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¡NO TENGÁIS MIEDO AL MUNDO!

Celebramos el Domingo XII del Tiempo Ordinario que corresponde al Ciclo A de este Año Litúrgico de nuestra Iglesia. Es un domingo y una semana de especial significado en cuanto que celebraremos también la Festividad de los Apóstoles Pedro y Pablo para comprender la intensidad de nuestro compromiso cristiano y de fe en medio de un mundo cada vez más dado a sus megalomanías, sensualismos y sus egoísmos, que vive para sí y para el momento, entregado a ese cronos que todo lo somete al tiempo físico y limitado sin siquiera mirar el horizonte de un futuro prometedor, de una trascendencia que nos permita vivir un kairos motivador, interior, ese tiempo como lugar teológico de cita con el hermano, de encontrarnos con el mismo Dios, un tiempo bueno y como cause de la bondad y misericordia del Padre. Para la cosmovisión cristiana el tiempo se encamina al encuentro con Dios, a lo que llamamos la salvación, esa presencia plena del Padre en nuestras vidas y el kairós de Dios es el Reino que Jesús nos anuncia, es el tiempo de salvación que nos ha traído con su encarnación, su muerte y resurrección gloriosa. En estos tiempos donde la increencia se ha vuelto habitual por el fascinum que produce el avance vertiginoso de la tecnología traducida en el desarrollo fenomenal de las redes sociales donde todos son todos y donde nadie es nadie (y donde impera la impersonalidad), los cristianos y cristianas afirmamos y creemos que la verdadera trascendencia es la trascendencia de y hacia la misericordia del Padre. Más que la distancia entre la creatura y el creador, entre lo puro e impuro, entre lo sagrado y lo profano, la verdadera trascendencia se verifica cuando se trasciende un mundo, como el actual, configurado por la injusticia hacia un mundo configurado por la misericordia de Dios, donde la salvación se hace historia cuando se hace alimento para el hambriento, agua para el sediento, acogida al migrante, vestido para el desnudo, visita al enfermo o encarcelado. Los cristianos y cristianos somos los más afortunados porque tenemos la oportunidad de saber que, cuando realizamos cualquiera de estos gestos de misericordia con los más pequeños lo realizamos con el Señor Jesús. Para los cristianos y cristianas, el tiempo que vivimos es la oportunidad de encontrar al emigrante, al desnudo, al enfermo, al encarcelado injustamente, al hambriento o al sediento y tenemos que aprovecharlo intensamente, cotidianamente sin tener miedo a lo que nos puede decir el mundo que mira sólo a sus intereses y acumula riquezas como fuente de su egoísmo. Es el tiempo de Dios y por eso, los cristianos y cristianas nunca podemos tener miedo si verdaderamente vivimos y confiamos en él donde el amor nunca acaba ni se termina, y esto es lo que expresa san Pablo a los Corintios cuando dice: “ El amor nunca pasará. Algún día, las profecías ya no tendrán razón de ser, ni se hablará más en lenguas ni se necesitará más el conocimiento.”(1 CORINTIOS 13,8). Pablo nos describe maravillosamente el amor de Dios como fuente para nunca tener miedo al mundo y enfrentarlo con las armas que Jesús nos da en los evangelios: “El amor es paciente, servicial y sin envidia. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta” (1 CORINTIOS 13,4-5), precisamente Pablo nos introduce en la eternidad del tiempo, en el tiempo de Dios, en el tiempo que los cristianos y cristianas tenemos que vivir en el mundo sin ser del mundo: “Miren que al presente vemos como en un mal espejo y en forma confusa, pero entonces será cara a cara. Ahora solamente conozco en parte, pero entonces le conoceré a él como él me conoce a mí. Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, los tres. Pero el mayor de los tres es el amor.” (1 CORINTIOS 13,13). El mundo que anda de aquí para allá, necesitado de muchas cosas materiales y muchas veces llenas de contenido epidérmico, solicito para llenar su tiempo en filosofías banales y vanas, solicito para llenar su tiempo en usufructuar la pobreza, de promover el armamentismo y la lujuria de la usura, como que ha perdido la conciencia y va perdiendo lo único necesario que es Dios, de dejarnos salvar por él. ¡NO PODEMOS TENER MIEDO! hoy Jesús nos lo ha repetido tres veces para decirnos que nunca dejemos de confiar en él, que por mucho que haga el mundo para fascinarnos y engullirnos en sus fauces malignas, los cristianos y cristianos no podemos arredrarnos y escaparnos a los cuarteles de nuestra privacidad, sino como Jesús, Jeremías, Pedro y Pablo dar la cara por el tiempo de Dios, y decididamente anunciar el evangelio de la vida, de la justicia, de la verdad y de la libertad. El mundo con su cultura tecnológica, como lo comprobamos en este siglo XXI, ha erigido un altar al “cronos”, ese tiempo exterior que es igual para todos los hombres y mujeres, implacable para con todos, representado en los mitos como un gigante devorador de sus propios hijos, especialmente cuando sólo se mira a sí mismo, cuando divide y promueve los conflictos y las guerras; el mundo no entiende que el tiempo debe vivirse como lugar teológico, de estar con Dios y con los hermanos, vivir el tiempo como kairós de Dios, como parte de él, como que él se ha dignado acampar en el mundo y en medio de nosotros y derramar su gracia, Jesús, que se desborda en cada uno de los que creemos en él, como bien lo explica Pablo en la segunda lectura.

Jesús no nos habla de los miedos hipotéticos, sino de los miedos que se presentan cotidianamente, y que este mundo tecnificado y lleno de progreso se ocupa de repartirlo a diestra y a siniestra, para que nos quedemos paralizados y corramos tras las seguridades que este mundo nos obliga a comprarlas. Miedo a salir por la calle, miedo a los desconocidos, miedo a perder el empleo que implica dejarnos en la intranquilidad y la depresión, miedo a lo que vendrá en el futuro, miedo a que nuestros hijos se vean sumidos en las drogas, en la delincuencia, en la trata, miedo a los desastres, especialmente a los desastres nucleares que amenazan constantemente la existencia de la humanidad. Este miedo que se da en muchos órdenes de cosas se extiende también a los cristianos y cristianas para que no vivamos comprometida e intensamente nuestra fe y que nos arrincona a nuestra privacidad, muchas veces sólo de domingos; Jesús nos reitera con énfasis a nuestra conciencia de seguidores y discípulos: “!NO TENGÁIS MIEDO!” al mundo, a los hombres que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; confiad en Dios y jamás traicionarlo; en otras palabras, dar la cara por Dios y Jesús, tomar partido decididamente por la Buena Nueva y los evangelios, definirnos claramente ante el mundo y proclamar en medio de ese mundo el Evangelio de la Vida, de la Justicia, de la Libertad, de la Paz. ¿Sólo perder el miedo, o hasta dónde nos quiere comprometer Jesús? De pronto a todos los miedos que reparte el mundo y la sociedad actual podamos hacerles frente con la ayuda y asistencia de Dios, pero de lo que se trata hoy en el evangelio es que Jesús nos plantea a raja tabla: el seguimiento sin condiciones, ¿pero, no es esa la razón de nuestra vida cristiana? Ciertamente y lo que Jesús nos insiste hoy es perder el miedo más profundo, más insalvable que es el MIEDO A PERDER LA VIDA POR ÉL! También Jesús experimentó ese temor antes de su pasión, como también lo vive Jeremías en la primera lectura, como lo experimentaron Pedro y Pablo al entregar su vida por la causa de Dios y de Jesús, pero supieron enfrentarse confiados en Dios y lograron que su Reino tenga también cabida en la humanidad, en la historia de los hombres y mujeres. Ese miedo de entregar la vida por Dios, el mundo lo sabe instigar y producir, para que los cristianos y cristianas tengamos solo una fe privada (muy de sacristía, como se dice) y alejada de la realidad de las exigencias de los hermanos; para que los cristianos y cristianas no seamos los portavoces que reclaman y exigen mejores condiciones de vida para todos y no sólo para unos cuantos; para que los cristianos y cristianas no luchemos para que se terminen las falsas morales que la sociedad ha creado y que se basan en el individualismo y en el libertinaje; para que los cristianos y cristianas no digamos absolutamente nada frente a la corrupción que se ha institucionalizado en las mismas extrañas de las sociedades. ¡NO TENER MIEDO AL MUNDO NI MUCHO MENOS MIEDO A PERDER LA VIDA POR DIOS! Es la consigna que vive siempre el cristiano confiado en la promesa del apoyo incondicional de Jesús, y que cientos de miles de cristianos en los diversos lugares del mundo han vencido con coraje y altivez el miedo a la muerte violenta, como hoy nos lo recuerda la Fiesta de San Pedro y San Pablo.

Este domingo las tres lecturas afirman nuestra condición de hombres y mujeres y nuestra naturaleza proclive al miedo y al temor que produce el vivir en una realidad contraria o adversa donde los cristianos y cristianas tenemos que anunciar el Evangelio de Jesús y proclamar el Reino de Dios, y las tres lecturas, Dios nos alienta a seguir siempre el camino del bien, de la justicia y de la verdad, nos aseguran, especialmente el evangelio, que a nuestro lado y en nuestra lucha cotidiana por hacer de este mundo, un mundo de Dios, está él con todo el soporte de su asistencia y de su gracia que se desborda en cada acción misericordiosa que tengamos con el hermano que nos necesita.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE JEREMÍAS 20,10-13.- “Dijo Jeremías: ‘Oía la acusación de la gente: Pavor-en-torno, delatadlo, vamos delatarlo. Mis amigos acechaban mi traspié: “A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos del él. Pero el Señor es mi fuerte defensor; me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas sus extrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza, sobre ellos, pues te he encomendado mi causa! Cantad al Señor, alabar al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de la gente perversa”.

Jeremías vive la experiencia, como la vivió Jesús nuestro Redentor, por su condición de profeta anuncia la destrucción de Jerusalén, y esto naturalmente molesta en demasía a los que lo escuchan, especialmente a las autoridades religiosas y políticas que prohíben su ingreso al templo y lo acusan de antipatriota y traidor; incluso sus mismos amigos se vuelven contra él, toda esta situación dolorosa no arredra a Jeremías, sino que se levanta confiado en Dios que lo asistirá y protegerá, está convencido de que lucha al lado del más fuerte que es Dios en la imagen de soldado, no sólo se lamenta sino que ese lamento está cargado de confianza, y por eso, pide que triunfe la causa de Dios, y con es confianza ora, no pide venganza o revancha al estilo de los hombres, sino que triunfe la justicia divina que jamás olvida a los pobres. Mientras la autoridades religiosas y políticas y los habitantes de Jerusalén confían en las armas para no morir en manos de los babilonios, Jeremías busca la vida con la confianza puesta en Dios, que es el único fuerte; a ser fiel y sin mas armas de seguridad y de defensa más que la fuerza y el poder de Dios, hasta el punto de renunciar a su propia vida. En el presente de nuestra vida cristiana también sucede lo mismo, ante las seguridades del mundo, los cristianos preferimos la asistencia de Jesús, porque estará con nosotros como un fuerte soldado, ese mundo perverso no podrá con la fuerza de Dios y está destinado a sufrir fracasos estrepitosos. Los cristianos y cristianas tenemos que ser como Jesús y como Jeremías que no se esconden, que no privatizan su voz para sus adentros, sino que la levantan en nombre del Dios Vivo y Justo; los cristianos y cristianas tenemos que tener el valor de levantarnos ante los opresores del mundo en todo orden de cosas y confesar abiertamente nuestra confianza en Dios, sin tener miedo a perder la vida, sino a entregarla como Jesús en la cruz y a confiar plenamente en el poder salvador de Dios que lo ha manifestado desde la creación del mundo y lo ha hecho realidad en la encarnación de su Hijo.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 5, 12-15.- “Hermanos: lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron. Entiéndanme: no había ley y, sin embargo, había pecado en el mundo; solamente que, al no tener una ley, no reconocían el pecado. De ahí que la muerte reinó desde Adán hasta Moisés sobre todos ellos, aun cuando no habían cometido una desobediencia como la de Adán, que era figura del que tenía que venir. En realidad, no debemos contraponer sin más la caída del hombre y el don de Dios. Pues si por la falta de uno pudieron morir tantos, con mayor razón la gracia de Dios y el regalo que nos hizo en consideración del único hombre que es Jesucristo, se han desbordado sobre todos”.

En estos versos Pablo describe la situación de la humanidad a partir del pecado del primer hombre, desde entonces, el pecado comenzó a actuar en la humanidad y se convirtió en la causa que origina la presencia de la muerte en la vida personal y social. Como que Pablo nos quiere hacer comprender que estamos destinados a la muerte, pero que esta muerte puede ser también inflingida a los demás por el mismo ser humano y por la sociedad dominada por el pecado, en otras palabras, es decir, la humanidad envuelta en la historia mal hecha por culpa del propio hombre; ciertamente un panorama sombrío de muerte por causa del pecado, y a este panorama de muerte se contrapone el cuadro luminoso de la gracia de Dios, que supera grandemente el panorama oscuro de la muerte y del pecado, porque la voluntad de salvación de Dios es tan grande que nos entrega a su mismo Hijo Jesucristo para efectivamente salvarnos y redimirnos del pecado y de la misma muerte. Por la acción redentora de Jesús, la gracia de Dios ha conseguido definitivamente la supremacía sobre el pecado y sus consecuencias, y con ello, la esperanza llena de confianza ha logrado la victoria sobre el temor. San Pablo destaca a todas luces la importancia de la obra salvadora de Jesús que salva al hombre herido por el signo de la muerte producido por el pecado del primer hombre, destaca que esa obra redentora es el don de Dios que se manifiesta en Jesús, y nos indica que esa gracia es para todos, se da a todos como regalo, como don. Jesús es el verbo encarnado, es el Hijo de Dios que se ha hecho solidario con el hombre pecador, y que la gracia de Dios es mayor que cualquier pecado.

EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 10, 26-33.- Se nos exhorta a realizar una confesión animosa de la fe, incluso en las persecuciones. Jesús sabe que sus discípulos no serán siempre bien acogidos ni su mensaje de la Buena Nueva encontrará a hombres y mujeres dispuestos a recibirlo y acogerlo en su vida y en su corazón; al contrario sus discípulos encontrarán las más de las veces una oposición férrea, pero los discípulos no han de temer, porque Jesús estará ahí, asistiendo y ayudando. Siendo el mundo causa del pecado y de la muerte, como lo expresa san Pablo en la segunda lectura, ese mismo mundo ante la propuesta de VIDA y GRACIA del mensaje evangélico, lo considerará como una amenaza para su reino dominado por la muerte, y por eso, cuando Jesús anuncia la Buena Nueva del Reino la respuesta de ese mundo perverso signado por la malignidad y la muerte se mostrará agresivo contra todos aquellos que anuncian y son los portadores del mensaje de salvación y de vida del Padre. Por otra parte, Jesús es realista, por una parte, nos promete la felicidad a los que le seguimos y decidimos poner en práctica su mensaje, especialmente con las obras de misericordia, a las cuales el mundo tiene aversión y las considera su principal amenaza; por otra, Jesús nunca nos ha ocultado, ni menos engañado, que esa felicidad no significa ausencia de problemas, como nos lo recuerda él mismo, en el evangelio; y es que en medio una sociedad egoísta que ha construido un altar al cronos exterior y limitado, en medio de una sociedad que se organiza en beneficio de unos cuantos y deja desamparada a la mayoría, y que precisamente se beneficia prepotentemente a costa de los demás, el simple intento de realizar, de llevar a la práctica del mensaje de Jesús, provocará la oposición trasnochada de aquellos que disfrutan de los privilegios de un progreso que se da sólo en ellos, y entonces, como siempre, su respuesta será una serie de acusaciones, de amenazas, de persecuciones y de muerte contra aquellos que tiene la osadía y el atrevimiento de vivir como Jesús y anunciar y predicar sus evangelios.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ¿ No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse, ni nada hay escondido, que no se llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea.” Es la tarea que nos da Jesús en este su discurso misionero y nos previene para que no privaticemos nuestra fe y nuestro seguimiento, porque el mundo al confrontarnos, esperará que bajemos la guardia, que evitemos los conflictos y con eso perdamos nuestra voz de cristianos comprometidos con la causa de Dios, perdamos nuestra capacidad de anunciar el evangelio con fuerza (“desde la azotea” y no desde nuestros “cuartos”) para no molestar al mundo y a los poderosos del mundo, cedamos ante sus exigencias y presentemos el mensaje de Jesús muy suave, banal ( un evangelio “light”) y dejar contentos a todo el mundo, de esta acción es lo que nos previene Jesús que no ocultemos ni mantengamos en secreto el mensaje del evangelio sino que lo proclamemos a plena luz del día y desde las azoteas (desde lo alto).

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed más bien, al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la ‘gehenna’. ¿No se vende un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones”. Jesús nos dice que los cristianos y cristianas no tenemos ninguna razón ni motivo para tener ni vivir en el miedo, pues los hombres pueden quitarnos la vida física pero no la persona, el alma; incluso la muerte no es una derrota, porque si nos mantenemos fieles a Dios nos salvaremos y tendremos la vida eterna. Sólo debemos temer, ese “santo temor” a nuestro Dios él único que nos puede desterrar a la “gehenna” es decir, al lugar donde no está Dios, al infierno o fuego eterno, donde no ha paz ni sosiego y que se contrapone abiertamente con el Reino celestial de Dios (‘gehenna’ era ese fuego que ardía sin consumirse en las afueras de de una de las puertas de Jerusalén, producto de la quema de basura). Y para llevarnos a comprender la confianza que debemos depositar en el Padre, porque a él nada que sucede se les esconde, ni siquiera las cosas más mínimas, como la muerte de los gorriones, y es que el amor de Dios es para toda la creación y la cuida; mucho más es el amor del Padre hacia los que lo seguimos en el Camino de Jesús su Hijo Predilecto, porque no se les escapa nada, ni siquiera su cabellos; en consecuencia la confianza deberá ser total. El mensaje de Jesús es clarísimo: si estamos defendidos por el Padre que es la Vida misma y la Gracia que se desborda en cada uno de nosotros ¿por qué habemos de tener miedo a los poderos del mundo y a los señores de la muerte y de los miedos? Porque estamos con Dios, nuestro mejor aliado, nuestro “mejor soldado” como afirma Jeremías.

“A quien se declare por mi ante los hombres, yo también me declarare por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos.” Es la decisión que Jesús nos invita a tomar ante el mundo y ante los hombres; el discípulo que, sin miedo, se pone y ser pronuncia por Jesús, será el que resista hasta al final y se salve, entrando a la Gloria del Padre que nos prometió a través de su Hijo. Pero el discípulo que por miedo al mundo se acobarde y niega a Jesús, se destina a la ruina y termina en la ruina, sólo la fidelidad del discípulo a Jesús aún en medio de las dificultades y persecuciones es la garantía de salvación, incluso a través de la muerte (como recordamos hoy en el martirio de San Pedro y San Pablo). Los que damos la cara y la vida por Jesús, anunciando y difundiendo sus evangelios, podemos estar seguros de que él mismo dará la cara, es decir, sentiremos su apoyo, soporte y presencia cuando nosotros lo necesitemos, y esto es en cada momento de nuestra vida de fe.

Por eso, ante la amenaza que significa el mundo y la sociedad hedonista no hay que tener miedo ni amedrentarse, porque el mensaje de Jesús no puede ocultarse ni mucho menos privatizarse(dejarlo para los domingos y para la sacristía), sino que tenemos el deber de proclamarlo, de ser heraldos de su Palabra. En este evangelio misionero de este domingo, Jesús nos anima, en primer lugar, a ser predicadores de la Buena Nueva contenida en los evangelios y hacerlo en plena luz, en pleno día; en segundo lugar, nos exhorta a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, es decir, Jesús nos confirma como sus discípulos ante las amenazas de muerte física, de maltratos y todo el esfuerzo que haga el mundo para que reneguemos de Jesús; en tercer lugar, nos exhorta a no temer pues contamos con la providencia divina que nos protegerá y nos librará de las acechanzas del mal y por eso, debemos enteramente ponernos en las manos de Dios.

No tener miedo, esa es nuestra tarea en todo tiempo, en todo tiempo que Dios nos otorga, en ese tiempo que es también parte de Dios porque nos lo otorga para vivirlo como lugar de él; no tener miedo es correr determinados riesgos, por ejemplo, decir a los potentados del mundo que Dios no está de su parte, a los dueños y poderosos del mundo decirles que su poder no procede de Dios ni les pertenece; a los que detentan la autoridad religiosa decirles que sólo a Dios debemos rendirle honor y gloria y que están como todos los cristianos a servir a todos y especialmente a los más necesitados; no tener miedo para expresar que el desarrollo social y económico debe ser igual para todos y no sólo para unos cuantos que todo lo tienen muchas veces a costa del esfuerzo de los más pobres; no tener miedo para decir al mundo que la única riqueza justa es aquella que se reparte y se comparte, y que no se despilfarra en negociados y corrupciones; no tener miedo para decirles a los poderosos y usureros de la pobreza que Dios no está con ellos, ni mucho menos con los que preparan la guerra, sino con aquellos que aman y trabajan la paz verdadera. No hay que tener miedo a las incomodidades, a las persecuciones que pretende acallar nuestra voz, pero lo fundamental, como bien lo expresa Jesús, no podemos callarnos por miedo.

 

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

 

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