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¡LA PALABRA DE DIOS, VIVA Y EFICAZ!

LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARETH Y LOS SUEÑOS DE DIOS: REALIDAD, VIVENCIA Y DESAFÍOS HOY


LA FAMILIA DE NAZARETH Y LA SOCIEDAD DE HOY. La institución familiar es un eterno punto de convergencias y preocupaciones exactamente por qué la familia es una eterna realidad. La sociedad de hoy la cultura dominante se plantean nuevos problemas, elaboran nuevas teorías, formulan nuevas esperanzas y temores. En cualquier hipótesis se ve la familia como una institución que decide la suerte del mundo y la vida de los hombres. Para unos librepensadores extremistas la familia ha dejado ya de existir, para otros es la única esperanza que le queda a la humanidad que vive una crisis sin precedentes en torno a la familia per se. Se habla y con razón, de la crisis de la institución familiar, que difícilmente será superada. Esto hace que se formulen interrogantes sobre el futuro de la familia en la sociedad del futuro, aún en medio de la pandemia la lucha por otros “tipos de familia” no ha cesado sino que se mantiene amenazante y se hace irascible e intransigente contra aquellos que defienden la familia como unidad fundamental de la sociedad originada naturalmente en la historia del hombre y de la humanidad, y más se desecha frontalmente la conceptualización de la familia cristiana querida desde el principio del mundo por Dios.


Pero parece que el problema está mal planteado. Más que de crisis de la institución debe hablarse de la crisis del individuo. De cara a la realidad que vivimos y que se manifiesta en la sociedad y la cultura actual es el individuo el que está en crisis y está enfermo. Es el individuo a quien hay que salvar, y de pronto la solución es el ordinario medio de una familia según Dios, según los sueños de Dios. Más que preguntar si podrá sobrevir la familia en el futuro, hay que preguntar si podría sobrevivir una sociedad sin la familia. De cara a la sociedad de hoy y la historia la familia sigue siendo la célula de la sociedad, pero a su vez la familia recibe el influjo que viene del exterior. Las tensiones y preocupaciones de la familia se originan sobre todo en la mentalidad sofisticada, autosuficiente y enferma de occidente. Las tensiones se originan en aquellos individuos traumatizados que no han tenido o no han sabido formar una familia normal. Como podemos observar en el diario discurrir de la vida de muchas naciones, una mayoría silenciosa no hace ruido ni se arropa en la grita altisonante, es decir de aquellos que, por haber tenido y vivido en una familia normal, ni se inquietan ni se plantean problemas sobre lo que consideran sencillamente normal.


La mayoría silenciosa de las personas que no se cuestionan sobre si la familia debe o no existir, saben por experiencia propia y sin que nadie se lo haya enseñado, que es en la familia donde mejor se encuentra aquello que el ser humano más urgentemente necesita, sobre todo esta sociedad moderna tan llena de sí y llena de ídolos, lo que más necesita es el amor, la espontaneidad, la acogida, la paz, ayuda y soporte afectivo y efectivo. En amplias regiones del mundo, la familia, en cuanto institución, goza de muy buena salud. Entonces ¿Cómo es la familia en las sociedades de occidente? Primeramente, veamos que ya no existen patriarcas al estilo del pueblo de Israel del Antiguo Testamento. En la ciudad y más en la ciudad cosmopolita predomina la familia restringida. ¿Cómo es eso? Un sencillo egoísmo de dos y donde no se tiene hijos. Hay independencia en el hogar, se han cortado muchos lazos familiares a tal punto que la mejor solución para los adultos mayores es confinarlos en hospicios públicos y privados. Hoy la familia se interioriza, los jóvenes esposos miran más a su futuro que a su pasado familiar, convirtiéndose cada nuevo hogar en un pequeño reino independiente, pero más abierto y más pendiente de la influencia de lo exterior.


¿Y la Sagrada Familia de Nazareth qué tiene que decirnos y qué hablar a voz en cuello? La familia cristiana viene a ser como pequeño milagro. La familia de Jesús viene a ser como un himno a ese lugar privilegiado de Nazareth, un verdadero y pequeño milagro. Ni la vida ni la obra de Jesús se pueden comprender sin referencia a su nacimiento y a su infancia, y eso es lo innegable para la génesis de la identidad familiar. La Familia de Nazareth es la que integró a Jesús en la sociedad de ese entonces. La institución familiar es la encargada de integrar a los nuevos miembros en la sociedad. Es, por tanto, la gran constructora del futuro. Y más creer en la encarnación del Hijo de Dios no es creer en un acontecimiento abstracto ni en una aparición pública de Jesús en el mundo. Esto no se ha dado, porque Jesús siguió paso a paso todas las etapas del desarrollo humano, con sus crisis y maduraciones. Crecía, como expresa Lucas, en sabiduría, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres. Es toda una realidad concreta: Jesús tuvo un padre y una madre, una casa y una mesa, una educación en los valores de Dios, unos vecinos y compañeros y amigos de su edad. La familia es cuna y refugio de la vida humana si ella se estructura sobre el paradigma de la Familia de Nazareth.

LA FAMILIA DE NAZARETH COMO FUENTE DE VIDA Y DEIFICACION. La encarnación de Jesús, el Hijo de Dios es el hecho vértice de la historia. Representa la cima de la más sublime realización del hombre. Dios se hace hombre y un hombre es Dios. En Belén, uno de nosotros, Jesús es Dios. Y en Jesús alcanza la identidad más profunda del hombre que llegar a ser Hijo de Dios según el modelo y la realidad personal misma de Jesús. Como consecuencia del nacimiento de Jesús, la familia humana queda marcada de un carácter divino. Más tarde a este niño nacido de María y José se le conocerá como Jesús de Nazareth, quiere decir, con una personalidad y color local. Vivía en una familia que llamamos “sagrada”, y allí una vida sencilla aún no sofisticada, vivía el amor, la sumisión personalizada que de ninguna manera es esclavitud, vivía la obediencia, virtud que no es una obligación forzada, vivía la autoridad que no es despotismo, vivía la dicha del trabajo como autorrealización, vivía la alegría de vivir sin las alienaciones a que nos somete la sociedad actual tecnificada, materialista y sofisticada. Porque en la Casa de Nazareth todo se iluminaba con la luz de Dios y las cosas de Dios son muy bellas cuando no las deforma ni las pervierte la intervención del hombre.


La importancia y centralidad de la familia, en orden a la persona y a la sociedad está muy subrayada en la Sagrada Escritura: “No está bien que el hombre esté solo” dice Dios (Génesis 2,18). En la creación de Dios, la pareja varón-mujer constituye la primera expresión de la comunión entre las personas humanas. Eva es creada semejante a Adán, como aquella que, en su alteridad, le completa para formar con él “una sola carne”. Al mismo tiempo, ambos tienen una misión procreadora que los hace colaboradores del Creador: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra” (Génesis 1,28). La familia es considerada en el designio del creador no solo como cuna de la vida y de amor, sino como el lugar originario de la humanización de la persona y de la sociedad. Cuando Dios decide venir al mundo piensa en la familia como vehículo de encarnación y como modo de presencia. De este modo la familia se convierte en imagen especial de Dios y en instrumento de vida y de deificación del hombre. La fe llegará a ser como la sangre de la familia, Pablo el Apóstol de las Gentes, hablará de la “familia de la fe”. Jesús hablará también de una consanguinidad espiritual superior, refiriéndose a quienes acogen su palabra y que llegan a ser como su madre, sus hermanos, su todo.


Dios creó la persona humana no solo como criatura sino como imagen suya: “Creo, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Génesis 1,27). Dios coloca a la criatura humana en el centro y cima de la creación al hombre, plasmado con la tierra. Dios insufla en las narices el aliento de su misma vida y así adquiere dignidad divina. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas, y es llamado, por la gracia a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar. El hombre y la mujer, en la vida del matrimonio, tienen la misma dignidad y son de igual valor, no solo porque ambos, en su diversidad, son imagen de Dios, sino, más profundamente aún, porque se realizan como imagen divina por el dinamismo de reciprocidad que anima “el nosotros” de la pareja humana.


Jesús nació y vivió en una familia concreta asumiendo todas sus características propias, dando una excelsa dignidad a la institucional matrimonial, constituyéndose sacramento de la nueva alianza. Desde ese hontanar, la Iglesia iluminada por el mensaje de las Sagradas Escrituras, considera a la familia como la primera sociedad natural, dotándole de derechos originarios e inalienables y situándola en el centro de la vida social, del tejido social. Se convierte en célula primera y vital de la sociedad. En la familia el ser humano recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado y qué quiere decir en concreto ser una persona humana. También la familia tiene su fundamento en la libre voluntad de los cónyuges de unirse en matrimonio, respetando el significado y los valores propios de esta institución que no depende del hombre sino de Dios mismo. Esto determina que ningún poder puede abolir el derecho natural al matrimonio ni modificar las características propias y originarias y permanentes.


Ahora bien, los bautizados viven la realidad humana y original del matrimonio en la forma de sacramento, gracias al cual la entrega radical de Jesús en la cruz se convierte en símbolo y participación en la vida de los cónyuges. Jesús vive en ellos y se convierte en vehículo de unión entre ellos y con Dios. Jesús y su mismo amor se hacen realidad y vínculo del amor de los esposos. Y así, el matrimonio cristiano tiene la riqueza de Dios.


La Sagrada Familia de Nazareth es modelo y proyecto de unas relaciones más humanas, más familiares y afectuosas entre nosotros, tal y como lo quiere y sueña Dios. Muchas veces el ser humano y también los cristianos a cualquier cosa llamamos amor. Muchos creen que amar es simplemente no hacer daño. Jesús nos enseñó a hacer del otro la razón de nuestra vida, y eso las mas de las veces lo olvidamos. Jesús vivió por nosotros. Nos enseñó que no podemos llegar a ser nosotros mismos relacionándonos solo con nosotros mismos. Que la vida humana alcanzó lo Absoluto gracias a su carácter dialógico, o de relación. Nunca el ser humano pudo hacerse enteramente ser humano mediante la relación consigo mismo, sino con los demás.


El hecho fundamental de la existencia humana no es el individuo en cuanto tal, ni la colectividad en cuanto tal. Es el ser humano con el ser humano, la persona con la persona. Es una relación de calidad, Requiere un intercambio lleno de riqueza y sinceridad. El amor siempre une. De lo contrario deja de ser amor. Un hombre que vive una relación correcta, que ha encontrado un verdadero “tú”, sale de la finitud y entra en la infinitud. Jesús lo dijo de sí: “Quien me ama vive en mí y yo en él”. A Dios solo lo encontramos en la relación. Y a los seres humanos también. Este día en que celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazareth nos cuestiona para comprobar si amamos de verdad, si somos familiares, si de verdad tenemos a Dios y a los otros en el corazón.


¿QUÉ ES LA FAMILIA Y CUÁL ES LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS? ¿Son solamente María y José? Hoy en día solemos pensar en la familia nuclear cuando nos preguntamos sobre nuestra familia. Sin embargo, otras tradiciones, como la mayoría de los pueblos originarios, conservan la tradición de la familia extendida. Si les preguntamos por la familia de Jesús, seguramente pensarán en los abuelos, los tíos y los primos. Lo importante en la Sagrada Familia es que todos ellos son familia de Jesús, como nuestras familias también se componen de muchas y variadas relaciones.


Las relaciones familiares son tremendamente intensas. Esto lo sabemos. Sea como en nuestra familia, las relaciones son intensas. Las alegrías son vividas intensamente. Los dolores también son intensos. Los quiebres sumamente angustiosos. La unión profundamente alentadora. La familia, además, no siempre es sanguínea, como en el caso del mismo José y el de tantos padres y madres que sin engendrar biológicamente, son verdaderamente papá y mamá de sus hijos e hijas. El caso contrario y muchas veces también ocurre: padres y madres biológicas que no son papá y mamá de sus hijos e hijas. Por eso, la biología en sí misma no define una familia. Jesús correrá la frontera de las relaciones familiares incluso más allá: el que hace la voluntad del Padre Celestial, ese es mi hermano y hermana y madre de Jesús.


Resulta bastante obvio afirmar que María y José están de lleno en la categoría de los que hacen la voluntad del Padre Celestial. Jesús no está invitando a reconocernos familia: hermanos, hermanas, padres y madres, todos hijos e hijas de un mismo Padre. Y allí también están María y José. Porque lo sagrado de la familia cuando celebramos la fiesta de la Sagrada familia está precisamente en la fidelidad a la voluntad de Dios. Lo sagrado está en abrirse al misterio y dejar entrar en el seno de la intimidad familiar la hermandad universal a la que nos llama el mismo Jesús.


LA FAMILIA DE JESÚS Y LA FAMILIA CRISTIANA, ES ESE PEQUEÑO MILAGRO DE DIOS. La familia no es una simple suma. La familia es mucho más. El ejemplo que contemplemos: en la familia de Nazaret está José, María y Jesús. Nada falta ni sobra. Es la “trinidad” que más nos recuerda a aquella Trinidad de Dios por dentro; lo más parecido al amor perfecto. Una familia con Dios en pleno centro. Todos apoyándose, y todos confiando en el otro, y todos abiertos a lo que el Dios les va pidiendo. Y ciertamente unidos en las dificultades, en los contratiempos que se presentan, y sin duda, en la alegría.


Es una familia donde se abriga y envuelve la semilla que acaba de nacer, mientras el tallo es débil; por eso Dios, que se hizo tan débil en Jesús, necesitó los cuidados, el amor, el cariño, el amparo de José y de María: “El Niño iba creciendo y fortaleciéndose, y se llenada de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba”.


La familia cristiana viene a ser como un pequeño milagro. En ella florecen, contra viento y marea, los valores más preciosos de la vida, precisamente aquellos que no pueden comprarse con dinero y que como Pablo en su carta a los Colosenses lo resalta: compasión, amabilidad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportarse mutuamente, perdonarse, la fidelidad. Y a todos esos se añade uno que es más vital y es la caridad, en otras palabras, el amor, que se entrega más al que más lo necesita. Estos valores están amenazados por el mundo y la cultura moderna implacable en sus intereses. Valores que son clave para una solución, aún posible, de tantos problemas que nos ahogan como tejido social. Y Dios, inspirando y respaldando esos valores intensamente: “Hijo mío, se constante en honrar a tu padre, y no lo olvides mientras viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia”. “La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados” (Eclesiástico 3,14).


Pero a todas luces y viendo la situación de la sociedad actual, es tan difícil vivir esos valores. El ambiente que nos rodea no es precisamente una ayuda. Los modelos de convivencia que se nos presentan como buenos en poco se parecen a aquel modelo de la Familia de Nazareth. Y la familia que hoy quiere ser cristiana se siente violentamente zarandeada, desorientada, desanimada. ¡Es tan duro remar contra corriente! Por eso, la Fiesta de la Sagrada Familia debe ser para nosotros una inyección de fuerza y de luz. Tomar la fuerza de Jesús que viene a traernos vida: fuerza para confiar y para dialogar, para callar como forma de comprender el problema y perdonar siempre, que todas son maneras de amar siempre. Y principalmente dejarnos orientar por esa luz que nos llega de su palabra y de su ejemplo. Como dice Pablo a los Colosenses y a nosotros: “Y por encima de todo esto, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección”. Dejando qie la paz de Cristo actué de árbitro en vuestro corazón. Haciendo que “la palabra de Cristo habite en vosotros en toda su riqueza” (Colosenses 3,16). En resumen, que: “todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús” (Colosenses 3,17).


Movida y animada siempre por el amor, buscadora ilusionada de la paz en todas las tormentas, con Dios como timonel, y como faro, como puerto final, la familia cristiana navega, sabiendo que tiene toda una vida por delante. La familia cristiana debe estar segura que puede ser, aún, la alternativa que saque al mundo y a la sociedad actual de ese atasco y atolladero de barro y desaliento en que se mueve, al dejar de lado a Dios creador del hombre y de la historia de la humanidad.


LA PALABRA EFICAZ DE LA FAMILIA CRISTIANA ANTE LA CRISIS DE LA SOCIEDAD Y DEL MUNDO ACTUAL Y EN PARTICULAR DE LA ONDA EXPANSIVA DE LA ANTIFAMILIA. Contemplando a la Sagrada familia: Jesús, José y María, es preciso develar su Misterio y comprender su mensaje actual y vivo. El mundo está en crisis porque la institución familiar está en crisis y también porque el mismo individuo o la persona humana está en crisis. La familia está en crisis, es una aseveración que se encuentra motivada por una tendencia anti familia que recorre la sociedad y la cultura actual, esa tendencia anti familia, de versión relativamente reciente, que intenta en todos los foros y parlamentos presentarse como un legítimo avance cultural. La Iglesia y todos los cristianos no podemos callar la verdad en un asunto de tanta trascendencia. Si deseamos evitar el caos humano, y la consecuente onda expansiva, debemos detenernos y dar lugar a una reflexión innovadora. La Iglesia ha de hacerlo en las celebraciones y especialmente los domingos que son ocasiones oportunas para la reflexión y el correspondiente cambio


La Sagrada Familia no es una imagen para decorar piadosamente nuestros hogares. Constituye un mensaje claro, cuya sustancia interesa a toda la familia humana y llama a una correspondencia histórica de fundamental importancia. Por lo tanto, no puede ser reducida exclusivamente a términos religiosos. La Familia de Nazareth es prototipo de familia y, por ello, orienta a corregir algunas distorsiones y falsos conceptos que se exponen en foros, parlamentos y redes sociales.


Las recientes confusiones sobre la identidad del matrimonio y de la familia se han filtrado en disposiciones legislativas muy controvertidas. La Iglesia acude a la palabra de Dios, como fuente de inspiración, y a modelos históricamente consagrados. Henos afirmado que la Familia de Jesús, María y José, se constituye en reveladora de la auténtica naturaleza familiar. Está vinculada al mismo acontecimiento de la creación del ser humano: “Y Dios creo al ser humano a su imagen; los creo a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Génesis1,27). El relativismo reinante en el mundo y en su cultura considera a esta visión del Génesis y por tanto de la familia cristiana, una especie de atentado contra la libertad, que, por lo mismo, dice enajenar a la persona humana. Así lo considera y expone abiertamente una ideología agnóstica y excluyente de la existencia de Dios.


Es, pues, alarmante que se ponga en tela de juicio la estructura familiar, en una aventura irresponsable que descuida el don más preciado de Dios: LA VIDA. Los preaborto tan irreverentes y provocadores ante los que se oponen a su pensamiento único llevan la decisión de la vida al ámbito legislativo en los diversos países y se lleva a estos poderes – llenos de intereses-, pero no se quiere intentar resolver la cuestión de fondo: salvar , por igual, las vidas de los seres directamente involucrados. Esta ola expansiva de los preaborto recorre el mundo como reguero de pólvora con acciones llenas de odio, llenas de resentimiento para ir contra el derecho a la vida de todo ser humano.


LA FAMILIA CRISTIANA CONTEMPLA LA FAMILIA DE NAZARETH QUE CRE EN LOS SUEÑOS DE DIOS. “Tratar de asir una sombra o perseguir el viento es buscar apoyo en los sueños…Adivinaciones, augurios y sueños cosas vanas son.” (Eclesiástico 34.2-5). ¿Qué nos quiere decir el Ben Sirá? Que los sueños de los hombres pueden ser también aterradores. Así, tendido en su lecho, Nabucodonosor es víctima de imágenes y visiones nocturnas e inquietantes y, para tener una interpretación debe recurrir al profeta Daniel.


Los sueños de Dios son diferentes. Mateo es el único entre los evangelistas que introduce los sueños en los relatos de la Infancia de Jesús: José recibe en sueños el anuncio del ángel (Mateo 1,20), los magos son avisados en sueños de no regresar a Herodes (Mateo 2,12), José es advertido tres veces en sus sueños (Mateo 2,13.19.22). Estos sueños están constituidos solamente por palabras, palabras que del Señor que piden ser escuchados. Son un artificio literario, un modo de presentar la revelación de la voluntad de Dios a los dos esposos quienes, por su parte, muestran su completa disponibilidad a seguirla, prontamente y sin oponer resistencia.


Los problemas que la Sagrada Familia ha tenido que afrontar no han sido ni pocos ni simples. A diferencia de lo que a menudo sucede en nuestras familias y en nuestras comunidades, donde los momentos de crisis, las dificultades y desventuras son a veces motivo de alejamiento y disgregación, en la Sagrada Familia de María y José los obstáculos se convierten en un estímulo al diálogo, a la unión en el servicio al débil y al necesitado, a mantener la mente y el corazón vueltos a Dios. Los dos esposos María y José se muestran siempre juntos; han permanecido en sintonía y han sido unánimes en las decisiones. ¿Cuál fue el secreto de su unión? Renunciaron a sus sueños e hicieron propio el sueño de Dios.


¿Cuál es el sueño de Dios con los hijos de las familias cristianas en una situación de crisis que vive el mundo y la sociedad actual? Es que los eduquemos en la fe. Y donde el objetivo es que los hijos entiendan y vivan de manera responsable y coherente su adhesión a Jesús, aprendiendo a vivir de manera sana y positiva desde el Evangelio. ¿Por qué? Porque hoy en día la fe no se puede vivir de cualquier manera y así entregarse totalmente a las seducciones del mundo y del demonio que anda acechando a quien devorar. Los hijos de las familias cristianas necesitan aprender a ser creyentes, verdaderos cristianos en medio de una sociedad descristianizada. Y esto exige vivir una fe personalizada, no por tradición familiar, sino que sea fruto de una decisión personal; una fe vivida y experimentada, una fe que se alimenta no de ideas y meras y simplonas doctrinas, sino de una experiencia grata y gratificante; una fe no individualista, sino compartida de de alguna manera en una comunidad creyente y cristiana; una fe centrada en lo esencial, que pueda coexistir con duda e interrogantes; una fe que no sea tímida, sino comprometida y testimoniada en medio de una sociedad indiferente y relativista.


Esto exige de la Iglesia y de los adultos cristianos que conforman la familia doméstica, un estilo de educar hoy en la fe donde lo fundamental es transmitir una experiencia viva más que ideas y meras doctrinas; enseñar a vivir valores cristianos más que el sometimiento a las normas; desarrollar la responsabilidad personal más que imponer costumbres; cultivar la adhesión confiada a Jesús más que una exposición abstracta de los problemas de fe.


LA PALABRA VIVA Y EFICAZ LA MEDITAMOS CON EL ECLESIÁSTICO DEL BEN SIRÁ: “EL SEÑOR QUIERE QUE EL PADRE SEA RESPETADO POR LOS HIJOS Y AFIRMA LA AUTORIDAD DE LA MADRE SOBRE ELLOS. EL QUE HONRA A SU PADRE ALCANZA EL PERDÓN DE SUS PECADOS, EL QUE RESPETA A SU MADRE AMONTONA TESOROS; EL QUE HONRA A SU PADRE SE ALEGRARÁ DE SUS HIJOS; Y CUANDO RECE, SERÁ ESCUCHADO, QUIEN HONRA A SU PADRE TENDRÁ LARGA VIDA, QUIEN OBEDECE AL SEÑOR HONRA A SU MADRE.

HIJO MÍO, SÉ CONSTANTE EN HONRAR A TU PADRE, NO LO ABANDONES MIENTRAS VIVA: AUNQUE SU INTELIGENCIA SE VAYA DEBILITANDO, SÉ COMPRENSIVO; NO LO HAGAS AVERGONZAR MIENTRAS VIVA. LA AYUDA QUE DISTE A TU PADRE NO SE OLVIDARÁ; SERÁ TENIDA EN CUENTA PARA PAGAR TUS PECADOS” (ECLESIÁSTICO 3, 3-7. 14-17).



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