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LA PRESENCIA ACTUANTE DE JESÚS

Hoy celebramos el Domingo XIX del Tiempo Ordinario que corresponde al Ciclo A. La liturgia de la palabra de este domingo está llena del hondo significado de la presencia actuante de Dios y por ende de su Hijo Jesús. La presencia de Dios en el mundo y en la humanidad, es un movimiento profundo e irreversible, que se da paulatinamente y a lo largo de la historia humana, Dios se hace cada vez más interior a los hombres, y más universalmente presente. Su presencia es más viva y actuante con la encarnación de su Hijo en las entrañas de la Virgen María, ya no será un Dios que se hace presente a un solo pueblo, sino a todos los pueblos, que lo adoraran ya no en un solo altar, sino en todo lugar y en espíritu y en verdad (en sus corazones); sin embargo, esa presencia cuando Jesús vivía en Galilea no había terminado, y es que Jesús vivió las limitaciones de su ser corporal como también las limitaciones en el espacio y tiempo. Su ascensión no es una ausencia, sino que es una modificación o cambio de su presencia corporal, en cierto modo muere a cierta manera de ser, para realizarse totalmente, o sea, llega a ser más interior y más universal. Esta interioridad y universalidad podemos comprenderla con el pasaje de los discípulos de Emaús: “ Entró entonces para quedarse con ellos. Una vez que estuvo a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero ya había desaparecido. Se dijeron uno al otro: ‘ ¿ No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’” (LUCAS 24, 29-32). Ciertamente, para nosotros, los hombres y las mujeres, es nuestro cuerpo el que nos hace presentes, pero al mismo tiempo es una limitación; pero en el cuerpo glorificado de Jesús se realiza lo que no nos habríamos atrevido a esperar. Como vemos en los pasajes y eventos después de la Resurrección, Jesús se hace presente a los que ama, y se une a ellos allí donde ellos son justamente ellos mismos, se hace interior a ellos, y, por otra parte, se hace simultáneamente presente a todos sin las limitaciones de espacio y tiempo. Jesús ha abolido la forma de presencia corporal para tener junto a nosotros una presencia más interior y más universal, y esto es a la vez el sentido de una experiencia humana vivida y la promesa de que esta experiencia será salvada y colmada para los que la vivan en la fe en el Camino de Jesús.

Hablar, pues, de la presencia de Dios en la historia humana y más desde el cristianismo, es afrontar, como hemos visto, un tema fundamental: por una parte, si se lo toma como presencia viva, personal y dinámica, esa presencia constituye el núcleo mismo de la relación entre Dios y la humanidad; por otra parte, de cómo concebimos esa presencia, dependen, en su raíz más íntima, la fe y la actitud religiosa. El cristianismo y por ende, nuestra vida de fe, es histórica y personal, donde la relación con Dios no es algo que aparezca dado como un hecho; sino que es algo que debe ser construido, manteniendo la distinción (entre Dios y nosotros); se trata de una relación tejida en la libertad, por eso, y como vemos en el Antiguo y Nuevo Testamento, esa relación tuvo que ir descubriéndose en el lento y duro aprendizaje de la historia, en esa experiencia de sentir la presencia de Dios y regocijarse, como en las increíbles caídas o traiciones a la alianza pactada con Dios, en esa dialéctica se va construyendo poco a poco la concreta vivencia de la fe. Un proceso tan maravilloso que tendrá su culmen en Jesús de Nazareth, en el Hijo de Dios, él con ese equilibrio incomparable de intimidad y respeto, de ternura y adoración, que podemos resumir en esa su experiencia de Dios como Padre (ABBA) abrió para toda la humanidad (universal) y para cada uno de nosotros, los cristianos y cristianas de todos los tiempos, la pauta y criterio insuperable de la relación entre Dios y los hombres. Esa experiencia nueva de Jesús, cuestionada por los mismos discípulos que lo seguían (como vimos el domingo pasado en el evangelio de la Transfiguración) y por las autoridades judías (como lo vimos en las parábolas), nos habla, en primer lugar, de un Dios que en su Hijo nos da todo por iniciativa absoluta y gratuita y lo hace con entero amor (como dirá san Pablo en su Carta a los Romanos) y en segundo lugar nos expresa vivamente que Dios es amor, que su presencia no causa ni es fuente de temor ni de castigo, que no tenemos disculpas para acercarnos a él, porque él es más grande que nuestro corazón (como lo expresa la Primera Carta de Juan). De este modo, toda la historia humana nos habla de la presencia y del amor de Dios para con todos y para con cada uno de nosotros. Desde el inicio de la creación, cuando Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y este hombre (Adán y Eva) rechaza su amistad con desconfianza y desobediencia, esa historia nos muestra el esfuerzo del hombre para encontrar la felicidad; esa presencia continua de Dios, nos ayuda a descubrir que la verdadera felicidad sólo se puede encontrar en él, y que por la mediación de su Hijo Jesús ha querido vivir y compartir la vida humana en todo lo cotidiano que supone la familia, el trabajo, el amor, el sufrimiento.

¿Cómo entender la presencia viva y actuante de Jesús? Si la presencia de Dios se da siempre en clave de amor, de perdón y de acompañamiento continuo a todos los hombres y mujeres, la presencia de Jesús entre nosotros se centra en su persona, tal y como podemos experimentarlo en los evangelios; es verdad que no lo vemos con nuestros ojos, sin embargo, él está presente siempre y observa cada pensamiento, cada latido de nuestro corazón, se entera de cada consentimiento de nuestro ser. Lo fundamental y maravilloso es que él está presente personalmente en todos, nos envuelve a todos, nos ilumina, nos ayuda, nos motiva a todos. ¿Cómo descubrimos esa presencia invalorable y actuante? Como vemos tan estupendamente en la primera lectura y en el evangelio, es imposible descubrir la presencia de Dios en medio del bullicio ensordecedor del mundo, en los pleitos encarnizados, en los odios y egoísmos que brotan de nuestro corazón, en medio de las tormentas que creamos y que el mundo sabe cómo atizarlas , cuando estamos fuera de nosotros mismos, causados y agobiados por el estrés y la depresión de buscar felicidades efímeras y mirar sólo los oropeles del mundo; en estos avatares puede estar presente Dios (mirándonos, como lo hacía con Pedro para que no se hunda) como signo de que debemos cambiar, que no podemos estar metidos en la vorágine del mal, y ciertamente no lo percibimos por la dureza de nuestro corazón. Por eso, es desde nuestro corazón, desde ese santuario interior donde nos podemos dar cuenta de la presencia de Jesús nuestro Dios y Señor. Jesús nos habla hoy directamente a nuestro corazón y nos expresa que donde podemos encontrarlo para cambiar e iniciar el camino hacia el Padre son los evangelios, ese vivir según su estilo, es decir, acudiendo a la Palabra de Dios y a la oración confiada y continua. La palabra de Dios que debemos leerla cada día nos ayuda a descubrir el gran tesoro de Dios que todos llevamos dentro, y que Dios nos dice que no olvidemos nunca que un lugar privilegiado para el encuentro con él es el hermano que sufre, que está solo, al que nadie quiere. La oración, también al estilo de Jesús, retirándolos del mundanal ruido, para orarle al Padre dador de todo bien. Una oración que da como resultado el descanso del alma (“Venid a mí, los que estáis cansado y agobiados”), fortaleza del espíritu, serenidad y confianza en medio de tantas dificultades, que se pueden parecer a las sacudidas de las olas de un mar embravecido, como lo vivieron los discípulos de Jesús.

Por eso, nuestra fe se construye día a día, no se nos da hecha de una vez para siempre, se construye piedra sobre piedra, paso a paso con la presencia viva y eficaz de Jesús; es como “caminar sobre el agua” como Pedro, con la posibilidad de encontrar siempre la mano de Jesús que nos salva, cuando nos envanecemos, cuando creemos que todo lo podemos con nuestras propias fuerzas y cuando no miramos a Jesús que nos puede salvar del hundimiento total. Nuestra fe es la confianza del que camina respondiendo continuamente a la llamada de Jesús. La fe no es posible donde el miedo paraliza nuestro caminar por el camino, la fe no es posible sin el riesgo de la fe, sin la inseguridad de la fe, es decir, que la única seguridad de la fe es correr el riesgo de caminar confiados tan solo en la palabra de Dios, caminando con fe sobre las aguas de un mundo que cambia vertiginosamente y hace tambalear nuestra fe. La fe es, pues, fiarse y confiarse en la persona de Jesús, la fe termina con el temor, el miedo; Pedro tenía fe, pero era una fe débil, interesada y cuando caminó sobre las aguas como que se sintió que sus solas fuerzas lograban este milagro, él creyó más en ese milagro no en la fuerza del amor de Jesús, Pedro se miró a sí mismo, y por eso, se afirma que lo difícil no es tener fe, sino que lo difícil es saber mantenerla aún en los momentos amargos y llenos de dificultades, la fe no nos evita las dificultades (pruebas, enfermedades, etc.) sino que nos da el valor de saber afrontarlas. Si por la fe perdemos el miedo y si por la fe en Jesús arriesgamos todo (venderlo todo, arriesgarlo todo) a pesar de las dificultades y contratiempos, lo veremos siempre como Hijo de Dios con presencia viva y eficaz (actuante), como el Mesías de Dios.

La presencia de Jesús, es siempre la presencia de Dios que se da en toda la historia humana, llena de amor y ternura para con todos los hombres y las mujeres (la humanidad), una presencia que llena de paz, como dice hoy el evangelio de Mateo, y notemos que esa presencia de Jesús es en medio de mar y las olas embravecidos, aparentemente él está ocupado en hablar con su Padre y deja solos a los discípulos, pero él está también preocupado por la barca y se acerca para darles ánimo y no dejarlos a su suerte. Esa misma presencia poderosa lo siente los enfermos y desdichados que se acerca a Jesús en los caminos donde él predica y anuncia la Buena Nueva, no vuelven a sus casas sin nada y desairados, sino con la gracia y la fuerza sanadora del Redentor enviado por el Padre.

La presencia de Jesús está también en la oración. No es por gusto ni por capricho de los evangelistas que nos presentan a Jesús orando siempre, sino parea hacernos ver que la oración es el pan del cristiano, sin el cual, naufraga nuestra fe y es que la seguridad nos viene, no porque no haya tormentas ni turbulencias en nuestra vida, sino porque confiamos absolutamente en que Dios no nos dejará hundirnos, no nos abandonará, aun a pesar de que sintamos que nuestra oración no sido atendida y es un fracaso. No es la ausencia de tempestades lo que me da paz, sino la confianza plena de que tanto en tierra firme, sobre las aguas, en tormenta o en calma, Jesús está conmigo y todas esas tormentas son nada ante su poder infinito.

Este domingo nos encontramos con dos teofanías muy especiales; sabemos que una teofanía es una manifestación de Dios donde muestra su poder y grandeza y el ser humano queda cautivado por esta visión, Así, el Libro de Reyes narra el paso de Yavé ante Elías que está en una cueva del Horeb y se presenta él mismo como suave brisa y el evangelio narra la manifestación de Jesús y de su poder sobre las potencias naturales, en este caso, el viento impetuoso y el mar embravecido y discípulos lo ven caminar sobre esas aguas.

LA PRIMER LECTURA DEL LIBRO DE LOS REYES 19,9a-11-13ª.- Nos narra la maravillosa y trascendental teofanía del Horeb. Antes de esta visión, Elías experimenta que no debe hacer a Dios un ídolo como los demás dioses, una especie de “baal” con más poder y fuerza y que lo había utilizado para realizar su misión profética, ahora huye humillado por el poder de turno (Jezabel), y esto mismo hace que se sienta turbado y fracasado en su misión. Y precisamente, Dios interviene para trasladarlo a nuevos y verdaderos caminos para conocer la voluntad de Dios. Camina durante cuarenta días para llegar al Horeb no sin antes sufrir las inclemencias del sol, la sed, el desierto, hasta punto de desear la muerte, pero un ángel del Señor lo levante y alimenta para continuar su camino; estos cuarenta días, sirven como preparación para la experiencia que tendrá en el Horeb. Vemos que la teofanía que presencia Elías no está llena de truenos, relámpagos, fuego y nube como en tiempos de Moisés, sino que esta vez Dios se manifiesta en la brisa suave, en medio del silencio, en la soledad del monte Horeb. La experiencia de Dios de Elías, se asemeja a nuestras falsas experiencias de Dios. Elías pensó que se acababa su historia con el viento huracanado que rompía los rocas, creyó que el terremoto causaría su muerte y peor que con el fuego le sumergía en el mismísimo infierno, lejos de Dios, y al pasar estas terribles pruebas, oye una suave brisa donde sí estaba Dios ¿Qué quiere decirnos una presencia de Dios en forma de suave brisa? Quiere significar la espiritualidad de Dios, que viene a comunicarse de manera más íntima y vital con Elías, como lo hará Jesús con los discípulos, con los cristianos y cristianas. La experiencia de Elías, es que el Dios de Israel y de Jesús se revela distinto de los ídolos de poder, de fuerza y de vanidad, de ostentación y de dominio, Dios como brisa suave será capaz de animar la esperanza y la valentía del pueblo que confía en Yavé que se niega a postrarse ante los baales y su dominio, y por eso, el profeta de Dios deberá ser distinto, más humano, sin pretensión de poder, sin ira ni rencor, más en comunión con los pobres y débiles y que actúa dando ánimo al pueblo. ¿qué mensaje para los cristianos y cristianas? Que a pesar de las persecuciones e incomprensiones, recibirá la fuerza, como Elías, alimentándose de la Eucaristía y bebiendo el agua de la palabra, es decir, de los evangelios, y Dios no lo abandonará ni lo dejará. Leamos: “En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: ‘Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor’. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tanpoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva”.

SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 9, 1-5.- Pablo muestra una preocupación sincera por el pueblo de Israel, y es que las expectativas con relación a Jesús, como que no los satisfacían y por lo mismo, no lo aceptan como el Mesías de Dios, no aceptan que el mismo Dios de las promesas y la Alianza haya convenido en poner en marcha su plan de salvación y autocomunicación en su Hijo Jesús. Por eso, Pablo se aflige y se ocupa por entender el misterio de infidelidad de Israel, no encuentra razones valederas el por qué el pueblo de Israel queda excluido del plan de salvación. No se aflige sin razón, por eso, pone como testigos de su pena a Jesús, al Espíritu Santo y a su misma conciencia; incluso, no entiende como siendo herederos de la promesa con siete dones que Dios les dio no lleguen al conocimiento de Jesús. Su amor por sus hermanos de raza es tan inmenso que se ofrece como proscrito (anatema), una actitud parecida a la del profeta Elías que quiere a toda costa destruir todo lo que se oponga a la Alianza y a Dios, pero como hemos visto, Dios no quiere violencia, fuerzas maquiavélicas, destrucción, odios ni venganzas, quiere la paz, esa espiritualidad que se manifiesta en la “suave brisa” y así, como Elías. Pablo también deberá purificar su celo misionero, se convertirá a la voluntad de Dios, a lo que él ha dispuesto. Sin embargo, debemos rescatar la actitud de Pablo, ese ser “anatema” por sus hermanos, es decir, ofrecer su propia vida para la salvación de sus hermanos, a contrapelo del mundo hedonista, no se comprende la actitud de Pablo, no se comprende este amor desprendido, como sólo Dios lo da, en un mundo egoísta que busca su propio placer y bienestar, que rehuye el compromiso, que no tiene el coraje de cumplir la palabra empeñada. Pablo es el cristiano que ha tomado en serio el ejemplo de Jesús que ha entregado su vida por todos. Pablo, al igual que Elías, descubre que la respuesta de Dios está en la clave del amor y de esperanza, frente a la decepción y ese mal comportamiento del pueblo de Israel que ha tomado ante Jesús. Dios no está de acuerdo con el desconsuelo de Pablo, y éste entiende que Dios no ha rechazado a Israel, y por eso, cambia su manera de ver el misterio de la infidelidad del pueblo de Israel.

Leamos: “ Hermanos: Digo la verdad en Cristo, no miento- mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo-: siento una gran tristeza y un dolor inmenso en mi corazón, pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne; ellos son israelitas y a ellos pertenecen el donde la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas, suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne. el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.”

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 14,22-33.- Este pasaje nos muestra la pedagogía de Jesús en la formación de sus discípulos, y es realmente un auténtico maestro en la escuela de la vida. Después de haberlos hecho participar y ser responsables de la tarea de atender a todos los que escuchaban a Jesús, en el episodio de la multiplicación de los panes donde se encuentran muy contentos, Jesús como que les cambia de planes y hace que sus discípulos se embarquen en la aventura del seguimiento, como lo escuchamos “en la aventura” y aprendan de su vida junto a él. Si en la multiplicación de los panes, sus discípulos se sintieron gozosos y colaboradores del Reino, la aventura en el mar, será una lección dolorosa. No es que Jesús, los mande al despeñadero, a que todos se ahoguen, sino que quiere aclararles su situación como discípulos y ayudarles a autodescubrirse, motivarlos y llevarlos a comprender la auténtica relación con Jesús. En la multiplicación de los panes aprendieron a ser colaboradores de Jesús, cuando se van solos en la “barca” comprenden que llevan dentro de ellos la duda y el miedo y que necesitan reconocer la presencia de Jesús, de su protección, de ese tomarles de la mano.

La fe en Jesús, pasará necesariamente por la superación y asimilación de la duda y el miedo. La fuerza del viento y el peligro de perder la vida representan las dificultades que presuponen el Reino de Dios y el esfuerzo necesario para superar la actitud del miedo y la duda. Queda claro en el pasaje, que la fuerza no son las dificultades que encontrará el discípulo, sino que es la persona misma de Jesús, los discípulos lo descubrirán de nuevo en el esfuerzo y en la duda, especialmente cuando sientan su autoridad soberana (“en cuanto subieron a la barca, amainó el viento”) y su voz apaciguadora (“ ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”).

Otro episodio maravilloso y se condice con la persona del Hijo de Dios, y en la que demuestra que es Dios, es el caminar sobre el mar “andando sobre el agua”. Caminando sobre el mar, como en las teofanías de Dios, Jesús se revela a los discípulos que le reconocen como el Hijo de Dios. Esta teofanía es predicación y anuncio del evangelio y que es provocado o causado por la necesidad en que se ven insertos los discípulos. ¿Por qué? el poder de Jesús sobre las aguas impresionó a los primeros cristianos que vieron en ese caminar sobre las aguas, la manifestación de quien vuelve a reanudar la obra de la creación y la lleva a su plena realización, y es que el día de Yavé debía ser un día de victoria sobre las aguas, y ese caminar sobre las aguas es una epifanía del poder divino que reside en Jesús. Precisamente la formación de los discípulos que inicia Jesús es para enseñarles sus poderes mesiánicos y enseñarles a tener confianza en él; y esto lo que se realiza en Pedro, Jesús lo convence que tiene poderes para vencer el mal que está simbolizado por las aguas sobre las que Pedro camina (“Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús”) y que esa victoria sobre las aguas no es una victoria que proviene de un poder mágico, sino que depende la fe: “ Jesús le dijo: ‘Ven.’ Pedro bajó de la barca y caminaba sobre el agua para llegar a Jesús. Pero al fijarse en la violencia del viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: ‘ ¡ Sálvame,Señor!’ Al instante Jesús extendió la mano, diciendo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?.

De este modo, el episodio de Pedro, quiere destacar que el discípulo es invitado a fiarse totalmente de Jesús en las situaciones que ponen en crisis su adhesión inquebrantable de fe. Vemos cómo Pedro quiere poner a prueba la palabra de Jesús, si el es Dios (YO SOY) tiene poder insuperable; pero la fe de Pedro busca su apoyo más en el milagro (poder caminar sobre las olas) que en la palabra de Jesús. Pero la fe de Pedro es muy imperfecta, porque la verdadera fe se halla determinada por una abertura total a Dios y a una confianza absoluta en su palabra, aun en las dificultades más extremas de la vida además. Sin embargo, Pedro es prototipo de discípulo por su amor a Jesús, pero tiene insuficiente fe, esa duda que parece ser como un integrante continuo y presente siempre en los cristianos y cristianas que quieren vivir su fe días tras día. Si la fe conlleva una gran carga de duda (la fe no es posible sin el riesgo de la fe, sin la inseguridad de la fe, decíamos anteriormente), también contiene la promesa incondicional del apoyo de Jesús a todo el que es su discípulo y que cree en él, y es que Dios, como Jesús, no solo nos salva del pecado y de los signos de muerte, sino que es una salvación que nos acompaña en nuestro caminar diario como cristianos. Ciertamente, nuestro caminar como cristianos no está exento de dudas, porque junto a la certeza y seguridad absolutas que la palabra de Dios garantiza, está el riesgo de salir de uno mismo hacia lo que no vemos.

Leamos: “Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

 

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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