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LA COMUNIDAD PASCUAL: CREYENTE, ALEGRE Y ANIMADA PARA LA MISIÓN.

Con la Resurrección de Jesús, definitivamente la muerte ha sido vencida y definitivamente Dios se hace presente para salvarnos por medio de la muerte y resurrección de su Hijo, en él se habían cumplido todas las escrituras y las promesas de salvación, de liberación de las amarras de la muerte y del pecado. Y el sentido de la Pascua es precisamente la presencia salvadora y definitiva de Dios en la historia de la humanidad, pero la Pascua cristiana ya no será más la pascua judía, sino que con la muerte y resurrección de Jesús se anuncia al mundo entero y a los hombres y mujeres de todos los tiempos una fe pascual nueva, fe en Jesús resucitado que da plenitud a las promesas de salvación de parte de Dios. Esta fe pascual nueva afirma que por la resurrección, Jesús se ha convertido en KYRIOS, en el Señor que viene de parte de Dios, que con sus palabras y acciones se identificó absolutamente con la voluntad salvífica del Padre, que nos trae una salvación que verdaderamente libera al hombre y lo conduce hacia una libertad activa, lo conduce hacia el mismo amor servicial que mostró Jesús desde el inicio de su vida pública hasta su muerte en la cruz. Por eso, la Pascua de Jesús, la Pascua de los cristianos es el Reino de Dios que se manifiesta ya en Jesús como reino de vida, reino de alegría, de una auténtica liberación del ser humano.

La fe pascual nueva da paso a una comunidad nueva que es fruto precisamente de Jesús muerto y resucitado, y la Iglesia como comunidad sólo entiende y comprende su existencia como tal, con la muerte y resurrección de Jesús, dos acontecimientos que fundamentan el nuevo comienzo del mensaje de salvación que se dirige a todos los hombres y mujeres. La nueva comunidad que nace de la Pascua liberadora de Jesús, como vemos con entera claridad en la primera lectura y en el evangelio de este II Domingo de Pascua, ya no celebrará el sábado, sino que vivirá y proclamará a Dios en el primer día de la semana, éste será el día de la Resurrección de Jesús, el “día del Señor” que marcará para siempre la vida de los cristianos, a la comunidad cristiana. Una comunidad nueva que nace de la fe en Jesús resucitado tiene también claro su discipulado y la razón de ser de ese discipulado; ser discípulos de Jesús es una tarea y una misión que nunca se acaba más que cuando muramos y vayamos al encuentro de Jesús glorioso, a vivir eternamente con el Padre, y es que para la fe pascual nueva ser discípulo es ser cristiano, es decir, que nuestro camino e itinerario hacia el Padre es vivir constantemente el seguimiento a Jesús y sus evangelios.
La noticia trascendental para todos los cristianos y cristianas es que la muerte no venció a la vida, y mejor aún que Jesús vive y es el Señor Glorioso, y lo maravilloso de esta noticia es que se hace presente a su comunidad el mismo día de la resurrección, como narra el evangelio de este domingo y les anima a vivir la alegría de haberlo visto: “ Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.” Una visión que nos presenta magníficamente bien el Apocalipsis: “ No temas nada, soy Yo, el Primero y el Último. Yo soy el que vive; estuve muerto y de nuevo soy el que vive por los siglos de los siglos, y tengo en mi mano las llaves de la muerte y del infierno.” (1,18). Haber muerto y estar vivo, esa es la raíz de toda la fe, esperanza y dinamismo de la comunidad cristiana. Esta presencia activa de Jesús es percibida por los discípulos reunidos en la tarde del primer día de la semana, y de ahí en adelante, los primeros cristianos celebraron el misterio de Jesús Resucitado, una obligación de amor a Dios y hacer memoria viva de la historia de la salvación. Y en consecuencia la misión y la tarea de anunciar de los discípulos se origina en el suceso de la Pascua, de anunciarla a todos los rincones del mundo y de manera especial a los espacios o zonas donde se desparrama la miseria humana. El proceso de la fe que nos introduce en el misterio de salvación de Jesús se basa en ver a Jesús y en el testimonio de los que lo han visto, como bien lo expresan los dos momentos cuando Jesús se aparece a sus discípulos, y este sentido y significado de la fe es lo que hacemos todos los domingos y en todas las eucaristías: el hecho salvador de la cruz y la misma alegría de la resurrección, y todos los domingos entramos en comunión con los apóstoles que vivieron todo ese suceso fundamental para la Iglesia, y los cristianos y cristianas no sólo nos alegramos vívidamente, sino que participamos de la experiencia pascual de los apóstoles que nos hace capaces, como testigos que somos, de anunciar a Jesús muerto y resucitado que nos salva de la miseria y del pecado.

El anhelo y el ideal que contiene la primera lectura, es a lo que debemos comprometernos a vivir y anunciar, no se dará en la radicalidad de lo que dice, pero es la meta que nos debemos trazar todos los que seguimos a Jesús Resucitado y qué mejor hacerlo siguiendo sus huellas y su compromiso de servicialidad y en su preocupación por los más necesitados y desamparados. ¿Poco optimismo o sólo un sueño de comunidad? Todo lo contrario, el cristiano y cristiana tiene que llenarse del optimismo de Jesús, tiene que soñar con los ojos abiertos, ese es el significado del milagro del ciego de nacimiento. Los ojos abiertos es que nunca nos zafemos o escapemos de la realidad de nuestra vida humana que marca también nuestra vida de fe. La realidad de las primeras comunidades cristianas como la experiencia que vivimos hoy en cada una de las comunidades cristianas, es que muchas veces la costumbre, la inercia y la rutina ganan espacio o terreno muy fuertemente, como que la pertenencia a la comunidad cristiana es muchas veces un asunto familiar y el compromiso y optimismo se relajan, se diluyen y les otorgamos toda la credibilidad al mundo y especialmente a aquellos que afirman que los cristianos (así como son y como nos ven) no son ni diferentes ni mejores que los demás seres humanos. Por eso, para los cristianos la tarea de ser discípulos es una tarea, una misión que no se acaba más que con la muerte, y esa tarea se fundamenta en nuestra fe en Jesús vivo y resucitado, y más se reconoce su presencia en la comunidad de los creyentes, donde se manifiesta y se irradia el amor de Dios, y de aquí nace la validez del testimonio de los que anuncian a Jesús, y a los que nosotros concedemos la autoridad de testigos calificados, es decir, que han visto a Jesús y que nos les exigimos, como Tomas, las pruebas empíricas de su testimonio. Por eso, precisamente la comunidad de fe, la comunidad cristiana es la alternativa que Jesús ofrece para dar testimonio ante el mundo de la presencia y la realidad del amor no sólo como excelente y positivo (como lo quiere dar a entender la primera lectura), sino con sus dificultades y problemas (sus desamores). Ante la propuesta de nuestra vida de fe enraizada en el amor de Jesús y sus evangelios, no todos la recibirán de la misma manera, no todos abrirán su corazón de par en par y se adherirán a Jesús, sino que muchos endurecerán sus corazones y mantendrán una actitud hostil, terca y renegada, pero aún así, los cristianos y cristianas como comunidad de fe somos mediadores, como Jesús de la salvación.
La comunidad cristiana, se ve a sí misma como una Comunidad Pascual que nace de la Pascua de Jesús, una comunidad de fe, una comunidad de creyentes alegres, optimistas para llevar el mensaje de la pascua, aun a pesar de las dificultades y contratiempos. Una comunidad que cree en Jesús resucitado y que se deja llevar por el Espíritu Santo y donde la misma comunidad es el primer resultado de la Pascua. Reseñemos sus características o rasgos que también deben mostrarse en las comunidades cristianas del siglo XXI: Es ciertamente una comunidad de creyentes que se reúnen por la fe en Jesús, como lo vemos en la primera lectura y en el evangelio; es una comunidad que anuncia en clave de misión y que crece, se expande, no deberá olvidarse que Jesús mismo le ha dado la misión de ser sus testigos como lo verificamos en el evangelio y que para esta misión reciben el soplo del Espíritu santo; es una comunidad fraterna y servidora que hace el bien, aún hoy y lo hará siempre; una comunidad que como su Maestro, entiende lo que es el dolor y el sufrimiento en la vida terrena, que a pesar que no ha visto a Jesús cree firmemente en él; es una comunidad que se reúne cada domingo para celebrar su fe, manifestar su alegría y encontrarse siempre con Jesús Resucitado; es también, una comunidad sacramental, donde se da la primacía a la Eucaristía pero igual se experimenta y se vive el Bautismo, la Confirmación y la Confesión.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBROS DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2, 42-47.- No es una utopía ni un ideal que se estrella en mil pedazos, sino que San Lucas, nos quiere mostrar que la comunidad cristiana ideal es así, debe ser así y no de otra manera. Su contenido vale y es importantísimo como fuente de interpelación y cuestionamiento no sólo para la Iglesia ni para nuestras comunidades parroquiales que viven la globalización y el sino de las redes sociales, sino para las comunidades humanas y en cada una de las sociedades donde hemos dado primacía a la avaricia, al egoísmo, a la corrupción, al mero individualismo desquiciante y porque no al colectivismo que esclaviza y se hincha de poder para someter a los demás en nombre de una comunión de bienes. Para los cristianos del siglo XXI, la lectura de este capítulo de los Hechos de los Apóstoles, es que en este tiempo tan desigual y marginador, el cristiano debe dar testimonio de la Resurrección con el desprendimiento del mammón dinero, para que podamos compartir los bienes y atender a los hermanos que realmente necesitan de nuestras obras de misericordia y no sólo de nuestra conmiseración muchas veces sólo de boca sin llegar a una verdadera acción de misericordia que nos exigen Jesús y el Padre. Escuchemos bien: “Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común, vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas, y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvado.” Esto es lo decisivo, no de pronto el “idealismo utópico” que supone una lectura mediatizada y parcializada (muchas veces ideologizada), Lucas quiere subrayar el vigor del testimonio de los apóstoles para que las comunidades sean realmente signos de cambio y de nuevas comunidades en el Espíritu de Jesús. En otras palabras, la experiencia de su fe en el Resucitado es un revulsivo para todos los creyentes, un verdadero revulsivo que hace cambiar un paradigma para dar paso a otro mejor. La fuerza del testimonio de vida nueva, los signos de haber aceptado esa vida nueva, siempre está correlacionada con la intensidad de una fe pascual nueva y que es asumida plenamente. Quizás hasta hoy sorprenda más la comunión o comunidad de bienes (por eso, las dudas y los sobresaltos), esa cierta cosilla utópica (no un mero sueño o ideal inútil) pero que tiene real importancia porque hace que continuemos viviendo nuestra vida de fe con máxima alegría y cargada esperanza. Como hemos visto en muchas ocasiones y especialmente cuando se presentan las tragedias humanas y de la naturaleza, la comunidad cristiana ( y de pronto todo el mundo ¿también una utopía?) manifiestan esa comunión de bienes; cierto que los signos (de las que nos habla la primera lectura tan profusa y con detalle) son diferentes y diversos, pero son siempre necesarios para fortalecer y manifestar la fe en Jesús Resucitado. Veamos también que san Lucas nos presenta las cuatro fundamentos de la vida de los primeros cristianos y que deberá ser la impronta para evaluar nuestras comunidades eclesiales: (a) la actividad de la catequesis apostólica que tiene el valor de agrupar a los cristiana y construye la Iglesia misma; (b) la exigencia de vivir en unión y de compartir el amor, por fidelidad al mensaje de Jesús de Nazareth, los bienes en común son la forma de expresar esa unión y amor; (c) la fracción del pan, la acción de gracias en memoria de Jesús Resucitado, (d) la oración, que nace del mismo grupo. Este es claramente el mensaje de Lucas: los cristianos somos un conjunto de personas que reunidas en comunidad y unidos en un mismo corazón, tratamos de seguir el espíritu de Jesús con lealtad y sinceridad.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PEDRO 1,3-9.- Pedro trata el tema de la bendición y la alabanza que se proclamaba en las reuniones cristianas. Se bendice y da gracias a Dios por la transformación que se ha realizado en cada uno de nosotros por medio de la resurrección de Jesús, nos dice que por él hemos renacido a una esperanza: heredar la vida eterna, la vida que no se corrompe. Y a pesar de las dificultades que siempre son necesarias para crecer y robustecer en la fe, no hay que perder la esperanza ni mucho menos la alegría, porque está cerca el momento final, y esta vida cristiana es vida desde la fe, esperanza y el amor. “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros que mediante la fe estáis protegidos con la fuerza de Dios, para la salvación dispuesta a revelarse en el momento final. Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco; en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque perecedero, se aquilata a fuego, mereceréis premio, gloria y honor en la revelación de Jesuscristo; sin haberlo visto lo amáis y, son contemplarlo todavía, creéis en el él; y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.” Pedro nos elogia a todos los cristianos que amamos a Jesús aunque no lo hayamos visto ni contemplado con nuestros ojos, pero creemos en el testimonio de sus testigos calificados y más sabemos que Jesús resucitó de entre los muertos. Y esto es lo más importante, y no necesariamente los datos empíricos (en los que se basa casi exclusivamente la ciencia materialista no cristiana), y es que la confianza es una consecuencia directa de la fe en Jesús Resucitado, por eso, Pedro reitera y recalca de la esperanza de una vida nueva en el cielo, de la fe tan necesaria para la salvación que ciertamente nos prepara el Padre y que será revelada en la segunda venida gloriosa de Jesús Resucitado. También nos recuerda san Pedro que ninguna crisis ni dificultad puede disminuir la alegría intensa de la comunidad y del propio cristiano. Y el camino de la fe, la calidad de la fe se prueba en las dificultades que muchas veces pasamos en la tierra. La alegría que viene de la fe en Jesús Resucitado de los que creemos sin haber visto, es una alegría que debe transfigurarnos, porque siguiendo a Jesús hasta el final obtendremos la salvación que es como dice Pedro, la meta de nuestra fe. La fe elevado a una experiencia espiritual hace nacer en las comunidades cristianas las actitudes de la oración profunda, de poner nuestros bienes a disposición de la comunidad, de perseverar en la fracción del pan. Una comunidad que se halla en constante actitud de bendición a Dios, por la fe en la resurrección de su Hijo, en la alegría de poseer la herencia o prenda de la salvación es una comunidad del Espíritu.

EL EVANGELIO DE SAN JUAN 20,19-31.- Juan nos presenta un texto lleno de significados y mensajes. Si por la mañana del domingo de resurrección el sepulcro vacío dominada todo el relato (María que va muy de mañana al sepulcro, ve quitada la loza y el sepulcro sin el cuerpo de Jesús, corre a comunicarla Pedro y Juan que van al sepulcro y también lo encuentran vacío; por la tarde, de ese mismo domingo lo que domina es la presencia de Jesús en medio de los discípulos. Las promesas de Jesús se habían cumplido, les prometió volver y ahí esta ahora con ellos hablándoles de tantas cosas y ellos reaccionando con actitudes proactivas y necesarias ante el cumplimiento de las promesas. No es un fantasma, un fantasma no puede decir: vean las heridas de mis manos, y esto sucederá siempre cuando él venga dond ellos y cuando estén reunidos en su nombre. Y así en el primer día de la semana, y más en la reunión comunitaria él se hace presente, y no sólo les mostrará las señales de las manos y del costado, sino que nos asociará a su misma misión: anunciar la Buena Nueva de Dios será la tarea de los creyentes, y por eso mismos, reciben el Espíritu Santo, un camino que se transita necesariamente desde la fe.
El relato de Juan tiene dos tiempos y un comentario final. El primer tiempo, se inicia al atardecer del mismo día de la resurrección, en el alba del domingo donde Pedro y Juan comprobaron que el sepulcro de Jesús estaba vacío. El lugar es un espacio cerrado por miedo a los judíos, Jesús se hace presente en ese espacio y su presencia comunica paz y llena de alegría a los que estaban sin poder abrir la puerta (como el ciego de nacimiento) y con esa paz y esa alegría se siente el aliento del envío a imagen y semejanza del envío de Jesús por el Padre: “ Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:- Paz a vosotros. Como el padre me ha enviado, así también os envío yo. Y , dicho esto sopló sobre ellos y dijo: -Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”
El segundo tiempo del relato se sitúa a la semana siguiente (a la octava que hoy celebramos), el problema de estar encerrados, como que ya no existe (el miedo externo), sino que más bien el temor o congoja es interno, es decir, parte de Tomás que no estuvo con ellos cuando Jesús se les apareció la tarde del domingo de la resurrección. Tomás ha puesto condiciones para creer en Jesús y ver si realmente está vivo. De nuevo Jesús se les presenta, les da la paz e increpa a Tomás para poder aclarar sus dudas y mostrarle esos datos empíricos que él pone como condiciones para poder creer en el Jesús Resucitado. “ Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían- Hemos visto al Señor. Pero él contestó:- Si no veo en sus manos la señala de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: – Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás:- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: -¡Señor Mío y Dios mío!. Jesús le dijo:- ¿Por qué me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su Nombre.”
Un mensaje es que nuestra fe no pueda esta incapacitada para dar testimonio de Jesús Resucitado ni mucho menos tener miedo, máxime cuando Jesús está ya en medio de nosotros y nos da la paz, es paz que reemplazará definitivamente al miedo al mundo y a los mismos judíos. El impacto sigue siendo espectacular, sus corazones (como también los nuestros) empiezan a calmarse, y esa calma tiene como resultado la eclosión de la alegría en cada uno de los rostros. ¿Qué es esto y qué resultado? Al resonar dos veces la paz que da el Señor, se dan cuenta que desparece el miedo a las autoridades judías y esta misma desaparición del miedo es ya el CAMBIO , sus rostros estallan de contentos: han cambiado, se ha producido el cambio y ya no tiene sentido seguir encerrados (volvemos a recordarnos del milagro del ciego de nacimiento) hay que proclamar al Buena Noticia: “JESÚS VIVE, HA RESUCITADO, Y ESTÁ EN MEDIO DE NOSOTROS”, el cambio se radicaliza, no sólo convertidos sino predicadores del Reino de Dios, viviendo con Jesús y siguiendo sus evangelios. Y como Jesús, reciben al Espíritu Santo, es decir, que los cristianos y cristianas tenemos el mismo talante y las mismas prerrogativas que él. El anuncio del envío a predicar es precisamente el cambio, ya los cristianos no deben estar fosilizados sino que deben salir a predicar sin miedo; ya no pueden estar paralizados por la tradición (encerrados en una casa) sino que deben andar con entereza, es pues, una forma nueva de vida, ya no están más sometidos a la ley.
Tomás, representa en el evangelio de este domingo, la otra cara de la medalla que nos ofrecieron los discípulos en la primera presentación: perplejidad, paz interior, entereza de carácter y una alegría inmensa y natural (ni siquiera quisieron comprobar si era Jesús, a pesar de que él muestra los signos de su muerte). Puede pasarnos y puede pasar en el menor de los discípulos que se derrotan ante las primeras dificultades que pone especialmente el mundo y Satán, ¿pero Tomas? ¿ Porqué le niega a Jesús lo único que le pedía: creer o tener fe en su resurrección? ¿No era uno de aquellos intrépidos y decididos que se llenó de coraje para decirle a Jesús y sus compañeros que debían de ir a morir junto con él? Así nos pasa muchas veces, y es que estar con Jesús durante tanto tiempo no es garantía ni es suficiente para aceptar a Jesús como Mesías muerto y resucitado. Si leemos detenidamente, notamos que Juan no tiene nada en contra con los testigos oculares, y ¡ no podía ser de otra manera! Sino que con la actitud de Tomás quiere favorecer también a aquellos, como todos nosotros, que no hemos vivido con Jesús de Nazareth, como se dice, no es que reprocha la actitud de Tomas, que había vivido con Jesús tres largos años, sino que quiere poner por encima de esta convivencia, al que cree sin haber visto y que Jesús declara que es bienaventurado. Y ese, precisamente, es otro de los mensajes, que Jesús nos proporciona la alegría de saber que los cristianos y cristianas, e incluso los no creyentes, que podemos comprender a Jesús incluso mejor que los que convivieron con él; la nueva vida de Jesús no permite ya que se le conozca según la carne, ya no se le reconocerá como un ser humano, sino en los sacramentos y en la misma vida de la Iglesia. Otro de los mensajes del texto, es que en el Resucitado, los apóstoles reconocen a Jesús que anduvo con ellos por los caminos de Judea y de Samaria, de toda Palestina (fueron tres años extensos y llenos de vivencia profunda con el Mesías de Dios); el Resucitado era él mismo Jesús, pero distinto. El Jesús de la historia es el Cristo de la fe. La otra idea-fuerza es la donación del Espíritu que capacita a los apóstoles para que sean enviados a anunciar la Buena Nueva; Al exhalar el aliento no otra cosa significa que la transmisión de la vida, una participación en la misma vida de Jesús Resucitado, que posee el Espíritu de Dios y que lo transmite a los creyentes, a la comunidad de cristianos.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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