• merced liberadora

EL ÁNGEL DIJO:

“NO TEMAS, MARÍA, PORQUE HAS HALLADO GRACIA DELANTE DE DIOS; VAS A CONCEBIR Y DARÁS A LUZ UN HIJO”.


La Iglesia nuestra madre, celebra el Domingo IV de Adviento, Ciclo “B”. A lo largo del mensaje repetido de estos domingos hemos podido ver que la espiritualidad propia del tiempo de Adviento se propone reavivar en los cristianos un cuestionamiento radical de toda la existencia del ser humano en el mundo. Nuestros pensamientos y corazones están puestos en la Navidad, no para conmemorar lo mismo de todos los años, sino una celebración que culmina la preparación de la espera, de habernos convertido y cambiado de vida, en suma poniendo la Navidad en clave de Año Nuevo, deseando renovar esperanzas y dejando atrás este año tan complejo e inédito que estamos viviendo debido a la irrupción de una letal pandemia que todos pensábamos que duraría poco tiempo pero que se ha extendido por tantos meses, causando confinamientos, temor e incertidumbre, a la vez, provocando problemas sociales, de salud, desempleo de miles y miles de trabajadores, y lo fundamental los problemas económicos que han agudizado la pobreza, la desigualdad, de poder alcanzar los programas de salud para servicio de todos; así como el rostro de algunos dirigentes políticos, decididamente no creyentes que han ocasiona incertidumbres y que han desnudado las estructuras que no favorecen a todos el bienestar y muchos de esos gobiernos se han visto inundados por la corrupción, el acaparamiento y la usura, aumentando el dolor y el sufrimiento.


Volviendo a la reflexión dominical. El evangelista Lucas hace de este domingo la fiesta de Anunciación y cierto que lo es en toda su dimensión y realidad misteriosa. La Navidad está cerca y conviene ir concentrando la atención en el gran misterio: el nacimiento de Jesús, el Señor, en el portal de Belén. Este Domingo IV de Adviento se anuncia, pues, la proximidad del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, el misterio de Dios proclamado como Evangelio por Pablo. Es el misterio fundamental de un Dios que se hace niño y pobre. Conviene anotar, desde el inicio que los evangelios nos presentan dos figuras humanas preeminentes de la Navidad, María y José.


En el evangelio nos narra la encarnación del Verbo en María de Nazareth. La primera palabra del ángel es “Alégrate”. La razón de la alegría la refiere al decir “el Señor está contigo”. Solo un Dios infinito es infinitamente alegre. Las apariciones de Dios provocan siempre alegría. En la revelación, aparece claro que a más fe hay mayor alegría. Lucas, a todas luces, es el evangelio de la alegría. Alegría que se manifiesta sorprendentemente ya en el precursor, en el seno de su madre a causa de la proximidad de Jesús. Alegría que Jesús difunde generosamente en el mundo a través de la proclamación de las bienaventuranzas. La alegría está donde está Jesús y se hace tanto más intensa cuanto mejor le acogemos en fidelidad. La deslumbrante escena de Nazareth relata cómo Dios se presenta en el mundo a través de lo más simple y cotidiano.


Ahora bien, el ángel Gabriel entra donde María “estaba”, es decir, allí donde hacía las tareas de todos los días. Dios se hace presente allí donde las gentes viven, trabajan, gozan y sufren. Aparece en lo más cotidiano de cada día. No en los consabidos centros de poder para apoyarse en medios poderosos. Ni ante los poderosos de este mundo para apoyarse en ellos. Pues padecen incapacidad. El poder de Dios no radica en las estatuas frías de nuestros templos. Aparece en la continuidad más simple de la existencia, allí donde el hombre vive y está, cuando sabe hacer una lectura creyente de la realidad cotidiana y vive según ella. María no confía en ella misma, ni buscar los poderes de este mundo. Sabe que Dios está en lo más íntimo de su propia intimidad. Y confía en él. Dios esconde su omnipotencia y se reviste de la impotencia humana para que el hombre ponga su confianza solo en Dios.


Decíamos, que María es una figura preeminente de la Navidad. Una doncella como ella, tenía sus planes en Nazareth. Estaba ya comprometida y enamorada con José de la estirpe de Navidad. Ya soñaba con el día de su boda. Pero en medio de ese entusiasmo, sus planes se ven trastocados. Una visita improbable desconcierta su mente y corazón. ¿De qué se trata todo esto? ¿Cómo puede suceder? En medio de su confusión algo que se hace transparente: Dios la está invitando a soñar otros planes, un proyecto diferente, tan desconcertante como apasionante. Entonces brotará un sí, entonces María recuerda el principal plan que acompañaba sus silencios y su sencilla oración de cada día. Fuera lo que fuera que escogiera en la vida, ella quería ser siempre la humilde servidora de Dios.

Dentro de toda la perplejidad y viendo y entrando a comprender lo que Dios le anunciaba, la respuesta de María es ejemplar: “He aquí la esclava del Señor”. Una vez más se realiza la verdad: quien construye la casa del Señor no es hombre, sino Dios. ¿Cómo entendemos ese trastocamiento en los planes de María para poner en segundo plano los suyos? Comprender que cualesquiera que sean los planes de cada uno, existe más allá, más a fondo, la pregunta por la forma, por el modo en quien quiero y deseo vivir la vida. No se trata, pues, de qué quiero llegar a ser (mis propios planes y proyectos), sino de quién quiero llegar a ser. Y en esto radica la libertad para al mismo tiempo soñar y planificar, sin amarrarnos ni desconsolarnos por los cambios. Y ésta es la libertad de María y también nuestra libertad: conocer nuestros sueños y anhelos profundos. Saber quien quiero llegar a ser. Reconocer y apostar por el modo en que quiere vivir la vida. Por eso, María es libre, realmente libre. Porque incluso en medio de la maravillosa ilusión de su matrimonio, su proyecto de base es más profundo y, en vez de trastocarse con la visita del ángel Gabriel, se profundiza aún más: María quiere vivir como humilde servidora del Señor.


Por eso, María es la figura del cuarto domingo de Adviento. María, abriéndose por completo al plan divino sobre la historia humana y permaneciendo siempre fiel a su palabra, experimentó en su humildad la grandeza del misterio de Dios, al cual consagró toda su vida tras descubrir la misión decisiva para Ella, la que, por pura gracia, había sido escogida: la misión de engendrar y dar a luz a Jesús, el Mesías. María es la colmada de gracia de parte de Dios. Y su gracia ha consistido en haber sido elegida y destinada por Dios para que, dejándose impregnar por el Espíritu Santo, engendrara y diera a la luz al Salvador.


Que María sea colmada de gracia es una realidad que tiene para nosotros, los cristianos, consecuencias extraordinarias, pues esto que en María era un canto definitivo de toda su vida, es también ya para nosotros una realidad en medio de las vicisitudes históricas de nuestra existencia. Pablo en la carta a los Efesios, hace extensivo ese derroche de gracia, con el mismo verbo “agraciar” o “colmar de gracia”: “Para alabanza de la gloria de su gracia con las que nos agració en el Amado. En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia” (Efesios 1, 6-7), también a todos los cristianos, de modo que sintiéndonos elegidos antes de la creación del mundo y destinados a vivir como hijos del Padre, participemos de la inmensa alegría de haber sido colmados de gracia por el Hijo y en el Hijo. Conocer a Jesús, seguir sus pasos y orientar nuestro futuro según el suyo, es para sentirnos, como María, verdaderamente dichosos y tocados definitivamente por la gracia de Dios, siempre y sólo por medio de Jesucristo y por los méritos de su muerte y resurrección. Este es el misterioso escondido de Dios, el Evangelio por antonomasia, revelado a todos los pueblos, del cual trata Pablo en la carta a los Romanos: “A aquel que puede consolidaros conforme al Evangelio y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe, a Dios es el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amen (Romanos 16,25-27).


La diferencia entre María y cada uno nosotros es que en ella la realidad de la gracia desbordante de Dios es proclamada por Lucas como una donación de Dios y como una respuesta creyente de María, ambas siempre vigentes, mientras que en nosotros el don de la gracia nos ha sido dado en Cristo, pero el aspecto del tiempo verbal griego de la carta a los Efesios destaca el don como un acontecimiento real, ya acontecido, pero no tanto la respuesta de la fe, la cual depende de nosotros y por eso cada uno de nosotros tiene que seguir escribiéndola en la vida, en lo cotidiano.


Para vivir como María, el único requisito es la fe activa. La palabra AMÉN podría sintetizar esa actitud de fe, tal como María refleja al decir: “Hágase en mí según tu palabra.” No olvidemos que la fe tiene dos componentes esenciales y complementarios: Uno, la fe significa fiarse, confiar, creer en el otro y en su verdad; Dos, la fe comporta estar firme y permanecer activo en la verdad, saber soportar y perseverar con fidelidad en las propias convicciones. Esa fe es la que se expresa en la palabra hebrea: AMÉN. Por su fe, María creyó en la palabra de Dios, se abrió totalmente al plan de Dios sobre ella y también sobre la historia humana y permaneció siempre fiel a su palabra. El mensaje de fe se carga de esperanza y de alegría al unirnos en el tiempo del Adviento al AMEN de María. De este modo los cristianos podemos convertirnos, como ella, colmados de la gracia divina por medio de Jesucristo, en testigos vivos del amor y de la paz en medio del egoísmo y la violencia que impera en nuestro mundo, y en artífices de un mundo de justicia, de bondad y de belleza en el contexto de injusticia y de maldad que tantas veces nos abruma. Hoy estamos llamados a sentirnos colmados de la gracia de Dios y servidores gozosos del Evangelio como la Virgen María para hacer de nuestras vidas un canto de alabanza a Dios.


El Adviento da motivos muy válidos para la admiración, gratuidad y amor que profesamos a la Virgen María a la Madre de Dios. MARÍA DEL ADVIENTO nos prepara para la venida de su Hijo. Contemplarla es contemplar la imagen de una persona humana plenamente realizada en Dios. María nos muestra aquello que podemos llegar a ser si acogemos la palabra de Dios en nuestra vida. Porque la grandeza de María consiste en haber obedecido la palabra del Padre. Hasta engendrar en su carne al Hijo de Dios. Todo en María ha sido predestinado por Dios con vistas al cumplimiento de su voluntad de salvar a la humanidad enviando a su Hijo al mundo. Dios ha buscado a María, ha querido encontrarse con ella desde su eternidad. El sueño de Dios a favor de sus hijos puede al fin realizarse. Y Dios viene, se une a nosotros, se incorpora en nuestra historia, sella su alianza con nosotros para siempre.


Navidad nos recuerda, que el Hijo de María, es el Hijo del Dios Altísimo. Pero pasará treinta años en una aldea, en Nazareth, y luego como predicador itinerante en un país pobre, rodeado siempre de gente sencilla, realizará su obra lejos de las esferas de la riqueza y del poder de este mundo. Así, el Reino de Dios es diferente. Al lado de María aprendemos los valores del Reino. María, la Madre de Dios y Madre nuestra nos acoge en la escuela de Nazareth, para que Jesús nos enseñe los caminos del Reino y podamos tener los mismos criterios que Jesús nos enseñó y vivió. María acoge el plan de Dios en total obediencia. Dios ha encontrado una madre que le haga nacer entre nosotros. Con toda su fe, como hemos expresado anteriormente, esa fe hace referir toda su existencia al Dios que todo lo puede. María no duda en responder: Sí, “Hágase”. En su palabra halla eco el “Hágase divino”, por el que fueron creados todas las cosas. Su SÍ, el “Hágase” anuncia la nueva creación. María pone a disposición del Padre su cuerpo virginal, para que su Hijo pueda tener un cuerpo humano por obra del Espíritu Santo. Lo imposible se hace posible: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.


Soñemos como María. No dejemos de adelantarnos gozosos a nuestros deseos de futuro. Pero imitemos también a María. Y no perdamos de vista, en medio de nuestros planes y proyectos, aquello que define nuestra vocación más profunda: el modo en que queremos vivir la vida, sea lo que sea que finalmente nos toque experimentar. Hagamos ahora silencio contrito y solemne. La noche buena ya está cerca. Alejémonos un momento lo que estamos preparando para la cena de Navidad. Apaguemos por un momento las luces de colores que hemos instalado alrededor del Nacimiento y del árbol de Navidad. Dejemos incluso de cantar. Y en la intimidad silenciosa de nuestro pesebre que somos cada uno de nosotros, recibamos la enternecedora visita del Niño Dios.

PRIMERA LECTURA TOMADA DEL SEGUNDO LIBRO DE SAMUEL 7,1-5.8-12. 14ª .16)


No fueron fáciles ni tranquilos los últimos años de la vida de David. El reino, construido a precio de tanta sangre, permanecía aún unido, pero ya comenzaban a surgir las primeras señales de conflictos que estaban a punto de estallar entre las tribus del norte y las del sur. La fuerza y el prestigio del gran soberano, ya en declive no eran suficientes para contener las tensiones. Los pueblos vecinos como los amonitas y moabitas subyugados por los tributos, solo esperaban el momento oportuno para comenzar de nuevo las hostilidades y librarse del yugo insoportable. Pero a David, también le preocupaba la división entre sus hijos, y al final David decidió designar como su sucesor a Salomón.


En este ambiente se ubica el pasaje que leemos en la primera lectura y que constituye el núcleo de toda la historia de David y el punto de referencia de toda la restante historia de Israel. Para reforzar la unidad del reino, David pensó construir un templo al Señor, pero para este proyecto requería de la aprobación de Natán, el único que con su autoridad moral podía convencer al pueblo de colaborar en la empresa. Así, David asumiendo una actitud devota, comunicó sus intenciones a Natán (verso 2). Un poco sorprendido, Natán se dejó convencer y aprobó la idea, pero aquella misma noche pensándolo mejor, se dio cuenta de que los sacrificios exigidos al pueblo eran ya demasiados y no era el momento de comenzar una construcción semejante. Al día siguiente se dirigió al soberano y le comunicó la revelación que había recibido de Dios. Después de negarle el permiso, Natán pensó que había llegado el momento de dar una respuesta a otra angustiosa preocupación del soberano: ¿Cuá será el destino de la dinastía? David sabía que estaba todo dado para que, después de su muerte se desencadenará en su familia una lucha sin cuartel por el trono.


Natán hace al rey una promesa inaudita: no será tú quien le construya una casa a Dios, sino que será Él quien te construirá una casa estable, solía, sólida, eterna (versos 11-16). Hubo dinastías que se mantuvieron centenares de años, pero acabaron desapareciendo. Quien hubiera oído pronunciar el oráculo lo habría tomado como una piadosa mentira, indeferencia al viejo soberano. Pero por boca del profeta, Dios estaba empeñando su fidelidad a una solemne promesa: la dinastía davídica duraría para siempre. Es así como Israel la entendió y, en los momentos más difíciles, fue la promesa el punto de referencia, en la certeza de que el Señor cumplirá su palabra.


Un infeliz día de julio del 586 a.C., ocurrió un hecho dramático: los babilonios destruyeron la ciudad de Jerusalén y pusieron fin al reino davídico. No sólo se trató de una derrota militar sino sobre todo de una dura prueba para la fe del pueblo, que se preguntan el porqué el Señor se había olvidado de su promesa. Fueron años de desconcierto hasta que, por fin, Israel logró convencerse de que la palabra de Dios es irrevocable. Debía de mirar el futuro, esperar la venida de un descendiente de David, de aquel que recibiría del Señor un reino eterno. Fue el comienzo de la espera mesiánica. El cumplimiento de la profecía superó todas las expectativas. Tanto David como Natán soñaban con un reino de este mundo, pero el Señor no se adecua a los proyectos del hombre que son siempre mezquinos. Dios hizo surgir en la familia de David a un rey, Jesús hijo de María. Israel esperaba un conquistador de imperios. El Señor respondió enviando a un niño débil pobre, indefenso.


Cierto que Salomón, hijo de David, consolidará el reino y construirá un templo para Dios. Dios será para él un padre y él será para Dios un hijo. De la casa de Israel nacerá un descendiente, Jesús, que establecerá para siempre el Reino de Dios. No son los hombres los que construirán una casa a Dios. Es Dios quien establece su presencia con los hombres por caminos desconcertantes. Dios está no donde está el poder, sino la humildad y la fidelidad creyente.


SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA CARTA DE SAN PEDRO A LOS ROMANOS 16,25-27.


Pablo proclama la alabanza a Dios por la revelación del misterio de Cristo, escondido durante siglos y manifestado ahora en el evangelio. Es preciso conocerlo y acogerlo. Concluye con sabor litúrgico, dando gloria a Dios por medio de Jesucristo.


Pablo nos dice que Dios ha comenzado a revelarse desde la Creación: el mundo llevado por Él a la existencia mediante la palabra y ha quedado impregnado, en cierta manera, de esta palabra divina y es capaz de comunicarla a quien lo contemple con ojos limpios y corazón puro. Desde el principio, de hecho, Dios nunca dejó de manifestarse como bienhechor, enviándoles lluvias desde el cielo, buenas cosechas; alimentándolos y teniéndoles contextos.


Dios, ha hablado con mayor claridad por medio de los profetas, enviados para iluminar a su pueblo (verso 26). Finalmente, en Cristo, ha llevado a cumplimiento su revelación. “En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo. Él es el reflejo de su gloria, la imagen misma de lo Dios es. Cuando Jesús exclamó en la Cruz “Todo se ha cumplido”, no quería decir: “aquí termina todo para mí”, sino “este es el momento más glorioso de mi vida”, en el que el Padre se ha manifestado hasta donde llega su amor por el hombre. Jesús ya no tiene nada que añadir; el misterio ha sido plenamente manifestado.


Pablo en estos pocos versos, da gracias a Dios por esta revelación. Ahora está claro que Dios tiene proyectos de paz y de salvación para todo hombre y quiere que todos seamos, en Cristo, “un solo hombre nuevo” y destruyendo toda clase de enemistad.



EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1,26-38.

Contemplando el evangelio de este domingo, tenemos que señalar que no es la primera vez que en la Biblia se anuncia el nacimiento extraordinario de un niño. Si se comparan estas anunciaciones, queda claro que los personajes llamados a desarrollar una misión extraordinaria nacen frecuentemente de manera no normal. Isaac es concebido cuando su madre, estéril, tiene noventa años y su padre, Abrahán, cien; la madre de Sansón y la de Samuel son estériles, los padres de Juan Bautista son viejos e Isabel es estéril; no sorprende que en los evangelios apócrifos el nacimiento de María sea presentado según el mismo esquema: Ana y Joaquín son viejos y ella es estéril. También el nacimiento de Jesús ocurre de modo extraordinario: María es virgen y ha tenido relaciones con su marido.


La Biblia pone de relieve el componente prodigioso de estos nacimientos para mostrar que no fueron fruto natural de la fecundidad humana sino de un don del cielo. La salvación, la liberación o la esperanza que estos personajes son destinados a introducir en el mundo, proviene de Dios. Si a estos anuncios de nacimientos extraordinarios añadimos las vocaciones de Moisés que está inserto en Éxodo 2,2-12, y de Gedeón que se encuentra en Jueces 6,12-22, descubrimos otro dato significativo: todos estos relatos están estructurados de la misma manera, siguen el mismo esquema, contienen los mismos elementos; en una palabra, se asemejan los unos de los otros. En primer, aparece en escena el ángel del Señor; después, el destinatario del mensaje experimenta miedo o turbación; el ángel anuncia el nacimiento de un niño, indicando el nombre y especificando la misión para la que ha sido llamado; seguidamente, el destinatario presenta una objeción o dificulta a la que el ángel responde dando una señal que puntualmente se cumple.


La Anunciación a María sigue detalladamente este esquema, por lo que resulta difícil establecer cuáles son, en el relato de Lucas, los datos históricos reales y cuáles son los elementos que dependen del artificio literario. Los hechos podrían haberse desarrollado exactamente como son presentados y, en este caso, Lucas no los podría haber narrado de distinta manera: pero incluso si la anunciación hubiera sido una experiencia mística e interna de María, el relato de María hubiera sido el mismo. Para hacerse comprender por sus lectores, a Lucas no le quedaba otra alternativa que recurrir a esquema de nacimientos milagrosos fijado por la tradición bíblica.

“Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret” (verso 26).

El sexto mes de la concepción de Juan Bautista, este corresponde según la cristiandad antigua al mes de marzo, y se ha fijado como fecha el 25 de ese mes. Nueve meses más tarde, el 25 de diciembre es la fecha de nacimiento de Jesús. La razón de esta fecha, es algo de la divina sabiduría. A la María Virgen no se envía un ángel cualquiera sino al arcángel Gabriel, Lucas lo designa por su propio nombre, que significa “mi protector es Dios”, se traduce también como “fortaleza de Dios”.


La sorpresa es precisamente que el Ángel es enviado a la región de Galilea, a la ciudad de Nazaret. Nazareo, significa coronado de la flor, y se entiende también como consagrado, así se denominaban a los hombres y mujeres que era puesto aparte para Dios. Decíamos, la sorpresa es que mientras los ojos de todos cuantos esperaban la intervención salvadora del Señor se dirigían hacia Jerusalén, Dios puso su mirada en un minúsculo pueblito perdido entre las montañas de Galilea, una aldea tan insignificante que ni siquiera es nombrada en el Antiguo Testamento. Estaba habitada por gente simple, poco instruida y considerada, impura por su contacto con los paganos. A Felipe que declaraba entusiasmado su admiración por Jesús de Nazareth, Natanael le responde con sorna e ironía: “¿De Nazareth puede haber cosa buena?



“A una virgen desposada con hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (verso 27).

Las sorpresas no han terminado. ¿A quien se dirige Dios? ¿A quien escoge? No a un libertador valeroso como Gedeón, no a un héroe como Sansón, sino a una mujer, a una virgen. El evangelista, dice dos palabras muy exactas en una definición, “VIRGEN” Y “DESPOSADA”. La primera denominación, “Virgen”, para que conste y no quepa la menor duda, que ella no conocía ninguna unión con un varón, esto es pura y sin mancha, y la segunda: “Desposada”, para que conste que estaba unida a José y para que quedase ilesa de la infamia de una virginidad manchada, cuando su fecundidad pareciera signo de corrupción. ¿Cómo así? La virginidad para nosotros es un signo de dignidad y motivo de honor, pero en Israel era apreciada antes del matrimonio, no después. Era una infamia para una joven permanecer virgen por toda la vida; era juzgada como incapaz de atraer hacia ella la mirada de un hombre. La mujer sin hijos era como un árbol seco, sin frutos. El término virgen tenía, pues, resonancias despreciativas: en los momentos más dramáticos de su historia, Jerusalén, como vemos en Jeremías 31,4;14,13 derrotada, humillada, destruida y sin esperanza era llamada virgen Sión, porque en ella se había interrumpido la vida; era incapaz de procrear.


Digamos más. Quiso Dios, la posibilidad que algunos dudasen de su nacimiento, pero no de la pureza de su Madre. Sabía que el honor de una Virgen es delicado y la reputación del pudor es frágil. Entonces no estimó conveniente que la fe de su nacimiento se demostrase con las injurias inferidas a su Madre. Por eso, tenemos la más amplia convicción de que la Santísima Virgen María fue íntegra por su pudor, así su virginidad es inviolable en toda opinión. Madre, sin estar casada, hubiera querido ocultar su falta con una mentira. Pero casada, no tenía motivo para mentir, puesto que la fecundidad es el premio y la gracia de las bodas. María es Virgen no solamente desde el punto de vista biológico, como la Iglesia ha creído siempre, sino también en sentido bíblico: es pobre y es consciente de serlo, se encuentra en la condición de aquella que solo puede ser “llena de gracia” por Dios. Por eso, en la Anunciación, no celebramos su integridad moral, de la que ciertamente nadie duda, sino que contemplamos “las grandes cosas” que en ella ha realizado aquel que es “Potente” y “Santo es su nombre”.


Desposada con José. Está claro, que si María, no hubiera tenido esposo, la habladuría sería mayúscula. Conocemos la debilidad del ser humano, el comentario malicioso, la mala fe, la incredulidad, entonces Dio, se sirve del marido como un segundo testigo del pudor de su desposada, de ahí, un hombre justo. Lucas se refiera a José y a María como miembros de la misma familia o tribu, así era como estaba mandado por la ley judía. Una acotación más: María en hebreo significa “estrella del mar”, referido a la luz del astro, y con razón, porque mereció llevar en sus entrañas al Señor de todos, del mundo y a la luz constante por los siglos,


“Y entrando, le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.’ Ella se conturbó por estas palabras y discurría qué significaría aquel saludo” (Verso 28-29).

Poniendo en la boca del ángel la invitación a alegrarse, Lucas identifica a María con la virgen Sión que se alegra porque en ella está presente el Señor. Si recorremos la Biblia notaremos que cuando el Señor se dirige a alguien, lo llama por el nombre. En el texto del evangelio de Lucas, el nombre de María es substituido por un epíteto: Amada de Dios, es decir, llena de gracia. Si Dios le cambia el nombre quiere decir que la destina para una misión particular. Abran se convirtió en Abrahán porque sería padre de una multitud de pueblos y Saraí fue llamada Sara, princesa, porque estaba destinada a ser madre de reyes. ¿Cuál será la misión confiada a la “llena de gracia, a la Amada de Dios”? La de proclamar al mundo lo que Dios hace en los pobres que confían en su Amor.


Observemos también, que María estaba en su casa. No estaba en el campo, ni en la montaña, estaba en su habitación, sola y sólo el ángel sabía dónde se encontraría, donde están las mujeres como ella, donde ningún hombre llega. Aquí no se produce una conversación animada y distendida, entre dos o más personas, es algo muy digno, es un ángel que viene a anunciar que la tristeza sea desterrada, viene a anunciar la alegría, viene con gozo, sus palabras son una composición poética que alaba a la Virgen María. Estamos ya comprendiendo el mensaje del texto del evangelio de Lucas para este domingo. “El Señor está contigo” es el complemento de todo el mensaje.: El Verbo de Dios como Esposo que se une de una manera superior a la razón, como engendrado El mismo y siendo engendrado, adaptó a sí mismo toda la naturaleza humana. Todo un cambio nos trae Dios, porque, así como por medio de una mujer y un hombre entraron en el mundo el pecado y la tristeza, así ahora por una mujer y por un hombre vuelven la bendición y la alegría, y se derraman sobre todos.


María se turba al escuchar el saludo del ángel. Esto es normal en toda mujer inocente y pura, turbarse, esto es una pequeña alteración por la sorpresa, alguien entró sin previo aviso a su habitación. Comprendemos la situación de María, ella sabía de las apariciones de los ángeles, por eso no se turbó por su presencia sino por las palabras del ángel, se turbó por el pudor y la prudencia de la Virgen y su alma. Entonces, oída la alegre noticia, examinó lo que se le había dicho y no se resiste abiertamente por incredulidad, tampoco se somete al punto de la ligereza. Es que era un saludo que María nunca hasta ese momento había oído jamás.


“El ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrá por nombre Jesús” (Versos 30-31).

María se había turbado y el ángel se da cuenta de ello, y la llama por su nombre como si la conociera familiarmente y le dice que no debe temer. Como diciéndole: no he venido a engañarte, no he venido a robarte tu virginidad inviolable, sino a preparar tu seño para el autor y defensor de la pureza. Así, pues, no la dejo atormentarse con alarmantes consideraciones, a fin de no ser juzgado como un enviado infiel.


Quien merece la gracia delante de Dios, nada tiene que temer. La palabra “he aquí” o “vas a concebir” denota la prontitud y la presencia, , insinuando con dicha palabra que la concepción de había celebrado al instante. Sabemos que la expectación del parto infunde un cierto temor a las mujeres, en este caso, el anuncio de un parto dulce apaga esa aprehensión de temor cuando le dice: “Y pondrás por nombre Jesús”. Rú lo llamarás, dice el ángel, porque no lo hará el padre, porque carece de padre en cuanto a la generación humana, así como carece de madre, respecto a la generación divina. Este nombre es expresión de su identidad divina y de su misión como Salvador y Reconciliador del mundo. En efecto, Jesús quiere decir “Dios salva”. Ahora bien, este nombre fue impuesto de nuevo al Verbo Divino, y convenía a la natividad de su carne, según aquello del Profeta: “Verán las naciones tu justicia, todos los reyes tu gloria y te llamarán con un nombre nuevo que la boca de Yahveh declarará” (Isaías 62,2). “Este será grande


“El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (versos 32-33).


Tampoco estas palabras han sido inventadas por Lucas; se encuentran, casi idénticas en boca de Natán. Poniéndolas en los labios del ángel, el evangelista declara que, en el hijo de María, se ha cumplido la profecía hecha a David: Jesús es el esperado Mesías destinado a reinar eternamente.


“El será grande”. Segurísimo, porque no se asemeja a nadie. San Juan Bautista fue grande como hombre, pero en este caso será grande como Dios. Consideremos entonces la grandeza de nuestro Salvador, como el más grande. No somos nosotros los indicados a poner un nombre, es el padre quien conoce a su Hijo, quien lo hace. Jesús existe desde la eternidad, aunque ahora por nuestra inteligencia se manifiesta su nombre. Y por esto dice “será llamado”, no será hecho, ni será engendrado, porque ya antes de los siglos era consustancial esto es de la misma naturaleza o esencia al Padre. Para que se sepa con claridad que el que había de nacer de Virgen era el mismo Jesús que los profetas prometieron que nacería de la descendencia de David. Sin embargo, el cuerpo purísimo de Jesús no procede de José, aunque descendía de la misma línea de parentesco que la Virgen, de la cual el Unigénito del Padre tomó la forma humana. Por eso, su reino no tendrá fin. Sólo Dios puede reinar eternamente.


“María respondió al ángel: ‘¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?’ El ángel le respondió: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (versos 34- 35).


Consideremos las palabras de María. El ángel le anuncia el parto, pero ella insiste en su virginidad creyendo que ésta se podría macharse con sólo el aspecto de un ángel. Por eso dice, no conozco varón; cierto que el conocimiento se entiende de muchas maneras. Se llama conocimiento la sabiduría del Señor, también la noticia de su grandeza; el cumplimiento de los mandatos; los caminos que conducen a él y la unión nupcial, como aquí se entiende. María como que le dice al ángel que, aunque lo sea. Sin embargo, no conoce varón, y por lo mismo, esto parece imposible. ¿Cómo, pues seré madre si no tengo marido? Como diciendo a José sólo lo conozco como esposo.


Ante la objeción de María, el ángel responde que la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. En el Antiguo Testamento, la sombra y la nube son signos de la presencia de Dios. Durante el Éxodo precedía a su pueblo en una columna de humo como lo expresa Éxodo 13,21; una nube cubría la tienda donde Moisés entraba para encontrarse con Dios. Y cuando el Señor descendencia sobre el Sinaí para hablar con Moisés, el monte se cubría con una densa nube.


Por eso, afirmando que sobre María se ha posado sobre del Altísimo, Lucas declara que en ella se ha hecho presente el mismo Dios. Estamos frente a una profesión de fe del evangelista Lucas en la divinidad del hijo de María. Y más por las palabras “Te hará sombra”, se significan las dos naturalezas de Dios encarnado. Pues la sombra se hace con la luz y con el cuerpo. El Señor es la luz por su divinidad. Y como luz incorpórea había de tomar cuerpo en las entrañas de la Virgen. Por eso, el fruto santo que nacerá de María será llamado Hijo de Dios. Aquí tenemos una gran diferencia con nosotros los seres humanos, porque a diferencia de nuestra santidad que la conseguimos con nuestra vida, Jesucristo nace Santo. Así es como, aunque nos hagamos santos, no nacemos santos. Jesús, es aquél verdaderamente nacido Santo, que no ha sido concebido de unión carnal alguna.


“Mira, también Isabel, tu pariente ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que se llamaba estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Versos36-37).


Las palabras del ángel son: “Nada es imposible parea Dios” (verso 37). Las mismas que Dios dirigió a Abrahán cuando le anunció el nacimiento de Isaac. Es una afirmación frecuentemente usada y que viene dirigida, con ternura, especialmente a aquellos que se sienten demasiado pobres, demasiado indignos, que han perdido ya la esperanza de recuperación y de salvación. María, pues, como que recibe el ejemplo de la anciana estéril, no porque haya desconfiado de que una virgen pueda dar a luz, sino para que comprenda que para Dios todo es posible, aun cuando parezca contrario al orden de la naturaleza.


“Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’. Y el ángel dejándola se fue” (Verso 38)


María se califica a sí misma como la “doule kyriou”, la esclava, la sierva del Señor, porque el término “doule” admite también la traducción de sierva. Por el contexto y la situación particular de esta joven virgen, hija predilecta de Israel. Cierto que el término esclava se aplica a una mujer no libre, sin voluntad propia, incluso sin dignidad, lo mismo que se puede decir de una cosa.


Estamos, pues, ante la gran humildad de María, mujer de gran devoción, el Señor sabía que elegía muy bien, ella va ser la madre del Redentor del Mundo, la madre del Salvador, la madre del Príncipe de la Paz. Se llama sierva, la que es elegida como Madre, y no se enorgullece con una promesa tan inesperada. Porque la que había de dar a luz al manso y humilde de corazón, debió ella misma manifestarse humilde. Llamándose también a sí misma sierva, no se apropió la prerrogativa de una gracia tan especial, porque hacía lo que se le mandaba.

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