Blog

, , , ,

REINO DE DIOS: AMOR Y JUSTICIA

REINO DE DIOS: AMOR Y JUSTICIA

En este Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario Ciclo A, celebramos a Jesús como el Señor de la Historia de ayer, hoy y siempre; cerramos también el año litúrgico y nos disponemos a recibir el tiempo de Adviento de Jesús. Celebrar la fiesta de Jesús como cierre de todo este año nos sirve para ver cómo en todos estos domingos la reflexión de centró en quien es el eje de nuestra fe: Jesús nuestro Salvador. Él es la síntesis de nuestra fe, la manifestación plena del Reino de Dios hecho servicio-amor a los hombres y a las mujeres de todos los tiempos, sean cristianos o no lo sean. También es el domingo donde todos seremos juzgados por la Palabra de Dios y por eso, debemos de confrontar nuestra vida con el testimonio de Jesús. Hoy, pues seremos juzgados según la medida de nuestro amor servicial al prójimo. ¿Estamos preparados? ¿Seremos capaces de reconocerlo, cómo él nos dice que nos reconocerá? No bastará que sólo le conozcamos, sino que debemos de reconocerlo no en los imaginarios intereses de nuestra vida proclive al egoísmo e individualismo, sino en los rostros de Jesús que nos presentan magistralmente el evangelio de Mateo. En la historia humana, fabricar imágenes acomodadas al perfil de cada quien es siempre un lugar común, y cuando Dios se presenta distinto a las imágenes que nos hemos creado, inmediatamente las rechazamos y no las acogemos. Las más de las veces, buscamos a un Dios fuera de nuestra vida, mientras que él está presente y ahí mismo en nuestra vida; las más de las veces, oteando los cerros y el cielo, lo consideramos lejano y extraño, cuando él está al lado nuestro, camina a nuestro lado; las más de las veces, y de modo especial cuando la prueba oprime y es dolorosa, lo queremos majestuoso, sublime, con una presencia extraordinaria y rutilante, y Jesús no estará en esas raigambres y fastuosidades, sino que como nosotros se pone su ropa de cada día, y por ende, está al alcance de todos nosotros. Al no reconocerlo rechazamos su encarnación (en las extrañas purísimas de María) y rechazamos, en consecuencia, ver a Dios en el rostro de los hombres y de las mujeres, y es que nuestro Dios cuya mediación más explícita es su Hijo Jesús, tiene el mayor inconveniente de tener un rostro demasiado conocido y por eso, pasamos de largo. Ahí están esos rostros de los pobres, los niños, los que no tienen trabajo, los enfermos, los presos injustamente. De sobra los conocemos, pero no sabemos reconocer a Jesús en ellos. No hemos advertido su presencia real y efectiva en el sacramento de los hermanos, de los pequeños, de pobres, donde él esta y desde donde nos juzgará. No debemos olvidarnos del “pobre, la viuda y el huérfano” de los que siempre nos habla Jesús, porque ellos son el vehículo idóneo y concreto para el encuentro de los cristianos y cristianas con Dios, y de ese modo, son el sacramento de Jesús, son como se afirma, signos sensibles de una realidad invisible y expresión clara de la experiencia del Dios con nosotros.

EL REINO DE DIOS.- Los cristianos no celebramos la fiesta de Jesús Rey del Universo como si la celebráramos al estilo de los reyes ya desaparecidos de la historia humana ni aquellos reyezuelos que detentan el poder a base de la opresión y del dinero, de la violencia y la corrupción, sino que celebramos al eje de nuestra fe, nacido en la pobreza de una choza en Belén, que ofreció su propia sangre para poder redimirnos y donde se única arma fue el amor que sirve. Con una imagen de un Dios al que hay que reconocerlo en los rostros de los más débiles y necesitados, se perfila un reino de Jesús diametralmente opuesto a la rancia del poder, de la marginación y exclusión. Un reino que se parece- como nos lo dicen las parábolas de este año- a una “red que se echa al mar y recoge peces de todas clase”, “ a una viña” donde un jefe de familia llama a trabajar a todas las horas del día, se parece a “banquete” a la que todos son invitados. Un Reino que se ofrece como “luz del mundo” que no se esconde debajo del celemín sino que alumbra a todos, como “ lavadura de la masa” que todo fermenta. Jesús recibirá, en su Reino, a todos los que han construido amor en este mundo. No nos olvidemos, que la pertenencia al reino no exige un conocimiento explícito de Jesús, sino únicamente la acogida concreta del hermano necesitado. El Reino de Dios, como nos lo enseña Jesús, es y será siempre de los que aman al pobre y le ayudan en su necesidad. El Reino de Dios no tiene nada que ver con la fuerza, con la política al estilo del mundo, con el poder sobre los hombres y las mujeres, sino que su Reino se hace presente allí donde los hombres se tratan como hermanos dando de sí lo que otros no tienen. Y esto es lo revolucionario, que Jesús ha venido a establecer el modo de reinar a favor de los pobres y necesitados; desde esta nueva perspectiva, el poder tiene características de servicio y de liberación, de dignificación y reconocimiento de la humanidad en sus necesidades básicas. A tal punto llega este poder-servicio, que Jesús se identifica con los pobres y despreciados, con los inmigrantes y presos, con todos los que son marginados por la estructura social. Sería sencillo para los cristianos y cristianas hacer muchas obras de misericordia con tal de salvarse, pero esto no es el criterio de ver lo que nos dice Jesús en el evangelio, porque el servicio, la atención, se la hacemos al pobre y necesitado, que misteriosamente esconde a Jesús, es el rostro oculto de Jesús. El evangelio de este domingo, es una clara invitación a hacer de la humanidad un Reino de Dios y una hermandad entre los seres humanos. Con Jesús aprendemos que lo que nos salva no es la pureza de la raza, de la religión, de las ideologías, sino una vida solidaria con los hermanos, especialmente con los más necesitados: hambrientos, sedientos, forasteros, desnudo, enfermos, encarcelados. Queda clarísimo que el amor fraterno es condición e itinerario en la vida de los cristianos y cristianas, es fuente y cumbre de la vida de fe, pues de él nace y al él conduce la opción por Jesús de Nazareth.

EL AMOR DE DIOS.- Los cristianos hablamos siempre del amor, afirmamos constantemente que el amor es el criterio último de actitud y comportamiento y precisamente desde el amor será pronunciado el juicio final y definitivo sobre todas las personas, estructuras y realizaciones de los seres humanos. Pero, las más de las veces, ese lenguaje sobre el amor oculta el mensaje auténtico de Jesús, que es mucho más sencillo, directo y concreto. Aunque tampoco en estos versos, Jesús no habla abiertamente del amor, al final no se nos juzgará sobre el amor en sí (lo heroico y extraordinario que pudiéramos hacer de nuestra vida de fe) sino sobre algo mucho más concreto:¿Qué hicimos cuando nos encontramos con hermanos realmente necesitados y pobres? ¿Qué forma de ayuda nos propusimos para aliviar y/o solucionar los problemas y sufrimientos de las personas concretas que han salido al paso de nuestro diario caminar? Lo decisivo, lo importante es ayudar realmente a quien nos necesita. Pues bien, si leemos detenidamente el evangelio de este domingo, observamos que el tema central, no es el juicio final, sino ese hacer prevalecer el amor a la hora del juicio. Maravillosamente el evangelio define cómo es el Reino de Dios y cómo se entra en él. Dios no quiere demostrar su poder ni mucho menos en ese encuentro final con él en la parusía, sino que portentosamente se manifiesta en el hermano que llora, sufre, trabaja, está enfermo (sacramento de la presencia de Dios o signo objetivo de la presencia humilde y escondida de Jesús rey)). Si volvemos a leer, especialmente los versículos 34 y40, 41 y45, la separación entre buenos y malos no son las seis obras de misericordia a los necesitados, sino la identificación del rey con los más pequeños de sus hermanos (versos 40 y 45), que revela (como dijimos anteriormente), su nuevo rostro y la radicalidad de la acción solidaria a los necesitados en la cotidianidad de los encuentros entre los seres humanos. Y el examen para acceder a la inmensa oferta de amor (que es el Reino de Dios) no se hace sobre ninguna de las cosas que supuestamente Dios tendría que querer de los hombres, sino que el examen se hace sobre la ayuda verdadera a aquellos que lo necesitan(acción de amor-servicio, de acción solidaria). En definitiva ser cristiano es amar con el amor efectivo que consiste en servir, consolar, acompañar, compartir, dar lo que sea preciso, a cada ser humano que lo necesita. Puesto que el am0r será el tema del juicio final, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance y poner en práctica la enseñanza de la parábola, es decir, practicar el mandamiento del amor. En otras palabras, el amor no es una idea abstracta, un excelente sentimiento, una palabra cariñosa. No nos olvidemos que son obras concretas: dar de comer, vestir, visitar en la cárcel y estaremos cumpliendo la voluntad de Dios.

 

LA JUSTICIA DE DIOS.- Se nos tomará examen sobre el amor, es decir, Dios nos juzgará por lo que hayamos hecho siguiendo su voluntad. Dios es el que juzga y lo hará imparcialmente. Dios, pues, no nos juzgará por lo que le hayamos hecho a él. Queda claro que nadie ama a Dios directamente ni ofende directamente a Dios, como lo entrevemos en los evangelios y en la carta de san Juan, lo amamos y le ofendemos en nuestro hermano. Como estamos repitiendo la palabra “sacramento de Jesús” y aplicándolo al ser humano y especialmente a ese ser humano que es pobre y necesitado y que éste ya sea al final de mundo o en su muerte particular será juzgado: “Cuando venga en su gloria”. Nadie será juzgado por sus ideas, por la religión que profesa ni por el culto que tributa, ni tampoco por sus actos dirigidos a Dios como son la oración, penitencias, promesas, novenas, escapulario, velas. Todo eso, no contará al final, sólo contarán los actos de servicio al hermano necesitado, sólo contarán los actos de justicia con el hermano oprimido y necesitado de nuestra ayuda. Contará ese dar de comer, beber, vestir, visitar, esas obras elementales y que hemos venido insistiendo en la reflexión de la Palabra de Dios a lo largo de estos domingos. Jesús este domingo, no nos habla de grandes sacrificios y de renuncias, sino esas pequeñas obras que todos los días podemos ir haciendo en beneficio de los que más lo necesitan. Jesús pone de relieve lo más nuclear de su enseñanza que somos juzgados según nuestra propia conducta llena de amor o la conducta indiferente para con los más pequeños. Como vemos, san Matero, destaca la oposición entre el hacer y el no hacer, entre la acción decidida y la omisión. Y sorprende que seamos juzgados de nuestra justicia y de nuestro amor, de la solidaridad o de la insolidaridad. El hambre, la pobreza, la enfermedad, la injusticia son el reto a la responsabilidad y a la acción de todos los seres humanos. Sorprende y anonada que Dios en el juicio se base únicamente en el amor y es claro que para entrar en el Reino, Jesús enuncia una sólo exigencia: el amor al prójimo que exige no una mirada de compasión de un acto de acogida. Y esto es lo maravilloso de Dios, viene a juzgar con brazo potente y mano extendida, pero es un juez que no encuentra parecido en la tierra. No se contenta con juzgar ni condenar, sino que su preocupación es salvar. Es como dirá la primera lectura, un juez que busca la oveja perdida, venda a la que está herida; da fuerza a la que es débil. El examen, será pues, sobre el amor, que se traduce en seis actitudes que concretan lo que es amar. Por eso, la tarea de todos los seres humanos, y más de los cristianos y cristianas es la supresión de todo poder opresor y la implantación de la única ley del amor, y es que las palabras no sirven para nada si no se llevan a la práctica.

PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DEL PROFETA EZEQUIEL 34, 11-12.15-17.- “Esto dice el Señor Dios: ‘Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré. Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar- oráculo del Señor Dios- Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma, pero a la que esté fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia. En cuando a vosotros, mi rebaño, esto dice el Señor: ‘Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío’”.

El profeta Ezequiel nos ofrece uno de los textos más bellos del Antiguo Testamento. Ezequiel animó a su pueblo que padecía el exilio forzado en Babilonia. Denunció la negligencias de todos los pastores que contribuyeron para que Israel viviera esos momentos de crisis y anuncio la acción de Dios para salvar a su pueblo, así como hace un pastor con sus ovejas. Precisamente en el fracaso de los hombres brillará con más fuerza la fidelidad de Yavé, que ahora se dispone a intervenir en persona como último recurso para salvar a su pueblo. El mismo será pastor y saldrá en busca de las descarriadas y dispersas por todas las naciones, y las reunirá, y las devolverá a la tierra de donde fueron alejadas. En el texto que leemos se repite hasta tres veces que el Yavé mismo: se preocupa de sus ovejas, busca a las perdidas y cura a las heridas, y les ofrece pastos abundantes si padecen hambre. Desde la lectura del evangelio, tiene sentido en diferentes niveles, es decir, se cumplirá en momentos distintos de la misma historia de salvación. En primer lugar se ha cumplido ya en buena parte en Jesús de Nazaret que ha venido al mundo a buscar y salvar lo que estaba perdido y se ha presentado a todos los hombres como el buen pastor; pero esta profecía se cumplirá plenamente en la segunda venida de Jesús. Volvamos a la lectura: esta maravilla de amor la realizará Dios, como hemos expresado, enviando al Mesías. De este modo, Dios reinará en su pueblo, apacentará su rebaño por medio del Mesías. Jesús reivindica para sí el título de Buen Pastor como su función mesiánica; además de ser el Buen Pastor es el único Pastor de todas las ovejas. Entonces, a partir de la imagen del pastor, podemos encontrar el hilo conductor de las lecturas de este domingo. La imagen del pastor suscita sentimientos de confianza, derivados de la cercanía de Dios respecto a sus fieles (el pueblo). Su protección en la marcha, y esto es lo también maravilloso, nos abre al momento final de la historia humana. Esta se dirige hacia un momento de revelación plena de la soberanía de Dios que supondrá el triunfo de los que creen sobre la muerte, como bien lo señala Pablo en la segunda lectura. Esta amorosa conducción de Dios sobre los seres humanos, semejante a la relación del pastor con sus ovejas, incluye un discernimiento sobre los actos humanos. Por eso, Ezequiel después de haber descrito el cuidado de las ovejas perdidas, descarriadas, heridas, enfermas, advierte a corderos y machos cabríos: “Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. Desde esta lectura , el juicio final es la culminación de la preocupación amorosa y misericordiosa de Dios sobre todo ser humano que sufre y esta identificación con la miseria humana se pone de manifiesto en la descripción en detalle del juicio final que pone Mateo en la boca de Jesús. Así, Jesús como Pastor que no domina, sino que apacienta, que no se enseñorea como los reyezuelos y tiranos de todo pelaje, sino que busca y cuida a sus ovejas; que cura a las enfermas y venda a las heridas; que libera de todas las esclavitudes e ilumina las oscuridades; un Pastor como Jesús y descrito por el profeta Ezequiel, que a nadie pone a su servicio, sino que a todos sirve para que todos vivamos sometidos por amor al Padre de todos. Este Pastor juzgará entre oveja y oveja, y precisamente ese juicio es lo que hoy nos describe Jesús en la parábola del juicio final.

 

SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE PABLO A LOS CORINTIOS 15, 20-26.28.- “ Hermanos: Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su puesto, primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida; después en final, cuando Cristo entregue el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la muerte. Y, cuando le haya sido sometido todo, entonces también el mismo Hijo se someterá al que se lo había sometido todo. Así Dios será todo en todos.”

Pablo presenta, una visión global, el proceso de la humanidad hacia su término, mostrando el camino que aún queda por recorrer hasta la plena realización de la escatología, en la segunda y definitiva venida de Jesús. Y es también, una síntesis del sentido de la historia desde la perspectiva cristiana. El trasfondo lo forma la propia historia humana, el quehacer humano, pero en cuanto víctima de unas fuerzas y poderes intrahistóricos, cuya sin razón última está en el propio hombre, tipificado en Adán, y cuyo desenlace inevitable es la muerte. Jesús es ya Rey- Pastor y lo es desde su Resurrección, que ocupa un lugar clave. Porque tanto la predicación, la fe y la redención se apoyan en la resurrección. Resucitado, Jesús ocupa su trono junto al Padre y le quedan sometidas todas las cosas. Jesús resucita como primicias y nosotros también lo haremos. ¿Cuándo sucederá? En la consumación de los tiempos (Parusía). Terminado el estadio del Reino mesiánico, vencidos todos los poderes del mal, vencido el pecado y derrotada la misma muerte, el Mesías-Rey cumplido el plan eterno del Padre (su proyecto de salvación), cumplido todo eso, Jesús someterá al Padre el Reino, para que el Padre reine sobre todos (“ Así, Dios será todo en todos”) y beatifique con su gloria (la misma gloria de Jesús resucitado) a todos. Por Jesús nos salvamos. Por Jesús entramos en el Reino del Padre. Pablo comprendió bien este mensaje. Su alusión a la victoria sobre la muerte, no sólo nos recuerda nuestro último destino de resurrección, sino que alimenta y trata de sostener la esperanza de sus discípulos en el tiempo de la prueba y de la dificultad. ¿Qué quiere decir? Que los últimos tiempos, el fin, están ya en marcha, marcan nuestro norte. Hasta que la muerte, el común y último enemigo, quede derrotada, hay mucho que hacer para eliminar todo cuanto mortifica y hace imposible la vida de los hombres (el hambre, la sed, la injusticia, las enfermedades, la cárcel y las mazamorras modernas que han creado el mal y el mismo hombre). Somos conscientes que el cielo no es nuestra tarea de cada día, sino que es nuestra sentida esperanza, es decir, lo que debe llenarnos de coraje para hacer en el “aquí y ahora” nuestro deber: el servicio-amor que nos exige Jesús y que lo hagamos con todos los necesitados; que vayamos dando muerte a los aliados de la Muerte, como son la violencia, el terrorismo, la corrupción, la injusticia, las desigualdades, el hambre, la pobreza. Sólo así tiene sentido la victoria de Jesús sobre la Muerte. Porque en la cruz, y esto es lo maravilloso, no sólo muere la muerte, sino también la injusticia de los que airadamente lo condenan (autoridades judías, fariseos y el pueblo), muere la indiferencia de los que quieren vivir su vida con egoísmo absoluto y con una indiferencia supina. La muerte no es una liberación para el alma encarcelada, sino un poder que Jesús ha destronado y derrotado para siempre. No nos olvidemos que la vida eterna, es el último fruto de toda la historia de salvación. En Jesús resucitado tenemos ya las “primicias” de la gran cosecha que esperamos; en Jesús comienza la resurrección de los muertos y la vida eterna. Si Jesús ha resucitado y volvemos a repetirlo fuertemente: también nosotros resucitaremos. De ahí que cuando el ser humano, los cristianos y cristianas vencemos el miedo a la muerte por nuestra esperanza firme en la resurrección, comenzamos a ser libres frente a todos los enemigos de la vida y de la vida eterna.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 25, 31- 46.- Es la conclusión del discurso escatológico con una escena significativa del juicio. A primera lectura notamos que es un texto universalista in extenso, en la que nos expresa que la pertenencia al Reino de los Cielos no exige el conocimiento explícito de Jesús, sino únicamente la acogida concreta del hermano necesitado. Ni siquiera el cristiano goza de garantía alguna; porque también él será juzgado solamente por el amor (la caridad). En definitiva, nos habla del juicio universal, pero para los cristianos y cristianas este juicio se da cada día, y Jesús ve si nuestro comportamiento como cristianos y cristianas es fiel a la Buena Noticia del Reino de Dios. ¿Qué se quiere indicar? Que Jesús nos habla de estar atentos y preparados tiempo en clave de evangelio, y esto porque los anteriores domingos y la misma palabra de Jesús contenida en el evangelio de Mateo, ha estado dedicada a explicar a los discípulos cómo será el encuentro definitivo de ellos con Jesús y con el Padre, cómo deben prepararse para el mismo trance final y cuáles son las condiciones para que ese encuentro sea feliz. Este domingo, no se sale de ese sentido del “encuentro”, y más de lo que habla el evangelio es del encuentro con Jesús de quienes no lo han conocido antes, de todos aquellos que, por diversas razones, nunca se habían encontrado con Jesús. Por eso, Mateo habla de “todas las naciones” que son los hombres y las mujeres no judías, los que proceden de los pueblos que no son el pueblo escogido de Dios. ¿Qué sucederá en ese encuentro? El domingo pasado, Jesús les preguntó (les pidió cuentas) sobre cuál ha sido el fruto producido. Ahora, Jesús preguntará a los que no lo conocen que cómo han tratado a sus hermanos. Los aceptará o rechazará según los hayan tratado bien o mal, según se hayan preocupado o no de aliviar sus sufrimientos. Y como un pastor separa las ovejas de las cabras, así separará Jesús a los que hayan mostrado solidaridad con sus hermanos de los que hayan sido no solidarios con sus hermanos. El evangelio del juicio manifiesta no sólo el verdadero sentido del amor patentizado en el Crucificado, sino también la verdadera identidad del hombre; solamente el amor a los hermanos le da a todo hombre y a toda mujer consistencia y salvación. No un cualquier amor, sino un amor-servicio, un amor de acogida a los excluidos. Una acogida concreta que se ve claramente en la contraposición del “hicisteis” y el “no hicisteis”, como que Jesús por Mateo nos dice: lo esencial de la vida cristiana no es decir, y ni siquiera confesar a Jesús de palabra, sino practicar el amor concreto a los pobres, a los extranjeros y a los oprimidos. Esta es la voluntad de Dios. Esta es la vigilancia.

“ En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono con en gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a uno de los otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.” Jesús aparece como el referente ante el cual todos seremos juzgados. Él es el juez único de todas las personas y el redentor de todos los hombres y mujeres. No nos habla de una divinidad abstracta y alejada del mundo sino de Dios hecho hombre que se entregó para salvarnos y que se quedó en los rostros de los pobres y débiles de nuestro mundo. Esto es lo fenomenal y a la vez maravilloso (de anonadarse) del evangelio de este domingo, nos viene a recordar que el seguimiento de Jesús no es algo teórico sino práctico. El encuentro con el Señor se da en la vida diaria, en cada rincón del mundo y de nuestra vida misma, en nuestra parroquia, en las obras de misericordia, en la Iglesia. No es un juez como los jueces del mundo, es un juez que busca a la oveja perdida, un juez que venda a la oveja herida, que da fuerzas a la que está débil, es un juez- pastor que no esquilma ni corrompe, sino que libera en la justicia y en el amor verdaderos.

“Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda”. Derecha e izquierda son dos conceptos desprovistos de sentido político para el mundo bíblico. La derecha indica el lado favorable de la vida, siendo la izquierda lugar de infelicidad. Jesús, pues, distingue dos grupos.

“Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuvo desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme’. Entonces los justos contestarán: ‘ Señor, ¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?’ Y el rey les dirá:? En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos, más pequeños conmigo lo hicisteis”. Las palabras de Jesús resultan sorprendentes y desconcertantes, como expresábamos también anteriormente, ¿Porqué? Porque seremos juzgados de nuestra justicia y de nuestro amor, de nuestra solidaridad o insolidaridad con los hermanos necesitados. Jesús con esta descripción de lo que será el juicio final, quiere que tomemos el modelo de acción que nos señala y hacerlo desde hoy mismo, en el aquí y ahora. Observemos que los que están a su derecha no sabían que estaban sirviendo (atendiendo) a Jesús, él se presenta sorprendiendo a los liberadores del hambre, de la sed, de la esclavitud de la cárcel, del alivio de los sufrimientos. Los de la derecha se preguntan asombrados cuando lo han visto y lo han servido o no lo han ayudado. La respuesta de Jesús es fenomenal, porque no nos juzgará más que por haber atendido o servido al hermano, más pequeño que es el rostro de Jesús, en el hambriento, sediento, desnudo, encarcelado, oprimido, sin vestido está Jesús, son su sacramento. Por eso, Jesús recibirá en su reino a todos los que han construido amor en este mundo, en haber acogido al necesitado con quien Jesús se ha identificado. No olvidar que “hermanos más pequeños” son todos los discípulos de Jesús, todos los que quieren acercarse a la salvación, y a los cuales no sólo tenemos que dar amor sino acogerlos porque también son portadores de la Palabra y de Jesús mismo.

“Entonces dirá el rey a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuvo desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis’. Entonces también estos contestarán: ‘ Señor, ¿Cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? El les replicará: ‘ En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo’ Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.” Los que están a la izquierda no han actuado. La pobreza del prójimo no les ha conmovido, no les ha impulsado a ayudarles. Los cristianos y cristianas no podemos hacernos ilusiones: se no se trata de buenas intenciones, de buenas palabras, de muchas reuniones y actos de culto, de muchos sacramentos, son parte de toda nuestra vida cristiana, pero no seremos juzgados radicalmente por ellos, sino que se trata de hechos, de práctica, de obras. Solamente vale lo que cada uno ha hecho, y no lo que ha pensado, creído , o dicho. El peligro de no ingresar ni pertenecer al Reino no nos viene tanto por lo que hace mal, ciertamente influye, sino lo fundamental, es lo que dejamos de hacer por los otros. El egoísta per se, el que vive para sí mismo, será exterminado. Todo lo que dejemos de hacer a favor de los demás es lo que nos más nos aleja de Jesús. ¿El diablo? Es siempre el símbolo del poder opresor, símbolo de todo lo que trata de impedir a los hombres y mujeres, a los cristianos y cristianas serlo de verdad y en plenitud. Y es que no elegimos a los pobres para un bien personal, a veces, hasta escogemos a los pobres, para que nos molesten, que no huelan mal, que no sean sospechosos de nada ilícito. No debemos olvidarnos que Jesús se hace presente en el misterio del otro, del pobre, y tan misterioso es que no se le descubre evidentemente, es decir, él se esconde en el sacramento del necesitado y hay que saber reconocerlo en todo tiempo y en cada lugar.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *