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¡LA PALABRA DE DIOS, VIVA Y EFICAZ!

EL ENCUENTRO DECISIVO CON JESÚS Y MARÍA: CONTEMPLARLOS, MIRARLOS Y ACOGERLOS EN EL HOY DE NUESTRA VIDA Y EN ESTOS TIEMPOS DIFÍCILES.


HOY Y AYER: EL SENTIDO DE ACOGER A JESÚS EN NUESTRAS VIDAS Y EN ESTOS TIEMPOS ESPECIALES DESECHANDO LOS SUSTITUTOS O ÍDOLOS QUE HA CREADO EL MUNDO. Estando tan cerca de la fiesta de Navidad debemos disponernos a recibir a Jesús mediante una espera sincera y con una calidad y ternura de acogerlo entre nosotros para seguir celebrando su venida a nuestro mundo. Jesús, vino ayer a Palestina y hoy viene al ser humano, de estos tiempos inéditos y en estas circunstancias tan difíciles que vivimos este año que termina. Ayer vino al mundo y hoy viene nuevamente con una venida real, verdaderamente espiritual, a todos y a cada uno de nosotros y a los seres humanos de buena voluntad. Mediante la liturgia y la fe, viene a cada uno de nosotros. Hoy es el tiempo de la formación de Jesús en los seres humanos. A Jesús individual y temporal de Palestina sigue el Cuerpo Místico de la Comunidad Eclesial. Ayer Jesús vivió los grandes misterios de su vida, especialmente su muerte y resurrección. Ahora las comunidades cristianas del mundo entero con todo lo que significan las medidas restrictivas y el confinamiento, vivimos el ciclo cristológico del año litúrgico, que conmemora los misterios de la persona del Señor grabándolos en nuestras vidas.


Las fiestas del Señor contienen no el recuerdo vacío, sino la realidad misma que conmemoran. Ahora nos revestimos de Jesús y se hace en nosotros como una encarnación de su persona y de su vida. Lo que en nosotros ahora acontece es Jesús mismo como esperanza de la gloria. Jesús es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Dios en nosotros ve a Jesús, le ama a él. Lo acoge con ternura y fidelidad y él nos salva en la medida en que nos vamos identificando con Jesús de Nazareth. Si esperamos con alegría a Jesús hay que acudir donde Él se encuentra hoy. Hay que ir dónde Él está y se comunica. La Iglesia en el correr de los tiempos ha tenido y tiene una creatividad inmensa y no todo tiene el mismo valor. Ha creado y formulado numerosas expresiones de piedad, pero no todas tienen el mismo valor. Para encontrar a Jesús la liturgia y el evangelio son imperiosamente insustituibles. Eucaristía y Evangelio configuran la vida del cristiano. Debemos aprender a comulgar leyendo y a leer comulgando. Todos los cristianos estamos obligados a hacer una organización evangélica de nuestras vidas y de nuestros sentimientos uniendo profundamente en su misma vida el pan y el libro.


Ante Jesús que viene ya, en el aquí y ahora de nuestras vidas y de nuestro tiempo, los cristianos tenemos que habernos preparado debida y adecuadamente no ya haciendo cosas buenas – que siempre debemos seguir haciendo- sino haciendo lo que hay que hacer, siendo fieles a la historia y a las exigencias de la historia, viendo nuestro ambiente personal, familiar, social y eclesial y analizando lo que tiene o no tiene de evangelio, de voluntad de Dios conocida y cumplida. Las prioridades del cristiano obedecen a la urgencia y prioridades del ambiente actual en que vivimos. Conociendo las necesidades graves del ser humano, las necesidades de cada creyente, y a una vida humanamente digna que aspiramos. Los cristianos tenemos que aprender a leer también en la calle, como expresa el papa Francisco, en esa “Iglesia de salida”, el trabajo, la política donde nuestra intervención es fundamental para que no se olviden de la humanidad del ser humano, la pobreza, las servidumbres y cautividades alienantes, las necesidades de ambiente en que vivimos, para hacer no lo que le agrada, sino lo que debe a la luz del mandamiento del amor.


Ciertamente, muchos cristianos de hoy tienen sustituido a Dios por el culto a muchas realidades temporales que le tientan, le fascinan y alienan. Son: el consumismo galopante a pesar de la pandemia que sigue en expansión y cautelosamente controlada por las vacunas; la tenencia del dinero excesivo; el ocio que deviene en egoísta y marginador de los que nada tiene y no pueden “parar”; la moda; el culto más excesivo al cuerpo; la droga; el lujo: la política que corrompe y que se dice “laica” para acallar la voz de la Iglesia y de los cristianos. Existen, pues, realidades sociales que requieren una nueva encarnación, ahora de los cristianos, de los que debemos sentirnos como Jesús hoy en el mundo, ante la pobreza, la falta de trabajo, las emigraciones, la cultura del descarte, la locura del pensamiento único que va contra la verdadera libertad de pensamiento y de acción.


ES JESÚS EL ÚNICO CENTRO DE NUESTRA VIDA Y DEL MUNDO O ¿DE QUÉ MESÍAS ESPERAMOS LA SALVACIÓN? El mesianismo no era una concepto arraigado y vivido por el Pueblo de Israel. Cuando los babilonios destruyen Jerusalén (587 a.C.), los israelitas sintieron que no solo se trató de una derrota militar, sino una dura prueba para la fe del pueblo que empezó a dudar del cumplimiento de la promesa de Dios: que la dinastía de David duraría para siempre. Fueron tiempos de desconcierto hasta que tomaron conciencia y se convencieron de que la palabra de Dios es irrevocable. Entonces, para no perder la esperanza, debían de mirar hacia el futuro, esperar la venida de un descendiente de David, de aquel que recibiría del Señor un reino eterno. Aquí comenzó la espera mesiánica.


También hoy el mesianismo está enraizado en nosotros más de lo que imaginamos. Como en los tiempos finales de la dinastía davídica, este mesianismo es alimentado por el desconcierto y la angustia que experimentamos frente a un mundo lleno de contradicciones, tragedias y muerte. Y se mantiene vivo por la ansiosa espera de la intervención de alguien que lo pueda cambiar todo y radicalmente. De más está decir, que cada época ha tenido su mesianismo. Así, los hombres del Renacimiento estaban convencidos de haber puesto fin al sueño medieval, a un milenio marcado por la ignorancia y la barbarie, y de haber dado comienzo a la edad de oro con la recuperación de los valores clásicos. Después vino el mesianismo de la ciencia, creadora del progreso y del desarrollo; se la consideraba capaz de resolver todos los problemas a excepción de la muerte. En el año 1,700 los iluminados creían haber encendido la luz de la razón después de siglos de oscurantismo en los que los hombres se habían dejado guiar acríticamente por verdades supuestamente reveladas por el cielo y traducidas en dogmas.


Más adelante brotaron los mesianismos ideológicos de la justicia, de la libertad, de la democracia, de la igualdad todos ellos portadores de instancias humanitarias sin ninguna referencia a Dios, las cuales, convirtiéndose en ídolos, se volverían contra el mismo hombre. También todas las ideologías se han desvanecido y el mundo y la sociedad misma sigue esperando a un salvador. La necesidad de cambio provoca en algunos la impaciencia que lleva fácilmente al fanatismo y al recurso a la violencia, mientras que en otros produce resignación y el repliegue sobre el estrecho interés personal y privado.


Pero existe un Mesías que emerge cada vez que los sabios, los vencedores, los dominadores de este mundo se ven obligados a admitir el propio fracaso; proponen un reino de paz y de justicia que, según la sabiduría de este mundo, no se realizará nunca. Y, sin embargo, un mensajero celeste lo ha garantizado. Él es el Mesías de Dios y el mundo nuevo será llevado a cumplimiento porque “nada es imposible para Dios”. Ese Mesías, es Jesús de Nazareth, a quien hoy como hace dos mil años lo esperamos con toda esperanza para que instaure el Reino definitivo de Dios que ha comenzado ya en la tierra desde su nacimiento. Él es el Mesías de Dios que ha venido a realizar definitivamente las promesas de Dios en un solo norte: el Reino de Dios. No esperamos ni ponemos nuestros ojos y nuestra fe en otros mesías que acechan nuestro caminar creyente. Para los cristianos, para los creyentes nuestro Mesías es Jesús de Nazareth, Él es el único centro de nuestras vidas y de nuestra fe, y no esperamos a otros mesías.


SALIR AL ENCUENTRO DEL SEÑOR CON GOZO Y ALEGRÍA. El evangelista Lucas pensaba que sus lectores podían hacerlo de cualquier manera sin profundizar todo el mensaje de Jesús. Y es que Lucas lo que les quiere comunicar no era noticia más, como tantas otras que se escuchaban y corrían por el imperio. Sus lectores debían preparar su corazón, despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios está cerca, dispuesto a transformar nuestra vida. San Lucas con un arte difícil de igualar recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su Hijo Jesús. Y todos los cristianos podemos unirnos a María para salir al encuentro y acoger al Salvador.


Es la estupenda y maravillosa noticia para recibir con gozo al Dios encarnado en la humanidad entrañable. ¿Un Dios encarnado? Sí, en toda su dimensión y realidad. ¿Qué significa encarnarse? Significa que algo espiritual toma carne en una realidad material, de ordinario frágil y aún pecaminosa. El misterio de la encarnación cristiana señala que Dios asume la condición humana, a saber: comparte nuestra pobreza y acepta nuestra miseria, para elevarnos a su propia vida. Dios se encarna silenciosamente en el seno de María, mujer sencilla, perteneciente a una aldea desconocida, contrapunto de Jerusalén y del templo judío. María es invitada por Dios a estar alegre en el Salvador; es la privilegiada, la favorecida, la bienaventurada, porque es creyente y está abierta a la voluntad de Dios. Y esta buenísima noticia no debe ser deformada.


La alegría de María debe ser también nuestra alegría cuando salimos al encuentro de Jesús y lo acogemos. El Ángel Gabriel le dice: “Alégrate”, y es la primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena. En nuestro mundo tan lleno de sí, ese mundo y más nosotros mismos no sabemos esperar. Como que por naturaleza somos impacientes, todo lo que queremos es que nos sea dado de forma inmediata. También nosotros no sabemos estar atentos para conocer nuestros deseos más profundos. En una palabra, se nos ha olvidado saber esperar a Dios, y lo que es más dramático ya no sabemos cómo encontrar la alegría. No nos queremos darnos cuenta que nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos proporciona el bienestar. Nos damos cuenta que es un error, pero no nos atrevemos a creer que Dios acogido con fe sencilla, nos puede descubrir nuevos caminos hacia la alegría. ¿Por qué debemos estar alegres como María? Porque cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre ls cristianos se enfría. En una palabra todo se hace más difícil. Por eso es imprescindible despertar la alegría en cada una de nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado.


Ante un mundo que quiere quitarnos la alegría de ser cristianos, el Ángel Gabriel nos dice las mismas palabras que a María:“No Tengas Miedo”. En el mundo globalizado que vivimos y en una sociedad descreída, donde todo es relativo, es lógico que tengamos miedo y no seamos testigos de la luz de Jesús. Ese miedo al mundo y a la sociedad moderna nos impide caminar hacia el futuro con esperanza. La alegría es imposible cuando vivimos llenos de miedos, que nos amenazan desde dentro y desde fuera. Se nos ha olvidado que cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera. Si vivimos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño. Los cristianos debemos tejer de nuevo nuestra esperanza, puestos nuestros ojos en Dios y en su Hijo Jesús.


Pues bie, todo en este mundo como que nos va llevando a perder la fe y la confianza, y los ídolos que el mundo ha fabricado para reemplazar a Dios van ganando la batalla, salen victoriosos y los nuevos mesías se presentan como una verdadera opción para dejar de lado, de una vez para siempre, al Dios Bueno, al Dios de la Vida y de la Libertad. Por eso, el Ángel Gabriel vuelve a decirnos para que no nos olvidemos:“El Señor está contigo”. Dios es una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. Los cristianos tenemos fijada nuestra esperanza en Dios que es el último misterio de la vida. Y es que si lo experimentamos, todo cambia cuando el ser humano se siente acompañando por Dios.


La Navidad de Jesús es precisamente alegría y gozo y los cristianos tenemos que saber acogerlo con inmenso gozo, desde nuestras comunidades que deben ser levadura de un mundo más sano y fraterno. Por eso, es esencial en el seguimiento a Jesús recuperar la alegría y la confianza mirando y contemplando a María y que el objetivo de nuestra vida cristiana es dejarnos fecundar por el Espíritu, escuchando e internalizando la palabra de Dios, cierto que debemos tener en cuenta nuestra situación y nuestras fuerzas, pero como siempre respondiendo a Dios con plena confianza como María. Y es más, el cristiano debe dejarse “encarnar” por las palabras de Dios; nosotros y la Iglesia con el Espíritu de Dios, debemos encarnarnos más y mejor en el pueblo.


¿JESÚS ES LA NAVIDAD? Sí. El hecho más relevante de la historia de la humanidad es y qué duda cabe, el Nacimiento de Dios-Hombre. Tan importante es el acontecimiento del nacimiento de Jesús que la historia se divide en un “antes” y un “después” de Jesús. Pero recordemos que el hecho del nacimiento del Salvador fue antecedido por el misterio más grande de nuestra fe cristiana: la Encarnación de Dios, es decir, Dios hecho hombre en el seno de la Virgen María. “Un Dios encarnado” decíamos en el anterior apartado de reflexión: Salir al encuentro del Señor con alegría y gozo. ¿Qué tiene que ver la Encarnación en Navidad? Muchísimo, como realización de las promesas de Dios que se cumplen en su Hijo, que si Él no se hubiera encarnado no tendríamos la salvación. ¿Cómo es esto? Si contemplamos lo que nos dice la doctrina cristiana, el pecado original está siempre ahí, aunque a muchos fastidie o moleste, y además los pecados que son siempre una realidad que no podemos negar, seamos creyentes o no creyentes los pecados nos llevan siempre a no estar con Dios, nos llevan a la condenación, ese alejarnos totalmente de Dios. ¿Todo perdido y todo lleva a condenación? Tenemos ciertamente un sentido del bien, un eco en nuestro interior de lo que Dios desea para cada unos de nosotros. Pero nuestra naturaleza humana como que siempre prefiere el pecado.


¿Cambió esta tendencia del ser humano a preferir el pecado con la presencia, la vida, la pasión, muerte y resurrección de Jesús? La Encarnación de Dios en el seno virginal de María y su nacimiento en Belén no cambió radicalmente esa tendencia de todo ser humano. Tampoco la cambio su Pasión y Muerte; ni su Resurrección, ni su Ascensión a los Cielos. Y entonces salen las preguntas lógicas para poder entender los misterios de Dios: ¿Y entonces para qué sirvieron? ¿Cómo quedamos con el cumplimiento de las promesas en Jesús? Ó ¿qué es lo que realmente ha cambiado? Las respuestas fluyen con toda claridad: La gloria de la Encarnación y del Nacimiento de Jesús consiste en que ya no tenemos que quedar excluidos del Cielo, del Reino de Dios. Después de la primera Navidad, del nacimiento de Jesús en Belén, tenemos realmente ¡ESPERANZA! ¡Eso es lo que celebramos en la Navidad de Jesús! Y esto es realmente estupendo y un don inmerecido que hemos recibido de Dios Padre.


Entonces, ¿Por qué no vemos y contemplamos los misterios de Dios en nosotros los creyentes y en el ser humano? El problema de este “ocultamiento” es la grita del mundo, su bulla tremenda para dejar de lado a Dios, la agitación de estos días aumentados por la desazón y la incertidumbre de la pandemia, que nos hace perder la perspectiva de lo que significan estos misterios infinitos que celebramos en Navidad, en cada Navidad de Jesús. Y realmente, si no nos damos cuenta de la gravedad de nuestra situación de pecado y de nuestra tendencia al pecado, no podremos comprender ni entender ni menos concienciar la necesidad que tenemos de ser salvados.


¿Sin Jesús no hay salvación? Efectivamente y a todas luces cierto, sin Jesús la salvación, nuestra salvación no es posible. Si Jesús no vino a salvarnos nuestro destino automático es quedar fuera del Reino de Dios, en esa palabra que da miedo al creyente y atemoriza al mundo, que la piensa inhumana, “destinados al infierno”; y otra palabra que tampoco nos gusta, menos al mundo: “ al castigo eterno”. Al respecto es bueno escuchar las palabras de Jesús cuando los Apóstoles le preguntan ante la disyuntiva de la salvación: “Hijos que difícil es entrar en el Reino de Dios. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que es rico entre en el Reino de Dios. Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: ‘Y ¿Quién se podrá salvar?’ Jesús, mirándolos fijamente, dice: ‘Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios’” (Marcos 10, 24-27).


La alegría de la Navidad de Jesús es que la condenación, ese infiierno de no poder estar junto a Dios en su Reino no es inevitable, ese fin del “castigo eterno” no tiene que ser nuestro destino automático, porque Jesús nos ha extendido su mano para sacarnos del pozo de nuestros pecados. Jesús no es uno de esos “mesías” que pululan desde siempre en la historia del hombre, sino que Dios ha nacido entre nosotros para salvarnos. Por eso, el Hijo de Dios hecho Hombre se llama Jesús, que significa Salvador. Jesús es y siempre el Emanuel el Dios- con- nosotros. Y el mensaje de toda Navidad es que los cristianos y todos los seres humanos debemos aprovechar la salvación que Dios nos ofrece, eso sí, aferrándonos sin soltarnos de la Mano de Dios que nos salva.


LA FE DE MARÍA Y LA ESCUCHA DELA PALABRA. La Virgen María es una mujer de fe intensa no superficial ni ocasional. Por su fe, María creyó en la palabra del Señor, se abrió al plan de Dios sobre ella y sobre la historia humana y permaneció fiel a su palabra. El mensaje de la fe se carga de esperanza y de alegría al unirnos en el tiempo del Adviento al amén de María. Así, los cristianos podemos convertirnos, como ella, colmados de la gracia de Dios por medio de Jesucristo, en testigos vivos y actuantes del amor y de la paz en medio del egoísmo y de la violencia que impera en el mundo, y en verdaderos artífices de un mundo de justicia, de bondad y de belleza dentro del panorama de injusticia y de maldad que tantas veces nos abruma. Así, hoy y siempre estamos llamados a sentirnos colmados de la gracia de Dios y servidores gozosos del Evangelio como la Virgen María para hacer de nuestras vidas un canto de alabanza a Dios.


Ciertamente, María está desconcertada con las palabras del Ángel. Así también, la intervención de Dios en nuestras vidas puede desconcertarnos. María no vivía con un hombre e iba a ser madre, Isabel ya era anciana y estéril, pero esperaba también un hijo, desde esta perspectiva hay muchas realidades que nos parecen imposibles, pero son posibles para Dios. También, nosotros podemos estar algo desconcertados en estos días previos a la Navidad de Jesús. Si nos ha sobrevenido o se han reactivado algún mal que nos agobie, si tomamos conciencia del mundo de tinieblas en que estamos metidos, desde la pandemia que nos tiene amenazados a todos hasta cualquier otra manifestación de dolor que nos desborde, incluso cuando vemos que el rumbo de esta sociedad va a la deriva en una cultura de muerte, que se ufana de incentivar y sin descaro, y que atenta de diversas maneras contra la vida humana: el hambre, el aborto, la eutanasia, todo esto nos causa desconcierto En cambio el evangelio anuncia la vida que nace y se hace espléndida en un Hijo que es Hijo de María e Hijo de Dios y cuyo Reino no tendrá fin, porque este Hijo será el único vencedor de la muerte y nos hace partícipes de su vida. El que nace es Jesús, el Dios con nosotros, para siempre y en toda circunstancia. Por eso, el Evangelio, escuchado y acogido, hizo y hace posible la Navidad de Dios entre los hombres.


Por eso, los cristianos tenemos que escuchar la palabra del Evangelio, si queremos prepararnos bien para la Navidad, y esa escucha de la Palabra ha de ser fecunda, que, como a María, nos llena de alegría y de gracia, debemos acoger la promesa del Reino de Dios que viene con el Mesías, sabiendo que para Dios nada hay imposible, y hemos de decir siempre “Amén” a la nueva presencia de Dios en la historia humana, en los crucificados, en los pobres, en los marginados y excluidos, y especialmente en los niños que sufren, pues todos ellos son el verdadero y nuevo rostro de Dios en este mundo.


UNA ACEPTACIÓN TOTAL DE MARÍA QUE CAMBIÓ LA HISTORIA HUMANA. María es la predilecta, por ser ella elegida para llevar a cabo el don más excelente del amor de Dios por la humanidad: la encarnación. La aceptación sin condiciones, después de un diálogo reflexivo con el Ángel Gabriel no fue motivado por el calor emotivo del momento, sino sólo su aceptación: “Yo soy la sierva del Señor que se cumpla en mí tu palabra” (Lucas, 1,38), fue motivado por la certeza de que Dios estaba presente en ella, como lo había sentido y vivido desde niña. Dios le da una misión, la asocia a su plan de salvación y para ello le garantiza su presencia.


María nos alienta a comprender que Dios está con nosotros y esa es la garantía para cumplir nuestra misión en el mundo, siempre superando los momentos complicados, no podemos resignarnos ante los problemas que se nos presentan cotidianamente, y no podemos quedarnos sin hacer nada y sólo echando la culpa a otros. Como María, estamos los cristianos llamados a contemplar a Dios y apostar nuevamente por el proyecto del Padre, como María a estar siempre alegres y colmados de esperanza porque Dios vive con nosotros, está presente en nuestras vidas. No podemos dejar que el mundo y la sociedad altamente secularizada nos arrebate la alegría de estar con Jesús, de testificar su presencia, no podemos dejar que confinen nuestra esperanza. El mundo, la sociedad secularizada y también nosotros como cristianos, nos hemos de dar por enterados - aunque el mundo se tape sus oídos y se llena de su apabullante gritería- que Dios sigue presente en la historia humana y en nosotros, el pueblo nuevo de Dios, que con nuestros aciertos y errores somos sus testigos en todo los lugares del mundo donde estamos llevando una vida de fe y discipulado, en clave de servicio, de solidaridad y ahora de cuidado en estos tiempos de pandemia que muchas veces es utilizada por los gobiernos para quitarnos la voz como denuncia ante sus atropellos.


Con el Nacimiento de Jesús, María al aceptar hacer la voluntad del Padre, maravillosamente abrió los espacios de la humanidad para la presencia de Dios en la historia humana. Ahora que el mundo ha cambiado drásticamente en mirar la “normalidad”, como que junto con el mundo, los cristianos debemos, como María crear las condiciones para que la humanidad abra nuevamente un lugar para Dios que se ha encarnado y se hace hombre en su Hijo Jesús. Un nuevo lugar, un nuevo espacio para hacer presente a Jesús y al evangelio en todas las realidades humanas que lo han olvidado o simplemente lo han dejado de lado.


Los cristianos que no esperamos otros mesías, que creemos firmemente que Jesús es nuestro único Mesías, el enviado por el Padre para hacer realidad sus promesas, y por ende también creemos que los valores del Evangelio son la Buena Noticia y una palabra eficaz que puede ayudar a dar luz una nueva humanidad y esa será nuestra tarea- nada fácil- para que todos los seres humanos nos enrumbemos en ese camino de “nueva humanidad” y estando en la misma barca para remar juntos como hermanos en la verdadera fraternidad que Jesús nos marcó y nos dejó como su mayor mandamiento. No olvidemos que la aceptación de María: “ Que se cumpla en mí tu palabra” es un acto de absoluta confianza y abandono en las manos de Dios.


MARÍA MODELO DE FIDELIDAD Y HUMILDAD QUE NOS CONDUCE A DIOS. La reacción de María al saludo del Arcángel Gabriel es un modelo para todo comportamiento que se proponga ser fiel a Dios. Y más, la respuesta de María es un ejemplo insuperable de fidelidad. Manifiesta una gran humildad, muy distinta de cualquier tipo psicológico de baja autoestima que se pueda advertir en ella. En María se cumple la sentencia conceptual: “La humildad es la verdad”. Así, la humildad es la predisposición necesaria y, sobre todo, en el momento de ejecutar proyectos de aparente lucidez. El humilde no pretende tener la razón. Su fidelidad a la Palabra lo vuelve intransigente cuando se le intenta negar o amordazar.


María es humilde por excelencia y Dios la elige porque es humilde. María es así. Sin el clamoreo que impera entre quienes entre quienes creen ser competentes en todo. La humildad hace de María la poseedora de la Verdad, que recibe de Dios. El suyo es un aprendizaje de vida; toma la esencia de su ser y no necesita para expresarse un lenguaje académico e intelectual, del poder o de la fortuna. La pobreza del corazón de María constituye su inocultable capacidad de vida. Dios la elige por ser su humilde servidora y por confiar absolutamente en el poder de Dios. No hay otra igual, , es la Obra maestra de la gracia divina. Desde esta perspectiva se comprende el desempeño de su misión junto a Jesús y entre los discípulos de su Hijo. Sobre todo, debe ser entendida y considerada hoy, en el siglo XXI de nuestra era cristiana como la obra maestra de Dios. Sin duda la actual dependencia del pueblo cristiano, de su intercesión poderosa, la coloca en la cima del cumplimiento de su maternidad singular, conferida por Jesús en el momento más humillante y doloroso de la crucifixión.


En su humildad María nos conduce a Dios. Aquí es preciso vincular nuestra fervorosa adhesión al contenido de su mensaje de vida. No la honramos si la edificamos templos en su memoria y no dejamos que el Espíritu nos construye como templos de Dios. María deposita estupendamente en nuestra actual historia al Dios hecho hombre. María nos ofrece su singular conducción para que no equivoquemos el rumbo hacia Quien es nuestro destino y felicidad: Jesús.


¿QUÉ ACTITUDES BÁSICAS NOS ENSEÑA MARÍA. De María debemos aprender las actitudes básicas que tenemos que tener para poder encontrarnos con Jesús.


La primera actitud es la FE. Fe, es decir, confianza en Dios, confianza en que Dios cumplirá sus promesas de salvarnos, aunque nosotros no comprendamos, a veces, los caminos y los métodos de Dios.


La segunda actitud a imitar de María es la ESPERANZA. Esperanza de que el mundo y nosotros mismos a pesar de nuestras debilidades y errores nos dirigimos hacia el encuentro definitivo con Dios.

En tercer lugar, hemos de aprender de María la DISPONIBILIDAD. La disponibilidad que se desprende de esas palabras de María: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Hemos de estar disponibles para que Dios haga de nosotros lo que quiera, para aceptar sus indicaciones para nuestra vida. En una palabra la disponibilidad para tomar a Dios en serio, y dejar que Él sea el centro de nuestra vida.


Hemos de aprender de María también a aceptar los planes de Dios. Gracias a María , el Hijo de Dios se hizo hombre y vino a cambiar el sentido de nuestro mundo. Vino a construir el Reino de Dios entre los seres humanos, a decirnos que la humanidad puede y debe vivir en convivencia de paz, de justicia, de libertad, que podemos formar una humanidad de verdaderos hermanos. Este es el proyecto que Dios quiere para nuestro mundo, para nuestra sociedad.


María nos enseña también a vivir la vida, la vida de cada día optando por hacer el bien, porque a esto nos llama Dios, a vivir comprometidos cada día haciendo todo el bien que podamos. Gracias a María, Jesús entró en nuestra historia, se hizo el Dios con nosotros, y esto no es un mito, un cuento, sino una realidad maravillosa. Esta es la gran verdad que nos recuerda Navidad, a pesar de que muchas personas se olvidan de esta gran verdad de Navidad. Dios se hace hombre para acompañarnos en la vida y para que vayamos realizando en nuestra vida la construcción del Reino de Dios, un reino de justicia, paz y libertad. Para esto se hace verdadero hombre.


La gran noticia para la Navidad es que Jesús nos da la oportunidad a todos de poder ser y vivir como verdaderamente hermanos entre nosotros, ser los hijos de Dios. Esta es la gran noticia, la gran alegría que se le comunica a María, porque nos nace el Salvador. Alegrémonos con María y con todos los seres humanos de buena voluntad que a lo largo de los siglos han dejado que Dios naciese en su corazón, Que María, Virgen y Madre nos ayude a todos a vivir la Navidad con alegría porque, como ella, preparamos nuestro corazón para que pueda nacer en nosotros nuestro Mesías, nuestro Salvador.


LA PALABRA DE DIOS VIVA Y EFICAZ LA MEDITAMOS CON PABLO EN SU CARTA A LOS ROMANOS: “ AL QUE TIENE EL PODER DE CONFIRMARLOS SEGÚN LA BUENA NOTICIA QUE YO ANUNCIO PROCLAMANDO A JESUCRISTO, SEGÚN EL SECRETO CALLADO DURANTE SIGLOS Y REVELADO HOY Y POR DISPOSICIÓN DEL DIOS ETERNO, MANIFESTADO A TODOS LOS PAGANOS POR MEDIO DE ESCRITOS PROFÉTICOS PARA QUE ABRACEN LA FE; A DIOS EL ÚNICO SABIO, POR MEDIO DE JESUCRISTO, SEA DADA LA GLORIA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMÉN “ (ROMANOS 16,26-27).

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