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SEGUIMIENTO Y DISCIPULADO

Las lecturas del Domingo XXII del Tiempo Ordinario Ciclo A, nos hablan del seguimiento radical en el Camino de Jesús de Nazareth, que será fundamental en el discipulado que tendremos que llevar los cristianos y cristianas de cara a la globalización y del testimonio que espera el Padre que demos cada uno de nosotros de las maravillas que hace Dios en nuestras vidas y en la construcción del Reino. Seguir a Jesús es la tarea fundamental del discípulo, y lo hará a la manera de Jeremías en la primera lectura. Ser discípulo de Jesús es acogerlo a él como el centro de toda la vida, descubrirlo en los signos de los tiempos que nos toca vivir aún a pesar de sufrimientos y negaciones, adoptarlo como referencia a todo juicio que podamos realizar, aceptarlo como revelación única y definitiva del Padre, situarlo certeramente en la corazón mismo de la experiencia cristiana, reconocerlo no sólo como modelo sino como paradigma del hombre y de la mujer, y como fuente absoluta que da sentido profundo y único a la existencia de cada uno de nosotros. El seguimiento es sinónimo de conversión que abarca la vida entera, sumergida en el misterio insondable de Jesús hasta llegar a una continua identificación con el Maestro y el Señor; Por eso, seguir a Jesús es vivir siempre en clave de conversión, es ir tras las huellas de Jesús, es recorrer el camino de Jesús como nómades de la fe y sin cansarnos jamás ni menos claudicar cuando vienen las pruebas y dificultades, las marginaciones y los miramientos, los odios y la violencia extrema.

Seguir a Jesús, como vemos hoy en Jeremías, y en especial con Pedro y los apóstoles, es una vivencia desde las mismas raíces humanas, históricas y socio-culturales y de las que nos habla el evangelio que no es para ángeles sino para todos los hombres y mujeres, para la humanidad entera, y esto siempre es así, porque los condicionamientos y las situaciones particulares de la existencia humana influyen inevitablemente en la experiencia cristiana; es en la vivencia cristiana donde se experimenta el seguimiento a Jesús desde muchas miradas, desde la pasión, desde la cruz, desde la resurrección, para encontrar la verdadera liberación que sólo se manifiesta en Jesús, el Hijo de Dios. El seguimiento a Jesús no es otra cosa que ser discípulos de la Palabra del Padre, una Palabra que exige el silencio para entrar en el misterio, es esa actitud contemplativa del que se maravilla ante la gratuidad de quien le habla, es decir, Dios; la Palabra que exige saber escuchar, es decir, una fe que nos hace abrir el corazón a Jesús, obedecerle y ponerla en práctica; el oyente de la Palabra se hace hombre de fe, cuando la ve reflejada en las obras de la creación; conocer la Palabra es hacer experiencia de algo y consiste en entregarse radical e incondicionalmente a Jesús; la Palabra debe ser buscada, es decir, Dios es buscado y el creyente es el que le busca continuamente; gustar la Palabra significa hacer siempre la voluntad y lo que es grato a los ojos de Dios. Todo esta comprensión del misterio de Jesús, refleja la radicalidad del seguimiento, donde el cristiano y la cristiana se han encontrado con el Hijo de Dios (su Palabra), han colocado a Jesús en el centro de gravedad de su existencia y lo han adoptado como referencia necesaria para todo su vivir cotidiano. El seguimiento de Jesús no forma, pues, discípulos que lo escogen a él para seguir sus instrucciones e imitar sus enseñanza, sino que es radicalmente diferente, porque en el camino del seguimiento, Jesús es quien escoge a sus discípulos con plena autoridad (y nos ha escogido también a nosotros y nos ha convocado a ser comunidad). Jesús no llama a seguirlo con la finalidad de que sus discípulos (nosotros) lo imitemos en sus gestos y comportamientos, sino que seamos servidores (trabajadores) y colaboradores de la instauración del Reino del Padre, entonces comprendemos que seguir a Jesús es ser discípulos para entregar la vida entera por la causa del Reino, participando de su acción amorosa. Seguir a Jesús es, pues, convertirse desde las raíces más profundas del propio ser: “ Jesús caminaba por la orilla del lago de Galilea. Ahí estaban Simón y su hermano Andrés, echando sus redes en el mar, eras pescadores, Jesús los vio y les dijo: ‘Síganme, que yo los haré pescadores hombres.’ Y con eso, dejaron sus redes y empezaron a seguirlo.” (MARCOS 1,16-17). Quien se atreve a seguir a Jesús no puede esperar un futuro y una suerte distinta a la de su Señor, tal y como era la tentación de Pedro en el evangelio de este domingo. En el camino está la cruz (como bien se los explica a sus discípulos y es por eso mismo que se asombra Pedro, porque el Mesías de Dios, no podía morir), la persecución, el conflicto, la negación de sí mismo y la muerte, como premisas necesarias para la salvación y la liberación definitivas y que sólo el Padre nos lo puede dar. Y esto será sólo posible, si el discípulo, nosotros como cristianos y cristianas, asume el seguimiento incondicionalmente sin ninguna cortapisa: “Luego llamó no solamente a sus discípulos sino que a toda la gente y les dijo: ‘Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame.’” (MARCOS 8, 34). Por eso, el que sigue a Jesús nunca camina en las tinieblas, sino que está llamado a poseer la luz de la vida. El discípulo sigue a Jesús como un hijo de la luz, que tiene el compromiso y la promesa de estar siempre como servidor, justamente allí donde está su Maestro: “ Jesús les habló de nuevo y les dijo: ¿Yo Soy la Luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz que es vida.’” (JUAN 8,12).

El contexto del seguimiento y el discipulado nos sirve para reflexionar en el evangelio de este domingo. Ser discípulo de Jesús significa ante todo y sobre todo seguirle: “Entonces Pedro le dijo:’Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte.’” (MARCOS, 10,28); “A otro le dijo: ‘Sígueme.’ Este le contestó: ‘Permíteme ir primero a enterrar a mi padre.’ Pero Jesús le dijo: ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú anda a anunciar el Reino de Dios.’” (LUCAS, 59-60). Y para los que como Pedro no aceptan la voluntad del Padre en relación a Jesús, su Hijo, ser discípulo de Jesús es ir detrás de él, ponerse detrás de Jesús y seguirlo: “ Poco más allá, Jesús vio a Santiago, hijo de Zebedeo, con su hermano Juan. También ellos estaban en su barca y arreglaban las redes. De inmediato Jesús los llamó, y partieron tras él, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los ayudantes.” (MARCOS 1, 19-20). De este modo los discípulos son testigos de lo que Jesús dice y hace. Ser discípulo es seguir a Jesús físicamente, es decir, ir detrás de él no sólo para aprender de sus palabras sino de la forma de actuar del Maestro; los discípulos también tiene una actitud vital que no es otra cosa que compartir su estilo de vida y finalmente el discípulo que sigue a Jesús está dispuesto a compartir su destino, en este caso su muerte, de la que Pedro quiere íntimamente sustraerlo, porque sólo pensaba en un Mesías terreno y poderoso.
El camino del seguimiento es un camino que lleva al discipulado. Jesús, como veremos no pide renunciar a vivir, lo que nos pide es acoger la novedad y la plenitud de vida que él nos ofrece y él es el único que nos puede dar. El hombre por naturaleza tiende a pensar en sí mismo, ponerse al centro de todos los intereses y considerarse la medida de todo, como hoy lo observamos, casi en todo orden de cosas. Pero, el que sigue a Jesús rechaza radicalmente este repliegue sobre sí mismo y no puede actuar de forma egoísta e interesada. Para el que sigue a Jesús la vida que vive es un don, algo que recibimos gratuitamente, la vida verdadera es fruto de la gracia, que otorga una existencia libre, en comunión con Dios y con los hermanos. Entonces, en el seguimiento, tenemos que escoger entre ser y tener, entre una vida plena y una existencia vacía, entre la verdad de Jesús y la mentira. Los que son llamados por Dios para seguirlo deben sentir que su palabra, como dice Jeremías, es fuego ardiente en las extrañas que no podemos contener, que nos exige ser generosos, entregarnos y colaborar con la instauración del Reino de los Cielos; pero los mismos llamados a seguirle somos conscientes que Dios no nos promete librarlos de las dificultades, ni evitarnos los esfuerzos, ni mucho menos librarnos de las burlas de la gente, ni que el mundo con todos sus poderes nos tengan por necios e insensatos. Lo que sí nos promete es su gracia. Esa es, pues, nuestro caminar, una aventura que trae felicidad infinita y contradictoriamente es un caminar en un valle de tinieblas, pero sabiendo, como sabemos que Jesús, está ahí, junto a nosotros, como buen pastor, y precisamente Pablo en la segunda lectura nos exhorta a presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa y agradable a Dios. Por eso, el seguimiento de Jesús, comprende para todos los cristianos y cristianas la disposición para recorrer el camino, muchas veces en solitario (como Jesús) y soportar el odio de las gentes, del mundo, de la propia familia. Además, el hecho de seguir a Jesús incluye el realismo de la cruz, la vida hay que entregarla para poder participar de la resurrección. En otras palabras, el que quiera seguir a Jesús hasta la plenitud de la resurrección ha de saber vivir de manera crucificada y este es el destino de todos los cristianos y cristianas.
Ahora bien, si sigo a Jesús, debo ser también un auténtico discípulo y no traicionarlo o abandonarlo. Por eso, Jesús en el evangelio nos enseña las actitudes del verdadero discípulo. Tres actitudes: Renunciar, tomar la cruz y seguirle. Renunciar o renunciarse implica una conversión total que compromete a toda la persona; cambiar nuestra manera de considerar los caminos de salvación (muchas veces somos como Pedro y no pensamos como Dios quiere); cambiar la forma de entender la persona misma de Jesús y mirarlo desde los evangelios y no como nosotros queremos verle. Tomar la cruz, en el sentido más positivo, como lo expresábamos anteriormente, y un sentido más amplio, se trata de pensar en participar con Jesús en la salvación del mundo, como decíamos, es andar detrás de él, llevando su mismo estilo de vida. Finalmente la actitud de seguirle, es tomar sobre nosotros, junto a él, la carga de la salvación del mundo. Además, todo discípulo (nosotros) debe arriesgar su vida. Y precisamente, la audacia del verdadero discípulo es arriesgar su vida por Dios y por la salvación del mundo; es decir, tener fe y con esa fe seguir a Jesús hasta el punto de no volver a encontrarse ya con uno mismo, ese hombre viejo que cambió y se convirtió en criatura nueva.

PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE JEREMÍAS 20,7-9.- Leamos: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir, me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: “Violencia”, proclamando: “Destrucción”. La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: ‘ No me acordará de él, no hablaré más en su nombre’; pero la palabra era en mis extrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos, intentaba contenerla, y no podía.” Es una página autobiográfica llena de emoción. La misión de Jeremías, el profeta de Anatot, era sumamente difícil, él intenta zafarse de esa misión, pero se rinde ante la voluntad de Dios. Veamos el contexto, Jeremías anuncia a Judá su destrucción, ya nadie quiere cambiar de vida, tanto así, que el prefecto del templo lo hace azotar y lo encarcela. Se inicia las persecuciones contra el profeta, que provienen de las autoridades oficiales, cosa muy dura, porque Jeremías era un hombre de orden y de paz. Y se queja con tanta pasión de lo que él piensa que es un engaño de parte de Dios, mejor dicho, Dios lo había convencido (me sedujiste, me forzaste) por no decirlo con artimañas, y él profeta suponía que todos se iban a convertir y cambiar su mirada hacia Dios, y sucede todo lo contrario: lo ha convertido en hazmerreír y en burla que duele en el alma. Toda esta turbamulta lo abruma y como que intenta renegar o enfrentarse a Dios, negarlo como su Dios. El sufrimiento de Jeremías debía de ser grande, pero al mismo tiempo, siente que en su vida no podía prescindir de la tarea encomendada. Es el sentimiento de quien intenta ser fiel a la vocación que Dios le había llamado, a pesar de que esta misión conduce a situaciones de sufrimiento. No puede dejar de profetizar, no puede dejar de hablar de lo que le indicaba Dios, de esa palabra que es como fuego ardiente, encerrado en los huesos. Esta postura de rebelión es una tentación para los seres humanos, como que nos ponemos de pie para encarar a Dios por tantos sufrimientos, violencias y muertes injustas que vemos cada día, especialmente en los más desprotegidos y marginados. Como que Jeremías reacciona y se da cuenta que no es posible enfrentarse a Dios, ya que esta actitud provoca que el corazón se oscurezca y ya no confié en Dios.

Como cualquier profeta verdadero, Jeremías no lo fue porque se lo propusiera, esa misión se la impuso Dios, y él lo llevó a ir contra la corriente de lo que hacía el pueblo de Judá, con resultados obvios de rechazo y desazón. A los cristianos y cristianas nos pasa también lo que nos narra Jeremías, ciertamente Dios nos llama, nos elige y nos confía una misión, una tarea, y no decimos lo que queremos decir, decimos lo que Dios pone en nuestros labios, y como Jeremías ( le pasó también a Jesús) somos despreciados, odiados, vilipendiados por los que nos rodean. Es más el cristiano y la cristiana no ha superado todas sus duras y sus crisis de fe, todo lo contrario, ven que sus vidas y sus obras están llenas de inseguridad. Pero, como Jeremías, el cristiano siente que el Jesús está a su lado, dándole fuerzas para cumplir la misión que se le encomendó, la atarea de ayudar al prójimo a buscar y encontrar el camino de la fidelidad a Dios. Dios utiliza palabras duras como cuando pone a prueba a Jeremías sobre su fidelidad aunque duelan y suenen a engaño, y como cuando Pedro al reprender a Jesús, quiere tentarlo y desviarlo para no cumplir la voluntad del Padre, y esta es la razón de la dureza de las palabras que emplea con Pedro.

SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE PABLO A LOS ROMANOS 12,1-2.- Leamos: “Hermanos: Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros corazones como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la volunta de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.” Comienza la segunda parte de la carta a los Romanos donde Pablo les exhorta para que vean que vivir en cristiano no es lo mismo que vivir como gentiles. No se puede ser, pues, cristiano viviendo un estilo de vida como de los gentiles o paganos (los que no creen en Jesús), sino viviendo un nuevo estilo de vida que es la persona de Jesús y sus evangelios; si esto es así, Pablo nos dice que no podemos dejarnos transformar por los criterios de este mundo, sino que la nueva manera de pensar nos transforme internamente y sepamos distinguir cuál es la voluntad del Padre y toda la vida de fe radica en que se ha de tener una mente renovada en Jesús. Si somos criaturas nuevas renovados por Jesús, el culto también debe ser nuevo. Por eso, Pablo nos exhorta a presentarnos como hostia viva, santa y agradable a Dios. ¿Cuál es la diferencia con los otros cultos y con el culto de los judíos? Que la hostia ofrecida ya no son los sacrificios de animales, sino el hombre mismo, es el mismo cristiano y la misma cristiana que se ofrece a Dios y es que un amor sincero y leal a Dios y un abandono total a su voluntad nos compromete a todos enteramente, le hace víctima viva, santa, agradable a Dios. En esta exhortación de Pablo, como que se contiene el programa de toda vocación cristiana: en primer lugar, que no nos amoldemos al mundo presente; en segundo lugar, que este no ajustarnos a los criterios dulcificadotes de este mundo, nos hace transformarnos mediante la renovación de nuestra mente (pensar como Jesús, vivir su estilo de vida); en tercer lugar que tenemos que discernir o aquilatar cuál es la voluntad de Dios. Los cristianos y cristianas no nos podemos convertir al mundo, muy por el contrario, debemos convertir a es mundo a Dios, que esa es nuestra tarea de seguimiento y discipulado al que nos hemos comprometido desde nuestro bautismo.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 16, 21-27.- El episodio de Cesarea de Filipo es fundamental en el relato de los evangelios de los sinópticos. En ese momento se produce un cambio en el ministerio de Jesús: de galilea a Judea; de las muchedumbres que lo seguían a los discípulos; de los milagros al signo de la cruz; del anuncio evangelizador a todas las gentes a la educación en la fe. Jesús no es el Mesías esperado en las escrituras y como lo entiende el pueblo, sino es el Hijo del hombre sufriente. Jesús empieza a hablar a sus discípulos en forma abierta; les habla del sufrimiento y de la muerte que le esperan y les señala la presencia de su resurrección. Para algunos de sus discípulos esto parece una fatalidad y es que los que lo seguían creían pensaban en un reino terrenal donde todos iban a conseguir los mejores puestos. Jesús intenta sacar de sus mentes este tipo de mesianismo, sino que es un Reino de los Cielos. “En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ira a Jerusalén y padecer allí mucho de parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte. Jesús se volvió y dijo a Pedro- Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres no como Dios”. En Jeremías encontramos también expresiones duras y exclamaciones contundentes. Jeremías ora a Dios desde su sufrimiento. Jesús, aun en medio de sus discípulos no se siente comprendido ni apoyado y al anunciar su pasión y muerte, como que la incomprensión aumenta; si leemos bien los textos de Jeremías (primera lectura) y este texto del evangelio de Mateo, veremos que tanto el pueblo como la primera comunidad cristiana necesitan una segunda conversión, es decir, de mirar el verdadero rostro y comprender la verdadera misión del Mesías de Dios. En el verso 22 encontramos, pues, a Pedro encarnando al hombre que se empeña en manipular la historia, como que quiere reservarse para él y sus compañeros todo el éxito y la gloria, y evitar y ahorrar esfuerzos, el trabajo, el dolor o la incomodidad y pone una justificación religiosa: “ ¡ No lo permita Dios!” Pedro representa a todo aquel (como nuestro mundo y los poderosos del mundo) que pretende decirle a Dios cómo ha de ser Dios, porque sabe (más que Dios) lo que le conviene a Jesús. Se presenta, como lo vimos el domingo pasado, como el que más ama a Jesús y lo ve como el Mesías del Dios vivo y salvador, pero en vez de seguirle pretende que Jesús sea él que lo obedezca. La respuesta de Jesús es durísima, pero en el lenguaje de Jesús hay que saber entenderlo y es que cada cosa humana adquiere desde Dios un significado distinto, es decir, tenemos que ver el significado espiritual más profundo donde se nos quiere dar a conocer la voluntad de Dios para nuestra existencia. Se tiene que comprender que el verdadero seguidor de Jesús lo sigue en el dolor para seguirle de veraz, es el cristiano que sigue a Jesús, y no él al cristiano. “Entonces dijo Jesús a sus discípulos:- El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que se cargue con su cruz y me siga.” Negarse a sí mismo, es decir, olvidarse de sí mismo. Le diremos a ese nuestro yo egoísta para creernos autónomos y autosuficientes, que no queremos seguir nuestros propios planes ni nuestros propios intereses, sino y sobre todo depender de Dios y de hacer y sufrir todo cuanto él tenga para nosotros, y es que el mayor obstáculo para seguir a Jesús somos nosotros mismos. Tomar la cruz, no se refiere a los problemas de la vida que nos cercan por doquier y los experimentamos cada día, sino que tomar la cruz es asumir totalmente la carga del sacrificio en clave de Jesús. ¿Cómo así? El discípulo de Jesús debe alistarse en la fila de los condenados a muerte a los deseos de sí mismo (egocentrismo), y es que como hemos expresado anteriormente, la cruz es la carga que tomamos voluntariamente por servir al Evangelio de Jesús, por eso, la significación de la palabra durísima de Jesús: “ Quítate de mi vista Satanás”, es decir, ponte detrás de Jesús, ayúdalo a carga con su cruz que te ha salvado y ha salvado al mundo entero, a la humanidad entera. Cargar con la cruz es aceptar también la oposición del mundo y de los poderes del mundo, Los cristianos tenemos que ser conscientes y debe quedarnos claro que sino estamos dispuestos a afrontar las dificultades que la fidelidad a Jesús comportan incluso hasta la misma muerte, no se está en la actitud de seguir a Jesús.

“Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarlas? Porque el Hijo del Hombres vendrá entre sus ángeles, con la gloria del Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.” Ganar todo el mundo y arruinar la vida, es algo que nos pasa continuamente a todos los seres humanos, como también a muchos cristianos y cristianas. En la medida que sólo satisfacemos nuestros deseos de manera pronita no crecemos como seres humanos y más como cristianos. Nuestro espíritu no se aquieta sino que surge la vorágine de querer más y más, y es que en este mundo tecnificado hace que surjan nuevos deseos y más apremiantes que los anteriores. Entonces, comenzamos a vivir en tensión permanente y lo único que nos interesa es tener siempre más y disfrutarlos con mayor intensidad. Pero, como hemos dicho, viene la vorágine y de pronto estamos nuevamente en el vacío, en la ruina, en el decaimiento, la tristeza, la depresión y el hastío, y esto es lo que Jesús nos quiera decir con sus palabras : “de qué le sirve a un hombre ganar mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? El hombre madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata que la ofrece el mundo, cuando sabe renunciar a sus caprichos y egoísmos, para obtener la verdadera libertad. Por eso, el que quiere seguir verdaderamente a Jesús hasta la plenitud de la resurrección, de la gloria del Padre ha de saber vivir de manera crucificada. En otras palabras, ganar la vida es ir más allá de las apariencias, es decir, debemos dejar de pensar que lo meramente biológico, lo sensible y emocional es lo más fundamental para nuestra vida como seres humanos y si accedemos a la verdadera vida que nos ofrece el Padre, la muerte pierde su importancia, y es que la plenitud que nos ofrece Jesús está más allá de lo caduco, de lo que pasa. Por eso, para ser cristiano, hay que transformarse, convertirse, hay que nacer de nuevo en Jesús el Hijo de Dios.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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