• merced liberadora

JUAN BAUTISTA: “PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR, ENDEREZAD SUS SENDAS”

La Iglesia nuestra madre celebra el Segundo Domingo de Adviento Ciclo “B. La liturgia para el primer domingo nos traía como tema principal la espera de la segunda venida del Señor Jesús, el “mañana”, el sentido escatológico del Adviento. Por eso, se nos invitaba a estar “vigilantes”, en espera. En esta segunda semana el tema de las lecturas es la venida del Señor en el tiempo presente, en el hoy. Así la liturgia nos invita a la conversión, que es la nota predominante de la predicación de Juan Bautista. Las tres lecturas: Isaías 40,1-11; 2 Pedro 3,8-14; Marcos 1,1-8 nos ayudan a descubrir los obstáculos con los que vamos tropezando en nuestra vida cotidiana, en nuestro caminar hacia Dios, y a la vez nos ofrecen esperanza para convertir nuestro corazón a Dios y vivir en justicia y paz. Las tres lecturas nos invitan a prepararnos para la celebración de la venida de Jesús. Todo Adviento, tiene ese profundo sentido de preparación. Todo Adviento contiene un llamado a la conversión, al cambio de vida. Todo el tiempo de Adviento es una estupenda oportunidad para que todos los cristianos crezcamos en la fe, aumentemos nuestra esperanza y para practicar mejor nuestra caridad.


Por eso, la Palabra de Dios en este domingo contiene un mensaje de consolación y de esperanza, hace una urgente llamada a la conversión y transmite un impulso espiritual orientado a apresurar el día de “un cielo nuevo y una tierra nueva en la que habite la justicia” ( 2 Pedro 3,13), es decir, el Día del Señor, hacia ese día apunta el Evangelio de Marcos, pero su punto de mira se concentra siempre en Jesús y así lo proclama solemnemente en el verso 1, como mensaje fundamental de toda su obra: “Principio del Evangelio de Jesús, el Mesías, Hijo de Dios. La paradójica buena noticia del Hijo de Dios Crucificado. El evangelista Marcos se presenta con el concepto EVANGELIO, empleado en la predicación apostólica de San Pablo e inspirándose en el Antiguo Testamento para anunciar a Jesús como única e incomparable Buena Noticia. Tal y como Pablo y Marcos nos lo han transmitido, nosotros, sabemos que ninguna de las buenas noticias del mundo es comparable con la excepcional, paradójica y sorprendente Buena Noticia por antonomasia, la de Jesús, Mesías, el Hijo de Dios, reconocido como tal en su misma muerte, en la confesión del centurión: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 1, 39). Y esta singularidad es la que refleja el evangelista Marcos al presentar la persona y la actividad de Jesús con su muerte y Resurrección en el término EVANGELIO.


Marcos nos pone la figura de Juan Bautista. Desde la austeridad, la justicia y la honradez, Juan se dirige a sus contemporáneos y les anuncia que la llegada de Dios está muy cerca. Para ello, nos invita a todos a preparar el camino para el Señor Jesús. Esto significa optar por un modo nuevo de vivir como personas, como Jesús quiere, y para ello hay que convertirse. Veamos la figura de Juan y lo que proclama. Juan Bautista es el precursor del Mesías. De Juan podemos destacar su figura y su discurso, pero lo esencial de su mensaje es la llamada a la conversión y el anuncio del esposo que viene. El talante profético es el aspecto dominante en la presentación del Bautista. Los que conocían la profecía de Isaías no deben haber dudado al ver a Juan Bautista, pues por el retrato que hacía de Juan Bautista el Profeta era inconfundible el personaje. Pero, más aún, al observar lo que decía ya no quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor de Jesús.


De hecho, Juan se identifica con la voz de Isaías, del segundo Isaías, el profeta del consuelo y del retorno de Israel. Su alimentación a base de langostas y miel silvestre, así como su vestimenta de piel de camello y, sobre todo, la correa de cuero en su cintura alude al profeta Elías: “Era un hombre con manto de pelo y con una faja de piel ceñida a su cintura” (2 Reyes 1,8) ponen de manifiesto su estatura de profeta más que su espiritualidad ascética. La misión prioritaria de Juan no es bautizar sino predicar, es decir, proclamar con su voz la necesidad de preparar el camino de Jesús, mediante una nueva conducta y de nuevas actitudes, y anunciar la conversión. El mismo bautismo de Juan está vinculado a la conversión, es decir, al arrepentimiento y al cambio de mentalidad para el perdón de los pecados. La razón del arrepentimiento y del cambio de mentalidad, el motivo de su predicación es la llegada inminente de la persona de Jesús, más fuerte, más digno y con otra función: bautizar con Espíritu Santo. Juan Bautista tiene por misión llamar a la conversión y la preparación de la llegada de Jesús.


El énfasis del evangelista Marcos se fundamenta en tres aspectos claves: la concentración de su predicación en el Mesías- Esposo; el éxodo de Jerusalén y de sus instituciones religiosas con el baño en el río Jordán; y la fuerza mesiánica de los que se bauticen en el Espíritu del que viene como Mesías e Hijo de Dios. La conversión consiste en preparar el camino del Señor Jesús e implica el reconocimiento y el arrepentimiento de los pecados. La voz que grita en el desierto no alude principalmente a la palabra del profeta desoída por el pueblo, sino el lugar teológico que el desierto significa en la tradición profética. El desierto, donde maravillosamente Dios habla al corazón. El desierto, pues, es el lugar de la íntima relación amorosa de Dios con su pueblo, cuando Dios habla al corazón: “Una voz clama: ‘En el desierto abrid el camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios’” (Isaías 40,3); “Así dice Yahveh: Halló gracias en el desierto el pueblo que se libró de la espada: va a su descanso Israel” (Jeremías 31,2); “Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón. Allí le daré sus viñas, el valle de Akor lo haré puerta de esperanza; y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto” (Oseas 2, 16-17). Por eso el desierto connota la Alianza nupcial entre Dios y la humanidad. Juan Bautista muestra quien es el verdadero “esposo” de la humanidad, a quien él no es capaz de desatar las correas de sus sandalias.


Ahora bien, desatar las sandalias era un gesto público por medio del cual una persona adquiría sus derechos jurídicos de otro, concretamente, en el caso del levirato, cuando un pariente cercano asumía los derechos del esposo: “…Los ancianos de su ciudad llamarán a ese hombre y le hablarán. Cuando al comparecer diga: ‘No quiero tomarla’, su cuñada se acercará a él en presencia de los ancianos, le quitará su sandalia del pie, le escupirá a la cara y pronunciará estas palabras: ‘Así se hace con el hombre que no edifica la casa de su hermano’, y se le dará en Israel el nombre de ‘Casa del descalzado’” (Deuteronomio 25, 8-10); “Antes de Israel, en caso de rescate o de cambio, para dar fuerza al contrato, había la costumbre de quitarse uno la sandalia y dársela al otro. Esta era la manera de testificar en Israel. El que tenía el derecho de rescate dijo a Booz: ‘Adquiérela para ti.’ Y se quitó la sandalia” (Rut 4,7-8). Cuando Juan Bautista dice que no es capaz de desatar las correas de las sandalias de Jesús no está refiriéndose sólo a un gesto de humildad, sino al hecho de que es Jesús Mesías-esposo de la humanidad, el único en quien todos los seres humanos encuentran la salvación y la plenitud de la vida. Juan no puede suplantarlo. Más bien debe disminuir para que él crezca.


Para la Nueva Alianza es necesario un cambio de mentalidad. El Adviento nos invita a preparar la nueva relación de Dios con la humanidad, con el reconocimiento de nuestros pecados y el cambio de orientación de nuestras conductas. Como en Isaías 40,3, se apuntaba a la realidad nueva de la vuelta del destierro, la predicación de Juan vislumbra la gran novedad de la Nueva Alianza, que trae la liberación en la espera del universo nuevo en que habite la justicia. A ver y a escuchar a Juan acuden muchos judíos, también los dirigentes religiosos, los fariseos y saduceos, pero Juan el Bautista los denuncia y acusa duramente: “¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna” (Mateo 23,33)? La conversión reclama frutos y obras, e implica una aceptación personal de Dios y una adhesión real a aquél que viene en su nombre. Refugiarse en falsas seguridades no vale. Permanecer en Jerusalén, en su templo y en su forma de vivir la religión, sin realizar el éxodo liberador, no sirve para nada. Los religiosos de la época se ilusionaban diciente: “tenemos por padre Abrahán”. Pero si no hay conversión, si la vida sigue igual que antes, si no se transforma nuestra mentalidad religiosa y social, si no nos lleva a apresurar con nuestras actitudes y comportamientos el futuro de justicia que esperamos, el día del Señor llegará y hará justicia según su promesa, restableciendo el orden cósmico, consumiendo con fuego esta tierra, y poniendo al descubierto todo lo que se haya hecho en la tierra, lo que hayamos hecho en esta tierra. La salvación no está garantizada por el rito del bautismo, ni por ningún otro rito, sino por la conversación que el bautismo supone. Por eso la conversión apremia.


Contemplando la figura y la misión de Juan Bautista, expresamos que el tiempo de Adviento que estamos recorriendo no es, sin más, un rutinario tiempo del calendario que viene y luego se va y desaparece. Pensar así es propio de un cristiano que ha pactado con la mediocridad. Para un buen cristiano el Adviento viene con el fin de dejar en nosotros una impronta maravillosa de fe y de misterio. La verdad profunda de este tiempo fuerte es que Dios Padre toma la iniciativa para venir a nosotros y otorgarnos un conocimiento nuevo para restablecer un pacto o alianza nueva de salvación y concedernos una gracia de eternidad. Viene para darnos al Hijo y la filiación del Hijo, anticipando en cada uno de nosotros la vida eterna. Isaías anuncia el fin del sufrimiento y el comienzo de la liberación. Los pecados que ocasionaron que fueran llevados al destierro fueron graves, pero han sido suficientemente pagados o cancelados. Ahora el Señor consuela a su pueblo y le anuncia el retorno gozoso a Israel. El pueblo de exiliados es descrito como un rebaño que Dios guía y apacienta como pastor.


Hoy este mensaje de esperanza de la palabra de Dio, que nos brindan las tres lecturas, adquiere un significado pleno y actual y nos convoca a todos nosotros a la conversión, porque el Señor Jesús viene, misteriosa pero realmente. Y hay que saber discernir la situación para saber ver al Señor Jesús que quiere transformar nuestras vidas.


Continuemos: el pueblo de Israel ha vivido una experiencia intensa. La vida sin Dios le ha llevado al exilio. Pero con Dios retorna a la patria de su identidad. Y este mismo mensaje la Iglesia, apoyada en la palabra de Dios, lo aplica hoy a todos nosotros los cristianos. Cuando nos alejamos de Dios perdemos nuestra identidad, nos alejamos de nosotros mismos y nos convertimos en unos exiliados espirituales. Hemos abandonando al Dios verdadero y nos hemos fabricado nuestros propios ídolos. Nos hemos dejado contagiar y nos hemos fabricado a nuestros propios ídolos. Nos hemos dejado contagiar de la frialdad e indiferencia de nuestro tiempo y hemos cambiado la fe por la razón. Hemos sustituido al Dios de los profetas, al Dios del Evangelio, por el dios de los filósofos, de los líderes de la modernidad y posmodernidad. El orden cristiano ha sido sustituido por una política sin derecho divino, una moral sin Dios, una religión sin dogmas ni misterios. A la luz de todo lo que está sucediendo en las sociedades de hoy se está viviendo una corriente de secularización sin precedentes que ha tomado las mentes y los corazones y ha hecho surgir una religión laica que, instalada en la finitud, domina sin descaro a la sociedad.


El hombre y la sociedad actual han abandonado la esperanza cristiana y ha perdido el sentido de lo eterno. Ha sustituido el culto al Dios verdadero creando nuevos horizontes terrenales de sentido, nuevas formas de experiencia sensible y emocional con las que intenta sobrepasarse a sí mismo diluido en formas modernas de placer y bienestar. Son el amor al lujo, la sed de ganancias ilimitadas, el dinero abundante con su enorme poder adquisitivo, con su capacidad de degradación de los más altos valores de personales en aras de los meramente materiales, haciendo de las personas seres poseídos más que poseedores, insensibilizando a muchos ante los sufrimientos y carencias de la mayoría. Son también el consumismo insultante, el cultivo refinado del cuerpo, el consumismo alocado y obsesivo, los viajes lujosos, las noches alienantes, las reivindicaciones exageradas de autonomía, el consumismo con su fuerza degradante. Es evidente que al hombre poseído de tales ídolos le es difícil compaginarlas con el sentido de lo eterno.

El Adviento es una llamada a la sensatez, a la verdad, a la identidad, una llamada a la esperanza que nunca falla. El evangelista Marcos indica el camino. Comienza ahora si el “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” y lo culminará con la confesión del centurión al pie de la cruz.


PRIMERA LECTURA TOMADA DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS 40,1-5.9-11.-


Los primeros años del exilio en Babilonia fueron harto difíciles, pero, después los israelitas se adaptaron a las nuevas circunstancias y muchos llegaron a ocupar posiciones sociales de prestigio. Pasados cuarenta años surge un profeta. Era un hombre iluminado, un poeta sensible, un teólogo genial; seguía con interés los acontecimientos políticos de su tiempo y se había dado cuenta de que el imperio de Babilonia se estaba agrietando, mientras crecía vertiginosamente el poder de Ciro. Había llegado el momento de despertar en los exiliados la esperanza del fin de la esclavitud y del inminente regreso a la tierra de sus padres. El profeta comenzó a hacer circular entre los deportados sus intuiciones, presagios y esperanzas y, para evitar las sospechas de las autoridades babilónicas que lo podrían acusado de subversivo, recurrió a un lenguaje cifrado, empleó imágenes que solamente los israelitas estaban en condiciones de comprender. El profeta anunció la inminente liberación de la esclavitud de Babilonia haciendo referencia a los milagros que tuvieron lugar durante el éxodo de Egipto y prometiendo prodigios aún mayores.


Los israelitas que se habían acomodado e instalado en Babilonia, se olvidaron de su pertenencia al pueblo elegido y lo que habla el profeta lo consideran como fábulas desprovistas de todo valor. Estos exiliados de fe débil, incapaces de acoger la invitación de Dios, no tuvieron ni la fuerza ni el coraje de iniciar una nueva vida y se dispersaron entre los babilonios. Ciertamente, la historia de Salvación continúo sin ellos. Y qué duda cabe, como hoy también sucede en las sociedades satisfechas y llenas de bienestar material, el peligro mayor del exilio no fue la dureza que ello conlleva, sino sus atractivos y fascinación que brindaba la sociedad babilónica. La experiencia de estos deportados es un aviso para nosotros los cristianos y para quienes, como ellos, se adaptan a una vida banal y sin perspectivas, aunque sea cómoda y sin problemas, y rechazan las apremiantes invitaciones del Señor a dejarse liberar, a mirar al futuro con los ojos de Dios.


El profeta comienza con una invitación apasionada: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, anúncienle a Jerusalén que se ha cumplido su condena ya que de la mano del Señor ha recibido doble castigo por sus pecados” (veros 1-2) son las palabras de Dios que nos muestran un Dios amoroso, con mensajes llenos de humildad y ternura, colmados de emoción y de compasión total. Como los ladrones que debían pagar el doble de lo robado, Israel había pagado por sus errores duramente con el exilio, y que había tomado conciencia de que es justo lo que siempre sucede cuando uno se aleja de los caminos de Dios. En el lenguaje corriente “consolar” equivale a pronunciar palabras de ánimo, comunicar un poco de serenidad a quien está afligido, pero no modifica la situación personal que causa dolor. La consolación de Dios no se reduce a una tenue caricia que alivia el sufrimiento. Dios consuela socorriendo a quien se encuentra en situación desesperada, consuela al derrotado levantándole del polvo, cambiando su lamento en danza y su grito en cantos de júbilo. Dios consuela, es decir, libera a los hombres de todas sus esclavitudes a través de su palabra que no es frágil como la hierba que se seca o efímera como la flor que se marchita, sino que es viva y eterna y que no regresa nunca a Dios sin haber realizado lo que Él deseaba sin haber completado aquello para lo que había sido enviado.


Y entonces se levanta una voz, un grito poderoso llamando a todos los hombres a preparar los caminos del Señor que debe venir, y es así como el profeta nos dice (versos 3-5): “¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! Que los valles se levanten y las colinas se aplanen”. Así, la construcción de un camino es la condición para que el Señor venga a consolar a su pueblo. ¿Cómo entender la preparación del camino con ese “aplanar cerros y colinas, rellenar quebradas y barrancos”? Como sabemos el profeta vive en el exilio. Un inmenso desierto separa Palestina de Mesopotamia y el camino que unía en la antigüedad a Babilonia con las ciudades de la costa mediterránea no atravesaba el país de Jesús, sino que, desviándose hacia el norte, lo bordeaba por casi mil kilómetros. La voz misteriosa invita ahora a los exiliados a trazar una nueva vida, espaciosa y directa, que permita llegar, de manera agradable y expedita a la meta a donde el Señor quiere conducirlos. Por eso, el profeta acumula una serie de imágenes para resaltar los compromisos que debe asumir quien quiere dar un espacio a Dios en la propia vida. Pide preparar el camino al Señor: no una vía cualquiera que conduzca al hombre a Dios, sino una vía que permita a Dios llegar al hombre.

La apertura de este nuevo camino indica las disposiciones interiores a abandonar los senderos antiguos, los que Dios siempre ha rechazado: “Mis pensamientos no son sus pensamientos y mis caminos no son sus caminos” como lo expresa en Isaías 55,8. Los montes a desmontar y los valles a cubrir representan los impedimentos que obstaculizan el encuentro, la comunicación, la estima recíproca de pueblos de distinta cultura, raza y religión. Solo removiendo estos obstáculos es posible preparar un camino al Señor, el camino del entendimiento, del perdón, de la reconciliación. Por eso, en una visión grandiosa (versos 9-11), el profeta describe el regreso de los exiliados a la ciudad santa. No los guía un hombre, como había sucedido durante el éxodo de Egipto, sino que es el Señor mismo el que los precede y como un pastor que conduce a sus ovejas: “lleva en brazos a los corderos y hace recostara las madres”.


La imagen es fuertemente conmovedora; muestra la ternura de Dios hacia los más débiles. Tierno, dulce, paciente, Dios respeta los tiempos y ritmos espirituales de cada uno, aprecia a quien camina rápido, pero dirige su atención y sus cuidados a quienes avanzan lentamente, a quien se retrasa. Y así, cuando el grupo de los exiliados está llegando a la ciudad de Jerusalén, algunos se separan de los demás y corren para anunciar la alegre noticia de la liberación. Sión es invitada por el profeta a ser la anunciadora de las Buenas Noticias. El mensaje de alegría, el Evangelio por ella proclamado, es: Dios no abandonará jamás al ser humano; irá a buscarlo en cualquier tierra de esclavitud; lo tomará en brazos y lo acompañará a lo largo del camino que conduce a la libertad.


Dios, pues, no nos ha abandonado ni nos ha olvidado. En la actualidad podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia, las guerras y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y los débiles son olvidados y no son tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con marcado egoísmo, con indiferencia letal. Sin embargo, Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre, por mucho que esta sociedad actual lo niegue, no quiera aceptar la evidencia de un Dios lleno de amor y ternura y con absoluta soberbia margine a Dios y a su infinita presencia misericordiosa en la vida de los seres humanos, de la humanidad.


Hoy, en el “aquí y ahora” quedan muchas barreras por derribar y muchos obstáculos por superar para que el pueblo de Dios pueda vivir tranquilamente en su casa, en medio de un mundo pacífico, unido y fraterno. Un mundo en el que los más pequeños sean los más queridos, y las relaciones humanas pasen por el corazón más que por las armas. Muchas veces, la tarea parece imposible, pero no es imposible, porque sabemos que Dios viene a consolarnos. Dios nunca nos ha abandonado, somos nosotros los que nos alejamos del calor y del cariño de Dios, por eso Isaías nos invita a volver a casa, porque Dios quiere caminar con nosotros, para ello enderecemos todo lo torcido que haya en nuestras vidas, igualemos todo lo que nos hace tropezar, todo lo hace crear diferencias entre los seres humanos, todos somos iguales, y entonces, Dios mismo acompañará nuestro regreso a casa.


SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA SEGUNDA CARTA DE SAN PEDRO 3,8-14.


Los primeros cristianos estaban convencidos de que el Señor Jesús cambiaría el mundo; sin embargo, unas décadas más tarde, se dieron cuenta de que sus esperanzas, sus expectativas estaban terminando en desilusión. Comenzaron a extrañarse del retraso y surgieron las primeras dudas sobre la fidelidad de Dios a sus promesas. Los no creyentes se burlaban de ellos y de sus esperanzas y decían irónicos: “ ¿Dónde queda la promesa de su venida? Pues desde que murieron los Padres, todo sigue como al principio de la creación” (2 Pedro 3, 4).


Pedro en su segunda carta, les dirige una palabra de aliento y aclara los motivos de la tardanza de la venida del Señor Jesús. En el pasaje de la carta que leemos este domingo, Pedro propone dos razones. Uno. ante todo, la manera que tiene Dios de medir el tiempo es diferente a como lo medimos los seres humanos, por eso en el verso 8 dice: “Queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día.” Dos, y si el Señor no destruye el mundo, a pesar de la cantidad de sus iniquidades, es porque quiere que todos los hombres tengan tiempo para convertirse y salvarse: “No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión” (verso 9). Dios, pues, no acelera los tiempos porque respeta al hombre y busca conquistarlo para su Amor. Su aparente retraso hay que entenderlo como una señal de misericordia, de paciencia, de su deseo de no perder a ninguno de sus hijos.


Pedro, no obstante, quiere despejar un equívoco que se tenía en las comunidades cristianas: la venida del Señor Jesús no hay que imaginarla como un regreso glorioso para aniquilar a sus enemigos. Detrás de esta creencia se esconde la idea de que su primera venida en el pesebre de Belén, y su sacrificio en la Cruz, fueron un fracaso y que, por tanto, regresa ahora para llevar a cabo, con mano poderosa, aquel proyecto que no había sido capaz de realizar con la dulzura y amor. NO. Todas sus venidas son gloriosas; son revelaciones de su bondad, de su justicia, de su voluntad de no perder a ninguna de sus criaturas.


Sin embargo, la espera del cumplimiento de las promesas de Dios no debe llevar a la pasividad sino a vivir y trabajar para que el mundo camine por sendas de paz y reconciliación. Y si la última venida de Cristo se retrasa, no es porque Dios no haga realizable su promesa, a Dios hay que tenerle paciencia, y Él pacientemente nos da esta prórroga, este alargue para que nos convirtamos; nos da tiempo a los que necesitamos tiempo para convertirnos. Dios es grande y su misericordia infinita, su amor a los seres humanos es inagotable. Por eso, lo que a nosotros nos parece tardanza no es otra cosa que paciencia y misericordia con los pecadores. Queda claro que los seres humanos no debemos de abusar de tanta misericordia y perder el tiempo que Dios nos da para convertirnos. Pues lo cierto es que el día del Señor llegará cuando menos se piense, repentinamente, como llega un ladrón sin dar aviso. Hay que vigilar en todo momento, como Jesús nos pedía en el evangelio del primer domingo de Adviento.


En suma, la misericordia de Dios es la que prolonga los tiempos, y cada uno y todos deben abrocharse de ello para la propia conversión y la cooperación a la de los demás. En vez de dejarse absorber por los acontecimientos terrenos, el cristiano debe vivirlas con el corazón enderezado y por ello estar preparados siempre. Por eso, todos los cristianos y cada uno de los que seguimos Jesús, procuremos no desoír y estar atentos al mensaje de Pedro para que nuestra espera no sea pasiva, llevada por las olas y vientos del mundo, y cuando venga Jesús nos encuentre en paz, sin mancha ni reproche. En otras palabras, para aquel día y antes del fin de nuestra vida personal, con la certeza y la confianza absoluta que la vida terrena cederá el lugar a la vida eterna, para encontrarnos, para encontrarse personalmente con Cristo Salvador.


EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS 1,1-8.-


Cuando el evangelista Marcos, exclama: he aquí la Buena Noticia: la nueva realidad ha surgido; pueden verificarla: en el mundo está presente el reino de Dios. Las preguntas que se hacían los cristianos del siglo I d.C: ¿Cómo y dónde y cuándo ha tenido su origen el mundo nuevo en el que nosotros hemos entrado mediante la fe? ¿Cuál es nuestra historia? Para responder a estas preguntas, en los años 60 d. C, cuando todavía muchos testigos oculares estaban vivos, se decide escribir en Roma un texto oficial que narre el origen y presente el contenido de la Buena Noticia. Para escribir esa Buena Noticia, se escoge a Marcos, un discípulo muy querido y que la tradición identifica con el “hijo de María”, la dueña de la casa donde solía reunirse la primera comunidad cristiana de Jerusalén: “Consciente de su situación, marchó a casa de María, madre de Juan por sobrenombre Marcos, donde se hallaban muchos reunidos en oración. Llamó él a la puerta y salió a abrirle una sirvienta llamada Rode; quien, al reconocer la voz de Pedro, de pura alegría, no abrió la puerta, sino que entró corriendo a anunciar que Pedro estaba en la puerta.” (Hechos 12,12-14). Podría tratarse de aquel joven quien, en el momento en el tomaron preso a Jesús, se encuentra en Getsemaní y que huyó desnudo cuando los guardias tomaron la sábana en la que estaba envuelto: “Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo; y le detienen. Pero él, dejando el lienzo, se escapó desnudo” (Marcos 14,51-52).


El evangelista Marcos podría haber sintetizado en el Evangelio densas formulaciones teológicas, pero ha escogido otro género literario: la narrativa. Todo comenzó, escribe, cuando Juan se presentó en el desierto para hacer un llamamiento a la conversión de su pueblo y Jesús de Nazaret fue a buscarlo para ser bautizado. Allí tuvo su origen nuestra historia; allí comenzó el Evangelio. Para muchos, los evangelios son solo cuatro libros en el que se narran los acontecimientos de la vida de Jesús; sin embargo, el uso de llamar evangelios a estos textos fue introducido decenas de años después de haber sido escritos. ¿Qué significa EVANGELIO? Originariamente esta palabra no indicaba un libro sino simplemente una buena noticia traída por un mensajero. Eran evangelios los anuncios de victoria, de acontecimientos afortunados, de acuerdos de paz y, sobre todo, las noticias sobre el nacimiento, vida y empresas gloriosas del emperador de Roma, porque suscitan esperanza de bienestar, de salud, de paz. Quienes oían estas noticias se llenaban de alegría.

Cuando Marcos escribe su libro, el emperador Augusto había muerto y es, por tanto, posible hacer un balance de la ocurrido después de él: sus legiones han puesto fin a los desórdenes que habían azotado la ciudad de Roma durante un siglo; con Augusto ha comenzado un período de prosperidad y paz en toda la cuenca mediterránea y muchos pensaron que se había iniciado la edad de oro, pero no fue así, por un sinnúmero de hechos y sucesos trágicos. Escogiendo el término EVANGELIO, Marcos quiere decir a sus lectores: los evangelios de los emperadores han traicionado las expectativas; la Buena Noticia que a nadie desilusiona es otra: es Jesús, Ungido del Señor, Hijo de Dios.


Marcos nos dice que con Jesús comienza algo nuevo, y es lo primero que nos quiera dejar en claro. Todo lo anterior pertenece al pasado, ese algo nuevo es inconfundible. Con Jesús llega la Buena Noticia de salvación. Eso es lo que están experimentando los primeros cristianos. Quien se encuentre vitalmente con Jesús y penetra en su vida, es que con Él empieza una vida nueva, algo que nunca había experimentado anteriormente. Los que encuentran en Jesús es una Buena Noticia. Algo nuevo y bueno. La palabra “Evangelio” expresa lo que sienten al encontrarse con Jesús. Una sensación de liberación, alegría, se pierden los miedos. En Jesús se encuentran con la “salvación de Dios”. Cuando alguien descubre en Jesús al Dios amigo del ser humano, el Padre de todos los pueblos, el defensor de los últimos y perdidos, sabe que no encontrará una noticia mejor. Cuando uno conoce el proyecto de Jesús de trabajar por un mundo dichoso, sabe que no podrá dedicarse a nada más grande. Comentemos el evangelio.


“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios” (verso 1)


El Evangelio o Buena Noticia es Jesús mismo, el protagonista del relato que va a escribir Marcos. Por eso, su intención primera sobre Jesús no es darnos información biográfica sobre Él, sino ganarnos para que nos abramos a la Buena Noticia que es Jesús; nos introduce en un compendio de la persona, enseñanzas y obras realizadas por Jesús. Así, el verso 1 se trata, más bien, de una frase introductoria compuesta deliberadamente por Marcos. Con la primera palabra de su libro, ha querido recordar no sólo a Jesús, sino la primera palabra del libro del Génesis: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra.” El mundo, salido bueno de las manos de Dios, se había corrompido después y los israelitas, desde hacía muchos siglos, estaban a la espera de que se cumpliera la promesa: “Y voy a crear un cielo nuevo y una nueva tierra; de lo pasado no quedará recuerdo” decía por la boca de Isaías (Isaías 65,17).


Veamos más sobre el primer verso. EVANGELIO procede de una palabra griega; “evanghelion” que literalmente significa buena nueva o excelente noticia; que Dios ha visitado y rescatado a su pueblo, que ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia y lo ha hecho más allá de toda expectativa. Dios ha enviado a su Hijo amado. JESÚS en hebreo “Yeshúa” quiere decir “Dios salva”. En el caso particular del Hijo de la Virgen María, este nombre expresa adecuadamente su identidad y su misión: Él verdaderamente es Dios que ha venido a rescatar a su pueblo, tomando de una Mujer la naturaleza humana. Jesús es en el pleno sentido de la palabra: “Dios- con- nosotros” (Isaías 7,14 y Mateo 1,23), y únicamente Él de modo admirable e insospechado, ha realizado las promesas de salvación hechas desde antiguo a Israel y a la humanidad entera: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Génesis 3,15). La misión que Jesús llevó a término fue la de rescatar definitivamente a toda criatura humana del pecado y de la muerte.


Este Jesús es el “CRISTO”, “Mesiah/Mesías” en hebreo, y que traducido quiere decir “Ungido”. Y si bien no consta que fue ungido con óleo sagrado, sí consta que fue ungido con el mismo Espíritu Santo, que en forma de paloma descendió visiblemente sobre Él al ser bautizado por Juan en el Jordán, cumpliendo lo que el profeta Isaías había proclamado. Asimismo, como sello de su origen divino, Marcos atribuye a Jesucristo con el título de “HIJO DE DIOS”, con ello expresa que por su presencia humana-divina del Señor Jesús ha instaurado ya el Reino de Dios en la tierra: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha traído a todo el perdón de los pecados y ha abierto a todos las puertas de la vida eterna, prometida a los que en Él esperan.


“Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (versos 2-3)


Marcos no comienza repentinamente con la venida de Jesús, sino con un tiempo de preparación. En este tiempo de preparación, “Mira yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino”, se acentúan por lo menos tres elementos. El primero de los cuales es la Sagrada Escritura, ya que la Buena Noticia de Jesús les dará una realización concreta y el evangelio solo se podría comprender auténticamente meditado incesantemente las páginas de las que Dios ya había hablado. Las palabras que relata Marcos citando a Isaías aluden a un camino que hay que preparar: el camino de Dios hacia su pueblo y el camino del pueblo hacia Dios.

La imagen del precursor o heraldo usada por Isaías tenía indudablemente una honda resonancia para sus contemporáneos, pues evocaba la costumbre existente en el imperio babilónico de preparar el camino cuando el rey retornaba victorioso de una campaña militar. Isaías es enviado a anunciar el retorno a la tierra prometida. Y la celebración se daría en Jerusalén con una marcha triunfal. Entonces un pregonero o mensajero iría por delante, exhortando a todos a allanar los caminos para el paso triunfal del Señor. Ya cerca de Jerusalén, el heraldo o mensajero anunciaría la buena noticia a todos sus habitantes: “Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor vuestro Dios llega con poder, y su brazo manda.”

El “preparad el camino del Señor”, el “camino” tiene un sentido de éxodo liberación y el “desierto” de conciencia y preparación.


“Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (verso 4).


Y el grito de Isaías es repetido y transmitido en el Evangelio de Marcos, a través de Juan Bautista, el mensajero de Dios pide conversión para que sean perdonados los pecados. Entra, pues, en escena Juan el Bautista, un asceta que ha plantado su morada en el desierto de Judá y que vive al margen de las estructuras sociales, políticas y religiosas. Es hijo de un pueblo que, desde siglos, está de camino: ha salido de Egipto para entrar a la tierra prometida, se ha convertido de nuevo en esclavo en Babilonia y ha sido reconducido por Dios a Jerusalén. Cuando el pueblo se creía finalmente libre, se presenta Juan, hijo de Zacarías, invitando al pueblo a caminar de nuevo. Son palabras ya oídas: son palabras con las que, en Babilonia casi seis siglos antes, el profeta animaba a los exiliados a regresar a su tierra.


La entrada en escena de Juan Bautista, es el segundo elemento del evangelio. El envío de Juan Bautista capaz d indicar a la humanidad el camino del desierto, el lugar donde Dios ofrece la posibilidad de una auténtica conversión: “Así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”. El hombre pecador es mirado por Dios con misericordia infinita, por eso le llama a la conversión. Y si nos hemos convertido, demos frutos, obras, de conversión. Como cuando el profeta Isaías llama a los judíos deportados a iniciar una nueva vida y preparar un camino nuevo para el encuentro con Dios, así también Juan Bautista hace un llamado a todos a cambiar de vida, porque ya estaba muy cerca Jesús, y hoy es para nosotros la misma necesidad, el mismo llamado: transformar nuestras vidas, volvernos a Dios, porque Él se ha vuelto a los hombres, maravillosamente como con el retorno de los exiliados judíos, Dios va a su encuentro y camina delante de ellos; así también hoy Él se ha vuelto a nosotros, sale a nuestro encuentro y al encuentro de todos los seres humanos para caminar con nosotros,


“Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados” (verso 5).

Muchos siguen este llamado-invitación de Juan Bautista: dejan Judea y corren hacia él para ser bautizados. Han comprendido que es necesario repetir la experiencia del éxodo, que deben ponerse en camino para llegar a la verdadera tierra prometida. No es Palestina ni Jerusalén la meta última del pueblo de Dios.


Este es el tercer elemento del evangelio: es el mismo pueblo que, por la predicación de Juan, camina penitente hacia el desierto, como el pueblo del éxodo. Por consiguiente, está naciendo un pueblo nuevo, aunque se requiere una condición: que el hombre se ponga en camino, salga y se dirija donde está Juan Bautista para acoger su mensaje de conversión y caminando juntos hacia el lugar donde resuena la Palabra de Dios, es así como el pueblo podrá reconstruirse.



“Juan llevaba un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre” (verso 6).

Marcos, pone una especial atención a la vestimenta y a la comida frugal de Juan Bautista. No paseaba envuelto en delicados y suaves vestidos como lo hacen los que viven en los palacios; no se nutría de productos cultivados del campo sino de lo que se encuentra y crece espontáneamente en el desierto. Lo suyo era un rechazo a una sociedad corrompida y frívola que, habiendo olvidado el sentido grandioso de lo simple, había olvidado también a su Dios.


Juan Bautista vivió alejado del murmullo y de los ruidos que no dejan prepararse a los hombres para tener un ambiente favorable para oír la llamada de Dios, para escuchar la llamada a la penitencia. Porque quien predica, debe hacerlo más con la vida, es decir con su testimonio personal más que con las palabras. Y para oír a quien nos interesa, debemos hacerlo en un clima de silencio, para oír a Dios, debemos callarnos y hacer oración.


“Y proclamaba: ‘Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias” (verso 7).


La figura del Bautista causó una fuerte conmoción en Israel. Hasta Flavio Josefo el historiador judío, se hace eco, diciendo que Antipas “temió la grande autoridad de aquel hombre”. Hubo un momento en que las gentes pensaron ante la figura ascética y profética de Juan, que anunciaba la llegada inminente del Reino, si él mismo no sería el Mesías. El mismo Sanedrín de Jerusalén le envió una representación para que dijese si era él el Mesías. Y éste es el momento, en que los evangelios sinópticos como en Juan, en que el Bautista declara que él solo es un “esclavo”, pues él no es digno de ejercer con Jesús el oficio de los esclavos: “descalzarle”. ¿Qué significa? Que él no puede suplantar a Jesús, porque Jesús es el único en quien todos los hombres encuentran la salvación y la plenitud de la vida.


Juan el Bautista tenía, pues, una misión que cumplir: preparar el camino para el encuentro de amor con Jesús. La extraña vestimenta que vestía era de los profetas y, en particular, la de Elías. El contenido de su predicación era el anuncio de la venida de alguien más fuerte que él que bautizaría con Espíritu Santo.



“Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo” (verso 8).


Bautizar significa “sumergir”. Juan hacía entrar en el agua a aquellos que acogían su invitación a la conversión. El gesto expresaba la ruptura definitiva con la conducta anterior y la decisión de llevar una vida completamente nueva. Este bautismo, sin embargo, no era suficiente: el agua del Jordán no comunicaba la vida; lavaba solamente el cuerpo. Era necesario otra agua, una que penetrará en el hombre como sangre o savia vital. Juan Bautista la prometía e indicaba a Aquel que la donaría. Por cierto, el agua que sumerge mata, por el contrario, la que penetra como linfa o savia, la que es asimilada por las plantas, por los animales y por el ser humano, es vida. En estas dos funciones del agua se recuerdan los dos momentos de nuestro bautismo: la muerte al pasado está simbolizada por el inmersión en el agua; el don del Espíritu Santo, por el agua viva obtenida por Jesucristo: “Quien tenga sed venga a mí; y beba quien cree en mí” (Juan 7,38).


Ahora bien, el bautismo, como rito de penitencia para el perdón de los pecados causó discusión o polémica entre los primeros cristianos, ellos pensaban que Jesús no tenía necesidad de semejante bautismo. Por otra parte, este hecho preocupaba que pareciera que Juan Bautista fuese superior a Jesús. Sin embargo, el plan de Dios preveía también esto, y Jesús, Hijo obediente, se somete dócilmente a la voluntad del Padre, haciéndose solidario con los hombres y cargando con sus pecados. Cierto que el bautismo de Jesús por Juan, es un hecho que tiene un gran misterio, los evangelistas Marcos, mateo y Lucas se refieren a este hecho, pero con diferentes matices, no obstante, dicen los mismo, confesar y obtener el perdón de los pecados.



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