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LA VOLUNTAD DE DIOS

Estos domingos, Jesús no está hablando, como siempre, en parábolas, que es su lenguaje, su medio de comunicación por excelencia cuando nos quiere explicar con detenimiento lo que es el Reino de Dios y lo que comporta la Buena Nueva (el Evangelio) del Reino del Padre. Si observamos bien, las parábolas de los otros domingos, como el de la viña, se refieren al paso del antiguo pueblo de Israel al nuevo pueblo de Dios; en la parábola de este domingo con una comparación incisiva, Jesús, se dirige a los judíos representados en los sacerdotes y ancianos para mostrarles su incredulidad ante la Buena Nueva que predica y pregona en todos los recodos de los caminos y en las ciudades de Israel. Esta oarábola, es quizá la más clara, elemental, sencilla, evidente, de todas las que Jesús explica en el evangelio. ¿Por qué? Porque Jesús después de la parábola explica su significado: el pueblo escogido por Dios, a pesar de haberse comprometido fervientemente a cumplir con la alianza, en la hora decisiva ha sido infiel, es decir, no ha cumplido la voluntad de Dios; en cambio, los que aparecían como marginales y alejados de Dios son los que se han sentido tocados y transformados por la llamada de Jesús y han respondido inmediatamente a la Buena Nueva y entran a formar parte del Reino.

¿Cuál es la voluntad del Padre? ¿Cómo entender lo que él mismo Jesús nos interpela: “Quién de los dos hizo lo que quería el padre”? Recordemos, que el tema de la voluntad de Dios ocupa el lugar central en la vida de Jesús y por lógica y coherencia de discípulos y discípulas debe ocupar también el centro de nuestra vida cristiana.
Si leemos y releemos los evangelios, especialmente el evangelio de Juan, Jesús concibe a Dios (su Padre) como alguien personal, un amor inteligente y libre, al que atribuye una voluntad concreta sobre sí mismo y sobre el mundo, para Jesús, él viene del mismo Padre y él es su enviado y hacer su voluntad, es decir, realizar el deseo del Padre es para Jesús su pasión dinamizadora y el centro de su vida. La voluntad de Dios (el deseo del Padre) no se puede confundir con nuestras concepciones que tenemos sobre él, ni pensar que sus deseos son nuestros deseos; como Jesús nos enseña y muestra, el Padre nos ama y nosotros tenemos que abrirnos a él, acogerlo, y verlo como quien actúa con plena libertad sobre cada uno de nosotros, es decir, creemos firmemente que sobre nosotros existe un Amor y una Voluntad histórica concreta y nunca una imposición a raja tabla. Veamos como expresa Jesús esa pasión dinamizadora y envolvente respecto al Padre: “Jesús les dijo: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra’” (JUAN 4,34); “Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta; para juzgar, escucho (al Padre), así mi juicio es recto, porque no busco mi voluntad, sino la de Aquel que me envió” (JUAN 5,30); “El les contestó: ‘Y porqué me buscaban? ¿No saben que tengo que estar donde mi Padre?`” (LUCAS 2,49); “Y mirando a los que estaban sentados en torno a él, dijo: ‘Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.’” (MARCOS 3,34-35); “No basta con que me digan: Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos, sino que hay que hacer la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (MATEO 7,21); “Venga tu reino. Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo” (MATEO 6,10): “Decía: ‘Abbá, o sea Padre; para ti todo es posible; aparta de mí esta copa. Pero no: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.” (MARCOS 14,36). Lo que Jesús nos habla, y esto porque viene de Dios y es enviado por él con una misión adosada a una voluntad a la que será radicalmente obediente hasta la muerte en la cruz, es que el Padre tiene un gran sueño, un gran deseo sobre el mundo y sobre nosotros, y él (Jesús) es el garante e intérprete eximio de ese deseo, y lo más maravilloso es que lo hace respetando nuestra libertad, aunque eso parezca contradictorio a los ojos del mundo y de los sabios del mundo (aquí como que se hace patente la parábola de este domingo: la llamada del Padre a laborar por el Reino y las dos respuestas de los hijos que expresan su entera libertad ante Dios). Jesús mismo, y esta es la excelente noticia para todos los cristianos y cristianas y para todo el mundo, decíamos, Jesús mismo se sintió radicalmente unido a Dios, disponible enteramente y obediente al sueño de su Padre, que no fue una enajenación (como suponen los sabios y la sabiduría del mundo), sino todo lo contrario, su unión amorosa y obediente en el Amor función en Jesús como despliegue máximo de su libertad.

Y precisamente toda relación humana es un encuentro con el otro que es o favorable o desfavorable; para los cristianos y cristianas, Jesús es el paradigma del encuentro con un Tú como realidad de gracia, como descubrimiento y despliegue de la propia libertad. Como cada uno de nosotros, Jesús vive inmerso en un tú cultural que le moldea y del que recibe mensajes mezclados: unos buenos; otros no tanto y otros perversos, y dentro de este contexto, Dios se le aparece como Padre y como Reino, y es tal su identificación con ese Amor y con el proyecto del Padre (su deseo para la humanidad que se explicita en un mundo como familia humana, y como Reino de inclusión y no exclusión), que él mismo (Jesús) no derivará su libertad, su palabra y su acción de si mismo, sino de la libertad de su Padre, de lo que ha visto y oído en la comunión con él de su voluntad salvadora, con la que se siente identificado y en la que se unirá históricamente. Y así, el amor con que Dios ama al mundo pasará a ser su propio amor y la libertad y voluntad de Dios, su propia libertad y voluntad, en otras palabras, Jesús se implica totalmente en el deseo de salvación del mundo que lo lleva hasta dar su vida por todos, por su fe y por su obediencia a Dios, su Padre. Precisamente, Jesús, vinculó totalmente la voluntad de Dios sobre su vida a la implicación de todas sus energías en el anuncio y la llegada del Reino no para unos cuantos (el pueblo de Israel) sino para todos, por eso, en el Reino tendrán parte todos los excluidos de la vida (lo cojos, los ciegos, los lisiados, los muertos) y todos los excluidos del amor (publicanos, prostitutas, gente de mal vivir). Los cristianos y cristianas seremos hipócritas, como los sacerdotes, ancianos y fariseos, si decimos cumplir la voluntad de Dios, sino incluimos a todos, sino estamos disponibles para un Reino de la inclusión. Esa voluntad de Dios sobre nosotros está fuera de duda, como hoy lo vemos en el evangelio. Dios nos quiere y ese es su deseo, que estemos al servicio de su proyecto de salvación para todos. En esta tarea no es que estemos exentos del sufrimiento, del dolor, de las dificultades, pero tenemos que convenir como premisa fundamental que Dios no quiere el mal, ni el sufrimiento, ni siquiera lo permite, sino que el mismo Dios esta con nosotros y enfrenta con nosotros el mal y el sufrimiento que producen, no su voluntad, sino las limitaciones del mundo físico y de la perversión de la libertad humana. Por eso, antes de tener miedo a la libertad de Dios sobre nosotros, debemos convenir que la fidelidad a Dios está más en la búsqueda continua de la voluntad de Dios, ¿cómo así? una adhesión y una fidelidad hecha de apertura y disponibilidad a él (como la del primer hijo que dice no, pero que va a trabajar por el Reino) de oración, de dedicación al Reino, de diálogo fraterno, de una mirada compasiva hacia el mundo.

De cara a la parábola de este domingo, es claro que entendemos cuál es la voluntad de Dios y quiénes se adhieren o la cumplen. Lo que Dios nos pide no es dirigirle plegarias y oraciones, sino realizar su voluntad cuidando de su pueblo. Que seamos cristianos y cristianas no sólo de palabras sino de obras y que estemos al servicio del Reino desde una libertad de hijos de Dios. ¿Cómo hemos respondido ante las llamadas del Padre cuando solicitó nuestra colaboración para construir su Reino? ¿Con palabras vacías o con la efectividad de las obras, especialmente las obras de misericordia? Debemos convenir que nuestra respuesta no se ha dado en lo que Dios quiere, y es que ante el miedo que sentimos del mundo y de su aplastante poder, lleno muchas veces de corrupción y perversión, los cristianos y cristianas nos parecemos al segundo hijo que dice sí, pero luego no cumple lo que Dios le pide. Los cristianos y cristianas no debemos olvidar nunca que Dios nos llama a trabajar y laborar en la viña, una viña que es el mundo, Dios quiere, ese es su deseo más íntimo que seamos, como hemos dicho, la familia humana sin exclusión de nadie y en esa viña comprobamos dolorosamente que hay mucho que hacer: el hambre que sufren millones de seres humanos, la explotación rampante y asolapada que produce la sociedad de consumo y el mercantilismo, la violencia que se instaura cada vez más en nuestras sociedades y pueblos, la falta de trabajo que esté debidamente amparado por las leyes, la droga que se ha convertido en algo cotidiano y que golpea salvajemente a los niños y a los jóvenes. El hambre, la injusticia, la explotación, la violencia, la trata, la falta de trabajo, las drogas no son queridas por Dios, y ninguna de ellas existe por voluntad de Dios. La tentación es grande para los cristianos y cristianas ante el llamado de Dios, decir sí sólo con los labios y no trabajar por el Reino y ni mucho menos trabajar por los más pobres, los marginados y los despreciados por este mundo lleno de oropeles y de ídolos del placer y del fáscinum.

Y desde de la mirada hacia lo que nos falta realizar en el proyecto de Dios, comprendemos, que lo que quiere él sobre el mundo y sobre nosotros, debe funcionar, hacerse y experimentarse en clave de Buena Noticia que produce alegría y acción, semejante a las parábolas del tesoro escondido y la perla fina y que Dios quiere que estemos al servicio de la salvación de todos con esa alegría y acción que nos moviliza hacia el Reino. Por lo mismo, la voluntad de Dios (lo que él quiere) no la encontraremos en la Ley, sino en la escucha y fidelidad al Espíritu que está dentro de nosotros. Ese Espíritu prometido por Jesús para que sea su memoria viva y su imaginación creadora en nuestro corazón. Y sin lugar a dudas, el Espíritu es el único lugar del encuentro con la voluntad de Dios, y ese mismo Espíritu invadió a Jesús y gracias a él pudo saber qué quería el Padre para el mundo y para su propia vida. Pero maravillosamente Jesús se encarnó en la marginalidad, en el humus, y desde ese ámbito se hizo salvador universal. El mismo Jesús afirma que su misión hacia las periferias del mundo está provocada por el Espíritu: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por el que me consagró. Me envió a traer la Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos su libertad y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos y a proclamar el año de la gracia del Señor.” (LUCAS 4,18-19). Entonces, también a los marginales y olvidados y más a los pecadores, Dios los llama a la conversión, como al primer hijo de la parábola y a laborar con máxima dedicación en su viña.

PRIMERA LECTURA DE LA PROFECÍA DE EZEQUIEL 18,25-28.- “Así dice el Señor: ‘Comentáis: No es justo el proceder del Señor’. Escuchad, casa de Israel ¿es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere en ella, se condena por su propia maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos, ciertamente vivirá y no morirá.” El pueblo de Israel vivía en tiempos de exilio y de dura prueba por el año 597, Ezequiel como muchos del pueblo fueron deportados a Babilonia y se instalaron en las juderías, y sufrieron las burlas de los babilonios; en ese tiempo de dura prueba los cautivos judíos aprendieron a meditar sobre los castigos de que eran objeto por parte de los opresores y a cantar con salmos llenos de añoranza por la tierra abandonada, como lo expresa magníficamente el Salmo 137: “Al borde de los canales que pasan por Babilonia, nos sentábamos llorando al recordar a Sión. En los sauces que allí crecen, habíamos colgado nuestras arpas. Fue entonces cuando nuestros vencedores nos pedían canciones y nuestros opresores un canto de alegría…¿Cómo íbamos nosotros a cantar canciones del Señor en un suelo extranjero? Si me olvido de ti, Jerusalén, que se paralice mi mano derecha. Que mi lengua se pegue al paladar si de ti no me acuerdo..” Estos lamentos y quejas de los judíos por su suerte y por lo que significaba la justicia de Dios, los escucha el profeta Ezequiel, como que el pueblo no acepta que sean castigados por los pecados que cometieron sus padres (como lo explicaba la teología tradicional judía). Por eso, Ezequiel les dice que no es cierto que Dios castigue por los pecados de sus padres, y sin anular el principio de la responsabilidad colectiva, Ezequiel desarrolla el principio de la responsabilidad personal que supone un avance fenomenal en la teología, porque Dios juzgará a cada uno según su proceder. El hombre siempre será dueño de su destino, en esa libertad que Dios le da, y por eso mismo podrá escoger entre el bien y el mal, entre la muerte y la vida, pero todo depende de él; rompiendo esa cadena del pasado (la concepción de la teología tradicional judía), ya que Dios no quiere la muerte de nadie, por eso, afirma por medio de Ezequiel: “ Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, vivirá y no morirá”. Pero para obtener la vida no bastan los actos aislados, es necesaria una actitud firme y decidida, tal como lo expresan los versos 26-28 de este texto de Ezequiel. ¿Qué significa este nuevo principio? Que cada uno es responsable de su propio destino, es decir, cada uno es dueño de sus actos y cada uno debe dar su respuesta última a Dios y no hay escapatoria posible, esto es lo mismo que nos dice Jesús en el evangelio de este domingo. Ciertamente con esta responsabilidad personal no se destruye la comunidad, ella mas bien favorece, ayuda, estimula y potencia las posibilidades de esa respuesta personal que se da a Dios y es más, la única forma de salvar la vida es cumplir los preceptos y mandatos, eso que se llama la práctica de la justicia y el derecho. Dios no es injusto, sino que su don (gracia) es tan envolvente y maravilloso que quien lo recibe no tiene más remedio de pedir perdón y convertirse, ya que él es quien ha pecado, y por lo mismo, no podemos excusarnos de nuestra propia maldad culpando a los otros. Dios no juzga al individuo, sino que mira siempre su justicia o su injusticia personales; por eso mismo, Dios no quiere la muerte ni el castigo, sino que vivamos y entremos a formar parte del Reino del Padre. Y la Buena Nueva de Jesús se destina a hacer realidad el proyecto de Dios, y dentro de ese horizonte, el hombre y la mujer no cuentan más que con su conversión para que se cumpla este designio (deseo, sueño) de Dios. Ezequiel y Jesús nos llaman a la responsabilidad personal de cada uno ante el bien y el mal: la responsabilidad de nuestra vida la tenemos nosotros (no tenemos escapatoria). Jesús, en la parábola de los dos hijos también nos pone ante la decisión personal: aquel que elige el camino del mal entra él mismo en la esfera de la muerte; el que opta por el camino del bien, entra en la esfera de la vida. Por eso, el cristiano debe tener decisiones personales, aprendiendo a ser responsables de sus actos, aunque sea contra corriente del mundo y sus apetencias.

SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE PABLO A LOS FILIPENSES 2,1-11.- “ Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.” Pablo está en la cárcel, cuando escribe la carta a los filipenses, ya compareció ante el tribunal, pero no es seguro si lo pondrán en libertad o lo condenarán a muerte; en este trance, Pablo que es juzgado por ser cristiano, pide con entereza y autoridad a los filipenses que den testimonio de su ser cristianos con dos acepciones o conceptos fundamentales: la concordia y el amor. Como no podía ser de otro modo, también en la comunidad de Filipos, el egoísmo, la envidia, las rivalidades y especialmente la presunción u ostentación se habían disparado y comenzaban a causar estragos en esa comunidad, y como pasa también en muchas de nuestras comunidades cristianas, ese modo de actuar se estaba convirtiendo en un antisigno escandaloso a vista de los que no eran cristianos: por eso, Pablo les pide con exigencia y mirando a Jesús, que superen sus propios intereses y se abran con sencillez a los demás. Ser como Jesús, les dice Pablo (como nos dice también a nosotros los cristianos y cristianas del siglo XXI), que siendo Dios, se hizo hombre (tomó la condición de esclavo), y es que Jesús al buscar el interés de los demás (de todos nosotros y de la misma humanidad) se despojó de su rango, y esa dinámica de acción de Jesús es la dinámica de todos los cristianos y cristianas. Para Pablo el ser cristiano y la solución de las problemas y dificultades no tiene más que un solo destino: ser como Jesús, que es el único criterio para nuestra vida de fe y él único criterio que tenemos derecho a utilizar: que manifestemos los mismos sentimientos de Jesús, que vivamos en Jesús, que nos dejemos empapar de sus sentimientos, de su misericordia para con todos (se rebajó hasta someterse incluso a la muerte), de su humildad y espíritu de servicio y de cumplir (obedecer) la voluntad del Padre, así como Jesús lo obedeció hasta la muerte.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 21,28-32.- Jesús, este domingo nos habla de la parábola de los dos hijos centrada en cumplir la voluntad del Padre. San Mateo ubica esta parábola después de la entrada a Jerusalén, junto a las otras parábolas que ciertamente suscitan polémica con los jefes de los judíos en torno a la autoridad de Jesús y como que ellos no se daban por enterados del evangelio que él predicaba. Para los sacerdotes y ancianos debió de ser una parábola inquietante, y escandalosa, porque Jesús los comparaba con los publicanos y prostitutas. Jesús, pues, dirige la parábola de este domingo a los que se cierran tercamente a la Buena Nueva en nombre de la justicia, y pone de manifiesto, como lo veremos, el amor de Dios, a los que siendo objeto de desprecio de todos, a los olvidados pòr la rancia sociedad civil y religiosa, ellos los despreciados y olvidados son capaces de hacer penitencia y de cumplir los mandatos de Dios con más ardor y entusiasmo que los fatuos y orgullosos, de aquellos que se bastan así mismos.
“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él le contestó: ‘No quiero.’ Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él contestó: ‘Voy, señor.’ Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron; ‘El primero.’”

Jesús se dirige a los sacerdotes y ancianos (la rancia clase religiosa de Israel), ellos rechazan abiertamente a Jesús, siendo que ellos conocedores de la Ley y los Profetas, deberían haberlo aceptado desde el principio. De entrada, Jesús los invita a juzgar lo que va a proponerles: ¿Qué os parece? y la interpelación se repite al final: ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Jesús nos hace ver los dos grandes grupos en que se había dividido el pueblo de Israel; los justos y los pecadores, pero notemos que la parábola no hace acepción de ambos grupos, sino que los trata como “ dos hijos” de Dios, ambos son considerados como hijos y lo que es más maravilloso: ambos son objeto del Amor del Padre y al mismo tiempo, ambos tienen la necesidad del perdón, de acogerse a la misericordia de Dios. Y ante la incredulidad de los guías del pueblo de Israel, Jesús quiere mostrarnos el nuevo valor del compromiso efectivo que exige la Buena Nueva y en la parábola pone de manifiesto el contraste entre los dos hijos. La conducta del primer hijo que dice “no” pero recapacita y “va a laborar a la viña” pone en evidencia la culpabilidad del segundo hijo que dice “si” y no va. Jesús, pues, se dirige a aquellos cuya conducta está representada por el segundo hijo: obedecen con palabras, no con obras, son los justos oficiales (sacerdotes, ancianos y fariseos) que no cambian de conducta, que no quieren convertirse. Los “justos oficiales” creen que no tienen necesidad de hacer penitencia ni convertirse, observando la Ley se consideran ya justificados, practican las normas externas y se muestran seguros de su excelencia; los otros eran ignorantes de la ley y eran pecadores, y al excluirse del grupo de los pecadores, se autoexcluían de la misericordia de Dios, de su perdón y su bondad infinita. Decían “sí” a la voluntad de Dios, pero sus obras no eran buenas, no practicaban la justicia y el derecho, eran hipócritas, sepulcros blanqueados, no amaban la verdad. Por eso, Jesús se enfrenta a los “justos oficiales” a los profesionales de la fe, les enrostra su hipocresía, sus apariencias, sus fachadas (sepulcros blanqueados). Sin embargo, en la parábola, Jesús, no alaba (ni lo hace nunca) la negativa del primer hijo, sino que resalta y pondera el proceso que ha hecho ese hijo que fue capaz, desde ese rechazo casi instintivo de llegar a una aceptación pensada y fundamentalmente libre de lo que realmente quería el padre. Y es que Dios nunca tiene prisa (y ahí podemos entender y comprender su inmensa libertad para con nosotros a contrapelo de los sabios y la sabiduría del mundo que lo considera un Dios esclavizante) para esperar los frutos y el resultado de su llamado amoroso, nuestro Dios sabe esperar. A los cristianos y cristianas nos da tiempo para que pensemos en nuestras decisiones, para que reflexionemos cada día en el alcance del seguimiento que para ser verdadero ( que no sólo dice “sí”), debe ser definitivo. Por eso, Jesús mira el fondo del corazón y se complace en la sencillez de los que se reconocen débiles y pecadores, a los que en un primer momento le dicen “no” pero inmediatamente lo escuchan y lo acogen, como lo vemos en la segunda parte del texto del evangelio de este domingo XXVI del tiempo ordinario que corresponde al Ciclo A.

“Jesús les dijo: ‘ Os lo aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no lo creísteis, en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.’” No es la primera vez que Jesús expresa este lenguaje directo para con los “justos oficiales y los profesionales de la fe”, solía decirlo en los pueblos y en el transitar los caminos de Judea que los excluidos de la sociedad, los olvidados, los marginales, los mal mirados iban delante en el camino del Reino. ¿Cómo entender este lenguaje- conclusión de la parábola? ¿Cómo entender la lapidaria conclusión cuando les dice y de pronto también a cada uno de los cristianos y cristianas: “ Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis, en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis”? Es que hasta entonces, muchos creían que le decían sí a Dios, cuando en realidad le decían no o mejor no sabían verdaderamente cómo se dice sí a Dios; en este sentido, los sacerdotes, ancianos y fariseos eran exactamente como los publicanos y las prostitutas. Entonces ¿qué concluir para hacer mas entendible eso de los publicanos, las prostitutas, los fariseos, sacerdotes, y nosotros? Que todos estaban (estamos) ante la enorme oportunidad de poder decir sí a Dios inmediatamente, en el hoy de nuestra vida, en el hoy de nuestra era de la globalización, y para esto les bastaba y nos basta con escuchar a Jesús. Vemos que los publicanos y las prostitutas aprovechan enseguida esa oportunidad, en cambio los “justos oficiales” no dan ni un solo paso, por eso el reproche durísimo de Jesús: “Y aún después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.” Ciertamente, Jesús no alaba a los publicanos ni a las prostitutas, sino como hemos dicho, potencia ese proceso de abrirse al Evangelio de Jesús, esa actitud de recapacitar, así, para las prostitutas su “No” a Dios era tan inmenso que al escuchar a Jesús y su mensaje de liberación y de amor, no dudaron un instante al ver que podían decirle “Sí” inmediatamente. No es que para entrar en el Reino de los Cielos tengamos que hacernos publicanos y prostitutas per se, sino reconocer que somos pecadores, de una forma o de otra y que somos responsables de nuestra condenación y salvación, como expresa Ezequiel. ¿Preferencia exclusiva a los pecadores y marginales? Nada de eso, sino que la salvación que quiere Dios es una oferta, una gracia, un don para todos los hombres y las mujeres de todos los tiempos, es decir, la pertenencia al Reino no excluye a nadie, es universal y es también para los olvidados y pecadores. Por eso, Jesús se sale de los convencionalismos sociales y se acerca a los marginados, normalmente eran los únicos que le escuchaban con el corazón abierto, y lo entendían, y precisamente ese saltarse por encima de los convencionalismos sociales le cuesta la muerte. Y más, Jesús, en los pueblos, ciudades y caminos que recorría anunciando la Buena Nueva, experimenta que son los que se reconocen de verdad como pecadores y los marginados de la sociedad (en este caso las prostitutas) los que están más cerca de la salvación querida por el Padre. Jesús, no acepta, pues, la actitud hipócrita y santurrona de los que se creen mejores que los demás y que no tienen necesidad de cambio ni de conversión alguna. Jesús prefiere, como nos dice con la actitud del primer hijo, el largo camino, lleno de libertad y de dificultades, de búsqueda de nuevos horizontes y de trabajar en la viña de Dios, y no prefiere la comodidad de los que dicen sí a lo que quiere Dios, pero no se comprometen con nada. Cierto que Dios quiere que oremos y seamos fervientes en los ruegos, que vivamos los sacramentos en toda su extensión y dinamicidad, pero quiere también que trabajemos por su reino de libertad, de justicia, de amor, que sepamos compartir aun lo poco que tenemos. El mensaje de Jesús es clarísimo: los que hacen la voluntad del Padre, esos entran en el Reino, y no entran aquellos que simplemente dicen que aman al Padre. En otras palabras, el que dice y no hace es fariseo, es enemigo de Jesús.

Y en el hoy de nuestro mundo, de cara al evangelio de este domingo, vale la interrogación: Y ¿nosotros, qué? Laborar y hacer tarea cotidiana en la viña del Señor. La Iglesia tiene que seguir siendo la luz del mundo, tiene que soñar como Dios lo hace en su proyecto inmenso de salvación para todo hombre y para toda mujer, como familia humana, tiene que mirar el mundo y seguir anunciando cotidianamente la Buena Noticia de Jesús, el Hijo de Dios. Ante el tráfago del mundo y su indiferencia desquiciante, ante su increencia (parecida a los sacerdotes y ancianos), ante los gritos estentóreos y silencios cómplices de que Dios no existe o que ha muerto, que proviene de la soberbia humana, la Iglesia del siglo XXI debe ser valiente, como lo fue Jesús para denunciar a aquellos que se han instalado en los criterios de la bondad oficial (genuflexos ante la sociedad del consumo y la ley del libre mercado a rajatabla) y externa, pero cuyo corazón está lleno de orgullo y de autosatisfacción pero vacío de sentimientos de fraternidad, de solidaridad humana, vacío de interés por el hermano que sufre, que no busca el bien de los otros, más que de sí mismos. También la Iglesia debe ser valiente para seguir anunciando y viviendo al lado de los rechazados, los marginados, los despreciados por su condición social y de etnia, para decir al mundo que ellos son los que han escuchado y escuchan siempre las palabras de Jesús y las ponen en práctica y más, que ellos reconociendo su condición de pecadores, sienten la necesidad del amor de Dios y de su perdón misericordioso y están agradecidos para con Dios, y es que sólo el pecador arrepentido puede llegar a descubrir la inmensidad del amor de Dios, todo el amor que nos tiene a todos los hombres y las mujeres; sólo los que reconocen su pequeñez (su humus) pueden agradecer a Dios todo el amor que nos tiene; y sólo quien reconoce a Dios como Padre bueno y justo es capaz de ponerse entera y radicalmente a disposición de Dios, es el que está haciendo lo que quiere el Padre.

A la luz de la Carta de san Pablo a los Filipenses que hemos leído hoy, la tarea de los cristianos y cristianas es inmensa, y no podemos quedarnos en palabras, en decir sí, sino ponernos manos a la obra, al servicio de la causa del Evangelio y de Dios; tomando como dice Pablo el ejemplo de Jesús lleno de acción, de hacer, de tener los mismos sentimientos de él, al igual que Jesús, el cristiano y la cristiana no debemos pensar en nosotros mismos, sino considerar superiores a los demás, como Jesús que se pone en último lugar y no hace nada por envidia ni por ostentación. Por eso, Jesús nos llama a manifestar nuestra fe en las obras de cada día, ahora más que nunca, el mundo necesita de la manifestación de los hijos de Dios; ahora más que nunca el cristiano y la cristiana están llamados a no considerar su fe y su vida cristiana como algo exclusivamente privado y que se manifiesta solo cuando ora y va a las misas de los domingos. Todo lo contrario, estamos llamados a dar testimonio de nuestra fe y cada uno de los cristianos tenemos que asumir nuestra propia responsabilidad. A imitación de Jesús (como expresa Pablo a los filipenses) nos corresponde emprender y realizar aquellas tareas que más dignifican al hombre, lo hacen más humano y lo promueven en su dignidad, que en fin de cuentas es practicar la justicia y el derecho que Dios nos exige, ¿por qué? porque un hombre y una mujer de fe se compromete en el mundo de los negocios viviéndolo con una exigencia de justicia y de responsabilidad social y de acuerdo a los postulados de su fe, del evangelio; un hombre y una mujer de fe es el que participa en la administración pública llevando el valor agregado de limpieza, rectitud, honradez y hombría de bien que su fe le pide y le exige; un hombre y mujer de fe es el que comprende al otro que lo necesita y le presta ayuda desinteresada, y no lo condena ni lo desprecia, porque su fe lo pide y exige; un hombre y una mujer de fe no busca su propia riqueza y lo atesora mientras contempla indiferente cómo crece la pobreza en el mundo; un hombre y mujer de fe ora con fervor y se pone en contacto con Dios, de donde procede la fuente que lo nutre y lo mantiene para poder comprender y traducir en la práctica lo que Dios quiere y le está pidiendo. ¿Qué hombre de fe encontramos en la carta a los filipenses, concretamente en el texto de este domingo? Un hombre que no tiene envidia, ni orgullo, ni espíritu de superioridad, sino humilde, respeta a los demás y busca el interés de la comunidad por encima del interés propio.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

 

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