• merced liberadora

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO DE JESÚS Y EL TESTIMONIO DE JUAN BAUTISTA:

“ÉL NO ERA LUZ, SINO EL TESTIGO DE LA LUZ”


La Iglesia nuestra madre, celebra el III Domingo de Adviento del Ciclo B. Es el Domingo del Gaudete. El tono general de este III Domingo de Adviento está dado por la antífona de entrada: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito: estad alegres. Que vuestra mesura sea conocida de todos los hombres” (Filipenses 4,4-5). Esta doble invitación a la alegría se expresa en latín con una sola palabra: “GAUDETE”. Y esta exhortación que nos hace Pablo es la que ha dado tradicionalmente el nombre de este Domingo del Gaudete, ubicado en el centro mismo del Adviento, en este tiempo santo y fuerte que estamos viviendo. Por esta razón, se abre como una mitigación en la nostalgia por la ausencia del Señor Jesús. Una análoga invitación a la alegría había sido empleada, tiempo antes, por el ángel Gabriel, cuando, enviado por Dios, entró en la presencia de María, la Virgen de Nazareth: “Y entrando, le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lucas1,28). Con este saludo llegaba para ella y para todo el pueblo de Israel la definitiva invitación al júbilo mesiánico ya que por ello Dios mismo se disponía finalmente a dar cumplimiento a todas las promesas de salvación hecha por Dios a Israel: “Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén. He aquí que viene tu rey: justo Él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino de asno. Él suprimirá los cuernos de Efraín y los caballos de Jerusalén; serán suprimidos el arco de combate, y Él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra” (Zacarías 9, 9-10).


Ciertamente la alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús de Nazareth. Quienes se dejan salvar por Jesús son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesús y su evangelio siempre nace y renace la alegría. Y con el talante que nace del Evangelio, con el gozo de su anuncio, los cristianos en todo el mundo debemos, debemos ser conscientes de que el encuentro personal con Jesús es el acontecimiento fundamental capaz de transformar el corazón y la vida del ser humano. La Iglesia proclama la gran alegría mesiánica, que procede del Espíritu de Dios y se manifiesta en los testimonios proféticos de todos los tiempos. Pablo en el primer escrito del Nuevo Testamento, invita a los creyentes a permanecer siempre en la alegría de la espera del Mesías, Jesús: “Estad siempre alegres, Orad constantemente. En todo dar gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Tesalonicenses 5, 16-18). Y en virtud de aquel en quien los cristianos tenemos puesta la esperanza, si nuestra vida se va configurando progresivamente según el Espíritu de Dios en una radicalización creciente de signo profético de la cercanía y presencia de Dios en la historia humana. De ahí que no debemos apagar ninguna chispa del Espíritu en el mundo y debemos avivar, redescubrir y valorar los testimonios y las acciones de los profetas de nuestro tiempo presente, en ese “aquí y ahora”.


También Isaías en el texto que leemos este domingo nos revela la misión del profeta proclamando un año de gracia del Señor como un tiempo de liberación de los pobres, oprimidos y cautivos. El magnífico poema que nos presenta el Tercer Isaías destila la alegría de la liberación y del consuelo por el cambio de situación que habría de producirse en Israel del siglo V a. C. desapareciendo la injusticia, la opresión y la pobreza. Pero el profeta también hace una contraposición sumamente llamativa entre el año de gracia y el día de venganza. El día de desquite o de venganza se identifica en los profetas con el “día del Señor”, un día de juicio de Dios y de confrontación del Señor con todos aquellos pueblos y personas, incluso israelitas, que se opongan al plan de justicia de Dios. Qué duda cabe que el texto de Isaías tuvo su pleno cumplimiento en Jesús, el cual anuncia y hace extensiva la gran alegría del evangelio a los pobres de toda la tierra. Por eso, el carácter universal de este mensaje gozoso es la palabra de la esperanza que en este Adviento debe proclamar la Iglesia para que la Navidad, celebración del nacimiento de Jesús, sea anuncio de gracia en medio de tantas desgracias que nos presenta la vida presente.


El texto de Isaías, además de proclamar la alegría y el gozo en la presencia de Dios, también anuncia las características del futuro Mesías y los frutos de su misión. Así, pues, la misión del Salvador está trazada por Isaías. En la sinagoga de Nazaret, Jesús leyó este pasaje y se lo dedicó a sí mismo, porque en Él se cumplió plenamente esa profecía: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues a decirles: ‘Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.’” (Lucas 4,18-21). En Jesús, pues, se cumplió plenamente la profecía. Y no podía ser de otro modo, ya que, en Jesús, se cumple el poder de salvación universal que no se limita a sanar las miserias de un pequeño pueblo- como Israel- sino que se extiende a curar las de toda la humanidad, sobre todo liberándola de la miseria más temible, que es el pecado, y enseñándole a transformar el sufrimiento en medio de felicidad eterna. “Bienaventurados los pobres, los afligidos, los hambrientos, los perseguidos porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5,10). Este es el sentido profundo de su obra redentora, y de Él deben hacerse mensajeros los cristianos haciéndolo comprensivo a los hermanos y ofreciéndose con generosidad para aliviar sus sufrimientos. Entonces la Navidad del Salvador tendrá un sentido aún para los que se hallan lejanos y llevará la alegría al mundo.


En el texto del evangelio de Juan, reaparece la figura de Juan Bautista, este se ve como testigo y profeta del Mesías que está por llegar. Juan Bautista, era primo de Jesús, pero no lo conocía, según nos dice él mismo.

Fue su Precursor, apareció en el desierto para anunciar la llegada del Mesías. Por todo esto, Juan Bautista es un personaje central del Adviento, este tiempo santo y fuerte de preparación que la liturgia nos ofrece antes de la Navidad. Juan es el primero que enseña a la humanidad el camino definitivo. El domingo de la alegría retoma por tanto la imagen del Señor como la alegría de una boda. Juan muestra quién es el verdadero “esposo” de la humanidad, a quien él no es capaz de desatar las correas de sus sandalias. El domingo anterior habíamos señalado que “Desatar la sandalia” era un acto publico por medio del cual una persona adquiría los derechos jurídicos de otro, concretamente en el caso del levirato cuando un pariente cercano asumía los derechos del esposo.


Juan Bautista, en contraste con la primera y segunda lectura que nos invitaban al gozo y a la alegría, es demasiado serio para hablarnos de alegría, pero el testimonio de la luz que inundará el mundo, ya es también motivo de gozo y alegría. Es importante que veamos lo que nos narra Isaías para comprender a Juan Bautista. En el escenario de Isaías vemos un personaje de pie al centro del escenario, rodeado de una multitud sentada en el suelo, pobremente vestida. Son los antiguos desterrados en Babilonia, actuales oprimidos por el imperio persa. El ambiente está en penumbras y una luz iluminaba el rostro del protagonista. Mira a la multitud y abre la boca y expresa algo inaudito: “El Espíritu del Señor está sobre mí”. Esto suena a blasfemia. El Espíritu del Señor hace siglos que no se posaba sobre nade. Eso lo afirman los mismos rabinos: que el Espíritu se retiro después de la destrucción del templo de Jerusalén. Pero el personaje está seguro de lo que dice. Y les habla de la misión que llevará a cabo movido por el Espíritu. Se dirige a sus oyentes (campesinos) en su propio lenguaje para que puedan entenderlo: “Como el suelo echa sus brotes, como el jardín hace brotar sus semillas, así el Señor habrá brotar la justicia y los cantos de alegría ante todos los pueblos”.


Vamos, pues, comprendiendo mejor a Juan Bautista. El escenario se sitúa a orillas del río Jordán. En el centro del escenario Juan Bautista, rodeado de un grupo de sacerdotes y levitas. Las noticias que han llegado a Jerusalén son alarmantes e inquietantes. Cada vez más gente acude al río Jordán, y las autoridades temen que se produzca una revuelta. Juan Bautista predicaba un bautismo de arrepentimiento y conversión. Pedía con su predicación que la gente se convirtiera de la vida de pecado y se resolviera a vivir una nueva vida de acuerdo a la ley de Dios. Juan Bautista hablaba abiertamente de preparar el camino del Señor, rellenado lo hundido, aplanando lo alzado, enderezando lo torcido y suavizando lo áspero. Decíamos que la alarma había sonado en las autoridades religiosas y civiles de Israel que temían una rebelión popular con las lógicas consecuencias. Ante este escenario las autoridades religiosas empiezan a preguntarse: ¿Quién es Juan? ¿Es el Mesías, el rey que los liberará del poder romano? ¿Es cierto como dicen algunos, que es el profeta Elías, que ha vuelto a la tierra? ¿O es el profeta del que habló Moisés, el que otros esperan antes del fin del mundo? ¿Qué dice de sí mismo?


Lo asediarán con estas preguntas. ¿Quién eres? Juan es la alborada que precede a la luz verdadera. Es el primer anuncio. Con su nacimiento comienza a cumplirse la promesa de salvación. Pero había en él muchos rasgos que anunciaban al Mesías y por eso es necesario que lo aclare: “No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz”. A los sacerdotes y levitas les dice que no es el Cristo, que no es Elías, ni el profeta. Juan pues, nos deja un ejemplo de humildad y fidelidad a su misión. Juan Bautista define a Jesús: “En medio de vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás d mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia”. Con ese no ser digno de desatarle la sandalia, Juan Bautista no se refiere solo a un gesto de humildad, sino el hecho de que es Jesús el Mesías-Esposo de la humanidad, el único en quien todos los hombres encuentran la salvación y la plenitud de la vida. Juan no puede suplantar a Jesucristo. Mas bien debe disminuir para que Él crezca.


También las preguntas de los enviados nos revelan la situación de expectativa que se vivía entonces en Israel. Es que se estaba cumpliendo el tiempo, en realidad ya había llegado el tiempo de gracia y salvación. También se espera al Cristo, el Ungido, hijo de David que vendría a reinar y liberar al pueblo. Se esperaba que Elías que, habiendo sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, debía volver a la tierra. Se esperaba un profeta, según la antigua promesa de Dios transmitida por Moisés: “Yo les suscitaré de en medio de sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca y él les dirá todo lo que yo le mande” (Deuteronomio 18,18). Respecto a estos tres personajes Juan declaró: “No soy yo”. Pero fue exultado, también en esto. No soy Elías. Pero en su anunciación el Ángel Gabriel había dicho a su padre Zacarías: “Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías” (Lucas 1,17). Y Jesús va más allá aún: “EL es Elías, el que iba a venir” (Mateo 11,14). No soy el profeta. Pero, cuando Jesús habla a la gente, que había ido al desierto para ver a Juan el Bautista, les pregunta: “¿Qué salisteis a ver al desierto: un profeta?” Y Jesús mismo se responde: “Sí os digo, y más que un profeta… entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11,9). Entonces Jesús mismo exaltó a Juan. Juan Bautista no era la luz verdadera, pero participaba de él. Él no es la Verdad, pero daba testimonio de ella. Así lo declara Jesús: “Vosotros mandasteis enviados donde Juan y él dio testimonio de la verdad… el era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis una hora con su luz” (Juan 5,33.35).


Ahora bien, el gran derecho de los pobres, oprimidos y perseguidos, de los afligidos y sufrientes del mundo, es el derecho a la alegría, el derecho al don de la alegría, la que viene con el Espíritu del Mesías, que en la imagen del esposo sale al encuentro de la humanidad entera para hacer del encuentro una boda y una gran fiesta nupcial. Este derecho a la alegría aún no está presente en la Declaración Universal, pero pertenece a los dones mesiánicos y a lo más profundo de las aspiraciones del ser humano. Este plus de la alegría viene ciertamente con el Mesías. De ahí que la esperanza cristiana se concentre en la persona de Jesús, el Mesías, motivo único por el que realmente se celebra la Navidad, y cuyo puesto como esposo de la humanidad, doliente y afligida, nada ni nadie debe suplantar, ni siquiera Juan Bautista, el primer gran profeta. Ni mucho menos el mercantilismo de esta fiesta ni las distracciones deslumbrantes que han impuesto a la navidad.


Por eso, se hace necesario rescatar el sentido mesiánico de la alegría profunda de la Navidad, como don del Espíritu y como derecho de los pobres de la tierra, para los cuales, sin duda, con Jesús se anuncia la excepcional y singular buena noticia de la salvación y de la liberación, de la fiesta y de la gran alegría inherente al Evangelio de Jesús.


PRIMERA LECTURA TOMADA DEL LIBRO DEL PROFETA ISAÍAS 61,1-2ª.10-11.-

El domingo pasado escuchamos la apasionada invitación del profeta quien, en Babilonia invitaba a preparar el camino al Señor que estaba viniendo a liberarlos y reconducirlos a la tierra de su padres. Pocos años después, los sucesos políticos le dieron la razón: en el año 538 a. C. Ciro entró triunfalmente en Babilonia y decretó un edicto de libertad para todos los deportados. Confiados en la palabra del profeta al año siguiente un grupo de israelitas tomó el camino del regreso. Fue un viaje difícil, lleno de asperezas y peligros, y que concluyó con la más desagradable de las sorpresas: la acogida fría, hostil, de los israelitas que se habían quedado en Jerusalén. Fortalecidos por el entusiasmo y la esperanza los repatriados finalmente superaron las primeras dificultades, sin embargo, poco a poco, las desilusiones se sucedieron a un ritmo incontenible, siempre más amargas y desesperantes: la ciudad sin murallas, estaba indefensa, las casas en ruinas, las tierras de sus padres, ocupadas por otros. Hubo incluso años de sequía que redujeron a la indigencia a muchas familias. Además. Muchos de ellos terminaron por cargarse de deudas y se convirtieron en esclavos de terratenientes, explotadores sin escrúpulos. Y claro surgía la pregunta:¿ Qué ocurrió con las promesas escuchadas en Babilonia? ¿Fue todo un engaño?


En esta difícil situación surge el profeta y la lectura de este domingo nos trae las palabras con que se presenta a estos quebrantados y desanimados israelitas: “He sido enviado para infundir ánimo y esperanza a quien esta desilusionado, para sanar a quien tiene el corazón destrozado, para llevar la buena noticia a aquellos que sufren para anunciar la libertad a los esclavos y promulgar, en nombre de Dios, un año de gracia” (versos 1-12). No tiene armas ni dinero ni poder político para imponerse. Posee solamente la palabra. Es portador de una promesa seguro porque ha sido formulada por Dios: ha llegado el año jubilar. Ninguno, ya más deberá resignarse a vivir en la miseria y en la esclavitud porque ha llegado para los pobres el momento de alzar la cabeza y de recuperar la propia dignidad. ¿Se realizaron estas promesas? La situación, sí, mejoró un poco; pero las injusticias, la corrupción, la explotación, continuaron como antes. Era difícil seguir creyendo y esperando frente a a desilusiones tan crueles. Sin embargo, el pueblo no perdió el ánimo, convencido de que su Señor no lo traicionaría y de que, aunque no fuera inmediatamente, la palabra de Dios se cumplirá con toda seguridad.


Ahora bien, los profetas estaban dotados de una mirada nueva, veían el mundo de manera distinta y sabían vislumbrar ya el despertar de la aurora el esplendor de un día pleno. También Jesús, como los profetas miraba hacia lo lejos y contemplaba el mundo nuevo ya plenamente realizado; un mundo donde no habrá muerte ni pena, ni llanto ni dolor. En este sentido, sólo quien tiene ojos como los suyos y no se desanima frente a la realidad a veces cruel y absurda, cree en la realización de las promesas de Dios y ofrece su aportación para que la semilla del reino, plantada en tierra por Jesús, se desarrolle y llegue pronto a la madurez.


En la segunda parte del texto (versos 10-11) el profeta entona un canto de alabanza: “Desbordo de gozo con mi Señor y me alegro con mi Dios”. Son las palabras que también encontramos en la boca de María: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador” (Lucas, 1-48-47). ¿Cómo es posible que estos israelitas golpeados por desgracias, que viven en medio de dificultades, entonen a Dios un himno de alabanza? La respuesta, mirando a los profetas y a Jesús: tienen la mirada del creyente, porque están seguros de la fidelidad del Señor y convencidos de que Él liberará a los pobres, consolará a los afligidos, sanará los corazones quebrantados, que ya están viendo realizarse su promesa. El vestido triste de la viuda, el Señor los convertirá en “los vestidos de la Salvación”, cubren las heridas de la violencia, el “manto de la justicia” ha sustituido a los andrajos desgastados de los abusos y la ignominia. Cierto, aún no ha cambiado nada, pero la mirada del profeta se adentra en el futuro, más allá de los horizontes estrechos de las mezquindades humanas, invita a cultivar, aun en las circunstancias más dramáticas, el optimismo y la esperanza, fundados en la certeza de que Dios llevará a cumplimiento su proyecto sobre el mundo.


SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA PRIMERA CARTA DE SAN PABLO A LOS TESALONICENSES 5, 16-24.


Estamos al final de la Carta a los Tesalonicenses y Pablo, antes de los saludos, introduce algunas exhortaciones conclusivas sobre la vida comunitaria. Pablo nos recuerda lo mismo que San Pedro el domingo pasado, sobre nuestra preparación para la venida del Señor: “que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo”. También Pablo nos habla de la acción del Espíritu Santo en los mensajes proféticos, instruyéndonos sobre la correcta actitud al respecto: “No impidan, la acción del Espíritu Santo, ni desprecien el don de profecía; pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno”.


En concreto, ¿qué recomendaciones nos da Pablo? La primera es “Estén siempre alegres” (verso 16). La alegría es una de las características que identifica a la comunidad cristiana. Pero es fácil confundirla con el placer del alcohol, de la droga, de la vida inmoral. Por eso Pablo indica a los Tesalonicenses la fuente de la verdadera alegría. Esta nace de la oración: “oren sin cesar, den gracias por todo” (Versos 16-18). La alegría es el fruto de la apertura del corazón a los impulsos del Espíritu que enriquece con sus dones a la comunidad, ya es concedida por Dios a quien lleva una vida irreprochable (versos 19-22). Una comunidad que tiene presentes estas exhortaciones de Pablo es “santa” (versos 23-24), es decir, completamente diferente de otros grupos, asociaciones o sectas. Esta santificación es obra de Dios.


De esta manera, Pablo mismo nos recuerda exactamente como debe ser la misión que tenemos como cristianos, misión que debe ser bondadosa y al mismo tiempo alegre. Y nos exhorta que estemos siempre alegres y nos da inmediatamente la receta para estarlo: “Oren sin cesar”. Otra recomendación que nos hace Pablo es: “Den gracias a Dios en toda ocasión”, más adelante nos recomienda: “examínenlo todo y quédense con lo bueno”. Porque lo que no debemos olvidar es que no sólo nuestras acciones malas son censurables, además lo son también la omisión de todas aquellas obras buenas que dejamos de hacer por egoísmo, o porque nos dejamos dominar por el desamor o indiferencia hacia el prójimo que nos necesita.


Pablo, afirma que Dios nuestro Padre, se complacerá en ver como sus hijos, van por el mundo haciendo el bien, tal como lo hizo Jesús, nuestro Señor, pero para estar siempre dispuestos a hacer el bien, hay que vivir en comunión con Jesús. Dejemos que en nuestro corazón se empape de los sentimientos de bondad, de amor y de misericordia de Jesús, esto nos mantendrá siempre alegres, y para ello ya tenemos la receta de Pablo: “Oremos sin cesar”.


EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 1, 6-8. 19-28.-


El no es Luz sino su testigo: Él no era la luz sino el testigo de la luz”. Exacta descripción de la misión del Bautista. Es un prototipo de “hombre nuevo”, que el hombre no puede lograr de sí. Lo crea Dios, como imagen suya, y lo revela a los hombres en su Hijo encarnado. La humildad conforma a Juan con la verdad. Siendo testigo de la luz es testigo de Jesús: Luz y Verdad. Para no contrariar su verdadera identidad ofrece una síntesis personal que lo muestra tal cual es. No es la luz, ni la Verdad, se considera un testigo calificado por Dios. Así aparece ante la muchedumbre, atraída por su palabra y el testimonio de su santidad.


Juan Bautista necesita descubrir a Quien debe anunciar. Jesús insiste en mezclarse con la gente, como uno más, y le prohíbe a Juan tratarlo de manera diferente que a los demás penitentes. La acreditación como Mesías, se la reserva al Padre Celestial. Veamos los versos de este pasaje del evangelista Juan.



“Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él” (Verso 6-7).

La figura y predicación de Juan Bautista era lo que más contribuía a crear el interés mesiánico en las multitudes. Los evangelios sinópticos hablan ampliamente de la persona ascética de Juan el Bautista: se presenta con una vestidura austera, que evocaba la vestidura de viejos profetas de Israel, y con ausencia de ellos después de tantos siglos, y con gran austeridad en su vida, su escenario era el desierto de Judá, de donde, conforme a lo que se pensaba se esperaba saldría el Mesías.


Pues bien, el verbo hasta ahora no había ofrecido a los seres humanos más que una cierta participación de su luz; ahora va a darla con el gran esplendor de su encarnación. Para esto aparece la figura de Juan Bautista, y aparece situado en un momento histórico ya pasado, en contraposición al Verbo, que siempre existe. Juan no viene por su propio impulso: “es enviado por Dios”. Trae una misión oficial. Viene a “testificar”, que en su sentido original indica preferentemente un testigo presencial. Viene a testificar a la Luz, que se va a encarnar, para que todos puedan creer por medio de él. El prestigio de Juan Bautista era excepcional en Israel, hasta ser recogido este ambiente de expectación y prestigio por el mismo historiador judío Flavio Josefo. No olvidemos que el tema del “testimonio” es uno de los ejes en el evangelio de Juan, que se repartirá multitud de veces y por variados testigos.


“No era él la luz, sino que quien debiera dar testimonio de la luz” (verso 8)

El Eclesiastés afirma: “Dulce es la luz y bueno para los ojos ver el sol” (Eclesiastés 11,7). La luz tiene resonancias positivas y emociones placenteras, ver la luz es sinónimo de nacer: “O ni habría existido, como aborto ocultado, como los fetos que no vieron la luz” (Job 3,16); “¿Para qué dar luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma” (Job 3,20)? Este simbolismo, presente en toda la Biblia, es utilizada en el Nuevo testamento sobre todo por el evangelista Juan. Ya en el prólogo, Juan presenta la venida de Jesús al mundo como la aparición de la luz: “En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la comprendieron” (Juan 1,4-5).


También la figura de Juan Bautista es introducida con la misma imagen. En los versos 6-8 vemos como Juan Bautista es identificado como el hombre enviado por Dios para dar testimonio de la luz. Tiene una misión tan importante que en solo dos versos se incluye hasta tres veces. A finales del siglo I d.C., cuando el evangelista Juan escribe su Evangelio, aún había muchos que afirmaban ser discípulos de Juan el Bautista y se referían a él como el modelo de vida por excelencia, incluso en oposición a Jesús. Por eso al evangelista Juan le interesa establecer con toda claridad la posición del Precursor con respecto a Jesús. No era Juan el Bautista la luz del mundo; él solamente fue el primero en reconocer que la “luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo” (Juan 1,9). No se dejó engañar por las lisonjas de quienes, impresionados por sus enseñanzas y admirados de su rectitud, estaban convencidos de que él era el Mesías. Permaneció en su puesto; se mantuvo fiel a su misión.


“Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: ‘¿Quién eres tú?’ Él confesó, y no negó; confesó: ‘Yo no soy el Cristo’” (versos 19-20).


La manifestación de Juan Bautista en la región del río Jordán, en aquel ambiente de expectación mesiánica y anunciando que “llegó el reino de Dios “(Mateo 3,2), produjo una conmoción fuerte en Israel. Ante esta fuerte conmoción religioso- mesiánica, es cuando el evangelista Juan recoge lo de la comisión que le enviaron desde Jerusalén los judíos. En el Evangelio de Juan los judíos tienes diversas acepciones, pero en este caso, se puede decir con bastante probabilidad que los judíos enviaron a Juan Bautista una delegación de sacerdotes y levitas que son las autoridades religiosas de Jerusalén, los grandes sacerdotes, excitados y movidos por los fariseos,

A primera vista parece extraño que se incluyan a los levitas, ya que éstos no era miembros del Sanedrín. Los levitas eran especialistas en los actos cultuales, eran los liturgistas o ritualistas del culto. Y Juan Bautista se caracterizaba por un especial bautismo, de tipo desconocido en Israel, y del que esta delegación le pedirá cuenta el por qué lo hace. Talvez por eso la delegación está formada por especialistas en materia de purificación cultual. El diálogo de este interrogatorio, tal como lo narra el evangelista Juan, es sintético, pero preciso y muestra austeridad, y puede pensarse como de sagacidad de Juan Bautista.


¿TÚ QUIEN ERES? “Yo no soy el Cristo”. Esta es una única respuesta que Juan se adelanta hacer sin que le pregunten. Y en esta fue tajante. Él mismo después insiste ante sus discípulos: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de Él. El que tiene a la esposa es el esposo… Es preciso que Él crezca y que yo disminuya” (Juan 3,28-30). Aquí está completo el testimonio de Juan. Para este testimonio vino. Juan, pues, es leal; no acepta identificaciones, honores, títulos que no le pertenecen.


“Y le preguntaron: ¿Qué pues? ‘¿Eres tú Elías?’ Él dijo: ‘No lo soy’-Eres tú el profeta? Respondió: ‘No’” (verso 21).


NO SOY ELÍAS. Ellos le preguntaron: entonces, ¿eres tú Elías? Juan responde: No soy Elías. Descartado de que fuese el Mesías, su aspecto y conducta, anunciando la proximidad de la venida del reino, hizo pensar, en aquellos días de expectación mesiánica, que él, vestido como un viejo profeta pudiera ser el precursor del Mesías, el cual, según las creencias rabínicas, sería el profeta Elías. Los rabinos habían ido estableciendo las diversas funciones que ejercería Elías en su venida precursora.


¿ERES EL PROFETA QUE ESPERAMOS? Juan Bautista respondió: No. De no ser ninguno de estos personajes mesiánicos, no cabría más que preguntar, ante aquella figura y conducta del Bautista, si era un profeta, cuya investigación, es uno de los puntos de competencia explícitamente citados en la legislación sobre el Sanedrín. Y es que hacía tanto tiempo que la voz del profetismo había cesado en Israel. ¡Unos cinco siglos”! Lo más extraño es que Juan Bautista niega ser el Profeta, cuando en realidad su misión era profética. ¿La razón? No está tan clara, pero de pronto una solución se encuentra en el mismo evangelio de Juan. Después de la multiplicación de los panes, los hombres viendo el milagro que había hecho decían: “Verdaderamente éste es el Profeta que ha de venir al mundo (Juan 6,14). Juan Bautista entiende probablemente el profeta en un sentido equivalente a Mesías, de ahí su respuesta negativa.


“Entonces le dijeron: ‘¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo? “(Verso 22)


¿QUÉ DICES DE TI MISMO? Y Juan Bautista, ante la delegación oficiosa del Sanedrín, va a dar testimonio de la Luz (Juan 1,7). Y va a dar el testimonio oficialmente para que lo transmitan a la autoridad de la nación.



“Dijo él: ‘Yo soy la voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías’” (verso 23).

El Bautista se define simplemente como la voz que grita en el desierto: “Preparen el camino al Señor”. Es difícil imaginar algo más pasajero y caduco que la voz que, una vez terminado el mensaje, se desvanece sin dejar huella. Juan Bautista no quiere que los ojos se fijen en él sino en Jesús: “El debe crecer y yo disminuir” (Juan 3,30). Terminada su misión, se complace en hacerse a un lado, en que no se produzcan equívocos; huye de toda forma de “culto a la personalidad”


“Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: ‘¿Por qué, pues, bautizas, si no ere tú el Cristo, ni Elías ni el Profeta?’” (Verso 24-25).

El Bautista se figura que él es el mensajero que, estando en el desierto, desde él pide a todos que se preparen para la inminente venida del Mesías. Algunos de la comisión eran fariseos. Ni sería improbable que si el Sanedrín fue el que envío esa delegación, lo hiciese, como antes dijimos, movido por los fariseos, y éstos le preguntan: si no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta esperado ¿Por qué bautizas? En la época de Jesús, los judíos practicaban numerosos ritos de purificación. Pero no eran verdaderos bautismos. El verdadero bautismo para ellos era el de los prosélitos, que se administraba a los paganos que se convertían al judaísmo. Sin embargo, Juan Bautista había introducido un rito nuevo, pues estaba en función de la purificación del corazón, conversión, y en relación a la inminencia de la venida del reino de Dios. ¿Qué potestad tenía Juan para realizar este bautismo? Eso es lo que le cuestionaban los fariseos encargados de velar por las tradiciones de Israel.


“Juan les respondió: ‘Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros, está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mi, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia’. Esto ocurrió en Betania. Al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando” (Versos 26-28)


Juan Bautista afirmó “Yo bautizó con agua”. Observamos que no tiene la contraposición que Jesús bautizaría en fuego o en Espíritu Santo. Juan Bautista no conoció el bautismo en el Espíritu Santo, como apropiación de una persona divina; no salió de la mentalidad del ambiente del Antiguo Testamento en el que el Espíritu Santo era la acción de Dios “ad extra”, al exterior. Su simbolismo era externo, de purificación que pedía la confesión de los pecados y que no tenía valor legal moral.


Pero en lugar de contraponer a su bautismo el de Jesús, hace elogio de éste en contraposición consigo mismo: “pero en medio de ustedes hay uno a quien no conocen”. Ello es una alusión al tema mesiánico conocido en Israel. Según la creencia popular, el Mesías, antes de su aparición, estaría oculto en algún lugar desconocido. Por eso, Jesús está oculto, el que los judíos no le conozcan no es reproche. Precisamente la misión de Juan Bautista es presentarlo a Israel. Juan bautista de forma enigmática anuncia que él solo es el precursor de una persona cuya dignidad anuncia, pero que él no es digno de desatar las correas de la sandalia.


Aprendamos de este pasaje del Evangelio, que profetizar es proclamar un mensaje de salvación, ya que el profeta es un mensajero, un portavoz que habla en nombre de Dios, y todos nosotros podemos ser como Juan Bautista, pero al modo de él, sin envanecerse por su misión. Recordemos que él niega lo que es, pero da a conocer lo que es y lo hace refiriéndose a Jesús y alaba juzgándose a sí mismo indigno aun de desatar la correa de su sandalia.


4 vistas0 comentarios

5151363544

©2020 por Merced Liberadora. Creada con Wix.com