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LA VIÑA DEL SEÑOR

Este Domingo XXVII del Tiempo Ordinario Ciclo A continuamos escuchando las parábolas referidas a la viña, si las leemos y meditamos con suma atención veremos que estas parábolas que san Mateo sitúa al final de la vida de Jesús se refieren claramente a la incredulidad del pueblo de Israel, específicamente a los sacerdotes y ancianos. Es importante recordar que hace dos domingos Dios llamó a laborar en su viña desde el amanecer hasta entrada la tarde, y al recibir el pago, todos eran tratados por igual, aún los que habían llegado a la última hora, es decir, que los que no eran judíos eran tratados o equiparados con los primeros, los israelitas; el domingo pasado, el primer hijo, que representa a los gentiles no quiso ir a laborar a la viña, pero recapacitó y fue a laborar, y por este proceso de conversión y aceptación de la propuesta de Dios es alabado por encima del hijo bueno (Israel) que dijo sí y al final no fue a trabajar. Este domingo, Jesús nos habla de la parábola de los viñadores infieles que se portan alevosamente mal y sin miramientos de ninguna índole.

Veamos la génesis de la Viña del Señor para comprender la parábola de este domingo y lo que nos dice el profeta Isaías en la primera lectura, comencemos escuchando el Salmo 79, 9-10: “Sacaste, Señor, una vid de Egipto, expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste. Extendió sus sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el Gran Río”. Estos versos recuerdan el comienzo de la historia del pueblo de Israel, el nacimiento de una nación; un nacimiento que llenó de esperanza de vida, llenó de gritos de libertad cuando las tribus de Israel sometidas bajo la dura opresión de los egipcios, con Moisés a la cabeza, consiguen liberarse y escapan atravesando el mar y logran alcanzar y habitar una nueva tierra que es entregada a ellos y a sus descendientes. Todas esas tribus que salen de Egipto (que forman Israel), toman conciencia íntima que toda esa aventura e historia apasionante de libertad ha sido conducida por la fuerza maravillosa de Dios (Yahvé) que ama como ninguno la vida y la libertad. Y así, el pueblo de Israel es como una vid, como una viña que Dios mismo se trajo desde Egipto, y la transplantó a esa tierra nueva que se extendió por amplio territorio. Para los israelitas Yahvé será ya para siempre el Dios que los liberó, aquel que conduce y ama la libertad del pueblo, aquel que quiere que dentro de ese pueblo todo hombre y toda mujer pueda sentir el gozo de la esperanza, de la justicia, de la libertad y de la vida; con el devenir del tiempo primó la infidelidad y la traición a la Alianza pactada con Yahvé, con Dios.

¿Cómo recordaba Israel la génesis de su nacimiento como pueblo de Dios? El pueblo de Israel celebraba muchas fiestas a lo largo del año, una de estas era la de la vendimia, una fiesta muy popular donde los habitantes de Jerusalén y los forasteros salían a las calles y durante ocho días recordaban los 40 años que los antiguos israelitas caminaron por el desierto hasta su asentamiento en las tierras de Cannán, en donde la vid que había sido traída de Egipto echaría raíces, era la fiesta del vino y el gozo por la vendimia se traducía en el gozo de pertenecer al pueblo escogido. ¿En qué momento Isaías dirige las duras palabras de parte de Dios al pueblo elegido? Precisamente en una de estas fiestas de la vendimia, cuando todos celebraban el nuevo vino de sus propias viñas, Isaías canta las quejas de Dios contra el pueblo que había elegido, que lo había transplantado trayéndolo de Egipto y cuidándolo con amor, pero los resultados eran desastrosos de parte del pueblo: no hay derecho ni menos justicia. No sólo Dios se quejará, sino que a través de Isaías denuncia las lacras de la sociedad israelita: la ambición desmedida “juntan campo a campo” y se apropian sin dejar nada a los demás; la vida licenciosa y el desenfreno: “ buscan aguardiente y hasta entrada la noche continúan sus borracheras”; la venalidad de los jueces: “Y de los que perdonan al culpable por dinero y privan al justo de sus derechos”; el oscurecimiento de los valores y la confusión de ideas: “ Pobres de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce” (cf. Isaías 5, 9-21). Todas esas lacras que Dios denuncia, también las vemos en nuestros días, en esta opulenta sociedad del consumo y del libre mercado. ¿Dios se quedará callado y cruzado de brazos? Si hemos escuchado atentamente la primera lectura y la parábola de Jesús, Dios no se queda callado sino que actuará en el caso de Isaías con el destierro de toda la élite del pueblo, y Jesús mismo es el nuevo pueblo de Dios que reemplaza a Israel, es la piedra angular que desecharon los sabios y los arquitectos. Precisamente en la génesis del pueblo de Israel , habíamos expresado que Dios ama a su pueblo y además quiere intensamente que dentro del pueblo de Israel todo hombre y toda mujer puedan sentir que Dios los ama, puedan sentir también el gozo de la esperanza, de la justicia, de la libertad y de la vida. Justamente este será el pueblo de Jesús, el pueblo de los apóstoles, el pueblo de María y como quiere Dios, en ese pueblo, al que pertenecemos los cristianos y cristianas, aprendemos cuál es el proyecto de Dios sobre la humanidad, y qué clase de ser humano y de mundo desea Dios. Aprendemos también que el pueblo de Israel no podía ser el único llamado al camino que Dios quiere para todos los hombres y para todas las mujeres, no podían ser los únicos propietarios de la llamada de Dios. Los cristianos y cristianas somos hoy la viña del Señor; por eso, nuestra tarea es escuchar atentamente la palabra de Dios, no como una palabra de otros tiempos y para otros hombres y mujeres, sino palabras vivas y eficaces dirigidas a nosotros que somos la viña del Señor, el nuevo pueblo de Dios, donde Jesús es la piedra angular, el fundamento del nuevo pueblo, que es la verdadera vid que no falla, como él nos ha dicho: “ Yo soy la Vid verdadera, y mi Padre el viñador. Si alguna de mis ramas no produce frutos, él la corta; y limpia toda rama que produce fruto para que dé más.” (JUAN 15,1-2). Los cristianos y cristianas somos, pues, los sarmientos (las ramas) que por el bautismo hemos sido injertados en la persona de Jesús e incorporados a su misión; de Jesús venimos y por él somos enviados al mundo, para dar fruto y que éste fruto permanezca y no se malogre, porque sin Jesús no podemos hacer nada: “Mi Padre encuentra su gloria en esto: que ustedes produzcan mucho fruto, llegando a ser con esto mis auténticos discípulos. Por eso, lo decisivo y radical será producir frutos mirando a Jesús como fundamento de nuestra vida cristiana. Jesús, pues, es el punto clave y central en el nuevo pueblo, en el nuevo modo de plantear el cristiano y la cristiana, en definitiva el hombre sus relaciones con Dios. Por eso, la causa de Jesús se convierte en la causa de Dios, en el Reino de Dios. Un Jesús pobre, sencillo, rechazado y descalificado y muerto por los dueños del poder y de la religión oficial, y tras de Jesús un pueblo inmenso, los cristianos y cristianas que han tomado en serio, muy en serio lo del amor, el perdón, la justicia, la pobreza, la fraternidad y la solidaridad entre todos los seres humanos, entre toda la familia humana, y que se presentan ante el reto de dar frutos como pide Jesús de Nazareth, de trabajar por la causa de Jesús, por el Camino trazado en el Buena Nueva del Reino de Dios. Los cristianos y cristianas somos el nuevo Israel que no nace por el poder humano ni por la sangre común o por la raza ni condición social, aspectos o indicadores que no cuentan para nada cuando es entrar en el Reino de Dios. De ningún modo rechazamos al antiguo Israel (como bien lo dice Pablo) sino que en este nuevo Israel está contenido el antiguo y recibe con alegría la adhesión de nuevos pueblos, de nuevos hombres y mujeres para quienes Jesús de Nazareth va a ser la piedra angular.

Si decimos que somos la viña del Señor y que nuestro fundamento sine quanón es Jesús, el Hijo de Dios que anuncia y vive la Buena Nueva del Reino, debemos ser concientes, como hoy no los pide Jesús, que n uestra tarea es dar frutos y estar pendientes de lo que nos dice el Padre, y no olvidarnos nunca que el reproche, la queja a los primeros viñadores, al primer pueblo de Dios, es sobre todo la de no haber producido frutos (en vez de uva se dio agraces), ni siquiera fueron capaces de escuchar a los profetas y se mostraron hasta el final infieles a la Alianza. Dios, así como el antiguo Israel, ha alquilado su viña a un nuevo pueblo que somos los cristianos y cristianas y no debemos olvidar que debemos producir frutos a su debido tiempo, desde el aquí y el ahora hasta la venida final de Jesús, cuando entremos con él en la Gloria del Padre, en la vida eterna que junto a él gozaremos para siempre. Tampoco nos olvidemos que no es una tarea fácil ni mucho menos y ese será nuestro gran reto de construir el Reino de Dios al lado de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo. Una tarea que nos la fija Jesús con una mirada cuestionadora de las lacras (causas de una situación no querida por Dios) que el profeta Isaías lo detalla en el capítulo 5, versos 9 al 21 y que también se dan crudamente en el hoy de nuestras sociedades: aquellos que saben acomodarse en la realidad de cada sociedad sin otro interés que sus ambiciones de ganancia y usura, no importando el bien común; la corrupción política y económica tan avezada que campea a vista y paciencia de la justicia y de los controles, así como la degradación y manipulación de la administración de la justicia, en la expresión de Isaías: “y de los que perdonan al culpable por dinero y privan al justo de sus derechos”; la rampante amoralidad que vive groseramente el ser humano y que se expresa en aquellos que “llaman bien al mal y mal al bien”; la arrogancia de los poderosos de este mundo y también de los líderes que dejan de lado a Dios y lo desafían: “¡Rápido! Que Yahvé termine pronto su obra para que la veamos. ¡Que venga! y se cumplan los planes del Santo de Israel para que los conozcamos”. La tarea está fijada y los cristianos y cristianas tenemos que hacer la justicia que Dios espera. Y es que la palabra de Dios es exigente y denuncia ese estado de cosas que vivimos como contraria a los deseos de Dios, esas situaciones injustas que viven los hombres y mujeres que no han superado su estandar de vida y viven en pobreza y en pobreza extrema; denuncia un sistema de vida que produce no un fruto bueno sino “agrazones” y marginación social, aunque el progreso y la riqueza de unos cuantos quiera esconderlos y lo que es peor: negarlos. Dios nuestro Padre lo que nos promete y anuncia es un orden nuevo, construido sobre Jesús, la piedra angular desechada por los artífices del orden viejo, que como el mismo Jesús nos dice en la parábola de este domingo, que fue arrojado fuera de Jerusalén y marginado hasta la muerte por las autoridades de Israel. Como pueblo nuevo de Jesús y del Padre, partícipes de la renovación anunciada por el evangelio no sólo nos conformaremos con un cambio integral y personal, sino que todos como comunidad debemos esforzarnos para renovar la faz de la tierra(aunque esto suene muchas veces utópico) para sustituir las bases de la vieja sociedad que aún pervive en el mundo.

PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 5,1-7.- El canto que vamos a leer es, según los entendidos, una de las piezas líricas más hermosas de la Biblia. Isaías canta el amor de Dios a su pueblo, que es la viña de su cuidado, de sus trabajos, de sus esperanzas y desengaños: “Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña. Mi amigo tenía una viña en un fértil collado. La entrecavó, quito las piedras y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar. Esperaba que diese uvas, peri dio agrazones. Ahora habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿ Qué más podía hacer yo por mi viña que no lo hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones? Pues os hago saber lo que haré con mi viña: quitar su valla y que sirva de leña, derruir su tapia y que sea pisoteada. La convertiré en un erial: no la podarán ni la escardarán, allí crecerán zarzas y cardo, prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella. La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido. Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos.”

Al referirnos a la viña del Señor, decíamos, que Isaías canta este poema en una de las fiestas denominada de la vendimia o de la cosecha de los frutos de la vid, y precisamente la compone para denunciar en medio de la fiesta la sinrazón de la fiesta, para decirles que no hubo cosecha de justicia sino de crímenes y lamentos. En un auditorio de personas tan grande y lleno de alegría, y eso es una fiesta, a Isaías lo escuchan encantados y asienten con algazara la acción de Dios sobre la viña. Con palabras llenas de solicitud, el poema nos presenta al dueño de la viña que se prodiga en cuidados, cava en torno a ella, construye un mirador, quita las piedras, planta buenas vides (cepas) y cava un lagar para obtener el vino. Este hombre ama su viña y espera que produzca buenas uvas en cambio recibe uvas agrias (agrazones). Isaías hace que este auditorio de oyentes se sienta interpelado y que mude su alegría en tristeza y remordimiento cuando les invita a que hagan de jueces: “¿Qué más podía haber hecho yo por mi viña que no lo hubiera hecho? El dueño que es al mismo tiempo el acusador informa a sus oyentes que él ha cumplido todos sus deberes y cabalmente, pero ante los resultados se siente defraudado, desilusionado, y entreve la sanción: no la destruye, sino que la deja a su suerte, sin preocuparse, sin defenderla, sin amarla que es la peor de las sanciones. Pero veamos el texto para poder interpretarlo: “ La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido. Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangra derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamento.” El amigo del profeta es el mismo Dios; la viña es el pueblo de Israel y de Judá. El pueblo que es juez pasa al banquillo de los acusados, no es posible haberse dedicado a derramar sangre inocente en vez de practicar la justicia, de defender lo que es justo. Isaías, pues, hace comprender al pueblo de Israel que Dios lo ha cuidado, lo ha tratado con especial amor, se ha preocupado de su crecimiento y, sin embargo, el pueblo no ha correspondido a tal amor. No ha sido fiel. En cambio, Dios fue siempre fiel a sus promesas y más nunca ha dejado abandonado ni defraudado a un justo. A pesar, de que el pueblo de Israel ha sido tratado como un hijo, a pesar de que ha sido liberado, a pesar de que Dios lo ha escogido como pueblo suyo, Israel no ha producido frutos de salvación sino de asesinatos y llantos. La viña podrá desaparecer, pero siempre queda un resquicio de esperanza, un paso a la conversión y a la vuelta a Dios que nos espera siempre y no nos ha abandonado sino que nos ha dado como salvación, como verdadera vid a su propio Hijo.

SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS FILIPENSES 4,6-9. “ Hermanos: Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.”
Dios, como hemos visto en la primera lectura, se había decepcionado y desilusionado por la actitud del pueblo de Israel, especialmente de los sacerdotes, ancianos y fariseos que quieren saber más que el mismo Dios, así también algunos cristianos y cristianas en vez de adorarle y alabarle corren tras dioses extraños que pululan alrededor de cada una de las comunidades cristianas y Pablo se da cuenta de ese trasiego de los cristianos hacia las cosas vanas y por eso, nos advierte: “ Y ése es mi temor: la serpiente que sedujo a Eva con su astucia podría pervertirlos a ustedes también, y que sus mentes dejen de buscar sincera y santamente a Cristo” (2 CORINTIOS 11,3). La sanción de Dios dada al pueblo de Israel en el canto de Isaías, no era la total destrucción, había quedado una esperanza, la esperanza de la conversión predicada por Jesús el fundamento o la piedra angular del nuevo pueblo, lo mismo que de la Sinagoga (el Antiguo Testamento) quedó un resto fiel y santo, como expresa el apóstol: “Del mismo modo, ahora queda un resto en Israel, y éstos fueron escogidos por gracia de Dios” así también subsistirá para siempre y en mayor número el resto santo formado por María , los Apóstoles, los santos y la Iglesia de los verdaderos cristianos, y ciertamente el Apóstol Pablo se considera parte de ese resto santo, y en la segunda lectura de este domingo, nos ofrece la descripción de los sentimientos que deben reinar en las comunidades cristianas, que a pesar de las duras pruebas, las vicisitudes que pone el mundo y los poderosos del mundo que la tratan de acallar y silenciar, y como hoy vemos en algunos países del mundo una persecución sistemática, es en esas pruebas donde debe primar o dominar “la paz de Dios que sobrepasa todo juicio”. La promesa que nos da Pablo fundada en la promesa de Jesús es que “El Dios de la paz estará con vosotros” y por lógica consecuencia se reconocerá al verdadero cristiano por es paz que reina en él. Por eso, Pablo exige a los integrantes de la comunidad de Filipos, y a nosotros los cristianos y cristianas que formamos parte de las comunidades cristianas, especialmente en las parroquias, a volver siempre nuestros ojos sobre todos los valores positivos del mensaje cristiano y que él los ha propuesto en nombre de Jesús; no sólo como una propuesta teórica sino la concreción de esos valores en la propia vida: “ todo lo que es verdadero, noble, justo, puro amable, laudable, todo lo que es virtud, téngalo por suyo” y no sólo eso, sino en coherencia con las enseñanzas y exigencias de Jesús todo “lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mi, llevadlo a la práctica” y ese “ Téngalo por suyo” y “llévenlo a la práctica son como los elementos decisivos de los que depende la presencia del Dios de la paz en la comunidad cristiana.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 21,33-43.- La parábola de Jesús también se refiere a la viña. Los destinatarios de la parábola son los sumos sacerdotes, los ancianos y los guías de Israel y quienes lo entienden demasiado bien que va dirigida a ellos. Es una parábola que resume la historia de Israel y a la vez es profecía certera del hecho dramático de la entrega del Hijo de Dios a la muerte y una muerte en cruz. Por eso, el evangelio de Mateo ya lee la imagen de la viña del Señor desde el acontecimiento de Jesús, y la reelabora con la vista puesta en el rechazo de Jesús por parte de los sacerdotes, ancianos y los fariseos. La obstinación, la incredulidad. Como veremos, es la historia dramática del rechazo del pueblo elegido a la llamada que Dios le ha hecho, y que Israel tenía a su cargo la viña de Dios, y no ha querido dar el fruto que Dios le pedía por medio de los profetas, y ha llegado hasta matar al Hijo de Dios; por eso, Dios da la sentencia: la viña se dará a un nuevo pueblo que produzca sus frutos.
“ En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos: ‘Escuchad otra parábola: había un propietario que plantó una viña, la rodeo con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unas labradores y se marchó lejos.” Como el domingo pasado, Jesús usa la imagen de la viña para referirse al pueblo de Dios, al Reino de los Cielos. Jesús aplica magistralmente el poema de Isaías 5, 1-7 de la primera lectura a la situación en la que le toca vivir: la incredulidad y la testarudez de las autoridades del pueblo judío respecto al Mesías de Dios, y mediante esta parábola denuncia que Dios sigue desilusionado porque tampoco ahora puede disfrutar de los frutos de su viña, y señala quienes son los responsables de esta situación: los labradores a los que el dueño arrendó la viña, es decir, los sacerdotes y ancianos, la misión de estos guías del pueblo era trabajar para que el pueblo de Israel diera fruto que corresponde como pueblo de Dios: la justicia y el derecho, el amor a Dios y el amor al prójimo. Es una parábola en toda la extensión de la palabra y que está tomada de la realidad que se vivía en tiempos de Jesús. El detalle del amo que arrienda la viña a unos labradores y se va muy lejos era algo normal, y es que muchos terrenos de Palestina pertenecían a latifundistas extranjeros. También las viñas comenzaban a dar frutos al tercer año, y la renta o alquiler se cobraba a partir del quinto año.
“Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondía. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo.” Como decíamos la renta o alquiler se cobraba a partir del quinto año según la ley: “ … plante toda clase de árboles frutales, consideren impuros sus frutos por tres años, durante ese período no se podrán comer. Al cuarto año todos sus frutos serán consagrados en fiesta alegre en honor de Yavé, El quinto año podrán comer los frutos y almacenar para guardarlos. Yo soy Yavé, Dios de ustedes.” (LEVÍTICO 19,23.24). En la Palestina del tiempo de Jesús se vivían tiempos difíciles, y a causa de que numerosos latifundios estaban en manos de extranjeros, es posible el comportamiento de los arrendatarios (labradores), especialmente del grupo de los Zelotes que alimentaban el odio hacia los propietarios extranjeros. En esta situación es factible que la exigencia de las rentas o alquileres ocasionarán palizas e incluso muertes. Ahora bien, y volviendo a la parábola, vemos que los malos tratos se dan a los primeros y segundos enviados y ese maltrato va en aumento, lo que indica que las relaciones del pueblo con Dios son cada vez peores, es decir, rechazan radicalmente a Dios que habla por medio de sus profetas (los primeros y segundo enviados) y lo harán con Jesús el Mesías de Dios, especialmente los sacerdotes, ancianos y fariseos. Los profetas en Israel tuvieron trágico fin; a Amós lo mataron a mazazos, Miqueas fue arrojado a un precipicio, Isaías aserrado en dos, Jeremías, lapidado en Egipto; Ezequiel muerto en Babilonia, Zacarías muere despedazado y el último había sido Juan el Bautista. Maltratar, apedrear, matar a los enviados es fiel reflejo de la pretensión del hombre que quiere construir su vida por sí mismo, desde sí mismo y para sí mismo, con una autonomía absoluta y total, eliminando toda injerencia exterior, incluso a Dios. ¿Un ejemplo? Frederich Niztzsche, según su pensamiento, el mayor acontecimiento de los tiempos modernos es que “Dios ha muerto”. Dios no existe. No ha existido nunca. En cualquier caso, dice, los hombres estamos solos para construir nuestro futuro.
“ Por último les mando a su hijo, diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’”. Pareciera que el propietario fuera un hombre ingenuo o un inconsciente al exponer a un grave peligro a su propio hijo, después de la muerte de los numerosos criados. No es así, y es que se trata de Dios, que cuando entra en acción pone en crisis todos los paradigmas humanos de comportamiento, haciendo saltar los criterios de racionalidad y de prudencia. El envío del hijo es el punto central del texto. Jesús propone esta parábola a escasos días de ser crucificado, Israel con sus autoridades religiosas está ante el último enviado del Padre. Si no lo acogen les será quitado el reino. Por eso, Jesús hace los últimos intentos para que crean en él, en su misión y en su mensaje, aunque es conciente de que no tendrá mejor suerte que los profetas.

“ Pero los labradores , al ver al hijo, se dijeron: `Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’”. Esta es y ha sido la intención y la pretensión de los incrédulos y de los ateos, como dirá Nietzche: “¿Dónde está Dios? Yo os lo voy a decir. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todo somos sus asesinos!”. Y eso es lo que también proclama el mundo que sólo cree en el progreso material y de la ciencia, nos han dicho de una y mil manera que hay que matar a Dios para que nazca el verdadero hombre. Una vez más se repite la actitud de los labradores o viñadores: “Venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. No sólo se está intentando “matar y acallar” a Dios, sino también la muerte del mismo ser humano, ahí tenemos a los psicologistas que lejos de hacer surgir a un ser humano más sano y maduro, parace originar nuevos síndromes, nuevas neurosis, frustraciones que duelen en el alma y una incapacidad profunda para poder amar de verdad y en comunión. Este hombre del siglo XXI tan lleno de sí y tan lleno de frustraciones y el sin sentido de su vida, amenazado por una autodestrucción ¿ no está acaso necesitando más que nunca la presencia bondadosa y amable de Dios? Y nosotros los cristianos y cristianas que creemos y afirmamos su existencia, su presencia en medio de nosotros, su amor misericordioso, ¿ estaremos siendo capaces de mostrar y más poder encontrar a Dios que es el único que puede hacer al ser humano más responsable, más libre, más solidario, más justo y más humano?
“ Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron” En primer lugar, prefigura la muerte de Jesús fuera de las murallas de Jerusalén. La muerte del hijo es un asesinato consciente y premeditado con saña y alevosía. Con ella el enfrentamiento con el propietario (Dios) y los labradores llega a su punto culminante. En segundo lugar, el complot de los dirigentes religiosos se basa en motivos blasfemos, quieren matar a Jesús porque saben que él proclama una fe universal, con lo cual les arrebata a ellos el monopolio de Dios, sobre lo que han construido su poder económico y político. Quieren ser ellos los únicos dueños y señores de la viña. Las autoridades religiosas mataron efectivamente al Hijo de Dios, no podían soportarlo, creyeron que así acallarían para siempre aquella voz que les hacía sentirse profundamente incómodos y pone al descubierto sus engaños. No pudieron matarlo definitivamente, la voz de Jesús quedó flotando en el ambiente del mundo y aún no se ha callado, a pesar de las gritas del mundo para volver a matar al Hijo y borrar el rostro y la imagen de Dios de la faz de la tierra, quieren convencer al hombre y a la mujer que ellos son los únicos y el verdadero dios, dueños de su destino, hacedores de su propia vida, y para conseguir todo esto, es necesario desterrar a Dios de la vida y la existencia humana. ¿Qué ha logrado el mundo con esa actitud? Nada, absolutamente nada en cuanto a dignidad, verdadera libertad, justicia para todos, verdadera fraternidad entre los seres humanos, la paz que sólo Dios la da verdaderamente.
“Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: -‘ Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.” No habrá muerte de los malvados, como pensaban los labradores, sino que el mismo dueño de la viña, es decir, Dios vendría personalmente para confiar su viña a otros arrendatarios. Por eso, los autoridades religiosas, no podían seguir considerándose los elegidos de Dios. Elegidos serán aquellos que perteneciendo o no al pueblote de Israel, sigan el camino y los mandatos de Dios, es decir, den fruto a su tiempo. Y así, son elegidos de Dios los hijos del pueblo judío como son María, nuestra madre y la madre de Jesús, los apóstoles y el mismo Jesús. Y lo son también los hombres y las mujeres de todos los tiempos y lugares que han comprendido cuál es el fruto que Dios quiere y se han esforzado en darlo, se trata en definitiva de dar fruto.
“Y Jesús les dice: ‘ ¿ No habéis leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente`”. Jesús cita al Salmo 118,22-23. Es una clara alusión a la resurrección, y es que según la costumbre el encargado de la construcción daba su aprobación a cada uno de los sillares o piedras destinados a una casa, los defectuosos eran desechados. La piedra que los dirigentes religiosos desechan ahora (a Jesús) será la que fundamente la nueva edificación, es decir, el nuevo pueblo de Dios. Jesús se opone a los sacerdotes que habían hecho del culto su fuente de ingresos y un centro de comercio una “cueva de ladrones”; Jesús cuestionó a los fariseos y letrados que eran seglares piadores y cultos, que eran moralistas por antonomasia que habían creado un sistema complicado de observaciones y leyes humanas que anulaban la ley de Dios. Por eso, la piedra (Jesús) que los arquitectos del sistema judío rechazaron abiertamente es ahora para nosotros la piedra angula, clave de la bóveda que da cohesión y fuerza a las relaciones de los seres humanos con Dios y de los seres humanos entre sí.
“ Por eso, os digo que se os quitarán a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Dios no va a destruir a su pueblo, como parecía anunciar Isaías. Pero va a ofrecer a otro pueblo la posibilidad de realizar su proyecto, el Reino de Dios. De este modo, la viña ya no es sólo Israel sino toda la humanidad y pasara a esas manos a todos. Esto es algo inconcebible para los judíos, y es que siempre a pesar de sus infidelidades y de los castigos permanecía como pueblo elegido. La parábola pasa de la viña al reino de Dios, que es más universal. El nuevo pueblo de Dios estará formado por todos los que den su adhesión firme a Jesús y se pongan de su parte, y más se espera lo que se esperó del Israel; que dé fruto a su debido tiempo Ese pueblo somos nosotros los cristianos y cristianas. Y el fruto que el Padre espera es todo aquello que contribuye a ir transformado este mundo hasta poder convertirlo en un mundo de hermanos (la familia humana) donde reine la justicia, la libertad, la verdadera liberación de los pueblos, la igualdad, la paz, la vida, el amor y la fraternidad. Por eso, la Iglesia debe dar fruto. Nunca puede quedarse encerrada en cuatro paredes, en una sacristía, no puede encerrarse en sí mismo. La verdad y el amor que Jesús ha sembrado en ella debe difundirse con bríos y alegría, debe comunicarse abiertamente, debe ayudar e iluminar el camino y ser portadora de esperanza para toda la humanidad, no deberá importar las pruebas y dificultades, las resistencias abiertas y sutiles del mundo y de los poderosos del mundo hacia los valores del evangelio y del mismo Jesús, nuestra piedra angular.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

 

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