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LA PARÁBOLA DE LOS TALENTOS COMO EXPRESIÓN DE AMOR-SERVICIO Y DONDE JESÚS NOS DICE:

“!BIEN SIERVO, BUENO Y FIEL!: EN LO POCO HAS SIDO FIEL; ENTRA EN EL GOZO DE TU SEÑOR”.


La Iglesia nuestra madre celebra el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario Ciclo A. Llegamos al final del año litúrgico en nuestra Iglesia Católica. El domingo que viene será el último y al siguiente domingo inauguraremos el nuevo año con el inicio del tiempo de Adviento. La parábola del domingo pasado, de las diez doncellas, animaba a ser intelectuales, sabios y previsores. Si la parábola de las diez doncellas desconcertó a algunos por la dureza con que fueron tratadas las cinco doncellas insensatas que no llevaron aceite de repuesto para sus lámparas, la misma perplejidad y desconcierto: la parábola de los talentos, en la que el servidor o siervo que recibe un solo talento es arrojado a las tinieblas simplemente por haber hecho lo que le Ley aconsejaba. ¿Qué es lo que aconsejaba? La ley judía aconsejaba enterrar los bienes del amo a fin de evitar cualquier riesgo, ya que, si una operación no resultaba exitosa, o el dinero era robado, el siervo debía hacerse responsable de la pérdida. Así, pues, lo más sensato era no arriesgarse y enterrar los bienes del amo. Y eso, es lo que aparentemente realiza el siervo que recibe un talento, apegándose estrictamente a lo que la ley aconsejaba. Y precisamente esa acción es la que Jesús reprueba, dejarse aconsejar por la ley y no poner los bienes al servicio de los demás, produciendo frutos abundantes, porque un talento no era poco dinero. Jesús, se muestra, pues, tajante y radical en sus exigencias. El talento fundamental, cuando del Reino de trata, es el amor. En el amor se fundamenta toda la economía del Reino. Pero el amor no es un talento que se pueda, simplemente, conservar intacto, incólume y asépticamente aislado de cualquier contaminación o peligro.


Retornando a la reflexión del evangelio de este domingo: la parábola de los talentos nos anima a la acción partiendo de los dones recibidos de Dios. Jesús ha usado poco antes, en otra parábola, la imagen del señor y sus empleados. Ahora vuelve a hacerlo, pero usando el contexto de la cultura urbana y precapitalista. La riqueza del señor no consiste en tierras, cultivos y rebaños de vacas y ovejas. Consiste en millones de dinero, porque los famosos “talentos” no tienen nada que ver con la inteligencia y la previsión. Veamos, el reino de los cielos es como el señor de unos siervos que les confía sus bienes: cinco talentos al primero, dos al segundo y uno al tercero. Desde el momento que se va el señor hasta el momento de su retorno, los siervos deben administrar aquellos talentos. No son suyos, solo lo administran. No tienen que guardar simplemente aquellos talentos, sino que deben hacerlos fructificar. Además, es bueno tomar en cuenta, que la parábola de los talentos, va dirigida a los discípulos y a todos nosotros para hacernos ver la conducta y el pensamiento de los fariseos, obsesionados por el legalismo de la norma, y de los escribas, caracterizados por su palabrería. Todos ellos temen a Dios y cumplen sus deberes con la justicia legal, pero esto es insuficiente. Los fariseos y escribas se quejan del Señor Jesús. Los discípulos, en cambio, han de entender a Dios por el modo de actuar de Jesús. Por lo tanto, se nos invita a ser responsables.


En este sentido, esta parábola de los talentos va más allá de la parábola del siervo fiel (Mateo 24,45-51. No bastará con llevar a cabo un cometido determinado, sino que hay que ingeniárselas para que el capital crezca. La parábola, desde este punto de vista, se puede leer como una invitación insistente del Señor Jesús a la misión de la Iglesia y de todo discípulo: se trata de comunicar el Evangelio con generosidad e inteligencia, eso que hoy se denomina con “imaginación creativa”. Y podríamos añadir también la invitación a salir a las periferias geográficas y existenciales para ofrecer a todos el Evangelio del amor y de la misericordia. Reiterando nuevamente las palabras de Jesús, Él nos habla de un hombre que, al marcharse muy lejos, entregó su capital a tres siervos suyos encargándoles su rendimiento o dando frutos abundantes. El primer siervo, al recibir los cinco talentos, se pone a trabajar y dobla el capital que había ganado negociando con esos cinco talentos. Lo mismo hace el segundo con los dos talentos que ha recibido. El tercero en cambio (de pronto siguiendo los consejos de la ley judía) cava un hoyo en el suelo y esconde el único talento que ha recibido. Aquel talento, o aquellos talentos, son el Evangelio: es confiado a nuestra responsabilidad para que den frutos. Escribe el evangelista Mateo que el señor da “a cada cual según su capacidad” y esto es importantísimo tener en cuenta.


Como vemos en la parábola, el dueño de los bienes al retornar y pedir cuentas de sus rendimientos, constata que dos de sus siervos logran acrecentar la cantidad recibida. Y consecuentemente son premiados. El tercer siervo – donde se nota todo el peso de la parábola- se disculpa alegando que su amo es excesivamente exigente. El señor le reprocha su miedo a equivocarse y su pasividad por no haber querido arriesgarse en nada. Viene la pregunta sobre las acciones de los tres siervos: ¿Es preferible colocar el capital o talento encargado en acciones arriesgadas o guardarlo en una caja fuerte? El tercer siervo, dedica un buen tiempo para buscar un lugar o sitio escondido, cavar un hoyo, y enterrar el talento, mientras que los dos primeros duplican los talentos recibidos negociando con el dinero que les han confiado. Y volvemos a preguntarnos: ¿Por qué el tercer siervo no hizo lo mismo que los dos primeros? El mismo siervo lo dice y muy elocuentemente: porque conoce a su señor, le tiene miedo, y prefirió no correr riesgos. Y termina con un lacónico: “Aquí tienes lo tuyo”. Sin embargo, el señor no comparte esa excusa ni esa actitud. Lo que ha movido al siervo no ha sido el miedo, sino la negligencia y la holgazanería. Al tercer siervo, le traen sin cuidado su señor y sus intereses. Y el señor o dueño de los bienes toma una decisión que, hoy en pleno siglo XXI, habría provocado manifestaciones y revueltas de todos los trabajadores, por parecerles injusta y provocativa. ¿Qué provocaría estas protestas?, y es que el señor: lo mete en la cárcel, diciendo: “echadle a las tinieblas de fuera”.


Continuando con la reflexión de la parábola de los talentos. Como indicábamos líneas antes, la parábola centra su atención en el tercer siervo, a quien le traen sin cuidado su señor y sus intereses. Por eso, es importante que nos centremos en la actuación del tercer siervo, pues ocupa la mayor atención y espacio en la parábola. La conducta del tercer siervo es muy extraña. Mientras que los otros dos siervos se dedican a hacer fructíferas o hacer fructificar los bienes que les ha confiado su señor, al tercero no se le ocurre nada mejor que “esconder bajo tierra” el talento recibido para conservarlo seguro. Cuando el señor llega, lo condena como siervo negligente y holgazán que no ha entendido nada. ¿Cómo explica su comportamiento ante el señor? Este siervo no se siente identificado con su señor ni con sus intereses. En ningún momento actúa movido por el amor. No ama a su señor, le tiene miedo. Y es precisamente ese miedo el que lo lleva a actuar buscando su propia seguridad. El mismo siervo lo explica todo: “Tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra”. Este siervo no entiende en qué consiste su verdadera responsabilidad, que es también el tema o tópico de la enseñanza y mensaje de Jesús para todos los cristianos. Piensa que está respondiendo a las expectativas de su señor conservando su talento seguro, aunque improductivo. No conoce lo que es una fidelidad activa y creativa. No se implica en los proyectos de su señor. Cuando éste llega, se lo dice claramente: “Aquí tienes lo tuyo”.


Al oír el señor esas excusas del tercer siervo de que “sabe que es un hombre exigente que cosecha donde no ha sembrado y recoge donde no ha esparcido o trillado”, por esta su argumentación, y como explicación ante esta actitud del tercer siervo, añade el señor: “Quítenle, pues el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce o tiene se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce o no tiene se le quitará hasta lo que no tiene”. La enseñanza de Jesús es clara: Dios exige que los seres humanos rindan, religiosamente, los valores que Dios les confió, preparándose así al glorioso regreso del Señor Jesús.


En esta parábola de los talentos Jesús nos confronta a todos. Somos hechura de Dios y Él nos ha encomendado una misión trascendental. Nosotros solemos actuar como este tercer siervo cuando nos enclaustramos en nosotros mismos o en nuestra casa, por miedo a equivocarnos, o a contagiarnos, enfermos de comodidad, del egoísmo de aferrarnos a nuestras propias seguridades. Muchos necesitan muy poco para esconderse en su individualidad. A otros en cambio, la dificultad estimula a una mayor responsabilidad. Cuando nos evadimos nos excluimos del gozo de participar en la construcción del Reino de Dios a través del servicio generoso a los hermanos, en la familia, en la comunidad cristiana, en la sociedad. No hacernos presentes en la lucha por la superación y el desarrollo, sobre todo con los más necesitados, o con los que más desconocen a Dios y no viven según Dios, es negarlo, es negar a Dios. Cuanto mayor es el sufrimiento que sobreviene, más nos escondemos nosotros de Dios. Y esto está realmente mal. No es cristiano. Porque estar ausentes del dolor del mundo es alejarnos de Dios.


En consecuencia, nuestro servicio y participación en la construcción del Reino de Dios reclama y nos urge que hagamos rendir los talentos, que habla precisamente del siervo fiel que no derrocha la vida en pasatiempos o en la ociosidad, sino que hacer rendir los dones recibidos de Dios. Él da a cada ser humano unos talentos: el don de la vida, la capacidad de entender y querer y de obrar, la gracia, la caridad, la fe y muchas virtudes que debemos saber aprovechar. Es falsa humildad no reconocer los dones de Dios, es apocamiento y pereza dejarlos inactivos. Para hacer rendir los dones recibidos, tenemos que afirmar que no hay nadie que no sea capaz de vivirlo y de hacer que dé frutos, nadie puede alegar excusas sobre la incapacidad de comunicar el Evangelio. Por desgracia, muchas veces y de pronto las más de la veces lo guardamos para nosotros, por pereza porque pensamos que de ese modo seremos capaces de conservarlo. Ese “conservar” significa enterrar en el hoyo de nuestro egoísmo los dones de Dios. El miedo que afirma tener el tercer siervo esconde en realidad el temor de perder su tranquilidad. E intenta enterrar la fuerza misionera que contiene el Evangelio. Jesús con su lenguaje durísimo está desvelando esta ambigüedad: aquel tercer siervo no le faltan talentos; en todo le falta esa confianza de que aquel talento que tiene para hacerlo producir porque siempre, el Evangelio, pueda dar frutos.


¿Qué más dice Jesús con esta parábola? Jesús nos dice que debemos mostrarnos muy solícitos de cara a nuestro destino al Reino de Dios. Se tratar de querer poner al descubierto nuestro egoísmo, nuestra falta de sentido y de responsabilidad, nuestra desidia. Solo podemos crecer comprometiéndonos y trabajando. Lo hayamos comprendido o no, todos somos instrumentos insustituibles de la actividad mesiánica en el mundo. Cruzarse de brazos es ser infiel al Señor Jesús y a nuestra propia identidad. Nos acecha el máximo peligro: el gran pecado de omisión. En la parábola de los talentos, Jesús, se alude él mismo como quien nos confiere la misión y la responsabilidad de alcanzar para nosotros y para los demás, el Reino de Dios. Él se ausenta, pero definitivamente, vendrá. Nos exige una fidelidad responsable presentada bajo la imagen de una de las actividades humanas que más comprometen a ella en el orden temporal: la de una buena administración económica para el bienestar de todos y no solo de unos cuántos.


La parábola de los talentos que Jesús nos propone este domingo, nos afecta a todos y a cada uno de nosotros. Dios en el Génesis, hizo la creación entera y después creó al hombre a su imagen y semejanza: “Y dijo Dios: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y mande en los peces del mar y en las aves del cielo, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya. A imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (Génesis 1,26-27). Así lo hace socio suyo en orden al perfeccionamiento de la misma creación. Posteriormente Jesús mismo confió a sus discípulos actualizar y difundir, ser testigos de su propia redención: “sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines del mundo” (Hechos 1,8). Destruida la imagen de Dios en el hombre y por el hombre, Dios envió a su Verbo, para reproducir en nosotros la imagen de su Hijo, como dice Pablo: “Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8, 9), y es la cabeza de la Iglesia: “Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia. Él es el principio de entre los muertos, para que sea él el primero en todo” (Colosenses 1,18).


El ser humano, independientemente de su mentalidad y decisión en la vida, nunca dejará de ser lo que Dios ha querido que en verdad sea: imagen viva y dinámica suya. La responsabilidad en el ser humano repercute en el mundo, afecta a los cielos, permite a Dios ser y hacer de Dios. La negatividad lo impide y frustra todo. Por eso, lo que debemos aprender de este relato, es que todos tenemos la necesidad de hacer fructificar los dones recibidos, de una manera esforzada, exigente y constante durante toda nuestra vida. Tenemos la necesidad de producir buenas obras, y estas buenas obras deben ser realizadas proporcionalmente a los dones recibidos, ya que los talentos de la parábola designan la capacidad que recibimos para hacer buenas obras y obras llenas de amor.


PRIMERA LECTURA TOMADA DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS 31,10.13.19-20-30-31.


El Libro de los Proverbios, en su capítulo final, se ensalza las cualidades y virtudes de la mujer emprendedora, dicho en términos de la sociedad actual. Es el poema sobre la mujer fuerte o la mujer ideal. Es mucho más que una buena y servicial ama de casa. Además de todos sus cuidados y esmeros para su hogar y los suyos, es también una mujer activa en el ambiente público y es emprendedora en el aspecto comercial: “ Hace cálculos sobre un campo y lo compra; con el fruto de sus manos planta una viña… Hace túnicas de lino y las vende, entrega al comerciante ceñidores o cinturones”(Proverbios 31,16. 24); “ Abre su boca con sabiduría, lección de amor hay en su lengua” (Proverbios 31,26). Además es gracias a ella que su marido adquiere notoriedad en la ciudad. Esa mujer ya es modelo de los servidores fieles que se alabarán en el Evangelio de este domingo, de este tiempo de las redes sociales que vivimos y prototipo del discípulo que debiera ocupar hoy en la vida de la Iglesia.


Así, en la lectura para este domingo, se elogia a la mujer. De la mujer perfecta se asegura que tiene un valor inestimable; en comparación con la mujer perfecta, las perlas, tan apreciadas en la antigüedad, aparecen despreciables y viles (verso10). Podemos entresacar de los Proverbios los valores de la mujer y por ende las características de una mujer ideal:


Ante todo, es una esposa de carácter, su esposo confía en ella. Le reporta felicidad y no le nada (veros 10-12). Es una mujer hacendosa (versos 13.19). No está nunca mano sobre mano, no pierde tiempo en conversaciones insulsas y frívolas se preocupa de que en la casa todo esté ordenado y cada uno satisfecho y feliz. No se preocupa solo del esposo y de sus hijos, quiere que también los criados estén bien vestidos y alimentados.


Es una mujer activa y emprendedora en el campo comercial (versos 16.24); Es una mujer laboriosa, esta cualidad es también resaltada por los rabinos que no tenían siempre un buen concepto de la mujer por el entorno machista que se tenía en ese entonces, los rabinos decían. “la mujer trabaja siempre aun cuando habla. No es algo habitual de la mujer estar sentada en casa sin hacer nada”.


Otra cualidad de la mujer: tiene un gran corazón. No se encierra en el dulce nido familiar que ha logrado construir, sino que se da cuenta de lo que ocurre alrededor y, frente a las necesidades de quien es menos afortunado que ella, se conmueve, corre en su ayuda, comparte los bienes con lo más pobres (verso 20).


También, es una mujer que habla con sabiduría y enseña con amor al hablar (verso 26). Otra cualidad es que es religiosa, devota, fiel a los mandamientos de Dios (verso 30). Decían los rabinos judíos: “ la preocupación de una mujer es solo para su belleza”. La mujer ideal de la que nos habla la primera lectura, desmiente este estereotipo modelo; no tiene unido el corazón a la vanidad por lo que realmente merece la pena en la vida.


La lectura de los Proverbios de este domingo, comienza con una pregunta que cuestiona: “Una mujer hacendosa ¿Quién la podrá encontrar? (verso 10). Podemos responder afirmativamente, que sí, existen muchísimas mujeres ideales, y es significativo el hecho de que la liturgia de la palabra de este domingo, para hablarnos de la laboriosidad, dedicación y compromiso haya escogido asociar estas virtudes a la mujer. Y por lo mismo, es una invitación a todos a reflexionar.


Ahora bien, contemplando esta lectura que nos habla de la esposa virtuosa. Puede tomarse pensando en la mujer casada, pero puede también aplicarse a la Iglesia como esposa del Señor Jesús. La Iglesia, es decir, cada uno de nosotros los cristianos, debemos ser como esta esposa fiel, que sabe trabajar respondiendo a las capacidades que Dios le da, que sabe ayudar al desvalido, que respeta a Dios y que termina siendo “digna de gozar del fruto de sus trabajos”. Es decir, si somos como la esposa virtuosa, podremos llegar a disfrutar del premio prometido: nuestra salvación eterna.



SEGUNDA LECTURA TOMADA DE LA SEGUNDA CARTA DE SAN PABLO A LOS TESALONICENSES 5,1-6.


El domingo pasado, mencionamos las tensiones e inquietudes que había en la comunidad de Tesalónica porque se había difundido la creencia de que el fin del mundo y el regreso del Señor Jesús eran inminentes. Deseosos de una clarificación al respecto los tesalonicenses habían encargado a Timoteo y Silvano preguntar a Pablo si podía darles indicaciones precisas a cerca del tiempo en que sucederían estos acontecimientos.


En la lectura de este domingo, Pablo responde que no es posible saberlo (verso1) y da la razón “porque ustedes saben exactamente que el día del Señor llegará como un ladrón nocturno, cuando estén diciendo qué paz, qué tranquilidad; entonces, de repente, como los dolores de parto que le vienen a la mujer embarazada se les vendrá encima “ (verso 2-3). No vale la pena investigar, dice Pablo, para descubrir el día y la hora de la venida del Señor. Lo que importa es no dejarse atrapar por las tinieblas del mal. Los cristianos no deben correr ese peligro porque, desde el día de su bautismo, se han convertido en hijos de la luz, es imposible que se vean sorprendidos, como le sucede a quien está sumido en la obscuridad y aturdido por el sueño (versos 4-6).


Como observamos, esta lectura coincide con el final de la parábola de los talentos, en la que el Señor Jesús nos dice que cuando Él retorne y nos pida cuentas, los que hayan no dado frutos serán echados fuera del Reino de los Cielos, y los que hayan dado frutos entrarán a gozar de la presencia del Señor. Como hemos dicho, en su carta a los Tesalonicenses, Pablo nos habla de la sorpresa que será la venida del Señor. Siempre se nos habla de la sorpresa con que nos llegará ese día, por lo que se nos invita a una constante vigilancia. En esa línea de concordancia con el evangelio, para Mateo, la vigilancia no es una mera actitud moral o espiritual; es una fe, una fidelidad. Jesús inculca a sus discípulos que sean fieles. Por eso les previene de una infidelidad por la mala conducta, en la parábola del empleado, por imprevisión en la parábola de las diez doncellas o por la pereza en la parábola de los talentos.


Pabo nos insiste en que no debemos tener miedo, simplemente debemos estar preparados en todo momento, como nos invitaba el domingo pasado la parábola de las doncellas necias y las doncellas prudentes. Por eso, Pablo nos reitera “hermanos, ese día no los tomará por sorpresa, como un ladrón, porque ustedes no viven en tinieblas, sino que son hijos de la luz del día no de la noche y las tinieblas. Por tanto, no vivamos dormidos…mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente.



EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 25, 14-30.-


Jesús les dice a sus discípulos esta parábola que es alegorizante, es decir, figurativa o simbólica: El Reino de los Cielos es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus siervos y les confió sus bienes o hacienda. Según nuestras costumbres, si vamos a emprender un viaje, no disponemos de todos nuestros bienes, especialmente de lo bienes inmuebles, por este hecho, sin embargo, en la parábola de este domingo, el hombre o señor que es el amo de la propiedad, les confía a sus siervos su hacienda y lo distribuye a tres categorías de siervos. Nuevamente Jesús nos está haciéndonos ver cómo debemos ser en nuestra vida terrena para llegar a vivir en el Reino de los Cielos. Nosotros somos en este relato los siervos y los bienes que nos son confiados, es decir, los talentos, son todas esas condiciones con la que Dios nos ha dotado a cada uno, tales como la inteligencia, la capacidad de generar amor, de hacer felices a los demás y los bienes naturales.


Conviene hacer notar desde el principio aspectos importantes;

Uno, la dureza del dueño con el tercer siervo parece excesiva. Podría, el señor haberse mostrado más comprensivo porque su siervo, además de atemorizado podría haberse sentido minusvalorado. Es con esta óptica que, en los primeros siglos de la Iglesia, alguien retocó la parábola y la concluyó así: el tercer siervo no era un deshonesto, tenía solamente miedo, por eso el dueño se limitó a amonestarlo con dulzura. Había también un cuarto siervo a quien también se le entregaron los talentos, éste, sin embargo, se dio a la buena vida, derrochó el dinero con prostitutas y con flautistas. Ninguno, sin embargo, fue tratado sin piedad, de parte del señor.

Dos, quien ha modificado así el relato no ha entendido que Jesús no intentaba dar una lección moral sobre la honestidad y la manera de gestionar o administrar el dinero, sino sobre el empeño en hacer frutificar los tesoros que tiene cada persona.

¡Tres, en cuanto a la presunta poca estima del dueño por el tercer siervo, hay que tener en cuenta que un talento en aquellos tiempos era una suma para nada despreciable, equivalía al salario que un trabajador ganaría durante veinte años!

Cuatro, hay que dejar claro y de forma inmediata el significado de los talentos. Se ha difundido la idea de que los talentos se refieren a las cualidades naturales que cada uno ha recibido de Dios, cualidades que no deben permanecer ocultas sino desarrolladas y puestas al servicio de los demás. Esta interpretación está en desacuerdo con cuanto viene dicho en el verso 15, donde los talentos son entregados “a cada uno según su capacidad”. Talentos y dones de la persona no son la misma cosa.


Veamos la parábola de los talentos: está estructurada en tres partes, con tres personajes, es una parábola didáctica y de juicio, según la cual un hombre, al irse de viaje, dio sus bienes a sus siervos, a uno cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad. Cuando el dueño regresó, arregló cuentas con ellos:


LA PRIMERA PARTE DE LA PARÁBOLA:

versos del 14-15. Vienen presentados los personajes que entrarán en la escena.


“Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos, y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó” (versos14-15).


  • El protagonista es un rico señor oriental que debiendo partir para un largo viaje, confía sus bienes o su hacienda a los siervos más fiables. Conoce sus capacidades, actitudes, competencias y, en base a ellas, establece cuánto debe confiar a cada uno de sus siervos. Este señor representa claramente a Jesús quien, ante de dejar este mundo, ha consignado o entregado todos sus bienes a los discípulos. El dueño no da ninguna indicación sobre la manera de administrar los talentos, dando así una señal de total en la inteligencia, perspicacia y sagacidad de sus siervos y de respeto a su libertad. Definamos en qué consisten estos bienes. Se trata de todo aquello que Jesús ha entregado a la Iglesia: el evangelio, es decir, el mensaje de salvación destinado a transformar el mundo y a crear una humanidad nueva; su Espíritu que “renueva la luz de la tierra” (Salmo 104,30) y también a Sí Mismo en los sacramentos y además, su poder de curar, de perdonar, de reconciliar con Dios.

  • Los tres siervos representan a los miembros de las comunidades cristianas. A cada una de ellas les ha sido confiada una tarea a desarrollar con el fin de que esta riqueza del Señor dé fruto abundante. Conforme al propio carisma, cada uno está llamado a producir amor. Es el amor, en realidad, la ganancia, el fruto que el Señor Jesús pretende de cada uno y de todos nosotros.

  • Conviene detenernos un tanto en el “TALENTO”. El talento, más que una moneda, era el peso de un determinado número de dinero. En aquel tiempo, el talento era una unidad contable que equivalía a unos 35 a 42 kilos de plata, esta medida se empleaba para medir grandes cantidades de dinero, y representaba más o menos unos seis mil denarios, que era muchísimo dinero, ya que un denario aparece como el jornal de un trabajador del campo, con esto podemos deducir que el siervo que recibió un talento, es decir, menos bienes, obtuvo del señor una gran cantidad de dinero, entonces es lógico pensar que nosotros los cristianos hemos recibido bienes incontables.

  • El evangelista Mateo mide por “talentos” la cantidad confiada que, en aquel tiempo, representaba un gran capital. A cada siervo se le confían en proporción a su capacidad. La parábola de los talentos, es como un eco de la teología eclesial de los carismas que se vivía en las iglesias de Pablo en su tiempo.

  • Ahora bien, la importancia del capital entregado y la diversificación de la cantidad ofrecida ponen énfasis en las responsabilidades de los siervos y en la adaptación del encargo a la capacidad de cada uno de ellos.



LA SEGUNDA PARTE DE LA PARÁBOLA:

versos del 16-18. Describe el diverso comportamiento de los siervos; dos son emprendedores, dinámicos, arriesgados, mientras que el tercero es timorato e inseguro.


“En seguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente, el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio, el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor” (verso16- 18).

El tiempo que los tres siervos tienen a disposición es el que va desde la Pascua a la venida definitiva del Señor Jesús, al final de la historia de este mundo; es el tiempo en el que la Iglesia organiza su vida, crece, se desarrolla, se empeña a favor del ser humano, en espera del regreso del Señor Jesús.

Por eso, los bienes del dueño no se conciben a la manera de un depósito que hay que conservar, sino como un sembrado, o una viña, en exigencia intrínseca de crecimiento y fructificación. Los talentos se refieren al compromiso a favor del Reino de Dios, que ha de madurar y crecer en nosotros mediante una fidelidad activa y responsable hasta que el Señor venga y nos pida cuentas. Inmovilizar los talentos es frustrarlos, detenerlos en su fructificación.

Mateo quiere estimular a sus comunidades a un examen de conciencia. Los invita a preguntarse, ante todo, si son conscientes del tesoro que tienen entre las manos, si todos los “talentos” son empleados lo mejor posible o si alguno ha sido escondido bajo tierra, si hay aspectos de la vida eclesial descuidados, si algún ministerio languidece.


LA TERCERA PARTE DE LA PARÁBOLA:

versos 19-30. Asistimos a la rendición de cuentas. La escena, inicialmente tranquila y serena, se vuelve sombría y termina, como frecuentemente ocurre en el evangelio de Mateo, de forma dramática. Unos siervos hacen productivo el capital, mientras que otro, el tercero, lo conserva intacto, pero improductivo. El señor elogia y premia la diligencia de los dos empleados fieles y responsables y reprende, desposee o le quita su talento y sanciona al empleado irresponsable.


“Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos” (verso 19).

El tiempo que dura el viaje del señor, representa nuestra vida, y el regreso inesperado, el fin de la vida terrenal, la muerte, el arreglo de las cuentas, la rendición de cuentas es el juicio. Jesús nos está enseñando con este relato, que todos tenemos que corresponder a las gracias que hemos recibido, hayan sido éstas mayores o menores. Aquel que recibió mucho, deberá rendir cuenta por lo mucho que recibió, y se le exigirá muchos frutos. Y aquel que recibió poco, también está obligado a responder por aquello que recibió.


“Llegando el que había recibido cinco talentos presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me entregaste: aquí tienes otros cinco talentos que he ganado. Su señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de mucho te pondré: entra en el gozo de tu señor. Llegándose también el de los dos talentos dijo: ‘Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado. Su Señor le dijo: ‘! Bien siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré: entra en el gozo de tu señor” ( versos 20-23).


Se presentan los dos primeros siervos quienes, con orgullo justificado, declaran al dueño haber doblado sus talentos. Cabe notar que, en el pasaje paralelo de Lucas, los dos siervos parecen reconocer que un resultado tan sorprendente se debe, más que a sus esfuerzos, a la bondad del capital o talentos: “Tu dinero- dicen. Ha producido” (Lucas 19, 16.18). En Mateo, sin embargo, se ponen de relieve la habilidad y los méritos personales: “yo he ganado” (versos 20-22). La recompensa que reciben es la alegría de su Señor, la felicidad que nace de estar en sintonía con Dios y su proyecto.

El primero recibió cinco y logró otros cinco, el segundo, con dos, logró otros dos. El señor los felicita por haber sido “servidores buenos y fieles”, “Han sido fieles en lo poco”. Pero como ya hemos indicado al tratar sobre el talento: cinco y dos talentos eran una fortuna cuantiosa. Hagamos la cuenta para dimensionar cuanto era: los cinco talentos eran equivalentes a 39.000 denarios, y los dos talentos equivalían a 12.000, es decir, el jornal de 30.000 y 12.000 días. El felicitar por haber sido fiel en lo poco, siendo una cantidad excesiva, en todo caso, probablemente se destaca por su valor simbólico; la abundancia y excelencia de los dones de Dios, no de las cualidades del ser humano. El premio es entrar en el gozo de su Señor, cuyo significado alegórico, como luego se verá, es el premio definitivo mesiánico. Lo mismo pasa y se dice con el mismo formato o cliché proporcional con el segundo siervo.


“Llegándose también el que había recibido un talento dijo: Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo” (versos 24-25).

Después aparece el que, aun no siendo el protagonista, resulta el personaje principal de la parábola, el tercer siervo. “Señor sabía que eres exigente… Como tenía miedo, enterré tu talento o tu bolsa de oro, aquí tienes lo tuyo”. La imagen que este siervo se ha hecho de su señor, a pesar de ser aterradora, no viene corregida sino, es más, reconfirmada. Mateo se sirve de ella para indicar lo importante que es para Jesús el bien del hombre, cuánto le apremia que venga instaurado en el mundo su Reino. “La ira del Señor” es una expresión bíblica con la que se quiere resaltar su amor incontenible.

Así, el tercer siervo es sancionado por no arriesgarse; el dueño le llama literalmente: “miedoso”, el vocablo griego es “oknerós”, que a veces se traduce incorrectamente como “perezoso”, pero que significa más bien: “indeciso”, “medroso”, “miedoso”, sinónimo de “foberós” que significa: “presa del miedo”. Amar provoca, en efecto, miedo. La propuesta cristiana, como propuesta de amor radical en un mundo que parece combatir el amor, es una propuesta, desde cierta perspectiva, terrorífica.


“Mas su señor le respondió: Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos” (versos 26-28)


En la llamada de atención que el señor dirige al siervo holgazán, está el mensaje central de la parábola: la única actitud inaceptable es la falta de compromiso, el temor al riesgo. Probablemente no todas las operaciones económicas de los otros dos habrían sido exitosas, sin embargo, viene condenado solamente el que se ha dejado “paralizar” por el miedo.

No olvidemos, que en las comunidades de Mateo habría discípulos negligentes y perezosos como que también sigue habiendo en nuestras comunidades cristianas en la actualidad. Hay cristianos dinámicos y emprendedores que se empeñan en dar un nuevo rostro a la catequesis, a la liturgia, a la pastoral, que se dedican con pasión al estadio de la palabra de Dios para captar su significado auténtico y profundo, que son generosos y activos, que, a veces, cometen errores por excesos de celo apostólico y no siempre aciertan con las decisiones justas que hay que tomar. Otros cristianos, por el contrario, son perezosos y tienen miedo de todo. Se limitan a repetir de manera monótona y tediosa los mismos gestos, las mismas frases fabricadas, no estudian, les da fastidio si alguien propone interpretaciones nuevas ni siquiera se preguntan si ciertos cambios son queridos por el Espíritu; solamente se sienten seguros dentro de lo que siempre se ha dicho y hecho en el pasado.


“Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (verso 29).


Es un proverbio popular que refleja, de hecho, un dato fácilmente verificable: la riqueza tiende a acumularse y el rico a ser siempre más rico. Aplicando a esta parábola, el proverbio quiere significar que con las riquezas del Reino de Dios sucede la misma cosa: las comunidades generosas y atentas a los signos de los tiempos, progresan y adquieren siempre más vitalidad, mientras que las que prefieren replegarse sobre sí mismas envejecen, decaen y nadie se maravilla si un día desaparecen o se extinguen.


“Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes” (verso 30).


Al tercer siervo que no hizo fructificar, le fue quitado el talento que guardó sin hacer fructificar y, además, es echado “fuera, a las tinieblas, donde será el llanto y la desesperación”. Es decir, el servidor que no hizo rendir frutos, será condenado igual que un pecador. ¿Por qué? Porque también es un pecador. Hay un tipo de pecado, llamado “pecado de omisión” que se refiere, no a lo que se ha hecho, sino a lo que se ha dejado de hacer. Y todo aquél que no responde a las gracias recibidas de Dios, peca por omisión.


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