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¡LA PALABRA DE DIOS, VIVA Y EFICAZ!

LAS EXIGENCIAS DEL EVANGELIO HOY: PREPARAR EL CAMINO DEL SEÑOR, CONVERTIRSE, VIDA Y CAMINO NUEVO PARA RECIBIR A JESÚS


LA BUENA NUEVA Y LAS BUENAS NUEVAS. A pesar de que todos esperamos constantemente buenas noticias con frecuencia lo que escuchamos, leemos y vemos son malas noticias. Inundados por el cúmulo de informaciones de las redes sociales donde muchas veces no sabemos si son ciertas o son meras elucubraciones, ahogados en la incertidumbre de la pandemia que no tiene cuándo extinguirse ni tener los tratamientos adecuados para frenar sus nefastas “olas”, pasmados por esa imagen que nos ofrecen los gobiernos que sólo exigen el fiel cumplimiento de los protocolos y cada uno exalta sus “éxitos”, y cuando realmente ya estamos cansados y extenuados, porque que no hay ni una pequeña luz, ni un resquicio al final del túnel, sólo nos estrellamos con malas noticias. Incluso la ciencia que es la panacea de los logros alcanzados por el ser humano parece que se está cansando y no tiene ya que ofrecernos una solución tan certera que se preciaba darnos; aún la ciencia médica, parece al borde del colapso, no nos induce, no nos llama al optimismo y a la esperanza, sino que solo “amenaza y advierte” y como cuando quisiéramos información certera nos dejan “atontados”, “pasmados” por más incertidumbre. Incluso cuando ya nos alegrábamos por la elaboración de las vacunas se vienen tras de ellas dudas e incertidumbres. Como que aún no podemos salir del estrés del confinamiento, de la incertidumbre y las contradicciones de las autoridades mundiales de la salud. ¿Podremos ante este panorama tener buenas noticias que nos animen y nos otorguen esperanzas?


No olvidemos, a pesar del shock que sentimos ante la letalidad de la pandemia, que las buenas noticias tienen relación con la vida, la salud, el bienestar, la felicidad; las malas noticias son todo lo contrario. Por una parte, hay personas capaces de infundir esperanza en los pobres, dar aliento a los abatidos, fomentar la paz en toda ocasión y promover bienestar en el pueblo; son los profetas de la vida. Por otra parte, se tienen personas que provocan divisiones en la sociedad como lo estamos viviendo en todo el mundo, cometen fraudes y corrupción en la política y obtienen pingues ganancias injustas con comercios ilegítimos; son y qué duda cabe, los agentes de muerte. El EVANGELIO equivale, precisamente a buena noticia por excelencia, porque como gritaban los pregoneros de Israel, es una buena noticia de victoria y liberación predicada por Jesús de Nazareth en relación con el Reino de Dios, presencia fuerte de vida, justicia, verdad, libertad y amor. En realidad, la noticia es Jesús mismo, es Cristo, el Mesías de Dios, enviado por Dios para la liberación salvadora del mundo.


EL CAMINO A SEGUIR JUNTO A DIOS. En nuestro mundo globalizado y donde el nuevo fascimun son las redes sociales. Numerosas personas ya no creen en Dios. No es que definitivamente lo rechacen. Esas personas no saben qué camino seguir para encontrarse con Dios. Pero Dios no está lejos. Oculto en el interior mismo de la vida, Dios sigue nuestros pasos, muchas veces pasos errados o desesperanzados, con amor respetuoso y discreto. Lo decisivo para las personas que no saben qué camino seguir, es cómo percibir la presencia de Dios.


El evangelista Marcos nos recuerda el grito del profeta en medio del desierto: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos. ¿Cómo abrir caminos a Dios? Para algunos, la vida se ha convertido en un laberinto. Ocupados en tantas cosas, se mueven y agitan sin cesar como veletas al son del viento, pero no saben de dónde viene ni a dónde van. Cuando dejan esas cosas del mundo que los mantiene ocupados, como que encuentran un espacio, una mirada que se dirige y se abre a Dios, especialmente cuando se detienen para encontrarse con lo mejor de sí mismos. También hay quienes viven una vida sin esencia, desvirtuada, plana e intrascendente en la que lo único importante es estar completamente entretenido. Ellos sólo podrán vislumbrar la presencia de Dios si empiezan a atender el misterio que late en el fondo de la vida. Otros viven sumergidos en una vida de apariencias. Sólo se preocupan de su imagen, del cultivo de su cuerpo, de lo aparente y externo. Ellos se encontrarán más cerca de Dios si buscan sencillamente la verdad.


Hay quienes viven partidos en cientos de trozos por el ruido incesante del mundo, la retórica, las ambiciones o la incesante prisa, ellos darán pasos hacia Dios si se esfuerzan por encontrar un hilo conductor que humanice sus vidas. De pronto, muchos se irán encontrando con Dios si saben pasar de una actitud defensiva ante Dios a una postura de acogida, de abrir su corazón; del tono soberbio y arrogante a la oración humilde; del miedo al amor; de la autocondena a la acogida del perdón misericordioso de Dios. Ciertamente, escuchando el mensaje de Juan Bautista, todos haremos más espacio a Dios en nuestra vida si realmente lo buscamos con corazón sencillo, como aquellos israelitas del exilio en Babilonia que supieron percibir las intuiciones, los presagios y esperanzas del profeta, ante la invitación del Señor a dejarse liberar o mirar el futuro con los ojos de Dios, a tener el coraje de iniciar una nueva vida. Isaías y Juan Bautista nos invitan a todos, incluso a los que han perdido la fe a trazar un nuevo camino, un camino espacioso y directo que permita llegar, de manera agradable y expedita a la meta a donde Dios quiere conducirnos.


Muchos judíos exiliados en Babilonia, se adaptaron al ritmo de vida de sus opresores, y ciertamente escogieron ese camino, seducidos por las lisonjas de la vida pagana, y por ende, se hicieron incapaces de acoger la invitación de Dios, no tuvieron, como muchos en este mundo y en estas sociedades globalizadas, ni la fuerza ni el coraje de iniciar una nueva vida, decidieron no abrir nuevos caminos para encontrarse con Dios, decidieron estar apegados a los atractivos y a la fascinación de la vida de los babilonios.


Además, cómo tener esperanza, cómo creer, si la historia parece contradecir las promesas de Dios, Durante milenios, no han desaparecido los gemidos ni los llantos de muchas gentes, y más, las espadas no han sido transformados en arados ni las lanzas en hoces. Como que nada ha cambiado y como que esta realidad es un desmentido a la fe cristiana en Jesús, el Mesías. Las dudas sobre la fidelidad de Dios al compromiso de hacer surgir un mundo nuevo, aparecen cuando nos olvidamos de que los tiempos de los enamorados no son los dictados por el reloj sino por el amor. Una hora pasa en un instante y un instante puede parecer una eternidad.


Queda claro, que todos estamos invitados a abrir caminos que nos lleven a Dios, pero estamos advertidos a contemplar a los judíos deportados: los que optaron por abrirse camino, caminando con Dios, ciertamente no recorrieron los senderos antiguos, ese sentirse el pueblo elegido y que ya tenían un camino establecido, sino que buscaron con inmensa fe en Dios: nuevos caminos.


PREPARAR LOS CAMINOS DEL SEÑOR EN CLAVE DE ISAÍAS Y JUAN BAUTISTA: UNA TAREA DE SIEMPRE PARA NO OLVIDARNOS DE LAS EXIGENCIAS DE JESÚS. Juan Bautista con potente y penetrante voz exclama: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Enderecen sus senderos! Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia actual marcada por la pandemia. El Señor de muchas formas se acerca para tocar fuertemente a la puerta de nuestros corazones. Jesús también nos dice: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta y llamo; si uno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré en él y él conmigo.” (Apocalipsis 3,20). Pero cuántas veces le ponemos obstáculos, le cerramos los oídos y hacemos intransitable el camino al Señor Jesús, le impedimos acercarse a nosotros, impidiéndole entrar en lo más íntimo de nuestra vida interior. Por nuestra soberbia, por nuestra vanidad, por el miedo a que nos quite algo a lo que tanto nos aferramos, por preferir nuestro pecado o nuestras vanas seguridades, por no confiar en el Señor Jesús y hacer lo que nos dice, preferimos mantenerlo a una prudente distancia.


PREPARAR EL CAMINO DEL SEÑOR EN CLAVE DE ISAÍAS. ¿Qué será eso de “aplanar cerros y colinas? Significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra autosuficiencia, nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra impaciencia, nuestra agresividad, nuestro racismo, nuestra cultura de descarte. Todas esas son alturas, pero no alturas buenas. Debemos de aplanarlas y rebajarlas para preparar el camino que quiere Dios.


¿Qué será eso de “rellenar quebradas y barrancos”? Esas no sol alturas sino bajuras, hondonadas. Hay que rellenar las bajuras u hondonadas y bajezas de nuestro egoísmo, de nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas. Todas ésas son bajezas y son pecados que dificultan el que podamos vivir en armonía unos a otros. Son bajuras que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Jesús viene a traernos.


¿Qué es eso de “enderezar los caminos torcidos y con curvas”? Es el cambio de rumbo, cambio de vida, transformarse. Es también rectificar el camino si vamos por caminos torcidos y antiguos, y equivocados que nos llevan a Dios.


PREPARAR EL CAMINO DEL SEÑOR EN CLAVE DE JUAN BAUTISTA. Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta y acciones pecaminosas, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien, el sendero que conduce a la Vida.

Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “abajar los montes y colinas”, quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra vida interior.

Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en “rellenar los valles y abismos”, quien con sistemático trabajo se empeña en adquirir las virtudes que apresuran la venida del Señor a su corazón.


Despojémonos del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirnos de actitudes de generosidad y desprendimiento. Despojémonos de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revistámonos de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad. Despojémonos de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes, de palabras desedificantes o groseras para revestirnos de un habla decente y reverente, que busca la edificación de los demás. Despojémonos de resentimientos, odios, amarguras y rencores para revestirnos de actitudes de perdón, de comprensión y de misericordia para con quien nos ha ofendido. Despojémonos de la mentira y revistámonos de la verdad. Despojémonos del robo, del fraude, de la usura, del soborno, de la corrupción como sistema, del mal uso del dinero para corromper a otros y revistámonos de honradez. Despojémonos de las borracheras, del vicio del cigarrillo y revistámonos de sobriedad y autodominio. Despojémonos de cualquier búsqueda de satisfacción sensual desordenada e inmoral que hacen de la persona un simple objeto de placer y revistámonos de virtudes de pureza, de autodominio y castidad.


EL CAMINO DE LA CONVERSIÓN PARA RECIBIR Y ACOGER A JESÚS. Marcos anuncia el gozo del Evangelio. Pero, a continuación, de manera abrupta y sin advertencia alguna, comienza a hablar de la urgente conversión que necesita vivir todo el pueblo para acoger a su Mesías y Señor. En el desierto aparece un profeta diferente. En el desierto es el lugar donde con más facilidad nos encontramos con Dios. Juan vivió alejado del murmullo y de los ruidos del mundo que no dejan prepararse para tener un ambiente favorable para oír la llamada de Dios, para escuchar la llamada a la penitencia. Porque quien predica, debe hacerlo más con la vida y su testimonio personal y no con solo palabras. Juan, pues, fue al desierto, ¿para qué?, porque no cabe la menor duda que allí es el lugar donde con más facilidad nos encontramos con Dios, allí donde se escucha el silencio, y en el silencio se escucha mejor a Dios. Y en este tiempo que vivimos es propicio vivir un pequeño desierto, donde no haya voces perturbadoras, para que podamos oír con la voz que nos habla dentro, oír lo que hay en nuestra conciencia que, rectamente formada, es la voz de Dios. Esta voz interior, no dirá de mejor forma lo que debemos cambiar, para estar mejor preparados para nuestra conversión.


La llamada de Juan Bautista a la conversión, no sólo se dirige a la conciencia personal de cada uno. Lo que busca Juan Bautista va más allá de la conversión moral de cada persona. Se trata de preparar el camino del Señor, un camino concreto y bien definido, el camino que va a seguir Jesús, defraudando las expectativas convencionales de muchos. Los que oyen a Juan Bautista quedan impactados y conmovidos. Ellos recuerdan y toman conciencia de la situación en que viven; experimentan la necesidad de cambiar; reconocer sus pecados sin echarse la culpa unos a otros; sienten necesidad de salvación.


Y así, la conversión que necesita nuestro modo de vivir el cristianismo no se puede improvisar. Requiere un tiempo largo de recogimiento y trabajo interior. Pasarán años hasta que hagamos más verdad en la Iglesia y reconozcamos la conversión que necesitamos para acoger más fielmente a Jesucristo en el centro de nuestro cristianismo. La tentación para todos nosotros es de pronto “no ir al desierto”. Es decir, eludir la necesidad de conversión. No escuchar ninguna voz que nos invita a cambiar. Distraernos con cualquier cosa, para olvidar nuestros miedos y disimular nuestra falta de coraje para acoger la verdad de Jesucristo.


LA CONVERSIÓN NO ES INVITACIÓN A DEJAR NUESTRA VIDA Y TOMAR LA DE OTROS. La conversión que Dios quiere es que seamos sus hijos, que vivamos como hermanos entre nosotros. Dios nos ha dado la posibilidad de disfrutar de lo bueno y lo bello, de que hagamos el bien, nos ha hecho capaces de amar y nos ha dado el dominio del mundo, pero ¿estará Él conforme de cómo lo hacemos, de cómo lo llevamos entre nuestras manos?


Por eso grabemos con claridad en nuestra mente lo que significa conversión. La llamada a la conversión es una llamada que viene de Dios que nos ama, quiere nuestro bien. La conversión consiste ante todo en que echemos una mirada a nuestro interior para descubrir cuales son de verdad nuestros deseos, nuestra voluntad y purificados ante el criterio del amor. Lo que Dios quiere y desea de cada uno de nosotros es que amemos.

Hemos de convertirnos de nuestro egoísmo y nuestra superioridad de la agresividad y violencia, de la mentira y del desamor, del pecado que se aloja en nuestro corazón, para empezar a ser generosos, humildes y pacíficos, acogedores y serviciales, sinceros y testigos de esperanza. Sin olvidarnos de los pecados de omisión: cuánto bien dejamos de hacer y cuánto testimonio dejamos de dar por cobardía, comodidad o descuido. Así nos iremos convirtiendo y prepararemos el camino del Señor como nos pide Juan Bautista para que esta Navidad que se acerca, el Señor Jesús pueda entrar en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestra historia y en nuestro mundo.


Pero no olvidemos que tal esfuerzo continuo de conversión será totalmente inútil y estéril si nos acudimos incesantemente al Señor en la oración, si no recurrimos a los sacramentos en los que encontramos la gracia y la fuerza necesaria, en los que encontramos al Señor Jesús mismo. Jesús hará fecundos todos nuestros esfuerzos, si acudimos incesantemente a Él y si luchamos con paciencia y terca perseverancia. Así, pues, en medio de tus luchas y empeños, persevera en la oración diaria, en ese coloquio íntimo que es encuentro con el Señor y escucha de su palabra, visita continuamente al Señor en el Santísimo y acude a los sacramentos de la Reconciliación y Eucaristía con la debida frecuencia.


EL ADVIENTO Y EL CAMINO DE LA PREPARACIÓN DEL CAMINO AL SEÑOR JESÚS. El Adviento es tiempo propicio para responder a la llamada de Juan Bautista. Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en Adviento: conversión, cambio de vida, enderezar el camino, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres, faltas de virtud; nacer de arriba, nacer del Espíritu Santo.


El tiempo del Adviento es, pues, un tiempo propicio para remover, todos los obstáculos que impiden o dificultan la presencia de Dios en cada uno de nuestros corazones y en el de la comunidad. El tiempo de Adviento, además de invitarnos a remover obstáculos, es un tiempo de gracia para ver los caminos que nos conducen a Dios, los caminos que hemos de reconstruir y transitar para vivir con inmensa alegría y gozo la presencia de Jesús.


Un Adviento que nos hace ver la realidad con los ojos de Dios, y hacernos cargo de ella con misericordia y compasión pues estamos seguros de que nada ni nadie queda fuera del amor de Dios. Cuando pasamos nuestra mirada a la realidad con los ojos de Dios, las dificultades se tornan en desafíos y oportunidades capaces de hacer brotar de nuevo la esperanza. Un Adviento que es un camino de ternura de Dios. Este camino de la ternura nos permite ablandar el corazón para que la vida vuelva a palpitar en él. El Adviento es un buen momento para recobrar el camino de la ternura y del corazón.


EL MEJOR MENSAJE SOBRE EL ADVIENTO NOS OFRECEN ISAÍAS, JUAN BAUTISTA Y LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. Ellos llenan la liturgia de este tiempo animándonos a ser agentes de nuestra transformación y la de los demás:


ISAÍAS: es como el evangelio del Antiguo Testamento. Sacudió enérgicamente la conciencia del pueblo que se había olvidados de Dios. Exigió pureza de conversión y fue el maestro del Adviento judío.


JUAN BAUTISTA: Si los profetas nos dicen cómo será el Mesías, Juan Bautista nos señala quién es de hecho el Mesías. Nos habla de la triple venida de Jesucristo, la histórica: “Detrás de mi viene el que es mayor que yo”; la misteriosa o actual: “Convertíos, porque ha llegado el reino de los cielos”; y la futura: “Ya el hacha está en la raíz del árbol”.

Ciertamente, el mundo actual necesita que otro Juan Bautista le predique y abra en los corazones un nuevo camino para que Jesucristo ingrese y lo redima. La gracia impregna la vida contemporánea, como una lluvia silenciosa y penetrante. La severidad que reviste la persona de Juan Bautista, se convierte en ternura al sumergir a los penitentes en las aguas del Jordán. Es un profeta. Su responsabilidad le exige ser signo, aunque pálido de la intención misericordiosa de Dios.


LA VIRGEN MARÍA. María Es la gran figura del Adviento. Vivió el mejor Adviento desde la anunciación al nacimiento de Jesús. En María culmina la espera de Israel. Ella es la fiel acogedora de la Palabra hecha carne. Su propia sangre fue la de Jesucristo. María hizo posible la primera Navidad y es modelo y cauce para todas las venidas de Dios a los hombres. María es ejemplo de espera mesiánica por su sencillez, rectitud, humildad, reconocimiento agradecido. Fue total en el amor a Dios. El Adviento es tiempo mariano por excelencia. Ella es la mejor preparación y realización del misterio cristiano. Por su fidelidad María es también modelo y tipo de la Iglesia. Una vivencia realista del Adviento nos llevará a conocer más a fondo el amor del Padre que nos da al Hijo, el amor del Hijo que viene a configurarnos con Jesús, a conocer y amar al ser humano por el que Dios se ha entregado sin reservas para ayudarle a vivir eternamente con Jesús.


LA PALABRA VIVA Y EFICAZ LA MEDITAMOS CON EL PROFETA ISAÍAS: “‘CONSUELEN, CONSUELEN A MI PUEBLO’- DICE SU DIOS- ‘HABLEN AL CORAZÓN DE JERUSALÉN, ANÚNCIENLE QUE SE HA CUMPLIDO SU CONDENA Y ESTA PAGADO SU CRIMEN, YA QUE DE LA MANO DEL SEÑOR HA RECIBIDO DOBLE CASTIGO PARA SU PECADO.’ UNA VOZ GRITA EN EL DESIERTO: ‘PREPAREN UN CAMINO AL SEÑOR, TRACEN EN LA LLANURA UN SENDERO PARA NUESTRO DIOS; QUE LOS VALLES SE LEVANTEN, QUE MONTES Y COLINAS SE APLANEN; QUE LO TORCIDO SE ENDERECE Y LO ESCABROSO SE NIVELE; Y SE REVELARÁ LA GLORIA DEL SEÑOR Y LA VERÁN TODOS LOS HOMBRES JUNTOS PORQUE HA HABLADO LA BOCA DEL SEÑOR. SÚBETE A UN MONTE ELEVADO, MENSAJERO DE SIÓN; ALZA FUERTE LA VOZ, MENSAJERO DE JERUSALÉN; ÁLZALA, NO TEMAS, DI A LAS CIUDADES DE JUDÁ:’ AQUÍ ESTÁ SU DIOS’. MIREN EL SEÑOR DIOS LLEGA CON PODER, Y SU BRAZO MANDA. MIREN, VIENE CON ÉL SU SALARIO, DELANTE DE ÉL SU RECOMPENSA. COMO UN PASTOR QUE APACIENTA EL REBAÑO, SU BRAZO LO REÚNE; TOMA EN BRAZOS LOS CORDEROS Y HACE RECOSTAR A LAS MADRES” (ISAÍAS 40, 1-5.9-11)


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