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LA RADICALIDAD DEL EVANGELIO: VENDER Y ARRIESGARLO TODO PARA GANAR EL REINO DE LOS CIELOS.

Este domingo XVII del Tiempo Ordinario del Ciclo A, Jesús nos continúa hablando del Reino de los Cielos, y las tres parábolas del Tesoro escondido, la Perla y la Red que son exclusivas de San Mateo, nos encaminan a una mejor comprensión de la opción definitiva por Dios y su proyecto de salvación que se personifica en su Hijo Jesús. Los otros domingos veíamos cómo Jesús concretiza el amor del Padre en cada uno de nosotros y nos mostraba que esa realidad de salvación que había sido prometido por el Padre se hace tangible en la venida de su Reino. Ese Reino del que nos hablaban las parábolas del Sembrador, del Trigo y la cizaña, del Grano de mostaza, de la Levadura tenía una característica fundamental: obraba en el mundo, en los discípulos en forma silenciosa, humilde, en forma casi imperceptible, pero con una inaudita fuerza y energía interior y que inevitablemente mostraban el rostro del Padre y entreveían la magnificencia del Reino de los Cielos, que en su Hijo Jesús ya empezaba a manifestarse plenamente cuando recorriendo las ciudades y los caminos anunciaba la Buena Nueva del Reino. Las Parábolas de este domingo no sólo nos hablan de la presencia y la fuerza de Dios en medio de nosotros y cómo esa fuerza sigue siendo el motor y la razón de nuestra opción por el evangelio, sino que nos exigen dar pasos más concretos en la comprensión de este obrar misterioso de Dios en nosotros los cristianos y cristianas de todos los tiempos. Ya no será que los cristianos y cristianas tomemos una actitud pasiva y cómoda frente a la oferta de la Buena Nueva que se hace carne en Jesús, sino que nos exigirá la acción y más la actividad que debemos desplegar todos los hombres y mujeres, todos los cristianos y cristianas para buscar con ahínco y poder “comprar” el Reino de Dios, en otras palabras ser capaces de acceder al Padre y su oferta de salvación y de vida nueva.

La radicalidad de la Buena Nueva, del Evangelio de Jesús, precisamente consiste en venderlo todo (todo lo que poseemos, lo que tenemos, lo que somos), en arriesgarlo todo (todas nuestras comodidades, seguridades, individualismos, hedonismos) para poder ganar a Jesús, y si leemos los evangelios comprenderemos con entera claridad que su mensaje se caracteriza por estas exigencias de totalidad y de verdadera autenticidad (“ A otro le dijo: ‘Sígueme.’ Este le contestó: ‘Deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre.’ Pero Jesús le dijo: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú tienes que salir anunciar el Reino de Dios.’ Otro le dijo: ‘Te seguiré Señor, pero permíteme que me despida de los míos.’ Jesús entonces le contestó: ‘todo el que pone la mano al arado y mira para atrás, no sirve para el Reino de Dios.’” LUCAS 9, 59-61).

¿Cómo es ese llamado a la radicalidad? Para los cristianos y cristianas, sin excepción, el radicalismo del evangelio es una exigencia fundamental e irrenunciable que nace del llamado de Jesús a seguirlo y vivir como él, en esa íntima comunión que es realizada por la acción del Espíritu Santo. Y ese llamado radical lo comprendemos estupendamente con las parábolas del Tesoro escondido y la Perla de gran valor. Los discípulos de Jesús deben venderlo todo, desprenderse de todo, sacrificarlo todo para poder adquirir (para poder acceder) lo único necesario y ésta acción es la única forma de entrar en posesión del Reino de los Cielos, y como se entiende en las palabras de Jesús, es su propuesta nueva y revolucionaria a optar por la pobreza más exigente: venderlo todo. La radicalidad del evangelio se expresa maravillosamente en esa búsqueda afanosa por encontrar a Dios y en el gozo intenso por haberlo encontrado y no dejarlo nunca más. ¿Cómo así? Como el hombre del campo y el comerciante buscamos el Reino de Dios porque comprendemos que algo nos falta, que carecemos de algo esencial para nuestra vida, esta carencia nos impulsa como al campesino y al comerciante, a salir de nosotros mismos y no descansar hasta encontrar esa salvación, esa vida de amor que colma y llena todos nuestros anhelos. Llega el momento crucial en nuestra vida de seres humanos y más en la historia del hombre, que lo único necesario es Dios, o mejor que su Reino es algo tan valioso para nuestra vida, es ese momento en el que debemos arriesgarlo todo lo demás para conseguirlo, ese todo lo demás que se expresa el prestigio personal, los bienes materiales, las seguridades, nuestra profesión, y es que cuando nos encontramos con Dios de verdad, ese encuentro toca toda esa vida desteñida, tóxica, raquítica, llena de lo material, rutinaria y depresiva, y toda esa vida queda transformada, cambiada.

Esa vida transformada necesariamente va unida al gozo de creer en Dios, de encontrarlo y mirarlo cara a cara, de hacerse cambiar la vida misma, con esa alegría arrolladora que es capaz de determinar en adelante toda una vida nueva, por eso, el evangelio si bien exige dejarlo todo, venderlo todo y arriesgarlo todo, exige también anidarlo en nuestra alma y corazón porque hemos descubierto, por nuestra propia experiencia, el evangelio del Padre que es Jesús, y que lo hemos descubierto como el gran secreto de nuestra vida. ¿Cómo entender el gozo arrollador que cambia toda una vida? Como premisa fundamental, en la actitud del hombre del campo cuando descubre el tesoro: “…de tanta alegría, vende todo lo que tiene para comprar ese campo.” Y así sucede con el hombre y la mujer al escuchar a Jesús, comprenden el valor de lo que él ofrece y no dudan (por eso, el gozo confiado) en desprenderse de todos sus bienes, para convertirse en pobres en el espíritu y con una fe intensa adquirir lo que se Jesús les ofrece. El que cree gozosamente en Jesús, como el hombre del campo y el comerciante, ya ha comenzado a vivir una vida nueva, ya no están sujetos a su vida anterior ya han encontrado a Jesús, el verdadero tesoro y la perla fina; sólo cuando nosotros, al igual que al hombre del campo y al comerciante, seamos capaces de venderlo todo y desatarnos de todo lo que nos ata, sólo cuando somos hombres y mujeres radicalmente libres podremos, en verdad, experienciar (ese vivir distintas experiencias), experimentar (lo que hemos presenciado, conocido, sentido) y expresar a Dios en nuestra vida. Esta experienciación y experimentación de Dios nos hace adquirir la libertad más radical para poder acceder a su Reino, para entrar en el gozo eterno de la vida eterna, que nos libre de todo mal, especialmente nos libra de caer en la más absoluta depresión.

¿El Reino de los cielos es como los tesoros y las perlas finas que el mundo y las sociedades del siglo XXI nos ofrecen? El Reino de los Cielos no se les parece en absolutamente nada, ya que el sino de esos tesoros y esas perlas finas conducen a la inevitable depresión que se vive más desencarnadamente en las sociedades de hoy. Los tesoros y las perlas del mundo traen consigo e inevitablemente el torbellino de odios, avaricias, prebendas, falsedades, violencia, muerte. Es la depresión lo que marca la vida del hombre porque a pesar de sus progresos tan evidentes en materia de ciencia y tecnología se siente un ser limitado, especialmente por la muerte; aparentemente tenemos de todo, pero al final nos quedamos con ese desasosiego terrible que se manifiesta en el sin sentido de la vida y caemos en el pozo de la depresión. Muchas veces como que sentimos que la vida no nos conduce a nada, que no vale la pena luchar, que todo el transcurrir del mundo y del tiempo es siempre lo mismo, que todo es superficial y que no se debe buscar nada ni a nadie. La neurosis que consume nuestra diario vivir y nos hace buscar felicidades efímeras (diversión y drogas) es nuestra compañera, las violencias, las angustias, todo ello significa que a pesar de un aparente desarrollo y confort los hombres y las mujeres han perdido contacto con lo vital, con Dios. Como que los hombres y las mujeres volvemos a desesperarnos y repetimos el mismo accionar que el pueblo judío cuando esperaba a Moisés en el Sinaí: “…le dijeron a Aarón: fabrícanos un dios que nos lleve adelante, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés…Aarón les contestó: Saquen los aros de oro de sus mujeres… todos se los sacaron… Aarón los recibió y fabricó una imagen de becerro de metal batido” (ÉXODO 32, 1-4). El dinero, el poder y el placer son los becerros de oro casi absolutos de nuestro tiempo: el dinero es el verdadero “mammón” que esclaviza la vida de todas las personas, hemos puesto precio a todos los objetos, los hemos apreciado, pero también lo hemos envilecido; el poder que arrolladoramente corrompe como hoy lo vemos en cada una de las naciones del mundo, ese poder que sacrifica sin miramientos a las familias, a las personas, que violenta los derechos humanos, la misma libertad y el bien de todos; el placer que se ha tornado un vendaval traducido en el hedonismo, en el placer por el placer.

A la luz de la palabra de Dios, las riquezas, el poder y el placer hedonista pueden convertirse en obstáculos para vivir una vida auténticamente cristiana, ya que con suma facilidad, esos nuevos becerros de oro desvían el alma y el corazón de los hombres y mujeres hacia los intereses mezquinos y egoístas del mundo. Y a la luz del evangelio de este domingo, se hace necesario enseñar a vivir el desprendimiento afectivo y efectivo de todo cuanto en nuestra vida cristiana deja de lado y más quita espacio al Dios de la Vida. De este modo, el Reino de los Cielos, se presenta ante todos nosotros no como los tesoros y las perlas del mundo a las que accedemos por nuestra propia naturaleza, sino que nos exige el esfuerzo por entrar en relación con Dios, como un don que depende absolutamente de él; precisamente este el hondo significado de lo que nos exige Jesús: abandonar los bienes, el dinero, el proyecto que contiene todo un esquema o perfil de vida incluso los propios puntos de vista, para unirse a Dios y comprender que su Reino es ante todo una relación con él, tan determinante y esencial que cambia nuestros esquemas o perfiles propios. A la luz de lo que significa reflexionar las parábolas del Reino y de sus exigencias, unirse al Padre, convivir con él, compartir nuestra existencia con él(la experianciación y la experimentación) es preciso y con entera lógica que seamos capaces de venderlo todo, esa radicalidad total y auténtica que se nos pide a los cristianos y cristianas. Jesús y el Padre saben que no todos están decididos a jugárselas por el Reino de los Cielos, no todos encuentran el tesoro y la perla, es decir, al mismo Jesús, no todos se deciden a arriesgarlo todo, y por eso, nos presenta la parábola de la Red, donde Dios nos evalúa nuestra opción de vida, el cómo hemos sabido elegir. Y desde esta elección, los que pertenecemos por gracia de Dios al Reino anunciado y predicado por Jesús, sabemos cómo actuar y no nos dejamos alterar por el vendaval del mundo ni las tormentas que agitan nuestras vidas, porque tenemos nuestra vida anclada en la Roca que es Dios. Y como hemos visto, la radicalidad del evangelio, pide el desprendimiento de todo (ese venderlo, arriesgarlo) para ganar el Reino, que es ya la misma felicidad, ese sentirnos realmente libres, y el gozo incomparable de encontrar a Dios.
PRIMERA LECTURA DEL PRIMER LIBRO DE LOS REYES 3, 5.7-12.- En este texto se nos narra la célebre aparición de Dios a Salomón en Gabaón, que era una ciudad levítica de la tribu de Benjamín, era un antiguo lugar santo y donde Salomón sube para ofrecer sacrificios. Leyendo atentamente, vemos que Salomón le pide tres gracias: (a) Que le conceda un corazón que escuche; (b) Rectitud para juzgar al pueblo; (c) prudencia para discernir el bien del mal. Salomón quiere estar siempre dócil y disponible a la voluntad de Dios, y esto se ve claramente porque no ha pedido bienes caducos sino que pide sabiduría, y Dios le concede en abundancia. Lo fundamental en el texto es que el autor nos muestra la docilidad y disponibilidad para escuchar y hacer la voluntad de Dios, aunque haya muchos reparos en manifestar que Salomón es el prototipo de la sabiduría y que sea calificado como el rey sabio. En otras palabras, el autor tiene una finalidad muy concreta: el reinado en paz es la prueba palpable, el testimonio más contundente de la fidelidad de Dios a las promesas dada a David, y esto es más notorio en la respuesta de Salomón a Dios: no pide riquezas humanas ni materiales, sólo un corazón humilde que sepa escuchar, juzgar y sea prudente al discernir el bien del mal. Escuchemos: “Y en Gabaón se le apareció Yavé en sueños durante la noche, y le dijo: ‘Pídeme lo que quieras. Ahora bien, Yavé, mi Dios, me has hecho rey en lugar de David, pero no sé todavía conducirme, soy muy joven para estar al frente del pueblo que has elegido, pueblo numeroso que no se puede contar. Dame, pues, a mi tu servidor, un corazón atento, para gobernar a tu pueblo y poder decidir entre lo bueno y lo malo, porque si no ¿cómo podría gobernar este pueblo tan grande? A Yavé le gustó que Salomón le pidiera una cosa así. Y le dijo: ‘No has pedido ´para ti una larga vida, ni has pedido riquezas, ni la muerte para tus enemigos, sino que has pedido sabiduría para gobernar con rectitud. Por eso, te concedo lo que pides, te doy sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de ti ni la tendrá después.’” Orientada a comprender el evangelio de este domingo, la lectura del texto nos pide a los cristianos y cristianas que en la búsqueda del Reino de Dios, debemos pedir a Dios la misma sabiduría e inteligencia que solicita Salomón, esa tarea aparentemente sencilla pero difícil: saber escuchar y discernir entre lo bueno y lo malo (y no sentirnos jueces de los buenos y malos); saber buscar y escuchar los signos del evangelio y poder encontrar a Dios y acceder a su Reino de Vida; saber buscar y encontrar la verdadera riqueza, el único tesorero que es Jesús. Esto significará que tanto el hombre del campo como el comerciante se afanen, a su manera, como también debemos hacerlo nosotros, para buscar a Dios, hacerse transformar por él para ejercer una tarea evangélica en clave de servicio, dejando de lado el poder y las riquezas que a nada bueno conducen; encontrar a Dios en nuestra pobreza de espíritu y amarlo como lo único necesario es ya entrar en la dinámica del Reino de Dios. A Salomón, como al hombre del campo y al comerciante, Jesús les invita a no someterse a los poderes del mundo, sino optar por el camino del Evangelio y por Dios, conscientes de que no lo encontraremos sin esfuerzo ni renuncias, sin reconocer que somos débiles y muchas veces incapaces de poder acceder al Reino de Dios, sino es con la fuerza y el amor del Padre. Los cristianos y cristianas somos frágiles como el resto de los seres humanos y necesitamos la luz de Dios para nuestro caminar, y por eso, es necesario pedirle a Dios, como lo hizo Salomón, este don del Espíritu Santo que nos capacita (en esa acción de vender todo lo que tenemos, de arriesgarlo todo) para gustar de las cosas de Dios, de comprender los misterios del Dios que nos salva.

SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 8,28-30.- Pablo continúa exponiendo la riqueza que entraña nuestra redención, donde se constata con gozo admirable la comunicación hecha por Dios en Jesús con los que él ha llamado. Es, pues, el convencimiento fundamental del acontecimiento de salvación que ya ha sido realizado por Jesús. La salvación ha venido por la muerte y resurrección de Jesús y los que aman a Dios han entrado en el mismo proceso de muerte y resurrección que Jesús que nos lo ha mostrado y que no puede fallar, ya que es la garantía, es la mediación del Padre para conseguir la gloria del Reino de Dios. Y más, quien cree en Jesús (con ese gozo de fe inmenso del hombre del campo y del comerciante) ya ha empezado a vivir una vida nueva (como cuando se halla el tesoro y la perla, que es Jesús, y se vende todo lo que uno tiene para ganarse a Jesús), una amistad e intimidad con el Padre. Es ese amor de Dios, un amor eterno, eficaz, seguro, inefable, infalible, infinito que se sintetiza en el amor salvífico, que tiene por objetivo, como lo expresa Pablo, hacer de cada uno de los cristianos y cristianas un hijo de Dios, y es que Dios es así y en su plan de salvación, él nos ve, nos piensa, nos ama como imagen de su Hijo Jesús, y ésta es la generosidad de Dios que debe tener como correlato nuestro la gratitud por ese amor con el amor de hijos que seremos glorificados. Escuchemos: “También sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, a quienes él ha llamado según su propio designio. A los que de antemano conoció, también los destinó a ser como su Hijo y semejantes a él, a fin de que sea él el primogénito en medio de numerosos hermanos. Por eso, a los que eligió de antemano también los llama, y cuando los llama los hace justos, y después de hacerlos justos, les dará la Gloria.” Como vemos, Pablo, no nos ofrece una exclusividad en la salvación final, y con esto entra en coherencia con el evangelio tanto del domingo pasado donde nos hablaba del trigo y la cizaña, como la de este domingo que nos habla de la red donde se seleccionan los peces buenos de los peces malogrados, y es que la construcción del Reino se da en el aquí y ahora y sólo Dios será el juez de todos los hombres y las mujeres y él fijará y sólo él el día final. Dios ha demostrado en todos los tiempos y más en el tiempo postrero cuando se encarnó su Hijo, su amor, y ese amor produce en nosotros la fe intensa, y alegre (¡ese gozo de creer!) que nos proporciona la estabilidad interior, la seguridad profunda. En nuestra sociedad del siglo XXI donde encontramos tantas personas inestables, que sufren una serie de neurosis y sufren las depresiones, sabernos cimentados sobre la roca es fuente de estabilidad gozosa en un Dios que nos ha llamado y nos ha destinado en su Hijo Jesús a ser también sus hijos, nos justifica y nos glorifica. Y esto es precisamente el Reino de Dios, que Dios nos ha amado y nos ha destinado a ser imagen de su Hijo Jesús, y no sólo eso, sino que nos ha transformado, y él ha tomado la iniciativa de esta transformación, y como resultado, es que el Padre nos ha hecho participar en su propia vida y en su gloria inmarcesible.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 13,44-52.- El anuncio del Reino ha sido la temática recurrente de estos domingos, y cómo es ese Reino ha sido el contenido de cada una de las parábolas. Ciertamente de la salvación y más del Reino de Dios se trataba en el Antiguo Testamento, pero el cambio fundamental sobre cómo entender el Reino, lo da Jesús, es decir, le da un sentido radicalmente nuevo y distinto que no es reconocido por los coterráneos del tiempo de Jesús. Él nos habla nuevamente en parábolas, y precisamente las tres parábolas de este domingo, como señalábamos son exclusivas de San Mateo y no lo encontramos en los otros tres evangelios. Como decíamos el domingo pasado, Jesús nos habla del Reino de los Cielos siempre en clave de suceso o acontecimiento, esto es que nunca nos habla del Reino como una cosa o un objeto; no es el Reino propiamente un tesoro escondido, una perla preciosa o una red de arrastre, sino que en ese Reino ocurre o sucede algo, semejante a lo que pasa al hombre del campo, al comerciante y a los pescadores, y por medio de estas parábolas, Jesús nos dice que nadie puede entrar en el Reino de los Cielos como si tomara en propiedad una cosa, como si adquiriera un profesión o un estado, sino más bien, como alguien que siente el llamado de Jesús y decide con entera libertad entrar en la dinámica del Reino y comienza a vivir una vida nueva, una vida transformada; y a los que han entrado en la dinámica del Reino se les conoce porque saben dar a cada cosa su valor real, para ellos el Reino es la perla y por Jesús vale la pena dejarlo todo, abandonarlo todo, perderlo todo. No cabe duda, que el Reino de Dios se halla en los acontecimientos de cada día, sean éstos grandes o pequeños y que se consigue entrar en el Reino por medio de una incesante búsqueda, y como en el tesoro, la perla y la red, Dios se manifiesta maravillosamente donde menos lo esperamos y con algunos rasgos y características sorprendentes (como cuando el hombre del campo encuentra un tesoro) y que los cristianos y cristianos tenemos que saberlas descubrir y vivir.

Por eso, el Reino de Dios, no es que sea una cosa tangible, sino algo valioso, tan valioso para la vida de todos los seres humanos y de los cristianos y cristianas, que llegará el momento en el que se deba arriesgar todo para conseguirlo y jamás se vuelva a perder esta relación de los hombres y mujeres, de los cristianos y cristianas con Jesús. El Reino de Dios no es otra cosa que Jesús mismo. Y siendo así, a los discípulos a quienes se dirige Jesús, a nosotros los cristianos y cristianas se nos pide que nuestra escala de valores tenga como punto de partida el Reino de Dios y que nos esforcemos denodadamente por ganar o conseguir con lo único que tiene verdadero valor, que como el hombre del campo compremos el tesoro y que encontremos la perla fina. Conseguir o hacerse con lo que tiene verdadero valor es la tarea de todos (y esa es la dinámica del Reino), no es la dinámica de conseguir dinero, poder o placer, sino descubrir la razón y el sentido de nuestras vidas en Jesús; como señalábamos anteriormente, la tentación del mundo (que ronda a nuestro alrededor) que no conoce la dinámica ni mucho menos la sabiduría del Reino, es la de proponernos la instauración de numerosos ídolos para que los pueblos y concretamente nosotros los adoremos: riquezas, poder, placer, fama, belleza, y éstos son los dioses, como lo vemos hoy en el escaparate estupendo de las redes sociales, ante los que los que se sacrifica e inmola el mundo cotidianamente; frente a ellos se coloca Jesús con su oferta de un Reino radicalmente diferente, una Buena Nueva que cambia y transforma el perfil de una vida destinada a la muerte para conducirla a la vida nueva que nos lleva a la felicidad, a la verdad, a la luz y a la paz y así, el compromiso por el Reino no sólo se hace desde la voluntad sino desde la alegría de haber encontrado a Jesús.

Las tres parábolas resaltan la acción operante que debe desplegar el discípulo para comprar y ganarse el Reino de Dios, para poder tener acceso al Reino prometido por el Padre. Así mismo, nos muestran la intervención de Dios en la historia humana como una energía liberadora que transforma y cambia radicalmente el esquema o perfil de vida que se ha tenido antes de la intervención, y respetando siempre la iniciativa del ser humano para que la intervención liberadora de Dios se desarrolle hasta al final en los que han optado por el Reino de los Cielos.

EL TESORO ESCONDIDO: “El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo. El hombre que la descubre lo vuelve a esconder y, de tanta alegría, vende todo lo que tiene para comprar ese campo.” Veamos, en primer lugar, la actitud del hombre del campo, no es del todo honesta, su primera reacción ante el hallazgo es especulativa, porque Jesús mismo lo dice: “lo vuelve a esconder”, es decir, que cubre todo y lo deja como está; pero desde sus adentros considera ese tesoro como verdaderamente valioso, y por eso, y significativamente cambia de una actitud egoísta a una actitud que cambia totalmente su vida con algo que sorprende a todos: se llena de gozo intenso, el gozo de creer en Jesús y decide vender todo lo que tiene para ganar el Reino. En segundo lugar, está la enseñanza que deja el hombre del campo, no era un potentado ni menos un sabio al estilo del mundo, sino un hombre sencillo que casualmente se encuentra con un tesoro, pero no cualquier tesoro, no el tesoro del mundo que lo deshumaniza, sino un tesoro que tiene la capacidad de transformarlo hasta tal punto de vender lo poco que tenía, es decir, todo sus bienes, ante el asombro de sus vecinos y sus familiares, no los vende como quien tiene la cara de funeral, sino que lo hace con la alegría de haber encontrado a Jesús, de haber encontrado en él el sentido de toda su vida hasta el extremo de darse totalmente a él, de venderlo todo(lo poco que tenía) por la causa del Evangelio.

Lo importante en la parábola del Tesoro escondido, es el sacrificio, es decir, de sacrificar todo lo demás, incluso lo poco que se pueda tener para conseguir el Reino, en esto que señalamos como la pobreza más exigente, la pobreza de espíritu que nos propone Jesús; además, el motivo que impulsa al discípulo a abandonar lo que tiene y adherirse al Reino es el gozo o la alegría de haber encontrado a Jesús, todo lo demás se relativiza. Venderlo todo no tendría sentido, sin el correlato del gozo de poseer el único tesoro que no se corroe. Por lo mismo, nuestra vida cristiana es un camino de plenitud y alegría verdadera porque todo está encaminado a poseer a Dios, el único que colma todos nuestros anhelos de felicidad.

LA PERLA DE GRAN VALOR: “El Reino de los Cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas. Si llega a sus manos una perla de gran valor, vende cuanto tiene, y la compra.” No es un mercader cualquiera sino un especialista, que a diferencia del hombre del campo, no la encuentra casualmente, sino que la busca afanosamente porque siente que algo más le falta en su vida y por eso, sale de sí mismo, de ese estar lleno de riquezas con tinte de oropel para encontrar la perla más fina, que en este caso es el Reino de Dios, es decir, Jesús mismo. El comerciante simboliza la postura del verdadero discípulo, del verdadero buscador de Dios, el verdadero creyente de Jesús, a quien no le importa las incomodidades del camino, de los viajes ni siquiera las molestias ni siquiera pierde la paciencia, hasta que un día tiene éxito en su búsqueda por encontrar a Dios en medio del tráfago del mundo y sus riquezas que idolatra tanto; ha encontrado la perla de gran valor, ella sola vale más que todas las demás, más que los becerros de oro que el hombre idolatra y se prosterna ante estos idolillos, en este tiempo de globalización y de redes sociales. Pero no es fundamental haber encontrado la perla más fina, sino que Jesús nos enseña que lo fundamental no es haberlo encontrado, sino que lo fundamental es haberlo elegido, y esta elección exige dejar todo lo demás, todo lo que no tenga relación con Jesús, todo aquello que impide la plena posesión del Reino.

LA RED: “El Reino de los Cielos es semejante a una red que se echa al mar y recoge peces de todas clases. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla. Ahí se sientan, escogen los peces buenos y los echan en canastos y tiran los que no se pueden comer. Así pasará al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno ardiente, donde habrá llanto y desesperación.” Es la escena llena de episodios que nos narran la tarea cotidiana de los pescadores en el mar de Galilea. No olvidemos que esa vida era una de las que marcaban la existencia del pueblo de Israel, y que por mismo, se había realizado unas normas de selección entre las 30 especies de peces, y solo una de ellas, los peces sin escamas no se podía comer; sin embargo, esta especie, era una de las favoritas de los que no eran judíos. El trabajo de selección era estricto: entre los peces buenos y aquellos ya malogrados; los malogrado, los legalmente impuros (en este caso los peces sin escamas); los defectuosos, los demasiados pequeños se tiraban o se desechaban. Jesús nos dice que algo semejante sucederá al final de los tiempos, donde habrá la separación definitiva de buenos y malos. Observemos que toda la parábola se focaliza en la suerte que correrán los malos. No es el número de peces lo que cuenta, sino que toda está centrado en la selección que de hace después de la pesca.

¿Qué nos enseña Jesús? Que no todos encuentran el tesoro ni menos la perla fina, es decir, no todos los hombres ni todas las mujeres se deciden arriesgarlo todo y venderlo todo. Entonces, la búsqueda del Reino es también una decisión personal para el bien o para el mal, para la bendición o la maldición, para la vida o para la muerte. Jesús apunta a la necesaria conversión de las personas buenas y malas (como lo hacía en la parábola del Trigo y la Cizaña) y nos dice que todos tenemos algo de bueno y algo de malo hasta el fin de los tiempos. Y la selección que se hace, equivale a la evaluación necesaria de nuestras vidas, a la necesaria revisión de vida, a saber elegir y a saber discernir. Como que nos está diciendo que es tarea nuestra dejar nuestros vestidos viejos para lanzarnos hacia Jesús, que no seamos como los escribas ni fariseos que se aferran a lo viejo y sus costumbres exteriores, en tanto que los verdaderos discípulos se atienen a lo nuevo de la Buena Nueva, al Reino prometido. Pero también, nos dice que la selección de las personas al final de los tiempos no es competencia del discípulo, ni de los cristianos y cristianas, sino sólo de Dios, y como siempre (a pesar del lenguaje durísimo que emplea Jesús) Dios no busca amenazar con castigos sino movernos a todos los discípulos a cambiar de vida, incluso los que se creen buenos, como lo eran los fariseos cumplidores al píe de la letra de la Ley, como dijimos el domingo pasado, Jesús expresaba que la cizaña y ahora los peces malos son los fariseos, lo que no aceptan el Reino anunciado y vivido por el Hijo de Dios.

CONCLUSIÓN: “Preguntó Jesús ‘¿Entendieron bien todas estas cosas?’ Ellos le respondieron: Sí. Entonces Jesús añadió: “Todo maestro de la Ley que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos, se parece a un padre de familia que, de sus reservas, va sacando cosas nuevas y cosas antiguas.’” Jesús nos expresa que los cristianos y cristianas tenemos que aprender de la historia y renovarnos continuamente para que no nos suceda lo mismo con el pueblo de la Antigua Alianza; nos señala que debemos caminar hacia el Reino como lo único fundamental. Es pues, la nueva imagen del discípulo de Jesús: hombres y mujeres abiertos, que viven una visión encarnada en las sociedades de hoy sin romper la continuidad con la realidad del pasado. Por eso. Nos dirá: “Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios y esas cosas vendrán por añadidura” (MATEO 6,33), y este es el valor primordial para todo el que quiere apuntarse a ser discípulo y discípula de Jesús.

El Señor Jesús nos ha hecho vivir intensamente el Reino de Dios por medio de las parábolas y quienes hemos entendido el mensaje de las parábolas del Reino y nos hemos hecho discípulos, hemos vendido todo lo que teníamos (anclados en los renovados becerros de oro: dinero, poder y placer) para poseer la inmensa riqueza del Nuevo Testamento, de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús el mediador por excelencia de Dios con todos nosotros y con todo el mundo. Tenemos que anunciar siempre que la salvación ha llegado gratuitamente y por iniciativa del Padre y los cristianos y cristianas tomamos esa firme decisión de adherirnos y aferrarnos a las promesas de vida eterna. Conscientes de que viviendo y sintiendo un amor lleno de ternura, afecto y cariño sin par de parte de Dio, seremos capaces de venderlo todo, de arriesgarlo todo, de perderlo todo, para adquirir la libertad más radical para así poder entrar en el Reino de los Cielos, y no caer en la amenaza cotidiana de la depresión, del vacío y del sinsentido de la vida. Para los cristianos y cristianas, nuestra opción radical por Jesús no es un peso que nos impide vivir nuestra vida en la tierra, sino que al igual que el hombre del campo nos sorprendemos de las maravillas y de lo maravilloso que es el Padre e invadidos por ese gozo arrollador decidimos siempre cambiar nuestra vida en clave de meta hacia el Reino del Padre. Sabemos que hemos de vivir en el mundo sin ser del mundo, que debemos valorar todos los bienes de este mundo, sin poner nuestra esperanza en ellos, sin anclar nuestro corazón en ninguno de ellos. Que lo importante para los cristianos y cristianas no son las renuncias, sino, como hemos afirmado, que lo fundamental es haber elegido el Camino de Jesús, que lo que realmente nos hace mejores discípulos no es lo que dejamos, perdemos o vendemos, sino lo que elegimos, y hemos elegido a Jesús. Lo que él nos pide es cavar en nuestros campos con entera confianza, debemos ahondar en nuestra vivencia de fe para descubrir las raíces profundas del Evangelio de Jesús, abrirnos nuestro corazón a Dios y tener la valentía y el coraje de abandonarnos a él.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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