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DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA:

“SU PADRE Y SU MADRE ESTABAN MARAVILLADOS POR TODO LO QUE DECÍA SIMEÓN DEL NIÑO.”


La Iglesia nuestra madre celebra el Domingo de la Sagrada Familia. La fiesta de Jesús, María y José, que como dice la oración de Colecta es el verdadero modelo de vida, de las virtudes domésticas y de amor recíproco. Luego de solemnizar el nacimiento histórico de Jesús en la Noche Buena, hoy contemplamos con el evangelista Lucas al Niño Jesús junto a su familia: José y María. La fiesta de la Navidad nos acerca en el día de la Sagrada Familia a la contemplación de las tres figuras que la integran, concentrando siempre la atención en Jesús. El proyecto de Dios Padre es constituir una familia y construir la familia, junto a sus padres. El Dios de una familia trinitaria, bajó al mundo a nacer, y vivir en una familia santa, que él mismo preparó, para predicar después que estamos llamados a conformarnos en la nueva familia de los hijos de Dios que es la Iglesia.


Conviene señalar que los relatos narrados en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas tienen un interés más teológico que histórico y no tratan de mostrar tanto lo que a Jesús le pasó desde el principio cuanto de revelar quién Él desde el principio. Mateo nos narra el origen de Jesús desde una perspectiva de Pasión. Jesús es el Hijo de Dios, pero la manifestación plena de este misterio pasa por la muerte en la cruz y la resurrección. Eso ya esta preconizado en el relato de su origen, que devela su identidad y su misión. Por ello Mateo nos narra cómo Jesús una vez nacido, su presencia desagrada ya al poder establecido. La hostilidad de Herodes y de los fariseos buscando la muerte del niño prefigura el destino de Jesús en la cruz y las persecuciones a los discípulos en la Iglesia naciente. Mateo nos narra en forma de relato midrásico, es decir, iluminando los acontecimientos vinculado al origen y a la familia de Jesús desde textos del Antiguo Testamento. El evangelista Mateo muestra que Jesús es el Hijo de Dios y que con él se abre paso en la historia el plan salvífico de Dios, aunque nuestro Dios encuentre la hostilidad en el mundo desde el principio. José el hombre justo y bueno, verdadero protagonista en el evangelio de Mateo, el que cumple la justicia divina mucho más trascendente que la justicia legal y José está dispuesto a realizar la voluntad de Dios, orienta su vida, su camino y su destino, según el plan de Dios, y la Virgen María, su esposa, constituyen realmente la familia de Jesús, siendo fieles en todo momento a Dios.

En cambio, el texto evangélico de Lucas es el de la presentación de Jesús en el templo narrado en el capítulo 2 en los versículos 22 al 40. En el templo de Jerusalén dos figuras no sacerdotales, la de Simeón y Ana, hombre y mujer, se presentan como testigos de toda la humanidad redimida que se abraza a su Señor Salvador, reconociendo, celebrando y proclamando que el encuentro con Jesús, el Mesías Salvador, es la causa de la gran alegría del ser humano, pues en Jesús se cumplen todas las promesas dadas por Dios, se contempla la salvación y se revela la luz de Dios a todos los pueblos y a todas naciones de la tierra. Y éste es el contenido de himno de Simeón. Pero Lucas muestra además el tono mariano de la escena y la misión singular de María.


La misión singular de María, a ella particularmente y como primera discípula de Jesús, va destinada el segundo oráculo de Simeón que es de estilo profético y constituye un primer anuncio de la pasión de Jesús al revelar también el camino y el destino paradójico del mesianismo de Jesús, pues Él será al mismo tiempo piedra de tropiezo: “Será un santuario y piedra de tropiezo y peña de escándalo para entrambas Casa de Israel; lazo y trampa para los moradores de Jerusalén” (Isaías 8,14), y de resurrección para todos. Y ciertamente Jesús será signo discutido a lo largo de su vida pública hasta la entrega de su vida en la cruz. La participación de María, como discípula en el destino de su hijo queda reflejada en la imagen de que una espada traspasará su vida, con lo cual se revela que ella es la candelaria de la luz mesiánica que su Hijo en la cruz será para el mundo. La otra mujer de la escena, la profetiza Ana, viuda, representante de los pobres que esperan siempre la liberación, glorifica a Dios al contemplar a Jesús el Mesías de Dios, como también hará el centurión al contemplar la muerte de Jesús en la cruz. También ella se convierte en mensajera del evangelio, pues habla de Jesús a todos los que aguardan la libración. Así, el evangelio de Lucas 2,22-40 presenta un suceso, un hecho de la vida de la familia de Nazareth, entre otros tantos que trae el evangelio. Es el punto de partida para darnos a conocer la historia familiar de Jesús, que pasó por difíciles momentos superados por sus padres que cumplieron siempre la voluntad de Dios y se ajustaron a sus mandatos y a la providencia divina.


De la mano de María Santísima y de San José, su esposo, y como Simeón, que tuvo la dicha de tener en sus brazos a Jesús, hoy es un buen día, una mejor ocasión para presentar ante el mundo a Jesús luz del mundo, de todos los pueblos y como nuevo templo de Dios, al cual pueden tener acceso todos los seres humanos gracias a la mediación solidaria y fraternal de Jesús, nuestro hermano, el hermano de toda la familia humana. Como Ana, hablemos de Jesús abiertamente a los demás, pues quien se encuentre con Él, encuentra la inmensa alegría de la vida que Dios su Padre nos ha dado como don.


Jesús nació y vivió en una familia concreta asumiendo todas sus características propias, dando una excelsa dignidad a la institución matrimonial, constituyéndola sacramento de la nueva alianza. La Iglesia iluminada por el mensaje bíblico, considera a la familia como la primera sociedad natural. La vida familiar es importante y central para la vida de la persona humana. El niño nace y crece al amor en el seno de la familia y en ella aprender a solidarizarse con los demás. En la familia el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprender qué quiere decir amar y ser amado y, por consiguiente, qué quiere decir en concreto ser una persona.


De este modo, la familia contribuye de modo único e insustituible al bien de la sociedad. La comunidad familiar nace de la comunión de las personas. Esta comunión entre el yo y el tú es modelo de toda sociedad porque es la primera y fundamental comunidad afectiva. Una sociedad a medida de la familia, es la mejor garantía contra toda tendencia de tipo individualista o colectivista tan común hoy en nuestros días, porque en ella la persona es siempre el centro de atención en cuanto fin y nunca como medio. Es evidente que el bien de las personas y el buen funcionamiento de la sociedad están estrechamente relacionados con la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Cuando mejor sea la familia tanto mejor será la sociedad. La sociedad es la primera beneficiara de una familia sana y fuerte. De ahí se sigue algo olvidado hoy en nuestras sociedades: la prioridad respecto de la familia respecto a la sociedad y al Estado. La familia no está en función de la sociedad y del Estado, sino que la sociedad y el Estado están en función de la familia. La sociedad y el Estado en su relación con la familia tienen obligación de atenerse al principio de subsidiaridad, ayudándoles para que las familias, sean ellas mismas, es decir, lo que realmente son por naturaleza y vocación trascendente.


Ahora bien, en estos días de Navidad, concentrados en Jesús, junto a María y José, nace la fraternidad mesiánica universal, la nueva familia que encabezada por Jesús abre un tiempo irreversible de luz en esta tierra de sombras y tinieblas. De esta familia ya forman parte los pobres, como Ana y Simeón. La misión de José y María fue proteger y cuidar al niño para que saliera adelante su vida. La función de Ana y Simeón fue anunciarlo al mundo, después de encontrarse con Jesús. Esta es también la gran misión de la familia cristiana y de la familia humana tan amenazada por lo avances de una concepción de otro tipo de familia; es también la misión de todos los cristianos y de las conciencias responsables en la vida de la Iglesia.


Proteger y defender a lo más débiles y a los inocentes, particularmente a los niños y a los jóvenes, a las mujeres maltratadas y a los ancianos abandonados y a todo tipo de pobres es la gran tarea de la Iglesia. Y si esto conlleva como resultado la confrontación con los poderes públicos, con instituciones, con estados, con oneges, o con ideologías que persiguen, descuidan o abandonan a los inocentes, hemos de contemplar a la Familia de Nazareth, hemos de tener como referente obligado a San José el hombre justo y bueno que más allá de la legalidad imperante y a veces permisiva del mal, se sitúa en el orden de la justicia divina y concentra su misión en sacar adelante la vida del niño Jesús, confiando siempre en que el plan de Dios se cumplirá.


No debemos olvidarnos que hoy, con más fuerza que en otras épocas, se sigue persiguiendo a muchos cristianos en todo el mundo y que se sigue matando literalmente, o dejando que malvivan o mueran muchos inocentes, sobre todo, niños. Los inocentes y las víctimas de tantos Herodes que andan sueltos se cuentan por miles hoy en esta era la de llamada globalización y de la preponderancia de las redes sociales. Nuestra conciencia responsable, y mucho más si es cristiana, no puede olvidar nunca de los inocentes, de los niños abandonados, maltratados, explotados y vejados, ni de aquellos a los que se les ha impedido nacer, no sólo por decisión propia sino por decisión dizque legal y promovida por el supuesto pensamiento progresista de los estados laicos. En todos los niños maltratados, explotados, abandonados y vejados y en aquellos que les ha negado nacer, en todos ellos se hace presente Jesús Inocente, hermanado con ellos por la sangre de su cruz. De igual modo Jesús Inocente está presente en los millones de personas que mueren de hambre en el mundo entero, así como el número ingente de los empobrecidos por el capitalismo salvaje que unido a la actual pandemia que hoy vivimos, ha incrementado el número y el colectivo de los que sufre sus consecuencias.


Al respecto, Pablo en la carta a los Colosenses 3,12-21, despliega todo un elenco de actitudes y de conductas centradas también en Dios para exhortar a los cristianos a vivir y enseñar la auténtica sabiduría. Por eso, en las relaciones familiares, se requiere misericordia, bondad, humildad, dulzura, comprensión y, sobre todo, una vida en la que fluya el perdón recíproco. Y también el Eclesiástico 3,2-7. 14-17, proyectaba estas actitudes particularmente en las relaciones de los hijos hacia los padres, y concedía el respeto y a la honra hacia el padre y la madre, así como la atención y el cuidado hacia ambos, el altísimo valor de perdonar pecados. Todas estas virtudes tienen su culmen en el amor y han de ser las señales de identidad, la impronta de quienes viven en continua acción de gracias al Padre, dejando que la Palabra habite en todos nosotros y enriquezca nuestras vidas.


A todos los cristianos, en esta fiesta de la Sagrada Familia nos toca mirar y contemplar a José y María con agradecimiento y admiración por la misión que asumieron de cuidar, criar y amar a Jesús. Seguramente contaron con la ayuda y el cariño de parientes y vecinos, como todos nosotros. A Jesús, María y José, hoy encomendamos la vida de nuestras familias, tan reales, tan presentes y tan concretas como la familia de Jesús. Y les pedimos crecer en amor y fidelidad a pesar de los tiempos en que nos ha tocado vivir. Les pedimos crecer en paciencia y tolerancia. En acogida y valoración de la diversidad. Les pedimos crecer en perdón y en fidelidad.


Y les pedimos también las gracias de mirar más allá, con la mirada de Jesús, para abrir el corazón de hermano a todos quienes buscan vivir buscando y cumpliendo la voluntad de nuestro Padre.



PRIMERA LECTURA TOMADA DEL LIBRO DEL ECLESIÁSTICO 3,3-7.14-17.-

El eclesiástico es un libro del Antiguo Testamento que contiene muchos consejos buenos y útiles para gran variedad de situaciones de la vida. Enseña el modo de comportarse con los amigos, con los huéspedes, con las mujeres; cómo administrar el dinero; qué relación mantener con los jefes, con los que prestan servicios, con los discípulos. Una buena parte del libro está dedicado a la vida familiar, a las obligaciones del marido y de la mujer, a los deberes de los hijos para con los padres y de éstos con los hijos.


En tiempos de Jesús, el Eclesiástico era usado por los maestros para educar a los jóvenes. También los cristianos lo han apreciado siempre, hasta el punto de que, después de los Salmos, fue el libro más leído de todo el Antiguo Testamento. El nombre mismo con que se conoció en el pasado, Eclesiástico significa libro para leerse en las Iglesias.


Curiosamente, el pasaje que leemos no se dirige a los padres sino a los hijos. Pero no se trata de hijos pequeños, sino de personas adultas, casadas, que conviven con sus padres ancianos. El texto de Jesús Ben Sirá que es el autor del libro, da por supuesto que esos hijos, tienen suficientes recursos económicos y al mismo tiempo, vivencia religiosa. Como veremos, con personas que rezan y piden perdón a Dios por sus pecados. Pero, según el autor, el éxito a todos los niveles, humano y religioso, dependerá de cómo trate a sus padres ancianos. En una época en la que no existía la “seguridad social”, el honrar al padre y a la madre implicaba también la ayuda económica a los progenitores. Pero no solo se trata de eso. La actitud de respeto y cariño hacia el padre y a la madre es lo único que garantiza que la oración sea escuchada y que los pecados sean perdonados.


Instruido por la experiencia acumulada a lo largo de los años, Ben Sirá sabe que los jóvenes corren el peligro de replegarse en su propio mundo, de pensar en ellos mismos. Y en el anhelo de una completa independencia, pueden caer en la más sutil de las estrecheces, la del egoísmo. Hay un modo de salvarlos de esa actitud: educarlos en el agradecimiento, abrirlos a las necesidades de los otros, sobre todo a las necesidades de aquellos de los que han recibido la vida: “Honra a tu padre con todo corazón y no olvides los dolores de tu madre; recuerda que ellos te engendraron. ¿Qué les darás por lo que te dieron?”


En la primera parte de la lectura (versos 3-7), Ben Sirá resume en el término honrar el comportamiento que los hijos deben tener para con sus padres. Repite hasta siete veces ese verbo y la aplica indistintamente al padre y a la madre. En un mundo en que la mujer era discriminada y considerada inferior al hombre, esta perspectiva resulta ciertamente una gran novedad. No es una novedad absoluta, ya que el primer mandamiento que aparece en los diez mandamientos está después de aquellos que se refieren a Dios: “Honra a tu padre y a tu madre”. A los hijos, pues, se les pide llevar una vida buena, íntegra y correcta de modo que los padres pueden sentirse orgullosos de ellos; honrar es también ayudar económicamente a los padres que se encuentran en necesidad. Ningún hijo debía soportar ver a los propios padres en situaciones de estrechez que son humillantes; Honrar también significa que los padres siguen teniendo la potestad o autoridad y deben seguir siendo obedecidos; ya que los hijos al verlos ancianos los desprecian y no quieren recibir sus consejos, sus recomendaciones y sus gestos de afecto.


El amor a los padres sirve de expiación o para alcanzar el perdón de los pecados. No significa que Dios reduzca el deber que les tenemos en proporción a los servicios hechos por los padres. Cuidar de los propios padres, darles cariño y atención, es una oportunidad que se nos da y que no hay que dejar escapar. El amor a los padres hace acumular tesoros delante de Dios. Quien honra a los padres tendrá larga vida.


Por eso, se sugiere el comportamiento a tener con los padres ancianos. Pueda ser que la debilidad no solo los afecta físicamente sino también mentalmente. Cuidar de quien ha perdido la memoria, de quien repite siempre las mismas frases aburridas y, a veces, inclusive ofensivas, es muy pesado; sin embargo, ese es el momento de manifestar hasta el fondo el propio amor. El amor verdadero es siempre gratuito y sin condiciones. No se ama a una persona porque es buena, sino que se la hace buena amándola. Si esto es válido para todos, es válido sobre todo para nuestra relación con nuestros padres. Amarlos no significa favorecer sus defectos y límites o satisfacer sus caprichos, sino comprenderlos y ayudarlos.



SEGUNDA LECTURA DE LA CARTA DE SAN PABLO A LOS COLOSENSES 3,12-21.-


El texto de la carta a los Colosenses comienza con una serie de consejos válidos para toda la comunidad cristiana, entre los que se destacan el amor mutuo y el agradecimiento a Dios. Pero ha sido elegido para esta fiesta de la Sagrada Familia por los breves consejos finales a las mujeres, los maridos, los hijos y los padres.


El que resulta más problemático en nuestro tiempo actual (globalización y redes sociales) es el que se dirige a las mujeres: “vivid bajo la autoridad de vuestros maridos”. Pero debemos considerar la situación que se vivía en todo imperio romano durante el siglo I, cuando sobre todo las mujeres de clase alta presumían de independencia y organizaban su vida al margen del marido, no es raro ni sorprende que Pablo pida a la esposa cristiana un comportamiento distinto. El consejo a los maridos, amar a sus mujeres y no ser ásperos con ellas sigue siendo válido en una época como la nuestra donde abunda la violencia de género en todos sus tipos y clases y que son dados a conocer por los medios de comunicación masivos. Los consejos finales a padres e hijos sugieren el ideal de las relaciones entre ambos: un hijo que obedece con gusto, un padre que no se impone a gritos e insulta.


Sigamos con la Carta a los Colosenses. El vestido es importante, nos diferencia de los animales que van desnudos y es como la prolongación de nuestro cuerpo. Revela nuestros gustos y sentimientos, muestra si estamos alegres o de duelo, si es un día de fiesta o laborable. No puede ser impuesto porque cada uno tiene derecho de elegir la imagen que desea de sí mismo. Ahora bien, en el lenguaje bíblico el vestido es el símbolo que exterioriza las disposiciones interiores, las decisiones del corazón. Así, el cristiano que, en el bautismo, ha resucitado con Jesucristo, ha recibido una vida nueva y por tanto, no puede seguir llevando un vestido viejo. Pablo en Efesios 4,22-24, nos dice: “ Despójense de la conducta pasada, del hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos; renuévense en su espíritu y en su mente; y revístanse del hombre nuevo”. Este revestirse del hombre nuevo vuelve a desarrollarlo en su carta a los Colosenses.


En los versos 12-15, Pablo hace una lista de las características del vestido nuevo cristiano: revístanse del sentimiento de profunda compasión, de amabilidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, sopórtense mutuamente; perdónense si alguien tiene queja de otro. Éste revestimiento lo manifiesta Pablo en siete características que volvemos a señalar: compasión, amabilidad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportarse mutuamente y perdonarse. Pero Pablo indica que no sólo son esas siete características del vestido cristiano, sino que falta ceñirse el vínculo final que es la caridad. La caridad no se reduce a un simple sentimiento, sino que se manifiesta en una constante actitud de servicio al hermano, en la disponibilidad y prontitud a sacrificarse por él.


En los versos 16-17 se exponen algunos medios para mantener la armonía entre los miembros de la familia. Pablo nos invita a meditar en la palabra de Cristo. La familia cristiana debe encontrar un momento para dedicarse a la lectura del Evangelio para poner bases sólidas en nuestra fe. Otro consejo es que nos instruyamos y nos animemos (verso16) Cuando elijo la palabra de Cristo como referencia, es siempre posible el diálogo constructivo. Y así los consejos y observaciones no se interpretan como intromisiones indebidas, sino como lo que deben ser: manifestaciones de preocupación afectuosa por la persona que se ama.


En los versos 18-21, Pablo aplica la ley del Amor a las relaciones entre los miembros de la familia cristiana. Las mujeres deben estar “sometidas” a sus maridos y luego recomienda al esposo “ someterse a vuestras mujeres”.




EVANGELIO DE SEGÚN SAN LUCAS 2,22-40


El evangelio de Lucas nos relata la purificación de la Virgen María y la presentación de Jesús en el templo. Ellos no estaban obligados a someterse a estas leyes, pero no lo hacen por la necesidad de ser purificados, o el ser circuncidado, lo hicieron para darnos un ejemplo a nosotros, que somos pecados y penitentes. Si el evangelista San Lucas hubiera sabido que, siglos más tarde, se iba a establecer la Fiesta de la Sagrada Familia, probablemente habría alargado la frase final de su evangelio que leemos en la celebración de la Sagrada Familia.


Lucas nos hubiera añadido la escena en la que san José trabaja con el serrucho y María cose sentada mientras el niño ayuda a su padre. A Lucas no le gustan las escenas románticas que se limitan a dejar un buen sabor de boca. Como Lucas no escribió esa hipotética escena, la liturgia ha tenido que elegir un evangelio bastante singular. Porque en la fiesta de la Sagrada Familia los personajes principales son dos desconocidos: Simón y Ana. A José ni siquiera se lo menciona por su nombre, solo se habla de “los padres de Jesús” y, más tarde de “su padre y su madre”. El niño, de sólo cuarenta días, no dice ni hace nada, ni siquiera llora. Solo María adquiere un relieve especial en las palabras que le dirige Simeón.


Sin embargo en medio de la escasez de datos sobre la familia, hay un detalle que Lucas subraya hasta la saciedad: cuatro veces repite que es un matrimonio preocupado con cumplir lo prescrito en la Ley del Señor: “… llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor” (2,22-23); “Para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones , conforme a lo que dice la ley del Señor ( 2, 22-24); “ y cuando los padres introdujeron al niño Jesús para cumplir lo que en la Ley prescribía(2,28); “Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazareth” (2, 39). Estos datos tienen una enorme importancia. Jesús, al que muchos acusarán de ser mal judío, enemigo de la Ley de Moisés, nació y creció en una familia piadosa y ejemplar. El Antiguo y el Nuevo testamento se funden en esa casa de Nazareth en la que el niño Jesús crece y se robustece.


Veamos las reflexiones de los versos:

“Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor” (Versos 22-24).


Para comprender este fragmento, debemos ver la purificación de María según la Ley de Moisés, este precepto se encuentra en Levítico 12, 1-18, en donde están fijadas las obligaciones a las que se refiere, que cuando una mujer concibe y da a luz a un hijo varón, es considerada impura por un período de siete días, al octavo debe circundar al hijo, y luego debe permanecer treinta y tres días impura. No debe tocar nada santo ni puede concurrir al santuario. Y nos sigue diciendo el Levítico que cuando se cumplan los días del Purificación, por un hijo o por una hija. Llevará al sacerdote un cordero de un año para el holocausto, y un pichón de paloma o una tórtola para el sacrificio por el pecado. Pero si no tienen suficiente para un cordero, traerá dos tórtolas o dos pichones de paloma, el uno para el holocausto y el otro para el sacrificio del pecado. El sacerdote hará expiación por ella y quedará purificada. Este es el caso de María, que además era pobre.


La presentación de Jesús en el templo es relatada en Lucas como la manifestación de Jesús Mesías a Israel, que parece representado en los tres elementos característicos de su religiosidad: la ley, van a cumplir lo mandado por la ley, el Templo, la presentación del Niño en el templo y la profecía, representada en Simón y Ana. El templo ocupa un lugar central en la vida judía. Era considerado el lugar donde resplandecía la gloria de Dios, donde se tenía la certeza de estar en su presencia, mucho más que cualquier otra parte. Pero la entrada del Hijo del Altísimo, heredero del trono de David, que reinará sobre la casa de Jacob para siempre, se realiza de manera humilde y paradójica: entra en el templo- la casa de su Padre- como un sometido más, como un hombre cualquiera que tiene que cumplir la ley. Sus padres pagarán por su rescate la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pinchones, aunque es Él quien viene a pagar con su sangre el rescate de nuestras vidas.


María, pues, aprovecha para llevar consigo al Niño y hace que José, seguramente pagase allí el rescate por el mismo, consistente en cinco siclos. Aunque se dice que sus padres lo llevaron a Jerusalén, los que están en situación de cumplimiento son el Niño, al que hay que “rescatar” y su madre, que va a obtener la declaración “legal” de su purificación. El término usado para “presentarlo al Señor” es un término usado para llevarlo al altar.


“Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre justo y piadoso y esperaba la consolación de Israel, y estaba en él el Espíritu Santo” (Verso 25).

Entra en escena un hombre “santo y justo” que cumple los preceptos de Dios, y “piadoso”. El relato de Lucas destaca la figura del anciano Simeón. Su nombre judío significa: “Yahvé ha oído”, es un hombre piadoso, hombre de fe vida, religioso. Estos adjetivos señalan un esmero por cumplir los deberes morales.

Era un hombre que debía de pertenecer a los círculos religiosos y que animaban su esperanza con la próxima venida del Mesías, tan acentuada por aquel entonces en aquel medio ambiente de ver cumplidas las promesas de Dios. El Espíritu Santo estaba con él, gozaba de carismas sobrenaturales.


Simeón representa al justo que oye la Palabra y la acoge en su corazón. Representa al cristiano que es oyente de la palabra. Pero quien mueve a la persona para la escucha de la palabra de Dios no es solamente su voluntad, sino el Espíritu, que actúa en los corazones.


“Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, va al Templo y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él” (26-27).


Tres veces se le menciona a Simeón en presencia del Espíritu Santo: El Espíritu estaba con él; el Espíritu le había revelado que no moriría; vino al templo movido por el Espíritu. Simeón es por ello también figura del Israel justo que aguarda el consuelo de Dios, la liberación prometida para el tiempo del Mesías. Y es así, que el Espíritu Santo comenzó en Simeón su acción espiritual para que conociera a Jesús y lo recibiera como el Mesías prometido. Impulsado por el Espíritu, va al templo cuando los padres traían al Niño. Era, como dijimos antes, un hombre santo que gozaba de carismas.


“Le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz. Porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de de tu pueblo Israel” (versos 28-32).


El devoto Simeón no pudo contener su emoción, y al saber quién era el Niño lo toma en sus brazos, bendijo a Dios. Los rabinos tomaban a los niños en brazos para bendecirlos. Conforme a la revelación que se tenía, Simeón ha visto al Mesías. Su vida sólo aspiró a esto, a gozar de su venida y visión que era el ansia máxima para todo israelita. Por eso lo puede dejar ya ir en paz., es decir, con el gozo del mesianismo, en el que estaban todos los bienes citados. El Mesías es tu salvación, la que Dios envía: Jesús.


Después de ver al Niño y reconocerlo como el Mesías, Simeón expresa su gozo con un canto de alabanza a Jesucristo luz de las naciones. Pero el Mesías de Dios tiene dos características es un Salvador universal: “Para todos los pueblos”; es el mesianismo profético y abrahámico; y es un mesianismo espiritual, no de conquistas políticas, sino “Luz” para iluminar a las gentes en su verdad. Pero siempre quedaba un legítimo orgullo nacional: el Mesías sería siempre gloria de tu pueblo: Israel, de donde ha salido. También Pablo en su carta a los Romanos mantendrá este privilegio de Israel.


La Iglesia reza este himno en la última hora oración del día, antes del descanso nocturno. En él se expresa la actitud de confianza de quien, por acción del Espíritu en su vida y por su adhesión a la Palabra, ha vencido el miedo a la muerte y vive confiando en el Señor. El encuentro con Jesús libera de las sombras de la muerte. Quien se encuentra con Jesús puede morir en paz.


“Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: ‘éste está puesto para caída y elevación de muchos de Israel y para ser señal de contradicción ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (versos 34-35)


María y José se admiran de lo que dice Simeón. Viene después la profecía que Simeón dirige a la madre. ¿Qué significado tienes esta profecía de Simeón? Notemos que el evangelio de Lucas nos traslada repentinamente de la cueva de Belén al Templo de Jerusalén, cuarenta días después del Nacimiento del Niño Jesús. Y aún en plena celebración navideña nos pone una nota de advertencia y de dolor. Nos anuncia que el Salvador prometido provocará oposición de muchos y, además, que su misión será en dolor-para Jesús y para su Madre- pues el Niño que ha nacido es el Cordero que deberá ser inmolado para la salvación del mundo. Además, dice Simeón que este niño será un signo de contradicción, una bandera discutida. Signo de contradicción porque muchas aceptarán la salvación que nos tare el Niño recién nacido, pero muchos la rechazarán. Y ciertamente, será signo contradicción porque la vida de Jesús ha sido esto: desde tenerlo por endemoniado hasta confesarlo por Mesías. Como dirá Pablo en 1 Corintios 1,13, su doctrina fue escándalo para los judíos. Jesús será la señal de contradicción. En efecto, unos lo amarán, otros lo odiarán, unos estarán dispuestos a morir por Él, mientras que otros no cesarán en su esfuerzo por hacerlo desaparecer de la historia y de la faz de la tierra.


Y viene después la profecía de Simeón dirigida a la Madre de Jesús: “Y a ti misma una espada te atravesará el alma” Esto es ciertamente algo trágico. No solo será para María el dolor de una madre por la persecución, calumnia y muerte de su hijo. Esta profecía, dirigida personal y exclusivamente a ella, debe tener un mayor contenido. Se puede decir que se ve a María especialmente unida al Hijo en esta obra. María es “Hija de Sión”, entonces lleva dentro de sí el destino espiritual de su pueblo (del resto, de los Anawin o pobres de Yahveh), destacándose aquí el dolor de sus entrañas por lo que significaba Jesús signo de contradicción.


La Santísima Virgen María está asociada a la obra redentora de Jesús. No hay redención sin dolor, y el alma de la Santísima Virgen María, será traspasada por la espada del dolor, por todo lo que ella luego sufrió en su corazón por la pasión de su Hijo Jesús.


“Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido 7 años con su marido, y permanecía viuda, hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y de día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (versos 36-38).


La profetisa Ana deposita en Jesús la esperanza de que liberará a Jerusalén. Ana es sin duda una mujer muy especial, por esa razón aparece como una figura destacada en este pasaje del evangelio. Ana es una profetisa, es decir una mujer consagrada a Dios, con un específico carisma, dada a la piedad y a la animación de estos días donde se realizan estas especiales doctrinas. En evangelista Lucas hace una descripción detallada de la biografía de Ana y sus actividades. Su viudez parece un celibato consagrado. Su obra no fue al menos exclusivamente en el templo, pues ella hablaba a todos los que esperaban la liberación por obra mesiánica. Debió de recibir un fuerte impacto en aquel episodio del templo.

Ana, es como las figuras de los laicos comprometidos, que con el testimonio de su palabra, anuncian proféticamente la evangelización en su ambiente, aportando también un testimonio de vida, con caminos hacia la santidad, con las prácticas de constantes oraciones y penitencias. Ella da un testimonio sobre el Niño Jesús, en un instante de inspiración y dirigida por el Espíritu de Dios. Su actuación, consagrada a la oración, al sacrificio, observando las obligaciones que se deben cumplir, la convierte en una destacada mujer.

La Santísima Virgen María y San José, como Simeón y Ana son modelos de lo que Dios requiere de nosotros para realizar su obra de salvación: docilidad a Dios y entrega a su Voluntad, que nos son dadas especialmente en el recogimiento y oración. Si los imitamos, el Espíritu Santo nos hará saber que Jesús es nuestro Salvador y así Él podrá cumplir en nosotros su obra de salvación.


“Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazareth. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría y la gracia de Dios estaba sobre él” (verso 39- 40)


El niño en el templo es una escena que atrae e invita a percibir en el relato de Lucas diversos motivos a dilucidar. En este relato, es la primera palabra que aparece de Jesús en los evangelios. Además, en forma sutil, nos habla de la inteligencia de Jesús, porque nos dice que crece en “sabiduría”. Esta escena causa admiración, porque como se ve en los evangelios de “discusión” de Jesús con los fariseos y doctores los hace callar. Aquí en ese decirnos que crecía en sabiduría es como un preludio y justificación al estar demostrando su saber bíblico ante los doctores de la Ley en sus mismas escuelas del templo. Ellos le rinden de modo parcial y aún sin prejuicios, homenaje a su saber.


La gracia de Dios estaba con él, es decir, la gracia, porque a Jesús, hombre le fue concedida la gran gracia que desde que comenzó a ser hombre fuese perfecto y fuese Dios. Aún siendo niño tenía la gracia de Dios, para que como todas las cosas en Él era admirables, lo fuese también su niñez, y se cumpliese así la sabiduría de Dios. Por eso, Jesús, el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso crecer en sabiduría, en estatura y en gracia.

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