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¿FARISEOS O PUBLICANOS EN NUESTRA ORACIÓN AL PADRE? UN DOMINGO DONDE JESUS NOS EXIGE LA VERDAD

Jesús toca nuevamente como enseñanza la oración, pero nos pide una oración humilde, es decir, una oración en verdad. Es interesante y sobrecogedor el inicio del evangelio de este domingo que es clave para comprender lo que nos enseñará: “Puso además esta comparación por algunos que estaban convencidos de ser justos y que despreciaban a los demás” (Lucas 18,9); la comparación no es tanto buscar un símil en la actitud de la oración del fariseo o del publicano, sino advertirnos a los cristianos de todos los tiempos que en nuestras comunidades se pueden instalar estos dos tipos de actitudes para vivir una vida de fe no con la radicalidad que Jesús nos exige. Ciertamente, la amenaza de ser fariseos y/o publicanos es latente en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades, como lo fue en la comunidad de Lucas, donde había penetrado y de pronto instalado la peligrosa mentalidad farisaica; ningún cristiano es completamente inmune a esta levadura que contamina y corrompe la vida de la comunidad, tal como no lo advierte Jesús en el Evangelio de Marcos 8,15: “ En cierto momento Jesús les dijo: ‘Abran los ojos y tengan cuidado de la levadura de los fariseos como la de Herodes’”. La oración humilde que nos pide Jesús, es una oración en verdad, una oración que nos hace reconocer que no somos nada, y ese es el propósito de Jesús con la parábola: que no somos nada ante Dios, que todo está en manos de Dios, y por eso, los cristianos debemos reflexionar para mirar nuestra propia realidad y en consecuencia andar en verdad. El mensaje del evangelio de este domingo no sólo es darnos a conocer la actitud del fariseo y del publicano, es decir, no se limita a presentarnos ante Dios como somos, es decir, pecadores, pues todos los somos y sin excepción, sino que debemos reconocer nuestra realidad ante Dios: que nada tenemos que Él no nos haya dado, que nada podemos sin que Dios lo haga por nosotros y esta realidad es nuestra verdad que debemos vivir cada día. Desde este horizonte, donde Jesús nos enseña que la oración no siempre responde a la verdad de la persona y que sólo la piedad humilde es verdadera, veamos la comparación de Jesús:

EL FARISEO, viene de la palabra ‘parash’ que significada ‘separado’, los fariseos eran la secta religiosa que observaba estrictamente la Ley de Moisés y estaban convencidos de ser perdonados por Dios y ser salvados por la minuciosa observancia de la Ley, sus normas y prescripciones; guardaban el sábado, eran muy estrictos en la oración, en el ayuno, en el aporte del diezmo y en la observancia de la pureza ritual, y en consecuencia despreciaban a quienes no vivían las exigencias de la ley, sus normas ni prescripciones. Por su piedad eran muy estimados y saludados con mucho respeto.

EL PUBLICANO, los publicanos eran los encargados de cobrar los impuestos que el imperio romano exigía y que para esta acción eran contratados. El fariseo en la contraposición que hace Jesús nos muestra el perfil del publicano: “ …no soy como los otros hombres que son ladrones, injustos adúlteros, o como ese publicano que está allí “, por lo tanto, el publicano no es una persona mansa y buena, es un ladrón un explotador odioso; no se mete con los ricos, sino que desangra a los pobres, impone impuestos a los más miserables de los campesinos. El publicano no tiene nada bueno que ofrecer a Dios, está lleno de pecados. Para salvarse debía de devolver lo que había robado más el veinte por ciento en intereses (según la Ley) y abandonar su vil profesión. Las condiciones de salvación son tan difíciles que la salvación para los publicanos, vista desde los fariseos, era prácticamente imposible. Los publicanos eran odiados y aborrecidos por la arbitrariedad y abuso con que procedían en el cobro de impuestos y considerados ‘hombres impuros’, incluso rechazados por Dios mismo.

Así, pues, el FARISEO se consideraba justo y justificado por sus buenas obras, por cumplir la Ley. Con su oración que es un monólogo autosuficiente, se yergue ante Dios y se atribuye así mismo el lugar de Dios para juzgarse merecedor de la salvación. Con la prueba de vivir una vida muy religiosa ha terminado desplazando a Dios, ocupa su lugar y como sobredimensiona su propia excelencia, juzga y desprecia a quienes no son como él. EL FARISEO, tiene su corazón atrofiado por el egoísmo que le impide salir de sí mismo y darse a los demás a través del amor, la entrega, el servicio y la solidaridad; el egoísmo, le impide ver la realidad con toda esa capacidad de reconocer su situación real; esta inconciencia, le hace creer que él no necesita de nadie, ya que su vida está plenamente asegurada por sus propios méritos y capacidades. Los demás no tienen nada que ofrecerle, son absolutamente insignificantes para él, que se ve agravada por esa tendencia a compararse con los demás: yo soy mejor que aquel, yo sé más que los otros y no cometo errores como esos, su arrogancia es severa y crónica. EL FARISEO, debe renunciar a la falsa imagen de Dios que ha creado a pesar de su legítima piedad y observancia, ya que de esta imagen falsa derivan las demás falsedades, que propician la división de justos y pecadores. EL PUBLICANO, habla con voz casi inaudible, apenas se atreve a levantar la mirada, quiere con ardor reinscribir su historia, llena de esa experiencias de su vida de cobrador de impuestos, siente que ha fallado a los demás, así mismo y a Dios. Su corazón está arrepentido y deseoso de ser mirado con ternura y compasión, se arrepiente de las oportunidades de amar y servir que ha desperdiciado. Si bien el PUBLICANO no es un modelo de virtud, es el pobre que solo puede ofrecer a Dios su corazón arrepentido y humilde, que ciertamente Dios no lo desprecia: “ El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, o Dios, no lo desprecias” (SALMO 51,19). Además, los pobres, no corren el peligro de sentirse aludidos por las buenas obras del fariseo y que aparentemente le confiere el derecho de reclamar, porque no las tienen. EL PUBLICANO, reconoce con humildad su fragilidad y su vulnerabilidad y acoge con confianza el perdón y la acogida por parte de quien tiene en su mano la responsabilidad de sanarle. No se autogloría de nada, lejos de creerse salvado se siente necesitado del don de la acogida y de la curación que acontece en la comunidad.

LA HUMILDAD, Jesús proclama fuertemente: “ …Porque todo hombre que se hace grande será humillado, y el que se humille será hecho grande” (Lucas 18,14). La humildad es, pues, caminar en verdad, reconocer que no somos nada ante Dios, presentarnos ante el Padre tal como somos, sin adornos, maquillajes, ni subterfugios ni excusas de ninguna índole. Humildad es ese andar en verdad que nos hace reconocer que somos pecadores y todos sin excepción. Ciertamente, la humildad es despreciada en este tiempo de la globalización y las redes sociales, más bien se fomenta el orgullo, la soberbia y la independencia de Dios, y a menudo nos olvidamos que Dios “se acerca al humilde y mira de lejos al soberbio” (Salmo 137,6). La humildad, es reconocer nuestra pequeñez ante Dios, nuestra absoluta dependencia de él. La humildad es reconocerme pecador ante Dios, necesitado de su misericordia, de su perdón y de su gracia y mirando a los demás, ser humilde es no creerme más, ni mejor, ni superior a nadie. Si en cada uno de nosotros está anidada una profunda raíz de soberbia, esa raíz debemos arrancarla y no hay otro modo ni medio de vencer la soberbia sino ejercitando la humildad.

LA ORACIÓN HUMILDE, ante la actitud del hombre de hoy y de la misma sociedad que se comportan como si fuéramos independientes de Dios y caer en la tentación de creer que podemos todo sin Dios, de no darnos cuenta que dependemos totalmente de Dios, Jesús en el evangelio nos pide una oración humilde que lo manifiesta en la actitud del publicano no como modelo de vida, sino como una actitud que entraña el reconocimiento de ser pecador y de estar arrepentido. Como decíamos, la exigencia de la humildad de la oración, no sólo se refiere a reconocernos pecadores ante Dios, sino también a reconocer nuestra realidad ante Dios: que nada tenemos que él no nos haya dado, que nada podemos sin que Dios lo haga por nosotros. Y esa realidad es nuestra verdad, ANDAR EN VERDAD es darnos cuenta que nada somos sin Dios, que nada podemos sin Él, que nada tenemos sin Él; así nos daremos cuenta que es un engaño creernos autosuficientes, autoestimables, autocapacitados e independientes de Dios. Nuestra ORACIÓN no será más un pliego de peticiones con planes que nosotros hemos trazado y solicitamos la bendición de Dios sobre ellos; nuestra oración deberá ser humilde reconociéndonos dependientes de Dios, deseando ardientemente cumplir su planes y no los nuestros. Como el fariseo, nosotros los cristianos debemos analizar nuestra realidad para recoger con humildad nuestras potencialidades y la de los demás, a acoger con ternura y compasión la fragilidad de las personas, necesitamos corregir nuestra miopía que nos hace vivir, como el fariseo, en clave de comparación y ver con esperanza e ilusión la vida y la historia que todos construimos. Como el publicano, los cristianos tenemos reforzar nuestra perseverancia en el diálogo y el encuentro con Dios y saber agradecerle todo los días.

Ahora podemos comprender el remezón profundo que debió haber ocasionado la parábola de Jesús entre sus oyentes, a diferencia de que los fariseos pensaban y enseñaban, Jesús enseña que es el arrepentimiento y la humilde súplica del pecador la que obtiene el perdón de los pecados y la justificación de parte de Dios, no es producto de la autosalvación proclamada por los fariseos; ni la autojustificación alcanzada por los propios esfuerzos en el cumplimiento de la ley; el desprecio del fariseo de todos los que no son perfectos como él, no hace sino desenmascarar la soberbia que se oculta en semejante actitud y que finalmente impide al fariseo ser justificado por Dios. Confiemos absolutamente en Dios y en su Hijo Jesús y supliquémosle cantando el SALMO: “ BENDECIRÉ AL SEÑOR EN TODO TIEMPO, NO CESARÁ MI BOCA DE ALABARLO. MI ALMA SE ENORGULLECE EN EL SEÑOR, QUE LO OIGAN LOS HUMILDES Y SE ALEGREN. ESTE POBRE GRITÓ Y LO OYÓ EL SEÑOR Y LO SALVÓ DE TODAS SUS ANGUSTIAS. ACAMPA EL MENSAJERO DEL SEÑOR JUNTO A LOS QUE LO TEMEN, Y LOS SALVA. LOS RICOS QUEDAN POBRES Y CON HAMBRE, A QUIEN BUSCA AL SEÑOR NADA LE FALTA. EVITA EL MAL Y REALIZA EL BIEN , BUSCA LA PAZ Y CORRE TRAS ELLA. DIOS APARTA SU CARA DE LOS MALOS PARA BORRAR DE LA TIERRA SU MEMORIA. A LOS JUSTOS, EMPERO, DIOS LOS MIRA Y ESCUCHA ATENTAMENTE SU CLAMORES. CUANDO CLAMAN A ÉL, LOS ESCUCHA Y LOS LIBRA DE SUS ANGUSTIAS. EL SEÑOR ESTÁ CERCA DE LAS ALMAS QUE SIENTEN AFLICCIÓN Y SALVA A LOS DE ESPÍRITU ABATIDO. EL SEÑOR LIBRA EL ALMA DE SUS SIERVOS, NO APAGARÁ AQUEL QUE EN ÉL SE AMPARA” (SALMO 33, 2-3.7-8.11.15.17-10.23).


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