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¡LA PALABRA DE DIOS, VIVA Y EFICAZ!

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO: DIOS JUEZ PARA SALVAR Y DIOS PARA JUZGAR EN EL AMOR DE LAS OBRAS DE MISERICORDIA.


EL MUNDO DE HOY DESDE EL HORIZONTE DE JESÚS MISERICORDIOSO.

Para quienes sufrimos un rompimiento interno ante cualquier muestra de las injusticias y desigualdades de nuestro mundo, específicamente en el hambre, la distribución desequilibrada de las riquezas, la escasez de recursos para una buena parte de la población mundial. Para quienes nos hiere profundamente la conciencia de todo vestigio o huella de violencia. Para quienes nos duele profundamente la guerra propiciada por los odios, por cuestiones étnicas y alentada alevosamente por los mercaderes de armas. Para quienes nos apena hondamente el hombre que agrede al hombre, que convierten a niños en material de artillería y carne de cañón. Para quienes no nos resignamos a entender como daños colaterales del sistema las noticias sobre las personas que atraviesan itinerarios con riesgo de muerte en la búsqueda de alimentos para los suyos y para sí, que no toleramos que sean hacinados y maltratados o esclavizados y explotados; para todos nosotros que asumimos como ofensa a ellos mismos la falta de trabajo, el trabajo precario del día a día y las situaciones de injusticia laboral; y para quienes se admiran y cuestionan ante generaciones de niños y jóvenes enfermos de materialismo y consumismo, vaciados de inocencia y esperanza. Para quienes no condescendemos con nuestra propia indiferencia ante las heridas del ser humano y que la pandemia ha desnudado dramáticamente, ciertamente desde esa perspectiva, hay esperanza, la esperanza del Reino y de un juicio previo y necesario.


Nuestro mundo del siglo XXI, este mundo desaseado y manoseado, extorsionado y expoliado, manchado y vejado de mil maneras, y a pesar de la cruel y letal pandemia, no ha perdido su belleza originaria plasmada en el Génesis 1 y 2, ni ha olvidado la presencia del Pastor Bello por el que fue creado y en quien encontrará la hermosura inmarcesible y gloriosa. Porque hay promesa de gloria y aquella gloria será el triunfo definitivo. Pero no habrá consuelo a la brecha, a la herida sin una sutura, ni tajo que cicatrice sin grapas para unir parte con parte. Habrá juicio, tan cierto como este mundo que necesita redención y salvación.


El Juez misericordioso pronunciará una misericordia que elevará a los justos y hará enrojecer hasta el auto escarnio a los injustos o malos. En la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo refrescamos vivamente la esperanza del soberano, el que tiene la palabra definitiva sobre todo y todos, como juez con capacidad para reparar los destrozos de la maldad humana y provocar con su sentencia la extirpación de quien rechace la belleza del nuevo mundo, de quien haya rechazado ya por haberlo emponzoñado o contagiado, ya no solo con la agresión sino también con la indiferencia hacia el semejante que pasaba necesidad. El juez lo asume como una cosa personal, Él mismo sufre los agravios en aquellos a los que llama “hermanos pequeños”. Todos ellos son cuerpo de Cristo y cuanto a ellos se les hizo, se le infringió al mismo Juez, cuanto en ellos se omitió, se lo dejaron de hacer al Rey, a Jesús.


Todo ha sido dispuesto para participar de la gloria de Jesucristo. Quien rechace esto estará retorciéndose a sí mismo en contra de aquello para lo cual fue creado. Y no hay posibilidad de vida gloriosa sin solidaridad con los demás, más aún con aquellos que han de sostener el mayor peso de las fragilidades humanas. Nada al margen de la justicia del Juez justo y misericordioso, porque nada debe quedar afeado por la torpeza humana. Ciertamente y qué duda cabe, hay esperanza y hay responsabilidad de vivirla ya buscando la justicia y luchando decidida y comprometidamente por ella.


JESÚS Y LA COMPASIÓN. Las fuentes no admiten dudas. Jesús vive volcado siempre hacia aquellos que ven necesitados de ayuda. Jesús es incapaz de pasar de largo. Ningún sufrimiento le es ajeno. Se identifica a lo largo de su vida con los más pequeños y desvalidos y hace por ellos todo lo que puede hacer. Para Jesús la compasión es lo primero. El único modo de parecerse a Dios: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lucas 6, 36). No se trata de un lema de impacto, sino de un compromiso de vida. Para comprender bien esta expresión podemos compararla con Mateo donde Jesús dice: “Vosotros, pues, sed perfectos, como es Perfecto vuestro Padre celestial” (Mateo 5,48).


Por eso, no nos puede extrañar, que, al hablar del Juicio Final, Jesús presente la compasión como el criterio último y decisivo que juzgará nuestras vidas y nuestra identificación total con Él. Tampoco nos puede extrañar ni sorprender que se presente identificado con todos los pobres y necesitados de la historia humana. Mateo nos relata que comparecen ante el Hijo del Hombre, es decir, ante Jesús, el compasivo, todas las naciones. Conviene notar que no se hacen diferencia entre “pueblo elegido” y “pueblo gentil”. Nada se dice de las diferencias religiosas. Se habla de algo más humano y que todos entienden cuando se pregunta: ¿Qué hemos hecho con todos los que han vivido sufriendo?


Como sabemos, el evangelio de Mateo 25,31-46, no se detiene propiamente en describir los detalles de un juicio. Lo que se destaca es el doble diálogo que arroja una inmensa e intensa preocupación sobre nuestro presente, y nos abre los ojos para ver que, en definitiva, hay dos maneras de reaccionar ante los que sufren: o nos compadecemos y les ayudamos, o nos desentendemos y los abandonamos aferrados a nuestro individualismo e indiferencia. El que habla con tono solemne y apocalíptico es un Juez que está identificado con todos los pobres y necesitados: “cada vez que ayudasteis a uno de estos mis pequeños hermanos, lo hicisteis conmigo” (Mateo 25, 40). Y quienes se han acercado a ayudar a un necesitado, se han acercado a Jesús. Por eso, han de estar junto a Él en el reino. Luego se dirige a los que han vivido sin compasión: “Cada vez que no ayudasteis a uno de estos pequeños, lo dejasteis de hacer conmigo” (Mateo 25, 45). Quienes se han apartado de los que sufren, se han apartado de Jesús. Es lógico que les diga: “Apartaos de mí”. Seguid vuestro camino de egoísmo, de soberbia e indiferencia.


EL REINADO DE JESUCRISTO O REINADO DE DIOS. Jesús nos dice que su Reino no es de este mundo. Sin embargo, sabemos que su Reino también está en este mundo. Pero su Reino no es terrenal, sino celestial; no es humano, sino divino; no es temporal, sino eterno.


Su reinado está en medio del mundo, porque está en cada uno de nosotros. Mejor dicho, está en cada uno de nosotros cuando estamos en gracia, esa decir, cuando Jesús vive en nosotros y así permitimos que el Señor sea Rey de nuestro corazón y de nuestra alma, cuando le permitimos a Jesús reinar sobre nuestra vida. Y si Jesús es nuestro Rey, nosotros somos sus subalternos o súbditos no con la rancia significación y clasista de un reino terrenal. ¿Qué hacemos como subalternos o mejor como discípulos del Maestro y Rey? Hacemos lo que desea y lo que le indica su Rey Pastor. Por eso decimos que el Reinado de Jesucristo está dentro de nosotros mismos, pues Jesús es verdadero Rey nuestro cuando nosotros hacemos lo que Él desea y lo que Él nos pide. Y ¿qué nos pide Jesús como Rey y Pastor lleno de amor? Él nos pide lo que más nos conviene a nosotros. Y lo que más nos conviene a nosotros es hacer la Voluntad del Padre. En esto consiste el Reinado de Jesucristo en cada uno de nosotros: en que hagamos la Voluntad de Dios.


En el prefacio de la Misa Solemne de Jesucristo Rey del Universo decimos que el Reino de Jesús es un Reino de Verdad, de Vida, de Santidad, de Gracia, de Justicia, de Amor y de Paz. Así será el Reino de Jesucristo cuando Él vuelva glorioso a establecerlo definitivamente y para toda la eternidad. Pero mientras tanto, mientras estamos preparándonos para su venida definitiva, mientras vive Jesús como Rey Glorioso, podemos y debemos propiciar ese reinado en nuestro corazón y en medio de nosotros, en medio de todo el mundo.


Y será un Reino de VERDAD si nuestro entendimiento queda libre de errores y es iluminado por la Sabiduría de Dios.

Podrá ser un Reino de VIDA, si Jesús vive en nosotros por medio de la gracia divina que recibimos especialmente en la Sagrada Eucaristía y en la oración.

Y podrá ser un Reino de SANTIDAD si dejamos que Jesús nos santifique, siendo dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Podrá ser un Reino de GRACIA si sabemos acoger las gracias de Jesús que nos da de tantas maneras, respondiendo con frutos de buenas obras.

Y podrá ser un Reino de JUSTICIA, AMOR Y PAZ en la medida en que los seres humanos, discípulos de Jesucristo Rey, busquemos y hagamos la Voluntad de Dios, pues de esa manera las relaciones entre los seres humanos serán regidas por ese Rey que nos comunica su Verdad, su Vida, su Gracia, su Santidad, su Justicia, su Amor y su Paz.


EL AMOR COMO CRITERIO ÚLTIMO PARA SER JUZGADOS POR JESÚS. Cuando termine la historia de todo ser humano sobre la tierra, cuando cada uno de nosotros nos encontremos solos con nosotros mismos y con Dios, solo un bien resultará un tesoro precioso: EL AMOR puesto en las obras de misericordia. Por eso, la vida de cada uno será considerada como de éxito o de fracaso según el compromiso de la persona, de cada uno de nosotros en haber contribuido en eliminar seis situaciones de sufrimiento y de pobreza: hambre, sed, exilio o migración, la desnudez, la enfermedad, la cárcel. Y el amor es auténtico solamente si es desinteresado, si está libre de toda sospecha de autocomplacencia, de sospecha de simple altruismo; y así, quien actúa en vistas a la recompensa, incluso la recompensa del cielo, no ama de forma genuina.


Por eso, lo que resulta novedoso del juicio de Jesús es lo que se presenta como materia de examen que no son los males o pecados cometidos por la persona a lo largo de su vida terrena, sino el bien realizado o el bien omitido, la caridad vivida intensamente o negada y apagada para con el prójimo necesitado de alimento, de agua, de cobijo, de vestido, de compañía. El Juicio, pues, es presentado como un juicio sobre el amor, un amor a Jesús que se verifica en el amor al prójimo que sufre, especialmente a los más pequeños, es decir, a aquellos que son despreciados, descartados u olvidados por la gran mayoría y por los sistemas creados por los mismos seres humanos.


El amor al prójimo permite distinguir entre el amor genuino a Dios y el que sólo es de apariencia, de la boca para afuera. Quien no ama al hermano a quien ve, con un amor que se expresa en obras concretas de caridad, miente si dice que ama a Dios a quien no ve: “El que dice: ‘Yo amo a Dios’. Y odia a su hermano es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve? El mismo nos ordenó: el que ame a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4, 20-21). Sabemos que el juicio final dará lugar a una separación en dos grupos. Serán separados aquellos que supieron amar de aquellos que se cerraron al amor. Por eso, quienes en el transcurso de esta su única vida, se negaron a amar, cerrando sus entrañas a las necesidades del prójimo son calificados como “malditos”, y es que en realidad se han dejado dominar por su egoísmo que ha pervertido completamente sus entrañas hasta hacerlo incapaz de amar. Pero aún más, cuando cree que ama a los otros, no ha hecho más que amarse a sí mismo. No está permitido que el amor se encierre y tranquilice las conciencias de los egoístas e indiferentes, cuando de lo que en realidad se trata es actuar por el amor y la caridad, de hacer bien al prójimo, de hacerse solidario con su sufrimiento y de buscar ayudarlo o acompañarlo de algún modo. Ese no hacer nada por los demás, conduce a cada cual, a su autoexclusión de la comunión de Dios, que es eminentemente COMUNIÓN DE AMOR.


¿AL FINAL DEL AÑO LITÚRGICO Y AL FINAL DE NUESTRAS VIDAS EXAMINADOS EN EL AMOR? Ciertamente. La parábola del Juicio Final nos invita a examinarnos sobre cómo ha sido nuestra vivencia de fe en este año litúrgico que terminamos, desde los valores que nos propone Jesús en el Evangelio y que hemos escuchado todos estos domingos de este año que termina con todo lo que significa y significará el estar viviendo aún la pandemia en todo el mundo y que se nos presenta sin visos de una solución a corto plazo y produce ciertamente desasosiego e incertidumbre. El evangelio de Mateo 25,31-46 nos invita a examinarnos prolijamente, en el amor, en el hacer misericordioso. En el “aquí y ahora” del año litúrgico que terminamos con la mirada y conciencia puesta en el juicio final al término de nuestras vidas.


¿Qué criterios para examinarnos? La justicia, el trabajo por la paz, la formulación de programas que favorezcan la inclusión social, las estrategias de incidencia que nos ayuden a tocar los corazones de quienes formulan las políticas públicas para que éstas se ponga al servicio del bien común, el trabajo en red para tener un impacto mayor en las poblaciones vulnerables, serían los criterios básicos, no sólo para el fin del año litúrgico, sino como avance de autoevaluación y diagnóstico para el nuevo año litúrgico. Claro está que Jesús en la parábola nos hace una propuesta de criterios mucho más sencillos y cotidianos. En referencia a la justicia se tiene mucho que reflexionar, especialmente en las naciones del tercer mundo a las cuales la pandemia ha destrozado literalmente la economía muchas de ellas de supervivencia y se ha aumentado exponencialmente la pobreza y la atroz falta de trabajo; una justicia que siempre es desigual y fundamentada en el poder de las influencias y el dinero, que siempre tarde, especialmente para los pobres, y en la que tenemos que trabajar decididamente . En referencia al trabajo por la paz, ésta es mucho más amplia, especialmente en los países del Medio oriente, Asía, África y Latinoamérica. Los odios, las opciones religiosas extremas y luchas fratricidas han devenido en el incremento de la migración a los países de la Unión Europea. Ciertamente en los países de la Unión Europea, Rusia, China y Estados Unidos tienen el poder y la capacidad económica de elaborar o formular proyectos de programas de inclusión social para su ciudadanos; en los países del tercer mundo y especialmente en Latinoamérica es casi imposible, porque los gobiernos se han radicalizado optando por ideologías extremas y resentidas con la cultura occidental y cristiana y seguimos teniendo dictaduras que no les importa el bien común direccionado a los más pobres y necesitados de cada uno de los países, aunque contradictoriamente se ufanan por servir a los más desprotegidos de la sociedad y del estado, pero en realidad la situación social, económica y de derechos es siempre la misma. La pandemia en muchos de los países latinoamericanos ha derivado en un clientelismo exacerbado con el gobierno de turno, aunque muchos de ellos estén rebosantes de una corrupción que salta a la vista, el ciudadano común y corriente, se ha acostumbrado a ese clientelismo y se deja manipular por las palabras e incluso mentiras de los gobiernos de turno, aupados descaradamente por los medios de comunicación a su favor que los “limpian” y “no pasa nada”.


¿Qué hacer contemplando la parábola del juicio final y en esa afirmación cierta de que seremos examinados y juzgados en el amor? Cierto que habrá el juicio perfectamente justo y definitivo al cual estaremos sometidos todos, por tanto, dependerá de la vida que hagamos, el lugar que ocuparemos. Pero lo importante, y de cara al término del año litúrgico e inicio del nuevo, es que comprendamos que el evangelio de Mateo 25, 31-46, no tiene ya importancia los juicios que los hombres hagan de nosotros, es decir, como verdaderos creyentes, vislumbremos mas bien lo que de verdad somos y lo que somos a los ojos de Dios. En un mundo en que tantas veces triunfa la injusticia y la incomprensión, consuela saber que todo se podrá en claro y para siempre y cada uno recibirá lo justo y lo apropiado a su conducta.


Pero Jesús no es sólo el Juez, es también el centro y el punto de referencia por el que se juzga: “lo hicieron conmigo” o “tampoco lo hicieron conmigo”. Jesús ha de ser siempre el fin de todas nuestras acciones. Por lo demás, qué fácil amar a cada persona cuando en ella se ve a Jesucristo. Recordemos que, en la parábola de los talentos, el siervo es sancionado por guardar su talento sin hacerlo fructificar, y ahora en la parábola del juicio final, se le castiga o sanciona por otra omisión, por lo que “dejaron de hacer”. No se acercarnos a Jesús ni a sus hermanos más pequeños, y, por lo tanto, se olvidaron lo que nos dice Juan en su primera carta 3, 15-17: “Todo el que aborrece a su hermano es un asesino y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él. En esto hemos conocido lo que es el amor en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿Cómo puede permanecer en él el amor de Dios” (1 Juan 3,15-17). Por eso, Jesús nos hace entender la enorme gravedad de todo pecado de omisión, que realmente daña y hace mal, pues deja de producir en la vida el amor que debía de promover y que el hermano necesitaba para vivir,


Jesús el Dios Juez se solidariza con los que tienen necesidad de ayuda. Sus hermanos son los más humildes. Por eso, y como venimos repitiendo, la norma básica del juicio procede de las necesidades del prójimo; es decir, el ser humano juzgado según su comportamiento con el hermano desvalido. Y más, en realidad las seis obras de misericordia pertenecen también al fondo común ético de la humanidad. Como vemos el evangelista Mateo destaca la oposición entre hacer y no hacer, entre la acción y la omisión. La justicia consiste en hacer, en obrar, en producir frutos. En definitiva, la vida a la luz de Jesús consiste en el amor concreto a los pobres y necesitados o desfavorecidos.


EL AMOR INFINITO DE DIOS Y EL INFIERNO. No son pocos los cristianos que rechazan las enseñanzas sobre el infierno y prefieren creer que no existe y que es un invento de la Iglesia Jerárquica para mantener el dominio sobre los fieles. Ellos argumentan: “ ¿ Cómo podría un Dios que es todo amor condenar al hombre a un lugar tan terrible, y por toda la eternidad? Si Dios es amor, entonces el infierno no existe”. Sin embargo, allí están las tremendas palabras del Señor en el Evangelio: “Apártense de mí, malditos, váyanse al fuego eterno preparado por el diablo y sus ángeles”. Jesús no es la única vez que habla de esta terrible realidad y posibilidad para nosotros. Veamos: Mateo 8, 12: “En cambio, los que debían entrar al Reino serán echados fuera a las tinieblas, donde hay llanto y desesperación”; Mateo 10,28: “No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien, al que puede echar el alma y el cuerpo al infierno”; Mateo 13,49-50: “Así pasará al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno ardiente, donde habrá llanto y desesperación”; Marcos 9,47-49: “ Pues es mejor para ti que entres con un solo ojo en el Reino de Dios, que no con dos ser arrojados al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Pues el mismo fuego los conservará”; Lucas 13, 26-28: “Entonces ustedes comenzarán a decir: Nosotros comimos y bebimos contigo, tu enseñaste en nuestras plazas. Pero él contestará: No sé de dónde son ustedes, ¡Aléjense de mí todos los malhechores! Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras ustedes habrán sido echados fuera”. Por lo tanto, la doctrina sobre el infierno no es una invención de la Iglesia, sino una enseñanza clara del Señor Jesús.


Pero, si esto es así, ¿Cómo se conjuga o armoniza con el amor infinito de Dios? Dios ciertamente es amor, como lo afirma 1Juan 4,8.16. Nos ha creado por amor y para el amor. Por el inmenso amor que le tiene a su criatura humana, no quiere que nadie se pierda, y tanto lo quiere que Él mismo se ha hecho uno como nosotros. Jesús mismo asumió nuestra naturaleza humana para cargar sobre sí nuestro pecado y para reconciliarnos: en la Cruz. Dios ha hecho todo, hasta lo impensable, para que su criatura humana tenga vida, la tenga en abundancia y la tenga para toda la eternidad. Por lo tanto, el problema no está en Dios, sino en el hombre, en el rechazo que él hace de la invitación divina a participar de ese amor, en excluir a Dios de su propia vida para seguir su propio camino, lejos de Dios, sin Dios, y muchas veces en contra de Dios. Esto es lo que llamamos pecado.


A pesar de este rechazo, Dios nos sigue amando tercamente. Jesús en la Cruz perdona, reconcilia, y toca a la puerta del corazón de todo hombre invitándolo a abrirle. ¿Puede el amor de Dios expresarse en un grado más alto que ese? ¿Qué más pudo hacer Dios por nosotros que no lo hizo? Dios nos ama, hasta el extremo, con locura. Por ese amor nos invita a participar de su comunión divina de amor, a ser amados por Dios por toda la eternidad, a amar sin límite ni medida. Pero ciertamente podemos decirle: “no”, “déjame en paz”, “tú no existes”, una y otra vez, hasta que Él ya nada más pueda hacer, hasta que lo único que le queda sea dejarnos “en paz”. Y eso, justamente, es el infierno: la autoexclusión de la comunión con Dios. En el día del juicio Dios no podrá hacer otra cosa sino respetar esa opción.


LA MISERICORDIA, CRITERIO ESENCIAL DE LA CONDUCTA DEL SER HUMANO. El horizonte universal de la fraternidad proclamada por el evangelio constituye el auténtico sentido misionero de la Iglesia, la cual partiendo de la fraternidad iniciada por Jesús y proyectada a través del verdadero discipulado, alcanza a los necesitados y desheredados de toda la tierra. Esta fraternidad universal trasciende a toda raza, cultura, lengua o estrato social, tiene su centro de atención en los excluidos del mundo y constituye el gran proyecto en el que ha de trabajar permanentemente una Iglesia que quiera renovarse según el mandato de su Señor.


Por eso, la atención a los pobres, los hambrientos y sedientos, los inmigrantes y desamparados, los enfermos y los cautivos es el criterio decisivo del juicio en la comparecencia universal ante el Hijo del Hombre y ha de ser el criterio esencial en la orientación de la conducta humana. Ésta es la conducta requerida en las conocidas como obras de misericordia. Desde la perspectiva del juicio universal, la parábola apela más bien a una exigencia ética que se ha de situar en el plano de la justicia social correspondientes a los derechos de los excluidos y de las víctimas. Especial relevancia adquiere en el momento presente y a escala planetaria la referencia a los hambrientos y a los forasteros o inmigrantes. La otra de los desnutridos por carecer de medio de subsistencia para la supervivencia es de casi mil millones de personas en el mundo, con el agravante de que cada año hay más que el año anterior. Ésta sí que es la más auténtica crisis del mundo en que vivimos agravada por la actual pandemia. Por lo que respecta a los forasteros e inmigrantes la movilidad de los seres humanos por todos los países refleja uno de los fenómenos sociales más relevantes. Los movimientos migratorios son otra manifestación de la desigualdad y de la injusticia de nuestro mundo. El término griego “xenos” designa al forastero y es lo que aparece en el discurso de Jesús (Mateo 25,35.38.43.44), se debe aplicar hoy y en este contexto especialmente al inmigrante, pues tanto éste como el exiliado, dentro del colectivo de los extranjeros, son víctimas sociales necesitadas de atención y de acogida por verse forzosamente privados de la tierra que les vio nacer.


Por eso, los criterios de justicia que se tendrán en cuenta en este juicio revelan, en primer lugar, la identificación plena de Jesús, el Señor glorificado, con todos los que viven situaciones de miseria para verse privados de los bienes y derechos humanos más fundamentales, en segundo lugar, muestran que Jesús considera hermanos suyos a todas las personas con las que se identifica por haber sido víctimas de condiciones vitales de extrema dificultad en el ámbito de la salud y en el ámbito social: hambrientos, sedientos, desnudos, forasteros, enfermos y encarcelados y los trata como hermanos por el simple hecho de ser víctimas, independientemente de su comportamiento personal; este vínculo entre los necesitados y Jesucristo es íntimo y misterioso.


NUEVAMENTE EL AMOR COMO REVULSIVO. Los cristianos llevamos más de veinte siglos hablando del amor. Hemos dicho y lo repetimos que el AMOR es el criterio último de toda actitud y comportamiento. Afirmamos que desde el amor será pronunciado el juicio definitivo sobre todas las personas, estructuras y realizaciones de los seres humanos. Pero, con ese lenguaje del amor, podemos estar ocultando con frecuencia el mensaje auténtico de Jesús, mucho más directo, sencillo y concreto.


Jesús en los evangelios apenas pronuncia la palabra “amor”. Tampoco lo hace en la parábola del juicio final. Cierto que al final se nos juzgará por las obras de misericordia que se traduce en el amor del Padre hacia todo nosotros sus criaturas. Claro está que al final de nuestras vidas no se nos jugará de manera general sobre el amor, no se nos examinará del amor, sino sobre algo mucho más concreto: ¿Qué hemos hecho cuando nos hemos encontrado con alguien que nos necesitaba? ¿Cómo hemos reaccionado ante los problemas y sufrimientos de personas concretas que hemos ido encontrando en nuestro camino? Ese será y es el examen de amor que nos hará Jesús. Lo decisivo en la vida no es lo que decimos o pensamos, lo que creemos o escribimos. No bastan tampoco los sentimientos ni las protestas totalmente estériles. Lo importante es ayudar a quien lo necesita.


Los cristianos, especialmente en este tiempo de la globalización, nos sentimos satisfechos y un tanto indiferentes a un amor revulsivo para nuestra fe y caminar cristiano cansino y sin cambios. Pero nos olvidamos lo que nos advierte Jesús que estamos preparando nuestro fracaso final siempre que cerramos nuestros ojos a las necesidades ajenas, siempre que eludimos cualquier responsabilidad que no sea en beneficio propio y nuestro, siempre nos contentamos con criticarlo todo, sin echar una mano a nadie, llenos de autosuficiencia, soberbia, egoísmo e individualismo indiferente. Jesús nos enseña que el Reino de Dios es y será siempre de los que aman y tienen compasión por el pobre, y le ayudan en sus necesidades. Esto es lo esencial y definitivo. Un día se nos abrirán los ojos y descubriremos con inaudita sorpresa que el amor es la única verdad, y que Dios reina allí donde hay seres humanos capaces de amar y preocuparse por los demás.


LA PALABRA VIVA Y EFICAZ LA MEDITAMOS CON EZEQUIEL: “ASÍ DICE EL SEÑOR. YO MISMO EN PERSONA BUSCARÉ MIS OVEJAS SIGUIENDO SU RASTRO. COMO SIGUE EL PASTOR EL RASTRO DE SU REBAÑO CUANDO LAS OVEJAS SE LE DISPERSAN, ASÍ SEGUIRÉ YO EL RASTRO DE MIS OVEJAS Y LAS LIBRARÉ SACÁNDOLAS DE TODOS LOS LUGARES POR DONDE SE DISPERSARON UN DÍA DE OSCURIDAD Y NUBARRONES. YO MISMO APACENTARÉ MIS OVEJAS, YO MISMO LAS HARÉ DESCANSAR- ORÁCULO DEL SEÑOR- BUSCARÉ LAS OVEJAS PERDIDAS, RECOGERÉ LAS DESCARRIADAS; VENDARÉ A LAS HERIDAS, SANARÉ A LAS ENFERMAS; A LAS GORDAS Y FUERTES LAS GUARDARÉ Y LAS APACENTARÉ COMO ES DEBIDO. Y A USTEDES, MIS OVEJAS, ESTO DICE EL SEÑOR: VOY A JUZGAR ENTRE OVEJA Y OVEJA: ¡ENTRE CARNEROS Y MACHOS CABRÍOS” (¡EZEQUIEL 34, 11-12!15-17).


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