• merced liberadora

¡LA PALABRA DE DIOS, VIVA Y EFICAZ!

IGLESIA Y TALENTOS: JESÚS Y LA EXIGENCIA DE FRUCTIFICAR EN CLAVE DE AMOR Y SERVICIO, TRABAJANDO CON RESPONSABILIDAD POR EL REINO.


JESÚS Y SU EXIGENCIA DEL AMOR QUE FRUCTIFICA.

¿Qué es una experiencia religiosa? La experiencia religiosa se ha ido convirtiendo, poco a poco, en una experiencia intimista, sentimental, destinada principalmente, a tranquilizar los ánimos, a serenar, a liberar del estrés tan característico de este siglo XXI, a dar sentido a las luchas de todos los días. De manera general, se entiende que la religión sirve para orientar el camino, proporciona un cierto código moral que ayuda a orientarse en la vida, ofrece principios, valores. Sirve para ser una buena persona y para vivir con tranquilidad de cara al último día de nuestras vidas, de cara a la experiencia de la muerte: el que ha sido un buen creyente, un religioso practicante, puede estar seguro, sus faltas serán perdonadas, se le reconocerá en el momento del Juicio, Dios no lo verá como un extraño. En una palabra, la religión, en la mayoría de los casos, está orientada al bienestar del propio creyente y se ha convertido en objeto de consumo.

¿Es esa la experiencia religiosa del creyente en Jesús de Nazaret? Cierto es que resulta difícil, para la mayoría de los cristianos, comprender la fe como una experiencia que compromete, que conlleva la obligación de producir algo, de transformar, de crear. Por lo mismo, para el cristiano la experiencia que tiene de Jesús y de su evangelio no es una experiencia intimista, sentimental y destinada a conservar y tranquilizar nuestra vida terrena. Si el creyente cristiano pensara así de su experiencia religiosa la convertiría en una distorsión tremenda. Porque, el cristianismo, no es una religión, mejor dicho, no se la entiende sin más como una religión; Jesús de Nazaret no fundó ninguna religión: fue judío, predicó para los judíos, convocó a un grupo de judíos como sus discípulos y murió dentro del judaísmo, matado por el sistema estructurado por los dirigentes o líderes religiosos. El cristianismo es, más bien, una nueva antropología, un nuevo modo de entender al ser humano y de vivir la vida humana dentro del proyecto del Padre.


¿Y qué significa esta experiencia de fe relacionada con los talentos que Dios nos da? Si el cristianismo es una nueva antropología, éste se caracteriza en la orientación esencialmente teológica del ser humano: el hombre ya no vive para sí mismo, sino para Dios, su único Padre y Señor. Por lo tanto, su fin caracteriza su existencia, ¿Cómo así? cuanto más aprende a salir de sí mismo, a trascender, para vivir proyectado hacia fuera, hacia Otro que constantemente tiende a él, cuanto más deja de ser sí mismo para ser otro, tanto más se encuentra en el nivel más profundo, más hondo que cabe poder imaginar. Y todo el significado de su existencia está en aprender a vivir para ese Otro que reclama la totalidad de su ser, de su actuar y de su querer. Sólo desde este horizonte, desde esta perspectiva se puede comprender el mensaje de la parábola de los talentos que nos ofrece Jesús en el evangelio de Mateo 25,14-30. En la parábola de los talentos, el tercer siervo es el personaje principal y su tremenda justificación para no hacer fructificar el talento y unido al miedo como fundamento: “Señor, sabía que eres exigente, que cosechas donde no has sembrado y reúnes donde no has trillado. Como tenía miedo, enterré tu bolsa de oro; aquí tienes lo tuyo”. La imagen que el siervo se ha hecho del Señor, a pesar de ser aterradora. temible como vemos en las traducciones: “Por eso me dio miedo, fui y escondí en tierra tu talento”; “Por eso yo tuve miedo y escondí en tierra tu dinero”. El evangelista Mateo se sirve de ella para señalar e indicar lo importante que es par Jesús el bien del hombre, cuánto le apremia que venga instaurado en el mundo su reino.


¿Un siervo que no sabe amar y por lo tanto no sabe hacer fructificar? Efectivamente. ¿Puede existir un miedo, un “terror” al amor? Primeramente, el siervo que no hizo fructificar el talento es sancionado por no saber arriesgarse, los otros dos a quienes se les da cinco y dos talentos como expresa Mateo no pierden tiempo: “Enseguida el que había recibido 5 talentos se puso a negociar…Igualmente el que recibido dos”, en cambio el que había recibido un talento, perdió su tiempo un buscar un sitio seguro para cavar un hoyo y enterrar el talento: “…se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero”. El dueño al momento de la rendición de cuentas (juicio) le llama literalmente: “miedoso” del griego “oknerós” y su sinónimo “presa de miedo” del griego “foberós”. Respondiendo a la pregunta, Amar provoca, en efecto, miedo. La propuesta cristiana, como propuesta de amor radical en un mundo que parece combatir frontalmente el amor verdadero, desde esta perspectiva del miedo, EL AMOR es en efecto temible, que provoca “terror”, en otras palabras, es “revolucionario” porque no es “egoísmo per se” sino abrirse al Otro, a los otros. Como a los tres siervos de la parábola de los talentos, a cada uno de nosotros y a todos los cristianos nos han sido confiados tareas para desarrollar con el fin de que esta riqueza de Jesús dé frutos. La riqueza de Jesús son todos los bienes que nos ha entregado: el Evangelio como mensaje de salvación, destinado a transformar el mundo y a crear una humanidad nueva; su Espíritu Santo; darse a Sí Mismo en los sacramentos; el poder de curar, de perdonar, de reconciliar con Dios. Cada uno de los cristianos está llamado a producir amor expresado especialmente en el Evangelio. Es el amor, en realidad, la ganancia, el fruto que el Señor Jesús pretende de cada uno de sus discípulos.

JESÚS Nos EXIGE SALIR DE NUESTRO CONFORT LLAMADA “PRUDENCIA”.

Continuando con la enseñanza de Jesús en Mateo 25,14-30, de cara a la reprensión o sanción que da el señor al siervo que no hizo fructificar su talento. En la reprensión y sanción del dueño de la hacienda, está también el mensaje central de la parábola, Jesús nos enseña, que la única actitud inaceptable es la falta de compromiso, el temor al riesgo. El dueño de la hacienda es sancionado solamente porque se ha dejado paralizar por el miedo. Y ese es el mensaje de Jesús para cada uno de nosotros: no dejarnos paralizar por el miedo, como nos lo recomienda San Juan Pablo II: “No tengáis miedo. Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo el Redentor. Sólo Él sabe lo que el hombre lleva dentro, sólo él sabe lo que el hombre es”.


Los cristianos ¿tenemos miedo? Es increíble, pero es cierto: el temor a Jesús nos puede paralizar. Una cierta espiritualidad del pasado incitaba a la acción, pero recomendaba, sobre todo, no cometer pecados mortales, mantenerse en gracia de Dios, permaneciendo fieles a los mandamientos y preceptos; los transgresores eran amenazados con penas terribles. Esta espiritualidad favorecía al tercer tipo de siervos (a quien se entregó un talento), es decir, al cristiano que para evitar el pecado jugaban siempre sobre seguro. No querían arriesgar, pues quien arriesga se compromete, se expone inevitablemente al riesgo de equivocarse. Quien se ha hecho portavoz de este miedo, inconscientemente contribuye a la falta de amor, a la esterilidad en el bien, al letargo espiritual. El “talento” de la palabra de Dios, por ejemplo, fructifica solo cuando se capta el verdadero significado, cuando se la traduce en un lenguaje comprensible para el hombre de hoy, cuando se la aplica a la vida y a situaciones concretas de la comunidad; de otra forma, se queda en un capital muerto (como el talento del tercer siervo), no produce ningún cambio, no remueve las conciencias, no cuestiona a nadie. La sanción para los que hacen improductiva los talentos del Señor es la privación de su alegría. No es la condena al infierno, sino a la triste realidad de no pertenecer hoy al Reino de Dios. En este sentido, la “prudencia” del tercer siervo que para no hacerse problemas tuvo tiempo para cavar un hoyo y enterrar el talento que le habían encargado, no es tal su prudencia, sino que es cobardía, ese tener miedo, ese estar indeciso, medroso para las cosas de Dios.


¿Qué nos enseña Jesús? Jesús nos aconsejó a ser “prudentes como las serpientes” (Mateo 10,16). Pero Jesús con su vida y sus palabras, nos enseña no la prudencia de la cobardía, del miedo. Veamos cómo Jesús lanza invectivas contra los escribas y fariseos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos!... ¡Ay de vosotros, guías ciegos…!” (Mateo 23,13-36); ha confrontado a los saduceos desbaratando sus convicciones teológicas, cuando ellos le ponen el caso de una mujer y los siete hermanos con los que debía casarse si van muriendo sin dejar hijos y si hay resurrección ¿de quién de los siete será su mujer?: “Jesús les respondió: Estáis en un error, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios. Pues en la resurrección ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo…” (Mateo 22,2331); ha llamado “zorro a Herodes primera autoridad de ese entonces en Israel: “Id a decid a ese zorro: Yo expulso demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana y al tercer día soy consumado” (Lucas 13,32); no guardaba el sábado consagrado por la ley a Dios y aseguraba que los publicanos y las prostitutas les precederían en el reino de los cielos: “En verdad os digo que los publicanos y rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios” (Mateo 21,321). ¿Esa es la prudencia que nos enseña Jesús? Contemplando las citas de los evangelios, Jesús no nos enseña una prudencia para no decir nada ni chocar o hacer frente a los poderosos y mantener guardada, reservada nuestra fe y los evangelios.


Ahora bien, para Jesús existía lógicamente la otra alternativa: no moverse para nada de su pueblo de Nazaret y limitarse a trabajar con la sierra y el martillo en su carpintería, mantener la boca bien cerrada y solo abrirla para adular y expresarse con bonitas palabras a su entorno social; ignorar las muchedumbres hambrientas, cansadas y a la deriva “ que están como ovejas sin pastor” (Mateo 6, 34); cerrar el corazón a la compasión frente al hombre con la mano rígida o paralizada y resignarse de que, a veces, un hombre cuenta menos que una oveja: “Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por tanto, es lícito hacer bien en sábado” (Mateo 12,12); Jesús hubiera tenido la alternativa para taparse los oídos para no escuchar el grito de los leprosos: “Y levantando la voz, dijeron: ‘! Jesús, ¡Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lucas 17,13) y dejar que la mujer adúltera fuera lapidada: “Y le dicen: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear estas mujeres. ¿Tú que dices?’” (Juan 8,4-5).


Entonces, la prudencia de Dios no es la prudencia de los hombres, La “prudencia” convertida como excusa para el pasotismo o dejadez, la indiferencia, la inercia, el desinterés. Es preferible correr el riesgo de equivocarse por amor que renunciar a luchar por los grandes valores; es mejor ver la semilla de la palabra rechazada por un terreno baldío, estéril- como le pasó al apóstol Pablo en el areópago de Atenas- que enterrarla por miedo, envuelta en el silencio.


LOS TALENTOS DE DIOS.

Es fundamental ser muy cuidadosos a la hora de interpretar los talentos de Dios. Y es que el término español significa: “aptitud o capacidad para el desempeño o ejercicio de una ocupación” y, en este sentido, podría significar cualquier cualidad, algo así como los dones naturales con que cada uno cuenta, y que constituyen su riqueza específica. En cambio, en el contexto de la parábola de los Talentos, “tálanton” es simplemente una cantidad económica, y cuya importancia radica, en primer lugar, en que pertenecen al amo y, en segundo lugar, en que es confiada a los siervos, en distinta proporción para que éstos la hagan rendir y así acrecienten el patrimonio de riquezas del amo. Es importante esta distinción, ya que en la categoría de siervos bien podría entrar los asalariados libres que eran contratados para invertir los bienes del propietario. Cuando los siervos eran empleados libres, podían, conforme al derecho, quedarse con una parte de las ganancias obtenidas con el capital o dinero del amo. En cambio, este derecho no les correspondía a los “siervos totalmente dependientes del amo”, que debían entregar íntegramente las ganancias a su amo, como es el caso de la parábola de los Talentos.


Dejamos claro el significado de los talentos, porque se ha difundido la idea de que los talentos se refieren a las cualidades naturales que cada uno ha recibido de Dios, cualidades, por cierto, que no deben permanecer ocultas sino desarrolladas y puestas al servicio de los demás. Aclarado el significado del “talento”. En cambio, a diferencia de los dones naturales, los talentos del evangelio sólo pueden significar aquellos dones que Dios ha dado a cada uno, absolutamente sobrenaturales y dados por su gracia, es decir, que pertenecen al orden de la gracia, siempre en función del Reino de los Cielos, cuya realidad trata la parábola de esclarecer, pues dice: “En Reino de los Cielos se parece también a…”. Es más, concretemos lo que nos dice Jesús en Mateo 25,15, donde los talentos son entregados a cada uno según su capacidad: “A uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó”. Como hemos expresado anteriormente: talentos y dones de la persona no son la misma cosa. El evangelista Mateo mide por “talentos” (dinero) la cantidad confiada y a cada uno de los siervos se le confían en proporción a su capacidad. Jesús al darnos los talentos, nos exige una fidelidad responsable presentada bajo la imagen de una de las actividades humanas que más comprometen en el orden temporal: la de una administración económica, que siempre debe revertir en resultados concretos. Por eso, vemos como Mateo señala la importancia del capital entregado y la diversificación de la cantidad ofrecida ponen énfasis en la responsabilidad de los siervos y en la adaptación del encargado a la capacidad de cada uno de ellos.


Los bienes del dueño o amo no se entienden a la manera de un depósito que hay que conservar, sino semejante a un sembrío, una viña, en exigencia intrínseca de crecimiento y fructificación. Los talentos se refieren al compromiso a favor del Reino de Dios, que ha de madurar y crecer en nosotros mediante una fidelidad activa y responsable hasta que Jesús retorne y nos pida cuentas. Inmovilizar los talentos es frustrarlos.


¿Cuáles son esos talentos que Dios nos da? En primer lugar, contemplando a Jesús, Dios nos ha dado por medio de Jesús: su Evangelio, su Espíritu Santo, al mismo Jesús su Hijo en cada uno de los sacramentos, también en lo que nos ha dejado: la sanación, el perdón de los pecados, la reconciliación. En segundo lugar, con el Bautismo nos otorga estos talentos que, si bien pueden ser de una variedad infinita, como infinita es la creatividad del Dios Dador de ellos; en general se resumen en el dinamismo de las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. He ahí los talentos que no provienen del espíritu humano, sino que son de origen divino, y que son dados específicamente para que cada uno se empeñe en la construcción del Reino. Aquí es donde cada quien debería ponerse a reflexionar sobre la manera como ha invertido dichos talentos y sobre los frutos o dividendos que ellos han producido en beneficio del Reino, que es lo mismo que decir en beneficio de la liberación y la salvación de los demás seres humanos, especialmente de los más pobres y marginados por la sociedad en la que vivimos inmersos y de cuyos perniciosos e injustos mecanismo muchas veces nosotros mismos formamos e incluso como parte activa.


LOS TALENTOS EN NOSOTROS.

Todos nosotros los cristianos y cada uno, estamos llamados a ser coherederos de Cristo e hijos de Dios, Si Dios nos destina a tal dignidad ¿somos coherentes con ello y nos esforzamos en ser miembros de Jesús? ¿Soy un cristiano maduro y responsable? ¿Maduro mi fe? ¿Tengo capacidad de amar y de aceptar amor? ¿Vivo comprometido en mi fe, tenazmente integrado en grupos de participación, en las comunidades parroquiales, testimonial y confesante? ¿Se dialogar, fomento el diálogo y a la participación, manteniendo relaciones positivas? ¿Vivo una seglaridad confesante y responsable o soy un ausente, un prófugo de la misión y del apostolado? En la Eucaristía ¿me limito a asistir pasivamente o he llegado a integrarme como oferente y ofrecido, con Jesús y como Él? ¿Me detengo solo en estar presente, en asistir pasivamente u ofrezco y me ofrezco sacrificadamente en concreto de las necesidades de los demás? Para accionar nuestros talentos, Dios nos concederá su gracia, luz y fuerza para amarle y amar de verdad.


Ahora bien, el tiempo que dura el viaje del señor o el amo, representa el tiempo de nuestra vida y el retorno inesperado el fin de nuestra vida terrenal, el arreglo de las cuentas, como expresa la parábola de los Talentos. Jesús nos enseña con esta parábola, es que todos tenemos que corresponder a las gracias que hemos recibido, hayan sido como los cinco talentos, dos o uno, todos tenemos que trabajarlos. Aquel que recibió mucho, se le exigirá muchos frutos y el señor se manifiesta diciendo al que hizo fructificar: “Está bien servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más, pasa a participar del gozo de tu señor”. Pero aquel que recibió poco, también está obligado a responder por aquello que recibió y si no lo hizo, será reprendido y sancionado. Como observamos: el servidor que recibió un talento lo enterró y no lo usó y fue reprendido severamente. Con esto nos enseña Jesús, que no es suficiente evitar el no utilizar nuestro talento(dinero) para el mal, el servidor no malgastó su talento en cosas inservibles ni en vanidades, pero no fue capaz de realizar cosas positivas con el talento, no fue capaz de fructificar el amor que Jesús le había encomendado.


Dios sabe por qué nos entrega cantidades distintas de talentos y no son comparables nuestros talentos con lo que otros han recibido. Se nos ha otorgado una vida de talento y somos invitados por Dios a utilizar lo que nos ha otorgado para su gloria. Al respecto, podemos hacernos algunas preguntas: ¿Qué talento poseo? ¿Cuáles son mis dones y qué de bueno puede obrar mediante estos dones? ¿Qué soy capaz de realizar por la gracia de Dios? Cada uno de nosotros se debe responder en su consciencia. Tenemos que pensar en nuestra vida toda ella en servicio y entrega a Dios, para su honor y gloria, trabajar en nuestra vocación en servicio a los que nos rodean, a favor de la paz y la justicia, de la comprensión entre los seres humanos, del bien común, es parte integral del servir a Dios y darle gloria. La justicia, la honestidad y solidaridad, con la que vivimos cotidianamente es sustancial a la realización del Reino de Dios.


También la parábola nos presenta la actitud característica del verdadero discípulo: los siervos fieles deben hacer fructificar los dones o talentos recibidos del Señor. Por el contrario, el que antepone su propia seguridad personal al interés que tiene el señor, es decir, Dios, de incrementar los bienes del Reino, es un mal siervo; su infidelidad se llama egoísmo, la pereza y la comodidad, el egoísmo y el miedo paralizante, frutos de una psicosis de seguridad, son los pecados sociales que puede cometer un cristiano. No debemos olvidar, que Dios nos pide una fidelidad productiva de sus talentos.


Volvemos a recordar lo que es la riqueza de los talentos de Dios. Los talentos que de Dios recibimos son, en primer lugar, los bienes y riquezas de su reino: la salvación, la fe, su amor, su amistad. Son también, los dones naturales: la vida y salud, inteligencia y voluntad, familia y educación, iniciativa y trabajo, simpatía y personalidad. También la vocación cristiana, la fe en Jesús que es el gran y fundamental talento que resumen todos los demás. Esto no debemos olvidarlo nunca.


Todos esos talentos y dones no son para nuestro uso privado y exclusivo. En realidad, más que propietarios, somos administradores de los mismos. El dilema que se nos plantea es: explotar nuestros talentos al servicio de Dios y de los hermanos, o bien enterrarlos egoísta y estérilmente.


LOS TALENTOS PARA TRABAJAR CON AMOR Y SERVICIO AL REINO DE DIOS.

Como venimos afirmando, lo que nos enseña Jesús es que todos tenemos la necesidad de hacer fructificar los talentos recibidos, de una manera esforzada, exigente y constante durante toda la vida. Tenemos, pues, la necesidad de producir buenas obras, y éstas buenas obras deben ser realizadas proporcionalmente a los dones recibidos. Debiera ser nuestro anhelo hacer el mejor y mayor uso posible de los talentos que Dios nos ha brindado. Hemos de estar siempre dispuestos y abiertos a hacer algo más o algo mejor de lo que estamos realizando a fin de que el Reino de Dios se haga realidad en la tierra, así como ya lo es en los cielos.


Para Jesús el Reino de Dios es un tema siempre recurrente en su predicación y en sus evangelios. Hay que trabajar por la venida del Reino de Dios. Eso es lo que está en cuestión. Se acentúan la intensidad, habilidad, entusiasmo y alegría que significa trabajar por la vida de este Reino. Jesús en el relato del Juicio Final (Mateo 25, 31-46) viene a decirnos claramente en qué consiste el trabajar por la venida y promoción del Reino. Por eso, el primero y segundo siervo pueden entrar en el gozo de su señor. Son benditos del Padre porque han acogido a los forasteros, han dado de comer y beber a los hambrientos y sedientos, han vestido a los desnudos, han visitado a los enfermos y a los encarcelados. Y porque éste es el criterio: “Lo habrás hecho al más pequeño de éstos, es a mí mismo que lo habrás hecho”. Trabajar por la venida del Reino, manifestar el amor de Dios es practicar la justicia y la caridad.



Como vemos, esperar el Reino no es quedarse parados a ver qué sucede, sino trabajar para que se haga realidad ahora mismo. La persona que escondió su talento, es como el que guarda la fe entre sus recuerdos, el que nunca se arriesga a tomar iniciativas fructíferas, el que no tiene valor de emprender algo nuevo. Los que arriesgaron y trabajaron sus talentos son los que desean colaborar con Dios, que necesita la cooperación del ser humano no porque Dios no pueda obrar solo, sino porque nos hace partícipes de la construcción de su Reino. Todos nosotros somos los servidores de la que nos hablan en la parábola de los talentos, y los bienes que nos son confiados, los talentos, son todas esas condiciones con la que Dios nos ha dotado a cada uno, tales como la inteligencia, la capacidad de generar amor y de hacer felices a los demás.


¿Qué espera Dios de nosotros? Que con las gracias que nos da demos frutos de virtudes y de buenas obras. Dios nos da sus gracias, su luz, su fuerza y espera que aprovechemos esas gracias. Saber aprovechar las gracias de Dios es crecer en virtudes y en servicio a los demás. Tomemos como ejemplo la virtud de la FE, esa fe debe fructificar al traducirse en una fe que nos lleva a tener una total confianza en Dios, en sus planes para nuestra vida y en su manera de realizar esos planes. Además, porque creemos en Dios, creemos que debemos amarnos como Él nos ha amado. De allí, entonces, que la fe también debe producir frutos de las buenas obras en servicio a los demás, en solidaridad con el otro, en compasión con quienes necesitan ayuda, en el perdón a los que nos hacen daño.


No debemos olvidar que los talentos que hemos recibido se convierten en necesidad de servir a los hermanos. Nosotros no podemos hacer nada por Dios, pero sus hijos necesitados, sí que los necesita. Dios espera de mí que sea hermano, que comparta. Lo que se me ha dado, se me ha dado para compartirlos con todos. Todos, pues, somos responsables de poner los talentos al servicio de los demás y en la perspectiva de construcción del Reino. Pero, cuando equivocadamente los guardamos y los reservamos por temor o miedo a un Dios que lo ve y observa todo, es que no hemos conocido al Dios de Jesús que nos comparte sus dones para construir un mundo distinto, más humano, un mundo a su manera, mejor según su proyecto.


EL AMOR COMO FUERZA EL REINO.

El amor, como fuerza del Reino, es siempre un don que debe arriesgarse. El amor, en el fondo, aún en el ámbito de lo meramente humano, es siempre un riesgo; equivale a poner en el otro el horizonte de la propia vida, implica confiar en el otro, aun a sabiendas que el otro no es perfecto, que está también él marcado por el pecado, por el egoísmo, por el miedo. El amor es un voto de confianza por uno que no necesariamente es de fiar. Es invertir todo el capital en una banca que no ofrece muchas garantías de estabilidad y de rendimiento seguro.


Desde el punto de vista cristiano, el amor, no obstante, todos los riesgos o, mejor precisamente por los riesgos que conlleva, constituye la única fuerza capaz de vencer el mal en el mundo y de instaurar el modo de existencia querido por Dios Padre, el Reino de Dios. La expresión más elevada de este amor, que se arriesga y que se fortalece precisamente en el riesgo, es, quizás el matrimonio, vivido como experiencia de fe. El amor cristiano puede ser perpetuo sólo porque decide amar lo que no es en absoluto amable: la miseria del otro. Amar las cualidades, los aciertos, las bellezas y bondades del otro resulta muy fácil, natural y no hace falta la fe para ello.


Vivir radicalmente la opción del amor pone al discípulo de Jesús, directamente en confrontación con todas aquellas realidades del mundo que se oponen al amor verdadero: lo que oprime al hombre, lo que tergiversa la verdad sobre su dignidad inalienable, lo que atenta contra su vida. Y así como es fácil invertir el talento del amor, tampoco lo es invertir el de la fe o el de la esperanza. Son realidades que salen por completo del entramado de la vida interior e intimista en la que la mayoría de los seres humanos se desenvuelven. Por eso, el cristiano auténtico siempre resulta incómodo; él desenmascara la hipocresía imperante y pone frente a los ojos de todos los proyectos que Dios tiene sobre el hombre, sobre la humanidad. Cierto que se nos pedirá el haberse sido capaces de arriesgarnos. El señor nos reclamará frutos que se puedan decir de nosotros, porque han sido obtenidos por nuestro trabajo cotidiano, con lo bien que haya sido nuestra empresa. Seguir a Jesús implica algo muy superior: luchar contra la injusticia, romper los férreos límites que nos separan de los sufrientes de hoy, comprometerse con su causa dando nuestro tiempo, nuestros bienes y hasta nuestra vida; amar, por encima de cualquier merecimiento, a quienes nos han hecho daño y colocarles en el lugar privilegiado de nuestra predilección. Para esto, sí que hace falta la FE.


Ser capaces de este tipo de frutos nos aporta una doble consecuencia: la verdadera e inefable experiencia de participar en el gozo de Dios y la recepción de tareas aún mayores en beneficio del Reino de Dios.


LOS TALENTOS Y LA RESPONSABILIDAD.

La parábola de los talentos no es tanto un elogio de la productividad y eficiencia, cuanto una llamada exigente a la responsabilidad, pues, no importa mucho la cantidad resultante al saldar las cuentas sino el talante de trabajo, el valor del riesgo y el sentido de la actividad, como expresión de una mística de servicio y responsabilidad en la convicción de que todo lo que se recibe y de lo que se dispone es un don de Dios y que, al final ante Dios ha de responder todo ser humano. Por ello el premio es el mismo para todo aquel que sea bueno y fiel, un premio no cuantitativo ni proporcionalmente compensatorio de la cantidad producida sino cualitativo y siempre desbordante: entrar en la alegría del Señor. Sin embargo, para quien vive bajo el miedo estéril, para quien sólo busca egoístamente su seguridad personal, ni siquiera lo que ha recibido le permite vivir en un gozo auténtico, pues no ha entrado en esa mística de la gratitud, del servicio y de la responsabilidad.


Todo aquello que recibimos es don. Todos son dones recibidos, dones que proceden del Señor de la vida, aunque algunos no lo reconozcan ni lo agradezcan. Todo de lo que disponemos es de Dios en su origen y lo hemos recibido para cumplir una misión y desarrollar una misión. Pero todos son dones de Dios, a Él le pertenecen y ante él hay que dar cuentas, más tarde o más temprano, por lo cual es mejor aprender a dar cuenta cada día. Por eso la misma vida biológica, la libertad de cada persona, la dignidad de cada ser humano, su singularidad específica e irrepetible son dones de Dios, y, porque son tales, se reconocen después como derechos inalienables. También las capacidades personales, los recursos disponibles y las posibilidades de desarrollo son dones recibidos por los que se debe dar gracias al Señor.


El resultado de la parábola es la responsabilidad. La responsabilidad es el sentido de la dignidad humana que nos impulsa desde la conciencia a dar explicación, ante los otros y ante Dios, del desarrollo y crecimiento de los dones recibidos. La responsabilidad significa dar respuesta acerca de aquello que se ha recibido como don, como encargo, como vocación y como misión. De todos los dones y de su desarrollo, cada cual debe dar cuenta, como mínimo, ante su conciencia y, como máximo, ante Dios. Y los grandes talentos que tenemos que desarrollar todos en la Iglesia y en el mundo, especialmente por parte de los que tienen mucho, son el amor liberador hacia los pequeños y últimos, la fraternidad con los desheredados, la solidaridad con los pobres y el servicio a los que sufren.


Los cristianos, en la hora actual difícil por la crisis pandémica y la tan complicada era de la globalización y de las redes sociales, debemos con espíritu de gratuidad, de servicio desinteresado y de responsabilidad exigente, despertar de la pereza y de la irresponsabilidad. Esta es la bondad y la fidelidad a la que nos llama el Evangelio de Mateo 25,14-30, en el servicio de Dios y a los demás, particularmente de los pobres y marginados. Este camino, trazado en sus fundamentos por el Evangelio, es la ruta que conducirá a una transformación real de esta sociedad actual, ciertamente decante y en estado crítico, como lo ha demostrado la letal pandemia que atraviesa todo el mundo. Para que los cristianos nos despertemos de la desidia y el raquitismo del corazón, para sacarnos de la frecuente pereza, desidia e indecisión en la que las más de las veces nos vemos involucrados y para realmente convertirnos de nuestras irresponsabilidades, debemos ser humildes y empezar de nuevo para fructificar nuestros talentos.


NO SÓLO CONSERVAR SINO Y DECIDIDAMENTE FRUCTIFICAR EN REFERENCIA A LOS TALENTOS.

En estos tiempos difíciles, y no sólo por la crisis desatada por la pandemia mundial que continúa viviendo nuestro mundo globalizado, al parecer el cristianismo de no pocos ha llegado a un punto en el que lo primordial es “conservar y guardar” y no tanto buscar con coraje y sin miedos nuevos caminos para acoger, vivir y anunciar el proyecto del Reino de Dios, hemos de contemplar y escuchar con suma atención la parábola de Jesús. Hoy, Jesús nos la dice a todos y a cada uno de los cristianos. También hoy, como en las comunidades de Mateo, hay discípulos negligentes y perezosos, indecisos. En nuestras comunidades tenemos cristianos dinámicos, creativos, dinámicos y emprendedores que se empeñan en dar un nuevo rostro a todo lo que es la pastoral, la evangelización, la misión y el trabajo en las comunidades parroquiales y de jóvenes; estudiar la Palabra de Dios para encontrar el significado para la renovación y la vida en clave de Jesús de Nazareth. Otros cristianos, por el contrario, se dicen católicos sólo de boca, no son practicantes, tienen miedo de todo, su rutina es paralizante, les fastidia que les digan que estudien la Palabra de Dios; solamente se sienten seguros dentro de lo que siempre se ha dicho y hecho en el pasado. No se emocionan con los grandes valores de la libertad y la fraternidad. Tienen miedo, mucho miedo y eso los paraliza y los hace girar a una fe intimista, sentimental y tradicionalista.


Si nunca nos sentimos llamados a seguir las exigencias de Jesús, más allá de lo enseñado y mandado; si no arriesgamos nada por hacer una Iglesia más fiel a Jesús de Nazareth, una Iglesia en constante salida; si nos mantenemos ajenos a cualquier conversión que nos pueda complicar la vida; si no asumimos la responsabilidad que implica el Reino de Dios, como lo hizo Jesús, buscando siempre vino nuevo en odres nuevos, es que realmente necesitamos aprender la fidelidad activa, creativa y arriesga a la que nos invita la parábola de Jesús. Y es que su enseñanza tiene una verdadera carga explosiva. Como hemos visto antes, el tercer siervo como que no ha cometido ninguna infracción legal o pecado, pero su único error consistió en “no hacer nada” con el talento, cuando todo le decía que debía de hacerlo producir. ¿Por qué? No quiere arriesgar su talento, no lo hace fructificar, y lo que es peor: lo conserva intacto en un lugar seguro.


El mensaje de Jesús es claro: no al miedo que produce parálisis para conservar lo que se tiene, sino un horizonte de creatividad a modo de los dos primeros siervos que recibieron cinco y dos talentos. Sí a la creatividad. No a una vida cristiana estéril, sí a una respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad que provoca el “conservar” el evangelio, sí al esfuerzo arriesgado para transformar siempre el mundo en clave del proyecto de Dios, es decir, de humanizar siempre al hombre y a la sociedad. No a la fe que la enterramos bajo el hoyo del conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir los caminos y los corazones a Dios y a su Reino.


Las actitudes que hemos de cuidar en el interior de nuestra Iglesia no se llaman “prudencia” con la cual que se justificaba el tercer siervo que había recibido un talento, pero que en el fondo era “miedo, indecisión”; tampoco debe llamarse “fidelidad al pasado” cuando tenemos que sentirnos interpelados por los signos de los tiempos sin “bombardear ni petardear” el Evangelio y la sana doctrina; tampoco la “resignación” que paraliza a la Iglesia por los ataques frontales tan ardorosos como mortales del mundo y de la sociedad increyentes como del mismo interior de la Iglesia, especialmente en materia de escándalos tan dolorosos que socavan la unidad de la Iglesia y la pérdida de confianza de los cristianos. Como Jesús tenemos que ser creativos, audaces, con capacidad de riesgo, escuchar siempre la voz del Espíritu. Por eso, hoy, el principal hacer y quehacer de la Iglesia no puede focalizarse en conservar el pasado, sino aprender a comunicar activa y creativamente el Evangelio de Jesús en una sociedad sacudida por todo el avance de la ciencia y la tecnología, la filosofía del pensamiento único y la ideología de género, como también en una corrupción galopante en todos los rincones de los países del mundo.


LA PALABRA DE DIOS VIVA Y EFICAZ LA MEDITAMOS CON PABLO EN SU SEGUNDA CARTA A LOS TESALONICENSES: “ACERCA DE FECHAS Y MOMENTOS NO HACE FALTA QUE LES ESCRIBA. PORQUE USTEDES SABEN EXACTAMENTE QUE EL DÍA DEL SEÑOR LLEGARÁ COMO LADRÓN NOCTURNO., CUANDO ESTÉN DICIENDO QUÉ PAZ, QUÉ TRANQUILIDAD; ENTONCES, DE REPENTE, COMO LOS DOLORES DEL PARTO LE VIENEN A LA MUJER EMBARAZADA, SE LES VENDRÁ ENCIMA LA DESTRUCCIÓN, Y NO PODRÁN ESCAPAR. A USTEDES, HERMANOS, COMO NO VIVEN EN TINIEBLAS, NO LOS SORPRENDERÁ ESE DÍA COMO UN LADRÓN. TODOS USTEDES SON CIUDADANOS DE LA LUZ Y DEL DÍA; NO PERTENECEMOS A LA NOCHE NI A LAS TINIEBLAS. POR TANTO, NOS DURMAMOS COMO LOS DEMÁS, SINO VIGILEMOS Y SEAMOS SOBRIOS. LOS QUE DUERMEN LO HACEN DE NOCHE” (2 TESALONICENSES 5,1-6).


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