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LA TRANSFIGURACIÓN DEL DIOS VIVIENTE

Hoy celebramos la Fiesta de la Transfiguración del Señor Jesús. El relato de la Transfiguración con ligeras variantes lo encontramos en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Este domingo nos toca reflexionar en el relato de la Transfiguración que se encuentra en San Mateo 17, 1-9, que forma un bloque con la confesión o fe de Pedro, el anuncio de su Pasión por Jesús, la reacción de Pedro, la increpación de Jesús y la llamada al seguimiento y precisamente la Transfiguración es el corolario o conclusión de este bloque. Como sabemos este año litúrgico corresponde al Ciclo A donde leemos con fruición el evangelio según San Mateo, y la fiesta de la Transfiguración viene a ser una parada en los domingos ordinarios que hemos estando meditando y reflexionando y que precisamente tienen un entronque con la Fiesta de la Transfiguración del Señor Jesús.
Jesús había iniciado su vida pública con un resultado inusitado, pero transcurrido el tiempo de predicación, más que un seguimiento y una escucha pronta de la Buena Nueva, como que los mismos oyentes e incluso sus mismos discípulos sólo están a la expectativa de lo que dice y hace sin atreverse a dejarlo todo y apostar por el Reino de Dios; también, las autoridades religiosas y especialmente los fariseos se colocan abiertamente contra él, le siguen los pasos y a menudo soliviantan al pueblo con todo tipo de diatribas y calumnias sobre su origen y su forma de vida. Este estado de cosas, como que implican un aparente fracaso de la predicación de la Buena Nueva por parte de Jesús, y como que en la mirada de los oyentes del pueblo y más de los discípulos aparecen los rictus de incredulidad e impaciencia al ver que todo lo que se afirma del Mesías de Dios en la Ley Antigua no estaba siendo una realidad. Por eso, Jesús, en las parábolas del Reino como que nos va señalando cuán equivocados estaban sus oyentes que esperaban a un Mesías arrollador y lleno de poder al estilo de los poderosos del mundo; también en las parábolas como que nos va haciendo comprender el verdadero sentido y significado del Reino de Dios y de paso constatamos cómo el mismo Jesús siente y percibe la falta de fe del pueblo oyente, de sus discípulos, y señala a las autoridades religiosas y a los fariseos como los que se oponen abiertamente a la instauración de la Buena Nueva del Reino de Dios y son en consecuencia un obstáculo para el plan de salvación del Padre.
Como veíamos los domingos anteriores, Jesús enseñaba al pueblo a través de las parábolas y en ellas señalaba las dificultades que se presentaban en su predicación. En las parábolas del Sembrador, del Trigo y la Cizaña y en la Red vemos el camino difícil que tiene la palabra de Dios. La semilla del evangelio no es aceptada por todos y se pierde por la falta de fe, por un seguimiento mediocre y por las tentaciones del demonio y del mismo mundo, es decir, son lo sembrado en el camino, entre piedras y en medio de las zarzas. La semilla del evangelio también tiene fuerte oposición en las autoridades religiosas y en algunos del mismo pueblo, y sin ningún miramiento, Jesús los señala como la cizaña que crece junto al trigo. Y para darnos ánimos, nos habla de la Red, para que nuestra impaciencia de paso a la esperanza y confianza en el Padre, es decir, que no todos escuchan y viven la Buena Nueva, que el Padre sólo actuará al final de los tiempos, pero en el aquí y ahora nuestra vida de fe tiene que tener una coherencia estricta con la Palabra de Dios, con Jesús.
¿Qué tiene que ver todo este prolegómeno con la Transfiguración? Primeramente considerar el sustrato o fundamento histórico, y en segundo lugar, la necesidad que tuvo Jesús de revelarse o manifestarse como el Mesías de Dios, ante las dudas, suspicacias y las percepciones de fracaso de parte de sus discípulos. Como se ve en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, Jesús y sus discípulos están viviendo una etapa crucial y decisiva. Ha pasado el tiempo desde el inicio de la predicación, los entusiasmos como que han sufrido una severa parálisis y se vive un sentimiento frustrante de cuál será el futuro; ante el anuncio liberador y revolucionario del mensaje de la Buena Nueva, se han encendido las alarmas y las inquietudes de los poderosos y de las autoridades religiosas y han empezado a actuar contra Jesús. En su camino hacia Jerusalén, Jesús afirma cumplir la voluntad de su Padre, él es el Hijo del Hombre (Cf. MATEO 16,27), y urge a sus discípulos como a todos nosotros que lo seguimos a cumplir la voluntad del Padre, es decir, debemos entender que los pensamientos de Dios no son los pensamientos de los hombres. Ante este contexto, es más fácil comprender el por qué Jesús se transfigura; siguiendo e incidiendo en el pensar de los discípulos que continúan ciegos e incapaces de comprender, la Transfiguración del Señor Jesús es una revelación dirigida a los discípulos, revelación que tiene como objeto el significado profundo y escondido de la persona de Jesús y del Camino del Evangelio.
¿Cómo entender la Trasfiguración del Señor Jesús? De plano debemos desechar que es un sueño, un mito, una invención. Hemos considerado líneas antes su sustrato histórico que no sólo se manifiesta en el evangelio de Mateo, sino en Marcos y Lucas, ahí están los testigos calificados a quienes Jesús los tocó: “Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ‘Levántese, no teman.’” (MATEO 17,7), ahí está también el testimonio tan elocuente del autor de la Segunda Carta de Pedro, que ante las mismas dudas, inquietudes e impaciencias les dice a los discípulos del primer siglo del cristianismo: “ No hemos sacado de fábulas o de teorías inventadas lo que les enseñamos sobre el poder y la vuelta de Cristo Jesús nuestro Señor. Al contrario, les hablamos porque nosotros contemplamos su majestad…la oímos nosotros mismos cuando estábamos con él en el cerro santo.” (2 PEDRO 1,16-18). En la Transfiguración contemplamos la revelación o manifestación del Misterio en la carne humana de Jesús, del plan secreto de salvación del Padre, como bien lo expresa Pablo a los colosenses y efesios: “ Hablo de ese plan misterioso que permaneció secreto durante siglos y generaciones, hasta que ahora, lo reveló Dios a sus santos.”( COLOSENSES 1,26); “ y de esclarecer para todos en qué forma se va realizando el proyecto secreto escondido desde el principio en Dios creador de todas las cosas.” (EFESIOS 3,9). Por eso, volvemos a afirmar que la Transfiguración del Señor Jesús, no es un invento, un sueño sino como lo vemos en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, fue una realidad percibida por los apóstoles en el interior de sí mismos, fue- como lo afirman Pedro y Pablo- el descorrimiento de un velo, de ese Misterio de Dios escondido por siglos, y que ellos mil veces habían intuido y nunca lo habían comprendido debida y adecuadamente. ¿Cómo entender este misterio? Jesús es el Mesías de Dios que se encarna en nuestra humanidad, se hace como nosotros, pero su vida no es sólo la de un hombre que ama a Dios, ni siquiera es la de un hombre invadido por Dios, sino la de un hombre que es verdaderamente Dios, y es a ese Dios que los apóstoles lo entrevieron por un momento en la cima del Tabor ( como un relámpago).
¿Qué es entonces la Transfiguración del Señor Jesús? Es la manifestación o revelación (epifanía) de la presencia de Dios entre los hombres y las mujeres de todos los tiempos, parecida a la manifestación del Sinaí. Dios se nos manifiesta en su Hijo Jesús (se aparece) en él tenemos la revelación definitiva de Dios, que llegará a su plenitud en la Resurrección de Jesús, de la que la transfiguración era un anticipo, como un relámpago de la Gloria de Dios. Entonces, Jesús mismo nos revela el rostro divino del Dios Viviente, del mismo Dios que salva al pueblo escogido de la esclavitud de los egipcios. No olvidemos, que la Transfiguración del Señor Jesús se da en ese contexto en que Jesús les anuncia su pasión: “Les dijo también que iba a ser condenado a muerte y que resucitaría al tercer día” (MATEO 16, 21) y este anuncio desata una serie de interrogantes y la impaciencia de los discípulos que no concebían al Mesías de Dios padeciendo la misma muerte de los seres humanos. Habían sido testigos de muchas resurrecciones (El hijo de la viuda de Naím, de la hija de Jairo, de Lázaro) y si moría como lo estaba anunciado ¿quién lo iba a resucitar a él ? Por eso, Jesús, decide anticipar una hora de gloria, como un relámpago de luz, como anticipo de la resurrección. Pedro y los apóstoles no comprendieron el anuncio de la Pasión, no comprendieron el pensamiento de Dios, que ha escogido para su Hijo, para su servidor por antonomasia no el camino del poder terreno lleno de oropeles y fulgores efímeros, sino la vida de la gloria celeste a través de la humillación, por eso, se afirma que la transfiguración está impregnada del mesianismo doloroso y esa transfiguración (esto es lo maravilloso para nosotros los creyentes que no hemos visto, oído ni palpado) como que suaviza el escándalo de la cruz y nos hace comprender que la muerte en la cruz no es el final del camino cristiano, ni de los discípulos ni menos de Jesús, sino el camino hacia la resurrección y encuentro definitivo con el Padre.
¿También en la Transfiguración se transfigura nuestra humanidad? Ciertamente, porque como hemos dicho, es la manifestación del Misterio en la carne humana de Jesús. Y esa manifestación se realiza, pues, a través de la humanidad, de su humanidad en todo igual a la nuestra. La transfiguración luminosa del cuerpo de Jesús nos hace ver que es toda la humanidad es elevada a la categoría de instrumento y vehículo de la divinización del mundo. La luz divina manifestada en la humanidad de Jesús gracias al misterio de la Transfiguración estalla también en todos los hombres y las mujeres que se unen a Jesús por la fe y el amor que siendo fieles y viviendo el Evangelio del Dios Viviente se unirán al Padre por medio del misterio de la resurrección y de la glorificación.
¿Qué significó la Transfiguración para los apóstoles? Volver su mirada a Jesús vivo y transfigurado, y comprender (cuando él resucitó) que él es el verdadero Mesías de Dios que entroniza la fiesta de los Tabernáculos que lo entroniza revistiéndole de blancura y de luz e invistiéndole de la misma palabra de Dios. Es también para Pedro, los apóstoles y ahora nosotros los cristianos y cristianas, la exhortación siempre urgente de escuchar a Jesús, aun cuando nos hable de sufrimientos y muerte sin dejar de reconocerlo como Mesías de Dios, como Siervo sufriente pero leal a la voluntad del Padre. Que debemos escucharle para después ser sus testigos.
¿Qué más les exige a los apóstoles y nos exige a los cristianos y cristianas? Que no caigamos en la tentación de hacer tres tiendas, sino que tengamos nuestro corazón abierto y que acoja a Dios y a Jesús; Dios quiere vivir en familia con los hombres y mujeres, andar en medio de nosotros, cobijarse en medio de nosotros. No entenderemos el misterio de la Pasión del Señor Jesús, si nos quedamos en el terreno de la fe contemplativa (sólo de rezos), en la teoría estupenda que se contiene en la Palabra de Dios y en el Evangelio, esto dará como resultado que no comprendamos las pruebas, y cuando se nos presente (como a los apóstoles) las grandes dificultades para aceptar el Misterio de Dios y la Transfiguración caigamos en la impaciencia, la desesperación y la falta de fe y esperanza. Y que Dios no se mantiene en las alturas celestiales, sino que nos señala nuestra tarea en la tierra, en el aquí y ahora y más quiere que como él nos encarnemos en nuestra propia carne, en este mundo que sin ser del mundo, sintamos los gozos, las esperanzas, las tristezas y las angustias de la humanidad, especialmente de los más pobres y necesitados de nuestro amor y desprendimiento en las obras de misericordia.
¿Cómo transfigurar hoy? Los cristianos y cristianas somos también testigos de Jesús transfigurado, y no sólo queremos verlo, oírlo y contemplarlo en el Tabor, sino como él mismo Jesús, nos toca para no estar prendidos o agarrados de las cosas del cielo, nos toca para levantarnos y realizar nuestra tarea de transfigurarnos y transfigurar el mundo. Debemos transfigurar a todo el ser humano no sólo respetando sus derechos sino su condición inalienable de ser hijos de Dios. Transfigurar a los seres humanos, en este mundo de los fastos y oropeles, es mostrar su dignidad y reconocer la dignidad de los otros, es mostrarnos los unos y los otros como hermanos e hijos de Dios (haciendo realidad ese cambio revolucionario de Jesús en su Buena Nueva). Y es que somos conscientes de que sólo en la cumbre de la fraternidad, sólo en el amor verdadero que está por encima de la simple justicia humana, puede resplandecer la auténtica gloria y la dignidad de todos los hombres y mujeres. El que no ama no se conoce a sí mismo ni a los otros, no sabe cuál es su dignidad y su vocación y tampoco reconoce a Dios ni a su Hijo Jesús, transfigurado, resucitado y glorificado. La Transfiguración es, pues, la experiencia de fe que define a los cristianos y cristianas, que hemos descubierto la presencia y acción de Dios en la muerte de Jesús, que hemos experimentado a Jesús como el viviente, aquel a quien debemos seguir.
En este Domingo de la Transfiguración del Señor Jesús las tres lecturas presentan una unidad. La primera lectura es un texto profético en el que descubrimos la gloria de Jesús que había de alcanzar; la segunda lectura es una estupenda catequesis que nos dispone de modo admirable para escuchar y comprender el alcance del relato del evangelio.
LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE DANIEL 7,9-10.13-14.- Leamos: “Estaba observando y vi lo siguiente: pusieron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestido era blanco como la nieve; su pelo, albo como la lana blanqueada. Su trono era de llamas de fuego con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego salía y corría delante de él. Miles y miles le servían y una muchedumbre que no se podía contar estaba de pie en su presencia. Seguí contemplando la visión nocturna. En las nubes del cielo venía uno como hijo de hombre. Se dirigió al Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dio poder, honor y reino, y todos los pueblos y naciones de todos los idiomas le sirvieron. Su poder es poder eterno y que nunca pasará; y su reino jamás será destruido.” El contexto de este texto es la visión de las cuatro bestias y el “Hijo del hombre”, las cuatro bestias ( los imperios de Babilonia, Media, Persa, Grecia) no han sido capaces de mejorar la humanidad. Entonces, se hace necesario el juicio universal de parte de Dios, que es el “Anciano” vestido de blanco como símbolo de victoria y poder; el fuego que de él brota ejecuta la sentencia, sentándose sobre el trono para juzgar a todas las potencias de la tierra. La comunidad fiel a la alianza, en medio de pruebas y con la influencia de la cultura helénica (griega) invitaba permanentemente a la apostasía o renegar de Dios, esta comunidad representada en el Hijo del Hombre está llamada a participar de la trascendencia de Dios y a ser su testigo a lo largo de la historia humana. Así, pues, en el verso 13 aparece “uno como hijo de hombre”, o sea una figura humana que contrasta con las cuatro bestias, a este hijo de hombre se le concede todo el poder y autoridad que antes poseían las cuatro bestias; en este hijo del hombre se instaurará una nueva vida que haga posible el reinado de Dios en nuestro mundo, la instauración de una vida humana, la implantación y dominio de la razón sobre la fuerza y la sinrazón. Por eso, la Iglesia ha querido ver en la figura del “hijo del Hombre” el símbolo del Mesías, de Jesús, y en el Nuevo Testamento se constituirá en juez asistido por los ángeles y descrito con los rasgos el Anciano por Daniel. El hijo del hombre se constituye también en la esperanza del creyente como también lo será Jesús la mediación definitiva del Padre con los hombres y las mujeres. Y así los cristianos y cristianas somos llamados a ser testigos de Jesús, el verdadero Hijo del hombre, en medio de esta sociedad colmada de materialismo y secularizada que como en los tiempos de Daniel nos invita con insistencia a dejar de lado a Dios, a dejar de lado nuestra fe para entregarnos a los idolillos que ha creado y que pretende, como ellos, a que los cristianos y cristianas nos postremos y los adoremos.
SEGUNDA LECTURA DE LA SEGUNDA CARTA DE SAN PDEDRO 1, 16-19.- Leamos: “En efecto, no hemos sacado de fábulas o de teorías inventadas lo que les enseñamos sobre el poder y la vuelta de Cristo Jesús nuestro Señor. Al contrario, les hablamos porque nosotros contemplamos su majestad, cuando recibió de Dios Padre gloria y honra , y desde la magnífica Gloria llegó sobre él esta palabra tan singular: ‘Este es mi Hijo muy querido, éste es mí Elegido.’ Esta voz enviada del cielo, la oímos nosotros mismos cuando estábamos con él en el cerro santo. Por eso, creemos más firmemente en el mensaje de los profetas. Ustedes hacen bien al considerarlos como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que principie el día: entonces la Estrella de la mañana brillará en sus corazones.” El texto del autor de la Segunda Carta de Pedro es el mejor comentario de la Transfiguración del Señor Jesús. Empieza el autor subrayando la realidad del hecho y lo hace como testigo que ha “visto” (“contemplado” dice la traducción) y ha “oído”. Ha contemplado la grandeza de Jesús y a escuchado la voz del Padre, no sólo reconociendo en Jesús a su Hijo sino también dándolo honor y gloria, esto es reconociendo la victoria que iba a alcanzar. En la transfiguración Pedro constata el cumplimiento de las profecías y exhorta a escuchar la voz de los profetas, ellos hablan de Jesús, nos conducen hasta la luz de Jesús, que ha de iluminar nuestros corazones. Notemos que la insistencia de escuchar a los profetas, es también, el primer paso para escuchar al mismo Jesús, y eso es lo que también dice el Padre, que escuchemos a su Hijo. De este modo, la transfiguración es la manifestación o revelación de la gloria de Jesús, y es en consecuencia la confirmación de la fe que ha darse sólo a Jesús, y ningún modo a esas doctrinas llenas de apostasía que amenazan al Evangelio predicado por los Apóstoles y ahí radica la importancia el recuerdo del testimonio apostólico. ¿ Cuáles eran esas amenazas que dieron lugar a la afirmación del poder y de la gloria del Señor Jesús en la Transfiguración? Como hemos expresado al reflexionar sobre la Transfiguración, en las primeras comunidades cristianas se presentó el descanto y la impaciencia por la demora de la segunda venida del Señor Jesús (la parusía), y los enemigos del Camino de Jesús empezaron a correr la voz que esta segunda venida era un cuento, una invención (la misma voz que en todo tiempo y especialmente en estos tiempos de increencia y secularización se nos enrostran a los cristianos que hemos inventado toda la historia de Jesús contenida en los evangelios). A esta clase de enemigos y a las diatribas de los que no eran cristianos, y aun algunos de los mismos cristianos, sale decididamente a enfrentarse el autor de la Segunda carta de San Pedro, exhortando a los creyentes a mantenerse firmes en la esperanza de la fe, y poniendo como pruebas la transfiguración de Jesús y el Antiguo Testamento. Con el autor de la segunda carta de Pedro, reafirmamos que nuestra fe en Jesús no es fruto de cuentos o fábulas fantásticas ,sino la experiencia apostólica que se trasmite a todas las generaciones, fe que ya había sido anunciada por lo profetas, como lo hace entrever el Profeta Daniel en la primera lectura. Por eso, mismo la fe de Pedro y los apóstoles siguen siendo la luz que ilumina nuestro caminar de cristianos y cristianas de este siglo XXI.
EL EVANGELIO DE SAN MATEO 17, 1-9.- El texto que contiene la Transfiguración del Señor Jesús no hemos de leerla superficialmente, sino que tenemos que analizarla y reflexionarla para nuestra propia edificación y para dar el testimonio de fe como Pedro en la segunda lectura. Jesús, según Mateo 17, 1-9 se transfigura en el monte Tabor, si bien es cierto que en el evangelio y en la segunda carta de Pedro nos dicen escuetamente que es un cerro. Jesús después de la confesión de Pedro (Ver Mateo 16, 13-17) empezó mostrar la necesidad de anunciar de que el Hijo del hombre iba a ser condenado a muerte, así como su resurrección al tercer día (Ver Mateo 16, 21). Jesús constata que sus discípulos no entienden nada y esto se manifiesta en la actitud de Pedro (ver Mateo 16, 22-23) y decide revelarse como Dios verdadero en la carne de Jesús hecho hombre (del Hijo del hombre). Mateo subraya los rasgos apocalípticos. Jesús transfigurado aparece como el nuevo Moisés que viene a dar cumplimiento a la Ley y a los Profetas del Antiguo Testamento y se encuentra con Dios en un nuevo Sinaí en medio de la nube (“Entonces subió Moisés al monte, al cual cubrió en seguida una nube. La Gloria de Yavé sobre el Sinaí y la nube lo envolvió durante seis días” Exodo 24, 15-16); Jesús aparece con su rostro luminoso (“…y no sabía que la piel de su cara se había vuelto radiante por haber hablado con Yavé. Aarón y los hijos de Israel miraron a Moisés y vieron que su cara resplandecía; entonces sintieron miedo de acercarse a él” Éxodo 34, 29-30); Jesús aparece asistido de dos personajes que recibieron revelación en el Sinaí: Moisés y Elías (“Entonces se le dijo: sal fuera y permanece en el monte, esperando a Yavé; pues Yavé va a pasar” 1 Reyes 19,11) ellos personifican la Ley y los Profetas, a los que Jesús viene a dar cumplimiento. Los apóstoles estaban asombrados y en eso una voz celeste ordena que se le escuche a Jesús como el nuevo Moisés (ver Hebreos 3,1-17) y los apóstoles se postran, caen al suelo con gran temor. Terminada la transfiguración queda Jesús solo, esto quiere decir que él solo basta, queda como el doctor de la ley, perfecto y definitivo.
Mateo 17, 1-9 describe, pues, el rostro de Jesús resplandeciente como el sol, como expresión de la luz más intensa, como de los justos que brillan en el Reino del Padre. El fulgor del semblante y la claridad supernatural de las vestiduras como aviso y signo de una presencia eficaz. La nube luminosa manifiesta la intencionalidad de Mateo de poner de manifiesto que Jesús es la ley del nuevo Reino, y es a él a quien se debe escuchar. Todo el hecho de la transfiguración que leemos en Mateo 17, 2-3, es como si hubiera desatado al Dios que era realmente y que lo tenía velado en su humanidad. Su alma de hombre unida a la divinidad desborda en este estupendo y maravilloso momento e ilumina su cuerpo. Jesús levanta el velo que cubría su rostro y su fuerza interior desborda en su mirada, en su gesto, en sus vestidos y por eso, los tres apóstoles se sienten deslumbrados. Para los apóstoles, la Transfiguración confirmó su fe, y fue para ellos (como dice el autor de la segunda carta de Pedro) la luz que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero nazca en sus corazones; muchas cosas se han aclarado dentro de sus corazones y ahora entienden con mejor ánimo y esperanza el futuro: el destino de Jesús no es el fracaso ni la derrota, si muere no morirá del todo, resucitará. Los tres apóstoles han visto un trozo de su gloria (como un relámpago), ahora saben lo que su Maestro quiso decir, cuando les habló de su resurrección, será como sus ojos han visto.
Leamos el evangelio: “ Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los llevó a un cerro alto, lejos de todo- En presencia de ellos, Jesús cambió de aspecto: su cara brillaba como el sol y su ropa se puso resplandeciente como la luz. En ese momento se le aparecieron Moisés y Elías hablando con Jesús. Pedro tomó la palabra y dijo: ‘ Señor ¡ qué bueno que estemos aquí! Si quieres, voy a levantar aquí tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pedro estaba todavía hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube decía: ‘ Éste es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido; a él han de escuchar.’ Al oir la voz, los discípulos cayeron al suelo, llenos de gran temor. Jesús se acercó, les tocó y les dijo: ‘ Levántense, no teman.’ Ellos levantaron los ojos pero no vieron a nadie más que a Jesús. Y mientras bajaban del cerro, Jesús les ordenó: ‘ No hablen a nadie de lo que acaban de ver, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.’”
En la Transfiguración, Dios mismo resplandeció en el rostro de Jesús y los tres apóstoles vieron algo que nosotros sólo contemplaremos en el día final, cuando contemplemos a Jesús eternamente, descubriendo ese arco de fuego que ilumina y eleva más allá de lo humano su humanidad. Como hemos afirmado, la transfiguración fue un relámpago de la luz de la Resurrección, de la verdadera vida que a todos nos espera, de esa gracia de la que tanto hablamos y casi nunca comprendemos ni sentimos.
En esta fiesta de la Transfiguración del Señor Jesús, debemos pedirle al Padre que nos conceda del don de descubrir y contemplar la claridad de su rostro glorioso y vivificante en el rostro humilde y tan humano del Hijo del hombre, del Mesías de dolores. Que el Padre nos conceda el don de escuchar su palabra de vida y seguir su camino sin miedos, sin cobardías y aún en medios de pruebas y dificultades. Que nos conceda la gracia de ser fieles en anunciar a Jesús crucificado, que en nosotros los cristianos y cristianas todos los demás vean a Jesús transfigurado.
Pedirle al Padre la perseverancia en la oración, porque de esa oración sacaremos las fuerzas suficientes para poder enfrentar al mundo y ser capaces de construirlo, que en la oración tengamos presente el regalo que Jesús nos ha hecho, como lo hizo con Pedro, Santiago y Juan, para fortalecer nuestra fe y para enviarnos a compartir lo que en la oración, hemos vivido y experimentado, siempre mirando el rostro de Jesús.

 

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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