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TRIGO Y CIZAÑA EN EL CAMPO DE DIOS

Este Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Jesús nos habla a todos los cristianos y cristianas en clave de Reino de Dios para reflexionar y preguntarnos, si estamos trabajando efectivamente para el crecimiento de nuestra vida de fe y como el evangelio es la luz que ilumine a todos los hombres y mujeres en todos los rincones de nuestro mundo. El domingo pasado, Jesús comenzó a explicarnos la Buena Nueva del Reino de Dios, para que comprendamos el significado profundo del anuncio del Evangelio, y la parábola del sembrador nos señalaba que el Reino de Dios era la Palabra del Padre que como una semilla cae en diferentes campos y que uno de ellos contenía una tierra fértil y estaba preparado para recibirlo y dar frutos. Jesús proclama que el Reino de Dios es para todos los hombres y mujeres, ese es el significado implicado en los cuatro campos (camino, rocas, espinos, tierra buena), y que para entrar en el Reino del Padre es necesario acoger la palabra de Jesús; los que escuchan con fe y se unen a Jesús, ellos han acogido el Reino, lo hacen germinar y crecer hasta el tiempo de la siega. Jesús, pues, proclama que el reino del Padre ya está actuando con su predicación y nos invita a contemplar la abundancia de los frutos; y este domingo nos expresa vivamente que la salvación de Dios es una realidad, es una presencia operante, pero junto a los que han acogido a Jesús, se encuentran también los que no lo han acogido, los que abiertamente lo rechazan, como los fariseos y son los hijos del Maligno.

¿Qué papel desempeñan las parábolas en el Evangelio de Jesús? Las parábolas son la clave fundamental para entender el Reino de Dios o Reino de los Cielos en la versión de San Mateo, no son meras comparaciones, no son meros simbolismos, sino que todas ellas son la predicación misma de Jesús, el vehículo más apropiado para entender el Reino de Dios, son el punto de referencia para comprender el mensaje del Reino del Padre. Las parábolas nos hacen comprender que el Reino de Dios es un verdadero acontecimiento, y más para Jesús es el acontecimiento totalmente cierto que está ocurriendo en ese mismo momento en sus palabras y acción es que su Padre está ofreciendo la salvación a todos los hombres y mujeres también en ese mismo momento, como hoy nos lo muestra estupendamente en las parábolas del Reino (trigo y cizaña; el grano de mostaza, la levadura); esta oferta es absolutamente incondicional y tiene una sola meta: la salvación de todos. Y este Reino que irrumpe no es un juicio inminente que está por venir, sino que es la oferta incondicional de salvación, es decir, la función del juicio que se realiza, como en la parábola de la cizaña y el trigo, no es tanto una amenaza de condenación de los hombres y mujeres sino más bien un aviso para no permanecer sordos y cerrados a la oferta de salvación.

¿Cómo el Reino de Dios es un acontecimiento que trae la oferta de salvación? El Reino de Dios es algo que sucede en cualquier parte y en cualquier momento de nuestra vivencia en este mundo, y Jesús nos lo dice con ejemplos sencillos: El Reino de Dios se parece a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces; se parece a un tesoro escondido que un hombre lo encuentra en un campo, lo vuelve a esconder, va y vende todo lo que tiene y lo compra. Es, pues, un verdadero acontecimiento, y para entrar en el Reino, es necesario, como hemos dicho: acoger a Jesús y cambiar de vida, porque el Reino de Dios es una vida nueva, es un don del Padre. Cambiar de vida, es decir, convertirse, es volverse hacia el Padre, responder a su llamada, se nos pide que dejemos entrar en nuestra vida el mensaje inaudito de Jesús, que nos dejemos sorprender por esa Buena Nueva; no nos olvidemos que la conversión es una gozosa oportunidad, jamás un acontecimiento de juicio terrible y de condenación, porque el Padre, como hoy lo explica la primera lectura es compasivo y misericordioso. El Reino es y será siempre una Buena Noticia nunca un juicio o condenación, es una oferta de salvación y un llamado al arrepentimiento, porque el mismo Padre es tolerante en extremo como bien lo expresa el evangelio: “Dejadlos crecer juntos hasta la ciega.”

¿Jesús es el Reino de Dios? Efectivamente, el Reino es fundamentalmente la persona de Jesús, lo que verdaderamente es Jesús sólo podremos sentirlo e imaginarlo vívidamente en el encuentro personal con él como magníficamente lo expresa San Pablo: “ y ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Todo lo que vivo en lo humano se hace vida mía por la fe n el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (GALATAS 2,20) Y precisamente la persona de Jesús es el factor fundamental y decisivo de salvación, de aceptación o de rechazo del Reino de Dios, como lo podemos entender perfectamente cuando la semilla de Dios cae en el camino, entre las piedras, entre las zarzas, en la tierra buena, que crece como trigo o como cizaña. Jesús es, pues, el principio y el origen del acontecimiento que es el Reino de Dios. A partir de Jesús, algo sucede en el mundo, aunque no lo notemos, aunque no lo note el mundo, porque el Reino acontece en el silencio (en la aceptación gozosa de Jesús), en el silencio de la semilla que se pudre y que luego germina, en el silencio de la levadura que fermenta la masa, en el silencio de la cruz.

Por eso, JESÚS nos llama a comprender y a entrar en el Reino del Padre por medio de las parábolas que es el perfil o rasgo típico de su enseñanza, además el indicativo primordial de que él y la presencia del Reino en este mundo están en el corazón mismo de cada una de las parábolas. Todo el proceso y el significado de las parábolas del Reino son un magnífico contexto para el evangelio de este domingo del trigo y la cizaña en el campo de Dios, aún en esta difícil disyuntiva, debemos comprender que el Reino de Dios es siempre la mejor buena noticia y jamás, como hemos dicho, un juicio o condenación sin más, sino esa gozosa oportunidad de mirar y abrirse al Dios de la Vida, del Amor consumado que se traduce en benevolencia, misericordia, perdón, paciencia e indulgencia, como hoy lo proclama Jesús de Nazareth el evangelio vivo del Padre. ¿Aunque duela el mal o aunque nos preguntemos por qué el mal, por qué el sufrimiento, aunque estemos rodeados de maldad? Sí. Miremos y debemos maravillarnos por la respuesta increíble que nos da el evangelio: el bien camina junto al mal increíblemente, por el mismo camino, en el mismo campo de Dios, pero de una manera más increíble (y esto para darnos respuestas a nuestras interrogantes) el mal (y el Maligno) se desvanecerán cuando llegue el final del camino, se destruye maravillosamente con el ejercicio del bien, ese ejercicio del bien que es la tarea fundamental y cotidiana de todos los hijos del Reino que han aceptado a Jesús, que han convertido su vida y se han entregado a la causa del Evangelio. ¿Cómo es eso? Siendo hijos del Reino y siendo como el Padre, que no ha sembrado su semilla de amor para protegerla de la semilla del mal, que no ha querido que sus hijos se crean perfectísimos y exentos de anidar en sus corazones la tentación del pecado (odio, celos, lujuria, egoísmo, vanaglorias, racismo, negación de Dios), sino que ha trazado su plan de salvación desde la misma raíz del pecado. Su plan de salvación se fundamenta en el amor no en la maldad ni en la venganza, su plan de salvación es una oferta como don que al mismo tiempo encierra libertad, una respuesta de un hombre y de una mujer libres que requieren tiempo( como cuando crecen juntos la cizaña y el trigo), que se va dando como un proceso, paso a paso, que como expresábamos antes se convierte en aceptación (trigo) o rechazo(cizaña); por eso, ese amor de Jesús es un amor paciente, porque respeta absolutamente nuestra libertad. Y más, el amor de Jesús, es amar a todos los seres humanos hasta en su pecado, hasta cuando rechazan los designios de salvación del Padre (nos salva desde la raíz de nuestro pecado y maldad).

 ¿Convivir con la cizaña? Aún en medio de nuestras comunidades cristianas y en nuestra Iglesia Católica, se vive y siente que somos de una y otra manera trigo y cizaña y no sólo debemos contemplarlo en la inmensidad de las sociedades y del mundo globalizado sino en nosotros mismos. ¿Cómo así? Cizaña es todo aquello que significa obstáculo, pecado, vicios que impiden que el trigo crezca libremente en el campo de Dios; la cizaña tiene, pues, rostros y caretas diversas y fenomenales: el odio, la persecución, las calumnias, la división, el engaño, la maledicencia, la injusticia, el fraude, la corrupción, el racismo abierto o soterrado, el egoísmo, la soberbia, la intriga, el chisme, la mentira, el escándalo. Ante estado de cosas, vuelve el mismo discurso inquietante de los porqués: ¿Por qué existe el mal si Dios es tan bueno? ¿Por qué permite el dolor y el sufrimiento especialmente en los más pobres, inocentes y débiles? ¿Por qué las guerras, las injusticias, la venganza, la trata de las personas y la explotación de los poderosos? Y sentimos la tentación de decirle a Jesús: “¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?…¿Quieres que vayamos a arrancarla? La respuesta es certera, de parte de Dios, no es él el culpable de nuestros desencuentros, pasiones, maldades y abusos, sino que somos nosotros mismos los hacedores de este mal que se cierne ante nuestros ojos y muchas veces en nuestra vida misma. Por eso, Dios, permite que el trigo y la cizaña crezcan juntos hasta el final de la ciega (el fin de los tiempos), y que como la paciencia de Dios nos escandaliza y le preguntamos ¿ por qué actúas así? Por tu amor misericordioso que se da a todos los seres humanos en el desprendimiento total de sí mismo. Porque en su infinita misericordia no quiere la muerte del malvado o pecador, sino que les da tiempo, nos da tiempo a los mismos cristianos y cristianas que muchas veces nos creemos “trigo puro”, “hijos del Reino” y no “hijos del Maligno”, aunque mucha veces anide en nosotros la cizaña que enrostramos a los demás. A los cristianos y cristianos que hemos acogido al Reino de Dios, es decir, a Jesús en nuestra vida y en nuestro corazón se nos exige ser buenos colaboradores del Padre, y tener la misma paciencia de él, dar tiempo a los que practican el mal para que se conviertan, orar por los que nos calumnian y nos persiguen, orar intensamente por todos aquellos que están en el mundo, en nuestras misma comunidades cristianas, que son de alguna manera cizaña para que lleguen a ser trigo bueno en el campo de Dios. ¿Por qué? Vemos que el mal se hace con suma facilidad y hasta con impunidad (como es el caso del odio sistemático, la delincuencia, las guerras y la corrupción), hacer sufrir a los demás es demasiado sencillo y muchas veces se hace con saña y artimañas propias del Maligno, destruir a los demás con calumnias, chismes y por medio de la impunidad de las redes sociales es demasiado fácil. Por eso, los cristianos y cristianos no hemos de cansarnos de hacer el bien como Jesús, porque somos conscientes de que hacer el bien, ser solidarios con las obras de misericordia, hacer crecer a los demás como personas dignas, proclamar con Jesús que somos libres de las ataduras del pecado y de la muerte, no es cosa de nosotros mismos, sino que es sólo y exclusivamente obra de Dios que se realiza por medio de nosotros.

LA PRIMERA LECTURA DEL LIBRO DE LA SABIDURÍA 12,13.16-19.- Lo fundamental este texto sapiencial es que nos ayuda a compaginar dos atributos de Dios que es poderoso y compasivo, y si leemos atentamente estos dos atributos se proclaman de un solo y mismo Dios. Poderoso y compasivo son en el texto dos atributos infinitos y por ende no son limitados. Dios tiene todo el poder y tiene una compasión infinita, es decir, no perdona algunos pecados sino todos. En Dios tanto su poder y compasión son infinitas y coexisten juntas, por eso el sabio se atreve a decir: “porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos”. Dios es, pues, poderoso, pero su poder nunca lo ejerce para hacernos daño, es compasivo porque cuida de todos con amor paternal, y nunca es un déspota para con nosotros. Leamos: “ Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, a quien tengas que demostrar que no juzgas injustamente. Porque tu fuerza es el principio de la justicia, y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos” esa armonía de estos dos atributos de Dios nos permiten estar alegres del inmenso poder misericordioso del Padre y es que Dios no sólo es tan poderoso sino que es también bueno y clemente. Leamos más: “Despliegas tu fuerza ante el que no cree en tu poder perfecto y confundes la osadía de los que lo conocen. Pero tú , dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder, cuando quieres.” Dios es benigno, en consecuencia su poder no nos atemoriza ni nos encoge, ni nos esclaviza ni menos nos ahoga y asfixia, y es que si nos ponemos en sus manos y nos recostamos en su regazo nos sentimos inmensamente libres y confiados. El sabio nos dice una cosa más de Dios que tiene que ver directamente con el evangelio del Trigo y de la Cizaña: “Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo deber ser humano, y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores.” Y esto es así y radicalmente en el Padre, porque siempre nos perdona y por lo mismo (eso del “justo deber ser humano”) todos los seres humanos y más los cristianos y cristianas debemos imitar su benignidad y su misericordia con los demás. Por eso, la Buena Nueva del Reino de Dios, es una buena y excelente noticia y nunca un juicio o condenación, el Reino, como hemos dicho, irrumpe constantemente en el mundo, en nosotros y es una llamada al arrepentimiento como una oportunidad de abrirse a la Vida de Dios.

LA SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS 8,26-27. Leamos: “ Hermanos, El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.” Si la primera lectura nos presentó a un Dios que nos mira con inmenso amor, porque sabe que somos pecadores y compasivo y benigno y espera nuestro arrepentimiento, espera nuestra vuelta hacia él, es decir, nos recuerda que somos barro y que no nos podemos proclamar justos (trigo buneo) si seguimos siendo inhumanos e injustos con los demás; ahora San Pablo nos recuerda también que somos débiles, y aunque seamos santos o buenos, él conoce nuestros corazones y nos ayuda a crecer en el conocimiento de su misterio por la fuerza del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo que obra en nosotros mientras vivimos en esta tierra. Aunque seamos barro, la acción del Espíritu Santo hace que estemos orientados hacia Dios, y nuestra oración ya no es de orden humano, sino propia de los hijos de Dios , estos son los “gemidos inefables” del que nos habla Pablo, son los anhelos de santidad que está en nuestro corazón, son las añoranzas que tenemos del cielo, son los sentimientos de hijos que sentimos ante nuestro Dios, no es nuestra voz la que se eleva al cielo sino es la voz del Espíritu Santo y el Padre que conoce los secretos más íntimos, conoce también los anhelos del Espíritu Santo que ruega por los que han acogido a Jesús y con él al Reino de Dios, ruega por los que no creen que todo está ya acabado, sino que caminan hacia la meta del final de los tiempos, donde vendrá Jesús con la gloria del Padre y la fuerza del Espíritu Santo; por eso, tanto el crecimiento de nuestra fe como el crecimiento del Reino es por la fuerza del Espíritu Santo, somos el trigo que muere por la fuerza del Espíritu Santo, nos hace germinar y nos hace crecer sin podar ni arrancar lo que es de Dios, para esta tarea necesitamos la fuerza y la luz del Espíritu que es lo que a los cristianos y cristianas nos ayudan a poder actuar y a saber discernir para no ser cizaña con apariencia de trigo.

EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 13, 24-30.- Jesús inaugura el Reino de Dios, pero paradójicamente, no lo hace al estilo de los poderosos y reyes de la tierra, ni aparece como un juez que distingue a los buenos de los malos, sino que se presenta como pastor universal. Jesús ha venido ante todo para salvar a los pecadores y nos invita a todos a reconocernos pecadores para así alcanzar la salvación. El acento de las tres parábolas del Reino radica en el crecimiento, este reino crece, nadie lo puede frenar. Y es más la parábola del trigo y la cizaña da lugar al arrepentimiento, y esto porque la cizaña no es arrancada a la primera indicación del dueño que es Dios y él tiene la paciencia de esperar a que crezca el trigo, sólo al final todo quedará claro y definido. Esa paciencia es la compasión de Dios que quiere que seamos distintos, pero no quiere hacerlo sin nuestra libertad, y por eso, alcanzar a ser una persona distinta requiere de tiempo, el tiempo de Dios, necesitamos tiempo y si contamos con este tiempo es por la misericordia de Dios que se ha vuelto paciente, pero no tenemos todo el tiempo que queremos porque estamos sometidos a la limitación de la muerte y por eso, el tiempo de la espera de Dios tiene un límite y espera nuestra conversión, es decir, debemos apreciar y valorar el tiempo que Dios nos da y debemos apresurarnos a responder al amor de Dios con nuestro amor. No olvidemos que Mateo al narrar las parábolas tienen una función frente al pueblo del Antiguo Testamento, y especialmente ante las autoridades religiosas, como los fariseos, y las autoridades políticas; y así a todos aquellos que representan el pueblo antiguo, Jesús les echa en cara que son la cizaña.

Versos 24-25: “ En aquel tiempo, Jesús les propuso otra parábola a la gente diciendo: ‘El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó.’” Claramente, Jesús es el hombre que sembró la buena semilla en los campos de este mundo para que produjeran frutos abundantes de salvación; el enemigo, como explica la comunidad de Jesús, es el demonio con todos sus secuaces tanto de la época de Jesús como los de nuestro siglo XXI. Como la cizaña o la mala hierba que crece, las falsas doctrinas que pululaban en los primeros siglos del cristianismos como hoy pululan en nuestras sociedades y se expanden en las redes sociales, son la cizaña que crece en el campo de Dios, son aquellos que han tomado el error por la verdad y fomentan en sí mismos lo que el maligno sembró en sus corazones.

Verso 26-28: “Cuando empezó a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: ´ Señor, ¿ no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? Él les dijo: ´ Un enemigo lo ha hecho’ Los criados les preguntaron: ´Quieres que vayamos a arrancarla?”. El Reino de Dios crece, incluso crece en el mismo lugar donde el Maligno ha sembrado la semilla mala, y los hijos del Reino viven en los mismos lugares donde viven los hijos del Maligno. Para Jesús, todo está en camino, y por lo tanto los puritanos y los perfeccionistas no son los consejeros que el Padre quiere, porque la respuesta ante sus inquietudes será radical y un no rotundo. Una cosa es fundamental, la presencia de la cizaña no es una sorpresa y tampoco es señal de fracaso, y es que la Iglesia, que la formamos los cristianos y cristianas, no es una comunidad de salvados, de los elegidos, sino el lugar donde podemos salvarnos y donde a nadie se le cierra las puertas, como lo ha expresado el mismo Dios en la primera lectura.

Verso 29: “Pero él respondió: No, que al recoger podéis arrancar también el trigo.” Los criados, y en este caso, los oyentes de Jesús y más los discípulos están asombrados y perplejos, y es que el centro de la parábola no se halla sólo en la presencia de la cizaña ni en lo que más tarde será separada del trigo, sino que el centro del mensaje es que la cizaña no será arrancada, y esto es lo que escandaliza y sorprende a los oyentes, que quieren incluso reemplazar al juicio certero y justo de Dios.

Verso 30: “ Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.” Queda claro que sólo Dios establece la hora, el bien y el mal deben llegar a crecer juntos(eso es lo que escandaliza al pueblo de la antigua alianza), deben llegar a su plenitud y recién ahí se podrán separarlos para la condenación (quema) o el premio (el Reino que se instala en el Padre). Queda claro también, que ningún pecado priva al hombre y a la mujer del poder misericordioso del Padre, y es que como hemos visto en la primera lectura, la voluntad divina del perdón es ilimitada, porque el secreto de la paciencia del Padre y de Jesús es el amor. Queda claro también, que la propia convicción de nuestros errores y deficiencias, como también de los demás (los hermanos) nos puede situar en condiciones de valorar las deficiencias ajenas como también la de saber apreciar sus esfuerzos, respetar sus aportes y no sólo juzgarlos con el rabillo estrecho de nuestra justicia, y como siempre el respeto al juicio de Dios que por cierto no es nuestro juicio que se deja llevar las más de las veces por la intolerancia de todo orden. Un llamado a la humildad y a la misericordia se desprende de la parábola del trigo y la cizaña, y es que desde una reflexión sesuda, hay un solo campo del que es lícito y necesario arrancar inmediatamente la cizaña, y es de nuestra propia vida, de nuestro propio corazón; habemos de respetar el tiempo de Dios, ese precioso tiempo que Dios nos otorga, esa buena noticia que se convierte en una oportunidad de convertirnos y volvernos a Dios que nos espera con los brazos abiertos y con el rostro lleno de alegría y colmado de amor misericordioso y de perdón.

También la parábola del trigo y la cizaña es una buena ocasión para mirar a nuestras propias comunidades cristianas católicas en las que también se mezclan continuamente el bien y el mal, el evangelio y el pecado, las injusticias, las explotaciones, envidias; se mezclan también con aquellos actos de generosidad, de amor, de justicia, de solidaridad, de obras de misericordia, una realidad paradojal pero que en ella crece el Reino.

Y así, con el Reino de Dios pasa como la levadura que una mujer pone en la masa de harina para que todo quede fermentado, y esa es la forma de actuar del Padre, no viene a imponer sino a transformar desde dentro nuestra vida humana, de manera silenciosa y oculta; los que lo seguimos tenemos que actuar del mismo modo, como levadura que introduce en el mundo el evangelio, su verdad, su justicia y su amor de manera humilde pero con esa fuerza transformadora que nos da Jesús y el Espíritu Santo.

Finalmente, es buenísimo destacar que Jesús constata que todos estamos en camino, buenos y malos, absolutamente todos, y que Dios nos deja crecer, a unos para seguir alentándonos en la meta a alcanzar y a los otros esperando su arrepentimiento y conversión ante la Buena Noticia que es el Reino del Padre.

Padre Miguel Velásquez Mercado O. de M.

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