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LA FIESTA DE JESÚS (LA ALEGRÍA DE SER CRISTIANOS)

Del siglo que nos ha tocado vivir a los cristianos y cristianas, se habla muchísimo. Por el avance vertiginoso en materia del desarrollo científico y más de las redes sociales, como que nos anonadamos y aceptamos que vivimos un mundo de luces como nunca antes se vivió, y claro que se tienen fundamentos racionales y de la experiencia que no podemos negarlos en sí y por sí. Sin embargo, es necesario interrogarnos, si ese avance vertiginoso en el desarrollo humano, ha alcanzado también lo que todo ser humano ha aspirado y aspira siempre: la felicidad plena. El decantado e innegable desarrollo ¿ha logrado otorgar la felicidad que buscamos o nos ha vuelto más dependientes y como lógica consecuencia no conseguimos vivir la alegría y nos deprimimos constantemente en la vorágine del avance cotidiano y constante que hoy experimentamos? La duda es inmensa ante la otra realidad que no podemos negar, y aun a pesar de que el desarrollo se logra apartando a Dios de toda intervención y desoyendo sus voces de justicia y derecho para todos: la pobreza rampante que se vive en muchas de las sociedades y países; las enfermedades y su consecuencia trágica del dolor insoportable que destrozan toda esperanza de felicidad con el destino final y cruel de la muerte (enfermedad y dolor que muchas veces lo enrostramos a Dios y lo señalamos como causante); las guerras (alentadas por ese desarrollo técnico y tecnológico de las grandes potencias, el denominado “armamentismo”)muchas de ellas injustas e irracionales como las estamos viendo en diversas regiones de nuestro mundo, alentadas no sólo por los usureros de la violencia sino por extremismos religiosos y raciales; la irracionalidad de los totalitarismos imbuidos y llenos de un mesianismo que ofrecen la felicidad (nunca lograda o conseguida) si los individuos se someten a esos mecanismos de irracionalidad e indignidad propias del esclavismo; los conflictos sociales y étnicos que hacen imposible la convivencia humana en los valores de la igualdad, la fraternidad, la justicia y el derecho, y lo que origina el desplazamiento de cientos de personas en búsqueda de paz, sustento y una vida digna; el avance demoledor del consumo y fabricación de las drogas de toda índole que aparentemente satisfacen el ansia de libertad y placer, pero las más de las veces desquician la mente y la vida misma de los que lo consumen. ¿Qué ha cambiado radicalmente con el decantado desarrollo promovido por el libre mercado y la sociedad de consumo? ¿Qué oferta confiable de felicidad, libertad, justicia y derecho para todos ha logrado el ser humano apartando a Dios de su vida y más declarándose “sociedad laica, estado laico” que practican cerradamente el “laicismo” , cada vez que este Dios les clama justicia y el derecho para todos (no sólo para unos cuantos que detentan el poder económico y político) y que les enrostra sus explotaciones, injusticias, marginaciones, racismos, sus crímenes, egoísmos viles, sus indiferencias supinas ante el dolor y el sufrimiento, su proclividad al placer por el placer, ese hedonismo que lastima la esencia misma del ser humano. Ante este panorama de avances vertiginosos en todo orden de cosas y frente a la dolorosa realidad de la infelicidad, como que el desafío de todos y más de los cristianos y cristianas es experimentar vívidamente la alegría que se deriva de la fiesta del banquete que Dios y Jesús nos ofrecen continuamente y que este domingo XXVIII del Tiempo Ordinario nos lo recuerdan las tres lecturas.

Si leemos con detenimiento las Sagradas Escrituras comprobaremos que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el mensaje de Dios es profundamente optimista, porque él quiere la felicidad de los seres humanos, quiere su éxito como familia humana, nos quiere a todos colmados de abundancia y de plenitud; así, en el evangelio de este domingo, la alegría está íntimamente unida a la vida cristiana, esa alegría nace de la opción fundamental por Jesús, él nos muestra a todos el sentido de nuestra vida y la grandeza de nuestro destino. Y más los cristianos sabemos que el Evangelio es un mensaje de alegría, pues se trata de una Buena Noticia, donde estamos todos invitados a vivir el amor, y lo que es decisivo para nosotros es que es posible vivirlo en el aquí y ahora de nuestro siglo XXI, porque Jesús nos amó primero, y el mismo amor de Jesús ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo: “Porque el amor que Dios nos tiene se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que él nos ha dado” (ROMANOS 5,5), y por eso, Pablo afirma en GÁLATAS 5,22 que el fruto del Espíritu es la alegría: “En cambio, el fruto del Espíritu es: caridad, alegría y paz; generosidad, comprensión de los demás, bondad y confianza.” Por eso, Jesús llama felices a los discípulos (y también a nosotros) porque acogen con alegría la Buena Noticia (a Jesús): “Dichosos ustedes porque ven y oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos santos ansiaron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.” Ciertamente, sólo Jesús nos ofrece la alegría, esa alegría que nadie nos podrá arrebatar ni cambiar ni por el mejor oro del mundo: “Así también ustedes ahora sienten pena, pero cuando los vuelva a ver, su corazón se llenará de alegría, y nadie podrá quitarles esa alegría.” ¿Cómo entender dentro de esa alegría cristiana las pruebas, dificultades, incomprensiones, rechazos, el dolor y el sufrimiento que también lo experimentó Jesús? Primero, que nuestra vida cristiana jamás está exenta de todas esas vicisitudes, por eso, Dios mismo secará las lágrimas de nuestros ojos y alejará para siempre el dominio de la muerte y del pecado, como magistralmente lo afirma la primera lectura. Consecuentemente, nuestra alegría, la alegría cristiana es más que un sentimiento pasajero, es un estado permanente del espíritu que nace de la fe y compromiso con Jesús, y por eso, aún en medio de las pruebas y el dolor (lo que el mundo no comprende y por eso niega a Dios como fuente de vida y felicidad, aun a pesar de que ha contemplado a Jesús, su Hijo sufriendo las injusticias, los dolores y la misma muerte como vil afrenta) los cristianos y cristianas sabemos conservar el dinamismo de la alegría a pesar de las tribulaciones, como lo afirma Pablo: “ A su vez, ustedes se pusieron a imitarnos a nosotros y al mismo Señor cuando, al recibir la Palabra, encontraron mucha oposición y a la vez la alegría del Espíritu Santo” (1 TESALONICENSES 1,6).

Volvamos con la fuerza de la alegría que nos da Jesús, a su fiesta, a su banquete que nos ha preparado y nos prepara todos los días, y especialmente los domingos. ¿Un banquete de bodas y alegría? Ciertamente, desde el punto de vista humano, el banquete tiene la virtud de elevar su instinto puramente animal de comer a una categoría espiritual y humana: realizar un banquete, y al invitar a los amigos a comer en la propia casa representa la comunión amistosa de los seres humanos entre sí, que gozan juntos de la bondad de las cosas y de los alimentos y comparten la alegría, la intimidad y los acontecimientos felices. Las bodas o nupcias profundizan el sentido del banquete, no sólo se celebra el acto biológico, sino el acto humano de la mutua entrega en el amor. Y precisamente, eso es lo que nos dice Jesús, el Reino de Dios es la fiesta nupcial que es el signo por excelencia de alegría y la gran redención obrada por él es la gran alegría para todo el pueblo. Fiesta de bodas, porque Jesús vino al mundo para unirse con la humanidad en forma tan nueva, tan íntima, que se puede hablar de esponsales o bodas entre Jesús y la Iglesia, como dirá Pablo a los efesios: “ Es lo que dice la Escritura: El hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su esposa y los dos no formarán sino un solo ser. Este misterio es muy grande y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. En resumen, también ustedes, que cada cual ame a su esposa como a sí mismo y que la esposa respete a su marido.”(EFESIOS 5,31-33). La dinámica de la parábola de este domingo es que siempre es un don de amor ofrecido por Dios, y una respuesta que capte o diga que sólo con amor se responde de verdad, y la imagen del banquete lo dice todo, no se trata de ir y cumplir, sino de una llamada a querer participar en una vida sin límites, en la gran fiesta, en el festín eterno que se inicia para todos aquellos (nosotros los cristianos y cristianas) que valoran el amar, el darse, el servir, el compartir. Todo lo que simboliza y expresa la Eucaristía.

La primera noticia, la gran noticia es que el Reino de Dios es un banquete de fiesta, como bellamente lo describe la primera lectura: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados” no hay dolor ni sufrimiento: “El Señor, secará las lágrimas de todos los rostros.” ¿Qué quiere decir esta imagen tan querida tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento? Que en el horizonte de la vida, al final de todos los caminos, hay una gran mesa que Dios ha preparado para todos los hombres y mujeres: un banquete de bodas, una fiesta a la que todos, sin excepción, estamos invitados. ¡Qué magnífica noticia! Dios nos invita a todos, más allá de todas nuestras aspiraciones y reivindicaciones (como querer hacer el mundo sin Dios, dejarlo y alejarlo de toda nuestra existencia), más allá de nuestras fantasías (cual torres de Babel), Dios ha preparado un futuro sorprendente (que derrota la tristeza y la muerte), Dios nos invita a un banquete de fiesta, a un banquete universal y más, hay – como hemos visto- una gran fiesta programada. Una fiesta a la que está invitada toda la humanidad, un gran banquete en el que se podrán saciar todas las hambres del ser humano. No es una fiesta más ni como las fiestas que el mundo prepara y realiza, sino es una fiesta que se parece el reinado de Dios “a un rey que celebraba la bosa de su hijo”. Una fiesta con la que se anuncia a la humanidad que es posible superar las causas de la infelicidad, el sin sentido de la vida, el desgano por vivir, superar la tristeza y la mayoría de los padecimientos que sufren los hombres y las mujeres. Los cristianos y cristianas tenemos, pues, razones más que suficientes para vivir con alegría y aceptar agradecidos la existencia que Dios nos ha dado. El sentido de la vida y de la historia es un banquete que nos espera y más al cual nos ha invitado. De pronto, como que el clima tan radiante y optimista de la proclamación de las bodas, sufre una parada seca, una nube que lo oscurece: el rechazo de los invitados de la primera hora que hace alusión al pueblo hebreo, especialmente a los sacerdotes, ancianos y fariseos habían esperado dos mil años y cuando viene Jesús (el Mesías esperado), lo desconocen, lo rechazan y lo matan. El rechazo por parte de Israel genera el paso maravilloso de un Dios de amor y de generosidad sin límites: la segunda invitación ya no va más a los “invitados escogidos”, sino a todos (la universalidad del Reino de Dios) a todos los que se encuentran en las plazas, los caminos y los cruces de los caminos sean: malos y buenos, pobres, lisiados, ciegos, cojos. La salvación y la felicidad que Dios ofrece es universal. Para Dios, no importa nuestro pasado, ni nuestro presente, ni el futuro, no importa nada, lo que vale e importas para él eres tú, como dice enfáticamente la segunda lectura: “sé vivir en pobreza y abundancia, hartura y hambre, abundancia y privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta.” Dios nos quiere a todos, especialmente a ti, tal y como somos, sólo se te pide que tengas fe y que colabores con la gracia para participar de la vida que es asistir plenamente al banquete de bodas de Dios. Para eso necesitamos convertirnos, cambiar de traje para vestirnos de fiesta, dejar de ser como eres, o como el mundo deseas que seas, dejar de ser- digo- como eres para ser como Dios quiere: ser hombres y mujeres nuevos. No olvidemos que la vida cristiana es fiesta y lucha. Predicar el evangelio es ofrecer a todos los hombres y mujeres una fiesta interminable, más segura que cualquier otra fiesta que pueda alegarnos. Porque toda fiesta, por muy buena que sea, termina cuando finalizan los días del ser humano sobre la tierra, en cambio la fiesta del Dios de Jesús lleva a la comunión plena y para siempre con todo lo que amamos.

PRIMER LECTURA DEL PROFETA ISAÍAS 25,6-10.- “Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte santo, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo- lo ha dicho el Señor-. Aquel día se dirá: ‘ Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor’”.

Es uno de los pasajes más conocidos y una brillante proclamación profética de la plenitud de Dios: un banquete en el que nadie quedará con hambre y al que es llamado todo el mundo; un encuentro de todos y cada uno de los hombres y mujeres en una vida de la que desaparecerán las lágrimas y sobre todo la muerte. Este pasaje que hoy leemos, pertenece al llamado Apocalipsis de Isaías. Al profeta anónimo discípulo de Isaías, los acontecimientos de la historia le sirven como signos que señalan lo que aún ha de venir cuando todo se revele y desaparezca el velo que ahora cubre todas las naciones. La lectura de este domingo, recoge, bajo el símbolo del banquete el aspecto positivo del juicio de Dios, del banquete de la entronización de Yahvé, pues, ha de reinar sobre todos los pueblos. El monte es el Sión, porque Dios ha querido que la salvación del mundo venga de los judíos. Reconocer y aceptar a Dios acabará con el pecado y con sus terribles consecuencias: el dolor y la muerte. La promesa de vida se dirige a todos y promete una plenitud que es gozo, liberación de todo mal, amor y ternura. Como que Isaías y Jesús dan respuesta a la desazón de la humanidad ante el dolor y el sufrimiento, en cuanto que el banquete es más que una excelente comida, sino que es saber que todos los males desaparecen, desaparece el drama de una historia sin razón ni esperanza que camina al precipicio y el drama del llanto y de las lágrimas en todo ojo humano. En otras palabras, Dios nos hace un regalo inapreciable: aniquilar en forma definitiva la muerte, y , con ella, ese cortejo doliente, de sufrimientos y de lágrimas y con esta profecía se postula por primera vez el tema de la inmortalidad: aniquilar la muerte para siempre. Si bien, la lectura no menciona a ningún mesías, esta profecía nos lleva a la era mesiánica con el cumplimiento de la misma en Jesús de Nazaret, y así, Jesús es el Mesías que instaura el Reino del padre, y resucitando de la muerte triunfa sobre ella y sobre todas sus consecuencias, ese séquito de dolor, sufrimiento y lágrimas. Jesús será ese soberano que seca las lágrimas de los seres humanos, finitos como son. Dios es el ser solidario con el hombre con un amor total hacia cada uno de los integrantes de la humanidad, él nos consuela no sólo extirpando el dolor y la muerte sino que nos ayuda y nos consuela en nuestro diario vivir como cristianos. Esa es la actitud que debe realizar siempre la Iglesia y todo cristiano y cristiana que se tenga como tal: anunciar el final glorioso de esta limitación humana, pero mientras no viene este final glorioso, no debemos de desentendernos de las lágrimas de nuestro mundo que nos piden justicia y derecho para con todos. No nos olvidemos que Dios, es un Señor generoso que nos ofrece a todos lo mejor, sin excluir a nadie. Si Jesús el Hijo de Dios sufre y muere en la cruz es para que nosotros vivamos alegres.

SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS FILIPENSES 4,12-15.19-20.- “ Hermanos: Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús.”

Pablo se dirige a los filipenses haciéndoles ver que él está acostumbrado a todo. Sabe vivir en pobreza y en abundancia. Conoce la hartura (satisfacción) y la privación, se ha ejercitado o entrenado en la paciencia frente a las grandes dificultades que cuesta el predicar y anunciar el evangelio de Jesús, por eso, con gozo inmenso y lleno de hondo significado para todos los cristianos y cristianas exclama: “! Todo lo puedo en aquel que me conforta!”. Los cristianos , como Pablo, también es consciente de que en Jesús encuentra la fortaleza necesaria y fenomenal para perseverar en el bien y cumplir debidamente con su misión. Pablo y los cristianos sabe y sabemos que nunca estamos solos en los avatares de la vida de este espléndido, caótico y contradictorio siglo XXI. Los cristianos y cristianas sabemos que vamos reproduciendo con su vida, con su sufrimiento y con su amor, el misterio inmenso del amor de Jesús. Y ciertamente este amor a Jesús nos da la constancia en el cumplimiento de todos nuestros deberes como cristianos y ciudadanos del Reino de Dios y del mundo, que estamos en él, sin ser del mundo, sino de Jesús el Camino, y con esa tarea cotidiana vamos construyendo el Reino de Dios en el mundo; el amor a Jesús nos da la fortaleza y la impaciencia debida para poder soportar las adversidades de la vida, que no son pocas ni pequeñas pero debemos afrontarlas , y es que sabemos de sobra que sólo el amor de Jesús y el amor a Jesús son capaces de dar una respuesta convincente al misterio del mal que muchas veces el mundo y sus gritas estentóreas no quieren comprender ni entender, y con toda alevosía recusan y reniegan del Padre y de Jesús su Hijo. El amor de a Jesús nos da la fuerza para cumplir nuestra misión en la vida como bien lo hizo y lo predica Pablo a los filipenses. Cada uno de los cristianos y cristianas tiene su propia misión, su propia tarea. No siempre se tienen las fuerzas necesarias para llevarlas a cabo, hasta uno puede sentirse frágil, agotado y desalentado ante la magnitud de la misión, pero no se puede dejar de arredrar por esos avatares, sino que como Pablo debe sacar la fortaleza de Jesús para continuar en el Camino de Jesús, él que es la única fortaleza para no caer, especialmente en las fauces del mundo y del poder del demonio.

 

EVANGELIO DE SAN MATEO 22,1-14.-
La idea que destaca el evangelio de este domingo es que el Reino de Dios es un banquete. De entre todas las fiestas, la fiesta de las bodas es la que porta alegría y esperanza. La boda es una celebración pública de amor entre dos personas que amándose engendrarán nuevas vidas. Bien sabemos que en Palestina de los tiempos de Jesús, la fiesta de las bodas se prolongaba hasta una semana y estaba siempre acompañada de bailes, cantos, algarabía y gozo, como hoy también las fiestas de nupcias. Y la parábola de este domingo se refiere directamente al destino del pueblo de Israel, que desoyó a los profetas y despreció la invitación al banquete mesiánico. Retrata la actitud hostil y negativa frente al Reino de Dios, de todos aquellos que se apoyan en sí mismo y rechazan todo lo que puede venir de los demás o del mismo Dios. Insiste en la universalidad de la llamada de Dios, a la que es necesario responder con ciertas condiciones y exigencias (traje de fiesta).

“En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: ‘El Reino de los cielos se parecer a un rey que celebra la boda de su hijo; mandó criados para que llamarán a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Debemos indicar que en el momento en que Mateo redacta esta parábola, los cristianos están siendo despreciados y perseguidos por los judíos, por lo que es necesario ayudarles a perseverar en la fe, haciéndoles ver cómo las dificultades que están pasando son transitorias y preludio del alejamiento de los judíos. El banquete no es cualquier banquete de bodas, sino “la boda su hijo”. Y, a este banquete, los invitados de la primera hora, es decir, el pueblo de Israel, ha escogido quedarse con lo que tenía, una manera de vivir religiosamente instalada, que no quería aceptar los riesgos del evangelio proclamado y anunciado por Jesús. Ha rechazado conscientemente la invitación de Dios. En el versículo 4 se describe la ternura y la insistencia de Dios al enviar otros criados muestra el amor y la paciencia de Dios con el pueblo de Israel.

“Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.” Asombra cómo el rey (Dios) que envía las invitaciones a la boda de su hijo se sienta tan abrumadoramente desairado. Nadie quiso ir al banquete. Sorprende decimos, porque estamos en un tiempo en la que por cualquier motivo se multiplican los banquetes y es tal el atractivo que el que menos deja cualquier otro compromiso para no perderse la fiesta. Asombra que los invitados menospreciarán y prefirieron sus propias cosas que ciertamente podían esperar. ¿Razones? El banquete es muy especial, era un banquete donde el amor era la comida principal, y por eso, es fácil comprender por qué muchos se negaron a participar en él: eran los que preferían comer el dinero, los negocios o el pan de la violencia. El banquete de bodas del hijo, cuestionaba una vida centrada en el puro egoísmo; más aún les exigía entrar en relación con el rey y su hijo, no como simples súbditos que cumplen la ley sino en una relación de amistad. La parábola no sólo se refiere al pueblo de Israel, sino también a nosotros los hombres y las mujeres de este tiempo y pone de relieve nuestras desconcertantes preferencias. ¿Cómo así? En nuestras sociedades se tienen una serie de antivalores están atrayendo a muchas personas, con la pretensión de constituirse en valores fundamentales y perennes. ¿Cuáles? El consumismo producto del hedonismo, las drogas, la diversión per se, el placer enteramente físico o biológico, y la violencia que se instaurado como algo normal en el diario vivir de las sociedades modernas. Todo esto ha hecho que el hombres desconozcas a Dios como supremo valor de vida, y hemos dado la espalda al sueño del Padre, que desde la creación del mundo y del hombres mismo quiso que fuéramos su imagen. Y una primera conclusión se dibuja enteramente: el Reino de Dios es incomprensible , y por lo tanto, inaceptables, si no se lo mira desde la perspectiva de un amor profundo y total al modo de dos esposos que pretenden unirse en un amor para siempre. Por eso mismo, quienes pretendan entrar en el Reino deben dejar de lado sus personales interese y negocios, como si lo único importante en la vida fuese el hecho mismo de compartir con Dios y con los hermanos en la misma mesa preparada por el Padre, por eso, quien da las espaldas al banqueta de las bodas del Padres, donde sólo hay un interés: el Reino, queda inexorablemente fuera como es el caso de los invitados de la primera hora.

“ Luego dijo a sus criados: ‘La boda está preparada, pero los convidados no se lo merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.” Es la llamada impresionante de Jesús: salid a los caminos y a cuántos encontréis, hacedles entrar; es decir, la llamada de Dios es para todos (universal). Y es que el rechazo y por ende el fracaso de los primeros invitados que habían dado la espalda al banquete de las bodas, de ninguna manera significa el fracaso del Reino de Dios, sino que esa negación proterva y consciente del pueblo de Israel, es la oportunidad para que el Reino pueda deshacerse de ciertos condicionamientos humanos (el pueblo elegido y sólo él) para volcarse maravillosa y decididamente hacia todos los hombres y las mujeres sin distinción alguno, como decíamos, a Dios no le interesa ni nuestro pasado, ni nuestro presente, ni menos nuestro futuro, le interesa lo que somos para él, sus hijos queridos. Lo maravilloso que esta vez los invitados son los marginados sociales, los que viven en la calle, sin casa, ni propiedades ni negocios usureros, buenos y malos, como si empezara una etapa nueva de la humanidad. Esta universalidad es a la que más se oponían los judíos nacionalistas, e incluso en los primeros cristianos que no concebían ni querían ceder sus derechos de primogenitura colocándose en igualdad de condiciones con los gentiles e incircuncisos.
“ Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno de los que no llevaba traje de fiesta y le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?’ El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Ciertamente la llamada de Dios es para todos, pero todos han de presentarse con el vestido nupcial el “traje de fiesta” ese ser un “hombre nuevo” vestido de la gracia de Dios, es decir, la actitud interior de cambio: hay que cambiar de ropa, hay que dejar las vestiduras viejas del pecado y del egoísmo para revestirse como una criatura nueva (con conducta nueva) vestido del ropaje de Jesús, como expresa Pablo: “ Ustedes saben que tiene que dejar su manera anterior de vivir, el ‘hombre viejo’ cuyos deseos falsos llevan a su propia destrucción . han de renovarse en lo más profundo de su mente, por la acción del Espíritu, para revestirse del Hombre Nuevo. Este es el que Dios creó a su semejanza dándole la verdadera justicia y santidad.” (EFESIOS 4,22-24). En otras palabras, los discípulos han de revestirse de una vida que esté en consonancia con el llamamiento recibido. Vestidos de justicia y santidad. Actuar como Díos actúa. El modo de obrar externo de los seguidores de Jesús, su traje de fiesta, será lo primero que descubran quienes lo vean, al igual que el vestido que nos ponemos cada día es lo que más inmediatamente percibimos de los demás. No estamos invitados para entrar a participar de un triste y soporífero funeral, sino a un verdadero banquete de bodas preparado por el Padre, de la verdadera alegría de ser cristianos y participar en su Fiesta aún y a pesar de las tribulaciones, en las que Jesús debe ser nuestro soporte y nuestra fuerza.
“ Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”.- Primero que el adjetivo “muchos” es la manera semita de decir “todos”. La frase final de evangelio de este domingo, no significa que unas personas serán llamadas y otras no, sino que “ Todos son llamados, pero pocos los escogidos”. Es decir, todos estamos llamados a construir el Reino de los cielos aquí en la tierra, pero que no todos lo construimos; la llamada de Dios es para todos, pero exige una respuesta que no todos dan, no todos tiene la limpieza de corazón para dar una respuesta de fe honda. Esto hace que los cristianos y cristianas nos encontremos en una sana y creadora tensión de cara al Reino de los cielos, para no dormirnos en una vanidad o seguridad que es ciertamente dañina para el camino del seguimiento a Jesús.

 

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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