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¡LA PALABRA DE DIOS, VIVA Y EFICAZ!

SER TESTIGOS DE LA LUZ CON EL TESTIMONIO DE VIDA CONTEMPLANDO A JESÚS QUE VIENE.


JESÚS EL CENTRO DE LA HISTORIA DE SALVACIÓN. El escenario en las orillas del río Jordán tiene como centro a Juan Bautista, que lejos de hacerse con el rol protagónico, señala instantáneamente a quien es el centro de la Historia de Salvación: Jesús de Nazareth, el hombre que viene detrás de Juan Bautista y que los judíos no conocen y que él abrirá camino y señalará entre los hombres como el Mesías de Dios. Juan Bautista no tiene ni mucho menos una falsa humildad ni se hace el humilde. Como profeta mira a Jesús que viene y tiene bien claro quién es el centro de la Historia de Salvación. Al ingresar al centro mismo del Adviento, también los cristianos del siglo XXI la tenemos bien claro quién es el centro y cuál es la razón de nuestra predicación y de las acciones que, en perfecta coherencia con ese anuncio, llevamos a cabo.


Juan Bautista como que se libra de las tentaciones del protagonismo y eso que estaba en el centro del escenario en la predicación de la Palabra y exigiendo conversión, un cambio radical de vida y que se hacía realidad con un bautismo muy especial. Juan Bautista es el auténtico modelo del verdadero discípulo en lo que se refiere a la obra evangelizadora y cómo llevar a cabo la misión de Jesús en el hoy de nuestra vida de fe y de seguimiento. La tentación del protagonismo, de ocupar el lugar de Jesús, como toda tentación se presenta con suma sutileza y las más de las veces arropada de bondad. Como Juan Bautista, la finalidad de todo lo que somos y hacemos es anunciar a Jesús y trabajar incansablemente para hacer realidad el Reino de Dios entre nosotros, en el mundo, tan escéptico y aséptico a las cosas de Dios, aún en estos tiempos terribles y dolorosos de pandemia que vivimos y que con auge inusitado de la producción de la vacuna como que vamos entrando y viendo una “pequeña lucita” al final del túnel de toda esta inédita situación que vivimos y que nos causa dolor, temor e incertidumbre.


La otra tentación del protagonismo es el predicarnos a nosotros mismos, como lo está haciendo la sociedad del siglo XXI, de la decantada era de la globalización donde se quiere que todos hablemos el mismo idioma, ese pensamiento único que corroe y destruye la verdadera libertad que Dios nos dio para hacernos realmente libres y no esclavos de los ídolos mundanos. Juan Bautista que gozaba de buena fama como lo testifica el mismo Herodes y el pueblo que lo seguía y lo escuchaba, nos ofrece dos claves para no caer en la tentación de querer ocupar el protagonismo de Jesús. Vemos que Juan Bautista tiene clarísima su misión: Jesús el que viene detrás de él es quien realizará y llevará a plenitud el plan de Dios anunciado por los profetas. Y como consecuencia de esa claridad de su misión, fluye naturalmente la humildad para reconocer que, a Jesús, el que viene detrás, ni Juan Bautista ni nosotros somos dignos de desatar la correa de su sandalia. Lo que es realmente fundamental, en clave de Juan Bautista, es dejarnos habitar por Jesús, en ese salir siempre a su encuentro, para que, en la medida de nuestra coherencia, pudiésemos transparentar al Dios que todos llevamos dentro, es decir, que Jesús es el verdadero protagonista de la Historia de la Salvación.


Debemos, pues, mostrar a Jesús, como lo hace Juan Bautista con toda transparencia y claridad en nuestra misión y en nuestra actitud de humildad. Colocar a Jesús en el centro de nuestro ser y quehacer. Estamos llamados y convocados para ser testigos de la luz y, a través de nuestro testimonio, ayudar a los otros en el camino de la búsqueda sincera de esa luz. La tarea evangelizadora es estar llamados para dar a conocer a Jesús que muchos- como los judíos- no lo conocen o tienen una imagen desfigurada sobre Jesús. Adviento es un tiempo propicio para ser testigos y para enseñar con nuestra vida y con el testimonio de nuestra vida la centralidad de Jesús y sus evangelios.


LA MISIÓN DE JESÚS ES TAMBIÉN NUESTRA MISIÓN. El Tercer Isaías (61,1-2.10-11) tenemos la descripción de la misión del Mesías de Dios, y que un día Jesús, en la sinagoga de Nazareth leyó este pasaje y proclamó que se refería a Él mismo. La misión de Jesús es también nuestra misión, su hacer, su obrar en la Palestina de su tiempo es también nuestro camino, nuestra obra, es todo de él y nosotros tenemos que vivirlo y compartirlo Veamos la misión del Mesías anunciada por Isaías y ratificada por Jesús mismo:


“ANUNCIAR LA BUENA NUEVA A LOS POBRES”. La Buena Nueva es el anuncio de salvación que Jesús, el Salvador del mundo nos vino a traer. Y la anuncia a los pobres. Pero ¿quiénes son estos pobres? Todos los que reciben la Buena Noticia de salvación deben ser pobres en el espíritu. Son los mismos a quienes Jesús se refiere en las Bienaventuranzas. Pobres son aquellos que se saben nada sin Dios, que saben que nada pueden sin Dios, que en todo dependen de Él. Esos están listos para recibir la Buena Nueva que Jesús trae. En cambio los ricos y más los ricos en el espíritu, son los que creen que pueden hacerlo todo por sí solos, los que se creen gran cosa ante Dios, esos no están en la lista para recibir el mensaje de Jesús.


“CURAR A LOS DE CORAZÓN AFLIGIDO”. Jesús vino a sanar a los que sufren. También esta parte de la misión la menciona en las Bienaventuranzas: “Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados”. Jesús cura los corazones afligidos. Pero los cura mostrándonos que el sufrimiento, unido al suyo, tiene valor redentor. La cura mostrándonos que todo sufrimiento aceptado en Jesús, es la cruz que el Señor nos regala para poder imitarlo y para poder ser consolados, tal como nos lo promete.


“PROCLAMAR LA LIBERACIÓN A LOS CAUTIVOS Y A LOS PRISIONEROS LA LIBERTAR”. Jesús nos trae el perdón de los pecados. Ese perdón nos libera del cautiverio del pecado. El que está hundido en el pecado, necesita ser liberado. Y Jesús nos trae esa liberación. Podemos decir que los seres humanos nos encontrábamos prisioneros en situación de secuestro: cautivos por el Demonio. Pero Jesús pagó nuestro rescate con su muerte y su resurrección gloriosa. Ya somos libres: ya se nos ha borrado el pecado original con el Sacramento del Bautismo; y se nos perdona los demás pecados cometidos, con nuestro arrepentimiento y con el Sacramento de la Confesión.


“PROCLAMAR EL AÑO DE LA GRACIA DEL SEÑOR”. La aparición de Jesús en nuestra historia fue el Año de la Gracia del Señor anunciado desde el Antiguo Testamento por Isaías.

Estamos llamados y convocados a vivir al estilo de Jesús para una misión de conversión y liberación.


EL SEÑOR JESÚS VIENE HOY. Acoger a Jesús es el cielo. Inhibirse, dejarlo de lado a Jesús es perderse. El alejamiento de Dios es alejamiento de uno mismo. La máxima crisis del mundo es la crisis de fe y de esperanza. El hombre moderno, que relativiza todo, este hombre de las redes sociales, en lugar de buscar a Dios, se busca a sí mismo en la complejidad y superficialidad de la vida moderna. Ha perdido el sentido de lo eterno. Se ha quedado en manos de su propio destino al cambiar el impresionante amor de Dios por la fatalidad de una naturaleza mecánica, fría e inmisericorde que se alegra quitando la vida y aplaude asesinando por compasión. Retornar hoy a una fe viva requiere una renovación profunda. El hombre del siglo XXI necesita reevangelizar el corazón. Claves de esta nueva evangelización son: el encuentro con Jesús por medio de la palabra de Dios, la integración y la pertenencia a una comunidad de fe viva y comprometida, una celebración evangélica de la Cena del Señor, el compromiso cristiano por un mundo actual que renueve y restaure según Dios los asuntos temporales en la solidaridad y la justicia.


El primer punto, clave de esta renovación, es hacer más explícita la VIDA EN JESÚS. Él es el mediador siempre en acto, nuestra cabeza y plenitud. No somos solo cristianos, sino cuerpo de Cristo que ahora, en el tiempo, en el aquí y ahora, celebramos en nuestra vida la vida del Señor, los misterios de su vida, singularmente de su muerte y resurrección, como lo medular y específico de la fe. Al Jesús humano y temporal de Palestina, ascendido a los cielos, sigue ahora el Cristo místico de la Iglesia, de la comunidad cristiana. Resulta inconcebible un cristianismo sin Jesús, sin la acción asimiladora en él de la Pascua y del Año litúrgico tal como celebra incesantemente la Iglesia universal cada año. Sustituir la vida de Jesús por otras devociones particulares es falsedad e inautenticidad.


Otro elemento necesario para el cristiano es su integración en una comunidad de fe. El individualismo es extraño al evangelio y a la tradición auténtica de la Iglesia. Sin fe compartida y sin solidaridad y comunión no existe la Iglesia. La Iglesia tiene aquí uno de los mayores problemas en su acción pastoral. La vivencia comunitaria del Domingo por parte de la comunidad es tan antigua como la Iglesia misma. El domingo es el “día que hace el Señor Jesús resucitado”, Él se apareció a su comunidad “el primer día de la semana”. Sin el Domingo se desvanece el dinamismo específico de la fe cristiana. El ingenio creyente ha de saber conciliar la santificación del Domingo y el fenómeno social de la evasión de las multitudes a los centros de esparcimiento, de ocio, de descanso.


TESTIGOS DE LA LUZ. La fe cristiana nacido del encuentro sorprendente que ha vivido un grupo de hombres y mujeres con Jesús. Todo comienza cuando estos discípulos se ponen en contacto con Jesús y experimentan la cercanía salvadora de Dios. Esta experiencia liberadora, transformadora y humanizadora que viven con Jesús es la que desencadenó todo. Su fe se despierta en medio de dudas, incertidumbres y malentendidos mientras los siguen por los caminos de Galilea. Queda herida por la cobardía y la negación cuando es ejecutado en la cruz. Se reafirma y vuelve contagiosa cuando lo experimentan lleno de vida después de su muerte.


Por eso, si a lo largo de los años, no se contagia y transmite esta experiencia de unas generaciones a otras, se introduce en la historia del cristianismo una ruptura trágica. Puede seguirse predicando el evangelio, se pueden dar las reflexiones teológicas, y que se siga administrando los sacramentos. Pero, si no hay testigos capaces de contagiar algo de lo que se vivió al comienzo con Jesús, falta lo esencial, lo único que puede mantener la fe es Jesús. En nuestras comunidades estamos necesitados de estos testigos de Jesús. La figura de Juan Bautista, abriéndole camino en medio del pueblo judío, nos anima a despertar hoy en la Iglesia esta vocación tan necesaria. En medio de la oscuridad de nuestros tiempos necesitamos TESTIGOS DE LA LUZ.


Cristianos creyentes que despierten el deseo de Jesús y hagan creíble su mensaje. Cristianos que, con su experiencia personal, su espíritu y su palabra, faciliten el encuentro con él. Seguidores que lo rescaten del olvido y de la relegación para hacerlo más visible entre nosotros. Testigos humildes que, al estilo de Juan Bautista, no se atribuyan ninguna función que centre la atención en su persona robándole el protagonismo a Jesús. Seguidores que no lo suplanten ni lo eclipsen. Cristianos sostenidos y animados por Jesús, que dejen entrever, tras sus gestos y sus palabras la presencia viva e inconfundible de Jesús en medio de nosotros.


Los testigos de Jesús no hablan de sí mismos. Su palabra más importante es siempre la que le dejan decir a Jesús. En realidad, el testigo no tiene la palabra. Es solo una voz que anima a todos a allanar el camino que nos puede llevar a él. La fe de nuestras comunidades se sostiene también hoy en la experiencia de esos testigos humildes y sencillos que en medio de tanto desaliento y desconcierto pone luz y nos ayudan con su vida a sentir la cercanía de Jesús.


EL TESTIMONIO DE VIDA Y EL SER TESTIGOS DE LA LUZ. Entonces, testigo es toda persona que narra fiel y responsablemente ante otros, con un cierto riesgo, lo que ha vivido u oído, para que resplandezca la verdad y la justicia. No olvidemos que hay testigos superficiales y exigentes, falsos y verdaderos, cobardes y valientes, decididos y opacados. El mayor testigo es el mártir, es quien da la vida por los demás. Precisamente el profeta es un testigo del Dios del Reino que habla ante el poderoso, desde el clamor de los pobres, para que haya justicia, con el riesgo de no ser entendido o de ser sacrificado. Y así el primer testimonio que aparece en el Nuevo testamento es el de Juan Bautista. No es el Mesías, ni Elías ni el Profeta: se limita a preparar la venida del Salvador y a señalar que Jesús es el Hijo de Dios.


Prototipo del testigo cristiano es Jesucristo, testigo veraz del reino, ya que es palabra de vida que testimonia la verdad; testigo fiel ante un juicio en el que es juzgado y juzga, ya que es reo que se convierte en Señor, testigo consciente que no se echa atrás, ya que llega hasta el final y con todas sus consecuencias. La muerte de Jesús es martirio y testimonio por antonomasia.


La palabra de Dios llega en todo momento histórico a cualquier lugar del mundo a través de los testigos. Jesús hizo de los Doce apóstoles los testigos, no sólo de su resurrección, sino de toda su vida prepascual. A través del Espíritu, dan testimonio de Jesús ante el mundo. En realidad, el portador de la palabra es un testigo de la luz, no de la mentira, enviado por Dios, con la experiencia de los pobres y marginados para una misión de conversión y liberación. No es testigo de sí mismo, sino de Dios y de su enviado Jesucristo. Su tarea consiste en ver, oír y gustar a Dios en medio del clamor del pueblo, para comunicar esta experiencia con servicialidad, valentía y honradez.


SER TESTIGOS COMO JUAN EL BAUTISTA. El evangelista Juan presenta la figura de Juan bautista, como un “hombre” común y corriente, sin calificativos ni precisiones. El evangelio de Juan, nada dice del origen o condición social de Juan Bautista. El Bautista sabe que no es importante ni siquiera es digno de desatar las amarras de la sandalia de Jesús. Juan Bautista, desecha todos los títulos que quieren darle, los niega total y radicalmente: “NO SOY”: No es el Cristo, no es Elías, ni siquiera es el Profeta que todos están esperando. Sólo se ve a sí mismo como la “voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor”. Sin embargo, Dios lo envía como TESTIGO DE LA LUZ, capaz de despertar la fe de todos. Una persona que puede contagiar luz y vida.


El testigo es como Juan Bautista. No se da importancia, incluso como lo hacen hoy en la misma Iglesia, se jactan de ser grandes teólogos, de haber obtenido grandes títulos, de haber obtenido grados excelentes y eso mismo, hace que se sientan con derecho a ser el centro en la comunidad de la Iglesia. En cambio, Juan Bautista no busca ser original ni llamar la atención. No trata de impactar a nadie. Sencillamente vive su vida de manera auténtica, convencida. Se le ve que Dios ilumina su vida cotidiana. Y esto lo irradia en su manera de vivir y de creer.


El testigo de la luz no habla mucho, pero es una voz, que como la voz de Juan Bautista resuena y llama a la conversión, al cambio de vida. El testigo vive algo inconfundible. Comunica lo que a él le hace vivir auténticamente. No dice cosas sobre Dios, pero contagia algo con su forma de vivir, con su conducta coherente con la palabra de Dios. No enseña doctrina religiosa, pero maravillosamente invita a creer. La vida del testigo atrae y despierta interés. No culpabiliza a nadie. No condena. Contagiar la confianza en Dios, libera de miedos y él mismo se enfrenta al poderoso que comete el mal y la injusticia. El testigo se caracteriza siempre por abrir caminos. Es como Juan Bautista, “allana el camino del Señor”.


El testigo se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra apoyo ni eco social. Incluso se ve rodeado de indiferencia o rechazo. Pero el testigo de Dios no juzga a nadie. No ve a los demás como adversarios que hay que combatir o convencer. Dios sabe cómo encontrarse con cada uno de sus hijos. Se dice que el mundo actual lleno se soberbia y egoísmo por doquier se está convirtiendo en un desierto, pero el testigo nos revela que algo sabe de Dios y del amor, algo sabe de la fuente y de cómo se calma la sed de felicidad que hay en el ser humano. Sabemos que la vida está llena de pequeños testigos. Son cristianos sencillos, humildes. Viven desde la verdad y del amor.


LA PALABRA VIVA Y EFICAZ LA MEDITAMOS CON SAN PABLO EN SU CARTA A LOS TESALONICENSES: “ESTEN SIEMPRE ALEGRES, OREN SIN CESAR, DEN GRACIAS POR TODO. ESO ES LO QUE QUIERE DIOS DE USTEDES COMO CRISTIANOS. NO APAGUEN EL FUEGO DEL ESPÍRITU, NO DESPRECIEN LA PROFECÍA, EXAMÍNENLO TODO Y QUÉDENSE CON LO BUENO, EVITEN TODA FORMA DE MAL. EL DIOS DE LA PAZ LOS SANTIFIQUE COMPLETAMENTE; LOS CONSERVE ÍNTEGROS EN ESPÍRITU, ALMA Y CUERPO, E IRREPROCHABLES PARA CUANDO VENGA NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, EL QUE LOS LLAMÓ ES FUEL Y LO CUMPLIRÁ” (1 TESALONICENSES 5,16-24).

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