• merced liberadora

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO:

“VENID, BENDITOS DE MI PADRE, RECIBID LA HERENCIA DEL REINO PREPARADO PARA VOSOTROS DESDE LA CREACIÓN DEL MUNDO”.


La Iglesia nuestra madre, celebra en este Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Solemnidad que marca el fin del tiempo Ordinario del Ciclo “A” y nos dispone a comenzar ese tiempo litúrgico tan especial del Adviento, el comienzo de un nuevo año litúrgico. El Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925, instituyó la fiesta solemne de Cristo Rey con el ánimo de contrarrestar las corrientes liberales imperantes de la época. Además, el Papa, quería motivar a los católicos a reconocer públicamente que la cabeza de la Iglesia es Cristo Rey, destacando el carácter universal y escatológico del reinado de Cristo. La fiesta intentaba no tanto potenciar la lucha hacia el exterior, como robustecer el tejido íntimo de la Iglesia. No la lucha entre personas creyentes o no creyentes, sino la lucha del amor de todos contra el egoísmo universal.


Como vemos, no se trata de una fiesta muy antigua. Para una mejor comprensión hay que recordar los principales acontecimientos de esa época. Al término de la Primera Guerra Mundial se había tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue durísima que provocó la caída del zar de Rusia y se dio paso a la instauración del régimen comunista en el año 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Benito Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch o intento del golpe de estado de Hitler entre el 8 y 9 de noviembre en 1923. Mientras que en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929, en Europa la situación de paralización, hambre y tensiones sociales es terrible. Ante esta situación difícil, el Papa Pío XI no hace un simple análisis sociopolítico- económico. Se eleva a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió, fue por haber alejado a Jesús y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad; y que no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el Imperio de Cristo Salvador. Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es “restaurar el Reino de Nuestro Señor” que de paso son las palabras del comienzo de la Encíclica “Quas primas”, con la que se instituye la fiesta.


Es lógico hacernos la pregunta sobre la motivación y sentido de la fiesta: ¿Se pueden resolver tantos problemas que habían surgido al finalizar la Primera Guerra Mundial con la instauración de la fiesta en honor de Cristo Rey? ¿Conseguiría una fiesta cambiar el corazón de las personas? Los noventa y cinco años que han pasado desde entonces demuestran que no.


Entonces, ¿Cuál es el sentido de la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo hoy? En el año 1970, se cambió el sentido de la fiesta. El Papa Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a la Fiesta de Todos los Santos. En 1970 es trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús durante el año. Así, la fiesta se formuló de otra manera como “Jesucristo Rey del Universo”, queriendo más bien destacar el carácter universal y escatológico del reinado de Cristo. Y al fijarse en el último domingo del año litúrgico, como conclusión del mismo, iluminaba admirablemente no solo el sentido de la fiesta como recapitulación de todas las cosas en Jesucristo sino también la naturaleza espiritual del año litúrgico como formación progresiva de Jesús y de los misterios de su vida en la comunidad. Efectivamente, comulgando con el pan y con los evangelios correspondientes, cada domingo y en todo el año litúrgico, Jesús se va formando en ella, es decir, en la comunidad y en nosotros. De esta manera, la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, acentúa evangélicamente el señorío de Jesús y se reconoce la autonomía del mundo, que debe servir siempre a la sociedad y no a intereses de grupos. La realeza de Jesucristo no se visibiliza en la Iglesia por los poderes o el esplendor de la misma Iglesia, sino por su justicia, su servicio y caridad.


Por lo mismo, la celebración de la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo” no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones sino felicitar a Jesús por su triunfo glorioso. Como si después de su vida de esfuerzo y dedicación a los demás, hasta la muerte en la cruz, le concedieran el mayor premio. Si es verdad que los cristianos dispersos en todos los lugares del mundo nos alegramos y jubilosamente levantamos nuestras voces de regocijo y lo damos a conocer el mundo entero, también celebramos con algazara y júbilo de lo magníficamente bien que se porta Jesús con cada uno de nosotros y de la respuesta que cada año espera de nuestra parte.

Volvamos a la reflexión sobre el evangelio y las lecturas de este Solemne Domingo de Jesucristo Rey del Universo. En el evangelio de Mateo 25,31-46, se habla de la venida del Hijo del Hombre, de la convocación de todos los pueblos ante su presencia al final de los tiempos y del discernimiento de los buenos y los malos. Pocas páginas del evangelio, como Mateo 25,31-46, acumulan en torno a Jesús tantos títulos cristológicos: Rey Pastor, Hijo de Dios, Hermano de los hombres, Señor. Jesús habla de una venida con esplendor de teofanía, de una manifestación divina: Él viene en su gloria y sentado en su trono de gloria, y con el séquito de los ángeles, que son prerrogativas reservadas solo a Dios. Ante su presencia serán congregadas todas las naciones. Y tendrá lugar el juicio. Primero, el discernimiento o separación. Los que escuchaban a Jesús conocían el fenómeno o acontecimiento de “separar” el ganado cuando regresaban de la dehesa o prado camino del redil.


A Jesús le brota espontáneamente el señalamiento de la diferencia entre lo bueno y lo malo, entre ovejas y cabritos, entre lo blanco y lo negro, entre la cizaña y el trigo. Jesús, siempre que hablaba percibía entre sus oyentes dos órdenes muy diversificados, los que le acogen y los que le rechazan. La sentencia trae a la memoria el esquema de las bendiciones y maldiciones del Sermón de las Bienaventuranzas. Los hombres son juzgados sobre el amor. Las obras de cada uno revelan y certifican el amor. El juez cita un catálogo de obras de misericordia, verdaderos gestos de amor sincero ante el encuentro de la aflicción y necesidad del prójimo. Dar pan o comida, ofrecer vestido o abrigo, practicar la hospitalidad, integrar al forastero o migrante considerándolo uno de la familia o de la comunidad, sanar a los enfermos, visitar encarcelados, y otras obras, representan un excelente ejercicio de amor práctico. Partiendo desde Isaías a Santiago se prodiga ampliamente la idea de que amar a Dios consiste en servir a los afligidos y necesitados. Ello es un reflejo clarísimo de la misericordia de Dios Padre.


Quien sirve a los pobres sirve al Señor. Los justos suscitan una pregunta pedagógica: ¿Cuándo, ¿Señor, te vimos en necesidad? La respuesta del Señor Jesús es tajante: el encuentro con Él es el encuentro con el hermano necesitado. Jesús mismo vive y sufre en el hermano que sufre o que padece necesidad. Lo que hacemos a un necesitado, lo hacemos a Jesús. El motivo de la sentencia coincide con la regla de oro del amor fraterno que proclama con énfasis la gravedad del pecado de no amar. Entonces, no debemos olvidar, que pecar no es solo hacer cosas malas. La vida de quien no sirve, no sirve de nada. El pecado es no amar, no hacer todo lo mejor que sabemos y podemos. Las buenas obras omitidas (pecado de omisión), o el “no te hemos servido”, constituye la condenación principal de los reprobados.


Ahora bien, la parábola de la comparecencia de todas las naciones ante el Hijo del Hombre, constituye la quinta esencia o última esencia del mensaje del Evangelio y, con elementos del género apocalíptico, nos presenta la venida gloriosa del Hijo del Hombre. Jesús no nos está contando anticipadamente el juicio final, sino la última y suprema enseñanza de Jesús, el Señor de la historia, el cual pone como núcleo de su mensaje la relación de fraternidad con los más pobres del mundo, los necesitados y los marginados. Ante el Señor Jesús comparecerá la asamblea de todos los pueblos o naciones de la tierra e irá separando a cada persona colocándola en el lugar que le corresponda. Unos heredarán el Reino y otros serán apartados del Reino. Pero no será la arbitrariedad del pastor la que dicte sentencia. El criterio de selección de los justos y de los merecedores de sanción esta ya establecido y es el criterio decisivo de Jesús Juez. El rey, juez y pastor, sólo tendrá que aplicar el único criterio de verdad y de justicia que aparece en el diálogo del juicio universal: “Cuanto hicisteis a uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” y “cuanto no hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí me lo hicisteis”. No cabe duda de que los hermanos más pequeños de Jesús son los últimos de la sociedad, los marginados y excluidos. La justicia a la que se apela en el primer evangelio tiene su fundamento en la identificación plena de Jesús con todo ser humano sumido en el sufrimiento por carecer de los bienes y derechos humanos más básicos y en la consideración como hermanos suyos de todos ellos sólo por el mero hecho de ser víctimas del sistema, de todo sistema injusto.


Precisamente la perspectiva del final de la historia no desplaza la fraternidad a una realidad sólo para el tiempo futuro, al final de todo, sino que marca el comienzo de la realidad definitiva desde el hoy de nuestra historia humana, en el “aquí y el ahora”. Jesús es, ya ahora, el pastor y el hermano de todos los necesitados. Los últimos, los más pequeños, podrán descubrir a Jesús como hermano a través de los discípulos, de los cristianos de todos los tiempos que los atienden como tales, es decir, como hermanos. En virtud de su condición de marginados, paradójicamente, los que son considerados los últimos y desechados, por esta sociedad que lleva en sus entrañas mismas la “Cultura del descarte”, son valorados como hermanos por el Señor y rey de la historia. La relación de fraternidad no se crea simplemente por una acción esporádica de atención a los que sufren, ni por el hecho de sentir lástima por ellos, sino que nace de la identificación con los marginados y del compartir con ellos su misma experiencia y su mismo destino. Y el destino del Hijo del Hombre es el mismo que el de todos los crucificados y de todas las víctimas de la injusticia humana. Es este vínculo fraterno con los sufrientes del mundo, y no cualquier otra manifestación poderosa o espectacular, como lo hacen los poderosos del mundo, el que hace posible todavía la presencia del Señor Resucitado en la historia humana.


Y así, la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, y fin el el comienzo del año litúrgico nos abren una pista magnífica, y una apelación urgente, para saber optar por lo que constituye la urgencia y prioridad de nuestro compromiso cristiano en el aquí y ahora de nuestra fe, piedad y amor filial. Un paso necesario y urgente es recuperar en nuestra vida la primacía del misterio cristiano y su correcto planteamiento. En nuestra fe y en nuestra actividad testimonial en el mundo, hoy tan alejado de Dios, tan lleno de sí mismo, y en su idolatría de sí mismo y su ateísmo recalcitrante. Jesucristo es, y debe ser, centro y fundamento radical de toda nuestra vida y testimonio militante en Jesús de Nazareth. La fe y la piedad del pueblo cristiano anda hoy muy desorientada porque tiene un déficit doloroso de Biblia y de Liturgia viva y eficaz. Está necesitada de una reconducción que sea capaz de armonizar mejor la Eucaristía y el Evangelio. Con solo el Evangelio tendríamos las palabras de un ausente. Con la Eucaristía solo tendríamos una presencia muda. El pan vivifica la palabra y la palabra ilumina el pan. Cristiano de verdad es aquel que come el pan en forma de palabra y organiza evangélicamente su vida.


El año litúrgico, sus fiestas, no son solo memoria: contienen la realidad que conmemoran. Hay que leer, meditar, asimilar el evangelio cada domingo, personal y comunitariamente. Jesucristo es rey en nuestra vida si hacemos una organización evangélica del corazón situando el evangelio, a Jesús, en el corazón y en la vida. También es esencial e importante, el descubrimiento de la seglaridad cristiana. El cristiano está invitado a instaurar todas las cosas en Cristo. Tenemos que tener en cuenta que el cristianismo no es una disyunción: o Dios o el mundo, sino una integración: Dios en el mundo. Donde no hay ser humano no hay cristiano. Y es que todo lo que es humano es materia de gracia. Es falsa una santidad que deja al margen las circunstancias esenciales de la vida humana. Jesús las asumió y el cristiano debe hacer lo mismo. El laico cristiano, dice el Vaticano II se santifica y camina hacia Dios componiendo y arreglando según Dios los asuntos temporales. El Dios de la creación es el Dios de la redención. Lo malo no es el mundo, sino el pecado en el mundo. Renunciar al progreso temporal, a la cultura, a la promoción económica y cultural, a la justicia social, es renunciar a la fe. La gracia perfecciona la naturaleza en régimen de encarnación y al ritmo de la historia.


El ser humano no se salva evadiéndose a regiones celestiales, sino luchando para hacer de la vida humana un campo de esperanza. El ser humano no camina hacia Dios interrumpiendo su misión de ser humano. No hay sino una sola historia, a la vez humana y espiritual. La Iglesia no salvará al ser humano creando una historia radicalmente nueva, sino recreando la paz, la justicia, la solidaridad.


PRIMERA LECTURA TOMADA DEL LIBRO DEL PROFESTA EZEQUIEL 34,11-12.15-17.-

En el año 587 A.C. Jerusalén y su grandioso templo fueron destruidos, las murallas arrasadas, los soldados de Babilonia se abandonaron a toda suerte de violencia y de barbarie, algunos escaparon de la masacre refugiándose en el desierto, otros huyeron a Egipto, muchos fueron hechos prisioneros y deportados a tierra extranjera. En el país, se quedaron solamente los más pobres, viñadores, campesinos y unos pocos artesanos.


Pasan algunos años y he aquí que, entre los que se quedaron, comienzan a prosperar los más hábiles y menos escrupulosos; saben aprovecharse de la situación de extrema necesidad en que se encuentra la mayor parte del pueblo y explotan a quienes han sido reducidos a la miseria por las desgracias y desventuras. Compran, venden, trafican sin escrúpulo logrando así enriquecerse. Es en este momento triste cuando se pronuncia la profecía que hoy domingo se nos viene propuesta. Recordando las desgracias que han golpeado a su pueblo, Ezequiel compara a los israelitas con un rebaño en desbandada y sin pastor, y se pronuncia al mismo tiempo un mensaje de salvación. Conviene anotar que el Antiguo Oriente, la imagen habitual para hablar del rey era la del pastor. Simbolizaba la preocupación y el sacrificio por su pueblo, como la de un pastor por su rebaño. En la práctica, no siempre era así. El capítulo 34 de Ezequiel habla de los reyes judíos como malos pastores que han abusado de su pueblo y luego se han desinteresado de él y lo han abandonado cuando se produjo la caída y destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia.


Pero Dios no va a permanecer impasible: eliminará a esos malos reyes y ocupará su puesto haciendo dos cosas: Uno, como Rey-pastor, buscará a sus ovejas, las cuidará; Dos, como Rey-juez, juzgará a su rebaño, defendiendo a las ovejas y salvándolas de los machos cabríos. Ezequiel no anuncia la venida de otros reyes, que no serían mejor que los precedentes quienes habían conducido al pueblo a la ruina, sino promete que Dios se cuidará personalmente de sus ovejas (verso 11), las reunirá de todos los lugares donde se dispersaron (verso 12) y las reconducirá a los pastizales de los montes de Israel (verso 15). Después lanza una amenaza contra aquellos que acumulan bienes pisoteando los derechos de los más débiles. A su rebaño, el Señor asegura: “voy a juzgar entre oveja y oveja entre carneros y chivos (verso 17). Es la promesa de una pronta intervención suya a favor de los oprimidos, de los pobres, de los explotados.


El evangelio de Mateo 25,31-46 empalma con el segundo tema de Rey-juez, pero la liturgia de este domingo se ha centrado en el primer tema de Rey-pastor y que subraya la preocupación de Dios por su pueblo. Ezequiel nos habla del momento en que se encuentran dispersas las ovejas y cómo aplicando a Jesús será el Buen Pastor que atenderá a cada una de las ovejas. Es importante advertir o notar la cantidad de acciones que subrayan su amor e interés: “seguiré el rastro de mis ovejas, las libraré, apacentaré, las haré sestear, buscaré, recogeré, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas”. En el contexto de la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo, estas palabras habría que aplicarlas a Jesús y ciertamente ofrecen una imagen muy distinta de Cristo Rey: no lo caracteriza el esplendor y la gloria sino su cercanía y entrega plena a todos nosotros. Y es buen momento para que todos recordemos cómo se ha comportado Jesús con cada uno de nosotros, buscándonos, librándonos, curándonos.


Y como hemos expresado, Ezequiel termina hablando del día del Juicio Final: “He aquí que voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”. En este anuncio del Juicio Final que hace Jesús en el evangelio de Mateo 25,31-46, Él comienza con esa profecía de Ezequiel: “Entonces serán congregados ante Él todas las naciones y Él apartará a los otros de los otros… a las ovejas de los machos cabríos”.


SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PABLO A LOS CORINTIOS 15,20-26.28.-

Los rabinos creían que, con la venida del Mesías, comenzaría un primer reino, llamado reino del Mesías, al que sucederá un segundo el “reino de Dios”. Pablo educado en la tradición rabínica había asimilado esta opinión y pensaba que el primer reino duraría cuanto la historia de la humanidad y terminaría al final del mundo. Es desde esta perspectiva histórica desde donde hay que comprender la segunda lectura de este domingo. Pablo está convencido de que el Mesías destruirá, durante su reino a todos los enemigos y que esta victoria suya será completa cuando también el último adversario, la muerte, será finalmente derrotada (versos 25-26).


Los enemigos de quienes se anuncia la destrucción, no son las personas sino las fuerzas del mal, es decir, todo aquello que impide al hombre vivir en plenitud la propia existencia en el mundo: la enfermedad, el hambre, la desnudez, la ignorancia, la esclavitud, el miedo, el odio, el egoísmo, el pecado. Cuando todas estas realidades negativas desaparezcan, entonces en el reino del Mesías podría darse por completo. Por eso, todo aquel que se compromete a erradicar esos males-aunque no se cristiano, aunque no sea creyente- colabora en la realización del proyecto del Mesías de Dios. Cuando este reino, sea instaurado y los enemigos de Cristo, incluida la muerte, habrán sido vencidos, entonces él entregará al Padre su reino y comenzará el reino de Dios que durará toda la eternidad (verso 28). Después de esta explicación que hace Pablo, resultan claros los primeros versos de esta segunda lectura de este domingo (versos 20-24). Cristo ha eliminado la muerte biológica: el organismo del hombre, como el de todo viviente, se marchita y termina por consumarse. Cristo ha vencido a la muerte porque la ha privado de su significado de aniquilación, de destrucción total, y la ha transformado en un nacimiento a la vida plena y definitiva.


Como notamos, Pablo influido sin duda por las campañas romanas de su tiempo, presenta a Dios Padre como un gran emperador que termina triunfando y sometiendo todo. Pero quien guerrea y lucha en su nombre es Cristo, que debe enfrentarse a numerosos enemigos. El último d ellos, el más peligroso, es la muerte, a la que Jesús vence en el momento de resucitar gloriosamente. De esa victoria sobre la muerte participamos también todos nosotros. El fin del año litúrgico que recuerda el fin de la vida, es un momento adecuado para superar la incertidumbre y la angustia ante la muerte y agradecer la esperanza de la resurrección.


Así, pues, la segunda lectura nos habla también del momento del establecimiento del Reino de Cristo. Nos habla claramente de que su resurrección es primicia de la nuestra. Nos habla también, de que en el momento de su venida, Cristo aniquilará todos los poderes del Mal, someterá a todos bajo sus pies, para luego entregar su Reino al Padre. Y así Dios será todo en todas las cosas.


EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 25, 31-46.-

Mateo, nos trae en el capítulo 25,31-46, una visión del juicio final y lo hace de modo que con ello finaliza el “Discurso Escatológico”, como así mismo concluir todos los discursos de Jesús. Por cierto, Jesús no articuló esta disertación con el propósito de describirnos los eventos finales relativos al juicio definitivo. El evangelio que este domingo nos presenta Mateo no se centra en el triunfo de Jesús, que da por supuesto, sino en la conducta que debemos tener para participar de su Reino. No obstante, analizando los hechos de su tiempo, Jesús sí ha querido comunicarnos los medios concretos para salir triunfantes en la prueba final de la vida, cuando toda la humanidad se encuentre frente a Él, como rey universal restaurando su Reino. Es así como el relato evangélico, tiene una fuerza extraordinaria tanto por el mensaje en si como por lo atractivo de la escena.


Cierto que este pasaje del Juicio Final como lo etiqueta la Biblia de Jerusalén, es considerado generalmente como una parábola, se puede decir, que también pertenece al género literario llamado “escena de juicio” que se encuentra tanto en la Biblia como en la literatura rabínica. El esquema según el cual viene estructurado, es siempre el mismo: hay una presentación del juez, acompañando de ángeles que hacen las veces de asistentes y de guardias de seguridad; viene después la convocatoria de todas las gentes, la separación por grupos, la pronunciación de la sentencia y, finalmente, los justos son premiados y los impíos castigados. El objetivo de este género literario no es el de informar a cerca de lo que ocurrirá al final del mundo, sino el de enseñar a cómo comportarse hoy.

Veamos una escena de juicio de la literatura rabínica que muestra una impresionante coincidencia con el texto del evangelio de Mateo: “En el mundo futuro se le preguntará a quien es juzgado: ¿Cuáles son las obras? Si responde: ‘he dado de comer a quien tenía hambre’, se le dirá: ‘esta es la puerta del Señor, entra a través de ella. Si responde: ‘he dado de beber al sediento’, se le dirá: ‘esta es la puerta del Señor, entra a través de ella’. Lo mismo ocurrirá con quien se ha hecho cargo del huérfano, con quien ha dado limosna, con quien ha realizado obras de amor”. Está claro que, refiriendo a este diálogo, los rabinos no pretendían desvelar las palabras que Dios pronunciará al final del mundo, sino que querían inculcar los valores que sirvieran de sólido fundamento a la vida en este mundo.


Esta parábola es clarísima y lo que tenemos que hacer es intentar vivirla, pero hay que indicar algunos datos de interés:

Uno, a diferencia de otras presentaciones del Juicio Final en la Apocalíptica judía, quien lo lleva a cabo no es Dios, sino el Hijo del Hombre, Jesús. Es Él quien se sienta en el trono real y el que actúa como rey, premiando y castigando.

Dos, los criterios para premiar o condenar se orientan exclusivamente en la línea de preocupación por los más débiles, los que tienen hambre, sed, son extranjeros, están desnudos, enfermos o en la cárcel. Estas fórmulas tienen un origen muy antiguo. En Egipto, en el capítulo 125 del Libro de los Muertos, encontramos algo parecido: “Yo di pan al hambriento y agua al que padecía sed; di vestido al hombre desnudo y una barca al náufrago”. Dentro del Antiguo Testamento, la formulación más parecida es la del capítulo 58 de Isaías: ¿No será más este otro el ayuno que yo quiero: ¿desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar libertad a los quebrantados y arranca todo yugo? ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en tu casa? ¿Qué cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes?” (Isaías 58, 6-7). Entonces, lo único que Jesús tendrá en cuenta a la hora de juzgarnos será si en nuestra vida, se han dado o no estas acciones capitales. Otras cosas a las que a veces damos tanta importancia ni siquiera se mencionan.

Tres, la novedad absoluta del planteamiento de Jesús es que lo que se ha hecho con estas personas débiles se ha hecho con Él. Algo tan sorprendente que comprende por igual a los condenados y a los salvados. Ninguno de ellos ha actuado o dejado de actuar pensando en Jesús, pero esto es secundario.


Examinemos la estructura del texto de Mateo que se encuentra articulado en tres partes: Primera parte, es la introducción (versos 31-33), que presenta la llegada del Hijo del hombre, el llamamiento de los pueblos y la separación de los mismos; Segunda parte, los dos diálogos con los justos (versos 34-39) con los excluidos (versos 41-44), Tercera parte, la conclusión, que reanuda y ejecuta las distintas sentencias que se proponen (verso 40: justos: verso 45: excluidos). Y el mensaje que Jesús quiere transmitir es que los años de la vida del ser humano constituye un bien precioso, un tesoro que hay que administrar bien. No puede uno equivocarse porque la vida es una sola; Jesús sugiere cómo hay que vivirla.


Analicemos ahora el pasaje evangélico de Mateo 25,31-46.

“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria” (verso 31). Al concluir su Discurso Escatológico, Jesús anuncia un juicio final. Lo hace presentándose a sí mismo como el Rey-Mesías que al final de los tiempos vendrá en gloria, acompañado de sus ángeles, para juzgar a su rebaño. Todo ello indica, dentro del género apocalíptico, la grandeza de la majestad con que Jesús realizará aquel acto, lo que no excluye, naturalmente, la realidad de esta presencia de los ángeles. La escena hace eco del Ezequiel en la primera lectura, cuando Dios anuncia que luego de reunir a los miembros dispersos de su rebaño juzgará entre “oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”.


“Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos y a los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda” (versos 31-33).

En Palestina, al atardecer, los pastores suelen separar las ovejas de las cabras, éstas, más sensibles al frío, son colocadas bajo techado, mientras las ovejas, cubiertas como están de lana, gustan del fresco de la noche y no tiene problema de pernoctar a descubierto. Jesús, pues, se sirve de esta imagen, tomada de la vida de cada día, para transmitir su mensaje. Para entenderla, hay que prestar mucha atención, en primer lugar, al género literario, porque una lectura superficial y un poco ingenua corre el riesgo de sacar conclusiones que, a la luz de un estudio más atento y cuidadoso, pueden aparecer infundados e incluso no correctos.


Además, en el uso rabínico de casos de separación, a la derecha se pone siempre lo mejor. Por cuanto los pecadores conocerán sus delitos y los justos verán patentes los frutos de su justicia que les acompañaron hasta el fin. Se llaman ovejas los que se salvan, por la mansedumbre con que aprendieron de el Señor Jesús que nos dijo: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprender de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11,29) y por tanto estuvieron dispuestos hasta sufrir la muerte, imitando a Jesucristo, que como oveja fue llevado a la muerte: “Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco abrió la boca” (Isaías 53,7).

Los malos, en cambio, son llamados cabras o machos cabríos, los que trepan los más ásperos peñascos y caminan por sus precipicios. La Biblia suele designar la sencillez y la inocencia con el nombre de oveja. Bellamente se designan aquí a los elegidos con este nombre. Sin embargo, la cabra o macho cabrío es un animal libertino, que en la ley antigua se ofrecía como víctima de los pecados.


El juicio final dará lugar, pues, a la separación o división en dos grupos y serán separados aquellos que supieron amar de aquellos que se cerraron al amor. La gran multitud de resucitados se presentará entonces ante el Rey-Mesías para el juicio universal. La sentencia de este juicio será pública y final.


“Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Porque tuve hambre, y ustedes me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme” (versos 34-36).

Notamos que lo que menciona Jesús, son las seis obras de misericordia, las cuales, cualquiera que tenga cuidado de cumplirlas, merecerá alcanzar el reino preparado a los escogidos desde el establecimiento del mundo. Lo que resulta novedoso de este juicio es lo que se presenta como materia de examen no son las maldades o crímenes cometidos por la persona a lo largo de su vida, sino el bien realizado u omitido, la caridad vivida o negada para con el prójimo necesitado de alimento, de agua, de cobijo, de vestido, de compañía. El juicio, en resumen, es presentado como un juicio sobre el amor, un amor a Jesús que se verifica en el amor al prójimo.

Entonces, para Jesús la vida del hombre es más importante que para los rabinos, por eso revela a los discípulos los valores que proporcionarán un seguro fundamental a esta vida humana. ¿Cuáles son eso valores? Como lo podemos leer en los versos 34-36, no es difícil descubrirlos porque ocupan la mitad del relato y son tan importantes que Jesús los repite cuatro veces, a riesgo de aparecer monótono, se trata, como hemos indicado, de las seis obras de misericordia.


Los valores que sugiere no son semejantes a aquellos por los que la mayoría de los seres humanos pierden la cabeza, sino los que de verdad cuentan a los ojos de Dios. Cabe preguntar: ¿Cuál es el ideal del hombre exitoso para la sociedad de hoy? Es aquel que detenta poder, que es rico, que puede permitirse satisfacer todos sus caprichos, que es buscado por el sensacionalismo de los medios de comunicación, hoy exacerbados por las redes sociales, o cualquiera que haya logrado convertirse en un personaje ya sea por su profesión o notoriedad.

¿Cuál es el pensamiento de Dios? Cuando concluya la historia terrenal de todo ser humano, cuando cada uno se encuentre solo con sí mismo y con Dios, solo un bien resultará fundamental: el amor. La vida de cada uno será considerada como éxito o fracaso de acuerdo con el compromiso de la persona en eliminar seis situaciones de sufrimiento y de pobreza: el hambre, la sed, el exilio, la desnudez, la enfermedad, la prisión.


“Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; ¿o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; ¿o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (versos 37-40).


Un detalle viene cuidadosamente resaltado en el pasaje evangélico (verso 37); ninguno de los que han practicado estas obras de misericordia se ha dado cuenta de haberlas hecho a Jesús, de ahí el cuestionamiento a Él: “Señor, ¿Cuándo te vimos…?”. Entonces, lo que Jesús nos quiere enseñar que el AMOR es auténtico solamente si es desinteresado, si está libre aun de toda sospecha de autocomplacencia, quien actúa en vistas a recompensa, incluso la del cielo, no ama aún en forma genuina, como quiere Jesús.


Los justos, pues, obraron obras correctas o buenas, recibieron en premio de sus obras buenas y rectas, la derecha del Rey-Mesías, en la cual está el descanso y la gloria. Y a causa de su humildad se proclaman indignos de alabanza por sus buenas obras; no por haberse olvidado de aquello que hicieron, pues, Jesús mismo les muestra su compasión en los suyos o en los más pequeños. Cuando le preguntan a Jesús, dicen esto ciertamente no desconfiando de las palabras del Señor, sino pasmándose de la extraordinaria excelencia y de la grandeza de su majestad.


Es importante señalar que cuando el Señor Jesús da la respuesta a los justos por sus obras buenas, podemos entender que Jesucristo hambriento es alimentado en todo pobre, y sediento saciado, y de la misma manera respecto de lo otro. ¿Por qué los llama pequeños? Por lo mismo que son humildes, pobres y despreciados. Y dice mis hermanos, recordándonos que nos dijo: “Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo 12,50).


“Entonces dirá también a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; 43/ era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis” (verso 41-43).

En el verso 41 es la exclusión de los injustos. Los que se apartan de Jesús, caen en el fuego eterno, que es de distinta naturaleza del fuego de que hacemos uso: pues ningún fuego es eterno entre los seres humanos, y ni siquiera de mucha duración. Conviene detenernos sobre el fuego eterno. El lenguaje de Jesús es el típico de los predicadores de ese tiempo, quienes, para conmover a sus oyentes, solían hacer uso de imágenes impresionantes: castigos tremendos, fuego inextinguible, penas eternas. Prestemos atención, al “fuego de la Gehena” del que hablaban los rabinos, con este fuego, no se referían al infierno, sino al fuego que ardía constantemente en el valle que rodeaba Jerusalén y que servía de basurero de la ciudad. El adjetivo “eterno” no tenía, pues, las connotaciones filosóficas que tiene hoy, sino que era usado popularmente para significar, de una manera genérica, un periodo de tiempo largo, indefinido.


Fijémonos que Jesús no dice que el Reino está preparado para los ángeles, pero sí que el fuego eterno lo está para el diablo y para sus ángeles. Porque Dios no ha creado a los hombres o seres humanos para que se pierdan, pero los que pecan son los que se unen con el diablo, para que, así como los que se salvan son comparados a los ángeles santos, de la misma manera sean comparados a los ángeles del diablo los que perecen y no hacen buenas obras.


Jesús es radical ante los injustos y por eso sus expresiones fuertes, porque así es, cómo los malos hombres, abandonaron la misericordia, y no en un solo concepto u obra de misericordia, sino en todos. Porque no tan solo no dieron de comer al hambriento, sino que tampoco visitaron al enfermo. Nótese que Jesús no está diciendo: “estaba en la cárcel y no me sacaron; enfermo y no me curaron; sino dice: “no me visitaron, no se acercaron a mí”.


Todas estas cosas, por tanto, bastan para sufrir la pena del infierno. Además, ninguna de las cosas que pedía Jesús era difícil dar, ni tampoco lo es hoy en nuestro tiempo, era un poco de pan, porque tenía hambre, era darse cuenta de la miseria pues era pobre, era sentir compasión de la naturaleza, pues era hombre, era el deseo de alcanzar lo que se prometía, tan deseable como el reino, era sentir la dignidad del que recibía, pues era Dios el que recibía por medio de los pobres; era un trato con honor, porque se dignó recibir de mano de los hombres, lo justo que era dar, pues recibía de nosotros lo que es suyo, sin embargo los seres humanos ante todas estas cosas optaron por la avaricia.


“Entonces dirán también éstos: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Y el entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo`” (versos 44-45).


¿Cómo entender los versos 41-45? Es lo mismo que los versos 34-40, Jesús utiliza el llamado “paralelismo antitético”, y esto también podemos ver en los rabinos que solían repetir dos veces sus enseñanzas para gravarlas mejor en la mente de sus discípulos, frecuentemente presentaban el mensaje primero en forma positiva y después en forma negativa. Veamos lo que nos dice Jesús en Mateo 7, 24-27: “24-25: Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las pone en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no se cayó, porque estaba cimentada sobre roca”; “26-27: Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina”.


¿Qué nos quiere decir Jesús en Mateo 41-45? Lo que urge a Jesús no es atemorizar a sus oyentes agitando el espanto del infierno, sino señalar- con imágenes fuertes, porque el peligro de desperdiciar la vida es muy serio- lo que verdaderamente cuenta y es decisivo. No pretende anunciar lo que acontecerá al final del mundo, sino hacer reflexionar, abrir los ojos, mostrar el juicio de Dios sobre las decisiones que debemos tomar hoy, en el “aquí y ahora”; su juicio será siempre un juicio de salvación. Cierto que se puede cuestionar: ¿Entonces qué: no es el Juicio Final? ¿No hay infierno ni condenación? En principio, no se niega el infierno, el infierno existe y no tenemos duda sobre eso, pero no es un lugar creado por Dios para castigar, al final de la vida, a quien se haya comportado mal. Es una condición de infelicidad y desesperación, consecuencia del pecado y sus consecuencias de cerrazón total. Del infierno del pecado, sin embargo, se puede salir: la liberación nos viene de Jesús y de su juicio de salvación.


Aclaradas las dudas, y siguiendo con la parábola, tenemos que expresar que no habrá nuevas oportunidades. Quienes, en el transcurso de ésta única vida, se negaron a amar, cerrando sus entrañas a las necesidades del prójimo, son calificados por Jesús como “malditos”, este calificativo, puede sonar exagerado, demasiado duro; sin embargo, obedece a la realidad de un egoísmo que ha pervertido totalmente sus entrañas hasta hacerlo incapaz de amar. Incluso cuando cree que ama a otros, no ha hecho más que amarse a sí mismo. En este sentido, la omisión, ese no hacer algo por remediar la necesidad o aliviar el sufrimiento del prójimo cuando está en sus manos hacerlo, es lo mismo que obrar el mal y manifiesta una falta grave de amor que deforma el rostro humano hasta tornar maldito a quien está convencido incluso que ama a Dios porque cumple con participar de ritos religiosos externos. Lo único que ha hecho es tranquilizar su propia conciencia convenciéndose de que está bien con Dios mientras no haga mal a nadie, cuando de lo que en realidad se trata es de actuar por el amor y la caridad, de hacer bien al prójimo, de hacerse solidario con su sufrimiento y buscar ayudarlo o acompañarlo de algún modo y no sólo espiritual ni místicamente.


Así mismo, cuando los excluidos del Reino le preguntan: ¿cuándo te vimos hambriento. ¿O sediento, forastero o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido? No es menos cierto, que es propio de los hombres que no gustan de hacer el bien, excusarse, dar a entender que no tienen culpas, o que son leves y pocas faltas; y esto mismo lo indica la respuesta de Jesús: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”. Queriendo demostrar que las acciones buenas de los justos son sublimes, y que las culpas de los pecadores no lo son.


“E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna” (verso 46)

Es la frase final de Jesús. Cabe resaltar que, por duro que sea, la sentencia final será irrevocable y eterna. En efecto, Jesús anuncia que los malvados irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna. En cuanto al lugar del castigo eterno, se trata de la separación definitiva de Dios.” El castigo será eterno”, estas palabras cobran un espantoso realismo, sin atenuación alguna posible, en este contexto. Por otro lado, “los justos irán a la vida eterna”, que consiste en entrar con Jesucristo en la comunión eterna de amor con Dios y todos los que son de Dios.


Sin embargo y al final ¿no castigará Dios a los malvados? ¿A esos que se cerraron en su propio mundo olvidando el sufrimiento de tantos, al pasar por la vida sin preocuparse más que de sí mismo, en esa idolatría del yo, en su egoísmo, el no hacer nada por los demás? A nosotros un juez nos parece justo cuando, después de haber evaluado el mal cometido, castiga o sanciona con equidad. Peor ésta no es la justicia de Dios. Él es justo no porque premia o castiga conforme a nuestros criterios y expectativas- en tal caso no habría esperanza para nadie y todos terminaríamos condenados- sino porque es capaz de convertir en justos a los malvados, como lo expresa Pablo: “Dios nos hace justos mediante la fe en Jesucristo, y eso vale para todos los que creen, sin distinción de personas. Pues todos pecaron y a toda la falta la Gloria de Dios, y son rehabilitados por pura gracia y bondad, mediante el rescate que se dio en Cristo Jesús. En su persona y con su sangre derramada, Dios quiso que tuviéramos un perdón del pecado mediante la ley. Así nos enseña Dios cómo obra su justicia. Porque anteriormente, dejaba pecar sin intervenir, eran los tiempos de la paciencia de Dios. Pero en este momento, Dios manifiesta su justicia: él es Justo y Santo, y hace justo y santo a todo el que cree en Cristo Jesús” (Romanos 3, 22-26).


Entonces, la cuestión, no es quién será considerado oveja y quién cabra o macho cabrío al final del mundo, sino en que ocasiones hoy nos comportamos como ovejas y en qué ocasiones como cabras. Somos ovejas cuando amamos al hermano, somos cabras cuando lo descuidamos.





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