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TIERRA BUENA PARA LA SEMILLA DEL EVANGELIO

Este domingo, Jesús nos habla del Reino de Dios por medio de la Parábola del Sembrador. Una parábola es una manera sencilla de explicar las cosas, con ejemplos de la vida cotidiana; no expone el mensaje, de modo directo, sino por medio de comparaciones y que es necesario saber interpretarlas. Jesús se sirve de las parábolas para comunicar y realizar el mensaje de de la Buena Nueva de Dios en un lenguaje, en una acción y sentimiento humanos, para mostrar que Dios ama de verdad al ser humano y se encarna en sus valores, en su lenguaje, en su cultura y en su forma de percibir la verdad. En una parábola, en la comparación que se hace, las palabras conservan su significado propio y su enseñanza o mensaje, ese saber explicarlas o interpretarlas, hay que buscarlas en todo su conjunto.
Lo fundamental en las parábolas de Jesús, es que él está traduciendo lo que experimenta de Dios, su Padre. ¿Cómo percibe Jesús a Dios? En el silencio, en lo humilde, en lo pequeño. Y lo maravilloso de esta traducción, es que Dios, si el ser humano lo acepta, si yo lo acepto le parece a él doblemente maravilloso; si no lo acepto, ese Dios no me acusa, no me enjuicia, ¿porqué? porque como hemos dicho, Dios es absolutamente silencioso, está a la espera de cuándo el ser humano se abre a su acción y a su gracia. Y esto es lo que Jesús experimenta de su PADRE que es un Dios bueno, humilde, paciente, nos aguanta y nos espera sin desesperarse para ver cuándo abrimos nuestro corazón y nuestra mente para oírle, escucharle. Por eso, el lenguaje de Jesús incluidas las parábolas, son las traducciones modestas de lo que en él acontece, de lo que él experimenta y vive, y que las describe de una manera sencilla para quien lo escucha, como este domingo nos dice con énfasis: “ El que tenga oídos, que oiga”.
Sin lugar a dudas, el mensaje de Jesús, es un mensaje revolucionario con todo lo que este término significa; y es revolucionario, porque va dirigido a sustituir un modo de vida por otro, de una alianza antigua tan centrada en ritualismos, culto externo, exclusivista y marginadora hacia una alianza nueva centrada en el amor de Dios que se prodiga para todos y está abierta a todos que abren su corazón y su mente a la eficacia de su palabra, y más a la Palabra que es su Hijo que se ha hecho hombre para darnos la buena noticia de salvación. El mensaje de Jesús es, pues, la propuesta que el Padre hace a todos los seres humanos, y que nos dice abiertamente: atrévanse a vivir como hijos de Dios (“como mis hijos”), atrévanse a vivir como hermanos. No es un mensaje de resignación y espera vana, sino un mensaje de alegría y de liberación, es un mensaje que contiene una invitación a una profunda reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus semejantes ( una invitación ¡tan vigente en este siglo XXI marcado por tantas guerras, por tanta violencia, por tanta indiferencia, por tantas muertes injustas!) y con Dios, nuestro Dios que se ofrece a ser Padre de todos los seres humanos por encima de razas y de tradiciones religiosas exclusivistas y marginadoras, por eso, entendemos el sentido hondo de lo que hoy nos dice el evangelio: “ salió de su casa y se sentó junto al lago”, es decir, se puso a predicar desde el lago (mar) que era la frontera con la tierra de los que no eran judíos (los paganos). Y es que el mensaje de Jesús rechaza absolutamente todos los muros y murallas que separan a los seres humanos, el nuevo modo de vivir que nos propone es liberarnos de todas las ataduras que han creado y crean los sistemas sociales, políticos y religiosos, porque como dice Isaías sólo sirven para endurecer el corazón y nos hacen ciegos y sordos: “ Porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y taponeado sus oídos. Con el fin de no ver, ni de oír, ni de comprender con el corazón. No quieren convertirse ni que yo los salve.” (ISAÍAS 6,9-10). El mensaje de Jesús no se puede aceptar, así por así, sino que requiere de condiciones mínimas de libertad y de autonomía personal, de verdadera conversión y de cambio, de saber escuchar, de poder ver. Por eso, Jesús, no nos quiere ambicionando el poder y sometiendo a los demás como lo hacen los que están y siguen al Maligno que nos aparta del camino de Dios; no nos quiere discípulos ávidos de su palabra, pero reacios a cambiar de vida, de dejar las comodidades e inconstantes en el seguimiento; no nos quiere embotados por la ambición y riqueza, preocupados sólo por el bienestar material (ese “agobio de esta vida por las cosas materiales”); sino que nos quiere como tierra buena, con ese mínimo de libertad y autonomía personal, con esa libertad del hombre y de la mujer que escucha y puede elegir y con esa generosidad que lo lleva aceptar y hacer suyo del proyecto de salvación que Jesús nos presenta en las bienaventuranzas y que suponen la acogida, el esfuerzo y trabajo cotidiano para que se haga posible y para todos los hombres y las mujeres, la promesa del Padre: que seamos realmente felices.
Si bien es cierto, que necesitamos acoger la palabra de Dios, su semilla de vida, dejando de lado las esclavitudes que ejercen sobre nosotros esos sistemas sociales, políticos y religiosos; también es cierto que el primer paso es querer y saber escuchar su palabra, y por lógica consecuencia saber escuchar a los demás y saber escuchar a Dios supone acoger a su Hijo Jesús que es la Palabra del Padre, saberlo escuchar no sólo en los hechos y momentos de alegría, sino también en las pruebas y dificultades. Este “saber escuchar” no otra cosa significa que el oyente de la palabra de Dios, el que escucha la parábola se siente necesariamente interpelado, no puede permanecer indiferente, se adhiere a la palabra o mensaje de Jesús o la rechaza, y Jesús nos lo dice magistralmente y bien explicado que los que lo rechazan son los que recibieron la semilla del evangelio en el camino, en terreno pedroso y en medio de las zarzas o espinos. ¿Ha fracasado Jesús, su evangelio cayó en terreno baldío y estéril? Aparentemente todo está perdido, pero una parte de ese terreno acoge la semilla, se abre a la Palabra de Dios y con resultados inesperados y esto es lo que significa lo que Jesús proclama hoy en el evangelio: “ …y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra treinta.” ¿Qué significa todo esto? La parábola del sembrador se convierte en un canto de esperanza y de alegría, es decir, que a pesar de tantas crisis y resistencias no podrán vencer a la fuerza del Evangelio, ni mucho menos desesperar y estresar a los que sembramos la semilla del Evangelio, todo lo contrario, se convierte en camino de eficacia de la Palabra de Dios y de su fecundidad. Jesús nos anima a no desmoralizarnos ante la resistencia del mundo y del maligno, nos anima a no cansarnos ni mucho menos desilusionarnos por muy dura que sean las pruebas, como hoy y en pleno siglo XXI, se dan en nuestra Iglesia como un vendaval que zarandea o sacude al más convencido discípulo del Camino de Jesús.


¿En este siglo de las redes sociales y de la aldea global en que se han convertido nuestras sociedades, somos los cristianos y cristianas tierra buena para la semilla del Evangelio? Debemos convenir y bien, que ni el sembrador ni la semilla pueden obrar el milagro por sí mismos, aunque seamos buenos sembradores y que la semilla sea buena, requerimos de un buen terreno, preparado y bien dispuesto; sino contemplemos absortos lo que hoy nos ha dicho Jesús, que la semilla que él sembró en el camino, en medio de las rocas y en medios de las zarzas no dio fruto, y como que lo contempla o considera un fracaso por la férrea oposición de quienes lo escuchaban, especialmente la clase política, la élite social y religiosa e incluso la gente del pueblo que no entiende (son esa semilla sembrada en el camino, en las rocas y en las zarzas). A los cristianos y cristianas no es suficiente ni menos nos basta con poseer la semilla del Evangelio, sino que debemos incorporarla radicalmente a nuestra propia vida sin desfallecer por el agobio de la vida ni mucho menos buscar excusas; si no hemos dejado germinar la semilla del Evangelio es que estamos ocupadísimos en otras cosas que llenan toda nuestra vida y todo nuestro campo que debía ser la “tierra buena”. Los cristianos y cristianas la enseñanza de la parábola del sembrador, es que debe conducirnos a una vida cristiana más auténtica y comprometida con la causa de Dios, fundamentada en la eficacia de su palabra, pero al mismo tiempo responsable de los dones recibidos y de la necesidad de producir frutos, de obtener resultados. No es tiempo de desánimo ni de rutinas, ni indiferencias ni mucho menos de desmoralizaciones, es tiempo que meditemos profundamente y nos decidamos con entera sinceridad a ser la “buena tierra” para la semilla del evangelio, a cultivar nuestro corazón, nuestra mente y nuestra alma, sacando las piedras rocosas y los espinos, es decir, ese agobio por la vida que calmamos entregándonos a las pasiones desordenadas , a los vicios y a los pecados, sintamos la fuerza de la Palabra de Dios que se ha sembrado en nuestras vidas para hacer frente (y para vencer y derrotar como decíamos antes)a los enemigos de nuestra vida cristiana, como son el orgullo, la vanidad, el egoísmo, el Maligno y el mundo en cuanto que nos dirige sólo a contemplar y extasiarnos en lo meramente material y efímero de las cosas, y preparemos nuestra vida, nuestro terreno con la gracia de Dios que nos da a manos llenas.

Este Domingo XV del Tiempo Ordinario Ciclo A, es un domingo especialísimo, porque Jesús inicia la predicación del Reino de Dios por medio de las parábolas, pero también es especialísimo si lo comprendemos y reflexionamos desde la óptica de las tres lecturas, ya que se nos habla de la eficacia de la palabra de Dios, esa palabra desciende desde el cielo que lo empapa todo y fecunda la tierra y de la necesidad de que el terreno esté bien preparado para recibir la semilla del evangelio y producir resultados o frutos, aún en medio de las dificultades y sufrimientos de las que nos habla la segunda lectura.

PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 55,10-11.- Leamos: “Esto dice el Señor: ‘ Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrados y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mis encargos`”. Isaías nos recuerda solemnemente que Dios no habla en vano, su gracia (esa agua viva que lo empapa todo y lo fecunda) es como la lluvia. Cuando Dios habla, se inicia una verdadera historia en la que no se vuelve nunca al principio como si no hubiera pasado nada. El Padre no habla por habla, habla para salvar al hombre a todo hombre, y realmente lo ha salvado por mediación de su Hijo, su Palabra de Vida. Pero la palabra de Dios no es eficaz por arte de magia ni actúa sin la participación del hombre que la recibe y escucha, es decir, que compromete a todo el hombre, que lo hace crecer, lo hace madurar y que no pone o coloca en un proceso de dinamismo que compromete la voluntad del que oye, y éste creyente tiene que llevarla a la práctica. Los hombres y mujeres y muchas veces los cristianos y cristianas nos empeñamos por vivir sólo del pan material, que no otra cosa significa, esa búsqueda afanosa por el bienestar, el confort, las mejores condiciones de vida y sin querer queriendo se convierte en una soterrada esclavitud; debe entonces resonar con fuerza la palabra de Dios: “ No sólo de pan vive el hombre”. Para los cristianos y cristianas, la Palabra de Dios es el mismo Jesús, es la verdadera y única parábola de Dios, que sale amoroso al encuentro de todo ser humano para realizar su verdadera liberación, por eso, es necesario, como hoy también lo exige el evangelio que el ser humano se abra a la escucha de su palabra. Esa palabra que es Jesús, como nos ha dicho Isaías, cumplirá todos los encargos, cumplirá su voluntad, y esto mismo nos recuerda, a los cristianos y cristianas que en Jesús se ha cumplido la victoria de Dios, una victoria plasmada en la cruz de su Hijo, como nos dice el mismo Jesús en su evangelio, como que su obra salvadora parecía fracasar por la dureza del corazón de sus oyentes, la cruz donde extendió sus brazos fue la lluvia que empapó y fecundó la tierra reseca de nuestras vidas proclives al pecado y correr tras los ídolos del mundo.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 8,18-23.- Leamos: “Hermanos: Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios: en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto. Y no sólo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.”
Pablo nos hace hincapié en los sufrimientos no sólo de los seres humanos, sino también una preocupación por la naturaleza y su destino; esta tierra en la que el ser humano tiene que enfrentarse las más de las veces con el sufrimiento y con la muerte no es una consecuencia del pecado. ¿Cómo entendemos? Jesús que no tiene pecado, también tuvo que afrontar los mismos sufrimientos y la misma muerte como cualquier otro ser humano. Lo que sí es consecuencia del pecado es el sentido que tienen el sufrimiento y la muerte para el hombre pecador, ya que para el pecador que está lleno de sí mismo y lleno de orgullo, de poder y de riquezas, los sufrimientos y la muerte serán los obstáculos infranqueables para seguir viviendo con esa aparente felicidad que nos parecen tener y vivir, y como que cuando les toca vivir los sufrimientos y la misma muerte no tienen esperanza y les colma la desesperación y la depresión. En cambio, todo ser humano, y más los cristianos y cristianas cuando afrontamos los sufrimientos y la misma muerte como lo hizo Jesús, con espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, encontramos en el sufrimiento y en la muerte una esperanza de vida y de felicidad que nos ha prometido el Padre. No podemos dudar ni negar que en el mundo no hay sufrimiento y la misma tierra está sometida a esa destrucción paulatina por efecto de las guerras, de la destrucción de los bosques, de la contaminación que ha devenido en el decantado “cambio climático”, del agotamiento del agua, la malversación de los recursos. Pero como bien dice Pablo, hay para quienes tenemos las primicias del Espíritu, una perspectiva mejor que no supone una evasión del mundo, pero sí un significado de esperanza y de optimismo, no es que los cristianos y cristianas esperemos algo futuro, sino que tenemos la garantía absoluta gracias a la presencia del Espíritu, es decir, los sufrimientos y los dolores como de parto, con la resurrección gloriosa de Jesús y el don de su Espíritu ya avizora la aurora de un mundo nuevo.

EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 13,1- 9.- En el evangelio, Jesús, sentado en una barca, cuenta una parábola a la muchedumbre, y les dice que sólo una cuarta parte de la semilla sembrada ha dado fruto abundante. En los versos 18 al 23, Jesús da la respuesta detallada para decirnos que en los corazones de los creyentes debe encontrarse al menos un mínimo de comprensión de las cosas divinas, del misterio de Dios para que la palabra del evangelio produzca fruto. Mateo 13,1-9 nos habla, pues, de un sembrador y de la semilla que siembra; de los cuatro tipos de terreno en los que cae la semilla y de los resultados obtenidos en cada uno de esos terrenos. Notemos que los tres fracasos de la siembra sin frutos son debidos a un factor de destrucción del campo o terreno: las aves del cielo, el sol, y las espinas. A pesar de una buena cosecha en la cuarta parte del terreno, en el resto hay pérdidas considerables, pero estos aparentes fracasos no pueden soslayar la cosecha abundante: “una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.”, y por eso, los discípulos deben animarse. Leamos MATEO 13,1-9: “ Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subir a una barca; se sentó, y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: ‘Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda brotó enseguida, pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos que oiga.’”. ¿Cuál es el contexto de esta parábola? La vida pública de Jesús está a mitad de camino y por así decirlo, se ha iniciado una etapa de crisis; tras los éxitos y triunfos iniciales, las cosas se han ido poniendo un tanto difíciles. La élite religiosa le ha declarado la guerra; los fariseos actúan sigilosamente y lo siguen sin tregua ni descanso y es más lo consideran un aliado de Satanás: “Este echa los demonios por obra de Beelzebú, rey de los demonio” (MATEO 12,24) y planean darle muerte; también el pueblo está a la expectativa sin adherirse plenamente a Jesús, él ha tenido serios problemas y desavenencias con su familia y sus paisanos y algunos discípulos permanecen a su lado, sin entender del todo las cosas de su Maestro y lo cuestionan por hablar con parábolas. ¿A quienes va dirigida esta parábola? Justamente a la gente que lo escuchaba y especialmente a los discípulos, que habían oído a Jesús anunciar que el Reino de Dios estaba llegando y que había llegado la hora de la salvación de Dios; ellos en sus adentros, de seguro pensaban que ese Reino tardaba demasiado en llegar, que no se veía ningún cambio en el mundo, ni se notaba que la vida nueva del amor y de la salvación del Padre se hiciera realidad, en cuanto que su vida seguía siendo difícil de llevarla; y los discípulos – con pensamiento judeo mesiánico- estaban impacientes, querían que todo sea claro y todos querían que Dios resolviera sus problemas. ¿Cuál el es mensaje que encierra la parábola? Ante esta crisis que resulta de los aparentes fracasos, Jesús les dice algo fundamental y decisivo, que el Reino de Dios no es una acción milagrosa (mágica), sino que es una semilla sembrada en la vida de las personas y que éstas están llamadas a dar fruto abundante. Y que, aunque mucha de esta semilla sembrada se pierda, otra semilla forma raíces, germina, crece y da frutos abundantes. Por eso, los que lo oyen y especialmente los discípulos que lo siguen, están llamados a creer en el Reino de Dios y ser tierra buena. ¿Cómo entender los aparentes fracasos del anuncio del Evangelio? La semilla del evangelio esparcida por Jesús, muchas veces cae en terrenos inhóspitos. Jesús constata, que hay una resistencia tenaz a dejarse penetrar por la Palabra, especialmente de parte de los fariseos y de la gente, que tienen una ceguera generalizada y una sordera abrumadora que impiden ver y escuchar aunque aparentemente se mire y se oiga, de ahí, el reproche de Jesús en el versículo 13: “ Por eso les hablo con parábolas, porque cuando miran no ven, y cuando oyen, no escuchan ni entienden.”
Los versos 18 al 23 contienen la explicación de la parábola que la primera comunidad pone en los labios de Jesús. La tierra del hombre es siempre buena, el problema está en cómo lo prepara para recibir la semilla. Aquel que tiene su tierra como “el camino”, sigue ambicionando el poder, piensa que no es posible que los hombres y mujeres sean hermanos, por eso “El Malo” que intentó sacar a Jesús del camino que el Padre había señalado, ese mismo se encargará de hacer que desaparezca todo la semilla que se intentó sembrar. Aquel que tiene su tierra lleno de rocas, se alegra por las nuevas perspectivas que se le abren, pero llegan las primeras pruebas se acobarda y sucumbe, es pues, el hombre y la mujer superficial que no se mantiene fiel. Aquel que tiene su tierra con abrojos (lleno de espinas), es el que se obsesiona por los placeres de la vida, se ha hecho seducir por la riqueza y ha hecho su dios al dinero (mmamón), la semilla se ahoga, es decir, cuando llega el momento de optar, se opta por las riquezas y placeres y el Reino ya no interesa y se lo deja de lado. El que es tierra buena, percibe la novedad del Evangelio y del Reino, y lo considera un tesoro y opta libremente por seguir a Jesús, ese dará fruto como ciento, como sesenta o como treinta por uno.


El mensaje es clarísimo: a pesar de tantas oposiciones y dificultades y aun con resultados muy diversos, la siembra del evangelio termina en cosecha abundante. Los cristianos y cristianas no podemos perder la alegría ni mucho menos el ánimo y el compromiso con el Evangelio de Jesús, por una aparente impotencia del Reino de Dios; el mundo y especialmente el Maligno insinúan con alevosía que la causa de Dios está en decadencia (“Dios ha muerto” proclamará Nietzsche y junto a él los nuevos ateos) y en consecuencia el evangelio es algo insignificante y sin futuro. Se equivocan, porque el evangelio no es una moral, ni una política, ni una religión, sino la fuerza salvadora de Dios sembrada por su Hijo Jesús en el corazón del mundo y de la vida de todos los seres humanos, esa energía transformadora va trabajando en silencio, la sed de la justicia y del amor seguirá creciendo, de eso no tengamos dudas, lo que se nos pide es acoger en nuestro corazón y en nuestra vida el evangelio. El mundo con todo desparpajo y aupado por el sensacionalismo de los medios de comunicación hacen que sintamos que sólo tenemos ojos para ver el mal: muerte, violencia, injusticias, guerras, odios, indiferencia, marginaciones, corrupción, trata, explotación. Pero si nos miramos adentro de nosotros mismos, descubriremos que hay una fuerza que nos llama a crecer en dignidad y en humanidad, a transfigurar nuestra vidas, a abrir con mas verdad a Dios, y si nos detuviéremos a observar la vida de aquellos que aparentemente no valen nada y no hacen nada por los demás, descubriríamos en el interior de esas vidas la bondad, la entrega, el sacrificio, la generosidad y el amor verdadero.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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