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JESÚS NOS ENSEÑA A ORAR CON HUMILDAD PARA AGRADAR A DIOS Y ALCANZAR LA SALVACIÓN

El Domingo XXX del Tiempo Ordinario que corresponde al Ciclo “C” nos trae la estupenda noticia de la viva presencia de Jesús que se acerca ya al final del camino hacia Jerusalén; como siempre nos ha ido enseñando el camino del seguimiento, y en éste camino nos ha urgido con palabras y parábolas a comprender con toda nitidez nuestra vida cristiana y a vivirla intensamente como opción radical que tenemos que asumir cada día y cada momento de nuestra existencia. En este camino a Jerusalén, tan lleno de enseñanzas, lecciones, encuentros, compromisos, sanaciones, curaciones, la presencia viva de Jesús ha sido el eje de tantas decisiones y de cómo para él no hay distinción de personas, en cuanto que en ese camino hacia Jerusalén ha preferido ir de la mano con el pueblo, ir al encuentro de los más marginados, de los pobres, de los excluidos, de los sin voz ni palabra, de los apocados por los potentados que se llenan de soberbia, vanidad y orgullo. ¿ Cómo así? Si hemos estado atentos a las lecturas de los domingos anteriores, Jesús, por intermedio del evangelista Lucas nos ha mostrado la actitud y la actuación altamente positiva de aquellos que para los fariseos y la religión oficial de ese entonces no eran dignos de llamarse hijos de Dios y eran descalificados para acercarse a él como eran los publicanos, las prostitutas, los sometidos a diversas incapacidades, los discapacitados como los ciegos, los enfermos como los leprosos, los lisiados, en fin los pobres y marginados de esa sociedad; todos ellos se caracterizan, como bien nos lo hace notar el evangelio de Lucas: por ese abrirse a Dios y a su misericordia, por comprender que necesitaba de su perdón sanador, por ese querer acercarse a Jesús pese a los prejuicios y al escándalo que sabían que provocaban en la religión oficial y especialmente en los fariseos; por ese querer aprender a orar y orar en clave de amor y de dependencia amorosa con el Padre.

Como hemos sabemos, Lucas es el evangelio de la Oración, y especialmente de la Oración de Jesús, y nos ha dicho que esta oración no es desabrida, sosa, rutinaria sino una oración llene de gestos y escenas que nos evocan la fe viva y no una fe muerta; todos estos domingos nos ha dicho que debemos orar siempre, nuestra oración debe ser agradecida o de acción de gracias, una oración insistente, perseverante; así, en la oración de la viuda del domingo pasado, comprendemos que hay que orar cada día sin desfallecer. Pero no bastará con orar y ser constantes, golpeando la puerta del juez como la viuda, sino con la parábola del fariseo y publicano que leemos este domingo non enseña que la oración que dirigimos al Padre debe estar toda ella llena de sinceridad y limpieza interior, debe ser una oración humilde, de reconocer que no somos nada ante el Padre, que todo somos con él y que todo esperamos de él en clave de amor, de libertad y de verdad.

¿ORAMOS COMO JESÚS? El domingo pasado señalábamos que el modelo de nuestra oración es Jesús. Su oración era de día y de noche; una oración filial, llena de confianza y confidencialidad (íntima); Jesús oraba en todos los acontecimientos de su vida personal y de relación con su Padre; oraba cuando iba a tomar decisiones trascendentales y en su vida cotidiana; oraba insistentemente al Padre para conseguir la fuerza y la fortaleza para vencer al Maligno y a sus tentaciones; oraba para vivir su vida como Dios Padre quería que la viva; oraba en todos los lugares y en todos los momentos ; nos enseñaba que la mejor forma de entrar en contacto íntimo con el Padres es retirarnos a lugares apartados, subir a los montes; su oración era humilde en cuanto que sabía que cumplía la voluntad de su Padre; lo vemos orando en el mismo momentos de la Transfiguración para darnos a conocer su divinidad y entronque con su Padre; lo vemos orando en el huerto de Getsemaní para comprender la voluntad del Padre, sumido en el dolor y en la angustia como hombre que era, pero lleno de confianza en el poder y la fortaleza que da el Padre; Lo vemos orando en la Última Cena donde a puertas de su pasión, se pone en contacto largo con su Padre y le abre su corazón dispuesto a cumplir su voluntad y a enseñarnos cómo debemos orar con sincero y humilde corazón, una magnífica oración de “oblación e intercesión” que se encuentra en el capítulo 17 del evangelio de Juan; lo vemos orando en medio de horrible sufrimiento en el sacrificio de la cruz, donde es capaz de elevar su corazón a Dios Padre para ponerse en sus manos. ¿Es así nuestra oración? ¿Estamos como Jesús sumergidos en Dios en constante e íntima comunicación con él? ¿Es nuestra oración permanente, constante, confiada y humilde que se eleva al Padre como la oración de Jesús que entrega su vida para salvarnos, como hoy dice el evangelio para ser justificados?

¿CÓMO ES NUESTRA ORACIÓN? Este domingo, Jesús pone en cuestionamiento nuestra forma de orar y él nos pregunta:¿ Tu oración tiene un corazón nuevo, puro y humilde? ¿ Será nuestra oración como del fariseo del evangelio? ¿Cómo es entonces nuestra oración? Si es al estilo del fariseo tenemos mucho que reflexionar y cambiar. No puede ser autosuficiente, llena de ideas y de cualidades que sólo enriquecen nuestro yo y marginan a los demás; no puede ser una oración que no necesita de Dios, porque se cree ya justo y justificado; una oración no es oración al Padre si ella está llena de sí misma, que se contempla a sí mismo, donde nosotros somos nuestro propio dios, culto a la egolatría o la religión del yo; una oración que no está llena de humildad y de fe es una comedia y llena de falsía; una oración no es oración si toda ella contiene palabras vacías y gestos de muerte. Una oración al estilo del fariseo está ciego de orgullo, porque al mirarse así mismo no encuentra nada de que arrepentirse, por eso no se confiesa pecador, porque es autosuficiente. Una oración al estilo del fariseo es despreciativa de los demás, rompe con la caridad exigida por Dios, son ellos los pecadores, culpables y despreciables. ¿No así nuestra oración? Una oración al estilo del fariseo reduce la relación íntima con Dios a un simple intercambio de cosas, más que dar gracias a Dios se encoge de orgullo y se olvida del otro (su pecado contra la caridad), sólo vale lo que él cree haber realizado y despreciativamente lo hecho super bien. El fariseo y la oración del fariseo se olvida de Dios, se olvida de que Dios ve el corazón humilde y contrito, que a él no le importan ni valen nuestras apariencias por muy aparatosas que sean y se vean ante los ojos del mundo.

EL CAMINO DE LA ORACIÓN VERDADERA Y HUMILDE.- Jesús en contraposición a la oración del fariseo nos pone como lección admirable de oración del publicano. Nuestra oración y más nuestra postura de hijos de Dios no pueda estar llena de orgullo y autosuficiencia, sino de humildad y sencillez: “ un corazón contrito y humillado tú no lo desprecias, Señor.” Nuestra oración será escuchada por el Padre si brota de un corazón humilde y no lleno de sí mismo y más para acercarnos al Padre debemos sentir que lo necesitamos de verdad, debemos sentir en lo profundo de nuestro corazón que sin su apoyo y fuerza no somas nada, que por mucho que hayamos cumplido con cumplir lo que nos ha mandado , siempre tenemos que recorrer el camino de seguimiento hasta el final de nuestras vidas para alcanzar la salvación y la definitiva justificación. Ser cristiano no sólo es cumplir los mandamientos y ser bueno, como siempre dicen los evangelios y la Iglesia sino llegar a ser como Jesús, hacer de sus evangelios la marca y más aún el criterio de toda nuestra existencia; y es que Dios no espera que seamos totalmente perfectos, como lo proclama el fariseo, que ya no lo necesitemos, sino que espera que jamás dejaremos de caminar tras él y hacia él, que nunca dejemos de pedirle su apoyo, que así como lo queremos (porque no tenemos el corazón de piedra) reconocemos que lo necesitamos. Como hemos dicho anteriormente, Jesús nos exige sinceridad y limpieza interior en nuestra oración, una oración que brote de lo más profundo de nuestra vida de fe. Necesitamos una oración que se presenta ante Dios y se descubre profundamente pecador, que así como el publicano, experimenta la necesidad de salir de su pecado y pide con humildad su ayuda; “ Contra ti, contra ti sólo peque cometí la maldad que aborreces”; una oración humilde propicia la necesidad de ser perdonado y ser tratado con infinita misericordia. Nuestra oración es auténtica si le hablamos a Dios sin la doblez de corazón, reconociendo que sólo Dios puede comprendernos, perdonarnos, darnos fuerzas, mostrar su auxilio y prestarnos su ayuda. Nuestra oración, como bien nos enseña Jesús estos domingos, ha de entrar en lo profundo de nosotros mismos, ha de abrir las puertas del corazón, nos hemos de descubrir leproso y presentar nuestras llagas a Jesús que las puede curar y crear un corazón nuevo. Por eso, como el publicano, tenemos que comprender que la oración verdadera es abrir nuestro corazón al Padre y a Jesús que nos ama. Sabemos que sólo en la oración profunda y verdadera podemos descubrir que somos amados por Dios, y sólo en la oración sincera y humilde podemos reconocer nuestros pecados y experimentar vivamente que hemos sido perdonados.

El camino de la oración humilde que brota del corazón contrito es el camino que nos enseñan este domingo las tres lecturas que se nos ponen como reflexión para toda esta semana y para cada día en clave de oración comprometida y mirando a Jesús.

EL EVANGELIO DE SAN LUCAS 18, 9-14.- Estamos ya en el final del camino a Jerusalén y como es costumbre en Lucas nos vuelve a presentar un ejemplo que da continuación a la escena de la viuda y el juez injusto del domingo pasado donde se pedía la oración insistente y sin desfallecer; ahora nuevamente tenemos una escena contrapuesta de dos personajes que oran de diversa manera y con diferentes gestos. Primeramente la intención fundamental de Jesús es darnos una lección sobre la forma de orar pero al mismo tiempo una crítica frontal a todos los que lo escuchaban, como que también lo hace hoy para cada uno de nosotros, es decir, quiere destruir nuestras seguridades y creencias (los autosuficientes, llenos de vanidad y soberbia) para comprender que no sólo los cristianos estamos llamados a conseguir la salvación, sino todos los hombres y mujeres de buena voluntad que abrimos nuestro corazón a Dios: “ En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás. ‘Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, de pie, oraba así en su interior: ¡Oh Dios! Te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” Analicemos esta escena y al primer personaje, el fariseo: Suben al templo a orar, entre las nueve de la mañana y las tres de la tarde se oraba públicamente, la postura de orar era de pie, y el fariseo se coloca en un lugar destacado del atrio del templo. El fariseo representa al judío observante, consiente de su buen comportamiento, que se atreve a compararse y enjuiciar en base al cumplimiento de lo prescrito en la Ley, usa los salmos para poder dirigirse a Dios. Nada de lo que dice es mentira, sino que sabe de sus derechos como fiel practicante de la Ley, de sus necesidades y así como de la rigidez en el cumplimiento de los mandamientos. Lo realmente significativo en la actitud del fariseo es que se compara con los demás y se presenta delante de Dios como autosuficiente, rimbombantemente expresa que ayuda dos veces a la semana y pago el diez por ciento de todo lo que tiene, aunque esto no estaba mandado en la Ley, y precisamente, esa autosuficiencia, encierra la soberbia y la mentira de su oración, no pide nada, sino que Dios le reconozca su forma de vida y que es supersigno de encontrarse en el camino de la salvación, y cree, sin aspavientos, que merece más y más el favor del buen Dios, es pues, un orgulloso que se cree justo. El fariseo subió al templo no para dar gracias a Dios como Padre de misericordia y perdón, sino para agradecerle por el hecho mismo de ser justo, es decir, quiera alcanzar la salvación y la justificación por sus propios méritos. El fariseo se muestra en toda la amplitud de su rigidez no ha descubierto la grandeza de la misericordia de Dios porque se encerró en los muros del cumplimiento. El fariseo no supo orar a Dios. Veamos ahora la actitud el publicano: “El publicano en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Sabemos que los publicanos recogían los impuestos que los judíos pagaban a los romanos, por eso mismo, eran odiados y despreciados, formaban la denominada clase social de los pecadores. En la escena, el gesto del publicano al entrar el templo es diferente al fariseo, pues, se queda atrás y es de completo arrepentimiento. También en sus palabras de oración difieren, mientras que el fariseo pondera sus méritos, el publicano sólo pide piedad porque se reconoce pecador, porque realmente se descubre pecador. El publicano no ofrece ayunos ni diezmos, sólo ofrece su propio pecado, experimente la necesidad de poder liberarse de su pecado y pide con humildad el auxilio de Dios, no se compara con nadie y ni siquiera se fija en los defectos de los otros. Pide perdón, y en eso muestra que es sincero y humilde; su oración es interior y auténtica que llega a Dios como lo afirma también la primera lectura del Eclesiástico, y por lo mismo ha conseguido la justificación, tal y como había prometido el Señor que está con los pobres, los pecadores, los débiles, con los que sufren y lloran. Dios está con el publicano y con todos los que él representa porque son los que más necesitan de él. El publicano ha sabido orar. Jesús concluye la parábola con una lección fundamental: “ Os digo que este bajó a su casa justificado , y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” Nuestra postura ante Dios no puede ser el orgullo y la autosuficiencia, sino la humildad y la sencillez. ¿Por qué es justificado? Porque Dios lo amó y el publicano experimentó que había sido personado, y agradecido quiere demostrarle que lo ama, y por eso comenzará una nueva vida cumpliendo su voluntad, todo un reto para un publicano que había vivido a expensas de los otros y muchas veces había sido injusto, confió en el amor misericordioso y salió justificado. ¿Los cristianos y cristianas con quien de dos personajes del evangelio de este domingo nos identificamos? ¿Somos como el fariseo que está contento consigo mismo o como el publicano que le pide perdón a Dios? ¿El fariseo o nosotros como cristianos dejamos actuar a Dios o sólo nosotros tomamos las riendas de nuestra vida y de los méritos que hacemos? Los cristianos no podemos caer en la tentación de presentarnos ante Dios ofreciéndole nuestras propias virtudes, las buenas obras y los méritos que sólo hemos ganado nosotros. Por eso, hemos afirmado que nuestra oración será escuchada por Dios si brota de un corazón contrito y humillado y no lleno de sí mismo, él como Jesús se sienten más cerca de los que tienen la actitud el fariseo pero no la del fariseo. Los fariseos estaban plenamente convencidos de que todo lo hacían bien, no había necesidad del amor ni mucho menos de la salvación ofrecida por Dios; en cambio los publicanos eran conscientes de su pecado (habían actuado injustamente) y se daban cuenta de que necesitaban del amor y el perdón del Padre. Es bueno sentarnos al lado de Jesús, siempre cerca de él y en silencio reflexionar en nuestro interior (como Jesús decía, tú cuando ores entra a tu cuarto) y como el publicano repasar nuestro camino de fe y lo mucho que nos falta por recorrer, así como predicar y evangelizar y vivir siempre de acuerdo al evangelio de Jesús de Nazareth. Meditar en las cosas que estamos haciendo mal, en lo que deberíamos hacer y no lo hacemos ya sea en nuestro hogar, trabajo, comunidad parroquial; también cómo usamos los bienes materiales o nuestro propio tiempo, si parte de él lo usamos para ayudar a los pobres y nos ponemos en clave de servicio a nuestra comunidad.

P. Miguel Velásquez Mercado O. de M.


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