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PENTECOSTÉS DE DIOS

El Espíritu Santo es el don maravilloso de la Pascua que hoy termina, es Jesús Resucitado quien nos lo envía el mismo día de la resurrección, como hoy lo proclama el evangelio de Juan, y es el Espíritu Santo quien nos hace aceptar a Jesús como nuestro Señor. Los judíos denominaban pentecostés a los cincuenta días donde se celebraba las fiestas pascuales y especialmente el último de estos días era significativo, como lo es para los cristianos católicos, que después de vivir la cincuentena pascual, también celebramos gozosamente que en el último día descendió el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y en este mismo día comenzó la misión y tarea de la Iglesia para hacer presente a Dios en el mundo de una manera nueva, con hombres y mujeres nuevos, con un nuevo pueblo que es Iglesia y guiada por la presencia activa de su Espíritu.

Ese Espíritu que está desde la misma creación del mundo y del universo, como lo expresa la primera página de las Sagradas Escrituras: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra estaba desierta y sin nada, las tinieblas cubrían los abismo mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas”. (GÉNESIS 1, 1-2). Del Espíritu, es decir, del aliento de Dios que se cernía sobre las aguas, proviene todo y también nosotros, de la fuerza de Dios, del Espíritu de Dios es donde se origina el mundo y todo lo que vemos y contemplamos. No olvidemos que desde la creación del mundo el Espíritu de Dios ha fecundado y sigue fecundando el universo y ha hecho nacer la vida. El Espíritu de Dios, es el Pentecostés del mismo Dios, que es la presencia viva que conduce nuestro mundo con todas sus criaturas, con los hombres y mujeres para que cuidemos y hagamos desarrollar con nuestros carismas, ministerios y servicios, como magníficamente lo manifiesta la segunda lectura, ese tesoro de vida que Dios nos ha confiado.
Este último día de la Pascua, es el día del Espíritu, el Pentecostés de Dios que aleteaba sobre la nada y hacía nacer la vida y daba inicio a la historia de la humanidad, y al final de esta historia, el Padre se compadeció de la humanidad y ha enviado a su propio Hijo que vivió de la misma manera que sólo el Padre puede vivir: una vida llena de amor y entregándose totalmente por amor a la humanidad. El Hijo de Dios lleno del Espíritu del Padre ha ingresado a nuestra historia humana y los cristianos y cristianas celebramos que de esa vida entregada por amor ha surgido la vida nueva para siempre y en forma definitiva; reconocemos que es el Espíritu de Dios que lleva a plenitud la obra de Jesús, el Hijo de Dios, y precisamente eso es lo que hemos celebrado en esta Pascua, y no sólo eso, celebramos también que en este día toda la obra del Espíritu continúa, está en nosotros, y se nos da a manos llenas a todos y a cada uno de nosotros. Y es el Espíritu que pone en nosotros la misma vida de Jesús, no como un simple recuerdo, sino que esa vida de Jesús se ha metido en lo profundo de nosotros y lo maravilloso es que nos ha cambiado y transformado. La muerte de Jesús propició su Pascua, es como un fuego que arde en cada uno de nosotros, como ardió cuando Jesús sopló sobre los Apóstoles el Espíritu de Dios, como ese viento impetuoso, del que nos habla la primera lectura y que nos remueve y nos lleva a la acción y misión.

En Pentecostés, celebramos con alegría a ese mismo Espíritu que había descendido sobre Jesús en el bautismo del Jordán y le había llenado de su gozo al conocer la revelación del misterio de Dios a los humildes y sencillos, ha manifestado su inmenso poder resucitándole de entre los muertos y dándole parte en la vida y la gloria del Dios Padre; y como hemos expresado, la Pascua de Jesús es el comienzo de una humanidad nueva, donde Jesús Resucitado otorga su Espíritu a todos los cristianos y cristianas para renovarnos interiormente, nos incorpora a su nueva humanidad para formar el nuevo Pueblo de Dios, nos envía para predicar la Buena Nueva del Reino, para que seamos fermento de cambio para el mundo. ¿Qué sucedió en Pentecostés? Traigamos a la memoria la construcción de la torre de Babel que leemos en GÉNESIS 11, 1-9, por su soberbia Dios los confundió y al intentar subir al cielo terminaron sin entenderse porque desafiaron y no confiaron en Dios; en Pentecostés vino el Espíritu para unir a todos, para que todos puedan entender el mensaje de Dios aún hablando diferentes idiomas y siendo de diferentes lugares del mundo, es eso lo que significa: “Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y de Mesopatamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Así, de Frigia y Panfilia, de Egipto…hay ciudadanos romanos, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes”. En Pentecostés sucede todo lo contrario a Babel, porque los apóstoles y los que los oyen abren sus corazones de par en par a la palabra de Dios, son dóciles al don de Dios; la fuerza de Dios hace hablar a los discípulos que hasta ese momento estaban callados, con miedo, encerrados en el cenáculo sin poder salir para dar testimonio de Jesús el Hijo de Dios, el Espíritu Santo les concedió la capacidad de hablar y el valor de dar testimonio que Jesús es el Señor. Con Pentecostés se anuncia una nueva vida y un nuevo lenguaje, un nuevo modo de hablar. Los discípulos que se habían encerrado por miedo a los judíos, con el Pentecostés de Dios se llenan de vida y de coraje, salen a las calles y dan señales de vida, predican en las plazas y desde lo alto de las casas anuncian el evangelio a todos los hombres y mujeres que les oyen hablar de Dios; en Pentecostés se reestablece la comunicación del Padre con sus hijos, y esto mismo hace que se restablezca la comunicación entre todos para hablar de las cosas de Dios.

En Pentecostés celebramos también el nacimiento de la Iglesia como tal, es decir, como cuerpo de Jesús Resucitado; por eso, se afirma que la obra del Espíritu es la comunidad de Jesús, y que el verdadero artífice de la Iglesia es el Espíritu Santo. Bajo la acción del Espíritu y sólo con él reconocemos que Jesús es el Señor y que estamos unidos por una misma fe, porque hemos sido bautizados en un mismo Espíritu y hemos bebido de él para formar un mismo cuerpo, el cuerpo de Jesús que es la Iglesia. Pero el Espíritu Santo que nos une también nos diversifica, dando a cada uno su propio carisma, don o gracia para que podamos cumplir nuestro propio rol y nuestra propia tarea en la Iglesia para contribuir al desarrollo de todos, al bien común. Ese Espíritu de Dios que dirige a todos los creyentes y los lleva donde él quiere. Es el don del Espíritu que alumbra a la comunidad, y es que la Iglesia no sólo tiene un elemento fundacional e irrenunciable, como es el anuncio de la Buena Nueva, la cercanía a los pobres, la catequesis, la transmisión apostólica, los sacramentos; sino otro elemento pneumatológico, la presencia del espíritu que la renueva permanentemente. Pero el don de Dios no puede permanecer encerrado (como significativamente nos lo narra la primera lectura), y al hacer por su fuerza y soplo hombres y mujeres nuevos que forman una nueva comunidad los envía con una misión y tarea concreta.
Pentecostés, como en la primera comunidad, debe ser hoy un acontecimiento interior, la experiencia fuerte de la presencia del Espíritu, que actuaba la presencia de Jesús en la comunidad. Como ellos, los cristianos y cristianas tenemos que sentirnos aligerados de las cargas de nuestras deficiencias y pecados; como ellos tenemos que tener esa disponibilidad, esa disposición para acoger y para buscar la unión fraterna; un deseo íntimo, como ellos al recibir la fuerza del Espíritu, para comenzar de inmediato a predicar el evangelio de Jesús; esa experiencia de consumirnos de amor por Jesús, el ansia por recibir al Señor en la fracción del pan, y ese empeño, como lo sintieron los discípulos, para dar a conocer lo que estaban sintiendo y viviendo; una disposición como ellos para superar todas las dificultades que implican las exigencias de predicar el evangelio a todos los rincones del mundo; como ellos tenemos que manifestar siempre nuestra alegría de estar con Jesús y su Espíritu y que nunca estamos solos; como ellos, los cristianos y cristianas tenemos que estallar en la fe, en el amor y en la esperanza.

En Espíritu Santo, es como ya dijimos, el gran artífice de la Obra de Jesús, obra que es la Iglesia entendida como comunidad de los cristianos y cristianas que, a través de los tiempos, tenemos que vivir el mismo estilo de Jesús. Y este domingo, las tres lecturas nos hablan del Espíritu Santo, es decir, en ella se pone de manifiesto que el Espíritu Santo significa el paso de la oscuridad a la luz, del miedo al valor, del encierro al testimonio ante el mundo, del aislamiento por miedo a los judíos a una comunidad viva y actuante. El Espíritu Santo es la unidad en la diversidad, es el don de lenguas, la posibilidad de poder llegar a todos con el mensaje de jesús y que cada uno lo entienda.
LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES 2,1-11.- Nos habla de la venida del Espíritu Santo y la descripción de la misma se vale de imágenes escatológicas que ya los empleaban en el Antiguo Testamento para describir las irrupciones imprevistas de Dios: el soplo creador de Dios que se convierte en viendo recio; las llamas del Sinaí convertidas en lenguas de fuego que se divide para posarse sobre cada uno y el señalar a doce regiones o países distintos como símbolo de universalidad, y la llegada del Espíritu Santo como un acontecimiento interior y que cada uno de los que estaban en el cenáculo experimento con mucha emoción y fruición. Esos mismos hombres y mujeres que estaban como muertos por el miedo cuando recibieron el Espíritu Santo cambiaron radicalmente y es que un impulso nuevo e inaudito había vigorizado sus convicciones y había fortalecidos sus decisiones; El Espíritu Santo hace que todos los que lo reciben, aunque hablen distintas lenguas se entiendan en su alabanza a Dios y en la palabra que oyen. Desde ese preciso momento cuando ven posarse en cada uno de ellos el Espíritu Santo, ya nada ni nadie podía detener la iniciativa de predicar a Jesús de Nazareth. El mundo comenzó a ver, con desprecio la audacia de aquellos discípulos aparentemente insignificantes, sin poder, ni dinero ni armas, unos hombres y mujeres que se limitaban a creer firmemente en lo que decían y sobre todo a amar a todos los hombres y a predicar en el nombre un tal Jesús que había muerto para que todos tuvieran vida. Unos hombres y mujeres que no se callaron ante las persecuciones, ni ante el halago ni ante el dolor y el martirio, no eran muchos, pero la fuerza del Espíritu era irresistible y salieron a las plazas y calles a predicar. Escuchemos: “ Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, que llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían entonces, en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban estupefactos y admirados, diciendo:? ¿No son galileos todos esos que están hablando?¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Así, de Frigia y Panfilia, de Egipto…también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua’”.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PABLO A LOS CORINTIOS 12, 3-7. 12-13.- El texto está centrado en la múltiple acción del Espíritu Santo que se extiende en los carismas, los ministerios y los servicios para el bien común. Lo que nos dice Pablo es que desde los orígenes la comunidad de los creyentes fue consciente de estar llena e impulsada por el Espíritu Santo. Y así los apóstoles y predicadores se sentían llenos de ese Espíritu para anunciar la Buena Nueva del Reino, de la salvación y para realizar toda clase de prodigios y milagros. Las comunidades que se iban formando, sabían que la fuerza interior que las mantenía unidas en el amor y en el servicio de los hermanos era también el Espíritu Santo. Para Pablo los auténticos carismas son un signo de la presencia del Espíritu Santo y por eso, la variedad de ministerios, carismas y la unidad de la Iglesia son frutos de la acción del Espíritu Santo, y uno de los aspectos de la presencia activa del Espíritu Santo en la Comunidad o Iglesia es precisamente la diversidad de carismas para provecho de la comunidad. Pablo describe, pues, las diversas manifestaciones del Espíritu pero insiste en la unidad en ese mismo Espíritu, y tanto carismas, ministerios y servicios provienen de un mismo y único Espíritu. Al recibir el Espíritu hemos recibido el don de manifestarlo y esto siempre en orden al bien común, y nos expresa que la riqueza de la unidad tiene su origen de la diversidad de dones. Y para expresar esta unidad, Pablo usa la imagen del cuerpo humano; un solo cuerpo de Jesús en un solo Espíritu. Leamos: “ Hermanos: Nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino por el Espíritu Santo. Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un so cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. Efectivamente, nadie puede decir Jesús es el Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo, y ciertamente la fe viene de lo alto, no es fruto de nuestra mente y corazón, y es el Espíritu Santo que nos lleva a optar por lo único que podemos optar: por Jesús.

EL EVANGELIO DE SAN JUAN 20,19-23.- Jesús encuentra a los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, están atrincherados, atenazados por el miedo, replegados al extremo de no poder salir ni mostrarse, estaban deprimidos, desilusionados porque todo se había derrumbado y no estaba el Maestro: “ Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: ‘Paz a vosotros’.” Ante esta presencia inimaginable para su mentalidad enraizada en el judaísmo, cambiarán radicalmente, aunque algunos dudan todavía. En sus corazones la fe tomará el puesto al miedo de muertos, la paz de Jesús sustituirá la confusión y la desilusión. Con el peso de la tragedia que habían vivido, especialmente con la muerte de Jesús, serán levantados y puestos de pie y equipados para poder luchar y triunfar contra la fuerza del Maligno y del pecado, para ellos ya no habrá el pasado que tanto cuida, sino el futuro que se abre para predicar y anunciar la Buena Nueva del Reino. La paz que les da Jesús es más que un saludo, es la paz a quienes han sabido esperar y mantener una fe vacilante, a quienes sienten que no dependen del mundo, sino que son libres para decirle a Jesús que no están apegados a sus intereses egoístas y están decididos a decirle sí con toda la libertad del mundo. “Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.” Enseñarles las manos y el costado es para subrayar el vínculo que une a Jesús del calvario con el Jesús de la Pascua, ponen en evidencia la continuidad entre la pasión y la resurrección. “Jesús repitió: ‘Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo’. La Iglesia de Jesús no es una comunidad cerrada y alejada del mundo, si Jesús reúne a sus discípulos es para enviarlos al mundo y para que puedan continuar su misión. A partir de este envío, los cristianos y cristianas tenemos la exigencia de ir por todo el mundo a proclamar las maravillas de Dios. Cada uno en nuestro propio idioma, en nuestro puesto de trabajo, en la calle y en los ambientes donde nos desenvolvemos. “ Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”. El soplo nos recuerda al Génesis cuando Dios “insufló su aliento” en el rostro de Adán para convertirlo en un ser viviente. Es a partir de Jesús y en virtud del Espíritu de Jesús que comienza una nueva creación, una vida nueva. Y ciertamente la renovación de la faz de la tierra por la fuerza del Espíritu Santo comienza con el perdón de los pecados. Si queremos construir un edificio nuevo tenemos que derrumbar las paredes antiguas, así quiere Dios perdonar y rehacer el hombre desde los cimientos donde haya podido asentarse el mal e instalado el pecado, sólo destruyendo el pecado en el hombre, podrá salvarlo y redimirlo.

Al terminar la Pascua, el tiempo de la presencia viva de Jesús, comprendemos que el Espíritu Santo es el don supremo del Padre que nos ha otorgado Jesús al morir en la cruz y resucitar por la fuerza del Espíritu. Cuando recibimos al Espíritu Santo, no recibimos sólo los dones del Espíritu, sino que recibimos a Dios mismo convertido en el don por antonomasia que nos permite vivir su propia vida y nos hace herederos de su gloria.
No debemos olvidar, que el Espíritu Santo es el don preciado que recibimos los cristianos y cristianas, y no podemos reservarlos a un sector privado de nuestra vida de fe, él debe estar en cada parte de nuestra vida y de nuestro ser (“somos templos del Espíritu Santos” nos dice Pablo), no debemos reducirle a un área de culto y apartarle de nuestra vida y mucho menos de la vida de la historia de la humanidad.
Este domingo de Pentecostés, es un día especial para confirmar nuestra adhesión a Jesús y confirmarnos en la fe, tengamos una día de oración confiada y sosegada, y pedirle al Padre que el Espíritu Santo no pase de largo ni sea sólo una parte cultual de nuestra vida de fe, sino que descienda verdaderamente para que nos renueve a cada cristiano y cristiana.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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