuar su obra y lo dejará todo en manos del Espíritu Santo.

Desde la mirada a Jesús en los evangelios, entendemos que la gente que ha conocido a Jesús, que ha ido a escucharlo y a ser curados por él, son capaces de verlo como profeta. Pero aceptar que aquel hombre, que hace el bien, pero que no tiene una imagen de Dios victorioso ni de un líder que puede derrotar a sus enemigos, es el Mesías, el Hijo del Dios vivo, resulta difícil; por eso, Jesús, les exigió a sus apóstoles una definición personal con respecto a su persona, quiere saber hasta qué punto están dispuestos a jugarse por él, quiere sabe hasta dónde llega su compromiso con el Reino, y hasta qué punto están dispuestos a llegar en ese largo camino que estaban recorriendo juntos. Y la interpelación es directa al corazón y a la vida de seguimiento: “ ¿Y, ustedes, quien dicen que soy yo?” aquí es donde el evangelio suena con fuerza, con tal fuerza que no podemos ni debemos apagarla y nos acucia nuestra conciencia y nos interpela: ¿Qué tiene que ver Jesús con nuestras vidas? ¿Qué tiene que ver nuestra vida con los hermanos? ¿Nuestra vida, nuestras obras que realizamos, los proyectos que tenemos son coherentes con las exigencias de Jesús y de sus evangelios? Tenemos que responderla con nuestra propia vida y en esa respuesta está también la vida de los demás. Si realmente somos cristianos tenemos la obligación de responder, no podemos callar en un mundo injusto, no podemos mirar con indiferencia el hambre de millones de hermanos en el mundo, no podemos sentirnos felices, henchidos de egoísmo, en medio de tanta pobreza e infelicidad que palpamos día a día. Tenemos que responder, como Pedro, no sólo reconociendo a Jesús como Mesías e Hijo del Dios vivo, porque como hemos dicho, Jesús nos interpela para saber si realmente queremos seguirlo no sólo desde nuestras ideas y conceptos que pueden satisfacernos y ser bonitos, sino hasta entregar nuestra vida por la causa del Evangelio, en la brega de una tarea que nos encarga Jesús a todos los cristianos y cristianas. Por eso, Mateo, nos habla en la segunda parte del evangelio, de ese afianzamiento, que la primera comunidad pospascual busca confirmar y afirmarse en las palabras del Maestro, pero no sólo será confesarlo abiertamente como Mesías e Hijo del Dios vivo, sino que igual que Pedro, encontrarnos con Dios y merecer de sus labios el elogio que escuchó Pedro y que fue siempre el acicate de ese compromiso que lo llevó a dar testimonio de Jesús hasta el final de su vida. Esa fe, la maravilla que es descubrir quién es para nosotros Jesús, como lo fue para Pedro, es solo posible porque el Padre que transforma los corazones, los hace capaces de aceptarlo y creerlo. Precisamente, la piedra sobre la que Pedro y todo creyente se fundamenta, es la debilidad de un hombre que vivirá la vida como entrega total de amor y morirá en la cruz (Jesús). Esta es la maravilla de la fe, los cristianos y cristianas nos fiamos absolutamente de Jesús y lo seguimos viviendo su estilo de vida. Lo seguimos no en la soledad ni menos en la individualidad, sino en comunidad, Jesús edifica el nuevo pueblo de Dios, es la “Ekkesía” que es el grupo de gente convocada y precisamente eso, es lo que hace Jesús: convoca a aquellos que quieran sostenerse en esa fe que Pedro ha proclamado, y les promete que si se sostienen como Iglesia serán más fuertes que todas las fuerzas del mal. Maravillosamente, también los cristianos y cristianas pertenecemos a esos convocados por Jesús. Pedro, sin ninguna duda, representa para todos la continuidad de aquel momento inicial, la continuidad de la afirmación de la fe que hoy se contiene en el evangelio y que tiene su punto final en la afirmación de la fe en la resurrección. Pedro recibe el primado no en clave de dominio ni de poder, sino en el valor clarísimo que es dado por la voluntad del mismo Jesús. Nuestras comunidades, hoy y siempre, deben estar dichosas porque llevan dentro de cada una de ellas la convicción de la fe que Pedro confiesa, y somos felices (bienaventurados) porque nos abrimos, desde nuestras vacilaciones y pequeña fe, a la fe de toda la Iglesia, a la fe de los apóstoles.

PRIMER LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 22,19-23.- “Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: ‘Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo , a Eliacin, hijo de Elquías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre sus hombres la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie la abrirá. Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre”.

Dando lectura a este texto de Isaías, comprendemos que estamos situados casi ocho siglos antes de Jesús. En Jerusalén reina Ezequías y Sobná ocupa el cargo de mayordomo del palacio, y ciertamente el rey lo destituye, y como que es la mano misma de Dios quien realiza esta destitución, ya que Sobná extraviaba y alejaba al pueblo de Dios y quería hacer alianzas con otros pueblos para enfrentarse a los asirios, confiando más en las alianzas humanas que en las promesas de Dios. El oráculo que se contiene en los versos 19-23 adquiere especial importancia en el Nuevo Testamento, así, San Juan, en el Apocalipsis lo interpreta en sentido mesiánico y lo aplica a Jesús: “ Así habla el Santo, el Verdadero, el que guarda la llave de David: si él abre, nadie cerrará, y si cierra, nadie abrirá” (APOCALIPSIS 3,7). Entrevemos que en Eliacin tiene un sentido prefigurativo y es en Jesús que alcanza el sentido real y pleno. El Apocalipsis ve en la gloria y autoridad, en la bondad inteligente y en la solicitud paternal con que Eliacin cuida de la Casa de David, un paradigma y preanuncio que nos orienta para comprender cómo la autoridad y el señorío del Mesías nada va a tener de despótico y egoísta; será más bien una autoridad que se funda en el amor y la solicitud y cuidado de toda la familia de David, y en esta familia davídica o Reino de Dios, Jesús es el Señor y nosotros sus hijos. Es más, vemos a Eliacin ascendido a mayordomo en reemplazo de Sobná, vestido con su túnica, ceñido de su banda y adornado con sus mismos poderes como que se torna una profecía de la elección de Pedro; “ será un padre para los habitantes de Jerusalén. Pondré sobre sus hombres la llave de la Casa de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierra nadie lo abrirá” y además, su poder será como el clavo que sujeta y mantiene tensas las cuerdas de la tienda, como señal de la unidad. Y como en el oráculo de Isaías contenido en los versos 19-23, son una referencia clara a la primacía de Pedro, Jesús le entrega la autoridad de su Iglesia: “ Te daré las llaves del Reino de los cielos”, no será una autoridad semejante a los poderosos ni a las autoridades tiránicas, despóticas y avasalladoras (que de paso tenemos muchísimos ejemplos en nuestra actual sociedad globalizada), sino semejante a la autoridad paternal, una autoridad de amor, de entera solicitud, de entrega y sobre todo de servicio.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 11, 33-36.- “¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡ Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero, para tener derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén”.

Continuamos realizando la lectura de la Carta a los Romanos, y en todo el capítulo 11, Pablo ha desarrollado su pensamiento en torno al problema de la desobediencia de Israel al evangelio de Jesús. Pablo desea que al final de los tiempos, los judíos se conviertan y alcancen la misericordia de Dios. Pablo conviene que Dios ha querido encerrarnos a todos, judíos y gentiles, en la desobediencia para que de ese modo, todos los pueblos accedan a la misericordia del Padre. ¿Cómo entender ese estar encerrados en la desobediencia? Pablo expresa que los judíos fueron los primeros en obedecer, pero después desobedecen (no aceptan el evangelio de Jesús, el Hijo del Dios vivo); los gentiles empezaron por desobedecer y terminaron obedeciendo, pero en todo este tráfago de judíos y gentiles nunca ha faltado la misericordia de Dios que hace posible a cada hombre y a cada mujer pasar por el pecado con el fin de experimentar la vanidad de su voluntad propia y abrirse a la gracia del amor divino como única salida a la situación de pecado. Y ante esa presencia gozosa de la misericordia de Dios, Pablo que encontró el camino de salvación, entona un himno cálido a la infinita riqueza de bondad, de sabiduría y la ciencia de Dios. Ciencia infinita y adorable: “ ¡Qué insondables sus decisiones e irrastreables sus caminos!; Sabiduría infinita y adorable: “ Quién conoció la mente del Señor? ¿ Quién fue su consejero? Bondad infinita y adorable: “ ¿ Quién le dio primero para tener derecho a la recompensa?” Esta es la inmensidad de Dios, del Dios de la misericordia, porque si todos hemos sido arrojados en el pecado, él nos libera, nos renueva, nos cambia para que de ese modo se manifieste el amor de Jesús. Por eso, todos los seres humanos reconocemos la profundidad de la sabiduría y de la ciencia de Dios, el amor de Dios es inabarcable y se nos da a manos llenas. Esta sabiduría de Dios es en definitiva el mismo Jesús, y en él están escondidos los tesoros de la sabiduría, como lo expresa el mismo Pablo en Colosenses 2,2-3: “ Pido que tengan ánimo,; que estén unidos estrechamente en el amor, procurando alcanzar todas las riquezas de una plena comprensión, y que logren penetrar en el Secreto de Dios que es Cristo. Pues en él están encerradas todas las riquezas de la sabiduría y del entendimiento”. Y ante tanta maravilla de Dios, Pablo utiliza la doxología más admirable: “En verdad todo viene de él, todo ha sido hecho por él y ha de volver a él. A él sea la gloria para siempre. ¡Amén!”.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 16, 13-20.- El relato de la confesión de Pedro ocupa el centro de los evangelios sinópticos, es decir, señala el punto culminante y decisivo. La pregunta es fundamental y no permite ninguna evasiva posible: ¿Quién es Jesús? Seguramente este relato debe y debió ser leído desde la perspectiva de la resurrección de Jesús: si la Iglesia se había separado de la religión oficial, el judaísmo y se había lanzado intrépidamente a la tarea de la evangelización de los gentiles, se debía exclusivamente al convencimiento de que Jesús es el Mesías, el Hijo del Dios que vive. Pongámonos en el mismo espacio y en el mismo tiempo y hagamos que Jesús nos haga a nosotros, los cristianos y cristianas, las dos preguntas: ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿y vosotros, quién decís que soy yo? En relación a la primera pregunta tendríamos tantas respuestas como cuantos hombres y mujeres existen en nuestras sociedades modernas; en cambio ante la segunda pregunta, no hay evasiva posible, ¿por qué? Porque Jesús nos llama a definirnos, a tomar partido. No se trata de responder lo que sabemos o conocemos de él y que de pronto brota espontáneamente de nuestros labios: “Es Dios y hombre verdadero”. Sino que le digamos quién es él para nosotros. Si somos cristianos practicantes nuestra respuesta estará llena de confianza y de humildad para confesar y decirle que creemos que es el Mesías, el Hijo de Dios. Que estamos tan bien dispuestos, como Pedro, a seguirle, a vivir según sus evangelios y con todo lo que ello significa, que escaparemos a los facilismo y a lo que nos “gusta e interesa” que digan sus evangelios y desdeñando con egoísmo, las exigencias de sus palabras concretas y prácticas en la vivencia de la fe, y más nuestra respuesta en el camino del seguimiento, debe estar llena de humildad y como Pedro, una vez que resucitó Jesús decirle a todo pulmón: “Señor, tú sabes que te amo”.

“ En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ‘Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?’” Cesarea de Filipo era la capital del territorio gobernado por el este tetrarca. Jesús propone a sus discípulos la cuestión de su identidad, en una región que no es judía y donde se tiene la concepción del Mesías davídico. En esta región gentil, la gente no lo conoce y se los lleva a sus apóstoles para reflexionar, quiere poner en claro muchas cosa, como es cumplir la voluntad del Padre, su propia misión y el futuro de su trabajo pastoral y en este ambiente de retiro les hace dos preguntas.

“ Ellos contestaron: ‘Unos, que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas’”. También nosotros los cristianos y cristianas del siglo XXI, unas veces hemos creído que eras Juan Bautista: naces en la pobreza, vives en el silencio y humildad de Nazareth, eres probado en el desierto, no tienes donde reclinar la cabeza y mueres en la angustia y la soledad de la cruz; creíamos que tu doctrina era eso solamente: penitencia, austeridad, cruz, y que como hemos sentido que ser discípulo es ser penitentes, despreciando las cosas del mundo. Te hemos tomado también como Elías, el azote de reyes, desafiando a los sacerdotes de Baal. Te mirábamos cuando fustigaste a los escribas y fariseos, decías que habías venido a traer fuego a la tierra, como sacaste con látigos a los vendedores del templo, nos parece que te mirábamos y nos apoyábamos en el temor más que en el amor misericordioso. También has sido Jeremías, ese hombre de Dios atrapado entre el amor a su pueblo y la fidelidad a su vocación, que condenaba a su pueblo por apartarse de Dios y esto mismo te llevaría a la muerte, y que como que pensábamos que tu evangelio era predicar en el desierto; pasaste haciendo el bien, pero tú estabas destinado a morir por el pueblo; viniste como luz, pero ellos prefirieron las tinieblas. Y de pronto nuestro seguimiento ha tenido momentos de pesimismo y fatalidad, de creer que todo ha sido en vano, y nos acusamos de la falta de fe.

“Él les preguntó: ‘Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Es Pedro que se apresura a responder y como él todos nosotros te hemos reconocido como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Cierto que he visto como el Jesús penitente, arrebatado por el celo de Dios, el Jesús agónico como Jeremías, pero bien sabemos que tú no puedes ser sólo eso para nosotros, todas estas imágenes se apoyan en la que te reconocemos como el Hijo de Dios que por amor se hace penitente, viene a traer fuego a la tierra y viven en la angustia que los suyos (los judíos) no lo reciben. Y es así, porque sólo desde el encuentro con Dios el hombre puede conocer la esencia, la realidad profunda de Jesús y llegar a la adhesión personal que es la fe.

“Jesús le respondió: ‘ ¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, por que eso no te lo revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” Ante las palabras de Pedro, Jesús se queda gratamente sorprendido, y en esa respuesta descubre que Dios lo invita a ver el futuro de su misión, es decir, la fundación de la Iglesia, la asamblea de sus seguidores. Jesús deja en claro que los caminos de Dios son diferentes a la de los hombres, y maravillosamente Dios le manifiesta su misterio a un humilde pescador, un galileo sencillo, y como bien lo afirma Jesús, esa respuesta es fruto de la pura gracia de Dios y lo que interiormente le revele el Espíritu Santo. Como bien decía san Pablo en la segunda lectura, la Iglesia de los seguidores de Jesús, de los cristianos y cristianas no está fundada en la sabiduría aprendida, ni el poder social o político. La Iglesia, nos quiere decir Jesús, se funda en la fe de aquellos que, como Pedro, han descubierto a Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios y lo han adoptado como proyecto propio para su vida.

“Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Dos imágenes dominan la respuesta de Jesús a la confesión de fe de Pedro: la roca y las llaves. Ambas tiene su origen en el Antiguo Testamento, y en el evangelio se aplican a la fundación de la Iglesia de Jesús. LA ROCA. en los Salmos se designa a Dios como la roca, el fundamento sobre el que uno puede apoyarse incondicionalmente. La palabra de Dios es fidedigna, absolutamente segura, y más cuando la Palabra de Dios se hace hombre y como tal se convierte en salvador del pueblo, esa “roca era Cristo”, como dirá la Primera Carta a los Corintios 10, 3-4: “ Y todos comieron del mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual que los seguía y la roca era Cristo”. Sin renunciar a esta prerrogativa, Jesús hace partícipe de ella a Pedro: “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” Y por eso, la Iglesia también gozará de esta prerrogativa de fiabilidad y seguridad total porque el poder del infierno no podrá derrotarla. De este modo, la fe en Dios y en Jesús que nos dan firmeza y seguridad como una roca, y la Iglesia se fundamenta en esta roca que es Jesús y coherentemente se edifica en Dios y en Jesús y no en el hombre. LA LLAVE: Esta roca contiene también los plenos poderes simbolizados en la entrega de llaves y como vimos en la primera lectura se aplican a Jesús (Apocalipsis), a un seguro servidor del rey y del pueblo. Y así en el Nuevo Testamento Jesús el que tiene la llave de David; él es la llave principal de la vida eterna. Y ahora Jesús, hace partícipe a un hombre, a Pedro, sobre el que se edifica su Iglesia, y este poder llega hasta el más allá: lo que él ate o desate en la tierra, quedará atado o desatado en el cielo.

De este modo, Pedro es el primero que profesa la fe en Jesús con una fórmula que describe perfectamente su ser y su misión, y por ende, se hace modelo de fe de todos los creyentes, es el prototipo de nuestra fe. Con los creyentes de la primera comunidad y con nosotros los cristianos y cristianas, Jesús construye la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios que tiene por fundamento inamovible esa fe. Apoyada en ese cimiento, la comunidad nueva de Jesús, apoyada también en la misión de Pedro (como primer Papa y en sus sucesores) podrá resistir todos los embates de las fuerzas del maligno representadas por los que la persiguen. Los miembros de la comunidad pueden admitir en ella (el significado de las llaves) y dar a los hombres y mujeres que buscan la salvación la oportunidad de encontrarla; puede también excluir, si cabe el término a aquellos que la rechazan y es que sus decisiones están refrendadas por Dios mismo, como lo oíamos tanto en la primera y segunda lectura.

Y en estos tiempos que nos ha tocado vivir a los cristianos y cristianas del siglo XXI, y en estos tiempos complicados por los que pasa nuestra Iglesia (zarandeada por el mundo y el maligno), las tres lecturas de este domingo, deben servirnos para animarnos grandemente no para no ver las dificultades, ni para cerrar los ojos ante los defectos humanos que puede presentar nuestra Iglesia, sino más bien, animarnos a crecer constantemente en nuestra fe, a practicarla siempre con los más necesitados y a orar para que la fe de la Iglesia sea cada vez más firme, sea una auténtica fe en la ayuda poderosa y maravillosa de Dios, sea una firme y sólida certeza de que Jesús la asiste y que no tiene nada que temer, si camina con él. Creemos en la misión petrina como autoridad llena de amor y de servicio como Jesús. Sabemos que la fuerza de la Iglesia consiste en creer en la fuerza de Dios que está siempre con ella, a pesar de tantas tempestades. Los cristianos y cristianas, de cara al evangelio de este domingo, tenemos que estar llenos de optimismo activo, que sale a las calles a proclamar su fe en Jesús el Hijo de Dios vivo, ese optimismo debe caracterizar a nuestra Iglesia Católica, que es asistida por el Espíritu Santo.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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