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JESÚS NOS DICE ESTE DOMINGO:

“ESTAD ATENTOS Y VIGILAD, PORQUE IGNORÁIS CUÁNDO SERÁ EL MOMENTO…NO SEA QUE LLEGUE DE IMPROVISO Y OS ENCUENTRE DORMIDOS. LO QUE A VOSOTROS DIGO, A TODOS LO DIGO: ¡VELAD!”


La Iglesia nuestra madre, celebra este domingo el Primer Domingo del Tiempo de Adviento, ciclo B. Este domingo comenzamos un nuevo año litúrgico. Comenzamos el tiempo de Adviento. Conviene anotar que la Iglesia ha ordenado las Lecturas de los Domingos en tres ciclos: A, B y C, de manera que cada uno ciclos se repita cada tres años. Es por ello que las lecturas del Ciclo “B” que hoy comenzamos no son las mismas que las del I Domingo de Adviento del año pasado. Es así como en tres años de lecturas dominicales, los cristianos podamos tener una idea bastante completa de la historia de la salvación contenida en la Sagrada Escritura. Todo el año litúrgico comienza con el Tiempo de Adviento, tiempo de espera para la venida de Jesús. Tiempo de espera que significa tiempo de preparación para la venida de Jesús.


Adviento en el hoy de nuestra historia, en la era de la globalización y las redes sociales, es ciertamente de gran significación, pues, la palabra de Dios nos invita a mirar con esperanza el horizonte sombrío de nuestro mundo y a estar atentos en el tiempo presente aguardando siempre al Señor Jesús. En este sentido, conviene valorar lo que es el Adviento que significa “venida”, “el que viene”, o “el que ha de venir”, y con esto la liturgia nos quiere ayudar para prepararnos a recibir al que “ha de venir”, es decir, a Jesús. Ahora bien, el tiempo de Adviento tiene un doble significado: es tiempo de preparación para la solemnidad de Navidad, en la que se conmemora la primera venida de Dios a los hombres y a la vez es un tiempo de preparación hacia la llegada de la segunda venida de Jesús, al fin de los tiempos de persistente y gozosa espera. En este tiempo fuerte y santo de Adviento esperamos la “venida” real de Jesús a nuestras vidas. Cuando Alguien se nos acerca positivamente a nuestra vida, nos sentimos gratificados y alegres. Recibir y comenzar algo nuevo es siempre algo que nos causa gran ilusión. Quien viene a nosotros en este tiempo de Adviento, y lo que ciertamente nos ofrece pertenece a lo esencial y determinante de nuestras existencia temporal y eterna. Es imprescindible comprenderlo bien, y, sobre todo, saber disponernos consciente y favorablemente a ello.

Ahora bien, nuestras circunstancias ambientales, tanto las de ayer como las de hoy, no juegan a favor nuestro, pues la pastoral y espiritualidad del pueblo, en este punto, ha estado no poco desenfocada durante siglos y aun hoy no resulta nada fácil encontrar un planteamiento acertado, acorde y pertinente, pues la deformación ha partido de la misma instrucción y enseñanza.


¿Cómo comprender ese desenfoque en la pastoral y espiritualidad? El núcleo de este desacierto está en que, al instruir al pueblo, se ha pretendido más bien hacer “buenos” seres humanos, pero no tanto cristianos. Y tenemos que tener la valentía para confesarlo, decirlo, de lo uno a lo otro media una distancia infinita. El cristiano está llamado no solo a ser una excelente persona en el mundo, sino a ser Cuerpo de Cristo. La vida del cristiano es el Señor Jesús. Y esta marca, esta impronta afecta profundamente a su identidad y destino. Y afecta también sobremanera al modo y forma de su fe. Si no hacemos más convencidas y felices a las personas es porque no abundamos en buenas noticias del evangelio, o no tenemos buenas noticias de la Buena Nueva de Jesús. Lo que se observa, es que, en la educación de la fe, una corriente dogmática y moralizante, ha prevalecido, durante siglos frente al camino clásico trazada en la Biblia y en la liturgia, el camino oficial de Dios y de la Iglesia en la historia. La verdadera renovación de la Iglesia y de cada uno de nosotros depende de que sepamos situarnos en el camino seguro que nos lleva al encuentro del Señor Jesús tal y como Él y la Iglesia han decidido ser encontrados.


La Iglesia en este tiempo fuerte, nos ofrece la imagen viviente de Dios, nuestro Padre, que sale a nuestro encuentro para darse en su Hijo. Por eso, cada Adviento, casa Navidad ahonda y profundiza su imagen en nosotros. Cada año litúrgico deja en nosotros una marca, una impronta de la vida de Jesús y de sus inefables misterios. De Adviento a Pentecostés, la vida de Jesús se graba en nosotros. Las fiestas de Jesús que celebramos no son solo recordaciones del pasado, contienen espiritualmente la realidad viva que conmemoran. Y esta imprimación realiza estupendamente nuestra identidad divina y eterna. Recordemos nuevamente: Adviento significa “venida”. Es el tiempo en que los cristianos nos preparamos para la venida de Jesús. Esta venida al mundo se realiza bajo un triple plan: pasado, Jesús vino ayer corporalmente a Palestina; presente, Jesús está hoy viviendo misteriosamente en la liturgia; futuro, Jesús vendrá como Señor y Juez en el juicio final.


Por eso, los cristianos, al rememorar la entrada plena de Dios en la historia humana, con el nacimiento de Jesucristo, ciertamente nos preparamos en este tiempo santo y fuerte de Adviento para celebrar la Navidad, avivando, como dijimos al principio, en nosotros la esperanza de la venida última y definitiva de Jesús con la gloria propia del Resucitado, mediante la escucha de la palabra de Dios, la oración y la renovación con nuestra vida de amor.


Hemos hecho un paréntesis necesario para contemplar lo que es el nuevo año litúrgico y el significado profundo del tiempo fuerte y santo de Adviento. Y ahora es necesario reflexionar sobre la palabra de Dios en este primer domingo de Adviento. La palabra de Dios nos presenta y nos habla este domingo de la venida imprevisible del Señor Jesús. Y por ello la llamada es a la vigilancia continua y permanente. El profeta Isaías destaca la cercanía de un Dios que es padre y redentor, que sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos. Pablo señala la manifestación definitiva del Señor Jesús, como motivo de la espera y la esperanza del creyente al comienzo de su relación epistolar con los Corintios. Marcos resalta el carácter sorprendente de la llegada del Señor Jesús, del dueño de la casa, ante la cual pone de manifiesto la importancia de la actitud de la vigilancia por parte del portero o cuidante de la casa. Y esa manifestación de Jesús acontece también en la vida diaria.


Veamos, la actividad pública de Jesús termina con un discurso sobre el fin del mundo y su segunda venida, que no está dirigido a todos los discípulos, como lo sugiere la introducción o inicio del evangelio de Marcos 13,33-37, sino solo a los cuatro primeros llamados por Jesús: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Jesús ha dicho poco antes que de los grandes edificios del templo no quedará piedra sobre piedra. Para estos cuatro, el fin del templo, de Jerusalén equivale al fin del mundo, y desean saber cuándo ocurrirá y qué señales lo precederán y que ciertamente creaba enorme preocupación en las primeras comunidades cristianas. El discurso de Jesús responde a estas cuestiones, pero termina con esta exhortación a la vigilancia, que la liturgia, con pleno sentido, aplica a todos los discípulos y a todos nosotros los cristianos que seguimos a Jesús.


El evangelio comienza con estas palabras de Jesús: “Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuánto será el momento”. Y luego Jesús agrega una parábola para ilustrar la necesidad de estar siempre en espera: “Es igual que un hombre que se ausenta…y ordena al portero que vele: velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa…”. En este breve evangelio de Marcos es claro que no sabemos el momento, cierto que no se nos clara el momento de qué. Esto, porque ya lo ha dicho Jesús antes: “Entonces verán al Hijo del hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria; entonces enviará a los ángeles y los reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos…” (Marcos 13,26-27). Lo importante es fijar ahora nuestra mirada a ese momento de la venida final de Jesús. Si el momento de la primera venida de Jesús, con una ciencia más depurada, podría llegar a fijarse con precisión, el momento de su última venida es imposible predecirlo. Esto es un punto firme de la enseñanza de Jesús, tanto que llega a decir: “De aquel día y la hora nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre” (Marcos 13,32). Como vemos, sólo el Padre es la excepción. Es que Dios no tiene sucesión del tiempo. Dios ve toda la historia presente de punta a cabo.


Ahondemos en la naturaleza y significado de la segunda venida de Jesús a nosotros mediante la Liturgia. En ella Jesús está viniendo hoy misteriosamente a la comunidad cristiana, a cada uno de nosotros. Nos cristifica y nos reviste de Él. Nuestro Adviento no es solo memoria y recuerdo de aquella primera venida histórica en Belén. El Adviento y la Navidad contienen la realidad misma que conmemora. Jesús, que vino ayer al mundo, ahora, en el poder del Espíritu, viene a cada hombre, al interior del hombre para transformarnos. Es tan seria esta venida de Jesús que nos sitúa ya en la plenitud de los tiempos: “Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gálatas 4,4), en la “última hora”: “Hijos míos, es la última hora. Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta que es la última hora” (1 Juan 2,18). El Verbo Eterno de Dios, se unió en una persona al Hombre Jesús. Dos naturalezas una divina y otra humana, formaron una sola persona.


Por eso, hoy es el tiempo del Cuerpo Místico de Jesucristo, de nosotros, pues ya ahora el mismo Señor Jesús nos va transformando y configurando en él. Graba su vida en nosotros. Con él, el fin de los tiempos se ha trasladado al centro de la historia, al aquí y ahora de nuestra existencia, la de cada ser humano. Y esta es la verdad fundamental del cristianismo. Jesús vive hoy con nosotros, en nosotros, dentro de nosotros. Nos está haciendo concorpóreos suyos, solidarios de su misma persona y de su destino. Comulgando de su cuerpo y con el evangelio nos va identificando con él. Al cuerpo humano de Jesús sigue su cuerpo místico universal, que actualiza en sí mismo la vida entera de Jesús hasta el final de los tiempos. Viviendo en Jesús, viviendo su vida y los mismos misterios de su vida, sus mismos sentimientos, acontece nuestra salvación y la de los demás.


Sí, hoy es el tiempo de nosotros los cristianos que seguimos a Jesús, solidarios de su misma persona y de su destino, y el evangelio de este domingo que habla de la necesidad de la vigilancia, pues las actividades cotidianas de la vida, tan normales como comer, beber, casarse o emparejarse son las acciones o distracción, respecto a las señales que marcan lo último y lo fundamental de la historia de la humanidad. Dejarse arrastrar por las preocupaciones cotidianas absorbe la percepción profunda de una existencia abierta a Dios y a un futuro en la espera de la venida del Señor Jesús. La vigilancia permanente es la actitud espiritual que debe caracterizar a los discípulos que no deben dejarse atrapar por el cansancio o por la indiferencia, por el relativismo o por la relajación, sino están llamados a vivir vigilantes en la espera imprevisible de su Señor Jesús. Y lo que el profeta Isaías anuncia es que Dios, el Padre de todos, sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos. En Jesús, que viene, que vino y que vendrá, se verifica este encuentro con la humanidad. Por eso estar atentos en el presente conlleva sobre todo velar por la justicia de Dios en nuestro mundo.


Y aquello por lo que hay que velar en este tiempo de Adviento es por el advenimiento de una nueva época en la historia humana en la que la terrible injusticia de la desigualdad en el disfrute de los bienes de la tierra, sea superada. En este cambio profundo esperamos con firmeza y trabajando activamente los cristianos que queremos anteponer a todo tipo de distracción, preocupación, egoísmo o codicia, la gozosa esperanza y búsqueda del Reinado de Dios y su justicia. Ésa es la gran esperanza de los cristianos. Una esperanza que empieza a cumplirse definitivamente con la Natividad de Jesucristo. La tarea recibida por parte de Jesucristo, que cada Navidad volvemos a celebrar. La tarea recibida por parte de cada ser humano sigue siendo administrar la casa común de la humanidad, cada uno según su función, una casa que sigue perteneciendo al único Señor de todo, y no quiere la aprobación indebida e injusta de los bienes de la tierra por parte de nadie. Ciertamente, en estos tiempos los cristianos debemos velar por este principio de la soberanía del dueño y Señor de toda la tierra para erradicar las clamorosas injusticias de los poquísimos que se creen dueños y señores de todo el mundo y que se sigue permitiendo mantener en vilo a toda la humanidad en crisis.

Así, el tema de la vigilancia rige en todas las épocas y tiempos con igual intensidad. Este es el sentido de la ampliación de los destinatarios del evangelio de este domingo: “Lo que a vosotros digo, lo digo a todos: ¡Velad!” Lo que Jesús mandaba a los de su tiempo, lo manda también a nosotros más 2020 años después, y su voz resuena con la misma urgencia en todas las épocas intermedias. Es esencial a la condición cristiana estar en vela siempre y esperando. La advocación cristiana más antigua lo atestigua: “El que no quiera al Señor, ¡sea anatema! ‘Maranatha’-Señor, ven” (1 Corintios 16,22).


PRIMERA LECTURA TOMADA DEL PROFETA ISAÍAS 63,16b-17.19b; 64,2b-7.

Esta primera lectura nos sitúa unos cinco siglos antes de la venida de Jesús, cuando la situación en Jerusalén y Judá dejaba mucho que desear desde todos los puntos de vista: político, social, religioso. El pueblo de Israel se ve como un trapo sucio, un árbol de ramas secas y hojas marchitas. La situación no sería muy distinta de la nuestra, especialmente hoy en este siglo de la globalización marcada por una acentuada secularización de la sociedad. Pero el pueblo, en vez de culpar a los políticos, a los poderosos y ricachones, se reúne en asamblea litúrgica y entona una lamentación a Yahveh.


Veamos, el pueblo de Israel se encontraba en el exilio de Babilonia. Habían pasado pocos años desde la destrucción de Jerusalén y en los deportados continuaba vivo el recuerdo de la humillación sufrida. Aún llevaban impresas en los ojos las terribles escenas de aquel día de julio del 587 a.C: Los soldados de Nabucodonosor demoliendo los muros, los palacios del rey en llamas, las mujeres con sus hijos en brazos huyendo aterrorizadas y, cual chacales detrás de los leones, los edomitas que se lanzaban sobre la presa herida de muerte (los edomitas eran descendientes de Esaú, el hermano gemelo de Jacob, éstos se habían negado que los israelitas pasasen por sus territorios cuando caminaban hacia la tierra prometida y de ahí surge el antagonismo) . Mientras los deportados buscaban las razones de desgracia tan grande, un poeta de ellos componía la conmovedora oración, que este domingo leemos y meditamos, y que ciertamente es una de las más bellas de toda la Biblia.


El pasaje se abre con una apasionada invocación a Dios: “Tú Señor, eres nuestro padre, Tu nombre de siempre es Nuestro Redentor” (verso 16). A diferencia de los otros pueblos, que daban normalmente el apelativo de padre a sus dioses, los hebreos eran reacios a conferir este título a su Dios. No lo llamaban padre porque no lo querían equiparar a los dioses de los paganos, y además, porque tenían ya un padre: Abrahán. Los judíos deportados se dieron cuenta en Babilonia que ni Abrahán, ni Isaac, ni Jacob los podían socorrer. Los patriarcas tenías todas las razones para avergonzarse de sus hijos degenerados: “Abrahán no sabe de nosotros, Israel no nos conoce” (63,16).


Es en este contexto histórico que, por primera vez en la Biblia, Dios viene invocado como “padre”, apelativo que después será constantemente utilizado por Jesús para referirse a Dios. En los evangelios recurre al menos 184 veces para referirse a su Padre. También tenemos el término “redentor” que es muy significativo. Se refería al familiar más cercano, a aquel a quien incumbía o sobre el que recaía la responsabilidad de rescatar al integrante de la familia que hubiera perdido la libertad por haber sido hecho prisionero o bien porque, cargado de deudas, tuvo que entregarse como esclavo a su acreedor. Este debe improrrogable debía de ser cumplido de dos maneras: obteniendo la suma requerida para el rescate, o bien entregándose a sí mismo en sustitución del propio familiar. Después de la destrucción de Jerusalén, la situación de Israel era dramática: no podían contar con ningún redentor porque todos eran esclavos. Y por lo tanto, no les quedaba otra alternativa que recurrir a Dios, suplicándole que asumiera la tarea de redentor.


Terminada la invocación inicial, la oración se vuelve lamento: “Señor, ¿por qué nos extravías lejos de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te respete?” (63,17). El interrogatorio es dramático, es la expresión del enigma angustioso que los seres humanos de todos los tiempos se han puesto siempre. ¿Por qué Dios, omnipotente no impide el mal? ¿Por qué no nos libra de nuestros errores y decisiones de muerte? ¿Por qué permite que los vicios y las pasiones nos alejen de su amor? Son preguntas a las que nadie ha podido jamás dar una respuesta racional. Solamente orando es posible percibir un destello de luz. Y con el fin de reforzar la fe y encontrar motivos de esperanza, el autor de este estupendo pasaje, vuelve su pensamiento a los tiempos pasado (64,1-3), recuerda cómo Dios ha intervenido siempre para iluminar las noches obscuras de su pueblo; vienen a su memoria, sobre todo, las noches de liberación de Egipto y concluye: “jamás oído oyó, ni ojo vio un Dios fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en él” (64,3).


Recogidos en oración, los deportados releen la propia historia y toman conciencia de los errores cometidos: “Tú, Señor estabas enojado y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas y seremos salvos. Todos estábamos contaminados, nuestra justicia era un trapo sucio; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu Nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; porque nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa” (64,4-6). Esta constatación que debía llevarles al desaliento, sin embargo, les hace exclamar confiados: “Y, sin embargo, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano” ( 64,4-7). La paz interior, la esperanza, la mirada optimista tendida hacia el futuro son las gracias obtenidas siempre por una oración bien hecha. El ser humano no puede sino sentirse seguro cuando se da cuenta de encontrarse entre los brazos de un Padre que se preocupa de Él.


¿Qué más podemos entresacar de esta lectura tan bella y sorprendente que nos presenta Isaías a quien llamamos el profeta del Adviento?

Las palabras del pueblo ofrecen un curioso contraste al hablar de Dios. A veces destaca sus rasgos positivos: es “nuestro padre”, “nuestro redentor”, “sales al encuentro del que practica la justicia”, “somos todos obra de tu mano”. Otra se queja de que “nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón”, “estabas airado y nosotros fracasamos”, “nos ocultabas tu rostro”. Pero el pueblo reconoce que la culpa no es de Dios, sino suya: “todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado, nuestras culpas nos arrebataban como el viento, nadie invocaba tu nombre, no se esforzaba por aferrarse a ti”.


¿Qué es lo que pide el pueblo de Israel y también nosotros?

Sorprendentemente, que Dios se convierta: “ vuelve por amor a tus siervos”, “ojalá rasgases el cielo y descendieses”,. “aparta nuestras culpas”. Todos los profetas habían concedido gran importancia a la conversión, al hecho de que el pueblo volviese a Dios y cambiase su forma de actuar. Quienes rezan esta oración de lamentación no confían en ellos mismos. Debe ser Dios quien vuelva y, como buen alfarero, moldee una nueva vasija. Isaías, nos recuerda que nunca es tarde para comenzar a prepararnos para la venida del Señor. Tan solo tenemos que entregarnos en sus manos y decirle: “Señor tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero, somos todos obra de tu mano”. Hacer hincapié en que los anhelos (“ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia”) y las exclamaciones o gritos de los profetas y santos del Antiguo Testamento ya fue cumplido y satisfecho, pues esa primera venida del Hijo de Dios, su venida histórica, ya tuvo lugar hace más de dos mil años. Jesús nació, vivió, sufrió, murió y resucitó en la tierra, en nuestra historia. Y así ha salvado- ha rescatado- a la humanidad que se encontraba perdida en el pecado. Luego de la primera venida de Dios, la historia de la humanidad se orienta toda hacia la Parusía, es decir, hacia la venida gloriosa de Jesucristo al final de los tiempos.


SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PABLO A LOS CORINTIOS 1,3-9.-


Es el comienzo de la primera Carta a los corintios, escrita por Pablo a una comunidad que había acogido con entusiasmo el evangelio, pero que después, cediendo a las lisonjas del paganismo, había recaído en los antiguos vicios. Pablo estaba al corriente de estas miserias morales y, en el relato de la carta, emplea un lenguaje dulce y elegante con el que pone de relieve las maravillas realizadas por la gracia de Dios, reconoce que los corintios han sido enriquecidos con todos los dones espirituales, los de la palabra y con los dones del conocimiento (verso 5).


Sorprende que no se haga referencia a las virtudes y cualidades más importantes, a la fe, a la esperanza y a la caridad que brillan entre los tesalonicenses o la generosa dedicación a la causa del evangelio en que destacan los filipenses. Veladamente, Pablo hace que los corintios se den por enterados de que no todo es perfecto en su comunidad y que la gracia de Cristo podría obtener resultados mejores si existiera una mayor correspondencia por parte de ellos. El replegarse sobre las realidades de este mundo les ha hecho olvidar la espera del Señor que viene.


En la segunda parte del pasaje (versos 6-9) Pablo les recuerda esta verdad: “Esperen la manifestación de nuestro Señor”. Es consciente de la fragilidad espiritual de sus cristianos, pero está también convencido de que, no obstante, sus debilidades, Dios llevará a cumplimiento la obra iniciada, pues su fidelidad no está condicionada por la respuesta del hombre. Si ha llamado a los corintios a la salvación, continuará acompañando su crecimiento espiritual hasta introducirlos en la gloriosa comunión con Cristo. Esta afirmación no es expresión de optimismo ingenuo y superficial, sino la invitación a cultivar la esperanza cristiana que se funda en la gratuidad del amor de Dios.


En efecto, la respuesta de Dios supera con creces lo que pedía el pueblo en la primera lectura de Isaías, aunque de modo distinto. Dios Padre no rasga el cielo, no sale a nuestro encuentro personalmente. Envía a Jesús- como lo hemos recordado- y desde el momento en el que lo aceptamos, nuestra vida cambia por completo. En 1 Corintios 1,3-9, Pablo habla de nuestro pasado, futuro y presente:

En el pasado, Dios nos ha enriquecido en todo; nos ha llamado a participar de la vida de su Hijo Jesucristo. La imagen es potente y extraña. Recuerda a la experiencia de un hijo con su madre, de la que recibe la vida. Pero esa relación vital no termina cuando se corta el cordón umbilical, perdura siempre y para toda la vida.

Con respecto al futuro, aguardamos la manifestación de Jesucristo, la segunda y definitiva venida del Señor, tema esencial para los primeros cristianos y que debería serlo para nosotros en este tiempo de Adviento.

En el presente, “no carecemos de nada”. Cuando tanta gente se lamenta, a veces con razón, de las muchas cosas de que carece, estas palabras pueden resultar un tanto hirientes, eso de “No carecéis de ningún don”. Buen momento, que, en este Adviento, podamos pensar en qué cosas valoramos: si los materiales, que a menudo faltan, o la riqueza espiritual que proporciona Jesús.


Esta enseñanza de Pablo no se produce en un contexto de fría reflexión teológica, sino de oración y acción de gracias al pensar en los cristianos de la comunidad de Corintio, la más complicada y problemática de sus comunidades. Pablo en esta su carta a los corintios, nos recuerda que es por la gracia que hemos recibido de Dios que podemos mantenernos vigilantes y firmes hasta la segunda venida de Jesucristo. Como cristianos hemos de reconocer que sólo Dios puede salvar y redimir a nuestro mundo. Los cristianos, por nosotros mismos, somos incapaces de superar nuestra propia indiferencia, nuestro egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia que tantas veces están presentes en nuestra vida. Cuando los cristianos contemplamos los males de este mundo: hambre, guerras, violencias, injusticias, terrorismo, ideologías extremas que llevan a la destrucción y a la muerte, la corrupción endémica y como sistema establecido, la cultura del descarte y la marginación abiertamente inhumana y comprobamos la impotencia de la humanidad para salir de esta situación, nos damos cuenta que esto ocurre porque nos olvidamos de Dios, el mundo se olvida de Dios y hemos de tomar conciencia de que Dios es nuestro Padre y nuestro Redentor y Salvador y Él está siempre dispuesto a ofrecernos, gratuita e incondicionalmente, la salvación.


Ciertamente. Dios nos ha llenado de dones, nos ha comunicado su Espíritu. A través de los dones que Dios nos da, Dios viene a nuestro encuentro y nos manifiesta su amor. Y a pesar de esos dones que Dios nos da nos cansamos, nos fatigamos y corremos el peligro de abandonarlo todo. Por eso, debemos reavivar la esperanza. No hay por qué desanimarnos. Los dones que Dios nos da son para que seamos fieles a Él y seamos felices. Por ello hemos de estar vigilantes y preparados para acoger a Dios que viene a nuestro encuentro y nos muestra su amor a través de sus dones que nos da y hay que estar vigilantes para que esos dones no sean utilizados para fines propios y egoístas.


EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 13,33-37.-

Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro de sus discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. La ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A Jesús, le preocupa más bien cómo vivirán sus seguidores cuando ya no lo tengan entre ellos. Por eso, una vez más les descubre su inquietud: “Mirad, vivid despiertos”. Después dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les contará una pequeña parábola o comparación que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.


El relato evangélico comienza y concluye con la misma invitación: “Estén atentos y vigilantes”. Y luego siguen las enseñanzas. ¿Cuál es la razón de la invitación?: “porque no saben cuándo llegará el momento”. Una lectura superficial podría parecernos como una imposición al temor porque Jesús no revela el día y la hora, para que los cristianos vivan en continuo cuidado y vigilancia. No obstante, no se indica la hora porque todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de suerte que comprometa la existencia. Jesús desea vitalizar a una comunidad para que no esté obsesionada con el deseo de conocer el final, sino que se preocupe por vivir y discernir los tiempos y momentos en la escucha de la obediencia. Y esto en la espera de la última cita que nos introducirá definitivamente en el Reino; ciertamente es una espera continua e intensa, pero no ansiosa ni temerosa, sino que fluye en confianza.


Estén atentos y despiertos o vigilando son las palabras claves de este pasaje. Se repiten con una insistencia casi excesiva: “estad atentos y vigilad” (v. 33); “ordena al portero que vele” (v. 34); “Velad” (v. 35); “A todos lo digo: ¡Velad! “(v. 37). Ahora bien, no deja ser irónico que precisamente el evangelio de Marcos no hable de Dios Padre ni de Jesús. Se centra en nosotros, en la actitud que debemos tener: “vigilad”, “velad”, “estar despiertos y velad”. Tres veces la misma orden en pocas líneas. Porque el Adviento no solo pretende recordar la venida del Señor Jesús, sino también prepararnos para el encuentro final con ÉL.


“Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento” (verso 33).

En el evangelio de Marcos, Jesús nos exhortar a vivir en una responsable vigilancia esperando su venida gloriosa y por eso nos dice que estemos atentos y vigilantes. Es toda una exhortación a la “vigilancia”, dada la incertidumbre de esta hora final.


Pues bien, Velar, literalmente, significa no dormir, mantenerse despiertos, luchar contra el sueño y el adormecimiento que sobreviene al hombre cuando se hace entrada la noche y está cansado. Vigilar significa estar constantemente atento, tener todos los sentidos despiertos para no dejarse sorprender por un peligro, por un enemigo que se acerca, por un ladrón que quiere asaltar la casa. Mantenerse despierto y estar vigilantes son actitudes fundamentales en las que se debe ejercitar el discípulo de Jesús ante su retorno glorioso al final de los tiempos. Espera y no se cansa de esperar aquel que cree en Él y confía en sus promesas: Jesús prometió volver, aunque no precisó cuando.

La exhortación a la vigilancia continua obedece justamente a la incertidumbre de aquella hora en el que vendrá el final de los tiempos, porque no sabemos cuándo llegará el momento.


“Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele” (verso 34).

Para que nos quede clarísimo el porqué de esta invitación, nos pone la parábola del hombre que se va de viaje y recomienda al portero que permanezca en vela. Siempre Jesús nos pone ejemplos para que sea fácil para nosotros comprender lo que dice, y es así como recoge el caso de un dueño que parte de viaje y deja encargados a cada uno de sus siervos de una parte de su obra. Deben estar trabajosos y alertas, en espera de la venida del señor y de esta hora de su visita.

Pues bien, comencemos a identificar al protagonista. El dueño de la casa es Jesús, quien, sin embargo, no se ha marchado, ha cambiado solamente la manera de estar presente entre nosotros. Ahora está más cerca de cada hombre que lo estaba cuando caminaba a lo largo de los caminos de Palestina. Habiendo entrado en el mundo de los resucitados, no está más sujeto como entonces, a los límites de nuestra condición humana. Por esto ha invitado a sus discípulos y a nosotros a mantener siempre viva la percepción de su presencia en medio de nosotros: “Yo estaré con ustedes siempre hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20). Claro que esta percepción que se nos pide no es nada fácil, porque la posee solo quien tiene una mirada capaz de escrutar más allá de la densa obscuridad de la noche.


No nos olvidemos que el dueño de la casa es Jesús, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la Resurrección, dejó corporalmente la Iglesia. Y el tiempo de su ausencia es el tiempo presente, el tiempo que la humanidad vive actualmente.


Los siervos que son los personajes de la parábola, representan a los discípulos comprometidos en hacer realidad los proyectos de su Señor. A cada uno se le ha sido asignado una tarea, una misión que cumplir, conforme a su capacidad. Ninguno debe esperar pasivamente que el dueño realice, él solo, su obra. Los ejecutores son los siervos.


El portero, que debe estar más alerta que los otros, indica a aquellos que en la comunidad cristiana son los encargados de llevar a cabo los servicios más importantes, aquellos de los que dependen la vida misma de la Iglesia: el anuncio de la palabra de Dios, la celebración de los sacramentos, el apoyo fuerte a los discípulos de fe titubeante. Estos porteros deben estar siempre más alertas que los demás en sus pensamientos, en sus palabras, en las decisiones de vida, están llamados a comportarse siempre como “hijos de la luz” nunca como “hijos de las tinieblas”, porque deben mantener despiertos también a sus hermanos más débiles, aquellos que corren el peligro de ser engañados por la mentalidad dominante del mundo.


  • Para terminar:

¿En qué consiste la vigilancia que nos pide Jesús?

Jesús lo sugiere con muy pocas palabras. “dio a cada uno de sus siervos su tarea”. Ésa es, en parte, la misión del Adviento: reflexionar sobre la propia tarea recibida de Dios y examinar si la cumplimos debidamente.

“Velad, por tanto, ya que no sabéis cuando viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada” (verso 35).

¿Por qué la insistencia en el tema de la noche? Los rabinos de Israel enseñaban que había cuatro noches en la historia del mundo. La primera, en el momento de la creación: no existían ni sol ni la luna y era de noche cuando Dios dijo: “Que exista la luz” (Génesis 1,3). Hubo una segunda noche, aquella en la que Dios estipuló la alianza con Abrahán, todo lo que se contiene en el capítulo 15 del Génesis. Después otra, la madre de todas las noches, aquella de la liberación de Israel en que “El Señor veló aquella noche para sacarlos de Egipto” (Éxodo 12,42). La cuarta es la noche que espera Israel, en la que Dios intervendrá para crear el mundo nuevo y dar comienzo a su reino.


Cuando el Nuevo Testamento habla de la venida del Señor durante la noche, se refiere precisamente a esta cuarta noche. Es nuestra noche, el tiempo en que vivimos, tiempo que es tiniebla y obscuridad, tiempo en que las propuestas de vida que obtienen la mayoría de seguidores son las propuestas hedonistas, y ese no rotundo a las bienaventuranzas de Jesús. El evangelista Marcos, divide esta cuarta noche, según el cómputo popular romano, en cuatro partes puntualmente llamadas: atardecer, media noche, el canto del gallo y la mañana. Para resaltar meticulosamente la advertencia a estar alertas, a no dormitar ni siquiera un instante.


Ahora bien, quien tiene una mirada guiada por el amor, se deja interpelar por los acontecimientos o signos de los tiempos y sabe acoger los signos de que las esperanzas de un mundo nuevo han comenzado a realizarse. Quien permanece vigilante, está preparado para acoger al Señor que viene y es reconocido en aquel que busca la paz, el diálogo, la reconciliación; descubierto en los pobres que, sin recurrir a la violencia, se comprometen por la justicia; visto en el extranjero que busca ayuda; abrazado en quien está solo y busca consuelo.

La obscuridad infunde miedo y es a veces tan densa que, hasta el cristiano dotado de la más fina mirada de fe, puede perder de vista a su Señor y ser presa del cansancio, del tedio o aburrimiento, de la rutina, de la inquietud.


“No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos” (36).


El desconocimiento del día y de la hora de su venida, así como la advertencia de que vendrá inesperadamente, invita al discípulo de Jesús a permanecer siempre en espera, a estar preparado ahora y en todo momento. Vigila el siervo que cumple la tarea encomendada, que asume las responsabilidades que le han encomendado, que no descuida o abandona sus tareas cotidianas pensando que el dueño tarda en llegar y que habrá tiempo para prepararse más adelante. Quien no se encuentra preparado en todo momento se parece a aquel que se quedó dormido, lo que en términos de la parábola significa autoexcluirse por toda la eternidad de la Presencia del Señor Jesús.


Jesús, pues, hablaba a sus discípulos y hoy nos habla a todos los cristianos acerca de su venida, advirtiéndonos que tengamos cuidado de no dejarnos aturdir por los excesos, y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre nosotros como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Por tanto, tenemos que estar prevenidos y para ello, rogar incansablemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podremos comparecer seguros ante el Hijo del Hombre. Y por eso, cuando el discípulo siente los párpados pesados por el sueño, debe recordar la exhortación de Pablo: “La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas, y revistámonos de las armas de la luz” (Romanos 13,12).



“Lo que, a vosotros, digo, a todos lo digo: ¡Velad!” (verso 37).


Recordemos que la invitación a vigilar se dirige primeramente solo al portero y después es extendida a todos. Tampoco debemos olvidar que Jesús había dirigido la parábola a sus discípulos para recordarles el deber de custodiar y hacer fructificar los tesoros que él les había encomendado antes de regresar al Padre. Seguidamente el evangelista Marcos ha pensado en incluir a todos los miembros de sus comunidades para llamarlos a la vigilancia en la espera de la venida del Señor Jesús.


El cristiano, con la misma intensidad con la que antiguamente el profeta Isaías anhelaba que Dios se hiciese presente en medio de su pueblo rasgando el cielo y bajando a la tierra, anhela, espera y se prepara para la segunda venida de su Señor. Quien vendrá al final de los tiempos es el Emmanuel de Dios-con-nosotros (Mateo 1,23), el Hijo de la Virgen cuyo nombre es Jesús, Dios que salva, Dios que ha venido a nosotros haciéndose hijo de Mujer, volverá glorioso al fin de los tiempos.


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