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LA FUERZA DE LA FE

Este domingo, Jesús nos habla de la fe, en el encuentro fenomenal con una mujer sirofenicia, para reiterarnos que la relación incondicional con él es lo que funda y fundamenta nuestra fe, esa fe tan nítidamente presentada en el evangelio del domingo pasado, cuando Pedro queriendo probar si era realmente Jesús y eran efectivamente sus palabras, como que obliga a Jesús a venir hacia él, y ante la desesperación de Pedro (que se ahogaba), decíamos que la fe de los cristianos es precisamente correr el riesgo de caminar confiados tan solo en la palabra de Dios caminando sobre las aguas, muchas veces tormentosas y turbulentas del mundo, seguros de que encontraremos siempre tendidas las manos de Jesús para ayudarnos y salvarnos. Jesús, pues, nos hace reflexionar sobre todo el proceso de la fe en la nueva clave que es la Buena Nueva del Reino de Dios. Recorrer todo ese camino es lo que debemos realizar cada día los cristianos y cristianas, teniendo como premisa fundamental una fe en Jesús llena de absoluta confianza que es el único camino para todos nosotros que seguimos con coherencia evangélica el Camino de Jesús de Nazaret.

Entonces, lo primordial en el camino de nuestra fe es la absoluta confianza que no requiere de ninguna condición previa, sólo bastará que nos atrevamos a tener fe, como la mujer cananea(sirofenicia) no en el milagro de curación, sino la fe en Jesús que lo puede todo. Precisamente, la cananea nos ofrece la mejor expresión de una fe que va in crescendo, ella siendo pagana (como bien lo reitera Jesús en su diálogo con ella) va adquiriendo la certeza de que en aquel judío existía una fuerza que podía devolverle la felicidad (acordémonos de la hemorroísa: “Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás, en medio de la gente, y le tocó la ropa. La mujer pensaba: ‘Si logro tocar aunque su ropa, sanaré’” MARCOS 5,27-28), y la sanación de su hija, nos está diciendo a gritos que es la fe en Jesús lo que vale, nunca los privilegios de raza (como en este caso los judíos), religión o situación social. Por eso, esa fe de la cananea es la que busca en nosotros el Señor Jesús, la absoluta confianza en él, que va más allá de lo que le pedimos (hacernos milagros) y llega a la misma persona de Jesús.

El grito de fe de la cananea es fenomenal porque confiesa que aquel judío es el Mesías: “Señor, Hijo de David”, y en este sentido reafirma otra de las dimensiones de la fe que es la respuesta del ser humano a la palabra de la revelación divina. No habrá sanación de su hija sin que la curación no esté unida a la Palabra de Dios que se revela, La sanación, pues, es la señal de su presencia y de su obra, un signo intenso que lo encontramos en los evangelios que nos llaman a la fe para que pueda actuar maravillosamente nuestro salvador. Así al jefe de la sinagoga le dice: “No tengas miedo, solamente ten fe. “ (MARCOS 5,36); al padre del epiléptico le responde: “ ¿Por qué dices: si puedes? Todo es posible para el que cree.” (MARCOS 5,23). Por eso, los milagros que Jesús realiza están estrechamente vinculados a la fe, él le dice a la hemorroísa: “Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz y queda sana de tu enfermedad” (MARCOS 5,34);
Al ciego Bartimeo: “Puedes irte, tu fe te ha salvado” (MARCOS 10,51), y precisamente, los milagros son signos del poder y del amor de Dios que salvan a los hombres y mujeres en Jesús; por esto mismo, el principio de la fe es fundamental en la relación con Jesús, sea como condición para obtener el milagro (hemorroísa y bartimeo) sea como fin por el que el milagro se ha realizado (el caso del jefe de la sinagoga).

Otras de las condicionantes del proceso de la fe es la humildad para no dejar todo por los fracasos aparentes de no ser escuchados y ya no volver a pedir más, ante estos casos, necesitamos de la fe firme y perseverante de la cananea, dejarse dominar por el orgullo, la soberbia, el egoísmo, hubiera sido fatal para ella, porque cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de fe, por esta obediencia nos confiamos libre y totalmente a Dios. Jesús como en el caso del evangelio de este domingo se rinde a la súplica de la fe y de la humildad. La humildad de la cananea, y por ende, nuestra humildad, se manifiesta en postrarse e inclinarse delante de Dios; esta virtud, nos hace reconocer nuestra pequeñez e indigencia ante él, reconocer que sólo él es grande y que sólo conquistaremos su corazón, siendo humildes; reconocer que todo lo bueno que hay en nosotros es de Dios, y que todo el bien que hacemos es impulsado por él y que nos ha dado su gracia para llevarlo a cabo. Esta humildad nos hace perseverantes, como a la mujer cananea, no le importó el rechazo que aparentemente le hacía Jesús (para probar su fe y su perseverancia), su audacia y humildad lograron la gracia tan grande de comprobar que su hija estaba curada, que se había salvado. ¿Cómo llegamos a ser humildes? No estamos inclinados a la tierra (significado de humilde) por nuestras solas fuerzas sino por la gracia de Dios, que nos proporciona una visión clara de nuestra propia condición (indigencia) y la conciencia de la grandeza de Dios. La humildad se manifiesta no tanto en el desprecio como en el olvido de sí mismo, y nos lleva a sentirnos hijos pequeños del Padre que encuentra toda la firmeza en la mano fuerte de él, como lo sintió Pedro cuando era llevado por la violencia de las aguas.

La fe es también la oración siempre asidua al Padre de toda esperanza y de todo consuelo, especialmente, la oración suplicante; y nuevamente la cananea nos lleva la delantera, porque postrándose (acción que hemos olvidado los cristianos y las cristianas) le pide que tenga compasión no sólo de ella, sino principalmente de su hija, en una oración breve, llena de dolor, de fe y de inmensa confianza porque sabe que aquel judío era el Mesías de Dios (que lo podía todo) y lo confiesa abiertamente para expresar que Dios no es de unos cuantos sino de todos los seres humanos sin distinción de raza, lengua o nación. Una oración y una fe que vence todos los obstáculos y conquista el corazón de Jesús (que lo conmueve para realizar su acción sanadora con inmenso amor redentor). Una oración de fe que se postra como signo de adoración, como respuesta admirable al silencio de Jesús, porque es capaz de adorar aunque no encuentra respuesta positiva a su oración, o sea, adorar el silencio de Dios tan significativo para crecer en nuestra fe en ese día a día de madurar la fe en Jesús. La cananea empezó a seguir a Jesús con su dolor de madre y en ese seguimiento terminó de rodillas delante de Jesús, comienza “gritarle” para que él escuche su petición y acabó haciendo una oración tan bella y significativa, en una palabra, es una fe que adora y no sólo pide.
Ahora bien, si lo primordial y fundamental en la fe es la absoluta confianza en Jesús y de la cual derivan todas las consecuencias que hemos reflexionado, tenemos que concluir que esta fe que trabajamos día a día es un don de Dios, y por eso afirmábamos que llegamos a ser humildes por la gracia de Dios. La fe, es pues, un don de Dios y es que cuando alguien nos enseña la doctrina cristiana (por ejemplo, en la catequesis) no nos da la fe, sino que prepara el terreno, y sólo Dios pondrá la semilla del evangelio de su Hijo en nuestros corazones, como lo expresa magníficamente san Pablo: “Pues por gracia de Dios ustedes han sido salvados, por medio de la fe. Esta salvación no viene de ustedes, Dios lo concede como un regalo y no como premio de las obras buenas, a fin de que nadie pueda alabarse.” (EFESIOS 2,8-9). Y esto es así, como en la cananea, lo único que podemos hacer, en términos de gracia, es disponernos a la recepción de la fe de manos de Dios, como lo hizo Pedro cuando se ahogaba en medio del mar tormentoso. La fe, pues, proviene de Dios.

Esta es la fuerza de la fe como don de Dios, y de esa fuerza de la fe representada este domingo en la mujer cananea que nos proporciona todo el bagaje a utilizar en el camino de la fe, en el Camino de Jesús. La cananea, como también debemos hacerlo los cristianos y cristianas, usó hábiles estrategias para conquistar el corazón de Jesús, como son la constancia, la humildad, la confianza absoluta, la reiterada exposición de la enfermedad de su hija, que era también su propia miseria, su propio sufrimiento. Desarmada por Jesús en todos los frentes, a la mujer cananea no le quedan sino los recursos de su fe y humildad, se aferra (como estamos obligados a ser nosotros) a las mismas palabras hirientes y duras de Jesús para volverlas maravillosamente a favor suyo, hasta conquistar el corazón de Jesús. Este domingo, Jesús, lo que más quiere es aumentar nuestra fe en él, nuestra confianza absoluta y nuestro amor incondicional a su persona como Hijo del Padre. Jesús quiere que creamos firmemente y esperemos contra toda esperanza, que sigamos confiando en él aún en las duras condiciones de increencia que el mundo vive, que confiemos en su omnipotencia y especialmente en su amor misericordioso, incluso cuando ya no se ve ningún remedio humano posible, como en el caso de la hemorroísa, el ciego Bartimeo y la mujer cananea; es en estos momentos difíciles cuando se requiere la fuerza de nuestra fe en Jesús y cuando también se manifiesta con más evidencia la grandeza de su poder y como hijos pequeños que somos, nos daremos cuenta de que ha sido el Padre quien nos ha dado todo libre y gratuitamente. Muchas veces, quizás las más de las veces, como con la mujer cananea, la espera se prolonga y la respuesta también, y es que Dios quiere probar cuán grande es nuestra fe y nuestra confianza absoluta en él, no importando los milagros, sino la entereza de nuestro amor, es decir, que le amamos y adoremos, por encima de todas las cosas, nos conceda o no nos conceda lo que le pedimos.

Las tres lecturas de este Domingo XX del Tiempo Ordinario Ciclo A nos llevan a reflexionar en una realidad que se repite en muchas partes y en cada una de las sociedades en que vivimos. En el ámbito de la religión y más precisamente en el campo de la fe: unos se consideran los elegidos de Dios (pueblo de Israel, heredero de las promesas y de la Alianza Antigua) y otros marginados o excluidos de esta elección (los que no pertenecen al pueblo judío). Unos, como el pueblo judío, que sienten que tienen derechos ganados y los otros que son abiertamente excluidos, pero que acceden más fácilmente a la comprensión del misterio de Dios y abren abiertamente sus corazones al Padre benigno y lleno de amor.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 56, 1.6-7.- El pueblo judío ha regresado del destierro de Babilonia y se pregunta por las nuevas leyes, por el nuevo orden en que debe regirse el actuar de la comunidad de los judíos o mantener la vigencia de la ley antigua que marginaba abiertamente a los extranjeros: “El amonita y el moabita no se admitirán jamás en la asamblea de Yavé, ni aún después de la décima generación.” (DEUTERONOMIO 23,3). El profeta anónimo y autor del llamado Tercer Isaías, como que se atreve a responder el cómo será el nuevo orden que incluirá a los extranjeros en las asambleas de Dios. Exhorta a todos a la fidelidad para con Dios y significativamente abre a los extranjeros el acceso a las bendiciones a condición de que se sometan a la Ley; además, los israelitas tienen que disponerse para la era del Mesías, que como profeta ve muy cercana, y en este sentido, se debe dejar de lado todo cuanto impida la pronta llegada de la salvación de Dios y su victoria. ¿Cómo se demuestra la fidelidad a Yavé? Observando todos, incluidos los extranjeros, el derecho (cumplimiento de las prescripciones religiosas) y practicando la justicia (suprimiendo todas las injusticias y desórdenes sociales). Como es característico en el profeta Isaías, el texto que hoy comentamos, nuevamente muestra un universalismo generoso, anunciando la voluntad de Dios de reunir a todos los hombres y mujeres en una misma salvación, no importa ya la raza ni el color de la piel ni la condición social, sino lo único que se les pide a los extranjeros como a los judíos es guardar el derecho y la justicia, observando las prescripciones de la alianza, como es fundamentalmente el “sábado”. Si lo hacen son también parte del Pueblo de Dios, son siervos del Señor y reciben la promesa de que Dios colmará de gozo cuando le presenten sus ofrendas en la casa de oración, sobre el altar de Dios, de este modo, Isaías supera el legalismo y abre el camino de las bendiciones y de las promesas a todos los pueblos. Escuchemos: “Esto dice el Señor. ‘Observad el derecho, practicad la justicia porque mi salvación está por llegar y mi justicia se va a manifestar. A los extranjeros que se han unido al Señor para salvarlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observen el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.” Por eso, Jesús el Hijo de Dios, el Mesías anunciado a todos los pueblos, como lo vemos en el evangelio, anuncia también que la Buena Noticia y la salvación es para todos los pueblos y no sólo para los judíos. Para pertenecer a la comunidad de Jesús también se requiere la libre adhesión a su persona y a las exigencias evangélicas; los ritos, las ceremonias y otros aspectos cúlticos pueden ser convenientes, ciertamente útiles, pero jamás indispensables. Los cristianos no podemos decretar, como lo hacían los judíos, quien pertenece a nuestra comunidad o quien no pertenece. La adhesión incondicional a Jesús es fundamentalmente una actitud existencial y no un servicio cultural. Lo radical es tomar a Jesús en serio y tratar de seguirlo en su Camino, como nos lo pide el profeta Isaías.

LA SEGUNDA LECTURA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 11,13-15.29-32.- “ Hermanos. A vosotros, los gentiles os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo alguno de ellos. Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿ qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios; pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.”
En la misma línea de pensamiento del profeta Isaías, san Pablo expresa que Dios es compasivo y abre la puerta de su misericordia a todos los pueblos y no sólo se muestra al pueblo judío. Los que estaban lejos (como la mujer Cananea) están ahora cerca (la fe de la cananea en el poder de Jesús). A los cristianos y cristianas no nos puede pasar lo mismo que a los judíos que se creían y se ufanaban ser el único pueblo elegido, y se sentían tan adentro del misterio de Dios, que ciegos y sordos no temían excluir y marginar de la salvación a los demás pueblos. Y esta marginación y desprecio lo observaba siempre Jesús, especialmente en las autoridades religiosas como en los fariseos que lo han visto a él como el Mesías de Dios, pero no lo reconocen por su apego a la ley antigua, ese apego ciego a sus ritos y culto ha sido el gran obstáculo para no creer en Jesús. Como que Pablo nos expresa que los judíos creyentes (como él) y todos los gentiles (nosotros) formamos el nuevo Israel de Dios, como lo muestra también hoy el evangelio, precisamente en el encuentro fenomenal con la cananea (sirofenicia); del plan de salvación de Dios no queda excluido el pueblo judío, que como decía Pablo el domingo pasado, son herederos de la promesa, son hijos de Abraham, y por eso, hoy en la segunda lectura, Pablo ingresa más al interior del misterio de salvación y ve planes de misericordia de Dios: “nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos”, la misericordia de Dios que se muestra siempre espléndida. Planes ciertos de misericordia donde los cristianos y cristinas sólo vemos abismos de pecado y castigos a doquier, Dios ve ocasión de mostrar su misericordia, para decirnos que tanto judíos como los gentiles y más los cristianos necesitamos por igual de la gracia y misericordia del Padre. Como vemos en la Cananea, que representa a todos los pueblos gentiles, ellos sumidos en el pecado aceptan de inmediato la gracia de Dios y su misericordia, Pablo confía, como también nosotros que el Pueblo judío también se hará merecedor de la misericordia del Padre, aceptando a Jesús Redentor.

EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 15, 21-28.- Cuando Mateo escribe el evangelio de Jesús, su comunidad, afincada en Jerusalén, está pasando un tiempo de tensiones y de conflictos fuertes con el judaísmo. Por eso, considera necesario recordarles su vocación a la universalidad, tal y como Dios lo recordaba por medio del profeta Isaías en la primera lectura y el testimonio de la mujer cananea es una invocación a abrirse a los gentiles (los paganos), y en consecuencia, les insta a superar las fronteras limitadas de la sinagoga. Además, muchos hermanos procedían del paganismo, y al escuchar y leer este texto del evangelio, sentían reflejada su propia historia, una historia del mismo camino recorrido por la cananea hacia la fe. Precisamente, Mateo nos quiere presentar la admirable fe de la mujer cananea, y al mismo tiempo, que esta fe es la que conmueve, convence, admira y gana el corazón de Jesús; además, el contexto de este texto, es la dura crítica que Jesús realiza al legalismo judío, como también lo hace el profeta Isaías, cuando los israelitas están sólo preocupados en sí mismos, y se aferran a lo normado para que los extranjeros no participen de sus asambleas ni mucho menos ingresen a la casa de oración (templo) y por eso, que Mateo coloque este encuentro no es algo casual, sino que es un modo de dejarnos en claro una constante en la vida de Jesús: el rechazo abierto a los dirigentes religiosos y del pueblo judío cumplidor de la Ley y la fe incondicional en Jesús del pueblo judío marginado, también de los samaritanos y paganos. No nos olvidemos que el tema de fondo de este texto de la mujer cananea es el ingreso de los paganos en la Iglesia. La mujer cananea y su hija representan el paganismo. Su enfermedad (poseída por demonio) es la condición de los paganos, dominados por una ideología contraria a Dios. La petición de la madre es el anhelo de todo ser humano de encontrar sentido a la propia vida.
“En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.” Como que Jesús se aleja muchísimo de Galilea. Puede ser que la violenta ruptura con la doctrina oficial, descrita en el capítulo 15, verso del 1al 20, lo obligó de Palestina y a retirarse al país de Tiro y Sidón. El ambiente de persecución crece día a día, y Jesús se aleja de las multitudes, decepcionado por su falta de respuesta a la Buena Nueva, tal y como lo vimos los domingos anteriores en cada una de las parábolas del Reino. Pero también, la fama de Jesús era grande en las tierras de Fenicia y de las regiones de Tiro y Sidón había venido muchísimos a oír la palabra de Jesús en el Sermón de la Montaña.

“Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’.” Esa mujer es cananea, descendiente de Canan ; es gentil, porque los fenicios eran gente idólatra; es sirofencia, porque en tiempos de Jesús, la Fenicia era colonia romana anexada a la provincia de Siria. Esta mujer, tan pronto escuchó hablar de él, sale a su encuentro. Su clamor revela la magnitud de su dolor y la intensidad de su plegaria. Lo reconoce como Señor y como Mesías, y clama piedad por ella, porque su corazón de madre es atormentada en la enfermedad de su hija. Desde que lo ve, la cananea entiende que Jesús podía curar a su hija, lo intuía en el corazón y en el alma de una buena madre que lanza la plegaria desgarradora.

“ Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: ‘Atiéndele, que viene detrás gritando’.” ¡Qué silencio, el silencio de Jesús! Su silencio oculta (y esto es lo maravilloso de los silencios de Dios) un deseo más profundo que la curación que se le pide, ¿cómo así? quiere que la fe de la cananea vaya más allá de lo que ella pretende; su deseo (como lo es para con cada uno de nosotros) es que la cananea llegue a la plena comunión con él. Jesús la conoce mucho mejor que los demás, como nos conoce a todos nosotros los cristianos y cristianas que lo seguimos, sabe hasta dónde podía llegar la fe de la cananea, si le ayudaba a profundizar en su fe y en su humildad. Jesús corría el riesgo de que la cananea se marchara decepcionada, pero de pronto, eso es lo que más le convenía para no dejarla sólo con lo que pedía. ¿Y esto puede pasar? A menudo nos pasa a los cristianos y cristianas, que una vez que hayamos recibido el milagro o la curación nos alejemos de él. Jesús con la cananea quería que ella no sintiese ganas de marcharse, que no sólo se quedara con el don de la curación (milagro), sino que llegará a él, porque Jesús había venido al mundo a dar vida a encontrar sentido en la vida que él encarnaba y que no era visto ni reconocido por los fieles a la ley antigua. Observemos que los discípulos quieren que la atienda pronto, como que para ellos no cuenta ni la persona ni siquiera su sufrimiento con tal de librarse de la molestia de sus gritos, que anunciaban y hacían sentir la presencia de Jesús.
“El les contestó: ‘Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel’.” Ante la impaciencia de los discípulos para atender a la cananea, Jesús les responde agravando la frialdad de su silencio con estas palabras que parecen cerrar toda esperanza a la cananea; esta cerrazón no era nueva, les había señalado a los apóstoles: “no vayan a tierras extranjeras ni entren en ciudades de los samaritanos, sino que primero vayan en búsqueda de las ovejas perdidas del pueblo de Israel.” (MATEO 10,5-6) Efectivamente, Jesús vino para salvar a todo el mundo, pero sólo debía de evangelizar la Palestina, la tarea de evangelizar a los demás pueblos le corresponderá a los apóstoles.

“Ella se acercó y se postró ante él diciendo: ‘Señor, ayúdame’”. Se inicia el diálogo entre hiriente e irónico con la mujer cananea, ella lo ha venido siguiendo y con nuevos argumentos trata de conquistar el corazón de Jesús, sus armas son la constancia, la humildad, la confianza absoluta, la reiterada exposición de su miseria o enfermedad de su hija, en una palabra la fuerza de su fe, que espera contra toda esperanza. A pesar de los silencios y hasta un aparente desprecio, ella sigue incólume en su pedido y lo hará con inmensa humildad, reconoce su pequeñez y por eso se arrodilla ante el que lo puede todo.

“El le contestó: ‘No está bien tomar el pan de los hijos y echárselos a los perritos’.” Dos veces rechazada por Jesús, primero ignora sus gritos y luego le dice que no pertenece al pueblo escogido, y ahora el tercer rechazo parece definitivo aparentemente, de por sí es una frase durísima, como que Jesús se pone en la línea del auténtico judaísmo, donde el extranjero no tenía derecho a sentarse a la mesa del Padre y se resiste duramente. Por eso, a la mujer cananea no le quedan sino los recursos de su fe y de su humildad. Pese a las palabras hirientes, la cananea no se siente humillada ni se da por ofendida, sino que persevera en su oración de súplica.

“Pero ella repuso: ‘Tienes razón, Señor, pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos’.” La cananea sabe captar la metáfora y la ironía de Jesús y le responde con el mismo tono y da como resultado un acto insólito de fe y de humildad. Las palabras de la cananea son maravillosas, llenas de humildad y de una confianza conmovedora, y deben grabarse en nuestros corazones. Valoramos también, la insistencia de su fe y la constancia de seguir a Jesús, aunque sea dando gritos, porque sabe que perseverando logrará más de lo que pedía, porque también comprendió que no estaba siendo rechazada, sino que era llamada, la cananeas se abre totalmente a la llamada de Dios.

“ Jesús respondió: ‘Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas’. En aquel momento quedó curada su hija.” Las súplicas tiernas y confiadas de esa cananea obtienen por su piedad, fe y constancia el milagro de la curación. Tiene fe, no sólo eso, sino que tiene grande fe. Por lo tanto, ya no es pagana, sino hija de Abraham. Queda así patente que no sólo los títulos de raza y sangre son los que dan derechos y más para la salvación Dios pide fe. Al constatar la fe de la cananea, responde tan efusivamente, como si ya no pudieses contener la manifestación de su bondad y de su admiración. La voluntad de Jesús se ha plegado a la de su criatura y arroja al demonio y queda sana su hija.

De este modo, la cananea logró lo que pedía porque, como hemos visto, se mantuvo en una actitud de esencial pobreza, de pequeñez. La cananea había puesto su parte: pidió, buscó, llamó, suplicó y Jesús le respondió. ¿Sólo el milagro de sanar a su hija? Un milagro más grande que el de curar a su hija: La cananea se convirtió en una creyente, una de las primeras creyentes que procedía del paganismo y una pionera de la fe cristiana, en ella se vislumbra el nuevo Israel, la nueva alianza que se fundamenta en una fe como de la cananea, abierta totalmente a Dios. Sólo con la fe, la humildad, la confianza y la perseverancia en la oración (no importando las grandes dificultades) es como podremos llegar hasta el corazón de Dios y sólo así es como él escucha nuestra oración, como lo hizo con la cananea.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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