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TENER ENCENDIDAS LAS LÁMPARAS EN NUESTRO CAMINO DE FE

Es el domingo de la espera vigilante y de las lámparas encendidas confiados plenamente en la presencia y en la protección de Jesús. También es el inicio del tiempo de evaluación de nuestro caminar como cristianos y cristianas en el período de gracia de este año del Señor que estamos concluyendo. Una evaluación en clave de vivencia efectiva y una presencia de Jesús en cada uno de los días de este año que Dios nos permite vivirlos intensamente. Como los primeros cristianos, los cristianos y cristianas del siglo XXI y de las abrumantes redes sociales, expresamos nuestra fe en la primera venida de Jesús, es decir, en su encarnación en las purísimas extrañas de María, pero, como los primeros cristianos testimoniamos también la fe en la espera de la segunda venida de Jesús, esto es de la “parusía”, que significa literalmente, presencia o venida, y que habitualmente la usamos para significar el retorno de Jesús al final de los tiempos. Y entre la primera y segunda venida está nuestro tiempo presente, el tiempo de espera vigilante y de las lámparas encendidas, el tiempo de la Iglesia. Nuestra vida con Dios, no la vemos como que se dará definitivamente en la otra vida (una vez que muramos), sino que ya desde ahora comienza la otra vida, esa vida que se nos dará en plenitud y para siempre en la comunión con Dios, esa vida eterna que la intuimos en el misterio de la resurrección de Jesús y nuestra fe nos afirma que ya estamos viviendo- en el aquí y ahora- esa vida resucitada de Jesús. ¿Cómo así? Que la vida eterna no es un simple consuelo de los que creemos, sino porque creemos firmemente en la vida eterna, vivimos ya desde ahora en camino hacia ella, descubrimos su presencia, no sólo como preparación para una buena muerte sino como un crecer siempre hacia la plenitud que esperamos obtener por la gracia del Padre.

¿Cómo hemos sentido su presencia en este año de gracia de Dios que concluimos? Esperamos que estupendamente, porque cada día en sus evangelios y especialmente cada domingo, Jesús ha venido anunciándonos, desde que comenzó el año, su venida por medio de diversas imágenes y hemos visto cómo se hacía presente la obra de la redención. Esperamos con ansias, junto con la Iglesia, la venida definitiva de Jesús, pero no pedimos que sea en seguida, porque sabemos que la hora de Dios sólo El la conoce, sino que le pedimos a Jesús que podamos perseverar fuertes hasta el final con nuestra lámparas encendidas llenas de su palabra y de su amor, como dice Pablo: “ Ahora no les falta ningún don espiritual y quedan esperando la venida gloriosa de Cristo Jesús nuestro Señor. El mismo los va a mantener firmes hasta el fin y ya no tendrán que temer ningún reproche en el día en que venga Cristo Jesús nuestro Señor. Dios es fiel: no les faltará después de haberlos llamado a vivir en comunión con su Hijo, Cristo Jesús nuestro Señor.” (1 CORINTIOS 1,7-9). Desde el inicio del año litúrgico, ¿nos habíamos trazado un objetivo de vida? Observemos que en el evangelio de este domingo, el objetivo de las diez doncellas es claro: entrar en la fiesta de bodas, es decir, sabemos muy bien que para los cristianos y cristianas la fiesta de bodas es el Reino de Dios, la plenitud de Dios, ¿ha sido él el guía fundamental e importante para nuestras vidas? ¿Estamos convencidos que el camino y la vida que nos ofrece es verdaderamente lo que nos puede dar felicidad? ¿O más bien, nuestra vida se ha convertido en una rutina, sin anhelos ni esperanzas? No nos olvidemos, a la hora de evaluar nuestro caminar cristiano, que vivir la vida de Dios, su amor, su bondad, su misericordia y su ternura de Padre que acoge a todos por igual y especialmente a los pobres, es en definitiva la realización más plena de la condición humana. ¿Hemos caminado con él y con sus exigencias? Por eso, el evangelio de este domingo, nos señala claramente que cada uno debe responder ante Dios con su propia vida, no con las prestaciones 0 ayuda de la vida de los demás. No se trata, pues, de que luzca nuestra lámpara con el aceite de otro. Sabemos que Dios va hasta lo más íntimo de la persona y no se le puede engañar.

¿Qué significa el aceite en la biblia? El aceite de oliva era símbolo de riqueza y bendición de Dios. Era también una ingente fuente de ingresos: ayudaba para preparar los alimentos, era usado como medicamento, cosmético tonificante, combustible de lámparas o candiles, componente de los más variados perfumes. Y precisamente el evangelio de este domingo gira en torno al aceite como combustible para las lámparas.
¿No tener aceite para nuestras lámparas? Jesús nos dice magistralmente que no podemos ser como las cinco doncellas que no tenían aceite en sus alcuzas, ¿de qué se trata? Si queremos llegar al Reino de Dios, a esa plenitud de felicidad, debemos estar alertas, porque el camino de este mundo llega un día en que se acaba y no sea que nos quedemos fuera del Reino de Dios. Por eso, vale la pena recordar que nuestro camino en este mundo se acaba con la muerte, y sería una lástima llegar al final de nuestras vidas con las manos vacías. No podemos, en absoluto, abusar de la bondad y de la misericordia de Dios, y la tarea nuestra es sabernos acercar a nuestro Dios, buscar a ese Dios que nos ha encontrado ya, de encontrar a ese Dios que no cesa de buscarnos. Además, el evangelio de este domingo expresa claramente que se nos ha dado la vida como un quehacer y un porvenir a la que estamos definitivamente atados, y precisamente sería un pecado capital si desertamos de realizarnos, si nos cansamos de buscar la felicidad o dejar de lado la santidad. Ese pecado capital de no salir cada día el encuentro con Jesús o no ser como Dios quiere que seamos. Y que somos insustituibles es esa tarea (quehacer), nadie puede realizarse en nuestro lugar, nadie puede ser feliz en mi lugar, así de claro. Y más aún, no llevar aceite para nuestras lámparas quiere decir que tenemos muy pocas ganas de vivir la vida de Dios; quiere decir no hacer lo que está a nuestro alcance para vivir, ya ahora, esta vida. El aceite, es precisamente, iluminar según nuestras capacidades y posibilidades; si no lo hacemos, si no ponemos el amor que somos capaces de poner, nadie creerá que queremos la luz y el amor plenos de Dios. Desde la perspectiva del evangelio de Mateo, parece increíble que haya personas con tan poco juicio para dejarse escapar un acontecimiento como es la fiesta de bodas (el Reino de Dios), personas que no lleven el aceite que ha de alumbrar, y que se duerman; personas que no vivan en espera vigilante para aquel gran momento, el momento de la llegada del novio o esposo y así poder ingresar a la sala del banquete (el Reino de Dios).

¿Tener aceite para las lámparas? Jesús en el evangelio de este domingo, nos está preguntado si creemos o no en él y en su Reino. Si creemos, debemos tener nuestra vida pendiente de él, de su camino. Si creemos, toda nuestra vida será un ir llenando de aceite nuestras alcuzas (botellas) para que nuestras lámparas estén siempre a punto para dar la máxima luz posible; Jesús no nos invita a no hacer tal o cual cosa, sino que nos invita a hacer, como que nos quiere decir: han de almacenar aceite, han de poner su vida en acción y vivirla cada día para que se conviertan en los mejores candidatos para el encuentro con Dios en el Reino. Jesús nos dice que el aceite para mañana se compra hoy, y esto nos dará el coraje para vivir a pleno tiempo el evangelio aún a pesar de las horas difíciles que esto pueda significar en la espera vigilante. Aunque sea de noche (horas difíciles) hay que permanecer alertas (vigilantes), preparados para la llegada de Jesús, incluso en medio de la noche. La espera reflexiva y previsora requiere una perseverancia y una energía interior, y la clave es la imagen del aceite; el aceite en las lámparas; el aceite en reserva; el aceite en cantidad suficiente para evitar que las lámparas se apaguen; pero, el aceite se consigue con trabajo. Por eso, el aceite simboliza las obras, el evangelio realizado en la vida, la atenta y constante vigilancia ante la llegada no avisada del novio, y ésta es una cualidad interior que no puede ser compartida por otro, ni mucho menos prestada ni vendida. Ciertamente, puedo y debo compartir mi experiencia de fe, pero no puedo compartir mi responsabilidad ni mi respuesta (tarea o trabajo). A cada uno le corresponde tener, pues, aceite de reserva, actitudes de amor y de servicio, esfuerzo personal y entrega generosa, y dar lo mejor de sí para su realización personal.

¿Qué es tener encendidas las lámparas? Tener las cosas bien dispuestas y preparadas, tener preparado el aceite para encender nuestras lámparas, para ofrecer nuestra luz. Significa no vivir descuidadamente, que en los tiempos de prueba y en las horas difíciles nuestra vida cristiana pueda aparecer luminosa, pueda ser verdaderamente la lámpara encendida con la luz que el Padre espera de cada uno de nosotros. Tener encendidas las lámparas es estar siempre preparados porque cada día sea el día de Jesús, cada hora sea la hora de Dios. Tener encendidas las lámparas, no es hacer tal o cual cosa para esperar a Jesús, sino tener el aceite preparado ya de antemano. No es un llamado a tener miedo a la muerte (segunda lectura), sino a vivir de tal manera que, llegado el momento, nuestra vida sea luminosa, de la luz que producirá el aceite que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida. Por eso, los cristianos y cristianas, tenemos que buscar la Sabiduría, como nos lo dice la primera lectura, esa búsqueda prudente de la Sabiduría, de la luz de Jesús, alimentando constantemente la luz recibida en el bautismo para entrar en la fiesta de bodas, en el Reino de Dios. Tener las lámparas encendidas con la oración de cada día, haciendo paréntesis a una vida agitada y estresada para ponernos ante Dios, contarle cómo va nuestra vida, pedirle su ayuda, amor y bendición; tener las lámparas encendidas es saber encontrar un espacio y tiempo propicio para la reflexión y meditación, es saber leer un fragmento de los evangelios y reflexionarlo.

¿Cuál es el aceite, por excelencia, que permite mantener encendidas las lámparas en la vida cristiana o camino de fe? Es el amor. El amor ardiente y generoso que mantiene nuestro ser vuelto a Dios y hacia los hermanos, hacia todos los hombres y mujeres. El amor que es donación de sí mismo. El amor que es descubrir en cada hermano la imagen misma de Jesús. Es el amor que triunfa sobre todo pecado, sobre todo egoísmo y soberbia. Es el amor que es la más grande de las virtudes: “ Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí: permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos permanecerán en mi amor, así como yo permanezco en el amor de mi Padre, guardando sus mandatos.” (JUAN 15, 9-10), y si en efecto es la virtud más grande, se nos juzgará sobre el amor: “ No se entrañen, hermanos, de que nos odie el mundo, pues al amar nosotros a nuestros hermanos, comprobamos que hemos pasado de la muerte a la vida. El que no ama, permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un asesino, y, como lo saben ustedes, en el asesino no permanece la Vida eterna.” (1 JUAN 3,13-15). Claramente se extrapola de la Primera Carta de Juan, que lo que mantiene también nuestras lámparas encendidas es el amor a los que no cuentan en la sociedad, a los de abajo, a los marginados, haciendo producir en beneficio de ellos los talentos que Dios nos da a cada uno; por eso, la provisión de aceite-amor nos asegura la entrada en el Reino de Dios. Como hemos venido expresando, este aceite no es posible recibirlo de otros ni prestarlo ni venderlo a nadie. Es personal e intransferible. Cada uno y cada quien, debe disponer del aceite para alimentar la lámpara de su propia vida.

Finalmente, en el evangelio de este domingo, Jesús nos dice, que no podemos vivir desprevenidos, hay que estar siempre alerta a sus indicaciones y en vigilia permanente, y más si tenemos todos los elementos adecuados que él nos propone en sus evangelios nuestra fe nunca se apagará por muchas que sean las dificultades y que la noche sea lóbrega e incierta. Los cristianos y cristianas estamos, cada año, esperando la venida definitiva de Jesús, el Señor y jamás tenemos que cansarnos ni desanimarnos en la tensa espera para no quedarnos dormidos confiados ni tener la provisión de aceite suficiente. No debemos caer en el pensamiento de las doncellas necias, que personifican a los cristianos y cristianas que creen que la fe no requiere de cuidados ni necesita la fuerza de Jesús, debemos ser coherentes, y como las doncellas sensatas (que buscan y encuentran la sabiduría de Dios) nos procuramos la reserva de aceite para que nuestra fe no se apague. La fe no se puede prestar a nadie, es en el corazón de cada cristiano donde florece la gracia de la fe. No nos olvidemos que el Jesús está por venir, aunque no sabemos ni el día ni la hora, y esto precisamente debe mantener viva y ardiente nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor, unida a la espera vigilante, con perseverancia a prueba de todo y con una absoluta confianza en Jesús, el Señor. Pidamos al Dios del amor y de la esperanza que cuando lleguemos a su presencia en ese encuentro definitivo las lámparas de nuestra fe estén encendidas y con suficiente reserva para poder reconocerlo como nuestro Salvador.

Las lecturas de este Domingo XXXII del Tiempo Ordinario Ciclo A nos urgen a estar en espera vigilante, a estar preparados, y ese estar preparados significa tener presente siempre a Jesús, comprometernos con su causa, con la Buena Nueva, en esta vida, en el día a día, y en todo el tiempo de nuestro seguimiento para así estar siempre preparados para el encuentro final con Jesús.

PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA 6,12-16.- “Radiante e inmarcesible, es la sabiduría, la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a la puerta. Meditar sobre ella es prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones. Pues ella misma va de un lado a otro buscando a los que son dignos de ella: los aborda benigna por los caminos y les sale al encuentro en cada pensamiento.”

Debemos pasar toda nuestra vida buscando la Sabiduría nos dice el texto de la primera lectura y nos anima a buscarla sin desmayar. La Sabiduría, que la Iglesia ha identificado con Jesús y su gracia, se deja contemplar fácilmente por quienes la aman y se deja encontrar por quienes la buscan, porque ella es radiante, y merece la pena que se la busque por que es inalterable; la Sabiduría se anticipa a nuestros deseos y es la primera en darse a conocer, y está desde la mañana sentada a la puerta de quienes la busca. Volviendo a leer el texto, concluimos que es una descripción maravillosa del encuentro del ser humano y de Dios, cuya profundidad es sólo comparable a su sencillez; es, pues, ese proceso que nunca se acaba donde el ser humano busca a Dios que le ha encontrado ya, y de ese ser humano que encuentra a Dios que no ha cesado de buscarle. Lo fundamental es el verso 15: “Meditar sobre ella es prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones” ¿De qué se verá libre? Libre de las preocupaciones por lo que le espera después de la muerte. No nos olvidemos, que la sabiduría o prudencia (sensatez) dada por Dios es, en todo el libro de la Sabiduría, lo que consuela, lo que reanima, lo que transmite la bondad de Dios, y en consecuencia es la capacidad de juzgar y obrar conforme a la verdad y a la voluntad de Dios. La sabiduría que se encuentra en la Biblia no es una de conocimientos científicos, técnicos y diversificados, sino que uno es sabio cuando hace propios los pensamientos de Dios y los deseos de su voluntad. Sabio es el que posee un conocimiento experiencial del amor de Dios y, a la luz de este amor, juzga el acontecer humano; juzga, pues, la propia vida y las propias decisiones y actúa en consecuencia. Y así, la sabiduría (que en evangelio de este domingo, sería las que practican las doncellas sensatas o prudentes) es una sabiduría que no se improvisa y más la sabiduría cristiana, no se aprende en los libros de ciencia y tecnología que pueblan los anaqueles de las bibliotecas físicas y virtuales, sino que es una experiencia de fe y nace en el corazón de cada cristiano y cristiana que está atento a la Palabra de Dios, recapacita, ora y busca cumplir sobre todo y ante todo la voluntad del Padre.
SEGUNDA LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DE PABLO A LOS TESALONICENSES 4,13-18.- “ No queremos que ignoréis, hermanos, la suerte de los difuntos para que os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús a los que han muerto. Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues él mismo el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por lo aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.”

Como vemos, Pablo aclara a los cristianos de Tesalónica diversos puntos sobre la Parusía de Jesús (parusía que habíamos definido como presencia o venida y que generalmente se usa para señalar el final de los tiempos y a la segunda venida de Jesús) y la resurrección de los hombres y mujeres. Pablo afirma que el cristiano, al revés del que no cree (pagano), vive en fe y esperanza: cree y espera el retorno glorioso de Jesús (Parusía). Cree y espera en la resurrección de todos los muertos. Por lo tanto, afirma Pablo, los Tesalonicenses no tienen por qué entristecerse por sus familiares muertos; los muertos en la fe de Jesús vivirían con él y vivirán un día con nosotros. Dios, que es Dios de vivos, resucitará a cuantos durmieron en la fe de Jesús. En consecuencia, dice Pablo, un destino final nos reunirá en el Reino de la Vida eterna. Pero ni siquiera deben apenarse por quienes muran antes de la venida de Jesús. No llevaremos, pues, ventaja uno a otros, sino que seremos por igual testigos de la epifanía gloriosa de Jesús. Por lo tanto, los muertos resucitados y los vivos revestidos de inmortalidad forman con igual gloria y en la misma hora el cortejo triunfante del Mesías Rey y Juez. Sólo que Jesús para el encuentro de ese día nos espera vigilantes, dóciles y fervorosos, ese amor ardiente que es el aceite que aprovisiona nuestra tensa y sabia espera.

Por eso, san Pablo les habla a los Tesalonicenses de la importancia de mantener la fe, e interpela a aquellos que mueren como si no hubiera otra esperanza. Afirma que todos aquellos que creen en Jesús y pertenecen a él, estará siempre con él. Por esta razón , los cristianos y cristianas debemos vivir consolados con una gozosa y profunda esperanza. Los cristianos y cristianos tenemos que fijarnos en nuestra vida personal, ya que cada uno de nosotros (como expresa hoy el evangelio) tendremos también un decisivo encuentro personal e inevitable con Jesús al término de nuestra vida en la tierra. Si ese el sino de todos nosotros, cuánto más tenemos que aprender a contemplar nuestra muerte como un encuentro con Jesús, y esa muerte que tanto nos fastidia y nos repugna, si la aceptamos con fe y amor nos abre a compartir la Pascua de Jesús: morimos con Jesús que ha muerto por nosotros, para estar con él, que vive para siempre. Pensar sólo en la tristeza de la muerte nos paraliza; pensar- con sabiduría- en Jesús con quien nos encontraremos, nos anima y estimula. La muerte para el cristiano, es el encuentro con Jesús y también una ganancia: “ Sinceramente, para mí, Cristo, es mi vida y morir es una ganancia” (FILIPENSES 1,21).

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 25,1-13.
La parábola de las doncellas nos recuerda a los cristianos y cristianas que ser cristiano es saber esperar a Dios. Sin esta esperanza, como dice San Pablo en la segunda lectura, como que se apaga en nosotros, hemos perdido lo más importante y nuestra vida se hace irremediablemente atea (sin Dios). También esta parábola nos dice que la comunidad cristiana y el mismo cristiano que creen y esperan en Jesús tiene que ser sensatos y vivir en una permanente actitud de disponibilidad a las llamadas que Dios nos hace a través de los acontecimientos diarios, ya que los seres humanos no disponemos de la vida para usarla según nuestros intereses. Por lo mismo, hemos de contemplar y valorar todo lo que hacemos (ese quehacer o tarea fijada por Dios) desde el acontecimiento decisivo de la muerte, del encuentro definitivo con Jesús. En el evangelio de este domingo, ese encuentro es comparado a una fiesta de bodas, que en Palestina se celebraba con gran pompa (ciertamente no era una boda religiosa sino civil llena de cantos, bailes y alegría). Comenzaba la fiesta a la puesta del sol. La novia, que llevaba su cabeza ceñida con una corana, esperaba en su casa, acompañada de sus amigas, la llegada del novio, que acudía a buscarla acompañada de familiares, amigos y demás amistades para llevarla en una litera a su casa. Todo el cortejo se realizaba con antorchas (lámparas encendidas) y cantos festivos alusivos a los desposados. A la llegada del cortejo a la casa del esposo se celebraba el banquete de bodas. En el evangelio, el encuentro definitivo con Dios es comparado a un banquete de bodas que no acabará nunca. Jesús nos invita a su reino, y nos pide una respuesta personal antes que cierre la puerta. El retraso, la falta de preparación, implica la exclusión definitiva de la fiesta, como les sucedió a las doncellas necias. Una vez que la puerta se haya cerrado es inútil insistir. Jesús solamente reconocerá a los que antes, a lo largo de la vida, lo hayan reconocido a él por medio de sus obras. Mateo termina la parábola exhortándonos a la vigilancia, ya que el día y la hora decisivos son inciertos.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: ‘Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo” Los autores bíblicos utilizan con mucha frecuencia la figura de una boda para comparar la relación de Dios con su pueblo. Para las primeras comunidades cristianas la fiesta de las bodas significaba el Reino de Dios. Las comunidades cristianas están representadas por las diez doncellas que esperan al novio, entre las que hay miembros sensatos y necios. Jesús es representado por el novio y con él todas las esperanzas de alegría, felicidad y vida eterna. Hoy los cristianos y cristianas del siglo XXI comprendemos que la venida de Jesús es ya una realidad, que el Reino de Dios está en medio de nosotros y que cada uno debe comprometerse en hacerlo realidad.

“Cinco de ellas eran necias y cinco era eran prudentes”. El evangelio de Mateo considera sensata o prudente aquella persona que escucha el mensaje de jesús y lo pone por obra; necia, es la persona que conoce el mensaje de Jesús, pero no lo practica. Y así, las doncellas necias podrían representar a todos aquellos que tienen cierta fe y una cierta esperanza: creen, en teoría, que Jesús de Nazareth es el Mesías, el enviado de Dios, el salvador de la humanidad: creen sinceramente que Dios es Padre y que todos los hombres son hermanos; creen en la Iglesia y en su doctrina. Y esperan, quizá sobre todo esperan como las doncellas, pero su esperanza no tiene otra perspectiva que el más allá, la otra vida, el otro mundo. Y a pesar de que conocen, creen y esperan, no aman. Se han olvidad que lo que caracteriza la práctica cristiana es el amor. Las prudentes, simbolizan a quienes viven aquello que creen, a quienes hacen posible por anticipar la felicidad que esperan, a quienes procuran que su fe en Dios que es Padre se manifieste en la práctica del amor a los hermanos, especialmente a los pobres y olvidados.

“Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.” Según la costumbre, las prudentes llevan sus lámparas, esas antorchas empapadas con aceite. También llevan consigo una cantidad de aceite, que para el judaísmo simbolizaba las buenas obras, pero que en las comunidades cristianas puede simbolizar la alegría de la recepción del mensaje de Jesús. Las doncellas descuidadas representan a las personas que piensa que su fe no requieren de cuidados y de tareas que hacer, se quedan dormidas. Las prudentes son las que ha han pensado que el novio se puede retrasar y se han aprovisionado de una reserva de aceite para que la fe no se apague.

“ El esposaos tardaba , les entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz: ‘ ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!?” El esposo se hace esperar, es decir, tarda en llegar. Esta tardanza acaba por desalentar a los discípulos. Es de noche, pero hay que permanecer alertas, preparados para la llegada del esposo, incluso en medio de la noche, lo que da confianza es que se tiene reserva de aceite para que no se apaguen las lámparas. La tardanza del esposo, es pues, el espacio de tiempo que se nos da para practicar el bien (el aceite). Las doncellas se habían dormido completamente. Este sueño simboliza el olvido y la despreocupación en que solemos incurrir los cristianos y cristianas, pero súbitamente, en pleno olvido de la venida del esposo, se oye el vocerío de los que han visto venir al esposo con su cortejo, este clamor en medio de las tinieblas representa la voz de la trompeta con que los ángeles del Señor llamarán a todos los hombres y mujeres a juicio cuando menos piensen.

“Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.’. El aceite que las necias habían olvidado no es sino la práctica del mensaje de Jesús. Las necias tienen una actitud ineficaz en vistas a la llegada del esposo; ellas llevaban también las antorchas encendidas pero no se preocupan del aceite, combustible necesario para el mantenimiento de la iluminación. En el fondeo, se halla en ellas una actitud de rechazo ya que no han puesto en práctica la enseñanza de Jesús. Esta práctica de las obras cristianas no se puede improvisar en el momento de presentarse ante Jesús, y es que cada uno es responsable de su propio seguimiento
“ Pero las prudentes contestaron: ‘Por si acaso no hay bastante para vosotros y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.’” Aparentemente las prudentes aparecen aquí poco amigables y caritativas. La negativa a la petición no es por puro egoísmo; como hemos dicho, el aceite simboliza las buenas obras, la atenta y constante vigilancia, esto es, una cualidad interior que no se puede compartir con otro. Y es que en el momento decisivo e imprevisto de la propia muerte no tienen cabida las ayudas que podamos darnos unos a otros; exige, sí, una preparación personal e insustituible.

“ Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta” La figura del esposo designa a Jesús mismo. Las prudentes, son aquellos y aquellas que han puesto en práctica la enseñanza de Jesús. Desde el inicio, su actitud es de acogida y, cuando llega el novio, entraron al banquete de bodas. Su participación al banquete y la alegría de las nupcias brota de que estaban preparadas. El resultado para las necias es una consecuencia inevitable de la improvisación con que han actuado, porque mientras iban a comprar el aceite llegó el novio y se cerró la puerta.

“Mas tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: ‘Señor, señor, ábrenos.’ Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’”. Jesús nos invita a su reino, y nos pide una respuesta personal antes que se cierre la puerta. El retraso, la falta de preparación, implica la exclusión definitiva de la fiesta, y como hemos visto, una vez cerrada la puerta es inútil insistir. Y Jesús reconocerá solo a los que durante toda su vida, lo reconocieron a él en las obras de los cristianos y cristianas. Porque como dice Pablo Jesús conoce a los que son de él: “ A pesar de todo, no se hunde los sólidos cimientos puestos por Dios, en los cuales está escrito: El Señor conoce a los suyos, y aléjese de la maldad quien invoca el nombre del Señor” (2 TIMOTEO 2, 19).

“ Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora”. ¿Qué nos dice Jesús? que no podemos estar en espera pasiva sin exigencias, sino en espera vigilante, es decir, hay que ser previsores, llevar alcuzas de aceite para las lámparas. Entonces, hay que velar y vigilar es todo lo contrario a la actitud de dormirse en medio de la imprevisión. Velar, sin embargo, no es vivir febril y obsesionadamente; velar es practicar las ocupaciones necesarias y los quehaceres diarios, incluso cuando hace falta ese “entraron en sueño y se durmieron”, así lo hacen las doncellas prudentes que seguras de sus cuidadosos preparativos “velan… durmiendo”. Jesús, pues, nos advierte para no caer en dos posturas extremas. La primera, algunos o alguien que confunde espera vigilante con estar esperando pasivamente, inerte, olvidando el presente. Se substrae de las obligaciones terrenas considerándolas indignas. La segunda postura, algunos o alguien pierde el sentido de la espera y tiende a absolutizar el presente. Se sitúa, se instala, se cierra a toda perspectiva de la trascendencia. Hace todo como si nunca hubiera que partir. Y entonces la vida está determinada por la preocupación de amontonar, gozar y escalar sólo posiciones sociales. Los cristianos y cristianos estamos vigilantes, es decir, “velamos” porque amamos y queremos ser fieles a Jesús; porque sabemos que nuestro camino ahora es provisional y espera la patria definitiva; porque nos reconocemos pobres y pecadores y somos conscientes de que podemos cerrar la puerta a Jesús que viene. Sabemos que la muerte es segura, pero desconocemos la hora en que llegará. Sabemos que la muerte vendrá a sorprendernos en el momento que menos las esperamos. Por eso, es fundamental, estar vigilantes, en alerta, es espera paciente; porque también es fuerte la tentación de abandonarse al sueño, envueltos en las tinieblas de la noche, que en la Biblia es signo de culpa, de inercia y de rechazo a la luz. Sólo liberándonos de la oscura atracción de las tinieblas y del mal lograremos encontrar al Dios de la luz.

 

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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